La noche del dragón – Capítulo Veinticuatro

La noche del dragónEn cuanto el dragón rojo apareció, Rhonin intentó convencer a los demás de que huyeran. Sin embargo, Vereesa tenía otra preocupación en mente.

—Tenemos que encontrar a Iridi…

El brujo asintió ante la juiciosa sugerencia de su esposa y ambos corrieron hacia el lugar donde Rhonin había visto por última vez a la draenei; mientras, Grenda reorganizaba a sus hombres para defenderse de cualquier ataque de Dargonax o su creadora.

—Debería estar por aquí cerca —murmuró el brujo, contemplando la zona con exasperación—. En teoría, se iba a mantener al margen y no iba a arriesgar su vida…

La forestal, que tenía una vista muy aguda, examinó detenidamente el terreno.

—Iridi fue en esa dirección.

—Sin duda alguna, ese camino lleva de vuelta a Grim Batol.

Con Vereesa a la cabeza, llegaron enseguida al lugar al que conducía el rastro. Por encima de ellos bramaban los dragones; Rhonin, concentrado en dar con la sacerdotisa, los ignoró. En ese momento, el resultado de la batalla que se libraba en el firmamento estaba en manos de Korialstrasz.

Si bien Rhonin siempre había confiado en su mentor, no tenía nada claro qué podría hacer el dragón rojo en unas circunstancias tan extremas

—¡Rhonin! —exclamó la alta elfa.

Vereesa señaló a una formación rocosa que había delante de ellos… que en realidad era un cuerpo. Ambos corrieron hacia Iridi pensando que estaba muerta.

La alta elfa le dio la vuelta con delicadeza, y la draenei gimió suavemente. Acto seguido abrió los ojos pestañeando confusa.

—¿Sigue. volando?

Los dos entendieron a qué se refería.

—Sí, el monstruo sigue volando —respondió Vereesa.

—Es un dragón… crepuscular… así lo llamo yo. —Iridi se interrumpió para toser—. Trae consigo el crepúsculo de los. dragones. de todo Azeroth. —La tos no le dejaba hablar—. Aunque quizá.

Rhonin se percató de que las últimas palabras las había pronunciado con cierta vacilación.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó el brujo.

—La vara. ¿está por aquí cerca? Ya no la percibo —dijo la draenei esbozando un gesto de contrariedad—. La echo de menos. Añoro tenerla junto a mí.

Vereesa localizó al punto la creación de los naaru.

—Aquí está.

Iridi aferró la vara con una mano, observó el cristal y acto seguido esbozó una mueca de disgusto. Rhonin se disponía a decirle algo cuando, de repente, el cristal brilló.

La sacerdotisa miró al brujo fijamente.

—Aún queda… algo de poder en la vara… Reacciona. reacciona ante ti, brujo. ¿Has. has tenido algún contacto con los naaru?

Rhonin se quedó estupefacto.

—Nunca he hablado con un naaru, si te refieres a eso.

—Aun así. algo en lo más profundo de la vara… se ha despertado… algo que no puedo determinar. Alguien te ha dejado marcado. Si no son los naaru. me pregunto. si habrá algo. ¿Podéis. podéis ayudarme a levantarme, por favor?

El brujo se mostró reticente, pero Vereesa le conminó a hacerlo. Finalmente, Iridi logró ponerse en pie con la ayuda de la pareja.

La draenei señaló a Dargonax, quien en aquel momento flotaba en el aire junto a Sinestra, que acababa de hacer acto de presencia.

—Esto mejora por momentos —rezongó Rhonin—. ¡Vereesa, quédate con ella! He de intentar ayudar a

Korialstrasz en lo que pueda…

Iridi lo agarró del brazo.

—¡Espera! ¡No puedes irte! Hay algo que. debes ver.

—¿El qué?

—¡Mira ahí! —gritó de improviso la sacerdotisa.

Pero el brujo no logró ver nada salvo que un destino fatal aguardaba a Korialstrasz. A continuación desvió la mirada hacia la alta elfa, que frunció el ceño y dijo:

—Me ha parecido que el dragón crepuscular ha brillado un instante.

—¿Brillado? —repitió Rhonin sin dejar de mirar a Dargonax, y acto seguido le preguntó a Iridi—: ¿Eso es importante?

—A-alabado sea Zzeraku… Hizo mucho más. de lo que imaginaba —murmuró la draenei con gesto sombrío.

A la sacerdotisa le quedaba un soplo de vida. Aun así reunió fuerzas para añadir:

—Tal vez eso sea nuestra salvación. o tal vez no.

—Por última vez, Sintharia —reiteró el coloso carmesí, utilizando a propósito el nombre que odiaba la dragona negra, —deberías reconsiderar.

—¡Eres patético, Korialstrasz! ¡De hecho, no tengo por qué tolerar que sigas existiendo! Dargonax…

Dio la impresión de que el dragón crepuscular prefería devorar a su creadora, aunque no tenía reparos en comerse al dragón rojo. Después de todo, gracias a su ama iba a apoderarse de toda la esencia vital de Korialstrasz, y de ese modo se convertiría en una amenaza aún mayor para Azeroth.

Eso le dejaba una sola opción al dragón carmesí: caer, pero llevándose a Dargonax por delante.

Si era posible.

El leviatán amatista se abalanzó sobre el dragón rojo cuando una lustrosa figura de color azul le golpeó en un costado inesperadamente.

Kalec y Dargonax intercambiaron rugidos de furia, dentelladas y zarpazos. El primero refulgió al invocar un escudo mágico para protegerse de su adversario.

A pesar de que el joven dragón combatía ferozmente, a Korialstrasz no se le escapaba lo débil que estaba. Como Kalec había seguido el mismo camino que la consorte de Alamuerte, el coloso carmesí dedujo cómo la dragona se las había arreglado para alimentar a su hijo con tanto poder mientras éste luchaba contra Zzeraku: robándoselo al dragón azul.

Korialstrasz era consciente de que debía atacar a Sintharia, pero no podía permitir que Kalec se enfrentara sólo a Dargonax. Se debatió desesperadamente entre ambas opciones y al final decidió ayudar al dragón azul.

Su intervención en el combate provocó la hilaridad de su adversario.

—Atacadme los dos a la vez si eso es lo que queréis… Así el banquete será doble…

El dragón crepuscular agarró a Kalec y lo lanzó contra su aliado. El leviatán carmesí no pudo apartarse a tiempo y al chocar emitieron un ruido similar a un trueno.

Sin más dilación, procedió a propinarles una lluvia de golpes con su cola, tras lo cual apuntó con ella a

Korialstrasz. Acto seguido se volatilizó y lo atravesó con la cola…

Al instante volvió a su estado sólido.

El leviatán carmesí se dio cuenta a tiempo de lo que pretendía hacer su adversario. Se retorció en el aire e intentó librarse de aquella cola.

Pero sólo lo logró en parte.

El dragón rojo gritó de dolor. Al retorcerse, se le abrió una herida profunda en el costado donde la cola había penetrado.

A pesar de sufrir una agonía terrible, podría haber sido mucho peor si el dragón crepuscular no hubiera adoptado rápidamente su forma incorpórea.

Quería matar a su adversario, pero no que lo arrastrara en su caída.

Kalec abrió sus fauces y exhaló una nube azul que envolvió a aquel gigante fantasmal y acto seguido se cristalizó a su alrededor.

Dargonax se retorció de dolor brevemente, como si al congelarse se volviera sólido. Después abrió la boca y absorbió la magia con la que lo había atacado el dragón azul. La nube se desvaneció al instante.

Mientras terminaba de deglutir, el dragón crepuscular brilló por un momento y a continuación se solidificó. Al mismo tiempo golpeó violentamente con una de sus enormes alas a un estupefacto Kalec.

Éste se precipitó hacia la lava, y su aliado se lanzó tras él. En ese preciso instante, su adversario lo atrapó por la espalda con sus garras.

—¡Te devoraré a ti primero! —amenazó la bestia gigantesca—. ¡Luego devoraré su esencia! Y entonces… ¡nada ni nadie será tan poderoso como yo!

—¡Pero siempre tendrás que obedecerla! —le recordó Korialstrasz.

El coloso carmesí percibió cómo la ira de Dargonax aumentó en cuanto mencionó a su creadora.

—Llegará el día. —murmuró el dragón crepuscular—. Llegará el día. Soy demasiado poderoso para seguir siendo su esclavo… Estoy destinado a dominar el mundo.

—Hasta que cree a más como tú.

—¡Ya no podrá hacerlo! ¡Los huevos han sido destruidos!

—¡No! ¡Tu ama los ha protegido! ¡Sabías que lo haría!

Dargonax se estremeció. Apartó a Korialstrasz lanzándolo muy lejos y gritando:

—¡Te reservaré para el final! ¡Saborearé primero la magia del dragón azul!

Mientras el dragón rojo intentaba recuperarse, su enemigo cayó en picado tras Kalec. Pero Korialstrasz sabía que aquel monstruo no perseguía realmente a su exhausto aliado, el cual se precipitaba hacia la montaña envuelta en llamas.

Entonces, como si quisiera confirmar su hipótesis, Dargonax se volvió incorpóreo.

Justo en el momento en que estaba a punto de alcanzar a Kalec, con la intención de atravesarlo y proseguir descendiendo, según la teoría del coloso rojo, un resplandor dorado rodeó al dragón crepuscular.

Por mucho que éste se retorcía, era incapaz de continuar. Así que se giró para encararse con su creadora.

—No seas un niño malo —le reprochó Sintharia mientras sostenía en alto la esquirla del Alma Demoníaca—, Ya he tenido bastantes niños malos…

Acto seguido señaló con una garra a Korialstrasz y le ordenó:

—¡Ve a por ése primero! En cuanto al otro. —Sintharia se interrumpió brevemente para ver cómo se estrellaba Kalec—, Podrás saborear los restos de su cadáver cuando hayas acabado con el dragón rojo.

—Sssí, madre.

Acto seguido, envuelto aún en aquel fulgor dorado, que según Korialstrasz cumplía la función de evitar que volviera a rebelarse, Dargonax arremetió contra él,

—Sólo… sólo tendremos una oportunidad —logró decir Iridi a duras penas, y luego miró a la alta elfa y añadió—: ¿Estás segura de que eso fue lo que sucedió?

La forestal asintió.

—Lo vi con mis propios ojos.

—Entonces, debemos intentarlo ya.

La draenei intentó mantenerse en pie por sí sola, algo que parecía imposible.

Rhonin y Vereesa intercambiaron miradas a espaldas de la sacerdotisa.

—Iridi, ¿qué pretendes hacer?

—Sé cómo. cómo guiar a la vara. pero. pero no me quedan fuerzas. energías. que aportar. —balbuceó la draenei con la mirada puesta en el tenue resplandor del cristal—, Pero tú… tú tal vez podrías suministrarme las energías que a mí me faltan.

—Si así podemos detener a ese engendro, tienes a tu disposición todo mi poder.

—¡Cuidado! —les avisó Vereesa—, Ha vuelto a enviar a esa bestia a combatir contra Korialstrasz,

Iridi dio un paso adelante y apuntó con la vara a los dragones, Se tambaleó debido al esfuerzo y masculló para sí:

—Hice un juramento y lo voy a cumplir,

Acto seguido le dijo al brujo con un hilo de voz:

—Te necesito… ahora…

Rhonin se puso a su lado y agarró la vara con una mano. Un segundo después, el cristal brilló con la intensidad habitual.

La draenei se concentró. y rezó.

Dargonax desgarró la carne de Korialstrasz. A éste le resultaba casi imposible repeler sus ataques debido a que se sentía muy débil tras haber sufrido tantas penalidades; y por si fuera poco, el dragón crepuscular se encontraba en el punto álgido de su poder.

Sintharia chilló enloquecida de furia y un estallido de luz envolvió a los dos dragones.

Al instante, el dragón crepuscular se hinchó hasta alcanzar unas proporciones aún más grotescas.

—¡ Ssssí! —rugió de placer Dargonax.

Acto seguido lanzó muy lejos a un sobresaltado Korialstrasz, y después se volvió hacia su creadora mientras seguía hinchándose cada vez más.

El coloso rojo hizo todo lo posible por permanecer en el aire, y a continuación miró a Sintharia.

A pesar de que su zarpa presentaba graves quemaduras, otro detalle más de su macabra belleza, la dragona negra aferraba con fuerza el objeto que la estaba abrasando: la esquirla que le proporcionaba a Dargonax más y más poder…

¡No!, se dijo Korialstrasz. ¿Acaso no saben qué están haciendo? En ese instante bajó la vista para contemplar la fuente de las energías que fluían por la esquirla e iban a parar al dragón crepuscular.

Se trataba de Iridi y. Rhonin. Él era la fuente de energía que suministraba magia a la vara. El brujo debería haber sabido que esa estrategia tendría unas consecuencias fatales. ¿Por qué estaban. ?

—¡No! —gritó Sintharia fuera de sí—. ¡No pienso soltarla!

Korialstrasz volvió a mirar a la dragona negra y pudo observar cómo su zarpa, que estaba cerrada en un puño, parecía tener vida propia y querer acercarse al coloso amatista.

De repente, el leviatán carmesí entendió qué tramaban el brujo y la sacerdotisa. Estaban utilizando a su favor la misma aberración que había percibido en el Devorador.

Dargonax se aproximó a su creadora, pero parecía que estaba atado a una correa invisible. El coloso se tensó, incapaz de dar un paso más.

No puede avanzar porque Sintharia sostiene en su mano esa esquirla… por culpa de esa maldita esquirla…

Sin preocuparse de las consecuencias, el dragón rojo le empujó con todas sus fuerzas con el fin de hacerle llegar hasta Sintharia.

Su plan habría fracasado si no fuera porque tenía a Dargonax muy cerca y porque la esquirla seguía quemándole la zarpa a la dragona negra. La consorte de Alamuerte sólo tenía ojos para el dragón crepuscular y la esquirla. Mientras pudiera dominar al Devorador, el destino del mundo estaba en sus manos.

Korialstrasz se le acercó por debajo, con el hocico apuntando a su zarpa. Sintharia se percató de que se aproximaba en el último momento, pero no reaccionó con la suficiente rapidez.

El dragón rojo arremetió contra su objetivo con todas sus fuerzas, centrándose en la zarpa que sostenía la esquirla. Finalmente consiguió golpearla con el hocico en el bajo vientre.

Sintharia, que estaba muy tensa, soltó la esquirla. El fragmento solitario del Alma Demoníaca salió despedido de su mano y con una precisión asombrosa fue a parar a la boca de Dargonax.

—¡Necio! —gruñó Sintharia dirigiéndose a Korialstrasz.

La cola de la dragona negra se enrolló alrededor de la garganta del coloso rojo y sus afiladas escamas se le clavaron con fuerza en la carne. Aquella musculosa cola, propulsada por una furia demencial, amenazaba con romperle el cuello.

—¡\by a arrancarte la cabeza!

—No… Yo voy a arrancarte la tuya… —bramó el dragón crepuscular.

El monstruoso dragón la atacó en cuanto se liberó de su control. Sintharia abrió los ojos incrédula en el momento en que Dargonax se le echaba encima. La consorte de Alamuerte gritó:

—¡Me perteneces! ¡Yo te engendré! ¡Me obedecerás!

La bestia amatista entornó unos ojos amenazantes y rugió:

—No obedeceré a nadie. porque soy Dargonax, el Devorador de todo cuanto existe, incluida tú.

Acto seguido desgarró el vientre de Sintharia con sus temibles zarpas, que eran el doble de grandes que las de ella. La dragona aulló de dolor mientras jirones de escamas y de carne salían despedidos por el aire. Aun así no mostró miedo en ningún momento, sólo furia. Contraatacó expulsando por la garganta un torrente de lava cuyo intenso calor era comparable al del magma que seguía ardiendo en la montaña.

Dargonax se volvió etéreo, aunque no pudo evitar quemarse un poco. Estaba tan ansioso por cercenar la vida de su odiada creadora que ignoró sus heridas.

Entretanto, Korialstrasz se preguntaba por qué la sacerdotisa y el brujo no habían acabado lo que habían empezado. Miró hacia abajo y vio, a la luz de la erupción, que la draenei, quien, sin duda, guiaba el ataque, estaba de rodillas. Rhonin parecía tan agotado como ella.

Una figura se arrastraba hacia ellos; se trataba del dragón azul. Kalec comprendía perfectamente lo que había hecho su aliado, pero se sentía tan débil que dudaba que pudiera ayudar a los demás.

El coloso rojo se lanzó en picado a toda velocidad y frenó justo antes de estrellarse contra el suelo. En el momento de aterrizar adoptó una forma mucho más práctica: la de Krasus.

Acto seguido ayudó a Kalec, que también estaba mutando, a llegar hasta Rhonin e Iridi. Vereesa, que estaba junto a su marido y la draenei, tenía encomendada la misión de vigilarlos para evitar que soltaran la vara.

—Ha-ha de ser destruido… —dijo la sacerdotisa dirigiéndose a Krasus y Kalec, sin que hiciera falta que precisara a qué se refería—. Debemos. debemos centrarnos en esa debilidad que. fue obra de Zzeraku. Yo guiaré. guiaré todo el poder que me deis. Pero no os refrenéis. ¡Dádmelo todo!

Los dos dragones sabían que Iridi estaba pagando un precio muy alto al permitir que sus energías combinadas fluyeran a través de ella. Por eso Kalec vaciló.

—¡No! No voy a…

La draenei le miró fijamente y le exhortó:

—¡Debes hacerlo!

El dragón mago le cogió al joven dragón de una mano que puso sobre la vara. Por fin los cuatro aliados juntos aferraban con fuerza el obsequio de los naaru, mientras Vereesa ayudaba a Iridi a mantener la vara apuntando hacia donde debía.

—Acabemos con esto de una vez —ordenó la sacerdotisa.

El fulgor de la vara los rodeó a todos. Krasus, Rhonin y Kalec gruñeron. Iridi permaneció en absoluto silencio.

De inmediato, un gran chorro de energía se elevó por los aires, y esta vez impactó en Dargonax.

Mientras Krasus, que estaba sometido a una gran tensión, reflexionó acerca de que aquel plan desesperado se basaba en gran parte en lo que Vereesa les había contado acerca de que había visto cómo el poder de la vara de Zendarin había destruido lo que supuestamente era indestructible. ¿Por qué no iba a suceder ahora lo mismo a pesar de que la esquirla se hallara sana y salva en la garganta del dragón crepuscular, o al menos eso era lo que creía el Devorador?

En realidad, es ahí donde debía estar si pretendían llevar a cabo su plan.

—¡Ha vuelto a brillar! —gritó Vereesa—. ¿Eso implica que…?

—¡No implica nada a menos que esa esquirla sea destruida! —respondió Rhonin.

De improviso, Dargonax se retorció, su cuerpo se estremeció y perdió cohesión fugazmente. Al parecer, intentaba deshacerse de lo que le causaba tanto dolor.

Entonces, una breve explosión de color dorado atravesó su cuerpo. Se olvidó de Sintharia y miró hacia el suelo.

Sin mediar palabra, Krasus se apartó del grupo y cambió de forma en cuanto estuvo lo bastante lejos. Volvía a ser Korialstrasz. Acto seguido surcó el cielo a gran velocidad. Ahora, más que nunca, aquel monstruo no debía acercarse a sus aliados.

El Devorador brilló. Intentaba concentrarse y recobrar la compostura. Divisó a su adversario y le lanzó una mirada ponzoñosa.

—Tú… Voy a alimentarme de ti muy lentamente, disfrutando de tu tormento.

—¡Sintharia se escapa! —le interrumpió el dragón rojo.

La reacción de Dargonax no se hizo esperar. Se volvió hacia la dragona negra que ponía pies en polvorosa y brilló con más intensidad.

—Pero, ¿qué…? —balbuceó el dragón crepuscular.

La bestia gigantesca clavó los ojos en Korialstrasz, que le devolvió una mirada cargada de determinación.

Tras proferir un rugido iracundo, Dargonax fulminó con la mirada a su enemigo y a continuación se lanzó en picado a por Sintharia.

La herida que había sufrido le hacía volar a la dragona negra con demasiada lentitud. A pesar de que logró sobrevolar Grim Batol, no llegó muy lejos antes de que su creación le diera alcance.

—¡Suéltame! —le exigió—, Suél…

El Devorador clavó sus garras en el torso y las alas de la consorte de Alamuerte. Entonces, el dragón crepuscular volvió a brillar y la expresión de Sintharia se llenó de espanto,

—¡Suéltame! O si no.

El Devorador dejó escapar una risa siniestra,

—¡Al fin! —gritó—, Al fin soy libre, Ya no me dominas…

Dargonax brilló con la intensidad del sol,

El poder que albergaba en su interior los consumió a los dos,

Si bien había devorado la última esquirla del Alma Demoníaca, en cuanto ese fragmento se destruyó dentro de su cuerpo inició una reacción en cadena que aumentó la inestabilidad que el dragón amatista había compartido con los gemelos que le precedieron, pero que en su caso no habría sido fatal si no fuera por la esquirla.

Sintharia dejó escapar un rugido ahogado de furia, no de miedo.

Korialstrasz juraría que fue a él a quien miró justo antes de morir, pero podría haber sido una ilusión provocada por la luz parpadeante de la erupción de la montaña que lo iluminaba todo.

Al pensar en la erupción, el dragón rojo se volvió y contempló estupefacto cómo la lava retrocedía como si una fuerza muy poderosa la absorbiera hacia las entrañas de la montaña. Los ríos de magma regresaban al interior del monte por cualquier grieta o hendidura por la que hubieran fluido anteriormente.

El poder de Sintharia provocó la erupción… Sin ella, retrocede, ya que no debería haberse producido, reflexionó Korialstrasz.

Una vez más, la magia del Vuelo Negro del Dragón asombraba al coloso rojo, que añoró la época en que ese Vuelo había sido aliado del resto, y no una amenaza.

Pero esos días quedaron atrás hace tiempo. De hecho, en muchos sentidos, ha llegado la noche de la era de los dragones…

El dragón rojo intentó apartar esos pensamientos de su mente y planeó en el aire. Descendió para reunirse con los demás, y al acercarse comprobó que había sucedido lo que se temía que pudiera ocurrir.

Todos rodeaban a la draenei, que estaba tumbada en el suelo boca arriba. Aún tenía agarrada la vara, que refulgía muy débilmente. Korialstrasz, que tomaba tierra en ese momento, ignoraba qué energía alimentaba ahora esa luz.

Kalec se inclinó sobre ella y recorrió con las manos su cara y su corazón sin tocarlos, manteniendo una distancia respetuosa. Parecía contrariado. Mientras su aliado se transformaba en Krasus, murmuró:

—Anveena.

El dragón mago le tocó en el hombro y le susurró:

—Lo siento. Nos salvó una vez, pero ya no puede salvar a nadie más. Ahora Anveena vive dentro de ti.

—Preferiría que salvara a Iridi…

—Según parece, el destino no opina lo mismo.

La draenei debió de escuchar la voz de Krasus a pesar de que éste había hablado en voz baja. Abrió los ojos y se giró hacia él.

—¿Se-se acabó?

—Sí, Iridi —respondió Krasus, y se arrodilló junto a ella—. Calla, no malgastes fuerzas. Cabe la posibilidad de que si te llevo conmigo ahora mismo, mi reina tal vez pueda salvarte…

La sacerdotisa tosió.

—No. Mi. mi misión. acaba aquí. —replicó con una sonrisa—. Gracias a Zzeraku. Alabado sea por su contribución a poner fin a esta maldad.

Volvió a toser, esta vez mucho más fuerte. Aun así prosiguió:

—Azeroth es un mundo repleto de. de prodigios. pero añoro. añoro Terrallende. a pesar. a pesar de sus cosas malas… Ojalá… ojalá pudiera…

Su voz se apagó, se le cayó la cabeza a un lado con los ojos aún abiertos y soltó la vara.

El obsequio de los naaru rodó por el suelo y repiqueteó; su luz se había apagado para siempre. Vereesa hizo ademán de cogerlo, pero la vara se marchitó como si se tratara de un ser vivo que se ajara de repente. En unos segundos no quedó nada más que un montón de polvo gris cuya forma recordaba vagamente a la de la vara original.

Los cuatro permanecieron callados un momento, honrando a la draenei por su sacrificio.

—¿La enterramos aquí? —preguntó Rhonin, rompiendo el silencio.

Kalec se acercó al cuerpo y con voz temblorosa respondió:

—No. Me la llevaré. Es lo menos que se merece.

Krasus sabía perfectamente a dónde quería llevársela.

—¿Crees que es una buena decisión? ¿Malygos lo permitirá?

—Lo permita o no mi señor, me la llevaré a Terrallende; es lo que Iridi quería.

Cogió a Iridi en sus brazos y se transformó. Mientras desplegaba las alas, agachó la cabeza en señal de respeto ante Rhonin y Vereesa.

—Me siento honrado de haberos conocido… y he de reconocer que os envidio.

A continuación, el dragón azul se dirigió a Krasus y añadió:

—Ahora te comprendo mucho mejor. Que no esté de acuerdo con muchas de las cosas que haces no quiere decir que no entienda tus razones.

Su aliado le hizo una reverencia y replicó:

—Ella siempre estará muy orgullosa de ti, Kalecgos.

—Prefiero que me llamen Kalec, como hacía ella.

—Entonces, adiós, Kalec. y gracias por tu ayuda.

El dragón azul surcó el cielo oscuro, sobrevoló a los tres en círculos y finalmente tomó una dirección que Krasus sabía que lo llevaría hasta el portal a Terrallende.

En ese momento, Grenda y algunos de sus guerreros se aproximaron a ellos. La enana saludó al trío con su hacha.

—He localizado a todos —anunció, y, dirigiéndose a Rhonin, añadió—: Menos a los raptores… No sé qué ha sido de ellos.

Rhonin se rió entre dientes.

—Ya me ocuparé de ellos más adelante. Ahora que reina la calma en las inmediaciones de Grim Batol, seguro que se alegran de poder quedarse en la

Colina del Raptor y de no tener que invadir el puerto de Menethil. Mientras los enanos y los raptores permanezcáis separados, habrá paz.

Grenda resopló.

—No sé si funcionará… Además, ¿esa maldita montaña de verdad está en calma? ¿Cómo sabemos que el mal que anidaba en ella ha sido erradicado?

—Eso habrá que verlo —respondió Krasus—. Por el momento, los sueños de Alamuerte, al menos, han llegado a su fin. Muerta Sintharia, los conjuros que protegían la cámara de los huevos se supone que han desaparecido. La lava, al regresar al interior de la tierra, los habrá destruido.

—Entonces, nuestra misión ha concluido —declaró Grenda, y con un leve titubeo agregó—: Volveremos con nuestra gente al alba; después informaremos al rey de lo sucedido y honraremos a los muertos, sobre todo a Rom

Krasus frunció el ceño antes de hablar.

—Dile a tu rey que el Vuelo Rojo también honrará a vuestros guerreros caídos, entre ellos a mi viejo camarada Rom.

El rostro de la enana se iluminó.

—Eso sería una bonita manera de homenajearlo…

El dragón mago se giró hacia Rhonin y Vereesa.

—Regresaréis con vuestros hijos lo antes posible, ¿verdad?

El brujo y la alta elfa asintieron.

—Descansaremos hasta el alba —contestó Rhonin—. Para entonces espero ser capaz de teletransportarnos hasta casa, donde pasaré un tiempo con ellos antes de volver a Dalaran.

El hechicero pelirrojo no dijo nada más y, por la expresión de su semblante, Krasus dedujo que no iba a entrar en detalles acerca de lo que tramaban en aquella ciudad cubierta por un domo.

—Vuestras vidas están en vuestras manos —aconsejó el dragón rojo a la pareja, en especial a Rhonin—. Os estoy muy agradecido por vuestra ayuda… y por vuestra amistad.

—Siempre la tendrás —le prometió Vereesa.

Krasus se preparó para conjurar un hechizo más.

—Como amigo vuestro, permitidme este capricho.

Acto seguido, el brujo y la alta elfa se desvanecieron.

—Ahora están en su casa con sus hijos —le explicó el dragón mago a una asombrada Grenda—. Si me da tiempo a recuperarme, podré enviar a algunos de tus hombres a casa del mismo modo.

Todos los enanos negaron al unísono con la cabeza y su líder repuso con una sonrisa que delataba ansiedad:

—Si no le importa, mi señor, los moradores de la tierra preferimos sentir el suelo bajo nuestros pies.

Ese comentario hizo sonreír al dragón mago.

—Por supuesto. Estáis tan ligados a la tierra como yo al cielo. Lo entiendo perfectamente —replicó mientras se alejaba de Grenda—. Os dejo. Que vuestras hachas estén siempre afiladas y vuestros túneles sigan siendo tan resistentes…

Los Barbabronce se arrodillaron ante Krasus, que volvió a adoptar su verdadera forma. Como Korialstrasz agachó la cabeza en señal de respeto a los enanos, y al instante surcó el cielo.

Una vez arriba, trazó un arco en el aire y acto seguido se dirigió a Grim Batol. Sobrevoló la montaña arrasada por la lava maravillado de que, a pesar de la erupción provocada por Sintharia, Grim Batol permaneciese prácticamente inalterable.

Este lugar siempre sobrevive. Siempre perdura, pensó Korialstrasz.

A continuación se concentró al máximo para asegurarse de que lo que acababa de contarles a los demás era cierto. Examinó el interior de Grim Batol y sólo percibió el vacío y la maldad residual que llevaba siglos impregnando aquella montaña.

En la cámara de los huevos, el coloso rojo percibió una destrucción total. Como había explicado antes, sin Sintharia carecía de protección mágica. Quizá habría sobrevivido un par de huevos, pero el recubrimiento de myatis no habría bastado para salvarlos. Dargonax había sido el último dragón crepuscular.

Korialstrasz tomó rumbo hacia su hogar. Él también añoraba a su familia. Había llegado la hora de regresar a casa, donde permanecería un tiempo antes de reanudar su vigilancia eterna sobre Azeroth…

Tras él, Grim Batol estaba tan silenciosa y tranquila como una tumba.

No obstante, en las entrañas más profundas de aquella montaña espantosa, donde ni siquiera Sintharia se había aventurado jamás, no reinaba la calma precisamente. En una caverna que no conocía la luz del sol se movió una silueta enorme. Todos los intrusos se habían ido. Por fin podía proceder.

A su alrededor estaban los huevos que la dragona negra creyó a salvo en su caverna especial y que el maldito dragón rojo pensó que se habían destruido. Allí abajo había muchos sitios donde almacenarlos y conservarlos hasta que llegara el momento oportuno.

Has sido un títere muy útil para mí, Sintharia, se dijo aquel ser. ¡Con qué facilidad te atraje hasta aquí y desperté en ti la necesidad de hacer realidad un sueño que considerabas tuyo! La envidia y el odio te convirtieron en mi mejor herramienta, sí, y gracias a los errores que cometiste, ahora sé qué debo hacer…

Alamuerte estalló en carcajadas; ése iba a ser su único gesto de luto en recuerdo de la que había sido su consorte. La había manipulado en todo momento, incluso cuando tuvo que enfrentarse al maldito Korialstrasz, con quien todavía debía ajustar cuentas.

Tras desterrar de sus pensamientos a su antiguo adversario, el demente Guardián de la Tierra jugueteó impaciente con uno de los huevos. Dargonax había sido una creación fallida, pero eso no le restaba valor. La consorte de Alamuerte había seguido una línea de investigación muy interesante con sus experimentos. Él sabía en qué había fallado Sintharia. Sus dragones crepusculares, un nombre muy apropiado, por el que dio gracias a las voces que se lo susurraron, serían el instrumento perfecto. Serían él.

Como todos daban por sentado que el Guardián de la Tierra estaba muerto, Alamuerte tenía todo el tiempo del mundo para «incubar» sus ambiciosos planes… Todo el tiempo que necesitaba para enmendar los errores garrafales de sus hijos y su consorte y cerciorarse de que nadie, ni siquiera Korialstrasz, comprendiera qué estaba ocurriendo hasta que fuese demasiado tarde.

El día del dragón ha acabado, se dijo Alamuerte, anticipándose a los acontecimientos. La noche está cayendo sobre Azeroth… y en cuanto ésta haya barrido a los viejos Vuelos… llegará el alba.

El alba de mi nuevo mundo…

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