La noche del dragón – Capítulo Veintitrés

La noche del dragónLa lava se extendía por todas partes, y aunque Korialstrasz la había utilizado anteriormente para curarse, como le había explicado a Vereesa, existían unos límites que no podía sobrepasar para poder sobrevivir en ella. Y acababa de superar ese límite.

El dragón rojo ignoraba dónde se encontraba Sinestra. Fluían a su alrededor demasiadas fuerzas y energías primordiales. Grim Batol estaba tan saturado de magia que resultaba imposible comprender la magnitud de tales energías. Cada vez que Korialstrasz había creído saber qué sucedía, la montaña le había demostrado que se equivocaba.

El calor comenzó a alterar su organismo mientras ascendía sin parar; varias de sus escamas se habían quemado. Comenzó a dudar que pudiera salir vivo de allí…

Su cabeza atravesó repentinamente una capa de roca y tierra más fría y un instante después sintió el ansiado aire fresco. Korialstrasz soltó un rugido que era más bien una bocanada de aire combinada con un ruego por el que imploraba dejar de quemarse. El dragón rojo trastabilló en la cima de aquella montaña destrozada; acto seguido, incapaz de mantener el impulso y la velocidad, se derrumbó sobre la ladera más alejada y cayó rodando hasta el pie de la montaña.

Otros dos seres más buscaban desesperadamente escapar de la catástrofe que había provocado la dragona negra. Kalec levantó un escudo para proteger a ambos lo mejor posible, aunque, después de tantas penalidades, el joven dragón azul estaba dispuesto a admitir que estaba al límite de sus fuerzas. Aun así siguió adelante, impulsado por ciertas visiones sobre Anveena así como por su preocupación por la forestal.

Entonces, cuando la lava los rodeaba y no divisaban un lugar adecuado para que el debilitado dragón azul se transformara, una figura se apareció a la asombrada pareja. Se trataba de un brujo humano pelirrojo. Kalec sabía, por Vereesa y por la información que manejaba su Vuelo sobre los hechiceros humanos, que este brujo tenía que ser Rhonin Draig’cyfaill, aunque a ojos del gran Malygos, «Corazón de Dragón» era un apelativo más que correcto, ya que, acertada o equivocadamente, el Aspecto de la Magia lo consideraba el miembro más soportable de una orden insoportable: la de los magos humanos.

En ésta y en muchas otras cosas,

Kalec se mostraba en desacuerdo con su señor; pero en ese momento lo único que le importaba era que aquel humano era el consorte de la alta elfa y tal vez supiera cómo sacarlos de ahí.

—¡Vereesa! —exclamó Rhonin en cuanto la vio.

Al igual que Kalec y la forestal, el brujo se hallaba protegido por un escudo. Pero, a diferencia del escudo del dragón azul, el suyo estaba a punto de venirse abajo. Kalec tenía que actuar con rapidez.

—¡Llévatela! —le exhortó el dragón azul al brujo pelirrojo al tiempo que empujaba a la alta elfa a sus brazos—. ¡Sácala de aquí! ¡Este pasadizo se va a inundar de lava, como los de abajo!

—¿Y qué va a ser de ti? —exigió saber Vereesa—. ¿Qué va a ser de ti?

Al verlos juntos por primera vez, el joven dragón azul se preguntó cómo habrían sido las cosas si Anveena y él hubieran compartido el destino de esa pareja. Esa reflexión le impulsó a tomar una decisión. No aguardó a que el extenuado humano intentara llevarse a la alta elfa a un lugar seguro. Kalec lo hizo por él.

Acto seguido, un orbe azul transparente rodeó a los amantes. Se trataba de una variante visible del escudo que protegía a Kalec. Rhonin y Vereesa hicieron ademán de protestar, pero Kalec no les dio la oportunidad.

—¡Puedes guiar la esfera hasta el exterior con tu magia! ¡Marchad!

El dragón azul puso la esfera en movimiento, dando por sentado que el brujo sería lo bastante inteligente como para mantenerla en movimiento. Al instante, aquel orbe y sus ocupantes ascendieron por las paredes que se desmoronaban.

Kalec por fin podía intentar lo que antes no se había atrevido a hacer por miedo a arriesgar la vida de su aliada. Para ello iba a necesitar la máxima concentración posible, todas las fuerzas que aún le quedaban y toda la fe que Anveena siempre había depositado en él.

Se transformó y al mismo tiempo moldeó un escudo más grande alrededor de su cuerpo en expansión. Mientras hacía todo esto, trató de echar a volar.

Atravesó tonelada tras tonelada de roca y tierra extremadamente dura. No ascendió en vertical sino en diagonal, pues pretendía alcanzar una de las vastas cavernas que sabía que se abrían en la ladera. En esa concretamente habían tenido retenido al dragón abisal, y el dragón azul tenía intención de comprobar si el leviatán seguía encerrado ahí. Kalec era consciente de que él solo no podría derrotar a Dargonax, pero con la ayuda de Zzeraku, siempre que hubiera alguna posibilidad de ganar, quizá aún habría lugar para la esperanza.

La lava prosiguió brotando en forma de géiseres por todo Grim Batol. Desde su punto de vista, no se trataba de un fenómeno natural. Esa montaña debería ser mucho más estable. Dio por supuesto que era obra de la consorte de Alamuerte, quien probablemente pretendía acabar así con el dragón rojo. Si bien Kalec hubiera deseado poder ir a ayudarle, en el supuesto de que Korialstrasz todavía viviera, consideraba a Dargonax una amenaza mucho mayor. Sinestra no era consciente de la aberración que había creado.

Llegaría un momento en que esa abominación pasaría de ser siervo a amo.

De repente, la roca que tenía delante se desmoronó. Su hocico penetró en una caverna destrozada que aún no había sido invadida por la lava. Agradecido por ello, el dragón azul atravesó la pared y se introdujo en la cueva.

Al instante, un intenso fulgor negro lo atacó. Kalec rugió y acto seguido impactó contra una pared. Se le paralizaron las extremidades. Era incapaz de moverse.

—¡Caray, no eres el necio que esperaba! —exclamó con arrogancia Sinestra amparada por las tinieblas—.

Pero me servirás igual…

La consorte de Alamuerte atrapó con sus garras las patas del dragón azul y se lo llevó volando.

Zzeraku se moría. Iridi lo podía intuir y ver. Sabía que la esencia de un dragón abisal era finita y, tras haber sufrido tantas torturas, su energía vital prácticamente se había agotado. El propio dragón era consciente de su fin inminente; sin embargo, Zzeraku parecía dispuesto a rehuir su destino.

El dragón abisal tenía que detener a Dargonax no por una mera cuestión de orgullo, sino, como Iridi había percibido antes, porque quería salvar la vida de los demás, sobre todo de la sacerdotisa.

¡No puedo permitirlo! ¡No permitiré que sacrifique su vida ni por mí ni por nadie!, pensó la draenei desesperada. Se alejó sigilosamente de los enanos y los raptores, quienes regresaban a la colina que lleva su nombre, y caminó hasta un punto donde podía observar a los dos gigantescos combatientes desde tan cerca como le era posible. Iridi ignoraba si su plan funcionaría o no; sólo sabía que si Dargonax se alimentaba con el poder de la vara, Zzeraku también podría hacerlo.

Invocó la vara y a continuación apuntó con el cristal grande al dragón abisal. La sacerdotisa recordó el adiestramiento que había recibido en materia de meditación y concentración; no podía permitir que nada la distrajese en ese instante crucial.

Debía evitar que Zzeraku sacrificara su vida por salvar la suya.

Con la mirada fija en el cristal, canalizó el poder del don de los naaru hacia aquella bestia… y rezó.

Una inmensa onda de energía invadió a Zzeraku. El milagro lo sorprendió, aunque la perplejidad enseguida dio paso al entendimiento. Conocía la fuente de aquel poder y sabía perfectamente que la draenei estaba pagando un alto precio por ello.

El hecho de que estuviera dispuesta a sacrificarse una vez más por él con el fin de salvarlo hizo que a Zzeraku lo embargara una emoción que nunca antes había experimentado. Se sentía orgulloso no sólo de lo que era, sino de aquello en lo que se había convertido. Los dragones abisales carecían de un pasado, de un legado que les sirviera de referencia. Además, había descubierto que habían sido engendrados a partir de unos huevos del Vuelo Negro que habían sido sutilmente alterados; el mismo método por el cual había sido creado Dargonax.

La única diferencia estribaba en que, al contrario que el Devorador, Zzeraku renegaba de sus orígenes. No estaba llamado a ser malvado; él elegiría su propio destino, aunque la elección conllevara la muerte.

El dragón abisal brilló con fuerza y recurrió de nuevo a su magia. Al instante, una turbulenta tormenta de relámpagos cayó sobre Dargonax, que se retiró sorprendido.

Zzeraku se rió… y se lanzó en picado tras su enemigo.

Los titanes descendieron sobre la montaña en llamas como dos cuervos carroñeros que se disputaran los muertos que yacían en el campo de batalla. El Devorador arremetió contra el dragón abisal, pero ambos se atravesaron mutuamente una vez más.

Iridi percibió que Zzeraku no estaba en disposición de derrotar a la creación de Sinestra. La draenei se arrodilló con el fin de preservar todas las fuerzas posibles mientras obligaba a la vara a entregar al dragón abisal toda la esencia que albergaba así como toda la energía de la propia sacerdotisa.

En cuanto la nueva descarga de energía lo imbuyó de más poder, Zzeraku bramó a la draenei:

—¡No me des más energías! ¡Vete!

¡Soy yo quien debe luchar contra él!

Dargonax, tras bajar la mirada para observarla, le gritó furioso al dragón abisal:

—¡No temas por tu pequeña mascota! Ella y el poder que ostenta pronto se convertirán en un suculento banquete que saborearé con gusto…

Si bien Iridi sabía que los dragones eran extremadamente inteligentes, Dargonax poseía una astucia que no se correspondía con su corta existencia. El dragón crepuscular era un ser que superaba todo lo imaginable. Sinestra había acelerado su desarrollo físico y mental más allá de todo límite. ¿Qué cotas de poder inimaginable llegaría a alcanzar si se le permitía seguir viviendo hasta tener un año?

Ese miedo redobló la determinación de la sacerdotisa. La draenei buscó en su fuero interno esa parte diminuta a la que ninguna criatura mortal renuncia ni entrega en sacrificio. Aunque, por el bien de Zzeraku, estaba dispuesta a sacrificarlo todo.

Su esencia vital fue a parar al dragón abisal a través de la vara.

Zzeraku volvió a hincharse y acto seguido, más temible que nunca, batió sus alas; la combinación de este movimiento y su magia desató un vendaval que zarandeó a su adversario. A pesar de que el dragón crepuscular recobró su forma etérea, Zzeraku no cesó de batir las alas, puesto que ese viento también contenía las poderosas energías que la vara e Iridi le estaban proporcionando.

De repente, una chispa de luz apareció en un ala de Dargonax. A continuación, una segunda se materializó en su pata trasera derecha, y una tercera en su torso. Cada vez que surgía una chispa, el dragón crepuscular gemía.

¡Funciona!, se felicitó Iridi, a quien le dio un vuelco el corazón de la emoción a pesar de que se sentía mortalmente débil. Zzeraku estaba a punto de acabar con Dargonax.

Entonces, de aquella montaña en llamas brotó un fulgor negro. La draenei se temió que esa energía atacaría al dragón abisal, pero impactó en la espalda de su enemigo.

Sin embargo, el dragón crepuscular no rugió de dolor sino de placer.

—¡ Sssí! —gritó para que lo oyera todo aquel que tuviera oídos—. ¡Más! Quiero más…

Antes de que un perplejo Zzeraku tuviera tiempo de reaccionar, Dargonax echó a volar y se abalanzó sobre él, atrapándolo por las alas con unas garras que brillaban como el ónice. Aunque el dragón abisal fuera incorpóreo, su oponente no tenía ningún problema para aferrarlo con fuerza. Y por mucho que se retorció con la intención de soltarse, su monstruoso adversario siguió agarrándolo con firmeza.

—Me he alimentado de ti muchas veces —le dijo Dargonax con sarcasmo—. ¡Ahora me voy a dar un último festín contigo!

El dragón crepuscular inclinó la cabeza hacia atrás y Zzeraku gritó. Unas ondas recorrieron su cuerpo como si no fuera real; después se retorció como si se tratara de niebla.

—¡No! —gritó Iridi presa de la frustración, pues sabía que había estado muy cerca de salvar a Zzeraku—. ¡Por favor, no!

Zzeraku sentía que la vida se le escapaba. Su destino estaba sellado. Ahora lo único que deseaba era evitar que la pequeña draenei corriera su misma suerte. ¡Qué ser tan excepcional era la sacerdotisa! ¡Qué valiente y leal! Se maldijo por haber menospreciado no sólo a ella sino a todas las criaturas diminutas. A pesar de su tamaño minúsculo, a pesar de sus frágiles cuerpos, eran mucho más admirables que él.

El dragón abisal intentó romper el vínculo, pero Iridi se negó. Ella estaba tan decidida a ayudarlo como él resuelto a protegerla.

El coloso sabía que sólo tendría una oportunidad. Soltó un último rugido desafiante e intentó anular el hechizo que permitía que las garras del Devorador pudieran retener su forma incorpórea.

Al atacar, Zzeraku percibió que algo en el fuero interno de Dargonax reaccionaba contra sus energías. El Devorador gritó y un instante después recobró la compostura.

—No… —siseó aquella bestia oscura con una sonrisa desdeñosa—. No, no lo harás.

El dragón abisal sintió cómo unos tentáculos de energía destrozaban su esencia vital. Estaba siendo despedazado interiormente y no podía hacer nada por evitarlo, ni siquiera ayudar a la draenei. A pesar de lo mucho que intentó mantener su cohesión, sentía que la vida lo abandonaba. A medida que el dragón crepuscular absorbía más y más esencia vital de su adversario, se fue hinchando hasta alcanzar unas proporciones monstruosas. Entonces, la mente de Zzeraku se hizo añicos. Ya no parecía un dragón abisal, sino más bien una masa informe y grotesca. Su último pensamiento fue para Iridi.

¡Lo siento! Lo siento, amiga mía…

Mientras Dargonax absorbía toda la

esencia vital de Zzeraku, también engulló la esencia de la vara… y de Iridi.

La draenei se estremeció. Intentó mantenerse arrodillada, pero ya ni siquiera podía hacer eso. Iridi cayó hacia delante con un gemido. Soltó la vara, pero esta vez no se desvaneció, sino que rodó por el suelo de piedra repiqueteando y acabó junto a sus pies.

La luz del cristal grande se apagó, y en su lugar sólo quedó una piedra fría.

Te he fallado, reconoció la sacerdotisa. A pesar de mis buenas intenciones, te he fallado… Bravo, Zzeraku, amigo mío…

Con gran esfuerzo, logró levantar la cabeza, con la vana esperanza de que el leviatán todavía resistiera…

En ese momento, el dragón abisal se disipó, profiriendo un lamento, en una nube de energía en la que anidaba un torbellino, que Dargonax inhaló de una sola vez. Mientras el dragón crepuscular rugía de placer, pareció hincharse aún más.

Iridi no pudo soportarlo más. A su propio sufrimiento se sumó la última y terrible escena de la que había sido testigo, que fue la gota que colmó el vaso. Su cuerpo se estremeció de dolor, agachó la cabeza. y perdió el conocimiento.

La esfera que protegía a Rhonin y Vereesa aterrizó cerca de los enanos y acto seguido se abrió. En cuanto salieron por la abertura, el enorme orbe se desvaneció.

Grenda se acercó corriendo a la pareja.

—¡Vereesa! ¡El brujo! ¡Albricias! Pero, ¿dónde están los demás?

Rhonin hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No lo sé con certeza… salvo en el caso de Iridi y Rom.

—¿Rom? —exclamó la enana con el rostro dominado por el temor—. ¿No querrás decir que.?

—Cayó en batalla, llevándose consigo a un dracónido.

—Probablemente, se trataba de Rask —añadió Vereesa.

—Le-le rendiremos honores —musitó Grenda, quien se ruborizó al intentar contener las intensas emociones que sentía.

En un claro intento de centrarse en otras cuestiones, preguntó:

—¿Y qué ha sido de la draenei?

—Debería estar por aquí…

La intensa iluminación que emanaba de Grim Batol permitía ver a una gran distancia, aunque a veces solo a intervalos irregulares.

En ese momento, un rugido les hizo alzar la vista a todos. Dargonax sobrevoló aquel paisaje como si de un dios del averno se tratara. Bajo el resplandor de la erupción, conformaba una visión aterradora.

—¿Qué ha sido del dragón abisal? —preguntó el brujo.

—Una aterradora energía negra surgió de Grim Batol y reforzó a esa bestia. Al mismo tiempo, una luz de color azul pálido alcanzó a Zzeraku y le dio fuerzas por un breve tiempo, pero no fue suficiente…

—Azul  pálido.  ¡Iridi!

¡Seguramente, intentaba ayudar al dragón abisal! Espero que no acabara herida por.

Pero antes de que Rhonin pudiera decir nada más, Dargonax bajó la vista para contemplar a aquellas figuras minúsculas y estalló en carcajadas.

—Contemplad este maldito lugar en el que os encontráis y disfrutad de las vistas, mis diminutos manjares, porque será lo último que veáis…

El brujo gruñó.

—¿Por qué los malos dicen siempre las mismas tonterías? —refunfuñó Rhonin mientras se ponía delante de Vereesa y Grenda—. ¡Dispersaos! Tal vez pueda contenerlo el tiempo suficiente como para que podáis.

—¡No pienso irme de aquí sin ti! —exclamó la alta elfa.

—¡Y ningún enano piensa huir de un lagarto gigantesco! —gritó Grenda. Su comentario provocó que los guerreros cercanos mostraran su acuerdo a voz en grito. Rhonin no podía perder el tiempo en discusiones. Dargonax ya estaba descendiendo sobre ellos. El brujo repasó mentalmente todo lo que sabía acerca de dragones con la esperanza de hallar alguna pista sobre qué debía hacer. Se encontraba exhausto, y aunque hubiera estado en plena forma, dudaba mucho de que hubiera sido capaz de derrotar a un coloso como aquél.

Aun así lanzó un hechizo.

Unos tentáculos blancos se materializaron alrededor del dragón crepuscular. Si bien su aspecto era muy similar al de las ligaduras que habían mantenido a raya a Zzeraku, su diseño contaba con una matriz más compleja.

Lo rodearon y ataron sus alas, que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Rugió de furia mientras caía al suelo.

De improviso se volvió translúcido, y las ligaduras mágicas de Rhonin siguieron bajando sin su prisionero.

Dargonax brilló fugazmente y se solidificó una vez más. Tras sacudir la cabeza, continuó su descenso en picado hacia las diminutas figuras que lo observaban desde el suelo.

Estamos condenados, reconoció

Rhonin. Estamos apunto de morir y ni siquiera me quedan fuerzas para lanzar un conjuro que salve a Vereesa…

Entonces, el dragón crepuscular abrió sus enormes fauces.

Un dolor muy agudo despertó por fin a Korialstrasz; un dolor muy intenso y familiar.

El dragón rojo levantó la cabeza y examinó la herida que le había causado el cristal negro. Sin embargo, no culpaba al cristal sino a algo que se ocultaba tras él.

En ese preciso momento, en Grim Batol, lejos de todo, pudo percibirlo.

Korialstrasz al fin pudo saber qué era.

¡Siempre has sido una espina en mi costado, hijo de Neltharion!, pensó el coloso carmesí, y acto seguido concentró toda su repentina furia en la herida. Se estremeció de dolor, pero no se dejó vencer por él. Esta vez se curaría del todo.

De su piel cubierta de escamas brotaron de improviso unas esquirlas diminutas. Casi todas pertenecían al cristal negro y, gracias a sus anteriores esfuerzos, eran inofensivas.

Sin embargo, había entre ellas un fragmento dorado del tamaño de un guisante minúsculo.

—¡Maldita sea mi estampa! —gruñó

Korialstrasz—. ¡Maldita Alma Demoníaca!

Se deshizo del resto y atrajo hacia sí con su magia ese solitario fragmento del Alma Demoníaca. La esquirla, tan diminuta como malévola, aterrizó en una de sus zarpas. Ahora que la había descubierto y extraído, podía estudiarla con detenimiento y analizar el conjuro oculto con el que la habían hechizado.

De inmediato, el dragón rojo se sintió suficientemente fuerte como para destruir esa esquirla, pero en el último momento decidió no hacerlo y cerró el puño con ella dentro. Contempló la furia siniestra que reinaba en la cima de Grim Batol y, tras desplegar sus alas al máximo, alzó el vuelo.

Sinestra observaba con regocijo el desarrollo de los acontecimientos. Todo transcurría según sus deseos. No importaba que Grim Batol estuviera asolada por un caos funesto. Lo que realmente importaba era que su creación había demostrado ser mejor de lo que esperaba, que a su vez superada por la próxima generación de dragones que iba a engendrar en cuanto esos entrometidos fueran aniquilados.

La dragona negra se inclinó sobre el dragón azul, que yacía inmóvil a sus pies. Sinestra sostenía en una mano una

esquirla del Alma Demoníaca. Era lo único que necesitaba para alcanzar la gloria y que el futuro fuera suyo. Ya podía atacarla un centenar de dragones que, mientras Dargonax la obedeciera, correrían la misma suerte que Korialstrasz… la misma que le esperaba a Kalec.

Un resplandor dorado rodeó al dragón azul, que estaba consciente pero no se podía mover. Y lo que era aún peor, volvían a robarle su esencia vital, esta vez           de una  manera más indiscriminada.

Como ahora carecía de artefactos mágicos y conjuros, la dragona demente se vio obligada a sacrificar su propia esencia vital para concentrar y dirigir esas energías hacia su objetivo final. Mediante la esquirla y su esencia vital, enviaba esas energías a Dargonax en forma de un fulgor negro.

El hecho de que el dragón abisal estuviese muerto no significaba que su esencia se hubiera desperdiciado. Así, gracias a los desvelos de Sinestra, Dargonax había ingerido la esencia vital de Zzeraku y ahora era mucho más poderoso.

—Perfecto… —murmuró la consorte de Alamuerte—. Todo ha ido según lo previsto.

Entonces, de repente, lo único que podría amenazarla surgió volando de entre los muertos con Dargonax en el punto de mira. Sinestra bramó hecha una furia al ver a Korialstrasz. El dragón rojo estaba a punto de alcanzar su objetivo.

Desde su posición, la dragona pudo percibir, gracias a la esquirla, que Korialstrasz llevaba consigo un objeto diminuto. Eso quería decir que dicho fragmento ya no estaba donde su plan, urdido hace tanto tiempo, había dictado: oculto en el cuerpo del hechicero para debilitarlo, bajo la apariencia de otro ataque mágico más. Ahora su ingenioso truco para cerciorarse de que el entrometido consorte de Alexstrasza nunca pudiera enfrentarse a ella en plena forma, con todas sus facultades intactas, se estaba volviendo en su contra.

Sólo podía haber una razón por la que Korialstrasz portara consigo voluntariamente ese fragmento del Alma Demoníaca que tanto lo había debilitado cuando lo tenía dentro. Era un plan propio de un loco y seguramente no saldría bien.

Seguramente no saldría…

En ese instante, Sinestra se inclinó hacia delante. Korialstrasz no era rival para su creación. No tenía que hacer nada salvo continuar extrayendo energías del dragón azul que utilizaría para alimentar a su hijo. Dargonax acabaría devorando al dragón rojo al igual que había hecho con el dragón abisal. De eso no cabía ninguna duda.

Aun así se trataba de Korialstrasz…

La dragona demente observó furiosa a su hijo, para descartar cualquier anomalía, y entonces descubrió que algo había sido alterado en su esencia; algo que le brindaba al dragón rojo la oportunidad de triunfar a pesar de todo.

Algo que sólo las poderosas energías de un dragón abisal podrían haber causado.

La dragona negra chilló con furia y sostuvo su fragmento ante sí mientras arremetía contra el odiado leviatán rojo.

La espantosa mascota de Sinestra era descomunal tanto como un Aspecto pero igual de enorme que Korialstrasz; además, en esos momentos se encontraba mucho más fresco que el coloso carmesí.

Aun así el leviatán rojo no titubeó. Sabía que no debía separarse de la abominación de Sinestra bajo ningún concepto; sólo así podría utilizar el fragmento, o al menos eso creía. Ahora, la consorte de Alamuerte únicamente podía controlar a ese monstruo de una forma: la misma con la que Korialstrasz esperaba destruir a su enemigo.

Era una esperanza nacida de la desesperación y probablemente no funcionaría, pero no tenía alternativa. A pesar de que dudaba de que Sinestra hubiera diseñado a Dargonax con esa flaqueza, debía intentarlo…

El dragón crepuscular no lo vio, pues en ese preciso momento caía en picado con el propósito de aterrorizar y aniquilar a los enanos. y también a Rhonin y Vereesa; esto último espoleó aún más al coloso carmesí. Korialstrasz estaba seguro de que Kalec, que le había recriminado con razón que muchos de los que se habían relacionado con el leviatán rojo a lo largo de los siglos habían pagado un alto precio por ello, habían muerto. Por eso no podía permitir que les pasara lo mismo al brujo y a la alta elfa; a ellos no.

Gritó con todas sus fuerzas para que su adversario se centrara en él y en nada más.

De inmediato, el coloso amatista reaccionó como esperaba.

—El dragón rojo… —siseó Dargonax haciendo gala de su inteligencia—. Krasus o Korialstrasz, ¿no? Percibo en ti un gran poder. una energía tremenda.

El aludido no habló, simplemente arremetió contra él. Su adversario parecía estar tan loco como su creadora.

El leviatán crepuscular entornó los ojos hasta que no fueron más que dos rendijas diminutas y le espetó:

—El dragón azul me contó que eres muy astuto, ¡pero yo sólo veo a un necio! \by a disfrutar muchísimo devorando tu esencia, como hice con el dragón abisal…

—Y en vez de devorarme, ¿no preferirías ser libre?

Dargonax se detuvo y permaneció flotando en el aire ante Korialstrasz, al que preguntó entre gruñidos:

—¿Qué insinúas? ¿Qué truco es éste? —Sinestra siempre será tu ama, ¡siempre tendrás que agachar la cabeza ante ella! ¿No prefieres librarte de esa atadura, tú que eres muy superior a cualquier dragón que haya sido concebido jamás?

—Oh, sí, seré libre… —replicó mientras centelleaba—. ¡Pero no como tú quieres!

Se volvió etéreo justo en el momento en que el leviatán carmesí aceleró bruscamente con la intención de clavarle la esquirla. Lo único que consiguió fue atravesar a su adversario.

A pesar de haber fracasado, Korialstrasz obtuvo mucha información relevante sobre su enemigo. En primer lugar, que en la forma física de Dargonax no había ninguna esquirla. En segundo lugar, que los centelleos no eran una consecuencia de la transformación del coloso crepuscular en un ente espectral. De hecho, cuando había centelleado, el dragón rojo había detectado una alteración en la esencia de Dargonax, algo que le recordaba a otra energía… la del dragón abisal muerto.

Las esperanzas de Korialstrasz crecieron. Se preparó para un segundo intento.

De improviso, un torrente de lava le golpeó de lleno en el pecho. Acto seguido giró sobre sí mismo sin control y aturdido. A duras penas consiguió sujetar la esquirla. Una parte de él se preguntaba si lo que estaba haciendo merecía la pena.

Mientras se despejaba, vio a Sinestra surcar el cielo por encima de su hijo. La mirada de Dargonax iba de la dragona negra al coloso rojo y de éste a la primera. El odio que sentía por su creadora era más que evidente para el leviatán carmesí, aunque se cuidaba mucho de ocultárselo a su ama.

—¡Debería darte vergüenza, Korialstrasz! —le recriminó la consorte de Alamuerte en tono de burla, y acto seguido le señaló con su zarpa—. ¡No me arrebatarás a Dargonax! Siempre será mío… al igual que lo será Azeroth…

—¡Tu sueño demencial acaba aquí,

Sinestra! ¡El sueño demente de Alamuerte termina aquí!

Como había esperado, la sola mención de Neltharion la enfureció.

Miró a su hijo mientras mantenía las alas desplegadas.

—Está… —comenzó a decir, pero se detuvo inesperadamente —. ¡Ah, bien hecho, Korialstrasz! Querías que le ordenara atacarte, ¿verdad?

Acto seguido ladeó la cabeza y añadió:

—¿No vas a responderme? ¡Quizá con esto abras la boca!

El dragón rojo rugió mientras la zarpa en la que sostenía la esquirla se movía sin control. Entonces abrió la mano y…

La esquirla que esperaba usar contra Dargonax se había transformado en un líquido que se escurría entre sus garras y goteaba en el aire. Con ella desaparecía la última esperanza de Korialstrasz.

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