La noche del dragón – Capítulo Veintidós

La noche del dragónRhonin no se podía creer que aquel coloso tuviera semejante tamaño. Dargonax era el dragón más gigantesco que jamás había visto aparte de Korialstrasz y los grandes Aspectos. En verdad, había hecho todo lo posible por hacerle frente con un gesto imperturbable en su semblante. De hecho, se había atrevido a encararse con ese monstruo gracias a que en el pasado había luchado contra Alamuerte.

Krasus, ahora sí que me serías de gran ayuda, pensó el brujo. Sin embargo, ignoraba el paradero del dragón mago y él no podía quedarse de brazos cruzados esperando a que su mentor se materializara de repente para hacerse cargo de todo. Todo apuntaba a que el destino lo había dejado todo en sus manos.

Que así sea. El hechicero pelirrojo no aguardó más y atacó, pero no a Dargonax.

Quizá fue la audacia de su estrategia lo que permitió que su conjuro surtiera efecto. Al fin y al cabo, Sinestra esperaba que atacara a su creación, no a ella. Por eso le sorprendió verse atada por unas cintas verdes de energía que la obligaron a mantener los brazos pegados al cuerpo y las piernas juntas.

No obstante, Rhonin pudo disfrutar poco de esa efímera victoria; tras fulminarlo con su mirada irascible, la dragona negra se liberó de esos anillos verdes.

—Eres muy astuto y poderoso… para ser un humano —dijo Sinestra—. Si creyera que eres lo bastante inteligente como para entender que yo soy el futuro, te dejaría vivir para servirme y adorarme.

—Muy generoso por tu parte.

—Tu impertinencia hace tiempo que dejó de hacerme gracia. Dargonax, date un banquete con él.

Al instante, el gigantesco adversario rugió. Su enorme cabeza se abalanzó sobre Rhonin, que conjuró un poderoso hechizo. Para su consternación, la nauseabunda criatura pareció engullir su magia.

El cubo, ¡maldita sea!, pensó mientras la horrenda boca de aquel engendro copaba su visión. ¡Ese condenado cubo tiene que ser el responsable de esto!

Iba a morir… y sin saber si Vereesa se encontraba sana y salva o no. Alguien tendría que hacerse cargo de los niños.

Entonces, una tremenda descarga de energía golpeó a Dargonax de lleno en la cara. El leviatán bramó, más de frustración que de dolor. Lanzó una mirada cargada de odio hacia el lugar de donde había surgido aquel rayo.

Zzeraku se había soltado.

No del todo, pero si lo suficiente como para atacar con una parte de su magia… Si pudo hacer algo así fue gracias a que se materializaron a tiempo la draenei y, lo que le sorprendió aún más, el viejo camarada de Rhonin, el enano Rom. Ambos se encontraban junto a los cuartos traseros del dragón cautivo, donde Iridi seguía intentando destruir uno de los cristales que todavía quedaban intactos. Rom le guardaba las espaldas y a la vez se deshacía de dos skardyns cuyo miedo a la ira de Sinestra aparentemente superaba al terror que les infundían ambos colosos.

La sacerdotisa parecía exhausta, lo cual no era de extrañar. A pesar de que no debía de llevar ahí más de unos segundos, en ese tiempo había logrado hacer mucho más que en la anterior ocasión en que había intentado liberarlo.

Dargonax se agitó para librarse de los efectos del rayo mágico. Pero el Devorador no miró con malicia a Zzeraku, sino a Iridi.

—¿Qué tenemos aquí? ¿Otro pequeño manjar cargado de poder?

La draenei pudo haber huido cuando Zzeraku atacó al dragón crepuscular, pero se quedó a terminar su tarea. Al escuchar la voz de Dargonax, se volvió hacia él dispuesta a plantarle cara, lo cual provocó que aquel coloso estallase en carcajadas. En cuanto la sacerdotisa alzó la vara, el Devorador exhaló algo por su boca dirigido a la draenei.

Un anillo compuesto de una hedionda energía roja impactó contra Iridi, la lanzó por los aires y acabó estrellándose contra unas rocas cercanas al lugar donde estaban las últimas ligaduras del dragón abisal. La sacerdotisa se quedó inmóvil a consecuencia del choque.

Zzeraku profirió un rugido de furia que provocó que Dargonax se detuviera.

Había atacado a su salvadora. La única criatura que había creído en él, que intuía que había que rescatarlo, yacía en el suelo como si estuviera muerta.

El coloso dio rienda suelta a su cólera gritando. Aquel diminuto e insignificante ser había demostrado más dignidad y coraje de los que él jamás podría hacer gala. Se había quedado a ayudarlo en una situación en la que él probablemente habría huido. En ese instante, la vergüenza se adueñó del dragón abisal.

Se retorció para intentar liberarse de sus últimas ataduras y poder atacar con todo su increíble poder a Dargonax… Esta vez no se lo iban a impedir esas ligaduras.

Con gran regocijo, sintió cómo se quebraban. Al fin era libre. Lejos de huir, se reafirmó en su decisión de quedarse a combatir. No le temía a aquel dragón descomunal, cuyo tamaño y solidez lo convertían en una presa fácil para el dragón abisal. Así pues, voló impaciente hacia su adversario.

—¡Alimaña infecta! —bramó—. ¡Se te da bien lastimar a esos seres diminutos, como hice yo una vez inconscientemente! ¡Pero Zzeraku no es diminuto! ¡Zzeraku te va a enseñar que esos seres son más grandes y más dignos que tú y que yo! ¡Mucho más!

El leviatán no parecía el mismo. Un momento antes presentaba un aspecto fatigado y débil, y ahora era un receptáculo de poder y furia. Una batería de relámpagos crepitó alrededor de Dargonax, lo cual provocó que el dragón crepuscular se retirara sobresaltado y en su huida chocara contra las paredes de la caverna, que se estremecieron. Por primera vez en toda su existencia, el dragón abisal supo qué se sentía al luchar por el bien de otros, y no de uno mismo.

Si bien Dargonax estaba muy ocupado con Zzeraku, todavía había que lidiar con Sinestra, quien rugió furiosa por el espectáculo que estaba contemplando. Su boca se distorsionó, adoptando una forma más reptiliana, y acto seguido señaló con una de sus garras a la draenei.

Rhonin concentró todo su poder en crear un escudo entre Iridi y el hechizo que se dirigía hacia ella. En el momento en que el conjuro de la dragona negra impactó contra el escudo, el brujo sintió una fuerte sacudida, como si el verdadero objetivo del hechizo fuera él. Rhonin gritó, pero se mantuvo firme en su posición a pesar de que Sinestra redobló su ataque.

En ese momento, la sacerdotisa se estremeció, despertó y consiguió ponerse en pie…

Pero en cuanto Iridi se levantó,

Rhonin se percató de que la amenazaba un nuevo peligro. Un dracónido había salido de uno de los túneles sin llamar la atención y portaba un arma, similar a una ballesta, con la que apuntaba a la espalda de la sacerdotisa.

Rhonin la habría advertido si no fuera porque en ese instante una monstruosa zarpa negra surgió de la nada para aplastar al distraído brujo contra la pared. Un raptor dio un salto hacia él para defenderlo, pero acabó triturado por las fauces de un enorme dragón de ébano… con la mitad del rostro cubierta de unas cicatrices grotescas causadas por unas quemaduras.

Sinestra, bajo su verdadera forma de dragona negra, escupió los restos del reptil y a continuación clavó su mirada maliciosa en Rhonin.

—Demasiados nervios… Prefiero los aperitivos un poco más tiernos. como tú.

Se agachó para devorar al brujo, pero de repente miró para otro lado. Acto seguido lanzó un gruñido cargado de locura y furia. y desapareció.

Krasus se detuvo.

—¿Qué sucede? —preguntó la alta elfa.

—¡Kalec, tú y Vereesa seguid adelante!

El joven dragón frunció el ceño y replicó:

—Si piensas…

—¡Haced lo que os digo!

Kalec se calló. Tras un momento de duda, asintió y le indicó a la forestal: —Será mejor que le hagamos caso.

La forestal miró a Krasus y le dijo: —Vas a desandar el camino que hemos recorrido, ¿no? ¿Por qué?

El dragón mago apretó los dientes a modo de respuesta. y se desvaneció.

Al instante, la alta elfa se volvió para encararse con Kalec.

—¡Sé cuánto le ha costado conjurar ese hechizo! ¡Ninguno de los dos os habéis recuperado lo suficiente como para poder teletransportaros! ¡Y menos dentro de Grim Batol! ¿Por qué vuelve atrás?

—Porque debe hacerlo… ¡Y nosotros debemos apresurarnos! —le respondió Kalec mientras se aproximaba para mirarla más de cerca—. Todo el mal que anida en Grim Batol ha entrado en ebullición.

Como la forestal no podía hacer otra cosa y temía que Rhonin estuviera atrapado en ese caos, asintió de mala gana.

Mientras ella y Kalec aceleraban el paso, Vereesa no pudo evitar preguntarse por qué Krasus se estaba arriesgando tanto. Se lo imaginó y se estremeció.

Un Krasus jadeante se materializó en la cámara de los huevos. La visión de esos centenares de huevos deformes le provocó una oleada de repugnancia al pensar que las vidas que albergaban en su interior nunca llegarían a serlo que deberían haber sido. Maldijo a Sinestra por sus perversos planes.

Pero esa espantosa cámara no era su destino final. Su objetivo era la siguiente caverna, la que había albergado a la reconstruida Alma Demoníaca.

El tenue resplandor dorado que emanaba de esa cueva indicaba que aquel artefacto pretendía resucitar.

—Hay piezas suficientes, más que suficientes, te lo prometo —le escuchó murmurar a Sinestra—. Te sentirás mejor que nunca, mucho mejor, ya verás…

Al adentrarse en la cámara, el dragón rojo se topó con una inmensa dragona negra que recogía uno a uno y con suma delicadeza los fragmentos del Alma Demoníaca con las enormes garras de su zarpa derecha. Cada vez que Sinestra encontraba una esquirla, la dejaba flotando en el aire ante ella. Mientras estaban en el suelo, las esquirlas yacían inmóviles y desprovistas de vida, pero en cuanto flotaban, un atisbo de vileza regresaba a ellas.

Para recrear aquel objeto contaba con un arma secreta: el cubo que cargaba en su zarpa izquierda. A Krasus le llevó un momento reconocer el Flagelo de Balacgos le maravilló que ese otro artefacto, a pesar de lo peligroso que era, fuera capaz de permitir a Sinestra reconstruir el Alma Demoníaca, un artilugio de una maldad aún mayor, y eso que ya no era más que una pálida sombra de lo que había sido.

Pero lo realmente preocupante era que siguiera existiendo tal aberración con la que Sinestra podría proseguir sus experimentos.

—Pronto, muy pronto —les murmuró a las esquirlas que flotaban en el aire—, ¡Ya casi está! Ya casi…

De pronto giró la cabeza, rugió y se encaró con Krasus; acto seguido lanzó un torrente de lava fundida por su garganta.

Krasus se hubiera esperado un ataque así de un miembro del Vuelo Negro o de un seguidor del Guardián de la Tierra. Hizo un gesto con el brazo y una fría luz envolvió al monstruoso géiser de magma.

La lava, al enfriarse, creó un muro de color gris y negro entre Sinestra y el dragón rojo.

—¡La reconstruiré una y otra vez, y otra vez! —chilló la consorte de

Alamuerte—. ¡Y cada vez será un artefacto mucho más terrible! ¡Lo haré! ¡Lo haré!

Si bien Krasus sabía que era una demente, la calma regia que había mostrado hasta ese momento parecía haber desaparecido definitivamente. La destrucción del Alma Demoníaca había alterado su mente mucho más de lo que el dragón mago podía imaginar.

Y creyó saber por qué.

—Este plan no es tuyo, ¿verdad, Sinestra? —preguntó la figura encapuchada mientras se abría paso poco a poco entre la lava congelada—. Hace mucho tiempo, Alamuerte plantó las semillas de este deseo en ti, ¿no es

así? Si él moría, tú siempre ansiarías hacer realidad sus sueños, al precio que fuera, ¿eh?

Al escuchar esas palabras, la respiración de la dragona negra se aceleró.

—¡No! ¡Éste es mi sueño! ¡Mi gran visión! Transformaré Azeroth en un reino regido por el Vuelo de Dragón definitivo, ¡pero será una creación mía, no suya! ¡Mía!

El dragón mago se preparó para defenderse de su ataque inminente. Lo que realmente pretendía era acercarse un poco más a los fragmentos y al cubo. El Alma Demoníaca había sido reconstruida demasiadas veces; no permitiría que volviera a suceder.

Aunque para ello todo cuanto se hallase en Grim Batol tuviera que perecer.

—¡El legado de Alamuerte siempre vivirá en la sangre y la magia de esos dragones, Sinestra! Después de todo, el Alma Demoníaca ha desempeñado un papel esencial en su creación. La mano de Neltharion está detrás de todo esto, ¿verdad?

La dragona negra abrió la boca para responder, pero en el último momento vaciló. Krasus se preguntó si realmente le creía. Al fin y al cabo, había dicho la verdad tal y como él la entendía.

—Azeroth será mía…

El suelo se alzó alrededor de Krasus y lo engulló al instante. La oscuridad lo rodeaba y sintió cómo su prisión se hundía en la tierra. Era consciente de que Sinestra pretendía encerrarlo para siempre en el centro de la tierra.

Pero el dragón mago había previsto que intentaría esa estrategia. Hizo acopio de hasta el último ápice de su férrea voluntad y se transformó.

Su cuerpo se expandió y presionó con fuerza los confines de su prisión. Sinestra esperaba ese contraataque. Si el dragón mago continuaba mutando, corría el riesgo de morir aplastado.

Krasus se negaba a rendirse. Una tensión insoportable se adueñó de su cuerpo. Sintió cómo sus huesos estaban a punto de fracturarse, y su cráneo, a punto de reventar…

De pronto, la tierra que lo envolvía se agrietó. Como si fuera un recién nacido, el dragón Korialstrasz sacó la cabeza de aquella tumba de roca y le lanzó un rugido desafiante a la dragona negra.

Sinestra pretendía valerse del cubo para su próximo ataque. El artefacto cerúleo palpitó e hizo justo lo contrario de lo que solía hacer: en vez de absorber energía, se desprendió de todo el poder que había ido acumulando.

Korialstrasz abandonó la tumba, pétrea y al mismo tiempo le lanzó a la dragona negra diversos fragmentos de lo que había sido su prisión. Mientras los escombros caían sobre ella como una lluvia de bombas, el dragón mago aprovechó para mover la cola sin que su adversaria se percatara, pues los escombros le impedían ver nada.

Le golpeó con la cola en la mano y el cubo salió volando hacia Korialstrasz, quien, con una habilidad pasmosa, lo cogió con una de sus zarpas. Acto seguido probó la misma estrategia que Vereesa había seguido con la vara: lanzó el cubo contra el otro artefacto.

—¡No! —bramó la dragona negra, que intentó alcanzar el cubo.

El cubo y el Alma Demoníaca se aniquilaron total y mutuamente. Eran artefactos demasiado inestables como para poder estar tan cerca el uno del otro; en cuanto se tocaron, su destino fatal fue inevitable, ya que el Flagelo de Balacgos intentaba proveer de energías al Alma Demoníaca y absorberlas al mismo tiempo, y a su vez el Alma se resistía a entregar esas energías de las que se estaba alimentando.

La creación de Alamuerte conoció su final definitivo en medio de un estallido de fuerzas mágicas que, si bien no fue tan espantoso como cuando Vereesa hizo añicos la vara de los naaru, sí resultó aterrador para cualquiera que se encontrara en las inmediaciones.

Sinestra intentó alejarse, pero ya era demasiado tarde. Sus duras escamas no pudieron evitar que se abrasara. Unos segundos después, el hedor de la carne quemada invadió aquella cámara.

La dragona negra rugía de dolor; las dos mitades de su rostro encajaban ahora perfectamente, puesto que eran igual de aterradoras.

A pesar de la agonía que estaba padeciendo, Sinestra echó a volar y arremetió contra su adversario. Korialstrasz la aguardaba, dispuesto a seguir luchando. En realidad, seguía encontrándose mucho más débil que su contrincante por culpa de todo lo que había tenido que pasar, pero no quiso pensar en ello ni un instante.

Sinestra trató de clavarle sus dientes en el cuello. El dragón mago sacudió la cabeza adelante y atrás, intentando evitar sus dentelladas mientras la iba llevando a la cámara de los huevos. Los dos dragones chocaron contra la pared junto a la entrada, y una lluvia de estalactitas cayó sobre ellos.

Pero justo cuando Korialstrasz estaba a punto de arrojar a su enemiga contra todos aquellos huevos, con la esperanza de que, con independencia de quién ganara la batalla, el resultado fuera la destrucción de sus valiosos huevos, Sinestra se apartó de él.

—¡Eres muy, pero que muy listo, mi estimado Korialstrasz! ¡Te aplaudo! ¡Ojalá hubieras sido tú el Guardián de la Tierra en vez de Neltharion! ¡Habríamos engendrado una descendencia muy superior!

—¡Antes preferiría aparearme con un kraken!

La dragona negra estalló en carcajadas a pesar de lo mucho que le debían de doler las quemaduras de su rostro.

En ese momento, el camino que llevaba a los huevos se cerró tras Korialstrasz, que golpeó con la cola el lugar donde un instante antes había una abertura, pero la pared era tan dura como el diamante.

—No quiero que mis futuros hijos se chamusquen —dijo Sinestra en tono jocoso.

De repente, la tierra se estremeció bajo sus pies.

Korialstrasz se acordó de los estanques de lava de la siguiente cámara y se imaginó que la fuente de aquel magma tendría que estar justo debajo de ellos.

Una fuente que, sin ningún género de dudas, se extendía a lo largo y ancho de Grim Batol.

El suelo de la caverna entró en erupción. Y un géiser de lava fundida se elevó por los aires…

Pese a que la espantosa montaña tembló de nuevo, los dos leviatanes siguieron batallando sin prestar atención a los seísmos. Dargonax y Zzeraku luchaban denodadamente. El dragón crepuscular se estrellaba contra las paredes cuando la magia del dragón abisal impactaba en él, pero acabó atravesándolas en cuanto se volvió incorpóreo como su adversario y aprendió a utilizar mejor sus temibles energías para contraatacar. La caverna se llenó de una luz muy brillante y letal mientras unos tentáculos intentaban estrangular al contrario, unos rayos trataban de atravesar unos torsos espectrales, y unas fauces fantasmales pretendían morder unas gargantas etéreas.

Todo esto le importaba bastante poco a Rom, quien había permanecido junto a Iridi cuando ésta había liberado al dragón abisal y ahora intentaba llegar hasta ella después de que el horrendo enemigo de Zzeraku le hubiera propinado un golpe que la había lanzado por los aires. En ese momento, lo único que quería el enano era sacar a la draenei y a sus hombres de ahí. Mientras la sacerdotisa se incorporaba apoyándose en su vara, el comandante enano divisó a Grenda a lo lejos.

La enana también lo vio, y la satisfacción que tiñó su mirada provocó que el veterano guerrero se ruborizara, aunque no se le notó gracias a que la barba le cubría una gran parte del rostro. Rom le indicó con un gesto que debía guiar al resto hacia el pasadizo más próximo, pero entonces se percató de que la enana le señalaba a él, o más bien a algo a sus espaldas.

Rom se giró y se topó con Rask, que le apuntaba con un dwyar ’hun. El dracónido probablemente se lo había quitado a uno de sus esbirros, puesto que antes no lo llevaba consigo. Sin duda alguna, Rask se había dado cuenta de que no iba a poder acercarse bastante a ninguno de sus enemigos con otra arma que no fuera ésa.

Cuando el dracónido disparó, el enano aún no había tenido tiempo de asimilar la situación. Pero su objetivo no era él, sino la draenei. Sin pensar en el riesgo que corría, Rom se interpuso entre Iridi y Rask blandiendo su hacha en alto.

Desvió aquel misil cubierto de púas con la parte plana de la cabeza del hacha, pero en vez de salir despedido en una dirección en la que no hiriera a nadie, se fue a clavar en el hombro derecho de Rom, justo en un resquicio que quedaba desprotegido en su peto. El enano gruñó al sentir cómo algunas de esas púas se le clavaban en la carne.

Entonces, el comandante enano se tapó la herida y le gritó a la draenei:

—¡Corre hacia Rhonin! ¡Es el único que puede sacarnos vivos de aquí! ¡Deprisa! ¡Ve!

La siguió unos cuantos pasos, pero en cuanto se aseguró de que la sacerdotisa estaba concentrada en alcanzar al brujo, creyendo que el enano iba tras ella, Rom se dio la vuelta.

Pero no se volvió lo bastante rápido. La cabeza de un hacha muy pesada se hundió en uno de sus costados. El enano cayó al suelo, y su única mano quedó atrapada bajo su cuerpo. Sintió cómo la sangre se esparcía por su torso y se enfriaba mientras intentaba seguir fluyendo perezosamente.

Un pie fuerte, que era más bien una garra, le pisó el brazo mutilado y, aunque ya lo tenía roto, sintió un dolor agudo al presionarlo Rask a propósito con la intención de provocarle una nueva y dolorosa fractura.

—Escoria enana…

El dracónido pasó junto a Rom con el hacha en la mano, dispuesto a lanzarla desde lejos. Sólo una criatura tan poderosa como Rask era capaz de manejar un hacha tan grande con tal precisión.

Rom sabía que había llegado su hora. Los espíritus de Gimmel y de los demás que habían muerto en el interior y en el exterior de Grim Batol se congregaron para recibirle entre sus filas.

No obstante, Rom se puso de rodillas haciendo un gran esfuerzo y sin dejar escapar un solo gemido. Tambaleándose, se aproximó a Rask por detrás. El enano no albergaba ninguna duda de que el dracónido, que no apuntaba a Iridi sino a Rhonin, iba a infligirle una herida letal al desprevenido brujo a pesar de la enorme distancia que los separaba.

Rom buscó el dwyar ’hun, pero, al parecer, Rask se había deshecho del arma después de disparar. Al guerrero herido ya sólo le quedaba un recurso.

Se abalanzó sobre el dracónido, que era mucho más alto que él, y le obligó a levantar el brazo. A la vez le retorció la muñeca, en un intento de clavarle en la cabeza la afilada hoja de su arma.

A pesar de que seguía siendo muy fuerte desde una perspectiva humana, Rom se encontraba demasiado débil para conseguir su propósito. Así, la cabeza del hacha, en vez de atravesar el cráneo de Rask, impactó contra su mandíbula, abriéndola en canal.

El guardia cubierto de escamas profirió un siseo cargado de ira y dolor, y se lo quitó de encima de un empujón. Un instante después, el dracónido, de cuya boca goteaba sangre, intentó alcanzar al enano con su hacha. No fue un ataque muy ortodoxo, y la parte plana del hacha impactó contra el yelmo del comandante.

Rom salió despedido rodando y fue a detenerse justo al lado de su hacha. Rask daba tumbos y jadeaba, pero eso no lo detenía. Aferró el arma con todas sus fuerzas y se aproximó al enano.

Rom soltó un rugido muy potente y alzó su hacha.

Pero la envergadura del dracónido era muy superior a la del enano. Rask lanzó un gruñido y clavó el hacha en el guerrero caído, cuya hoja le atravesó el pecho.

Rom gritó; era consciente de que ese golpe era letal. Sin embargo, en vez de dejarse llevar por la muerte, se valió del dolor insoportable para conferir más fuerza a su contraataque. Guió su hacha de manera experta, con la habilidad de un guerrero de élite de la estirpe Barbabronce, y logró sortear la guardia de Rask. Y con las pocas fuerzas que le quedaban, lo decapitó.

Mientras el cuerpo de Rask caía de lado, Rom se derrumbó cerca de su cabeza, que a pesar de haber traspasado el umbral de la muerte esbozaba una sonrisa malévola. Los bramidos de los dragones que luchaban en las inmediaciones le destrozaban los tímpanos al enano moribundo. Entonces escuchó cómo algo se rompía por arriba y se dio cuenta de que una parte del techo se estaba desmoronando. Pero aquello ya no le preocupaba lo más mínimo. Para cuando los cascotes lo alcanzaran, Rom ya no sentiría ningún dolor.

De repente notó que unas figuras lo rodeaban. Gimmel, su compañero de armas durante la guerra, se encontraba entre ellos y le ofrecía una pipa.

Los espíritus de los demás enanos a los que Grim Batol había arrebatado la vida recibieron con los brazos abiertos a su viejo camarada. Acto seguido se desvaneció y fue a recorrer los infinitos corredores del más allá…

Los dos titanes se atacaron una vez más, y otra, y otra más; empleaban sus hechizos para lanzarse mutuamente de una punta a otra de la caverna. Dargonax no prestaba atención a las criaturas diminutas que pululaban a su alrededor, pero Zzeraku sí. Vio cómo los enanos, el brujo y sobre todo la draenei, que supo que se llamaba Iridi cuando se comunicaron mentalmente, luchaban no sólo por sobrevivir, sino para derrotar al mal que anidaba en Grim Batol; un mal similar en muchos aspectos al que él mismo fomentó en otro tiempo, y que ahora le inspiraba una profunda repugnancia.

Si bien Zzeraku se había visto arrastrado hasta allí en contra de su voluntad, sus aliados habían acudido voluntariamente, dispuestos a sacrificar sus vidas si era preciso. El dragón abisal intentaba entender esa fuerza de voluntad y esa capacidad de sacrificio mientras combatía contra Dargonax. Luchaban por defender algo más importante que sus propias vidas; algo que no les beneficiaría a ellos sino a otros…

Ser consciente de ello le hacía avergonzarse aún más de su comportamiento en el pasado. Pero en este momento se enfrentaba a una alma gemela corrompida por el mal.

¡No! ¡No seré como él! ¡Ella vio algo bueno en mí! No seré igual que mi adversario. ¡Jamás!

Aunque se hacía cargo de lo tremendamente poderoso que era Dargonax, y de que las posibilidades de derrotarlo eran escasas, Zzeraku sabía que lucharía hasta el final por Iridi.

Por ella…

La mayoría de los enanos había huido y Rhonin les había indicado a los raptores que se fueran con ellos. En aquella cámara solamente quedaban unos pocos skardyns; una amenaza que el brujo pudo contener con facilidad: los juntó a todos mediante un conjuro sencillo y a continuación los arrojó por una de las grietas más alejadas. Le traía sin cuidado si sobrevivían o no a la caída; lo único que le importaba era encontrar a Vereesa y a Krasus, si aún seguía vivo.

Iridi se le acercó corriendo; la draenei miraba constantemente hacia atrás, como si temiera que alguien la hubiera seguido. Pero Rhonin sólo vio detrás de ella los escombros del derrumbe.

—Rom… —murmuró el brujo, y al instante fue hacia ella.

La última vez que había visto al enano fue cuando apareció aquel dracónido.

—¡Se suponía que venía conmigo! —exclamó la draenei—. Estaba…

—Actuando como un bravo guerrero enano —terminó la frase Rhonin—. Ha hecho lo que debía. Ya no podemos hacer nada por él.

La expresión de Iridi se volvió muy solemne.

—A pesar de que no tuve tiempo de conocerle tan bien como hubiera querido, haré todo lo posible por honrar su sacrificio y seguir su ejemplo.

El brujo iba a replicar cuando, de repente, una parte de la cámara se vino abajo y tuvo que apartar rápidamente a la sacerdotisa de la trayectoria de los cascotes.

Aunque lograron evitar morir aplastados, la tierra seguía estremeciéndose. La intensidad de los temblores que Rhonin había sentido unos segundos antes se había multiplicado por mil.

Las grietas se extendían por todo el suelo de la caverna, y unos gases muy calientes emanaban de ellas. Un calor sofocante invadió la cueva en un instante.

Rhonin buscó con la mirada el pasadizo más próximo, pero por desgracia estaba demasiado lejos. Pensó en Vereesa, aunque sabía qué tenía que hacer.

Rodeó con sus brazos a la draenei y le dijo:

—¡Agárrate fuerte y reza para que me queden suficientes fuerzas para hacer esto una vez más!

—¡Zzeraku me necesita! ¡Sabe que no puede enfrentarse a Dargonax él solo! ¡Se está sacrificando por nosotros! ¡Por mí! ¡Lo intuyo! ¡He de ayudarlo! No permitiré que su sacrificio sea en vano…

—¡No hay tiempo para discutir! ¡Agárrate fuerte!

Todos los enanos y raptores habían abandonado ya la caverna; de todos modos, si hubiera quedado alguno,

Rhonin no habría podido hacer mucho por él. A continuación cerró los ojos y se concentró…

Escuchó el estruendo de una explosión que enmudeció al instante.

Acto seguido comprobó que la oscuridad los rodeaba, aunque no necesitaba ver para saber que se hallaban en el exterior de la montaña. Pudo escuchar cómo los enanos abandonaban Grim Batol sin titubear. Los siseos de varios raptores que escapaban de la masacre se mezclaban con los gritos de los enanos.

Pero la tierra también temblaba afuera. Rhonin se encontraba demasiado débil como para saltar una vez más tras haber lanzado tantos conjuros en las últimas horas aun así se preparó por si acaso.

Sin embargo, no fue la tierra lo que estalló, sino una ladera de Grim Batol.

Dargonax y Zzeraku eran los causantes de tales destrozos.

Un torrente de lava los alcanzó. Pero aquel inmenso géiser de tierra fundida y lava no los afectaba en absoluto. No obstante, resultaba obvio que Zzeraku no se encontraba bien. Bajo el intenso fulgor de la erupción, al dragón abisal se le veía más translúcido de lo que Rhonin consideraba normal, y parecía llevar las de perder.

—Zzeraku está perdiendo la batalla

—dijo Iridi apenada, confirmando las peores sospechas del brujo—. Ha estado recluido demasiado tiempo, le han arrebatado demasiada esencia…

Además, creo que Dargonax sigue alimentándose de él de algún modo.

—No me extrañaría lo más mínimo.

Sin embargo, otras preocupaciones requerían la atención de Rhonin, otros problemas más acuciantes que le llevaron a contemplar fijamente aquella montaña devastada. De repente le dijo a la draenei:

—Iridi, quédate con los enanos, aquí estarás a salvo. Quédate con ellos, ¿de acuerdo?

—Vas a buscar a Vereesa, ¿verdad?

—Sí, y después a Krasus, si es que sigue vivo. Pero sí, quiero encontrar a Vereesa por encima de todo…

—Ve. Sé lo que hay que hacer.

El brujo asintió, mostrando así su gratitud por la actitud tan comprensiva de la draenei, aunque a la vez se sintió un poco culpable por anteponer sus intereses a la salvación de la amenazada Azeroth. Era vital detener a Dargonax.

Pero antes tenía que dar con su esposa.

Rhonin apretó los dientes con fuerza y trató de concentrarse únicamente en ella. Rezó por que estuviera lo bastante cerca de su amada como para ser capaz de teletransportarse hacia el lugar donde

se hallaba la persona que mejor le conocía y a la que él conocía mejor que nadie. Si aún estaba viva, la encontraría.

Si Vereesa había muerto, Sinestra y su abominación iban a conocer lo inmensamente destructiva que podía llegar a ser la furia de un brujo, aun a riesgo de morir en el intento.

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