La noche del dragón – Capítulo Veintiuno

La noche del dragónIridi no había abandonado a sus aliados, al menos no según el plan de Rhonin. No obstante, la draenei sentía que los estaba dejando en la estacada, y rezó para poder regresar pronto y ayudar al brujo y los demás.

Pero para poder ayudarlos tenía que acabar de liberar a Zzeraku, a quien se sentía especialmente avergonzada de dejar atrás, o dar con Krasus y Kalec, lo cual sería un milagro.

Si es que seguían vivos.

El problema estribaba en que la sacerdotisa no disponía de tiempo para hacer todo lo que deseaba. Podía percibir cómo la monstruosa creación de Sinestra se aproximaba a la caverna y, gracias a la vara, también detectó que era más poderosa que nunca. De hecho, parte de ese nuevo poder provenía de una fuente bastante inquietante: la otra vara naaru. Iridi se preguntaba si el asesino que la había robado era consciente de lo que había hecho.

En lo que concernía a la draenei, si no se había desvanecido no había sido gracias al poder de su vara, sino a un conjuro de un solo uso que Rhonin le había proporcionado para utilizar exclusivamente en esa situación de emergencia en particular. Lo único que tenía que hacer era pensar en escapar y acto seguido mirar fijamente en la dirección que quería tomar. Rhonin había diseñado ese conjuro con la condición de que sólo ella conociera su destino.

Sin embargo, no había acabado donde esperaba. Si bien el brujo podía teletransportarla de un lugar a otro sin ningún problema, por alguna extraña razón el hechizo que le había dado no había demostrado ser tan eficaz. Ahora Iridi se hallaba en medio de un túnel de Grim Batol sin saber su posición exacta ni cómo iba a poder ayudar a los demás.

De repente, un ruido que de ninguna manera deseaba escuchar resonó en el túnel. Se trataba de los fieros gruñidos y siseos de unos skardyns, y, si sus estimaciones eran correctas, más de una veintena se dirigía hacia ella.

Justo cuando ese pensamiento cruzaba la mente de la sacerdotisa, un skardyn surgió de un pasadizo secundario y se abalanzó sobre la draenei. Resultaba obvio que no la buscaban a ella, pero, en cuanto detectaron su presencia, esos monstruosos enanos sisearon y aullaron presas de la impaciencia. De inmediato arremetieron contra ella a gran velocidad, dispuestos a luchar.

Iridi giró la vara y utilizó la parte inferior para golpear al primer skardyn en la garganta. En el momento en que éste se desplomaba, un segundo skardyn se aferró con fuerza a la vara. Su peso obligó a la draenei a bajarla.

A continuación, otro skardyn se abalanzó sobre ella mientras el segundo la empujaba para que cayera el suelo. La sacerdotisa levantó una pierna, dejando que la inercia del impulso del engendro lo noqueara al impactar su cabeza contra la extremidad de la draenei. Entonces, Iridi giró la vara, valiéndose del skardyn aferrado a ella como un peso muerto con el que atacar a sus camaradas. De este modo derribó a tres skardyns. Acto seguido soltó el obsequio de los naaru.

La vara se desvaneció y el skardyn que estaba agarrado a ella acabó rodando por el pasadizo. Aquel enano cubierto de escamas no llegó muy lejos; chocó con una inmensa silueta negra.

—Quiero viva… —dijo el dracónido con voz ronca a la draenei.

Al instante, los skardyns se arremolinaron junto a ella. Iridi alzó una mano para invocar la vara.

El dracónido reaccionó con unos reflejos prodigiosos y le propinó un latigazo en la muñeca. El látigo se enrolló en la mano de Iridi, y la vara, que se estaba materializando, se disipó en una neblina.

Rask tiró del látigo y la draenei cayó de bruces. Mientras se desplomaba, logró invocar de nuevo la vara, pero para entonces tenía a los skardyns prácticamente encima.

En ese instante, un grito de batalla retumbó en el pasadizo. Un guerrero enano, manco para más señas, surgió de detrás del dracónido.

Iridi no podía creer lo que veían sus ojos.

—¿Rom?

El comandante enano arremetió vigorosamente con su hacha contra el dracónido, quien se agachó en el último momento. La parte plana de la cabeza del hacha impactó en la sien de Rask; si ese golpe lo hubiera asestado cualquier otro guerrero, el dracónido ni siquiera hubiera pestañeado, pero el fornido enano logró aturdir a su enemigo a pesar de que era mucho más grande que él.

En lugar de aprovechar esa ventaja para rematarlo, Rom fue corriendo hacia la draenei, que, una vez superada la sorpresa, se había puesto de pie. A continuación propinó una patada a un desconcertado skardyn, y luego hizo perder el equilibrio a otro empleando la vara.

Sin embargo, en aquel estrecho túnel de techo bajo, el obsequio de los naaru era más un estorbo que una ventaja. Era demasiado larga para poder manejarla como era debido, y al estar rodeada de skardyns era imposible. Al final, Iridi la hizo desaparecer y confió su suerte a las técnicas de lucha que en su orden se enseñaban a todos sus miembros.

Aprovechó la inercia de un skardyn que arremetió contra ella para hacerle chocar con uno de sus camaradas. Acto seguido, la sacerdotisa saltó sobre otro enemigo, al que nada más aterrizar propinó una patada con tal violencia que el skardyn acabó estrellándose violentamente contra una de las paredes del pasadizo.

Mientras tanto, Rom se abría paso a hachazos como un granjero que estuviera segando con una guadaña. Antes de alcanzar a Iridi, ya había despachado a tres skardyns y estampado a dos más contra la pared.

—¡Por ahí! —exclamó el enano, que señalaba en dirección contraria a aquélla por la que él había aparecido hacía unos instantes.

—¿Adónde lleva?

—A alguna parte. Y eso es lo único que importa. Me temo que dar la vuelta no es una opción, mi señora.

El enano tenía razón. Rask se había recuperado y se abría con el látigo una vez más listo para fustigar. Iridi se fijó por primera vez en que el guardia llevaba atada a la espalda un hacha muy pesada. Rask recurría al látigo porque no podía usarla con comodidad dentro del túnel. No obstante, pensó que sería mejor que ni Rom ni ella estuvieran cerca cuando le diera por usar el hacha. Ese dracónido parecía muy capaz de partir en dos a cualquier adversario de un solo golpe.

Rom empujó a la sacerdotisa para que avanzara por delante de él, aunque el hecho de ir la primera no implicaba que estuviera más segura. Iridi no dijo nada; estaba dispuesta a enfrentarse con cualquiera que los atacase desde la vanguardia.

—¡Dioses! —exclamó el enano—. Ojalá pudiera recuperar la mano que me falta. Me pica todo el cuerpo. Seguro que esos malditos engendros estaban infestados de pulgas.

Pero las pulgas eran el menor de sus problemas. A pesar de que habían dejado atrás a muchos skardyns, un buen número de ellos les seguía el rastro. Rask les conminaba a apresurar el paso, y si eran demasiado lentos, los apartaba sin miramientos.

Un misil de forma esférica rozó la cabeza de la sacerdotisa. Iridi miró hacia atrás y pudo comprobar que algunos skardyns iban armados con esos siniestros artilugios, similares a unas ballestas, que les había visto utilizar dentro de la gran caverna. De vez en cuando se detenían para disparar, y a continuación proseguían la persecución.

Si bien ni la draenei ni el enano sabían adónde se dirigían, los dos corrían como alma que lleva el diablo. Pero no tenían el camino totalmente despejado; los skardyns seguían descolgándose de los agujeros del techo o emergían de los huecos practicados en el suelo. Evidentemente, entre aquellos engendros había corrido la voz de que estaban persiguiendo a dos intrusos, y eso que Iridi era incapaz de entender ese idioma compuesto de gruñidos y chasquidos.

Rom, que iba detrás de ella, soltó un bufido; un skardyn había surgido de repente de un pasillo secundario y le había agarrado de la pierna. Otro más se unió al primero y, aunando esfuerzos, lograron llevarse a rastras al enano.

La draenei invocó la vara y golpeó con el cristal de la punta aquellos rostros bestiales. Como se encontraba muy cerca de Rom, no se atrevía a utilizar todo el poder de la vara; no obstante, le bastó con lanzar un solo rayo de luz para que los dos skardyns soltaran a su presa entre chillidos y volvieran a refugiarse en la acogedora oscuridad. Curiosamente, esos enanos mutados eran más sensibles a la luz que sus primos.

Mientras ayudaba a Rom a ponerse en pie, una silueta colosal se alzó amenazadora sobre ambos.

Rask esbozó una amplia sonrisa y cogió impulso para atacar con su látigo.

Iridi intentó golpearle con la vara, pero el dracónido se echó hacia atrás y la esquivó con facilidad.

Sin embargo, él no era su objetivo, sino más bien el techo que tenía encima. La vara impactó contra la parte superior del pasadizo de tal modo que se desprendieron algunas rocas, que a su vez provocaron que unas cuantas más cayeran sobre aquella bestia negra.

Iridi soltó la vara inmediatamente y ésta se desvaneció; después cogió a Rom y lo obligó a avanzar a empujones. Rask intentó agarrar al enano por los pies, pero reaccionó demasiado tarde y falló.

La draenei y el enano huyeron raudos y veloces mientras el pasadizo se derrumbaba.

—¡Válgame Dios, te has arriesgado mucho! ¡Podríamos haber acabado sepultados bajo todas esas puñeteras rocas! —le reprochó Rom, que estaba tan tenso que volvió a emplear el lenguaje vulgar de los enanos sin darse cuenta.

—Percibí una falla en la piedra y pensé que podríamos utilizarla en nuestro provecho —se justificó la sacerdotisa—. Simplemente he aplicado las enseñanzas sobre defensa personal que aprendí de mi maestro cuando era una novicia.

—Bueno, cualquier enano que haya vivido en túneles subterráneos te habría dicho que, al golpear esa falla, podrías haber hecho que acabáramos enterrados bajo toneladas de rocas en vez de bloquear el paso al dracónido.

La sacerdotisa no le respondió, pues sospechaba que el enano tenía razón. Aun así, las parcas habían sido misericordiosas con ella, al menos de momento. No obstante, Iridi ignoraba si iban a seguir otorgándole sus favores durante mucho más tiempo.

Al llegar a una encrucijada, se detuvieron para decidir qué camino escoger. Ni Iridi ni Rom sabían cuál era la mejor opción.

El enano miró hacia atrás.

—Los skardyns todavía estarán intentando abrirse paso, salvo que conozcan otro camino que los lleve hasta nosotros más fácilmente razonó—. De todos modos, ¿qué hacías en ese lugar al que yo había llegado por casualidad tras haberme perdido, mi señora?

Iridi le contó rápidamente todo lo que le había ocurrido, y concluyó su relato hablándole del conjuro de Rhonin que le había permitido desaparecer cuando se iba a enfrentar a la ira de Sinestra,

—Así que ese brujo está aquí, ¿eh? Yo diría que eso es una buena noticia, aunque, por lo que me has contado, me pregunto si existirá alguien capaz de derrotar a esa zorra ¡y a esa puñetera creación suya!

—Creo que Zzeraku podría ayudarnos… Además, lo haría con gusto.

—Zzeraku. ¿Ése es el nombre de la criatura que tienen atada ahí dentro? —preguntó el enano con los ojos muy abiertos—. ¿De verdad crees que liberar a ese engendro es una buena idea?

—Sí. Y Rhonin también lo cree. Por eso quería que yo huyera aunque él no pudiera acompañarme. Porque Zzeraku es la clave.

El comandante enano se frotó su hirsuta barba.

—Así que vamos a liberar a una criatura aterradora con la esperanza de que detenga a otra. Estaría loco si creyese que sabes lo que estás haciendo… —Dicho esto, contempló los dos túneles que se abrían ante ellos—. Escoge uno.

En un principio, la draenei frunció el ceño y titubeó, pero señaló el de la derecha.

—En las últimas horas no he dado ni una, y como yo habría elegido el túnel de la izquierda, creo que será mejor que nos fiemos de tu instinto —concluyó el enano.

—¿Y ya está? ¿Lo dejamos todo en manos del azar?

Rom resopló.

—Eres una sacerdotisa, aunque desconozco la orden a la que perteneces. No obstante, estoy seguro de que no lo dejas todo al capricho del azar o el destino…

La draenei asintió.

—Uno se forja su propio destino, su propia suerte, buena o mala. No existen las elecciones hechas al azar, simplemente falta de concentración y criterio a la hora de tomar decisiones.

—Esa respuesta es típica de una sacerdotisa —observó Rom, quien, tras pronunciar esas palabras, comenzó a bajar por el túnel elegido.

La draenei lo siguió tras echar un rápido vistazo hacia atrás.

Su rugido volvió a estremecer Grim Batol. A pesar de la presencia de los enemigos de su ama, los skardyns que se encontraban en la gran cámara se desperdigaron asustados en dirección a los agujeros más próximos. Los dragauros y el dracónido se quedaron, pero daba la impresión de que esos colosos negros preferirían estar en cualquier otro sitio menos ahí.

Los reptiles a los que su «madre» había llamado raptores se habían acobardado; les dominaba un miedo desconocido, lo cual lo hacía mucho peor. Incluso los primos de los skardyns, los enanos, se arrimaban lo más posible a los muros con la esperanza de no ser vistos.

Dargonax estalló en carcajadas. Acababa de descubrir que le encantaba infundir miedo en los demás.

Sólo tres seres no se amilanaron ante su presencia. El primero era el dragón abisal. Dargonax no había visto nunca a un dragón de esa clase, a pesar de que había devorado gran parte de la esencia de aquel coloso cautivo. Aunque el dragón abisal no podía moverse, era evidente que la ira lo cegaba. Dargonax lo admiraba por ello. Y eso que él era muchísimo más poderoso que aquel patético prisionero; muchísimo más que

cualquier otra criatura… salvo las que nacerían pronto según su «madre», que era el segundo ser que no se había acobardado cuando irrumpió en la cámara. Si bien su progenitora poseía menos poder que el Devorador, era más poderosa que el tercer ser que no se había arredrado ante él:    el brujo pelirrojo.

Aún bajo su forma mortal, Sinestra sonrió con orgullo a su creación. Dargonax desplegó sus enormes y coriáceas alas todo lo que le permitía aquella cámara, y rozó la roca con sus puntas, afiladas como dos agujas. Si se estirara al máximo, su cuerpo de color amatista ocuparía la cámara por completo, porque duplicaba en tamaño, o incluso triplicaba, al dragón abisal. Una neblina brillante bordeaba su silueta, como si careciera de corporeidad y no fuera más que una sombra.

—Os presento a mi hijo —informó Sinestra a la concurrencia, pero dirigiéndose a alguien en particular—. ¿No es magnífico?

El brujo pelirrojo respondió con sequedad:

—Es una obscenidad…

Dargonax se encaró al ser que lo había insultado. En su descomunal rostro se distinguía una boca, repleta de un centenar de dientes tan largos como espadas, capaz de engullir a una decena de raptores de un bocado. En la parte frontal de la boca se podían apreciar unos colmillos monstruosos que duplicaban en tamaño a los demás dientes y le conferían una «sonrisa» aún más terrorífica. La parte superior de la cabeza estaba coronada por unos cuernos vueltos hacia atrás, cubiertos de púas y pinchos, que descendían del cráneo hasta el cuello y luego parecían explotar y esparcirse cual metralla en una miríada de fragmentos por todo el gigantesco cuerpo de Dargonax. Cada vez que el dragón crepuscular respiraba, parecía hincharse un poco más. En sus globos oculares desprovistos de pupilas se reflejaba la diminuta figura ataviada con una túnica que le había desafiado.

—¡No, Dargonax! —le exhortó Sinestra, aunque por su tono de voz cabía deducir que no le preocupaba demasiado el destino de la víctima escogida por el coloso—. Aún no…

El dragón crepuscular, cuyo cuerpo palpitaba y brillaba, retrocedió para poder mirar a la dragona negra.

—Pero, madre, ya no mandas sobre mí.

Aquella bestia terrorífica se abalanzó sobre el brujo; pero entonces un dolor agudo recorrió su cuerpo. Se retorció y giró sobre sí mismo en un vano intento de librarse de esa agonía.

Era como si estuviera a punto de descomponerse en millones de fragmentos diminutos…

—¿No te dije que debías comportarte? —La consorte de Alamuerte le hablaba con un tono meloso—. ¿Acaso creías que ya no estabas bajo mi dominio? Nadie puede escapar de lo que alberga en su interior.

El dragón crepuscular fue incapaz de responder; la agonía sólo le permitía gritar. La más monstruosa de las bestias se desplomó sobre el suelo de la caverna, retorciéndose de dolor.

Rhonin lo observaba todo intrigado; como conocía el alcance de los poderes que poseía un miembro del Vuelo del Guardián de la Tierra, se preguntaba qué clase de hechizo había utilizado contra su hijo la dama desfigurada, pues era algo fuera de lo común. De hecho, en ese conjuro había percibido una maldad que le resultaba muy familiar, una perfidia que no había sentido desde… desde la destrucción del Alma Demoníaca, cuando los orcos fueron derrotados en Grim Batol.

El brujo abrió los ojos asombrado. Desde la destrucción del Alma

Demoníaca, pensó Rhonin.

Entretanto, el coloso se había recuperado lo suficiente como para lanzar una mirada iracunda a su madre y torturadora.

—¡Me has engañado! ¡Me has engañado! —logró exclamar—. ¡Pero soy más poderoso que tú! ¡Mucho más! ¡Soy Dargonax! Soy…

Gritó una vez más, y después se calló y permaneció inmóvil. Su cuerpo aún brillaba; su fulgor era muy similar al de esa insidiosa creación de Alamuerte conocida como el Alma Demoníaca.

—Lo que dices es cierto —replicó

Sinestra esbozando una sonrisa demencial—, mi querido niño…

Vereesa regresó corriendo a la cámara en cuyo techo estaba empalado Krasus.

—¿Has oído eso? —le preguntó al dragón rojo.

—Sí, ha comenzado. Nos acaba de condenar a todos.

—Mi señor. Krasus, ¿puedo hacer algo por ti?

Al dragón mago le costaba centrar su vista en la forestal, quien, por lo que pudo apreciar, conocía la gravedad de sus heridas. No tenía ningún sentido

mentirle.

—No… Ahora todo depende de ti y de Kalec…

En ese momento, ambos escucharon un gemido que procedía de otra cámara. La alta elfa desplazó la mirada de Krasus al lugar de origen de aquel ruido, y acto seguido volvió a posarla sobre el dragón mago. Parecía debatirse entre dos opciones excluyentes.

—Ve con. ve con él. —logró decir Krasus.

Ese esfuerzo fue demasiado para él. El mundo del dragón rojo empezó a dar vueltas, y Vereesa se volvió una mancha borrosa.

—¡Volveré enseguida! —le gritó la forestal—, ¡Lo juro!

En cuanto se quedó solo, Krasus repasó fugazmente su vida. No tenía mucho tiempo y quería saber si el bien que había hecho a Azeroth era de corazón o fruto de su vanidad. Una vez muerto, ¿lo recordarían con agrado o maldecirían su memoria?

Acababa de comenzar el examen de su vida cuando vio una luz que lo cubría todo. Una luz muy brillante y reconfortante que le libró de aquella agonía.

Así que… se acabó… Me estoy muriendo.

Entonces escuchó una voz que lo llamaba. Le resultaba muy familiar, y como era una voz femenina, dedujo que pertenecía a la persona que más quería en el mundo.

—¿Alex-Alexstrasza?

Al instante, una figura se materializó bajo aquella luz.

Vereesa corrió sorteando huevos y fosas rebosantes de lava, temerosa de que la debilidad del dragón azul hubiera empeorado su estado, ya de por sí grave. Sin embargo, en cuanto la forestal divisó a Kalec, se detuvo en seco.

Una luz muy brillante rodeaba al joven dragón; una luz muy distinta al resplandor de aquella cámara y al fulgor del Alma Demoníaca cuando Krasus se encontraba cerca de ella. Desprendía una calidez muy agradable de sentir, que a Vereesa le recordaba al sol del alba.

Kalec murmuró algo y movió suavemente una mano, como si estuviera acariciando a una figura invisible inclinada ante él.

Simultáneamente, la forestal escuchó una voz que provenía de la cámara donde se encontraba Krasus… Una voz femenina.

Vereesa creyó que Sinestra había regresado, y no dudó en volver rauda y veloz a aquella cámara para ayudar al dragón rojo. Era consciente de que lo tenía todo en contra, y ni aun así se arredró.

Sin embargo, cuando entró en aquel habitáculo, no vio por ninguna parte a la consorte de Alamuerte. Es más, tampoco había ni rastro del dragón mago. La estalactita seguía ahí arriba pero sin ninguna mancha de sangre; no quedaba ni huella de los fluidos vitales de Krasus ni en la estalactita ni en el suelo.

Confusa, se dio la vuelta para ver si lo encontraba en otro rincón de la sala…

De repente, alguien le propinó un fuerte puñetazo en la barbilla.

Vereesa giró sobre sí misma por el impacto, y a continuación se desplomó.

—No sabes cuánto me alegro de verte, querida prima —masculló

Zendarin—. Así habré cumplido con dos de mis objetivos antes de abandonar este manicomio…

Vereesa, aturdida en el suelo, se puso boca arriba.

—¿Dónde. ? ¿Qué le has hecho?

—Si te refieres a esa criatura que pertenece a una raza inferior a la que consideras tu consorte, no le he hecho nada, aunque como ha venido a rescatarte, supongo que pronto acabará en el gaznate de la bestia de Sinestra.

El elfo de sangre le apuntó con la vara, cuya punta de cristal prácticamente rozó el muslo de la forestal. Vereesa profirió un aullido y rodó lejos de él como si un viento feroz la hubiera empujado.

—Me ocuparé de ti enseguida, prima. Aquí me aguarda algo mucho más importante que tú.

Zendarin se volvió hacia la reconstituida Alma Demoníaca. Y acto seguido trazó con la vara un círculo de luz alrededor de ese espantoso artefacto.

Vereesa concluyó que pretendía robarla. Iba a robársela a su aliada. La forestal sintió la tentación de dejar que lo hiciera, ya que así, seguramente, los poderes de Sinestra se debilitarían. Aunque, por otro lado, ignoraba qué había sido de Krasus o si acabaría necesitando o no el Alma Demoníaca para dar con él o curarlo… en el caso de que aún siguiera vivo. Además, si ese artefacto acababa en manos de su primo, no cabía esperar que sucediera nada bueno.

Ojalá hubiera alguna manera de destruirlo, pensó Vereesa. Sin embargo, la forestal creía que la consorte de Alamuerte había dicho la verdad cuando afirmó que nada que hubiera nacido o surgido en Azeroth podría acabar con ese objeto maligno…

La alta elfa entornó los ojos. Zendarin seguía absorto en su tarea.

La forestal aferró con fuerza su pequeña daga, aguardando el momento idóneo. En cuanto el elfo de sangre acabó de trazar el círculo y el fulgor del

Alma Demoníaca se debilitó, Vereesa lanzó la daga.

Pero algo hizo que su primo se girara en el último momento, de tal modo que logró desviar la daga que volaba hacia él junto con la vara.

Zendarin soltó un bufido al comprobar que el misil había abierto una herida de la que manaba sangre en su mejilla. De inmediato apuntó con la vara a su prima…

Pero la forestal se había movido, por eso el rayo del elfo de sangre sólo impactó contra roca y tierra. Entonces se giró justo cuando Vereesa se abalanzaba sobre él.

Si bien Zendarin poseía la agilidad y flexibilidad propias de su raza, carecía de la preparación y experiencia de un forestal curtido. Por otro lado, Vereesa estaba en perfecta forma a pesar de su reciente maternidad y seguía siendo una de las mejores del cuerpo de forestales.

La alta elfa cayó sobre su primo y ambos forcejearon con la vara entre los dos. Chocaron contra la base de la plataforma donde reposaba el Alma Demoníaca. Uno de los lados cedió, lo cual provocó que una lluvia de piedra caliza y otros materiales cayera sobre ellos un instante después. Sin embargo, el artefacto, que todavía estaba rodeado de la energía de la vara, seguía en el mismo sitio a pesar de que ya no se apoyaba en nada.

Zendarin lanzó una mirada llena de odio a su prima, a quien intentó arrojar por los aires. Vereesa se aferró con todas sus fuerzas a la vara, de tal modo que ambos salieron despedidos girando, y girando, y girando…

Una vez más, chocaron, pero en esta ocasión el elfo de sangre quedó encima de la alta elfa.

—Qué débil eres —le murmuró Zendarin al oído—. No eres más que el recuerdo lejano de un pueblo hace tiempo olvidado. Los altos elfos son el pasado. ¡y los elfos de sangre, el futuro!

—¡No te atrevas siquiera a pensar que mereces ser considerado un elfo de sangre, y mucho menos un alto elfo, porque renunciaste a serlo hace mucho tiempo! —replicó Vereesa—. ¡Me he enfrentado a otros como tú que eran mucho más válidos y honorables que tú! ¡No eres más que un vulgar ladrón, un asesino y un parásito! ¡Nada más! ¡Cualquier rama de la familia de los elfos renegaría de ti, al igual que yo reniego de los lazos de sangre que nos unen!

—¡Qué disgusto me das! Mi querida prima, la que se acuesta con animales, me desprecia…

La forestal continuó empujando la vara, y ambos se pusieron en pie.

—Ni siquiera te mereces respirar el mismo aire que Rhonin —le espetó la forestal, y acto seguido le escupió en la cara.

En ese momento se le ocurrió una idea desesperada; un plan prácticamente imposible, pero era la única esperanza que le quedaba. Así que añadió:

—¡Sin esta vara robada no eres nada!

El elfo de sangre sonrió abiertamente.

—Ya, pero la vara es mía… y puedo hacer muchas cosas con ella, aunque tú no la sueltes.

Entonces, el cristal de la vara brilló con la intensidad del sol.

Vereesa se valió de su peso para mover la vara hacia la derecha. Y al mismo tiempo se despidió en silencio de sus hijos y Rhonin.

El cristal golpeó el Alma

Demoníaca justo cuando Zendarin daba rienda suelta a las energías de la vara.

De improviso, alguien agarró por detrás a la forestal, apartándola de su primo.

Zendarin Brisaveloz lanzó un chillido en cuanto la punta de la vara y el Alma Demoníaca se hicieron añicos. Se vio envuelto en las energías de ambos objetos; unas energías que tiraron de él en direcciones opuestas mientras los fragmentos del Alma Demoníaca cruzaban la cámara a gran velocidad y la vara destrozada se quemaba y quedaba reducida a cenizas. Zendarin, cuyo rostro se estiraba cada vez más, intentó alcanzar a su prima en busca de ayuda.

La vara y el poder que contenía provenían de Terrallende, no de Azeroth. La forestal esperaba que sus inusuales energías pudieran lograr lo que la magia de su mundo no podía hacer por culpa de Sinestra: destruir el Alma Demoníaca de una vez por todas y para siempre, aunque para ello la alta elfa tuviera que sacrificar su vida.

—Ya tienes toda la magia que tanto ansiabas. ¿Por qué no disfrutas de ella? —murmuró Vereesa sin piedad.

Ahora que se había cerciorado de que su primo iba a cruzar el umbral de la muerte, ya podía morir tranquila. Al menos sus hijos por fin estaban a salvo.

El elfo de sangre cesó de chillar en cuanto su cuerpo se partió en dos; a continuación, ambas mitades se disiparon en el torbellino creado por esas energías. Mientras aquella energía descontrolada llenaba la cámara, la forestal se acordó de repente de su misterioso salvador.

—¡Debemos irnos de aquí! —le gritó Kalec al oído—. ¡Deprisa! ¡No nos queda tiempo!

Si bien tenía mucho mejor aspecto y su voz sonaba mucho más fuerte que la última vez que lo había visto, Vereesa sabía que no podía deberse a que el Alma Demoníaca hubiera vuelto a hacerse añicos. Parecía imposible que el dragón azul hubiera sido capaz de recuperarse en un momento, y mucho menos de agarrarla justo a tiempo de evitar que esas energías le hicieran lo mismo que a su primo. Aun así se alegró de ver a Kalec y se sintió agradecida por su rápida reacción.

El dragón azul intentó arrastrarla a la otra cámara, pero aquellas energías tan intensas comenzaron a atraerlos como un imán. Kalec conjuró un escudo mágico que los rodeó, pero apenas logró contrarrestar la fuerza que tiraba de ellos hacia atrás.

—¡Esto es demasiado para mí! —gritó el dragón azul.

—¿Qué hacemos?

—¡No vais a hacer nada! —exclamó otra voz.

Era la voz de Krasus.

La magia desatada se condensó de repente y acto seguido se alzó, atravesó la roca y se disipó. En consecuencia, la alta elfa y Kalec cayeron hacia delante.

Después, el silencio y la calma reinaron en la cámara; una quietud que se vio quebrada cuando alguien con las manos enguantadas los agarró del brazo y los ayudó a levantarse.

El dragón mago esbozó una sonrisa. El milagro que había obrado la recuperación de Kalec no era nada comparado con el que había obrado la del dragón rojo. Krasus se había recuperado totalmente, aunque no parecía muy contento.

—¡Albricias! —exclamó Vereesa mientras lo abrazaba—. Pero, ¿cómo? ¿De dónde has sacado el poder para hacer esto? Sobre todo, para curar esa herida tan grave…

—No ha sido cosa mía.

—Entonces, ¡ha sido Kalec!

—Yo no he hecho nada para curarlo —negó el dragón azul—. Ni siquiera recuerdo que estuviera herido. Por lo que deduzco, era una herida muy grave, ¿verdad?

—¡Sinestra le atravesó el pecho con una estalactita colgada del techo y lo dejó ahí arriba para que muriera desangrado!

Krasus hizo una mueca de disgusto al recordar esos momentos.

—Había llegado mi hora —dijo el dragón rojo.

Kalec sacudía la cabeza de un lado a otro, incapaz de comprender qué había ocurrido.

—Creo que si hubiera hecho algo así, lo recordaría. Aunque dudo mucho que sea capaz de semejante proeza. No está vivo porque yo haya obrado un milagro…

—Ah, en eso te equivocas, joven.

La forestal y el dragón azul miraron a Krasus desconcertados. Acto seguido, el dragón mago les dio las explicaciones oportunas solemnemente.

—Si bien añorabas a Anveena y lloraste su muerte, siempre has tenido la sensación de que la llevabas en tu corazón, en tu alma, ¿verdad?

—Así es. ¿Y qué?

—¡Te lo explicaré mientras nos vamos de aquí! ¡Hay mucho en juego!

Mientras los guiaba hacia otro pasadizo, Krasus dijo:

—Ella te dejó un recordatorio de su amor, Kalec. Una diminuta porción de su ser no se volvió a transformar en la Fuente del Sol. Fue lo que te mantuvo vivo cuando, bajo la influencia de Sinestra, intentaste asesinarme y todo estalló.

—Gran Korialstrasz… nunca fue mi intención…

—Tu ira estaba justificada, pero no escogiste el camino de la violencia voluntariamente. Lo sé. Fue culpa de Sinestra. Ya he olvidado ese incidente. Como te estaba contando, lo que Anveena te dejó te protegió, y luego te salvó. Eso dice mucho de cuánto te amaba.

—Anveena.

A pesar de que su situación seguía siendo muy complicada, el dragón azul sonrió y levantó la vista en busca de un cielo que en aquellas profundidades era imposible ver. Krasus prosiguió con sus explicaciones:

—Como me hallaba cerca… y como quería que yo te protegiera después de nuestra milagrosa sanación… esa misma esencia me curó también a mí. Salvarnos a ambos fue una proeza que consumió todo su poder. A partir de ahora solo podrá recordarte su amor. Si bien había percibido esa energía con anterioridad, nunca me imaginé que esa energía. que ella. fuera capaz de algo así.

Kalec lo agarró de la muñeca.

—Hablaste con ella.

—Ella me habló. Ya te he contado todo lo que me dijo durante su fugaz materialización… y cuando digo ella, me refiero a ese fragmento de su esencia que dejó en tu fuero interno con la intención de protegerte.

—Anveena… Me alegro de que pudiera hacerte regresar de las puertas de la muerte. Si hubiera tenido opción de escoger, habría preferido que se ocupara de ti antes que de mí.

Entretanto, el dragón mago los guió hacia un pasadizo en tinieblas.

—Por fortuna, poseía el poder necesario para salvarnos a los dos —rezongó el dragón rojo—. No quiero parecer un desagradecido, pero ojalá tuviera aún más poder que darnos, porque, desgraciadamente, vamos a necesitarlo.

—¿Por qué? —preguntó Vereesa—. Ahora que la vara robada de mi nada añorado primo y el Alma Demoníaca han sido destruidas, ¡ya no pueden hacerse realidad los sueños demenciales de Sinestra!

—Ese sueño demencial puede hacerse realidad de muchas formas, y así lo ha demostrado una y otra vez la inmunda familia de Alamuerte. ¡Por eso debemos apresurarnos! Además, toda la energía que ha liberado la destrucción de la vara y del Alma Demoníaca habrá acabado en alguna parte, ¿no crees, Kalec?

Al escuchar esas palabras, el dragón azul vaciló a la hora de dar el siguiente paso.

—¿Quieres decir que… ?

-Sí…

En ese momento se escuchó un estruendo que provenía de los niveles superiores del entramado de túneles. El pasadizo tembló tanto que Kalec tuvo que conjurar un escudo rápidamente para impedir que terminaran enterrados bajo los cascotes. Krasus no se molestó en darle las gracias, y dijo:

—Esas energías han alcanzado aquello que las estaba aguardando. Una vez más, llegamos tarde.

—¿Adónde han ido? —exigió saber Vereesa—. ¿Adónde?

Quien respondió fue Kalec.

—Han ido a Dargonax… Esas energías seguro que han ido a parar a él.

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