La noche del dragón – Capítulo Dieciocho

La noche del dragónVereesa fue de un pasadizo a otro, consciente de que descendía cada vez más por las entrañas de la montaña y seguía sin detectar ningún indicio de que su presa estuviera cerca. Confiaba en encontrar algún rastro que la llevaría hasta Zendarin, pero los pasadizos que recorría parecían más y más abandonados. Por si fuera poco, cuando la forestal intentó desandar el camino recorrido acabó en un túnel en el que no había estado antes.

A veces da la sensación de que Grim Batol está vivo y juega con todos nosotros, sin importar que seamos bondadosos o malvados, pensó Vereesa.

Conocía más de una leyenda acerca de sitios parecidos; emplazamientos que se decía que habían desarrollado una conciencia propia debido a una magia muy poderosa que lo había impregnado. Ciertamente, Grim Batol encajaba con esa descripción. Había pocos lugares en Azeroth que hubieran permanecido invadidos por esa clase de energías durante tanto tiempo.

Como la alta elfa estaba decidida a dar con el camino correcto, comenzó a hacer pequeñas marcas con su diminuto cuchillo en las paredes para poder reconocerlas. Cada vez que doblaba una esquina, Vereesa se cercioraba de marcar a qué lado estaba su derecha.

Así se aseguraba de que no se perdería.

Uno de los pasadizos que estaba recorriendo terminaba abruptamente, lo que la obligó a volver por donde había venido; pero fue incapaz de encontrar las marcas. Retrocedió, se reafirmó en su decisión de que ésa era la dirección correcta y siguió avanzando obstinadamente.

Sin embargo, Vereesa no vio nada que le resultara familiar y, aún peor, cuando intentó volver al punto de partida, volvió a sumirse en el desconcierto.

De pronto, la forestal escuchó unos ruidos a lo lejos que parecían provenir de unos skardyns. Si bien antes habría procurado evitar toparse con ellos, en esos momentos la alta elfa consideraba su encuentro la mejor forma no sólo de localizar a su primo, sino también de saber dónde se encontraba ella.

Aquellas voces, que siseaban y gruñían, parecían alejarse de ella. A pesar de caminar a paso ligero, Vereesa no fue capaz de recortar la distancia que los separaba. Y lo que era todavía más preocupante, el camino que seguía descendía mucho más de lo que hubiera deseado. Ignoraba qué se ocultaba en las entrañas más profundas de Grim Batol y no tenía ningún interés en averiguarlo, salvo que Zendarin estuviese ahí, lo cual era muy poco probable.

Para no perderse, Vereesa había confiado tanto en su aguda vista como en las pequeñas gemas que cubrían las paredes. Resultaba obvio que esas piedras las había colocado alguien; eso en cierto modo la tranquilizó, pues significaba que seguía recorriendo unos pasadizos que eran usados por los actuales moradores de la montaña o que habían sido utilizados antaño por sus predecesores.

De hecho, en una pequeña cámara halló los restos de un trol, probablemente alguno que había servido al ejército orco en la época en que éste ocupó Grim Batol. Las frías temperaturas de los pasadizos subterráneos habían conservado el cuerpo prácticamente intacto; tanto que aún se podían apreciar algunos de los tatuajes que cubrían su largo y desgarbado cuerpo. La cara puntiaguda esbozaba una sonrisa propia de todo cadáver momificado. También encontró una pequeña hacha y una daga en buen estado; la alta elfa no desaprovechó la oportunidad y se apoderó de las dos armas.

En el momento en que abandonaba aquel cadáver que disfrutaba de su sueño eterno, Vereesa se percató de que no había hallado ningún indicio que explicara cómo había fallecido ese trol. Si no fuera porque estaba extremadamente delgado, habría dado la impresión de que aún seguía vivo.

¿Acaso el trol se extravió y se murió de hambre a pesar de encontrarse tan cerca, y a la vez tan lejos, de sus camaradas? Aquél era un mal presagio para la forestal.

Aun así, con el hacha y la daga, Vereesa se sentía mejor preparada para enfrentarse a cualquier enemigo con el que se topara. No obstante, siguió dejando marcas por donde pasaba.

Poco a poco se fue dando cuenta de que el sendero que había tomado estaba cada vez menos iluminado hasta que se adentró en un pasadizo que carecía totalmente de esos cristales relucientes.

La frustración de Vereesa iba en aumento. Retrocedió hasta el túnel anterior y, una vez allí, continuó avanzando hasta que dio con otro pasadizo.

Que tampoco estaba iluminado.

Dos veces más recorrió un tramo del pasadizo iluminado para acabar topándose con túneles secundarios sumidos en la oscuridad. Empezó a sospechar que algún ente, Zendarin quizá, o incluso la propia montaña, estaba jugando con ella.

Se detuvo frente a otro túnel envuelto en tinieblas para sopesar sus opciones. Como sabía que daría igual que escogiera uno u otro, se decantó por el que tenía delante…

La alta elfa escuchó entonces una débil voz que procedía de las entrañas de aquel pasadizo.

Aunque Vereesa no entendió lo que decía, percibió en el tono dolor y agotamiento.

A pesar de que era bastante probable que se tratara de una trampa, la alta elfa aceleró el paso. Mientras avanzaba, mantuvo los oídos bien abiertos, pero no volvió a escuchar aquella voz. Vereesa no descartaba la posibilidad de que quizá su mente cansada le estuviera jugando una mala pasada. Sin embargo, como había tomado la firme decisión de descubrir de dónde provenía esa voz, no tenía ninguna intención de darse media vuelta. La forestal atravesó la oscuridad con el hacha en una mano y la daga en la otra.

A cada paso que daba, sentía que descendía más y más. Aferró instintivamente las armas con más fuerza. Creyó ver una luz tenue delante…

Lo que en un principio era una ligera neblina empezó a cubrir todo el pasadizo a medida que se acercaba hacia aquella luz. Vereesa por fin pudo distinguir los detalles de la pared, que indicaban que ese pasadizo había sido excavado de forma más basta que los superiores, lo cual revelaba que databan de una época muy remota y que muy probablemente la mayoría de los que habitaban en los niveles superiores desconocía su existencia.

Pero entonces, ¿a quién pertenecía esa voz que había creído escuchar?

La alta elfa aminoró el paso al percibir un débil resplandor rojo delante de ella. Daba la impresión de que un poco más allá había una cámara. Apretando los dientes con fuerza, se aproximó con suma cautela.

De repente se dio cuenta de que cuanto más se acercaba, más frío tenía. Hacía mucho más frío del que debería. De hecho, esperaba que, tratándose de Grim Batol, las cámaras desprendieran calor y no frío.

A pesar de que había llegado muy lejos, Vereesa se planteó la posibilidad de darse media vuelta. Pero algo se lo impedía.

La alta elfa se acuclilló y miró qué había dentro.

Acto seguido abrió los ojos como platos.

Tenía ante sí una cámara enorme que estaba compuesta de fuego y hielo. El fulgor carmesí provenía de unos vastos estanques de lava en ebullición. El hedor a sulfuro inundó repentinamente sus fosas nasales. La forestal pudo divisar más de una decena de esos estanques, algunos tan pequeños como su mano y otros tan grandes como para albergar a los enanos y a ella sin que su superficie se agitara demasiado.

La cámara debería desprender tanto calor que a esas alturas Vereesa debería estar empapada de sudor. Sin embargo, hacía tanto frío que al respirar le salía vaho.

La explicación a aquel extraño fenómeno estaba en la parte superior de la cámara. Del techo pendían unas descomunales dagas de hielo. No eran de origen natural ni por asomo. A medida que Vereesa se iba adentrando más y más en la cámara, comprobó que por dentro eran blancas como la nieve e incluso llegó a sentir su gelidez en la piel.

Pronto resultó obvio el porqué de ese diseño mágico. La alta elfa divisó primero uno, luego otro, y otro… Entonces se dio cuenta de que cada uno de esos montones circulares era lo mismo: un huevo.

Estaban por todas partes. Eran tan enormes que sólo podían provenir de una criatura.

Un dragón.

Vereesa se aproximó al más cercano. Al principio pensó que se había roto, porque estaba recubierto de una sustancia pegajosa que le recordaba a la yema de huevo. Sin embargo, al examinarlo más de cerca pudo comprobar que el huevo no estaba roto. Simplemente, una capa de resina lo cubría por completo.

La alta elfa supo qué era al tocar aquella sustancia con la daga: myatis. Su pueblo solía emplear ese recubrimiento mágico para preservar reliquias sagradas y seres vivos de gran valor como ciertas semillas muy especiales. No obstante, allí le habían dado un uso más ingenioso: evitar que los huevos se pudrieran.

Vereesa por fin entendió por qué el calor y el frío libraban una batalla constante en aquella cámara. El myatis era un buen conservante, pero no bastaba para impedir la putrefacción de los huevos, por eso era necesario ese equilibrio de temperatura tan especial. La forestal introdujo un dedo en el recubrimiento y comprobó que tenía la temperatura exacta para garantizar la vida que albergaban los huevos en su interior.

En ese instante, Vereesa fue consciente de cuántos huevos habían alcanzado el equilibrio preciso. No eran un puñado. Ni unas decenas.

Eran cientos. Tantos que tendrían que haber sido recolectados a lo largo de varios siglos…

La alta elfa giró sobre sí misma. Al principio no se percató de que no todos los huevos eran iguales porque el recubrimiento de myatis daba a todo una tonalidad gris. Y no era sólo una cuestión de tamaño o forma, sino también de color y de los patrones dibujados en sus cáscaras.

¡Por la Fuente del Sol! No son sólo huevos de dragones negros… También hay de dragones rojos y de otros Vuelos…

Vereesa no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Cuando ella y Rhonin ayudaron a escapar a la reina del Vuelo Rojo de la Horda, tuvieron la oportunidad de examinar fragmentos de cáscaras de huevo de ese Vuelo. Después, su marido, que siempre estaba dispuesto a ampliar sus conocimientos mágicos, le había mostrado huevos de otros Vuelos, incluso del Vuelo Negro. Si bien era cierto que los huevos de la raza de Alamuerte predominaban en aquella cámara, también había muchos del Vuelo Rojo y otros que parecían haber sido robados al Vuelo Azul o a los otros vuelos.

—Siglos… —susurró para sí—. Les ha debido de llevar siglos reunir tantos huevos.

En ese momento, la forestal detectó algo raro en dos huevos y se acercó para examinarlos con más detenimiento. Parecían extrañamente hinchados y sus cascarones estaban repletos de pústulas.

Era obvio que esos huevos no albergaban a inocentes crías de dragones.

De improviso sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con las descomunales estalactitas mágicas. Sabía perfectamente que Alamuerte había deseado en su momento crear un Vuelo de Dragón aún más terrible de los que ya existían, y que posteriormente sus hijos habían intentado cumplir sus funestos deseos y perpetuar su nauseabundo legado. Pero mientras Nefarian y Onyxia estaban inmersos en sus propios planes para crear ese Vuelo tan especial, alguien había ido acumulando paciente y metódicamente aquellos huevos tan diversos, recurriendo sin duda al engaño, hasta que llegara el momento en que se dieran las circunstancias idóneas para crear con muchas probabilidades de éxito a esos monstruos dragones.

En cuanto eclosionaran los huevos, habría suficientes abominaciones como para acabar con toda resistencia que pudieran oponer los habitantes de Azeroth.

Las horribles escenas que poblaban su imaginación se disiparon de repente por culpa de unos ruidos provenientes del fondo de aquella cámara enorme. Alguien o algo se movía por ahí. Con el hacha preparada, la forestal se dirigió hacia el lugar de donde creía que procedía aquel sonido fugaz.

Pero en cuanto se acercó, lo único que divisó fue otro estanque burbujeante. Éste era tan grande que cabía dentro un velero, aunque apenas hubiera podido maniobrar. La alta elfa registró los bordes de los estanques en busca de quienquiera que merodeara por ahí. Estaba segura de que el ruido que había escuchado no procedía del burbujeo constante que resonaba en aquella cámara.

De improviso, del centro del estanque emergió una cabeza enorme y monstruosa. El calor de la lava le había dotado de un color naranja brillante como el del hierro al rojo vivo. Aquel ser abrió su boca de reptil y…

—¿Ve-Vereesa? —preguntó con voz ronca.

El gigante profirió un gruñido y se bamboleó hacia el extremo del estanque donde se encontraba la alta elfa, quien trastabilló hacia atrás mientras varias toneladas de dragón humeante abandonaban la lava. La forestal prosiguió retrocediendo, atónita ante la enorme envergadura de aquella bestia. Nunca había visto a un dragón tan grande, a excepción de la reina del Vuelo Rojo o de Krasus cuando adoptaba su verdadera forma como Korialstrasz.

¿Korialstrasz?

El leviatán envuelto en vapor continuó avanzando tambaleante hacia ella. La forestal se dio la vuelta y salió corriendo en cuanto se dio cuenta de que aquel dragón era más grande incluso de lo que había calculado en un principio.

Su sombra amenazante la cubrió. Vereesa era plenamente consciente de que no estaba corriendo lo bastante rápido como para huir de él. Y se preparó para lo inevitable.

Pero Korialstrasz no le cayó encima. De hecho, no se produjo el estruendoso impacto que había previsto, tan sólo escuchó un ligero golpe sordo tras ella que indicaba que por fin había caído.

La alta elfa se atrevió a mirar atrás.

Entonces pudo comprobar que el mago Krasus yacía al borde del estanque, desprendiendo todavía vapor de su cuerpo. Su habitual piel pálida se volvió durante unos segundos de un color rojo brillante, y estaba dejando la marca de su silueta en el suelo de piedra debido al calor que desprendía. Lo más curioso era que su túnica se hallaba intacta… No obstante, se trataba de una ilusión; el resultado de los conjuros del mago, que la hacían más resistente que cualquier atuendo real.

La alta elfa corrió a su lado en cuanto se le pasó el susto. Por suerte, pese a que daba la impresión de que no se movía, Krasus todavía respiraba.

Sin embargo, no lograba despertarlo. Como no estaba segura de qué hacer, se le ocurrió comprobar su temperatura corporal. Aunque era mucho más alta de lo normal, al menos podía tocarlo sin quemarse.

La forestal levantó a aquella figura desplomada en el suelo con el máximo cuidado posible y la arrastró hasta un lugar donde el firme se elevaba un poco. Lo dejó ahí sentado y meditó sobre qué haría a continuación.

Krasus le solucionó el problema al abrir al fin los ojos.

—Ve-Vereesa de los altos elfos —acertó a decir—. No esperaba encontrarme contigo…

Le sobrevino un ataque de tos y no pudo hablar durante unos instantes. Parecía más viejo, más demacrado. Acto seguido prosiguió: pero me alegro de verte, a pesar de las circunstancias.

—Pues yo sí que debería haber esperado encontrarte aquí —replicó la forestal—. Con tanto mal campando a sus anchas por aquí, quién sino tú iba a venir a ponerle fin.

—Tú. Rhonin y tú. habéis hecho mu-mucho más bien de lo que creéis, jovencita. —Le indicó con un gesto que no le contradijera y después entornó los ojos—. A-además, no es momento. no es momento de discutir. ¿Sabes qué está

sucediendo en Grim Batol?

—Sé lo justo para sentirme muy confusa, gran dragón —respondió la forestal.

La alta elfa observó con gran preocupación al dragón mago, que acababa de esbozar otro gesto de dolor.

—Krasus, ¿qué te ocurre?

—He estado en un lugar infernal al que espero no volver jamás. Escapé de ahí a duras penas. La fuga casi acaba conmigo. Salí del limbo y fui a parar a esta montaña… a la roca de la montaña…

El dragón mago le describió lo mejor que pudo el momento en que, tras escapar de la trampa mágica, fue lanzado al exterior de Grim Batol por las fuerzas desatadas en su fuga. Su cuerpo acabó atrapado en la falda de la montaña. La poderosa magia y la férrea voluntad del dragón evitaron que quedara enterrado ahí para siempre.

—Lo único que pude hacer fue buscar la cámara más cercana. Me abrí paso con mi verdadera forma y me arrastré a ciegas de una caverna a otra. Necesitaba calor para que mi cuerpo reviviera; un calor increíblemente intenso. Pero la única fuente que podía percibir cerca no parecía demasiado prometedora. Sin embargo, no tenía otra opción. Me dirigí hacia allí, y adopté esta forma cuando los túneles empezaron a ser demasiado estrechos para mí…

Ni siquiera prestó atención a lo que había a su alrededor; su mente, invadida por el dolor, sólo sabía que, a pesar de que desprendían poco calor, allí encontraría unos estanques de lava. No era muy habitual encontrarse a un dragón zambulléndose en lava. Pero si hubiera permanecido sumergido más tiempo, se habría quemado y habría muerto. El hecho de que ésa fuera la única manera que había encontrado de recuperarse rápidamente permitía hacerse una idea de lo desesperada que era su situación. Con la ayuda de toda la magia que pudo invocar, esa fuente de calor lo había revivido con mucha más celeridad que si hubiese recurrido a cualquier otro remedio.

—La clave de mi recuperación estaba en abandonar el estanque en el momento preciso. Por poco me quedo ahí dentro más de la cuenta. Estaba exhausto. Emergí a la superficie en dos ocasiones para llamar tan sigilosamente como pude a cualquier aliado mío, pues sabía que, por desgracia, necesitaría ayuda. No obstante, esperaba que acudiera en mi auxilio algún enano, o tal vez la draenei…

—¿Iridi?

El dragón mago arqueó las cejas.

—Ah, ya os conocéis. Sí. Busca completar con éxito dos misiones imposibles, como si con una no bastara. Espera liberar o destruir a un dragón abisal…

—Sí, y arrebatarle a un elfo de sangre una vara que éste le robó a un amigo de la draenei que había sido asesinado —añadió Vereesa, cuya expresión se volvió gélida a pesar de estar tan cerca de un estanque de lava—. Pero Zendarin es mío y de nadie más.

El dragón mago estudió el rostro de la alta elfa con preocupación.

—Por lo que deduzco, se trata de una venganza personal para zanjar una disputa familiar. No voy a preguntarte qué motivos tienes para buscar la revancha, pero sí he de recordarte que cometes una estupidez.

—Tú no eres el más indicado para juzgarme —replicó tajante la forestal mientras se ponía en pie para observar el monstruoso espectáculo que los rodeaba—. Bueno, ¿y qué opinas de esto? ¿Estamos ante el legado de Alamuerte o de sus hijos?

—No. Ésta es la obsesión de la madre de Nefarian y Onyxia; una obsesión cuyos abismos sólo alcanzo a atisbar… y temer. Quién sabe desde hace cuánto tiempo colecciona estos huevos para corromperlos, con la ayuda, sin duda, de la maligna Alma Demoníaca, para satisfacer sus viles deseos. Y cuánto. cuánto le habrá costado traerlos hasta aquí después de que mi Vuelo hubiera dejado de custodiar Grim Batol.

—¿Crees que los huevos y ella no han estado aquí siempre?

—No… No ha podido estar aquí desde el principio. Los centinelas habrían percibido el mal que estaba tramando. No. Sinestra vino a este lugar desolado hace muy poco, pero se ha. se ha adaptado a él con suma facilidad.

El dragón mago intentó incorporarse, y Vereesa corrió en su ayuda en cuanto vio claramente que estaba a punto de volver a caer.

—Gra-gracias.   Voy recuperando

fuerzas poco a poco, aunque espero no tener que volver a pasar por algo así. Porque ése es el camino del Guardián de la Tierra, del Vuelo de Alamuerte. No obstante, el fuego, en cualquiera de sus manifestaciones, forma parte integral de la vida, y gracias a eso he podido hacer lo que he hecho —dijo el dragón mago mientras contemplaba todos aquellos huevos con el ceño fruncido; después señaló a uno de los huevos hinchados y añadió—: Como siervo de la vida, esta burla horrenda de todo lo vivo me llena de tanta ira que me entran ganas de arrasar esta cámara sin preocuparme lo más mínimo de las consecuencias, aunque eso conllevara… mi propia destrucción.

Vereesa lo miró aterrada; temía que llevara a cabo esa locura. Se imaginó muriendo a su lado, abandonando para siempre a sus hijos y a Rhonin y dejando vía libre a Zendarin para que pudiera dar caza a los gemelos a su antojo. A pesar de que ella también pensaba que la caverna merecía ser destruida, era lo bastante egoísta como para anteponer su familia a todo lo demás.

Al cabo de un rato, Krasus negó con la cabeza.

—Pero no lo puedo hacer aún, porque Sinestra podría seguir adelante con sus planes. Tiene al dragón abisal a su merced y una de sus abominaciones ya ha nacido. Además, podría capturar a otro dragón azul o rojo, la encarnación de la magia y de la vida, respectivamente, para dotar a sus creaciones de unos poderes todavía más horrendos…

—No tiene ninguna necesidad de hacer eso. Posee huevos de tu Vuelo y otros robados probablemente a lo largo de generaciones a otros dragones, incluso a los azules, con lo raros que son. Podría criar a sus propios dragones rojos y azules.

—Criarlos le resultaría mucho más problemático, y necesitaría un dragón adulto, en el punto álgido de su poder desde hace años, para poder tener una mínima posibilidad de lograr lo que ansía. Sinestra es paciente, pero no para todo. Además, lleva muchas generaciones escondiéndose y urdiendo sus planes —le explicó al tiempo que sonreía fugazmente al darse cuenta de una cosa—. Estos huevos de otros Vuelos deben de ser más valiosos para ella que los suyos propios… Hum, ahora que lo pienso, seguro que todos estos huevos del Vuelo Negro son suyos.

—¿Son de una sola dragona?

—Pueden parecer muchos, pero los atesora desde hace tantos siglos. —respondió mientras negaba con la cabeza—. No deja de sorprenderme la cantidad de años que la dinastía de Alamuerte ha empleado para llevar a cabo sus maquinaciones…

Vereesa se estremeció.

—Entonces, ¿los destruimos uno a uno? Los dos juntos podríamos.

—Nos llevaría demasiado tiempo. Sigo débil, jovencita, y creo que ya sé por qué. —Krasus señaló hacia el interior de aquella extraña caverna—. Si no me equivoco, tenemos que ir en esa dirección.

Mientras Vereesa se preguntaba qué podría ser tan importante para el dragón mago, lo ayudó a avanzar en esa dirección. Al alejarse de los huevos, el calor de aquellos estanques comenzó a hacer mella en ellos; tanto que a la alta elfa le costaba cada vez más respirar.

La zona adquirió una tonalidad carmesí, pues los estanques eran ahora la única fuente de luz. A pesar de que en el pasado siempre había confiado en Krasus, la forestal no pudo evitar preguntarse si realmente sabía adónde iba.

El mago encapuchado gimió de repente.

—Sí… —dijo jadeando—. Estamos muy cerca.

—¿Cerca de qué?

Krasus no se lo explicó, sino que miró con los ojos entornados hacia algo que había ahí delante. A pesar de tener la aguda vista propia de una alta elfa, Vereesa no divisó nada hasta que dio unos pasos vacilantes.

Al principio, aquel resplandor no era más que un tenue fulgor dorado. Procedía de una cámara cuya entrada era una grieta por la que tuvieron que entrar de uno en uno y de costado.

Krasus titubeó.

—Entraré yo primero, pero tendrás que seguirme de inmediato. No sé hasta qué punto seré capaz de enfrentarme a lo que hay ahí dentro.

—¿Qué es?

Miró a la forestal mientras se colaba por la grieta.

—Una de mis pesadillas…

Tras pronunciar esas palabras, el dragón mago se adentró en la cámara.

Como la alta elfa sabía que Krasus no era dado a exagerar, lo siguió de inmediato. Arrimó la espalda a la roca todo lo que pudo y abandonó aquella caverna preguntándose qué les depararía la siguiente.

—Es tal y como sospechaba y temía —susurró Krasus mientras miraba fijamente a lo que tenía delante—. Lógico, máxime sabiendo que ella está detrás de todo esto.

Mientras hablaba, Krasus empezó a perder el equilibrio. Vereesa se acercó a él rápidamente y lo ayudó a enderezarse.

De pronto, el dragón mago soltó una retahíla de maldiciones presa de la frustración; la forestal nunca le había oído jurar con tal vehemencia. Asimismo, Vereesa pudo apreciar cómo un rictus de amargura se dibujaba en su semblante; era consciente de que Krasus estaba enfadado consigo mismo.

Acto seguido, la alta elfa posó su mirada en una pequeña plataforma excavada en la roca de la montaña. Encima de ella descansaba la fuente de aquel resplandor: un artefacto espantoso que reconoció a pesar de su extraña apariencia.

—Yo poseía una sola esquirla —le explicó Krasus con voz ronca—. No hallé más que un fragmento diminuto de ese objeto. El resto nunca lo localicé… Sólo ella se atrevería a resucitar esta abominación… Sólo la consorte de Alamuerte osaría soñar con intentar recrear el Alma Demoníaca.

Regresar al índice de la novela La noche del dragón

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.