La noche del dragón – Capítulo Diecinueve

La noche del dragónGrenda no se percató de la desaparición de Vereesa hasta que llevaban ya bastante tiempo caminando hacia la libertad. En cuanto se dio cuenta, la enana se planteó si debía ordenar a todos que se detuvieran, pero descartó la idea enseguida. La forestal había tomado una decisión; ahora Grenda sólo tenía que preocuparse del bienestar de sus muchachos.

Lo cual no quería decir que solamente pretendiera sacarlos de Grim Batol. Al fin y al cabo, los Barbabronce habían ido a esa montaña a cumplir una misión. Si bien era cierto que Grenda buscaba una salida, eso no le impedía estar atenta a cualquier indicio relacionado con lo que estaba sucediendo en ese espantoso lugar.

Al fin descubrió lo que buscaba. Esa cámara era enorme y brindaba un espectáculo aterrador y asombroso a la vez.

La causa de los tremendos rugidos de angustia que los Barbabronce habían escuchado los últimos días sólo podía ser aquella colosal bestia atada con hebras mágicas. Era totalmente distinto a cualquier dragón que la enana hubiera visto antes y carecía de corporeidad; parecía una aparición.

—¿Qué están haciendo con esa cosa?

—murmuró un enano que estaba cerca de ella.

—Algo nauseabundo —contestó otro.

Grenda los hizo callar. Por un lado, le inquietaba no saber con qué propósito mantenían atada a esa bestia; por otro, quería estudiar la forma y distribución de la cámara.

Lo primero en que se fijó fue en cinco skardyns ocupados en diversas tareas en las inmediaciones del dragón. Parecían muy absortos en sus quehaceres, como si su vida dependiera de ello. Después del dragón y aquellas criaturas, lo que más le llamó la atención fue una larga cornisa que recorría la caverna de lado a lado y que desembocaba en otro pasadizo que, según sus estimaciones, debía llevar a alguna salida.

Acto seguido, Grenda tomó una decisión. En primer lugar, y más importante, tenía que sacar al grupo de guerreros del interior de la montaña. Pese a que iban armados con picas y látigos, no portaban las hachas y espadas cortas que tan bien dominaban. Además, estaban agotados y magullados. Por tanto, la estrategia más inteligente consistía en escapar y enviar después un mensaje al rey relatándole lo que habían descubierto. Habían recopilado suficiente información como para que aquellos que eran más sabios que ellos pudieran tener una visión muy aproximada de lo que estaba sucediendo.

—Dirijámonos  a ese pasadizo —ordenó la enana a los demás.

Nadie mostró su desacuerdo; Grenda era ahora su líder y sus órdenes debían ser acatadas como si el mismo Rom las hubiera dado.

Rom, pensó. Se preguntó qué habría sido de él, dónde yacería su cuerpo. Con toda seguridad, tendría que pasar por donde habían muerto sus guerreros; quizá descubriría su cadáver entre aquellos cuerpos.

Si consigo sacarte de aquí para poder enterrarte, te juro que lo haré, le prometió al espíritu de Rom. Aunque Grenda no quería reconocerlo, se había enamorado del veterano guerrero. Lo que empezó siendo sólo admiración por sus hazañas y su reputación, se había convertido en respeto tras haberlo seguido en esta misión, y se había vuelto algo mucho más profundo cuanto más tiempo compartía con él y conocía al enano que ya era leyenda.

Grenda apretó los dientes con fuerza. Como solo había cinco skardyns a la vista y ninguno de ellos estaba cerca de aquella cornisa, decidió que había llegado el momento de actuar sin vacilaciones. A continuación hizo un gesto con la mano para indicar a dos de sus hombres que se acercaran.

—A mi señal, corred lo más rápido posible hasta el otro lado. No paréis de correr, y que no os vean.

Ambos asintieron y se prepararon para recibir la señal. Entretanto, Grenda escrutaba a los skardyns con la intención de comprobar en qué tenían centrada su atención en todo momento.

—¡Adelante!

Los dos guerreros avanzaron presurosos. Grenda observó con ansiedad cómo cruzaban la cornisa. Cubrieron un cuarto de la distancia que les separaba del pasadizo, luego la mitad, después dos tercios… y al fin llegaron al otro extremo.

Para entonces, la enana ya tenía otros dos hombres dispuestos a salir corriendo. La comandante les dio la señal a los siguientes en cuanto los dos primeros completaron el trayecto.

El grupo iba cruzando la cornisa por parejas, pero con demasiada lentitud en opinión de Grenda. En todo momento temía que algún skardyn levantara la vista y los viera, pero no sucedió. Por otro lado, ignoraba dónde se habían metido los demás engendros; se preguntó si estarían ocupados persiguiendo a la alta elfa o a la draenei, a quienes nadie había visto desde hacía mucho tiempo, prácticamente desde la desaparición de Rom

Mientras pensaba en los desaparecidos, la comandante dio la orden de cruzar la cornisa a otros dos enanos. Sin embargo, cuando apenas habían completado un tercio del recorrido fueron detectados… pero no por esas criaturas que pululaban allí abajo.

El skardyn que dio la voz de alarma había salido a rastras de una de las aberturas situadas en lo alto; una que ningún Barbabronce habría podido utilizar. Aquella criatura cubierta de escamas trepaba por la pared de la caverna como si fuera una araña. En cuanto divisó a los dos guerreros corriendo, abrió la boca para proferir un chillido gutural que parecía haber salido de una tumba.

Los demás skardyns intentaron detener a los fugitivos inmediatamente. Por si fuera poco, otros engendros comenzaron a salir de los agujeros; eran tantos que a Grenda ya no le recordaron a unas arañas sino más bien a una legión de hormigas venenosas.

—¡Cruzad la cornisa! ¡Rápido!

El resto de los guerreros enanos echó a correr con Grenda en la retaguardia; la pica que portaba era un estorbo ahora que pretendía llegar al otro extremo de la cornisa. La enana se consoló pensando que la mayoría de los skardyns no alcanzaría la cornisa antes de que el grupo de guerreros abandonara la caverna. Además, los látigos y picas que esgrimían no les iban a ser de gran utilidad a tanta distancia…

Entonces, un objeto diminuto casi le rozó la cabeza. Al mismo tiempo, uno de los enanos que iba justo delante de Grenda lanzó un grito y cayó al vacío. La comandante vio que ya estaba muerto mucho antes de que su cuerpo se estrellara contra el firme.

Miró al muro donde se había clavado aquel objeto. Se trataba de una diminuta bola de piedra tachonada de pinchos de unos cinco centímetros de largo. Grenda sabía perfectamente de qué material estaba hecha y comprendió al instante que su impacto era letal incluso para los enanos, que tenían un cráneo muy duro.

Otra guerrera aulló y cayó, bloqueando el camino.

Pero no había tiempo para andarse con remilgos.

—¡Tiradla! —gritó Grenda—. ¡Hacedlo!

El enano que estaba más cerca del cuerpo se arrodilló junto a él para cumplir la orden y… una de esas bolas con púas le acertó justo en la garganta. Se desplomó encima del cadáver y ambos resbalaron y cayeron al vacío.

Los skardyns empleaban para lanzar las bolas un artilugio muy similar a una pequeña ballesta. Grenda reconoció aquella arma por los archivos históricos que había leído. Era un dwyar ’hun, que significaba literalmente «arco de estrella»; la bola de púas era la «estrella». Los Barbabronce lo habían utilizado antaño, pero con el paso del tiempo había caído en desuso. No obstante, los skardyns aún la utilizaban.

La gran desventaja de un dwyar ’hun consistía en que si bien los skardyns eran capaces de colocar el proyectil en esa especie de ballesta usando una sola mano y los dientes con la otra mano se aferraban a la pared para no caerse, sólo podía cargarse una bola cada vez y el proceso era muy lento. De hecho, la andanada que había acabado con tres de sus hombres había llegado a su fin, por tanto los enanos disponían de un breve respiro antes del próximo disparo.

Sin embargo, ese momento de calma se hizo añicos en cuanto los guerreros que habían alcanzado ya el otro pasadizo comenzaron a apiñarse en vez de avanzar. La razón que les paralizaba pronto fue evidente: otro grupo de skardyns les bloqueaba el paso. Aquellas criaturas manejaban con soltura sus armas y con ellas obligaban a los fugitivos a regresar a la caverna, donde sin duda les aguardaba un fatal destino.

No obstante, los Barbabronce venderían cara su derrota. Se defendieron con las picas y los látigos y lograron propinar unos cuantos golpes certeros. El único hermano que le quedaba vivo a Grenda utilizó su pica para arrojar a un skardyn que trepaba por una pared encima de otro, de tal modo que los dos engendros cayeron al vacío. Otro enano atrapó con su látigo a un skardyn que acababa de salir de un agujero situado por encima de él. El látigo se enrolló en uno de los brazos de aquella criatura, y cuando el enano tiró de él, la presa perdió su asidero.

Por desgracia, como los Barbabronce no conseguían abrirse paso, Grenda miró hacia atrás preguntándose si el resto debería retroceder.

Los skardyns salieron en manada del otro pasadizo. Los enanos estaban atrapados en una estrecha cornisa donde, de un modo u otro, serían diezmados hasta que se rindieran o no quedara ni uno vivo.

Entonces, para sorpresa de todos los allí presentes, sobre todo de los skardyns, una nueva amenaza se materializó junto al dragón cautivo; una amenaza que parecía salida de las peores pesadillas de Grenda.

Se trataba de un raptor… no, de varios raptores.

Grenda contó primero dos, luego tres y después cuatro o incluso más. No se explicaba su presencia repentina; habría jurado que habían surgido de la nada.

Los raptores se despreocuparon del dragón y atacaron a los skardyns con una ferocidad tremenda. Al skardyn que estaba más cerca lo sorprendieron con la guardia baja y lo despedazaron.

Mientras aquellos reptiles sumían la batalla en un caos total, una figura mucho más familiar se aproximó al leviatán. Se trataba de Iridi, la draenei; pero no estaba sola. La acompañaba un humano con una abundante cabellera pelirroja que, por su aspecto, parecía ser un mago.

Grenda sólo conocía a un brujo pelirrojo tan osado, o más bien imprudente, como para adentrarse voluntariamente en Grim Batol. Rom le había contado historias acerca de aquel humano, y la forestal también lo había mencionado, aunque parecía tener con él una relación mucho más íntima.

Rhonin Corazón de Dragón había acudido a rescatarlos.

Pero Grenda enseguida se dio cuenta de que se equivocaba. En primer lugar, porque el brujo no podía saber dónde estaban en ese momento. Tal vez supiera que se encontraban en Grim Batol, pero no el sitio exacto. De hecho, tanto a él como a la sacerdotisa sólo parecía preocuparles el inquietante dragón. Vio cómo Iridi manipulaba frenéticamente uno de los cristales que remataban aquellas hebras que retenían al descomunal prisionero. La enana no tardó en comprender que intentaban liberarlo.

Pensó que habían perdido la cabeza, pero dio por sentado que, para obrar así, sabían algo que ella ignoraba. No obstante, en esos momentos lo que más le importaba era el giro repentino que acababan de tomar los acontecimientos. Ahora albergaba ciertas esperanzas de que pudieran sobrevivir, puesto que los skardyns tenían que enfrentarse a dos concienzudos adversarios y a un brujo.

Desde uno de los pasadizos inferiores, media docena de dragauros liderados por un dracónido cargó contra Iridi y Rhonin. Un raptor se materializó y atacó a un dragauro. Grenda se percató de que Rhonin había hecho un gesto al mismo tiempo. El brujo parecía resuelto, pero cansado. En ese instante, la enana supo que ese ataque le había costado a Rhonin un esfuerzo tremendo.

Dos raptores más se volvieron para atacar a los recién llegados. Mientras un dragauro armado con un hacha eliminaba al primero, el segundo lograba acercarse mucho al cuadrúpedo gigante.

De repente, alguien muy pesado cayó encima de la enana. Grenda estaba tan fascinada por lo que estaba sucediendo allá abajo que se había olvidado totalmente de vigilar sus espaldas. El skardyn la empujaba con insistencia, con la intención de arrojarla al vacío.

Grenda se retorció en el suelo hasta que consiguió darse la vuelta para poder encararse con su enemigo. El amenazante y degenerado semblante de un Hierro Negro se encontraba a sólo unos centímetros de su rostro. Acto seguido, el skardyn intentó arrancarle la nariz con sus afilados dientes.

—¡Bestia inmunda! —le espetó al tiempo que su brazo izquierdo caía inerte como si hubiera perdido todas sus fuerzas.

Era imposible saber si aquel engendro cubierto de escamas era macho o hembra. Siseó impaciente y concluyó con un sonido ahogado cuando la habilidosa guerrera Barbabronce deslizó sigilosamente su mano izquierda por detrás de él con el fin de crear una fuerte pinza con sus dedos con la que agarró la corta y rechoncha garganta del engendro.

El skardyn se echó hacia atrás para intentar respirar, circunstancia que Grenda aprovechó para desembarazarse de su jadeante contrincante y lanzarlo al vacío.

Se incorporó y pudo comprobar cómo sus camaradas defendían su posición. Abajo, los raptores y Rhonin mantenían a raya a los demás guardias, pero Iridi parecía tener dificultades a la hora de liberar al dragón. A Grenda le dio la impresión de que la draenei no había avanzado mucho desde la última vez que la había visto.

De repente, un trueno estremeció la caverna; fue tan fuerte que hizo que los skardyns perdieran su asidero en las paredes de roca y cayeran en picado al suelo, y que los enanos se despeñaran de la cornisa. Grenda jamás había escuchado un trueno como ése, y le sorprendió que pudiera haber llegado a sentirse en las entrañas de Grim Batol.

Entonces, la enana se dio cuenta de la razón por la cual nunca había oído un trueno semejante: porque no se trataba de un trueno.

Sino de un rugido.

Ha llegado el momento, había decidido unos minutos antes Zendarin Brisaveloz. Ahora he de concentrar mis esfuerzos en algo que realmente merezca la pena…

Si bien había sabido desde siempre que su aliada estaba loca, la locura era consustancial a ese maldito montón de tierra y rocas llamado Grim Batol. Él mismo debía de estar mal de la cabeza al haber aceptado la oferta de su socia, que le había prometido revelarle nuevas fuentes de energía mágica a cambio de su ayuda en la elaboración de ciertos conjuros, gracias a los cuales habría tenido acceso a más magia de la que un millar de elfos de sangre podría reunir a lo largo de sus dilatadas existencias… y por tanto a más poder.

Había llegado el momento de ejecutar su plan. El engendro de la fosa había crecido muy rápidamente; con toda seguridad estaba a punto de llegar al cenit de su poder.

Lo único que tenía que hacer Zendarin era darle el último empujoncito… y al mismo tiempo afirmar su dominio sobre aquella bestia.

Se acercó a la fosa. Por mucho que forzara la vista, no lograba atisbar a su creación. Irradiaba una energía única y fascinante que el elfo de sangre ansiaba con impaciencia; pero ya disfrutaría de ese banquete en otra ocasión. Ahora… ahora le tocaba dar a él.

El dragón abisal estaba unido al engendro de la fosa a través del cubo cerúleo de la otra cámara. Sin embargo, el vínculo entre ambos sólo funcionaba si el elfo de sangre y la dama oscura lo establecían. Por otro lado, Zendarin no dejaba de decir que la vara que había robado no servía para crear ese vínculo.

Como era de esperar, mentía.

Aquella vara era fascinante. Oculto bajo un disfraz, había engañado al draenei para que le revelara los secretos de su manejo. Había dado con el modo de hacer que la vara funcionase con él exclusivamente para que en el futuro a nadie se le ocurriera robársela. Si su aliada hubiera intentado apoderarse de ella, la vara habría regresado con sus artífices, los naaru. Eso tendría que haber sucedido cuando asesinó al draenei, si no fuera porque había descubierto el secreto de la transferencia de la vara; un secreto que ni siquiera su aliada había sido capaz de arrancarle al elfo de sangre.

Tal vez ésa fuera la razón por la cual Sinestra no había llevado más allá sus constantes amenazas contra su persona.

A pesar de que esa loca lo tratara con sumo desdén, Zendarin sabía que seguía siendo una pieza esencial de aquel entramado de conjuros.

Pero mientras la dama de negro ansiaba dominar el mundo entero, a él le bastaba con dominar a algunas razas y con que su hambre eterna fuera saciada. El elfo de sangre se aproximó un poco más al borde de la fosa y apuntó con el cristal de la vara al lugar donde estimaba que se encontraba la criatura, a quien su aliada había llamado Dargonax, y acto seguido se concentró.

La asombrosa energía de la vara fluyó hacia la fosa. En cuanto impactó contra el engendro, perfiló por primera vez la silueta de Dargonax en todo su esplendor.

Zendarin profirió un grito ahogado y estuvo a punto de perder la concentración. Era mucho más imponente de lo que había imaginado. Seguramente, ni siquiera la dama demente era consciente del verdadero poder que poseía lo que habían engendrado.

Este pensamiento le hizo sonreír. Alimentaba a aquella bestia con el poder de la vara y a la vez la utilizaba para despertar al cubo, al que ordenó que absorbiera toda la energía posible del dragón abisal cautivo y la transmitiera a Dargonax.

Mientras ambas corrientes de energías mágicas pasaban a formar parte de la esencia de aquella criatura, ésta profirió repentinamente un rugido tremendo que estremeció Grim Batol. Cegado por la codicia y deleitándose ante la expectativa de obtener una cantidad enorme de magia muy poderosa con su traición, el elfo de sangre estalló en carcajadas. Ahora él era el dueño de la situación.

El dueño de todo…

Pero mientras Zendarin llevaba a cabo su traición, no se percató de que una de las sombras que poblaban la cámara se separaba de las demás.

Se trataba de Sinestra, que estaba observando cómo el elfo de sangre la traicionaba. La dama desfigurada sonrió satisfecha al comprobar que el elfo de sangre actuaba tal y como ella había previsto. En cuanto se cercioró de que su aliado ya no podría echarse atrás, volvió a desaparecer entre las sombras.

Todo transcurría exactamente como la consorte de Alamuerte había planeado. Sólo había un cabo suelto: Korialstrasz.

Pero ese problema iba a ser resuelto con suma facilidad…

Alguien más escuchó aquel rugido, temeroso de lo que implicaba, sobre todo ahora que ya no oía esa voz en su cabeza. Kalec intentó sentir denodadamente la presencia de Dargonax, pero no porque deseara que siguiera ahí, sino más bien porque, como ya era libre, quería marcharse para resolver ciertos asuntos pendientes. Aunque tales asuntos no tenían una relación directa con el desaparecido Korialstrasz, Kalec no intentaría evitarlo si se cruzaba con él.

El dragón azul todavía recelaba del dragón carmesí. No confiaba en que muchas de las decisiones de Korialstrasz fueran correctas, aunque tenía que admitir que el dragón rojo era consecuente y estaba dispuesto a defenderlas con su vida. Hasta entonces no había tenido una opinión clara de él; siempre había creído que Korialstrasz era un manipulador que podía llegar a ser más cruel incluso que Alamuerte.

No… no es como Alamuerte, pensó el dragón azul avergonzado de sí mismo. Pero tampoco es como yo… Kalec nunca habría arriesgado las vidas de sus amigos y seres queridos como había hecho Korialstrasz. Jamás.

Sin saber muy bien por qué, seguía un sendero distinto al que había empezado a recorrer guiado por Dargonax. El dragón azul sentía que alguien lo había llamado insistentemente y de repente había dejado de hacerlo. Aun así, Kalec tenía la sensación de que no podía ignorar esa llamada.

Descendió cada vez más y más. Se hallaba cerca, muy cerca de algo.

Entonces creyó detectar cierto movimiento en los recovecos sombríos de aquel pasadizo. El dragón azul se giró y se acercó con cautela hacia allí.

Una esfera que desprendía un fulgor azul se materializó en su mano. Bajo aquella pálida luz, el joven dragón sólo divisó un muro de roca.

Kalec maldijo la ansiedad que lo dominaba y prosiguió su marcha. Esperaba dar pronto con aquello que tenía que encontrar.

De pronto divisó un resplandor dorado que provenía de algún lugar situado ante él. Kalec aferró con fuerza su espada mágica. Mientras se aproximaba, se percató de que ahí delante había una cámara.

Aquel resplandor dorado le trajo unos recuerdos que había intentado enterrar sin éxito. Vio ante sí el rostro de Anveena, tan hermosa inocente. Ella lo había marcado como nunca nadie lo había hecho antes ni podría hacerlo jamás… pero estaba muerta.

La llama de la ira que sentía contra el dragón rojo prendió de nuevo. Korialstrasz, bajo la identidad falsa del mago Borel, había sido el responsable de los males de Anveena. Por culpa del dragón rojo la había perdido para siempre.

En cuanto se adentró en la cámara vio a Korialstrasz, quien, bajo su forma del mago Krasus, era guiado por una alta elfa hacia un extraño cristal roto.

La furia le cegó, profirió un rugido y cargó contra el dragón rojo.

Al instante, tanto Korialstrasz como la alta elfa miraron en su dirección. Acto seguido, la alta elfa, que era una forestal, soltó al dragón mago y se dispuso a detener el avance de Kalec.

El dragón azul no tenía nada en contra de ella. Sin duda, sólo era otra crédula más a quien Korialstrasz había manipulado; probablemente la había engañado con su disfraz de Krasus y creía que era un amigo en quien podía confiar, y no un insidioso y frío manipulador. Kalec hizo un gesto y, a pesar de sentir una debilidad repentina de la que responsabilizó a su homólogo, su hechizo hizo volar por los aires a la alta elfa, que acabó estrellándose contra una pared de roca que cobró vida de repente y la agarró de las muñecas y los tobillos. Ahí permanecería retenida hasta que el dragón azul hubiera acabado con su enemigo.

—¡Kalec! —exclamó Korialstrasz—. ¡Estás vivo! Creí que…

Entonces se percató de que la ira cegaba al dragón azul, y le dijo:

—¡Kalec, escúchame! Te ocurre algo muy raro.

El dragón azul era consciente de que corría un grave peligro si dejaba que las palabras del taimado dragón rojo se infiltrasen en su mente. Apretó los dientes con fuerza e intentó atravesar con su espada a aquella figura encapuchada.

Sin embargo, su espada chocó con otra de un intenso color rojizo y anaranjado que se materializó en la mano de su rival. Kalec le había enseñado a Krasus ese hechizo en un momento de tranquilidad durante su misión, y la ironía de la situación no le pasó desapercibida al dragón rojo. Intercambiaron estocadas, y quien más agresivo se mostró fue el dragón azul. No obstante, éste no dudó ni por un instante que la vacilación del otro a la hora de atacarlo no era más que una estratagema. Tenía que acabar con el vetusto dragón rojo antes de que pudiera esgrimir el truco que tenía guardado como un as en la manga.

—¡Kalec! ¡No piensas con claridad! ¡Te están manipulando! ¡Observa ése horrendo artefacto y sabrás la razón!

El dragón azul miró fugazmente al objeto que Korialstrasz había mencionado. Por primera vez contempló aquella esfera reluciente con otros ojos. Si bien le faltaba alguna esquirla, una fuerza la mantenía cohesionada.

Por otra parte, esa misma fuerza parecía ser el origen de una extraña pulsación. Las espadas mágicas de Kalec y Korialstrasz chocaron una vez más, desprendiendo oleadas de energías, y las pulsaciones aumentaron.

Aunque dedujo que ambos fenómenos estaban relacionados, el dragón joven dio por sentado que tenían un mismo origen: la figura encapuchada que tenía ante sí.

—Sigues siendo un maestro del engaño, como siempre —masculló el dragón azul—, pero no de la magia…

Acto seguido, la espada de Kalec se enrolló alrededor de la de Korialstrasz como si fuera un tentáculo cuando estaba a punto de chocar de nuevo con la hoja de su rival. Al instante se enredó en el brazo de Korialstrasz y empezó a arder.

De inmediato, el dragón rojo gritó y soltó su arma, que se desvaneció en el aire.

El joven dragón tiró con fuerza del tentáculo, atrayendo a su homólogo hacia sí. Entretanto, un arma se materializó en su mano libre.

En ese momento, la roca bajo los pies de Kalec cobró vida en forma de

unas enredaderas gigantescas que brotaron de unas grietas y se enredaron en sus tobillos. Logró cercenar unas cuantas, pero al final perdió el equilibrio.

A continuación, ambos oponentes cayeron al suelo. Entonces, Korialstrasz agarró al joven dragón del brazo.

—¡Escúchame! ¡Nos están manipulando! ¡Sinestra nos ha hecho coincidir justo en el sitio que ella quería! ¿Acaso no sientes que te estás debilitando? ¿Es que no recuerdas las historias de los sufrimientos que padecieron los miembros del Vuelo Rojo cuando decidieron quedarse a custodiar Grim Batol? La causa de tal sufrimiento flota en el aire, cerca de nosotros: ¡se trata de una resucitada y rediseñada monstruosidad que aún conserva el nombre de Alma Demoniaca!

Una parte de Kalec comprendió lo que el dragón rojo le acababa de explicar; sin embargo, esa parte carecía de la fuerza suficiente para imponerse a la intensa furia que lo dominaba y a la desconfianza que éste le inspiraba.

—¡No me cuentes más mentiras! ¡Sé que esta artera trampa podría ser cosa de esa bruja, pero sospecho que también tú has podido tendérmela!

Pese a que las fuerzas de Kalec menguaban por momentos, su ira descontrolada le impulsaba a seguir luchando. ¡No iba a rendirse ante Korialstrasz! ¡Jamás!

El dragón azul concentró toda su magia en un solo encantamiento. No pensaba conjurar ningún ataque intrincado, simplemente tardó un poco porque quería cerciorarse de que cuando lo lanzara contra Korialstrasz, el resultado fuese el deseado.

El pálido semblante de la figura encapuchada se contrajo en una mueca de sorpresa y horror al percatarse de qué tramaba su joven enemigo. Kalec se deleitó con la consternación que transmitía el rostro del dragón rojo. Mientras, en la mente del dragón azul,

Anveena sonreía ante el triunfo inminente de su amado.

Kalec le devolvió la sonrisa, ignorando en todo momento los ruegos de Korialstrasz.

—Por ti, Anveena… —susurró.

Y el dragón azul atacó con todo.

Grim Batol volvió a estremecerse. Enanos, skardyns, dracónidos… todos fueron zarandeados como si fueran títeres.

¡Qué dolor!, Zzeraku rugió de repente en la mente de la draenei. ¡Qué dolor! ¡Me está destrozando!

—¿Qué sucede? —preguntó Iridi a

voz en grito.

—¡Sigue a lo tuyo! —chilló Rhonin, creyendo que se dirigía a él—. Sigue a lo tuyo…

Su voz flaqueó al mismo tiempo que el dragón abisal atado brilló repentinamente. El cuerpo de Zzeraku se desvaneció por un instante. Y un gemido terrible se le escapó al agónico leviatán.

¡Qué dolor! ¡Me está devorando!

¡Sé valiente!, le dijo mentalmente la sacerdotisa. ¡Sé valiente!

Las palabras y la fuerza de la draenei consiguieron traspasar el velo de dolor que cubría al dragón abisal. Zzeraku la miró fijamente.

¿Por qué haces esto por mí? ¿Cómo es posible que los draenei quieran a mí raza, después de todo lo que ha sucedido entre nosotros?

Lo hago porque no te mereces lo que te está pasando, replicó Iridi con firmeza.

¿N-no?

De repente se escuchó un rugido terrorífico que provocó escalofríos en todos los presentes. Incluso los raptores se amedrentaron ante su fiereza.

—Tengo la horrible sensación de que ya es demasiado tarde —dijo Rhonin.

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