La noche del dragón – Capítulo Diecisiete

La noche del dragónVereesa y los enanos seguían encerrados. No habían abandonado su plan de fuga; simplemente, no habían tenido ocasión de llevarlo a cabo como la forestal pretendía. Horas después, todos permanecían sentados dispuestos a entrar en acción en cuanto diera la señal.

No obstante, había una razón de peso por la cual la alta elfa no se había atrevido a actuar: un dracónido se había sumado a los skardyns y el dragauro en las tareas de vigilancia a los prisioneros. No se trataba de Rask ni del que se había llevado a Udin, si bien sus ojos brillaban con una inteligencia similar a la de éste, lo cual le transmitía a Vereesa la sensación de que sería más difícil de engañar que el dragauro. De hecho, vigilaba en todo momento a la forestal, hasta el punto de que una vez que la alta elfa había hecho ademán de levantarse, el dracónido había echado mano a su arma automáticamente.

Vereesa no había renunciado a su intención de huir; simplemente, había que esperar. El dracónido estaba tan alerta que a la alta elfa le era imposible acercarse a la puerta, y mucho menos abrirla.

Vereesa y Grenda se comunicaban con la mirada; la enana entendía que debían aguardar a que se presentara una oportunidad mejor para llevar a cabo su plan, aunque tuvieran que esperar muchísimo tiempo. Por fortuna, los enanos y los altos elfos eran bastante más pacientes que los humanos.

De pronto Rask asomó su hocico cubierto de escamas por la cámara. Localizó al otro dracónido y le ordenó con un gruñido:

—¡Ven!

Ambos abandonaron la cámara un instante después, volviendo a dejar al mando al ansioso dragauro. Si bien resultaba obvio que aquella criatura corpulenta quería seguir a Rask, no recibió la ansiada orden. Se notaba que se sentía contrariado por no poder hacer algo menos aburrido que custodiar a un grupo de prisioneros que no tenían la menor posibilidad de escapar.

Su hastío era una ventaja que Vereesa estaba dispuesta a aprovechar. Se acercó sigilosamente a Grenda y…

En ese momento entró en la cámara otro dracónido. El culpable del cruel destino de Udin.

—Tú —dijo con voz ronca señalando a la forestal.

La alta elfa se encaró con aquella criatura mientras hacía todo lo posible por ocultar su pequeño cuchillo.

—Abrid la puerta —ordenó el dracónido a los skardyns.

Varios de aquellos enemigos rechonchos se apresuraron a obligar a retroceder a los heroicos enanos mientras uno de los suyos abría la celda. En cuanto el skardyn a franqueó la puerta, el dracónido se aproximó. En una de sus manos sostenía una larga cuerda que empezó a desenrollar.

—Acércate…

Al instante, el cuchillo diminuto acabó clavado en el ojo del dracónido.

La forestal arremetió contra los skardyns que tenía delante, a quienes derribó más por pura sorpresa que otra cosa. Si bien golpear aquellos cuerpos era como tratar de romper una roca con los nudillos, aprovechó el efecto palanca a su favor.

Tras ella, los demás prisioneros salieron de la celda en estampida.

A los dos primeros enanos que encabezaban el grupo les clavaron unas picas en las entrañas y murieron en el acto. Su sacrificio ayudó al resto de enanos que los seguían, pues Grenda y los demás lograron arrebatarles las picas a sus enemigos. Así lograron abrir un hueco que permitió huir de la celda a los prisioneros que quedaban dentro.

Vereesa ignoró a los skardyns: el dracónido seguía siendo su mayor preocupación. Éste no había terminado de sacarse el cuchillo del ojo cuando la alta elfa se abalanzó sobre él. Como no tenía ningún arma a mano, intentó hacerse con la cuerda de su enemigo.

El dracónido centró toda su atención en la horrenda herida que acababa de sufrir y se despreocupó de agarrar la cuerda con fuerza. Intentó coger a la alta elfa del cuello, pero reaccionó demasiado tarde; Vereesa ya se había hecho a un lado rauda y veloz y le había arrebatado la cuerda.

El dragauro se aproximó torpe y pesadamente a ambos. Vereesa hizo un lazo con la cuerda y antes de que el dracónido pudiera girarse para encararse con ella, lo lanzó y rodeó la garganta de aquel engendro. Sin más dilación, Vereesa tiró con fuerza de la cuerda.

El dracónido profirió un rugido feroz e intentó liberarse de la soga improvisada. La forestal agarró la cuerda con todas sus fuerzas mientras se volvía para encararse con el dragauro.

El coloso cuadrúpedo la atacó con su hacha salvajemente; falló por poco, pero el impacto de su arma contra el suelo fue tal que hizo saltar por los aires varios fragmentos del firme. La forestal se valió de su peso para propinarle una patada al guardia, y aprovechó el impulso para tirar con más fuerza de la cuerda.

Al instante se escuchó un crujido terrible. Vereesa notó que el dracónido dejaba de moverse; le había roto el cuello.

Pero el hecho de haber tenido que enfrentarse a dos enemigos a la vez la había dejado a merced del dragauro. Ese guerrero bestial la agarró por la pierna con el fin de arrastrarla hacia él y matarla.

Como la alta elfa no había soltado en ningún momento la cuerda, intentó valerse del peso del cadáver del dracónido para evitar que el dragauro lograra su propósito; Desgraciadamente, éste era tan fuerte que tanto el cadáver como ella se deslizaron con suma facilidad en dirección a su impaciente adversario.

Vereesa soltó la cuerda. El súbito cambio de peso hizo que el dragauro tropezara hacia atrás. La forestal se deslizó por el suelo a gran velocidad y pasó por debajo de sus robustas patas mientras el dragauro se estrellaba contra una de las paredes de la cámara.

La alta elfa se revolvió para zafarse de la aturdida aberración, y acto seguido rodó por el suelo con el fin de apartarse de aquella bestia. El hacha volvió a impactar contra el suelo, pero esta vez el dragauro falló por un amplio margen debido a que seguía mareado.

Vereesa se alejó gateando del coloso y se acercó a un skardyn que iba armado con una pica. La forestal actuó con la celeridad que honra a su raza y le arrebató la pica de sus garras antes de que la criatura pudiera saber qué estaba ocurriendo; a continuación le propinó una patada que lo lanzó a los pies de una pareja de enanos que lo aguardaban ansiosos. Sin más dilación, Vereesa se giró justo cuando el dragauro arremetía contra ella.

A pesar de que la pica atravesó el hombro del engendro, apenas le dejó una cicatriz diminuta gracias a su piel cubierta de escamas. El dragauro intentó hacer pedazos el arma de la forestal, pero ella reaccionó con suma rapidez y lo evitó. La alta elfa echó en falta su arco; estaba segura de que le habría clavado unas cuantas flechas en los ojos

y la garganta en unos segundos. No estaba acostumbrada a manejar una pica; un arma más adecuada para los humanos o unos guerreros robustos como los enanos o los skardyns.

A su alrededor, los enanos no cesaban de empujar a sus feroces primos. Si bien los skardyns estaban mejor armados, eran menos que ellos. Por su parte, Grenda se había hecho con el látigo de uno de sus enemigos caídos y lo estaba empleando con suma eficacia contra los skardyns que portaban picas. Enrollaba el látigo en las varas de las armas y acto seguido, con un habilidoso giro de muñeca, les arrebataba las picas de sus garras.

Un skardyn consiguió situarse detrás de Grenda. El enano cubierto de escamas alzó el hacha y…

Sin pensárselo, alguien se interpuso entre ellos.

—¡Grenda! ¡Cuidado! —gritó Gragdin, que iba desarmado y sólo podía protegerla con su cuerpo—. ¡Cui…!

El skardyn le atravesó el pecho con gran entusiasmo.

Grenda profirió un berrido de dolor tan intenso como el breve grito que dejó escapar su hermano. La enana tiró el látigo al suelo no para sostener el cuerpo ensangrentado de Gragdin, sino para agarrar el arma con la que el skardyn lo había matado. La ira que la dominaba le proporcionó la fuerza suficiente para arrebatársela de las manos; acto seguido lo decapitó con aquella hacha.

La cabeza del skardyn rodó por el suelo. Su cuerpo se desplomó y cayó sobre el de Gragdin.

Grenda, ciega de furia, aniquiló a dos skardyns más con el hacha. Los demás enanos siguieron su ejemplo y acabaron con los guardias que todavía quedaban en pie.

Entretanto, Vereesa seguía combatiendo al dragauro. El gigante casi la decapita al lanzar un golpe alto con su hacha. No obstante, con ese golpe logró partir en dos su pica.

Vereesa reaccionó inmediatamente; se acercó de un salto a un hacha que había pertenecido a un enemigo caído. La forestal la empuñó y, agachándose, consiguió situarse justo debajo del dragauro, y una vez allí decidió que en vez de intentar clavársela en el pecho, sería mejor atacar una de sus patas.

El hacha atravesó la carne cubierta de escamas, seccionando los dedos y una buena porción del empeine. Al instante, la sangre manó a chorros de la herida.

El dragauro siseó. Se inclinó con la intención de aplastar a la forestal contra el suelo de piedra, pero una vez más

Vereesa se apartó a tiempo. Se escabulló, dejó atrás al guardia y acabó junto a la entrada.

En ese momento, una pareja de skardyns se acercó presurosa a la cámara. Divisaron a Vereesa, sisearon y cargaron contra ella.

El dragauro comenzó a girarse. En un espacio cerrado, su enorme cuerpo era una desventaja, sobre todo con esa cola larga y gruesa.

Vereesa golpeó la cola con el canto del hacha.

Su adversario reaccionó instintivamente. Agitó la cola como si fuera un garrote letal capaz de aplastar todo lo que se pusiera a su alcance.

La alta elfa se había alejado lo suficiente para ponerse a salvo. Sin embargo, la pareja de skardyns que acababa de entrar en la cámara no tuvo tanta suerte. La cola impactó contra ambos y salieron disparados en direcciones opuestas. Los fieros enanos se estrellaron contra las paredes y ya no se movieron más.

Mientras el dragauro proseguía con su lento giro, Vereesa se subió a su espalda de un salto tal y como había visto hacer a Rom con otra de aquellas bestias. El dragauro intentó girar la parte superior de su torso para poder agarrarla, pero lo único que consiguió fue que la alta elfa girara a la vez que su espalda, con lo cual dejaba de estar a su alcance.

La forestal dio otro salto, ascendió un poco más y se aferró con ambas manos a los hombros del dragauro. Entonces, rodeó el cuello de la bestia con la mano que sostenía el hacha y con la otra apretó como pudo la cabeza de su arma.

Sin más dilación, Vereesa clavó el hacha con todas sus fuerzas en el tejido blando de la garganta de aquel engendro.

El dragauro la agarró de los brazos y tiró con tanta fuerza que la alta elfa creyó que se los iba a arrancar. Sin embargo, la forestal se revolvió e intentó clavar el hacha aún más profundamente. En ese instante sintió cómo un líquido le empapaba la mano con la que apretaba la cabeza del hacha.

Entonces, el guardia consiguió deshacerse de ella. La alta elfa salió despedida por encima de la cabeza del dragauro. Vereesa intentó dirigir su vuelo por los aires lo mejor que pudo, confiando en que su destreza innata y su adiestramiento como forestal evitaran que se partiera el cuello o se abriera la cabeza.

En cuanto se estrelló contra el suelo, rodó por él hasta chocar abruptamente contra un enano.

Vereesa no perdió el tiempo comprobando cómo se encontraba el otro prisionero; estaba segura de que el dragauro ya estaba arremetiendo contra ella. Recuperó el hacha y se volvió para enfrentarse a su adversario.

En efecto, el guardia se abalanzaba sobre ella, pero de una manera torpe y caótica. Además, la herida de la pata le hacía tambalearse, y el torso superior estaba empapado de sangre debido al tajo en el cuello.

Los enanos, armados con picas, rodearon al dragauro. Grenda fue la primera en atacarlo; su pica incidió en la herida de la garganta. La bestia se arrancó el arma de un manotazo, lo cual provocó que el corte se abriera más.

El guardia se tambaleó y cayó un lado. De inmediato, un enano se acercó corriendo dispuesto a rematarlo.

El dragauro consiguió agarrarlo después de hacer un esfuerzo titánico. Y antes de que alguien pudiera hacer algo, aplastó con uno de sus gruesos puños el pecho del enano.

Grenda gritó y volvió a atacar con la pica. Lo hizo con tanto brío que la punta salió por el otro lado de aquella piel cubierta de escamas.

El dragauro movió una mano ensangrentada… y acto seguido murió.

Del grupo de guardias original sólo quedaban dos skardyns magullados y contusionados. Grenda ordenó atarlos y encerrarlos en la jaula. Pero si los dejó vivos no fue por compasión.

—Cuando los encuentren y vean que los demás están muertos, tened por seguro que éstos dos pagarán por haber fracasado en su misión —dijo con un tono de voz sombrío.

La enana regresó junto al cuerpo de su hermano. Su otro hermano, Griggarth, estaba a su lado mirando fijamente el cadáver, como si le costara creer que el yacente no fuera él.

Grenda tocó la cabeza y el pecho del difunto una sola vez, y a continuación cambió radicalmente de actitud.

—Vayámonos de aquí antes de que lleguen los guardias.

Entonces se percataron de que eso iba a ser un problema. Ni siquiera Vereesa, que poseía unos sentidos muy agudos gracias a su adiestramiento como forestal, era capaz de identificar qué dirección debían seguir. Grenda creía que tal vez ella podría dar con el camino correcto, dado que los enanos estaban muy acostumbrados a recorrer túneles y a dilucidar si ascendían o descendían; pero en el caso de Grim Batol no podía estar segura de nada.

—Rom me contó que, según recordaba, la distribución de los túneles subterráneos de esta montaña no tiene ningún sentido. Y los que parecían llevar a algún lado, torcían de repente y luego giraban en la dirección contraria.

Era como si una cuadrilla de excavadores dementes hubiera perforado esos túneles a lo loco.

—Probablemente sería una cuadrilla de enanos Hierro Negro —conjeturó Griggarth soltando un bufido.

—Estos túneles son más antiguos que esos bastardos —replicó su hermana.

A continuación palpó el suelo del pasadizo con intención de estudiarlo y añadió:

—Si interpreto bien estos indicios, yo diría que debemos ir a la izquierda.

—¿Qué estás mirando? —preguntó la forestal, fascinada por la capacidad de orientación y rastreo de la enana a pesar de hallarse en una situación tan desesperada.

—Las vetas, los patrones que se atisban en la roca y la piedra, por ejemplo. A veces te indican la dirección correcta. También hay fragmentos diminutos de tierra y otros restos que nuestros enemigos han traído del exterior —masculló la enana—. Si hay una materia que dominemos los enanos, es el estudio de la roca y la tierra.

—Entonces, procede. Guíanos.

Grenda asintió y procedió a guiar por aquellos túneles al grupo de guerreros fatigados, que iba armado con todo lo que habían arrebatado a sus adversarios muertos. Vereesa no portaba ningún hacha; prefería que esas armas estuvieran en manos de gente que supiera manejarlas. Sólo llevaba encima el pequeño cuchillo que Rhonin había forjado para ella.

Mientras Grenda avanzaba, Vereesa se iba retrasando cada vez más. Su confianza en el sentido de la orientación de la enana fue aumentando conforme pasaba el tiempo. Con ella en cabeza del grupo, no dudaba de que llegarían al exterior sanos y salvos.

Ya más tranquila, la forestal fue ralentizando su paso. Cuando tuvo claro que los enanos estaban absortos en el pasadizo que tenían delante, Vereesa se dio media vuelta repentinamente. Silenciosa como la noche, la alta elfa desapareció por la boca del túnel que llevaba a las profundidades.

Vereesa estaba segura de que en algún lugar allí abajo encontraría a Zendarin…

—¡Tenemos que volver a entrar en Grim Batol de inmediato! —le insistió Iridi al brujo—. Cuanto más tardemos, ¡más sufrirán los demás!

—¿Crees que no lo sé? —le espetó Rhonin.

Se sentó junto a la draenei sobre un viejo tronco, con las manos por delante. Al instante, un tenue fulgor azulado se elevó de la tierra; era la versión del mago de una hoguera que no podría ser divisada de lejos.

—Mi esposa se encuentra ahí dentro, sacerdotisa. No hay nadie en el mundo más importante para mí que mi esposa e hijos. Nadie.

—Entonces, ¿por qué no nos materializamos ahí dentro como hiciste antes?

El brujo escupió al suelo.

—Ignoro qué efectos tiene la magia en los draenei en general y en ti en particular, pero te aseguro que estos hechizos de teletransportación dejan agotado a un humano, máxime cuando éste no ha sido ni mi primer ni mi segundo intento. He estado ya en dos sitios distintos ahí dentro, y me he valido de este objeto para intentar localizarla.

Rhonin sostuvo en alto el talismán que Vereesa había llevado puesto en su momento. Iridi no veía nada especial en él, aunque, claro, ella no era su artífice.

El enfado del brujo aumentaba por momentos. La sacerdotisa se reprendió a sí misma por haber sometido a más presión a aquel humano. En los últimos días, su comportamiento parecía impropio de una sacerdotisa. La draenei se preguntó cómo se le había ocurrido pensar que ella era la elegida para dar con el dragón abisal capturado. Tal presunción era risible a la vista de los resultados.

Estaban sentados en las tierras remotas de Grim Batol, cerca de una zona que Rhonin había llamado la Colina del Raptor. El mero hecho de escuchar ese nombre hizo estremecer a una exhausta Iridi al recordarle la batalla del puerto de Menethil. Para tranquilizarla, el brujo le aseguró que la mayoría de los raptores se había desplazado a la zona del asentamiento enano.

—Intuyen que ocurre algo en Grim Batol —le dijo—. Por eso les están dando tantos quebraderos de cabeza a los enanos.

El brujo le ofreció una vitualla que extrajo de una bolsa que llevaba encima; una bolsa que parecía no tener fondo. El brujo pelirrojo sacó de su interior mucha más comida de la que debería caber ahí dentro, y aun así la bolsa no daba la sensación de estar vacía.

—Ser mago comporta grandes ventajas —le explicó Rhonin mientras daban buena cuenta de un poco de pan ázimo y un queso fresco y cremoso—. Pero también conlleva muchas cargas.

—Has asumido grandes responsabilidades entre tus semejantes.

—¿Te refieres a los brujos, la Alianza o los humanos? Elige la opción que más te guste; me da la impresión de que he asumido con todos ellos más responsabilidades de las que debería. La Alianza aún espera mucho de Dalaran y los brujos esperan que les muestre una nueva senda, una nueva forma de pensar distinta a la que han seguido los últimos cientos de años. Respecto a los humanos en general… he visto morir a demasiados. Ya sólo deseo poder disfrutar de mi familia.

Sin embargo, Rhonin nunca dejaría en la estacada voluntariamente a ninguno de los grupos que acababa de mencionar. Iridi lo podía intuir. El brujo se parecía mucho a Krasus; luchaba por hacer de Azeroth un lugar mejor, a pesar de que debían pagar un alto precio por ello.

Pese a que en esos momentos su amada esposa podría estar muerta.

—Tienes un gran destino por delante —vaticinó la sacerdotisa con calma—. Harás grandes cosas, lo sé.

—He sido incapaz de proteger a mi esposa e hijos. —Rhonin negó con la cabeza—. He combatido a demonios, dragones, orcos y demás, pero lo que más temo en esta vida es no poder estar ahí para proteger a los que más quiero.

La draenei puso una mano sobre el hombro del brujo para consolarlo. Aunque Iridi no tenía una familia y le costaba ponerse en su lugar, poseía la empatia suficiente para comprender cuánto sufría.

—A menudo los que más miedo tienen son quienes realizan las proezas más asombrosas.

—Me recuerdas a un semidiós al que conocí. Se llamaba Cenarius… —replicó el brujo, quien de improviso dejó de hablar y se mostró muy tenso.

—Pero, ¿qué .?

Rhonin le indicó que se callara. Su mano izquierda se cerró en un puño mientras susurraba:

—Creo que con esto debería bastar. Es más llamativo que otra cosa, pero.

El tenue resplandor azul brilló de improviso con una intensidad mil veces superior; no obstante, esa luz tan deslumbrante se limitaba a un radio de una decena de metros más o menos, creando un círculo en cuyo centro se encontraban Rhonin e Iridi.

Gracias a ese fulgor tan brillante pudieron comprobar que no estaban solos.

Más de una decena de criaturas reptilianas muy altas merodeaba por las inmediaciones. No se trataba de dracónidos, aunque, al igual que ellos, eran bípedos. Estos seres eran más primitivos y bestiales; para Iridi, suponían el regreso de una pesadilla.

—Raptores… —susurró Rhonin.

Aquella luz tan brillante había dejado anonadadas a esas bestias. Algunas de ellas tenían sus pesados hocicos vueltos hacia atrás para evitar el resplandor. Más de una siseó. No paraban de mover la cola; una clara señal de que la ansiedad los dominaba.

—No te apartes de mí —le ordenó el brujo.

Aunque Iridi confiaba en el buen juicio del mago, se preparó para invocar la vara de los naaru por si acaso. Los raptores deambulaban inquietos, y se iban acostumbrando a aquel fulgor, cuya intensidad Rhonin había hecho decrecer, como la draenei pudo comprobar.

Mientras Iridi los estudiaba con más atención, se percató de que la mayoría de ellos tenía cicatrices, y en algunos casos las heridas eran recientes. La sacerdotisa volvió a acordarse de la batalla que había tenido lugar en el puerto de Menethil.

Los raptores prosiguieron su incesante ir y venir. De vez en cuando, alguno gritaba. Sus gruñidos guturales poseían diversos matices, dependiendo del raptor que hablara. Iridi extendió la mano para invocar la vara mientras se preguntaba si ésta la ayudaría a entender lo que decían.

—Hay muchos más por las inmediaciones —le comunicó Rhonin, interrumpiendo así el hilo de sus pensamientos.

—¿Más? ¿Cuántos?

—Es difícil saberlo. Bastantes para mi gusto — respondió mientras echaba un vistazo a su alrededor—. Me da la impresión de que lo han pasado bastante mal en el puerto de Menethil. Los enanos son muy bajitos, pero también muy musculosos y compactos, y luchan con fiereza. La velocidad, las garras y los colmillos de estos raptores no son rival para ellos. Hum Me parece que su «jefe» se aproxima.

Rhonin se enderezó.

Acto seguido, del borde del círculo de luz emergió un raptor que era más grande y pulcro y tenía más plumas que el resto. Su cuerpo era de color rojo brillante con vetas doradas y azules. Caminaba con la majestad de un rey… o una reina. Iridi era incapaz de distinguir su sexo.

Los demás raptores inclinaron la cabeza todo cuanto pudieron mientras observaban cómo su líder avanzaba hacia aquellos dos seres. Varios reptiles giraron el cuello, mostrando así la parte más débil y vulnerable de su cuerpo.

—Con ese gesto indican que ese raptor es el que manda en el grupo —le explicó el brujo.

—¿Es macho o hembra?

—Buena pregunta, sí, señor.

Iridi aguardó a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, y no dijo nada más. Lo que más les importaba a ambos era saber qué quería el raptor dominante… y si tendrían ocasión de escapar si la manada los atacaba.

—No te preocupes. Tengo más de un as en la manga —murmuró Rhonin de improviso, como si le hubiera leído el pensamiento a Iridi—. Me muero de curiosidad por saber por qué una manada de lagartos carnívoros nos trata como si fuéramos una amenaza mucho mayor que ellos.

El raptor líder se detuvo justo al otro lado de la fuente de aquel resplandor. Primero miró a Iridi; luego, al brujo.

Finalmente soltó un gruñido dirigido a Rhonin.

La sacerdotisa se habría abalanzado sobre él si el brujo no le hubiera tocado el brazo levemente.

—Nuestro amigo quiere hablar. Veamos si somos capaces de descifrar lo que dice.

El raptor volvió a gruñir, pero esta vez con un tono distinto. Iridi lo escuchó con atención y no percibió el menor atisbo de agresividad en sus gruñidos.

—Creo que viene en son de paz —sugirió la draenei.

—Opino lo mismo. Parlamentar pacíficamente con un monstruo carnívoro es una experiencia cuando menos curiosa. Aunque he de reconocer que he vivido experiencias aún más raras.

Para su sorpresa, el mago dio un paso adelante hacia el raptor. Rhonin mantuvo la mirada clavada en los ojos de aquella criatura. Y mientras adoptaba la posición adecuada, le indicó a la sacerdotisa en voz alta:

—Míralos siempre a los ojos. Con estos monstruos, uno siempre tiene que librar una batalla para ver quién domina a quién, y si la rehúyes, pierdes poder ante ellos. Y luego cuesta mucho hacerles cambiar de opinión —explicó el mago riéndose entre dientes—. Lo aprendí en mis años de diplomático…

El humano y el raptor prosiguieron su batalla de miradas un minuto más. Después, el reptil miró hacia un lado.

Acto seguido, Rhonin asintió una sola vez.

Aquel gesto parecía señalar que la confrontación había llegado a una nueva fase. El raptor agachó la cabeza y luego desvió la mirada en otra dirección.

Rhonin miró disimuladamente hacia el mismo lugar, a sabiendas de que corría un gran riesgo.

—Mira hacia Grim Batol —dijo—. Qué sorpresa.

—¿Quieren que regresemos ahí? ¿Nos han hecho prisioneros y nos van a entregar al elfo de sangre y esa mujer?

—Lo dudo —contestó el brujo al tiempo que estudiaba detenidamente al líder de los raptores una vez más—.

Ojalá supiéramos hablar su idioma.

Entonces, Iridi se acordó de la vara.

—Quizá pueda hacer algo al respecto.

Invocó el obsequio de los naaru, y los raptores se limitaron a sisear.

Rhonin no dijo nada cuando la draenei apuntó con aquel gran cristal al líder.

—¿Entiendes lo que estoy diciendo? —le preguntó la draenei.

El raptor gruñó.

De repente, la sacerdotisa visualizó a los raptores buscando comida, y le invadió una sensación de inquietud. Después, la silueta oscura de Grim Batol.

En la siguiente imagen que cobró forma en la mente de Iridi vio a dos temibles raptores, parecidos a unos murciélagos, que cayeron en picado desde el cielo, capturaron a los desventurados del suelo y se los llevaron volando para devorarlos en el aire.

Iridi reconoció a esos monstruos a pesar de que los estaba observando a través de unas percepciones distintas a las suyas. Estaba contemplando a los dragones crepusculares gemelos contra los que habían luchado ella y Krasus, pero tal y como los veían los raptores. Aquellas imágenes eran la mejor traducción que le podía proporcionar la vara del idioma de los reptiles.

—Fascinante —susurró Rhonin.

La draenei veía muchas similitudes entre el brujo y el mago dragón. Le sorprendió comprobar que Rhonin también había visualizado aquellas imágenes.

La vara prosiguió revelando más información.

La gente del suelo —era el mejor término que se le ocurrió a la sacerdotisa para describir cómo se veían a sí mismos los raptores— huyó al oeste. Como la visión de Grim Batol continuó apareciendo intercalada entre otras escenas, la draenei dedujo que su insistente presencia significaba que los raptores percibían constantemente el mal que anidaba en aquella montaña; un mal que no se atrevían a ignorar.

Después visualizó imágenes de la batalla del puerto de Menethil. Batallas, más bien. Los raptores habían atacado a los enanos en varias ocasiones en el pasado, pero nunca en tal cantidad como ahora. Muchas manadas se habían unido… La razón que justificaba esas alianzas volvía a ser la tenebrosa Grim Batol.

La batalla por la conquista de unas nuevas tierras más seguras no había dado sus frutos. Iridi visualizó cómo los enanos defendían con éxito su territorio, aunque al principio le costó identificarlos. Los raptores veían a los enanos muy similares a los skardyns, a quienes también conocían.

La siguiente imagen mostraba a los raptores pululando por una zona comprendida entre la montaña y el puerto. Esas criaturas no paraban. Primero iban en una dirección, luego en otra, y así sucesivamente.

El rostro de Rhonin apareció de repente entre dos escenas, pero se le veía más joven y lozano; en esas imágenes se enfrentaba a un gigante de piel verde.

—¡Maldita sea! —exclamó el brujo—. Ése soy yo en la época en que expulsamos a los orcos.

Acto seguido se calló y meditó al respecto. Finalmente añadió:

—Algunos de estos raptores debían de esta cerca de aquel lugar; probablemente este mismo, que parece el más anciano…

Volvió a enmudecer en cuanto una nueva y desconcertante imagen surcó sus mentes.

En ella volvían a aparecer en el campo de batalla Rhonin y el orco, y también un raptor, que a la draenei le recordó mucho al reptil jefe que tenían delante. Este último no buscaba la muerte del mago, como cabría esperar, sino del orco.

Entonces, el orco se transformó en un skardyn, el cual se convirtió a su vez en uno de esos raptores con alas de murciélago que en realidad eran dragones crepusculares. No importaba a qué enemigo se enfrentaran: el brujo y el raptor siempre luchaban codo con codo.

El reptil jefe retrocedió un paso y las visiones cesaron.

—¿Qué ha querido decir con todo eso? —preguntó la draenei en voz baja mientras los raptores observaban al brujo pacientemente.

Rhonin se lo pensó bastante antes de contestar, y su respuesta confirmó las sospechas de la sacerdotisa.

—Si he de ser sincero, creo que… que quieren que los ayudemos. Al parecer, quieren una alianza. Ya sé que resulta increíble, pero…

Iridi asintió. Si los raptores eran tan inteligentes como aparentaban, puede que esa conjetura no fuera tan descabellada. Al fin y al cabo, sus tierras estaban muy cerca de Grim Batol, y la sacerdotisa sabía que habían atacado el puerto de Menethil llevados por la desesperación. Quizá intuían que Rhonin poseía un gran poder y lo veían como su salvador.

Fuera cual fuese la verdad, Rhonin parecía dispuesto a confirmar su hipótesis, y lo demostró acercándose al líder de los raptores. Aquella criatura enorme volvió a agachar la cabeza inmediatamente, como si no quisiera hacer algún gesto que pudiera ofender al humano.

El brujo se aproximó tanto que el raptor podría haberlo mordido si hubiera querido. Rhonin mantuvo la calma en todo momento y le ofreció la mano.

—Vamos, amigo mío —masculló — Vamos…

El reptil olisqueó la mano, y unas fauces lo bastante fuertes como para arrancarle el brazo permanecieron cerradas en señal de respeto. Sus grandes fosas nasales recorrieron la mano y el brazo del brujo, dejando algún que otro resto de mucosidad que al humano no pareció importarle.

Entonces, el líder de los raptores retrocedió y profirió un extraño berrido dirigido a las criaturas allí reunidas.

Los raptores se agacharon al unísono hasta que sus cabezas casi tocaron el suelo, y acto seguido fulminaron Grim Batol con la mirada.

Rhonin dejó escapar una risita ahogada y miró a Iridi.

—Me parece que ya tenemos un ejército —comentó el brujo con los ojos brillantes—. Habrá que ver qué uso le damos.

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