La noche del dragón – Capítulo Dieciséis

La noche del dragónSinestra dormía.

El hecho de que se permitiera el lujo de dormir a pesar de que sus sentidos le advirtieran de la presencia de otros intrusos se debía a la gran confianza que tenía en sus posibilidades, no al agotamiento. Estaba tan segura de su triunfo inminente como de que todas esas alimañas que querían frustrar sus planes acabarían siendo destruidas en breve o sirviéndola de un modo u otro.

Dormía apenas unos minutos siempre que tenía oportunidad. Había llegado a pasarse hasta un siglo sin dormir. La mayoría de los miembros de su raza no poseía esa capacidad extraordinaria de regular sus periodos de sueño. No hay que olvidar que las capacidades de Sinestra superaban con mucho a las del resto de dragones, a quienes despreciaba en masa, pertenecieran o no al Vuelo Negro. Para ella, los únicos dragones que merecían existir en su mundo imaginario eran ella y su nueva progenie.

Yacía sobre una cama de piedra bajo su forma mortal, en una vasta cámara que se encontraba a más profundidad que el resto de las cámaras donde llevaba a cabo sus experimentos. Allí abajo, nada la perturbaba.

Y podía escuchar a la voz que le hablaba en su cabeza con mucha más claridad.

Todo va según lo planeado, decía esa voz una y otra vez. Todo va según lo planeado. Dargonax sigue creciendo… Pero la próxima generación lo dejará obsoleto… Será un millón de veces más poderosa que él…

—Un millón de veces… —murmuró Sinestra en sueños—. Un millón de veces.

Un millón de veces más poderosa… Aplastarán a los demás dragones… a todos… El día del dragón toca a su fin… Ahora llega el crepúsculo… la noche…

—La noche.

Y, tras la noche, llegará un nuevo día… el primer día del reino de tus niños… el primer día de una nueva era dorada de los dragones…

—Una nueva… era dorada…

En ese instante, Sinestra se despertó sobresaltada. Abrió los ojos de golpe y una expresión de ira acumulada se dibujó en su rostro.

—¡Korialstrasz! —bramó la dragona negra, y se incorporó de un salto—. Pero, ¿cómo podía. ? ¿Cómo podía. ?

De repente, la expresión de Lady Sinestra se transformó, y en vez de reflejar conmoción, ira e indignación, la satisfacción se extendió por sus rasgos desfigurados.

—Sí. por supuesto. es perfecto.

¡y en el momento preciso! Gracias, Korialstrasz… gracias…

Esbozó una sonrisa y acto seguido marchó presurosa a buscar a Zendarin.

Un dragón se estremeció en ese mismo momento, uno que creía que estaba muerto. Pero no se trataba de Korialstrasz, sino del dragón azul, de Kalec.

Lo primero que descubrió fue que, después de todo, no había fallecido. Sin embargo, eso no explicaba la oscuridad que lo rodeaba; una oscuridad que. parecía estar viva.

Kalec recordó de pronto lo que le había pasado justo antes de perder el conocimiento. Visualizó la fosa a la que habían arrojado aquellos cadáveres enormes, y el momento en que descubrieron que la fosa no estaba vacía.

No estaba vacía…

Kalec invocó su espada mágica. El arma de color azulado se materializó en su mano, pero apenas brillaba. Al instante se apagó sin más.

—No hagas eso. no hagas eso. —se oyó decir a alguien.

Cada una de esas sílabas incrementó el miedo que sentía Kalec, a pesar de que no se dejaba llevar por las emociones fácilmente. El dragón azul intentó invocar la espada de nuevo, pero esta vez ni siquiera hizo amago de que fuera a cobrar forma.

—No hagas eso… —repitió aquella voz— si no quieres que ella se entere.

Ella. No había ninguna duda de a quién se refería. Sólo podía ser Sinestra.

—¿Qui-quién eres? —acertó por fin a preguntar Kalec.

—Soy su hijo.

—¿Dónde estás? ¡Déjame verte!

—Estoy aquí, delante de ti.

Kalec vio un resplandor amatista intenso y dentro de él atisbó una silueta inmensa que parecía fluir como si no fuera enteramente sólido. Su aspecto era el de un dragón abisal, pero era mucho más que eso. Unos ojos brillantes observaron a su vez al dragón azul. De repente, Kalec tuvo la sensación de que esos ojos le habían estado mirando fijamente todo el tiempo que había permanecido inconsciente; tuvo un escalofrío con sólo pensarlo.

—¿Qué eres? — siguió preguntándole.

—Su hijo…

Kalec esbozó una mueca de repugnancia. No estaba seguro de si aquella criatura difusa era tan ingenua como parecía o si simplemente estaba jugando con él.

Así que decidió adoptar una nueva estrategia.

—¿Cómo te llamas?

Por un momento reinó el silencio, y acto seguido llegó la respuesta:

—Me llamo… Ella me llama Dargonax…

—¿Dargonax?

Kalec extremó la cautela al máximo, pues sabía lo que ese          nombre

significaba en el idioma de su raza. Dargonax. El devorador…

—¿Te gusta? — quiso saber esa forma difusa—. A mí sí.

—Es un nombre… impactante.

—Significa «devorador» en el idioma dragón, o eso dice ella —añadió Dargonax, frustrando así cualquier esperanza que el dragón azul albergara de que aquella criatura ignorara su espantoso significado.

Kalec intentó disimuladamente invocar una espada mágica, cualquier cosa que pudiera ser utilizada contra aquel ser. Ahora el dragón azul estaba seguro de que estaba jugando con él.

—Tú eres un dragón y yo también lo soy… —dijo Dargonax mientras avanzaba.

La aureola borrosa que lo envolvía se desvaneció lo bastante como para permitir a Kalec comprobar que indudablemente poseía la forma de un dragón, pero no así el cuerpo de un dragón abisal. Dargonax era muchísimo más que eso.

Pero el misterioso dragón no sólo no se mostró del todo sino que retrocedió, transformándose una vez más en algo que parecía una sombra. Kalec no sabía si se trataba de un poder suyo, de algún hechizo que actuaba sobre él o de un encantamiento que operaba en la fosa, porque de las inquietantes energías que los rodeaban, no todas se asociaban directamente con Dargonax, aunque seguramente su presencia también afectaba al extraño dragón.

Kalec se preguntó si Sinestra sabía realmente qué era lo que estaba creciendo en esa fosa.

Se armó de valor para afrontar lo que probablemente iba a ser su fin inminente y dijo:

—Sí, ambos somos dragones.

—Entonces, deberíamos ser amigos…

Aquella afirmación dejó estupefacto al dragón azul. Ignoraba por qué razón Dargonax podía necesitar su ayuda. Seguramente, engullir a Kalec le sería de más utilidad y no le costaría nada, dado que, además de ser incapaz de usar sus poderes naturales, ni siquiera podía cambiar de forma. Había intentado hacerlo varias veces disimuladamente, y la única explicación que se le ocurría era que su surrealista aliado estaba haciendo algo para bloquear su magia.

Entonces se le ocurrió que Dargonax había nacido hacía sólo unos días, o quizá unas semanas como mucho.

Si seguía creciendo, ¿en qué clase de ser horrendo se convertiría? Aunque, ¿iba a crecer más? Aquella bestia ya era enorme.

Krasus le había advertido a Kalec de que ni se le ocurriera pactar con el elfo de sangre, y seguramente le había desaconsejado hacer lo mismo con peculiar bestia del foso; pero el dragón azul dudaba de que en esta ocasión pudiera escoger. En primer lugar, Dargonax lo había arrastrado hasta allí, y la única razón por la que no había devorado a Kalec como había hecho con los dragauros, pues no había ni rastro de sus cadáveres, era porque realmente necesitaba su ayuda.

Aunque aún había que dilucidar para qué la necesitaba exactamente.

—Sí —replicó por fin el dragón azul—. Deberíamos ser amigos.

—Bien… bien… Y los amigos se ayudan, ¿no? No me equivoco, ¿verdad?

Para no haber salido nunca de la fosa, Dargonax estaba muy versado en el complejo arte de la diplomacia y la negociación. Sinestra había engendrado a una aberración horrenda.

—Los amigos se ayudan mutuamente —respondió Kalec—. Nos ayudaremos mutuamente.

—Así que.

Dargonax dejó de hablar de repente. Entonces, ante el asombro de Kalec, la voz del extraño dragón resonó en su mente: ¡Aquí viene! ¡Calla y no te muevas!

A pesar de que aún no se había recuperado de la sorpresa que se había llevado al descubrir que Dargonax poseía el don de hablar con él mentalmente, Kalec le obedeció. No hizo falta preguntarle a la criatura a quién se refería. Desde el sacrificio de Anveena, Kalec se había vuelto bastante temerario y arriesgaba su vida constantemente, aunque todavía mantenía intacto su sentido del deber. No sería un buen siervo de Malygos si permitía que

Sinestra supiera que había sobrevivido. El dragón azul se arrimó lo más posible a la pared e intentó invocar el escudo que había creado antes.

Pero su magia seguía sin funcionar.

De repente sintió cómo le cubría algo que parecía un ala. Kalec se vio envuelto en una sombra con destellos amatistas.

Un segundo después escuchó a Sinestra… y a alguien más.

—Ha desaparecido —susurró la dragona negra a su acompañante.

—¿Te refieres a tu viejo «amigo»? —preguntó alguien que sólo podía ser el elfo de sangre—. ¿Ha escapado de la cámara crisálida? ¿Cómo es posible? A menos que… Quizá su aliado haya sobrevivido y lo haya liberado.

Kalec esbozó una mueca de contrariedad, debatiéndose entre la esperanza y la preocupación. Sospechaba que estaban hablando de Krasus. Así que el dragón rojo había conseguido escaparse de una cámara crisálida. Era una buena noticia; pero, por otro lado, Zendarin le había sugerido a Sinestra la posibilidad de que el dragón azul siguiera vivo.

—Dargonax ha devorado a ese dragón —replicó Sinestra con un leve tono de vacilación en la voz—. Además, la cámara ha sido desunida desde dentro.

—Ignoraba que semejante proeza fuera posible. ¿Cómo ha podido hacerlo?

—Le basta con ser quien es para conseguir hacer posible lo imposible. No te equivoques, mi querido Zendarin; ese dragón rojo es mi único y verdadero quebradero de cabeza.

—Y aun así lo atrajiste hasta aquí.

—Habría venido de todos modos — repuso la consorte del Guardián de la Tierra—. Siempre aparece. No puede evitarlo, es su forma de ser. La mejor manera de tratar con él era hacerle venir con mis condiciones, cuando yo se lo pidiera.

Sinestra detuvo su discurso un

instante y acto seguido añadió:

—Ahora debe de encontrarse más débil que nunca. Conociéndolo, deduzco que habrá optado por huir a la parte más profunda de la montaña. Es consciente de que allí tendrá más posibilidades de sobrevivir. Quiero que envíes tu mascota tras él…

—Lo haré, mi señora, pero hay un problema: ¡esa maldita bestia no ha respondido a mis últimas llamadas! La última vez que lo localicé, ese engendro estaba cerca del dragón abisal, pero desde entonces. no he vuelto a saber nada.

Sinestra lanzó un siseo largo y furibundo.

—¡Qué astuto! Korialstrasz debió de colarse en la cámara del dragón abisal con intención de liberarlo. ¡Vete! Busca a tu matamagos…

Aunque Kalec no pudo escuchar partir al elfo de sangre, asumió que sería lo bastante listo como para obedecer a la dragona negra. Poco después, el dragón azul hizo ademán de empezar a hablar, pero se contuvo al sentir que su perturbador aliado no quería que dijera nada.

—Mi dulce niño. Acércate a mí, cariño —le arrulló Sinestra, y al Dragón Azul se le heló la sangre al escucharla.

Su ira había dado paso a una cordialidad melosa, como si se hubiera transformado en un ser totalmente diferente.

Dargonax se alzó, interponiendo en todo momento su forma borrosa entre Kalec y la dama oscura, y dijo:

—Amaaaaaaa…

Ese cambio en la forma de hablar desconcertó a Kalec casi tanto como el abrupto y extraño cambio de actitud de Sinestra. La criatura hablaba como si fuera mucho más joven y estuviera mucho menos desarrollada.

¿Como si fuera una amenaza mucho menor?

—Mi querido Dargonax. mi primogénito, el heraldo de un nuevo mundo. ¿Hay algo que quieras decirle a tu madre?

—Tengo hambreeeee…

Sinestra se rió entre dientes.

—Claro que tienes hambre. Pero no temas, cariño. Pronto te daremos de comer, como nunca, además. Oh, sí. Pero a partir de entonces deberás aprender a aguantarte el hambre. Pronto también habrá que alimentar a otros, tus numerosos hermanos y hermanas.

Numerosos hermanos y hermanas, repitió mentalmente Kalec, imaginándose una decena, un centenar de engendros como Dargonax. ¿Qué sería entonces de Azeroth? Dudaba mucho que la nueva generación fuera tan inestable como la pareja contra la que habían luchado él y sus aliados. Y aunque al final fueran derrotados, ¿cuánta sangre se habría derramado y cuánta destrucción habrían causado para entonces?

Kalec pensó en el sacrificio que había hecho Anveena para ayudar al mundo a dar el primer paso en la senda de la recuperación y la sanación. Ese sacrificio habría sido en vano si se engendraban más dragones como Dargonax.

Recordó una breve conversación que habían mantenido él, Krasus e Iridi tras la batalla con los dragones. Mientras comían, Iridi había comentado ciertas características que le habían llamado la atención de esos dragones, que no eran ni negros, ni azules, ni abisales. Se le había ocurrido que la palabra «crepuscular» era la que mejor los definía; una palabra que describía en muchos aspectos a esos seres monstruosos, como quedaba claro tras observar a Dargonax y a aquella pareja muerta, a quien la draenei había bautizado en su momento como los «dragones crepusculares».

Quizá llegaran a convertirse en los heraldos del crepúsculo de Azeroth.

Sumido en esos pensamientos, no prestó atención a las palabras de Sinestra. Gracias a la contestación de Dargonax pudo deducir qué había dicho.

—Sí… madre… —respondió la criatura con una voz infantil impostada—. Quiero compartirla. quiero que sean fuertes.

Obviamente, Sinestra había insistido en que Dargonax no podía seguir siendo el único beneficiario de los esfuerzos de la dragona negra, que no podría prestarle tanta atención cuando no le quedara más remedio que darle menos energías mágicas para comer porque debía repartirla con la siguiente generación de dragones. La artífice de Dargonax no se percató de la tenue pátina de ira que tiñó la voz del dragón crepuscular, pero Kalec sí, quien por fin comprendía por qué su enigmático y difuso aliado quería ocultarle a Sinestra que había madurado muy rápidamente.

Dargonax tenía celos de sus futuros hermanos.

De improviso, a pesar de que el dragón azul no se había movido, ni había hecho el menor ruido, percibió un cambio de actitud en Sinestra, que quedó confirmado un instante después cuando le espetó:

—¿Qué hay ahí dentro contigo?

—Nnnada…

—¿Nada?

El dragón azul sintió repentinamente como si circulara lava en vez de sangre por sus venas. En ese preciso momento, Dargonax bramó con la intención de que su potente rugido tapara el berrido de Kalec. Era lo único que podía hacer para ocultar su presencia en la fosa. Dargonax volvió a rugir, y su bramido terminó en un gemido.

—No le mientas a tu madre. No me gustaría tener que castigarte. Me duele incluso más que a ti. Enséñame qué tienes ahí, hijo mío.

—Sssí…

Kalec se preparó para ser lanzado hacia arriba, en dirección a la dama de negro, donde sufriría un destino que haría palidecer al dolor que acababa de padecer. Pero no fue él quien voló hacia arriba, tal vez alzado por una de las garras de Dargonax; no pudo apreciarlo bien, sino por un pesado bulto en el que no había reparado anteriormente en aquella oscuridad.

— Vaya… —dijo Sinestra con cierto tono de decepción—. ¿Esto es todo? Es uno de los guardias desaparecidos. Los intrusos los lanzaron al foso.

—Sssí…

—Considéralo un aperitivo antes del gran banquete. A partir de ahora vas a ser obediente, ¿verdad, mi querido hijo?

—Sssí.

—¿Sí qué?

Dargonax no vaciló.

—Sí. madre.

—Muy bien, Nefarian. Vas aprendiendo.

Escucharon fugazmente cómo alguien se alejaba del borde de la fosa, y acto seguido reinó el silencio. En aquella quietud, Kalec reflexionó sobre el hecho de que Sinestra se hubiera dirigido a Dargonax por el nombre de su primogénito. No podía saber si lo había hecho a propósito o no, pero le dio que pensar.

Pasó al menos un minuto antes de que Dargonax se atreviera a hablar en voz baja:

—Se ha ido.

—He de salir de aquí —le exhortó inmediatamente Kalec—. Korialstrasz me necesita…

—¿Es el otro dragón? ¿Es un.

amigo?

—Sí —asintió inmediatamente el dragón azul—. Y podría serte de gran ayuda. Quieres huir, ¿verdad? Si quieres librarte de ella, será mejor que cuentes con la ayuda de Korialstrasz.

Dargonax meditó al respecto y a continuación dijo:

—Sí… esto tiene sentido… sí… Pero, ¿quién es Nefarian? Tú lo sabes. Percibo que lo sabes.

El dragón crepuscular, al igual que Kalec, se había percatado de que Sinestra le había llamado por otro nombre.

—También era hijo suyo; lo concibió con su consorte Alamuerte. Nefarian era el primogénito y el más poderoso de todos sus hijos…

—He de conocer a Nefarian —masculló aquella criatura—. He de conocer a mi hermano.

—Nefarian está muerto.

O al menos eso creía Kalec. Acto seguido aprovechó la circunstancia de que Sinestra hubiera mencionado a su descendencia homicida y añadió:

—Le falló a su madre, y ésta lo abandonó a merced de sus enemigos.

Una mortaja de silencio cayó sobre ambos interlocutores. O bien Dargonax no había entendido lo que le acababa de decir, o bien estaba asimilando la información. Si bien el dragón crepuscular era tremendamente inteligente, puede que no lo entendiera todo debido a que todo su mundo se reducía a esa fosa.

—Mi hermano está muerto. Todos mis hermanos están muertos.

La convicción con la que hablaba Dargonax le impactó a Kalec casi tanto como la última frase. ¿Ha dicho «hermanos»?, pensó el dragón azul.

—Escaparon. Huyeron de ella justo antes de que yo naciera. A pesar de que estábamos muy distanciados unos de otros, podíamos percibirnos; sí, podíamos sentirnos en nuestro fuero interno.

Estaba hablando de las otras dos criaturas que la consorte de Alamuerte había creado, las que Kalec había contribuido a destruir.

—Pero no eran como yo —prosiguió diciendo con un ligero tono de desprecio en la voz—. No pensaban con la cabeza sino con el estómago. Tomaban decisiones llevados por el hambre. Eran unos necios y murieron como tales…

El dragón crepuscular acercó su difusa cabeza un poco más, pero no lo suficiente para que Kalec pudiese distinguir con claridad sus facciones, y añadió:

—Yo no voy a morir como un necio. no voy a morir. y tú me vas a ayudar. amigo.

—Sí… claro que lo haré…

Sin previo aviso, Dargonax habló una vez más en la mente de Kalec.

Te enviaré a buscar a tu amigo. Tú y él me liberaréis. No voy a permitir que ella me relegue…

Kalec surcó el aire igual que lo había hecho el cadáver del dragauro. Salió disparado de la fosa y aterrizó de pie cerca de aquel cuerpo fétido. Al instante, el cadáver volvió flotando a la fosa arrastrado por la magia de Dargonax.

Kalec se volvió hacia el foso; a continuación, una fuerza invisible surgió de ahí dentro y lo empujó hacia uno de los pasadizos que salían de aquella cámara. La fuerza de voluntad de Dargonax era tremenda; el extenuado dragón azul no podía resistirse a ella.

Ella se ha ido en esa dirección. Así que ve por aquí.

Kalec no tuvo más remedio que obedecer. Quería dar con Korialstrasz, aunque no quería pensar demasiado en las razones, pues no estaba seguro de hasta qué punto Dargonax era capaz de leer o percibir sus pensamientos. De hecho, posiblemente ya le había revelado todos sus secretos.

El dragón azul sintió cómo un flujo de magia lo recorría por entero de nuevo; por fin volvía a disponer de su magia. Sin embargo, no levantó la mano

ni creó una espada de la nada.

Ve…

Kalec abandonó la cámara aferrando el arma con fuerza.

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