La noche del dragón – Capítulo Quince

La noche del dragónEl matamagos se alzaba amenazante sobre Iridi. Lo único que sabía de aquellos seres era lo que había deducido por Krasus. Por tanto, estaba bastante segura de que no debía temer sus poderes; aun así, no debía olvidar que aquella criatura había sido transformada en algo mucho más amenazador.

La draenei agarró una roca y la lanzó. Tal y como esperaba, el misil lo atravesó.

A Iridi no le quedó otra salida que invocar la vara, a pesar de que era consciente de que su poder podía ser utilizado en su contra.

El matamagos se movía silenciosamente, lo cual lo hacía aún más inquietante. Iridi le apuntó con la vara y se concentró.

Una luz azul brotó de la vara y fue a impactar contra el matamagos.

Esa luz fue devuelta inmediatamente a su fuente original: una estupefacta draenei.

Iridi salió despedida a gran velocidad. Soltó la vara y se giró con rapidez en el aire. Un instante después se estrelló contra el suelo.

Cualquier otro habría quedado inconsciente o incluso habría muerto, pero su adiestramiento como sacerdotisa le permitió rodar nada más aterrizar y terminar en cuclillas. No obstante, Iridi estaba desorientada. Le llevó unos segundos localizar al matamagos; unos segundos de los que no disponía.

Un segundo rayo azul estuvo a punto de aplastarla contra el suelo. La draenei lo esquivó por los pelos. Le sorprendió que ese monstruo fuera capaz de devolverle dos veces seguidas el rayo que había disparado su vara; ella creía que eso no era posible. Dio por supuesto que esa habilidad era una ventaja añadida que conllevaba la transformación que había sufrido.

Los skardyns que se encontraban en las proximidades huyeron a toda prisa. Que ninguna de esas nauseabundas criaturas, que supuestamente servían al mismo amo, quisiera permanecer cerca del matamagos era un mal presagio.

Iridi se percató de repente de que el dragón abisal reclamaba su atención, y al instante volvió a invocar la vara.

Ahí… ahí, logró transmitirlementalmente Zzeraku. Eso…

«Eso» era un altar en cuya base habían tallado unos dragones. Encima del altar había un cubo de color azulado. Había algo en ese cubo que hizo vacilar a la draenei.

La vara, prosiguió a duras penas el dragón abisal. Podría despertar el cubo… podría hacer que me diera de comer…

Aunque Iridi ignoraba qué había querido decir con esa última frase, sí había entendido que el cubo era posiblemente su única esperanza. Volvió a hacer desaparecer la vara, y en cuanto el matamagos se le acercó, saltó ágilmente por encima de su cabeza.

Algo que recordaba vagamente a un apéndice terminado en una garra estuvo a punto de atraparla; falló por muy poco. El matamagos se dio la vuelta mientras la draenei aterrizaba en el suelo. Su torso se había oscurecido.

Un rayo negro salió disparado hacia la draenei.

La sacerdotisa esquivó la descarga, pero un skardyn situado detrás de ella fue demasiado lento y no se apartó a tiempo. Aquella luz lo envolvió. Acto seguido, el skardyn chilló y salió despedido hasta chocar contra el muro más cercano; el impacto fue tan brutal que Iridi pudo escuchar cómo se le fracturaban los huesos. El cuerpo del skardyn muerto se deslizó hasta el suelo como un bulto informe.

Antes de que el matamagos pudiera volver a atacarla, la draenei alcanzó el altar. Rezó porque Zzeraku no la hubiera aconsejado mal, y a continuación invocó la vara de los naaru.

El centro del cuerpo del matamagos se oscureció aún más.

Iridi señaló al cubo con el cristal dela vara.

Piensa… piensa en esa criatura, le comunicó Zzeraku repentinamente. Luego, usa… la vara…

La sacerdotisa hizo lo que se le pedía:seimaginóa aquellaabominación.

La vara proveyó de energía al cubo. La energíadesprendíaun brillointenso…

Al instante resonó un silbido por toda la cámara. Iridi se dio cuenta demasiado tarde de que provenía del matamagos.

El monstruo había perdido su corporeidad. Arremetiócontra ladraenei convertido en un torbellino deenergía… y de repente se introdujo en el cubo sin dejar ni rastro.

La incredulidad se apoderó de la sacerdotisa.

¡Cuidado!, le advirtió Zzeraku.

Algunos de los skardyns, que ya se habían recuperado de la sorpresa y el miedo, se acordaron de que seguía habiendo un intruso, y cercaron a la sacerdotisa.

Tras girar sobre sí misma, pudo comprobar que una vez más estaba rodeada. Alzó la vara y.

De pronto, una figura pelirroja ataviada con una túnica apareció a su lado. Sin darle tiempo a reaccionar, el desconocido la rodeó con sus brazos.

—¡Maldita sea! ¡No eres ella!

Antes de que pudiera replicar, la cámara en la que se encontraban desapareció.

—¡No! —gritó Iridi, sin poder dominar su frustración.

Entonces, la draenei se dio cuenta de que estaba en el exterior… de la montaña en la que tanto le había costado entrar.

—¡No! —repitió la sacerdotisa—. ¡No!

—¡Cállate!

El desconocido de la túnica la obligó a girar sobre sí misma. Por primera vez Iridi pudo comprobar que se trataba de un humano. Bajo una mata de pelo abundante y rebelde, unos ojos brillantes de color esmeralda le devolvían la mirada. Era bastante agraciado para ser de esa raza, aunque era obvio que le habían roto la nariz hacía mucho tiempo. Poseía una mandíbula potente y unos rasgos muy angulosos que armonizaban con su cabellera roja; además, su rostro le hacía parecer pertinaz.

En el pecho de su túnica llevaba bordado un ojo dorado sobre un campo violeta, y, debajo del ojo, tres dagas, también doradas, que apuntaban hacia abajo.

Iridi reconoció inmediatamente el escudo de Dalaran.

—Tú debes de ser el brujo Rhonin, el marido de Vereesa, la alta elfa —dijo con calma.

—¿La conoces? ¿Sabes dónde está? He intentado localizarla, pero me lo han impedido unas fuerzas mágicas. Vereesa tiene cierta tendencia a meterse en esta clase de berenjenales —le explicó, y acto seguido se maldijo a sí mismo—. He fracasado al intentar rescatarla. Pero al menos tú estás a salvo.

—¡He de volver ahí dentro! Estaba intentando liberar al dragón abisal…

El hechicero la miró como si estuviera chiflada.

—¿Por qué diantres querías cometer esa locura? ¡Sé de qué son capaces gracias a los testimonios de quienes les han visto perpetrar tropelías! Si quisieras destruir a esa criatura, te daría mi bendición, pero, ¿por qué quieres liberarla?

—He leído su mente. Zzeraku no es malvado. Sé que ha cometido actos horribles en el pasado, pero ha cambiado…

—¿Así como así? ¿Estás totalmente segura de que lo que has leído en su mente es cierto?

—Lo estoy. y no pienso echarme atrás. Hay que liberarlo por muchas razones. —repuso la draenei mientras hacía desaparecer la vara—. Es la clave de todo lo que está ocurriendo. Se están valiendo de Zzeraku para crear una criatura abominable…

Al escuchar aquellas palabras, Rhonin esbozó una mueca de disgusto.

—Esto no acabará nunca, ¿verdad? Azeroth nunca conocerá la paz. ¡Dioses, ojalá Krasus estuviera aquí!

No le sorprendió que el brujo conociera al dragón rojo. No obstante, Iridi le dijo con cierto temor:

—Krasus también se encuentra en GrimBatol, pero ha sido hecho prisionero.

—Eso es imposible. Él no.

—Me envió a un lugar seguro justo antes de que él y un joven dragón azul llamado Kalec fueran capturados por unmatamagos…

—Eso no lo habría detenido —replicó Rhonin burlonamente.

—Krasus dijo que ese matamagos era distinto, que había sido alterado por los moradores de GrimBatol.

De pronto se escuchó un sonido procedente de la montaña que les hizo callarse. Al instante, Rhonin la cogió del brazo.

—Debería ser capaz de teletransportarme una vez más. Aunque he de reconocer que entrar en GrimBatol me ha costado mucho más de lo que esperaba.

—¿Vamos a regresar dentro?

El brujo se rió de una forma muy

desagradable.

—De momento, no. No si no quieres acabar formando parte de esta montaña para siempre. No; nos vamos a un lugar más seguro… relativamente.

Rhonin frunció el ceño mientras se concentraba. Iridi comenzó a quejarse otra vez. Él, más que nadie, tenía que entender que debían regresar a GrimBatol.

Pero ya era demasiado tarde. El aire que los rodeaba crepitó. y ambos se desvanecieron una vez más.

Krasus flotaba en medio de una oscuridad opresiva, que le daba la sensación de que iba a aplastarlo de un momento a otro. Había escuchado historias acerca de las cámaras crisálidas, relatos horribles sobre dragones y otros seres mágicos que se habían vuelto locos tras pasar confinados años, décadas o incluso siglos en esas cámaras. Al fin y al cabo, el tiempo no fluía dentro de ellas de igual modo que en el mundo real. Por lo que él sabía, sus amigos y camaradas hacía mucho que habrían muerto, y cualquiera que fuese el mal que Sinestra había gestado en las fosas de GrimBatol, éste ya habría desatado el caos a lo largo y ancho de Azeroth.

¡No! ¡Eso no ha ocurrido aún!, Se

dijo el dragón mago, y se reprendió a sí mismo por esas conjeturas tan funestas. La consorte de Alamuerte pretendía valerse de su esencia mágica para alimentar a sus abominaciones; por tanto, había esperanza… para todos salvo Kalec.

Lamentó la muerte violenta del dragón azul. El engendro de la fosa, esa aberración que se había acostumbrado a ocultarse de los dragones poderosos, se habría dado un opíparo y suculento banquete a costa de Kalec. Krasus estaba furioso consigo mismo porque había sido incapaz de hacer nada para salvar a su aliado, y por haber fallado a todos los que dependían de él. En cuanto a Iridi, no sabía qué había sido de ella. Desesperado, la había teletransportado a la única zona que conocía cerca de GrimBatol donde resultaba muy difícil emplear la magia; una información que había recabado de aquellos de su raza que habían vigilado la montaña maligna. Allí al menos habría tenido oportunidad de recuperarse; y si había sido inteligente, habría abandonado esa área lo antes posible.

No obstante, Krasus no creía que se hubiera alejado de GrimBatol.

El dragón mago volvió a poner a prueba los límites de su prisión. Resultaba irónico que ése fuera el lugar donde más fuerte se sentía de todo Grim

Batol. La cámara era en sí misma un universo comprimido, que se valía de la magia de la víctima para mantenerla encerrada. Por otra parte, le libraba de la influencia de los conjuros de Sinestra y de aquello que anidaba en la montaña que tanto lo debilitaba.

Krasus no podía quedarse de brazos cruzados hasta que la dragona negra decidiera liberarlo para ejecutar sus diabólicos encantamientos. Él no era un prisionero cualquiera; conocía bien la historia de las cámaras crisálidas, pues sus artífices fueron los dragones.

En un principio, las cámaras tenían diferentes fines según el Vuelo de Dragón que las hubiera creado. Pero

todas debían cumplir una función primordial, que consistía en ser una trampa para cualquier criatura susceptible de ser una amenaza mágica: demonios, hechiceros dementes, elementales y similares. Las cámaras creadas por el Vuelo Negro habían sido diseñadas para ser utilizadas contra ciertas energías descontroladas que amenazaban a la tierra.

Todo cambió para siempre cuando el demente Neltharion, furioso por haber perdido el Alma Demoníaca en el Pozo de la Eternidad, alteró las cámaras crisálidas creadas por su Vuelo con el aterrador propósito de atrapar en ellas a sus enemigos imaginarios. Los demás

Vuelos reaccionaron rápidamente ante la amenaza de Neltharion y las localizaron; poco después tomaron la decisión de ocultar todas las cámaras crisálidas, incluidas las del Guardián de la Tierra, en un lugar donde jamás pudieran ser encontradas.

No obstante, con el paso de los siglos, unas cuantas habían vuelto a aparecer. En cuanto a ésa en concreto, puede que no fuese descubierta entonces.

Krasus se sentía cada vez más frustrado. Tal vez se había equivocado. Quizá el hecho de conocer la historia de esas malditas cajas no le iba a servir de nada…

¿O sí? De repente, un detalle que había pasado por alto cruzó su mente. Se requería muchísimo esfuerzo para crear una cámara crisálida, por eso había tan pocas. Y algunas no eran muy estables. Tenían fallos…

Era un intento a la desesperada, pero se aferraba a esa esperanza como a un clavo ardiendo. Krasus se concentró y expandió su mente.

Al principio, lo único que percibió fue su opresiva prisión. Se estremeció, y la idea de que Sinestra necesitaría en breve sus poderes para llevar a cabo sus experimentos cruzó fugazmente su mente. La descartó de inmediato. Se preguntó que si fracasaba su plan de fuga, cuánto tiempo tardaría en rogar por que apareciera Sinestra para abrir las puertas de su prisión.

Se concentró aún más. Ahora sólo percibía su esencia mágica, pero poco a poco fue percibiendo otra.

Cuyo origen no estaba en Azeroth.

Krasus se concentró en esa esencia con esperanzas renovadas. Percibía algo familiar en ella, algo que le recordaba a…

A él. Se hallaba dentro de la misma cámara donde probablemente había permanecido atrapado el dragón abisal.

No obstante, el dragón mago no podía saber si este descubrimiento aumentaba sus posibilidades de fuga, porque el artífice de aquella prisión infernal no había contado con las energías del dragón abisal.

Krasus sondeó aún más hondo en las profundidades del diseño de su prisión y halló extrañas alteraciones que sólo podían deberse al hechicero original, que quizá fue el propio Neltharion o su consorte. La confianza en que podía encontrar algún punto débil menguó. Quienquiera que hubiera creado ese artefacto parecía deseoso de experimentar.

Aun así, Krasus tenía que intentarlo. Inspeccionó los cimientos mágicos de la cámara crisálida en busca de alguna anomalía provocada por el encarcelamiento del dragón abisal. Una anomalía que le brindaría la oportunidad de escapar. Tenía que…

El dragón mago frunció el ceño. Acababa de hallar otra alteración en la matriz del conjuro de la cámara crisálida, que no había sido forjada por la misma mano que el resto. Pero eso era absurdo. a menos que la alteración la hubiera causado el dragón abisal.

Krasus lo inspeccionó con más detenimiento.

De repente, su prisión se agitó y se vio zarandeado. La oscuridad se tornó gris y acto seguido volvió a ser negra. Krasus daba vueltas por el vacío.

Reaccionó instintivamente; su cuerpo se contorsionó y sus extremidades se estiraron y flexionaron adoptando posiciones de imposibles para un elfo. Sus dedos se convirtieron en garras. Su piel se cubrió de escamas mientras su nariz y su boca se estiraban hasta formar un hocico largo y afilado. Y unas alas brotaron de su espalda al tiempo que su túnica se desvanecía.

Korialstrasz logró ralentizar, y finalmente detener, su vuelo descontrolado por el vacío impulsado por sus enormes alas. El leviatán rojo rugió por culpa del esfuerzo tan tremendo que había tenido que hacer.

Mientras recuperaba el equilibrio, Korialstrasz intentaba comprender qué había pasado. Con sólo sondear la zona en cuestión había vuelto del revés su prisión.

Era obvio que el dragón abisal había estado más cerca de huir de esa prisión de lo que Korialstrasz imaginaba. Por desgracia, aquella criatura no poseía ni la astucia ni los conocimientos necesarios para sacar provecho de todo su potencial.

No obstante, Korialstrasz albergaba ahora más esperanzas que nunca. Iba a correr un gran riesgo, pero eso era preferible a pasar una eternidad encerrado ahí o tener que esperar a que lo invocara su captora. Sinestra seguramente estaría preparada para recibirlo en cuanto volviera a abrir la cámara. Más le valía al dragón rojo fugarse de ahí… si podía.

Con mucha más delicadeza que antes, Korialstrasz examinó el área debilitada una vez más, observando detenidamente cómo había debilitado la matriz. No le sorprendió descubrir que las extrañas energías de un dragón abisal podían haber afectado a la matriz como un virus infecta un cuerpo mortal. Ambas fuerzas eran lo bastante similares como para que la esencia del antiguo prisionero hubiera reestructurado el hechizo original creando un patrón distinto al concebido por el artífice de la cámara crisálida.

Allí donde la matriz del conjuro se había visto más afectada, el dragón rojo dio con lo que creía que era su punto débil; el punto donde debía concentrar todos sus esfuerzos.

Con el ojo experto de alguien que ha estudiado los mecanismos internos de la magia, y cuyos conocimientos sólo eran superados por los más destacados dragones azules, Korialstrasz se fue abriendo paso lentamente a través de aquella aberración. Por fin halló la hebra que creía que provocaría que el resto del conjuro se deshiciera y, en teoría, le franquearía el camino a la libertad si la desprendía con sumo cuidado.

Korialstrasz sentía que la claustrofobia lo iba dominando. Comenzó a cercenar la hebra con la máxima cautela. De inmediato sintió cómo toda la cámara se estremecía, y la oscuridad que lo envolvía volvió a ser gris. El dragón rojo siguió cortando la hebra, esta vez sin tantas precauciones. La libertad se hallaba tan cerca…

Entonces, aquella aberración se desintegró por completo, y eso no era lo que buscaba. La matriz se deshilachó y la zona afectada se expandió. El dragón mago intentó arreglar el desaguisado rápidamente, pero ya no podía reparar los daños. La tensión que debía soportar el resto del conjuro para mantener la integridad de la cámara se multiplicó por mil.

La cámara se derrumbó. El vacío gris aplastaba cada vez más al dragón rojo. Korialstrasz gritó. La abrupta destrucción de su prisión desató nuevas y terribles fuerzas que amenazaron con destrozarlo. Se vio en medio de un torbellino que alcanzó proporciones gigantescas. Por mucho que lo intentara, el dragón no podía evitar sentirse atraído hacia ese caos mientras giraba sobre si mismo sin control.

El hecho de que todo eso estuviera sucediendo en un recipiente del tamaño de una manzana no suponía un gran consuelo para Korialstrasz. Desde su punto de vista, dentro de la cámara, era como si Azeroth hubiera sido destruida y el universo fuera a correr la misma suerte. Quería salir de la cámara crisálida y estaba a punto de hacer realidad su deseo, aunque quizá se arrepintiera eternamente de ello.

Batió sus grandiosas alas una y otra vez, pero el esfuerzo que conllevaba luchar contra unas fuerzas primordiales tan poderosas llevó a Korialstrasz al agotamiento más absoluto y a jadear desaforadamente. El ojo del torbellino, una mezcla de gris, negro y carmesí, se alzaba amenazante ante él.

Mientras se aproximaba al centro del caos, unas fuerzas invisibles aplastaron aún más al dragón. Tuvo la sensación de que sus huesos iban a quedar reducidos a polvo, y el resto de su cuerpo, a una masa de carne informe. En toda su dilatada existencia, nunca había sufrido una agonía tan insoportable.

En ese instante, el dragón decidió que sólo podía hacer una cosa, que probablemente le causaría más sufrimiento y quizá le depararía una muerte aún peor, pero que también le ofrecía un leve destello de esperanza.

Korialstrasz se concentró todo lo que pudo para utilizar su magia como escudo protector. El esfuerzo hizo aumentar aún más la tensión que padecía, y faltó poco para que perdiera el conocimiento. A pesar de todo, sus conjuros resistieron.

El leviatán rojo estudió el torbellino en busca de su epicentro. Tenía que ser muy preciso si no quería morir en el intento.

Korialstrasz batió sus alas tan fuerte como pudo y decidió no resistir ya más la atracción del torbellino y dejarse llevar por él. Se lanzó en picado a toda velocidad, rezando para que lo que tuviera que pasar sucediera lo más rápido posible.

Mientras se adentraba en el corazón del caos, Korialstrasz volvió a gritar… una… y otra vez. y otra.

Regresar al índice de la novela La noche del dragón

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.