La noche del dragón – Capítulo Catorce

La noche del dragónEl dragón abisal se encontraba cerca. Iridi podía percibirlo con más claridad que a cualquier otra criatura. Al fin y al cabo, ¿no eran ambos forasteros en tierra extraña en este mundo? ¿No habían llegado a él procedentes de Terrallende?

La draenei se preguntó cómo reaccionaría el dragón abisal. ¿Se mostraría agradecido? Los draeneis no tenían un vínculo de amistad especial con los dragones abisales ni con ninguna otra raza. Por lo que Iridi sabía, probablemente la devoraría.

No obstante, algo en su fuero interno le insistía que debía dar con esa criatura.

Iridi, quien gracias a su adiestramiento era prácticamente invisible a los ojos de los skardyns, se había arrimado a la pared y divisaba qué le aguardaba al doblar la siguiente esquina. Una vasta caverna se abría ante la sacerdotisa, y por ella se arrastraban aquellos despiadados enanos en gran número. Trepaban por las paredes, pendían del techo o correteaban por el suelo con la intención de impedir, o eso dedujo la draenei, que su prisionero se moviera un solo centímetro.

La prisión del dragón abisal era tan asombrosa que Iridi estuvo a punto de abandonar su escondite para contemplarla con detenimiento. Se había preguntado cómo pensaban retener a esa bestia descomunal una vez la sacaran de aquella terrible caja, y ahora lo sabía. Las hebras de energía contenían al dragón abisal como si poseyera una corporeidad al igual que ella o los skardyns. Esos tentáculos parecían endebles, pero estaba claro que su poder era inmenso.

Finalmente, Iridi dejó de fijarse en los grilletes y se centró en el prisionero; no alcanzaba a comprender cómo podía seguir vivo. El leviatán era más espectral que nunca, tanto que había zonas de su ser que resultaban más difíciles de ver que cualquier cosa quese hallara tras su enorme figura.

Sintió la tentación de aproximarse a él, pero entonces percibió que una maldad familiar se acercaba. Acto seguido, el elfo de sangre entró en la cámara. Junto a él flotaba una insidiosa criatura: el matamagos al que Krasus se había enfrentado.

Zendarin se aproximó al dragón abisal. Dio la impresión de que sólo observaba al prisionero, pero la sacerdotisa intuyó que sucedía algo más.

Un skardyn se acercó a Zendarin gruñendo y siseando algo que el elfo de sangre parecía entender.

—¡Asegúrate de que no vuelva a ocurrir! —le espetó Zendarin malhumorado—. Salvo que quieras que alguno más de tu asquerosa raza acabe engullido por él, ¿vale?

Entonces se percató de que cuatro de aquellas criaturas estaban ajustando unos cristales cerca de la colosal boca del dragón abisal. Eso explicaba uno de los tremendos rugidos que había escuchado con anterioridad. Algo había pasado que había deshecho las hebras que le amordazaban la boca. Iridi observó con detenimiento cómo trabajaban los skardyns con la intención de discernir qué hacían. Tal vez así diera con la clave para liberar al leviatán.

Aunque… ¿podría liberarlo? Eso estaba por ver; Iridi albergaba serias dudas al respecto.

Sólo hay una forma de hacerlo. He de intentar juzgar el alma de este dragón abisal…

Krasus la habría mirado incrédulo de haber sabido que la sacerdotisa había tomado esa decisión. La draenei era consciente de que ninguno de sus aliados, y muy pocos miembros de su orden, se habría atrevido a tanto. Por lo que se sabía acerca de los dragones abisales, no eran muy de fiar.

Sin embargo, Iridi sintió que no tenía derecho a actuar de otro modo.

El elfo de sangre se marchó acompañado de su matamagos, que caminaba a sólo unos pasos tras él. La sacerdotisa echó un vistazo a su alrededor, pero lo único que vio fue más skardyns. Creía que podría con ellos. Las runas que los protegían no parecían funcionar frente al poder de su vara, aunque sólo pensaba utilizarla como último recurso. Por ahora, confiaba en las enseñanzas que le había impartido la orden.

Haz que miren a otro lado. Deja que miren a tu alrededor pero no a ti. Aunque lograr que los skardyns no la vieran fuera una proeza que parecía imposible, las palabras que acababa de pronunciar mentalmente y que sus maestros le habían enseñado servían para camuflarse con el entorno. Había utilizado esa técnica de camuflaje en la montaña y en sus pasadizos subterráneos, pero aquí tendría que emplearse a fondo, puesto que había más skardyns que en ninguna otra parte.

La draenei abandonó el recodo que había sido su escondite. Siguió avanzando arrimada a la pared; la capa que llevaba la ayudaba a ocultarse.

Los skardyns seguían absortos en sus quehaceres. Parecían obsesionados por mantener los cristales en su sitio. Iridi podía percibir la ansiedad que los dominaba cuando se acercaban mucho al dragón abisal.

De repente tuvo la impresión de que uno de ellos miraba hacia donde se encontraba ella. Se quedó paralizada.

Los dientes del skardyn rechinaron, y al cabo de un rato prosiguió con lo suyo. Iridi esperó un poco por prudencia antes de iniciar el descenso.

En ese momento entró un dragauro, que señaló a un grupo de skardyns próximos a él.

—Venid. El ama ordena que…

Media docena de esas criaturas siguieron al dragauro. Iridi dio gracias por que la fortuna le sonreía; su marcha dejaba la zona cercana a la cabeza del dragón abisal prácticamente libre de skardyns. Los demás estaban bastante lejos. Era la oportunidad que habíaestado esperando.

La draenei descendió con destreza hasta el lugar donde el dragón abisal yacía atado. Tuvo que esperar a que dos skardyns que trepaban por la pared se adentraran en un túnel secundario, y entonces se acercó con sigilo al descomunal prisionero.

El dragón abisal no pareció detectar su presencia, aunque el lamentable estado en que se encontraba probablemente contribuía a ello. Iridi frunció el ceño. Sabía que la vara podría serle de gran ayuda en esa situación, pero no se atrevía a invocarla.

Sin embargo, no le quedaba más remedio. La sacerdotisa miró a su alrededor para localizar al skardyn más cercano, y sin más dilación centró toda su atención en el leviatán cautivo y contactó con él.

Los ojos del dragón abisal se abrieron sorprendidos.

En ese instante, una avalancha de recuerdos y emociones del coloso anegó la mente de la sacerdotisa. Lo vio en Terrallende y fue testigo de todo el mal que había causado. No obstante, esa maldad se debía en parte a la confusión y la falta de entendimiento; además, la draenei percibió que el dragón abisal se arrepentía de su pasado y tenía intención de compensar sus excesos de alguna manera.

Asimismo percibió que aquel oscuro gigante podía llegar a redimirse… Por tanto, decidió que el dragón abisal merecía vivir, y se dispuso a liberarlo.

La sacerdotisa volvió a observar a los skardyns. Gracias a sus denodados esfuerzos, seguían sin prestarle atención. Mantuvo la vara a la altura de su cintura, y se concentró para actuar con rapidez.

¿Puedes entenderme?, preguntó mentalmente la draenei presa de la ansiedad.

Zzeraku… te… escucha…

Iridi suspiró de alivio al escuchar su respuesta. Los naaru le habían indicado que la vara la ayudaría a comunicarse con ciertas criaturas, pero no había tenido muy claro hasta ahora si funcionaría con un dragón abisal.

No obstante, la conexión mental que había logrado establecer era muy frágil, quizá debido a que la sacerdotisa empuñaba la vara, o a la debilidad del dragón abisal, o a ambas cosas. Iridi se concentró aún más.

¿Sabes cómo puedo liberarte de estas ataduras?

Esa pregunta estremeció visiblemente al dragón abisal. La draenei se dio cuenta de que Zzeraku creía que era uno de sus captores. La gratitud y la esperanza del dragón iluminaron con intensidad la mente de la sacerdotisa, reforzando así su convicción de que estaba haciendo lo correcto. No se trataba de una criatura malévola, sino un ser que había causado mucho mal presa de la confusión. Un dragón con un potencial inmenso.

Los cristales, contestó mentalmente. La frecuencia… Zzeraku no… no suficiente fuerza para cambiarla…

La draenei percibió que lo había intentado, y que en los momentos de mayor agonía había estado a punto de lograrlo. Aun así, todo su inmenso poder no había bastado.

La sacerdotisa albergaba la esperanza de que ella pudiera triunfar allí donde el dragón abisal había fracasado, porque ella no estaba atrapada por esas ligaduras. Iridi lo miró de arriba abajo, dilucidando qué parte de su cuerpo debía liberar primero. Lo lógico habría sido liberar una pata, pero la boca se encontraba más cerca y probablemente fuera lo más fácil de hacer sin ser vista.

Sí, afirmó Zzeraku en su mente.

El dragón abisal había tomado la decisión por ella. Sin más dilación, la draenei se aproximó al cristal más cercano.

En ese momento, un skardyn se dejó caer de una pared y se quedó mirándola fijamente.

Iridi soltó la vara, que se desvaneció de inmediato. Agarró al enano monstruoso del brazo y lo atrajo hacia sí. Acto seguido le golpeó en un punto preciso del cuello.

El skardyn cayó al suelo. Iridi se apresuró a ocultar el cuerpo tras un recoveco que se abría en una pared. Era consciente de que antes o después acabarían encontrándolo, pero esperaba haber terminado para entonces.

La sacerdotisa volvió a invocar la vara y señaló con la punta a los primeros cristales que mantenían las mandíbulas de Zzeraku selladas. Sintió las vibraciones de aquellos cristales y entonces comprendió a qué se refería el dragón abisal. A continuación, Iridi se concentró e intentó hacer lo que éste lehabía sugerido.

El cristal se resistió. La draenei empezó a sudar por el tremendo esfuerzo que estaba haciendo. Si era incapaz de vencer la resistencia de aquel cristal, entonces no había esperanza de liberar al inmenso cautivo.

De repente, la frecuencia de aquel cristal se vio alterada. Fue una variación muy ligera y para Iridi no era bastante, pero al menos era un comienzo. Estaba segura de que si se esforzaba un poco más, enseguida habría acabado con ese cristal.

El aullido de una alarma resonó por toda la cámara.

La habían descubierto.

La sacerdotisa se concentró de nuevo y lanzó un último ataque contra aquel cristal, y a continuación retrocedió. Los skardyns la estaban rodeando.

Utilizó la vara para arrojar muy lejos a los dos que tenía más cerca; acto seguido la hizo desaparecer y luchó contra los siguientes valiéndose de sus extremidades A diferencia de los skardyns con los que se había topado en la montaña, que iban armados con látigos y picas, la mayoría de los que ahora la atacaban no portaba ningún arma. ¿Para qué iban a ir armados? Resultaba obvio que no esperaban toparse con ningún enemigo en esacámara.

Pero esa ventaja le duró muy poco. Iridi vio que más skardyns emergían de los agujeros del techo. Algunos portaban látigos atados a sus cinturas; otros llevaban una larga malla metálica…; sin duda, una red para atraparla.

Uno de los enanos dio un salto, cayó sobre la espalda de la draenei y rasgó su capa con sus garras afiladas. La sacerdotisa se deshizo de la capa de viaje y la utilizó para enredar en ella a ese enemigo y a otro que se le acercaba.

Cada vez más y más skardyns se arremolinaban a su alrededor. Iridi golpeó a otro en el pecho con el canto de la mano, pero como los skardyns tenían unos torsos duros y musculosos como los de sus primos, la draenei sintió cómo le crujían los huesos.

Levantó la vista rápidamente. Los skardyns que portaban la red habían tomado posiciones para lanzarla sobre ella, y los que rodeaban a la sacerdotisa impedían su fuga.

De repente, los skardyns titubearon. Varios de ellos se quedaron mirando a un punto situado detrás de Iridi.

En ese momento sintió que una oleada de energía invadía la cámara y temió que el elfo de sangre fuera a sumarse a las hordas de skardyns que la atacaban.

Sin embargo, los skardyns se desperdigaron; se olvidaron de ella y actuaron como si no existiera. Los que estaban colgados del techo se arrastraron raudos y veloces hasta los agujeros como si fueran arañas, llevándose consigo la red.

La sacerdotisa se volvió y no se topó con Zendarin, sino con el monstruoso matamagos.

Vereesa y Grenda se encorvaron para hablar disimuladamente mientras los skardyns vigilaban a sus primos cautivos. Si bien ignoraban por qué los habían capturado vivos, más les valía dar con la manera de escapar lo antes posible. Estaba claro que, fuera cual fuese el destino que les tuviera reservado el ama de esas criaturas, no sería nada agradable.

—Nadie ha visto a Rom —murmuró Grenda—. Él y otros cinco más han desaparecido. Estoy segura de que uno está muerto y algunos de nuestros hombres afirman que, antes de adentrarse en la montaña, vieron los cadáveres de dos de los desaparecidos.

La forestal asintió. Ambas asumieron que había sucedido lo peor. En esos momentos, lo más importante era qué harían a partir de entonces. Por otra parte, como Rom ya no se encontraba entre los vivos, ahora era

Grenda quien lideraba a los enanos.

—Por fin estamos dentro de la montaña —dijo la alta elfa.

—Me alegraría si no estuviéramos aquí encerrados como unos cerdos que aguardan a ser sacrificados.

En efecto, aquel grupo de guerreros estaba encerrado en una serie de agujeros muy estrechos cavados en un lateral de una caverna tenuemente iluminada. Unos barrotes de hierro herrumbrosos pero sólidos se adentraban en la roca impidiendo a los prisioneros fugarse. Más de media docena de skardyns hacía guardia frente a la puerta de la celda, y un dragauro con cara de aburrimiento lossupervisaba.

Rask había insistido mucho en que registraran a fondo a los cautivos. Ningún Barbabronce debía llevar encima nada que le permitiera manipular los cerrojos o ser utilizado como arma contra los centinelas.

No obstante, Vereesa se alegraba de estar dentro de la montaña, pues eso significaba que se encontraba muy cerca de su presa y del lugar donde tenían encerrado a Krasus, o al menos eso esperaba.

—Vigila mis espaldas —le pidió en voz baja a Grenda.

La enana la obedeció, y Vereesa se agachó para palpar su bota derecha.

Poco a poco, disimuladamente, se fue acercando a una pequeña hendidura que había a la altura de su pantorrilla…

—¡Los guardias se han puesto firmes! —susurró Grenda—. ¡Alguien se acerca!

Vereesa apartó la mano justo en el momento en que una sombra se acercaba a los barrotes. La alta elfa abrió los ojos como platos al ver de quién se trataba.

—Hola, querida prima.

—Zendarin.

La forestal no corrió hacia los barrotes, para decepción del elfo de sangre, quien, sin duda alguna, esperaba que reaccionase de esa manera.

—Sigues siendo la misma forestal fría y calculadora de siempre —dijo el elfo de sangre en tono de burla—, Pero, ¿sigues siendo uno de los nuestros? Te has relacionado tanto con los humanos que te han corrompido, así que no me extrañaría nada que hubieras renegado de tus raíces…

—Precisamente tú, que te dedicas a robar a los demonios su nauseabunda magia, no eres el más indicado para hablar de corrupción.

—Así que piensas que ese método de combatir demonios es deleznable. ¡Pues has de saber que estamos haciendo mucho más por Azeroth que toda la Alianza junta! ¡Somos los enemigos más temibles de la Legión!

Vereesa, que permanecía sentada,negó con la cabeza.

—Te estás convirtiendo en un miembro de la Legión, Zendarin, y la única razón por la que los de tu calaña hacéis esto es porque ansiáis poseer cada vez más y más magia. La necesitáis. Sin ella, os marchitaríais…

El elfo de sangre esbozó una sonrisa irónica.

—No todos tenemos una fuente de poder a mano con la que poder solazarnos día tras día. y noche tras noche, prima.

—Hace tiempo que dejé atrás esa ansia, Zendarin, gracias sobre todo a un humano, mi marido, quien ha hecho mucho más por mí que ningún miembro de mi raza. Mis hijos simbolizan mi libertad; nunca me habría atrevido a traerlos a este mundo si estuviese tan enferma como tú.

Zendarin frunció el ceño y acto seguido chasqueó los dedos. Un skardyn se aproximó inmediatamente a la puerta de la celda.

El elfo de sangre abrió la mano y una vara similar a la de Iridi se materializó en ella.

—Sal de ahí, prima —le ordenó mientras el skardyn abría la puerta—. A menos que quieras ver cómo desollamos vivo a alguno de tus compañeros.

A Vereesa no le quedó más remedio que obedecer. La forestal le indicó con un gesto a Grenda que interrumpiera su silenciosa protesta, y sin más dilación abandonó la celda.

Su primo la escudriñó de arriba abajo con la mirada.

—Veo que sigues en forma. Debes de hacer mucho ejercicio con tu mascota humana. Eso está bien. Cuanto más fuerte te encuentres, mejor podrás servirle a ella.

—¿Qué quieres decir?

—Necesita esclavos constantemente; la tasa de mortalidad es muy elevada… —le explicó Zendarin, y, antes de que Vereesa pudiera replicar, le espetó —: Y ahora cierra la boca y pon las manos a la espalda.

Le puso la punta de la vara en la garganta con el fin de enfatizar la orden.

La forestal acató la orden. De inmediato, Zendarin apartó la vara de la garganta de su prima y alzó la punta cristalina hasta la cabeza de la alta elfa. Fue bajando la punta poco a poco hasta apuntar con ella al suelo.

-Ajá.

Levantó la punta de la vara hasta la altura de la pantorrilla de la forestal.

Vereesa profirió un grito ahogado. Tuvo la sensación de que se le quemaba la pantorrilla.

—Puedes soportarlo —observó su primo con frialdad—. Tú no sabes qué se siente cuando te quemas de verdad…

Entonces se escuchó cómo algo se rasgaba, y la delgada hoja de metal que la forestal había ocultado en su bota salió volando y fue a aterrizar a los pies de Zendarin; el metal estaba caliente y había adquirido una tonalidad anaranjada, como el hierro al rojo vivo.

Vereesa apoyó el peso en la otra pierna y se quedó mirando fijamente al elfo de sangre.

—Sabía que tramabas algo. Los forestales son ingeniosos, pero la dinastía Brisaveloz nos supera.

—Eres la oveja negra de nuestra estirpe, Zendarin.

Al oír esas palabras, el elfo de sangre se mofó de ella.

—¿Acaso no lo es ese miembro de la familia que se acuesta con un humano e incluso procrea con él? ¿O esa otra integrante de nuestra dinastía que terminó siendo un alma en pena? No soy el más deleznable de nuestra estirpe, ni mucho menos; ¡soy su futuro!

La alta elfa no respondió; esos comentarios le habían dolido mucho. Los referidos a ella no le habían resultado tan terribles; en el pasado tuvo que plantar cara a los prejuicios de su raza y de la de Rhonin, y acabó convenciendo a casi todos los escépticos de que tenia razón. Lo que más le había dolido era el comentario acerca de algo tan horrendo como unalma en pena.

Como su hermana Sylvanas.

Pero el problema de Sylvanas se resolvería en otro momento, o quizá en otra vida.

—Tu silencio es elocuente —dijo el elfo de sangre.

Zendarin le hizo un gesto para indicarle que regresara a la celda.

Apuntó con la vara a los enanos mientras Vereesa volvía a reunirse con Grenda.

—Los demás habéis sido buenos, por lo que veo. Nadie oculta ninguna otra arma…

Los skardyns habían registrado a sus primos a fondo, pero no habían hecho lo mismo con Vereesa. No obstante, Zendarin había subsanado la negligencia.

—Pobres niños —añadió el elfo de sangre, mientras escudriñaba a la alta elfa a través de los barrotes de hierro—. ¿Cómo se sentirán cuando sepan que su madre los ha abandonado? Bueno, pronto podrán contar con su tío para consolarlos… y criarlos si tampoco regresa su padre.

Vereesa gritó de rabia esta vez. Alcanzó los barrotes de un salto e intentó agarrar a Zendarin, que se zafó justo a tiempo. El elfo de sangre se echó a reír, y al rato se le unieron las carcajadas de los skardyns y eldragauro.

—He disfrutado muchísimo de esta reunión familiar —dijo Zendarin, dando por concluida su visita—. Ahora tengo más ganas incluso de conocer a mis sobrinos…

A continuación hizo desaparecer la vara y se marchó. El dragauro se acercó a la celda y obligó a Vereesa a apartarse de los barrotes a latigazos.

—¡Siéntate! —bramó aquel coloso, quien, tras comprobar que tenía todo bajo control, regresó satisfecho a su puesto.

La forestal fulminó con la mirada a sus captores y acto seguido regresó junto a Grenda de mala gana.

—Lo siento muchísimo —susurró la enana—. Tal vez tu marido pueda detenerlo, como es un mago…

—Rhonin es muy poderoso, pero aun así no tengo ninguna intención de depositar todas mis esperanzas en él —replicó Vereesa, que parecía mucho más relajada que antes—. Escaparemos y volveré para ajustar cuentas con Zendarin… Lo juro.

Deslizó despacio la mano hacia la bota en la que no había escondido la daga y sacó de una abertura un cuchillo pequeño. A diferencia de la daga, que era de metal, éste parecía hecho de perla iridiscente.

—¡Por la sangre de Gimmel!

—masculló Grenda—. ¿Cómo has logrado ocultárselo a tu primo?

—Zendarin me registró en busca de armas, pero sólo buscó las que estaban hechas de un material que él conociera. Rhonin forjó esta arma para mí; se trata de un cuchillo sencillo pero muy fuerte hecho con productos marinos. No es mágico. Como mi primo desconocía su existencia, nunca lo habría encontrado; su hechizo simplemente creyó que era un elemento más de la bota.

La Barbabronce negó con la cabeza.

—¡Lo que son capaces de hacer los brujos!

—Yo le sugerí que creara esa arma y él la forjó. Juntos somos mucho más fuertes que por separado —le explicó Vereesa mientras se le escapaba una lagrimilla, aunque enseguida recobró la compostura—. Debemos escapar de aquí en cuanto se nos presente la oportunidad…

Su conversación se vio bruscamente interrumpida por la llegada de alguien Esta vez se trataba de un dracónido. Vereesa examinó con atención a aquella criatura y comprobó que no era Rask.

—¡Sacad a un prisionero! —ordenó el dracónido.

Los skardyns abrieron la puerta. Obligaron a sus primos a retroceder a latigazos, y a continuación separaron a un guerrero del resto, que dos skardynssacaron a rastras de la celda.

En cuanto los guardias se retiraron, los enanos cargaron contra los barrotes. Por desgracia, no pudieron evitar que cerraran de nuevo la celda; tampoco podían hacer ya nada por su camarada salvo gritar furiosos mientras se lo llevaban.

Los skardyns fustigaron los barrotes y los enanos se vieron obligados a apartarse de ellos.

El dracónido estalló en carcajadas.

—Ya os llegará vuestro turno. Todos acabaréis sirviendo a nuestra ama.

Tras pronunciar esas palabras, aquella bestia negra se fue por el mismo camino que habían seguido los demás.

—¿Qué le van a hacer a Udin? —preguntó un joven enano.

—Probablemente lo torturarán con el fin de que confiese si hay más enanos ahí fuera —respondió otro guerrero. Grenda se volvió hacia este último.

—¿Eres bobo, Falwulf? ¿No has escuchado al elfo de sangre? No están interesados en saber si se ha quedado fuera alguno de los nuestros; lo que quieren es convertirnos en sus esclavos…

Un murmullo de inquietud se propagó entre los prisioneros. Los enanos eran guerreros; si les plantaba cara un enemigo armado, combatían hasta la muerte. Había honor en la muerte en batalla, pero no en la esclavitud.

Grenda miró a Vereesa y le dijo:

—Si tienes alguna idea que nos ayude a huir de aquí, éste es un buen momento para contarnos tu plan.

La mirada de la forestal se desplazó de su aliada a los skardyns que montaban guardia.

—Quizá la fuga cueste muchas vidas…

—Es mejor morir que no saber lo que nos espera.

—Como queráis —replicó Vereesa al tiempo que ocultaba el cuchillo en la palma de la mano y se recostaba para no despertar las sospechas del guardia—.

Que todo el mundo se prepare para entrar en acción a mi señal. Debemos actuar todos a la vez, aunque puede que con esto sólo consigamos una muerte rápida.

—Adelante —confirmó Grenda, que se giró disimuladamente hacia uno de sus camaradas.

Mientras la alta elfa vigilaba, la enana hizo correr la voz entre el grupo de guerreros. Todos los Barbabronce se mostraron de acuerdo sin titubeos. Como Grenda había señalado, no tenían otra opción.

De algún lugar próximo a la cámara de las celdas llegó un grito espantoso. Por fortuna fue breve, pero aun asíquedó grabado a fuego en sus mentes.

—Ése era Udin —murmuró el joven guerrero que había preguntado qué le iban a hacer a su compañero.

Los skardyns se echaron a reír descaradamente. Uno de ellos se acercó a los barrotes y por primera vez dijo algo inteligible.

—Ya no se resiste. Ahora es un buen esclavo… —siseó mientras escudriñaba a los cautivos con una mirada fiera—. ¿Quién quiere ser el siguiente?

Los centinelas estallaron en carcajadas.

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