La noche del dragón – Capítulo Trece

La noche del dragón—¿Lo has percibido? —preguntó Kalec a Krasus—. Algo sucede más allá de la montaña…

El mago dragón no respondió; su atención seguía centrada en la entrada de la prisión.

Su obstinado silencio terminó por enfurecer al joven dragón azul. Había intentado hablar con el otro dragón una decena de veces, pero Krasus ni siquiera había respondido con un gesto de asentimiento. Estaba sentado hierático como una estatua, y aunque

Kalec sabía que su compañero tramaba algo, le había indicado en más de una ocasión que sería conveniente que compartiera con él algunos detalles.

Krasus, por su parte, sabía que a Kalec todavía le tentaba el ofrecimiento del elfo de sangre, aunque sólo fuera para aprovecharse de él en su propio beneficio, lo cual tenía su mérito pero no bastaba, pues el verdadero mal que anidaba en Grim Batol era Sinestra.

Por eso Krasus prefería no discutir con Kalec, y había escogido otra opción mucho menos plausible que les permitiera salir de allí.

—No somos mejores… —observó el dragón azul amargamente.

A pesar de estar concentrado en lo que tenía entre manos, Krasus no pudo evitar preguntar picado por la curiosidad:

—¿Qué quieres decir con eso?

—Mi señor Malygos, quien vuelve a ser un ente completo, nunca ha tenido nada bueno que decir sobre las razas mortales y cómo abusan de la magia. Sostiene que únicamente los dragones son dignos de utilizar la magia y capaces de emplearla como es debido —le explicó Kalec sin dejar de negar con la cabeza—. Ahora mismo, me da la impresión de que los dragones le dan peor uso que nadie…

Krasus iba a responderle cuando percibió una presencia que avanzaba por el pasillo en su dirección. No irradiaba la misma magia que Zendarin, el matamagos o, lo que era más importante, ella. Tal vez fuera al fin quien estaba esperando.

Un skardyn hizo acto de presencia.

Krasus, lejos de desanimarse, albergó más esperanzas. Aquella criatura emitió un gruñido idéntico al idioma que el dragón mago les había oído hablar en otras ocasiones.

El enano cubierto de escamas miró hacia él.

Krasus cruzó su mirada con la del skardyn y no la apartó. Para ello no se valió de la magia, sino de su férrea voluntad.

Kalec dejó escapar una exclamación ahogada. El dragón había intuido lo que Krasus planeaba.

El skardyn permaneció inmóvil unos segundos, sin dejar de mirarle. Entonces, muy despacio, fue entrando en la cámara.

Sin embargo, no se dirigió hacia Krasus, sino más bien a la pared más cercana. El skardyn comenzó a trepar por ella con la mirada clavada en los ojos del mago dragón.

Krasus lo guiaba con su mirada. A lo largo de milenios había llegado a dominar el mesmerismo. No solía recurrir a esta habilidad, porque despreciaba a los que dominaban la voluntad de otro aunque sólo fuera por un breve lapso de tiempo, pero a veces no quedaba más remedio, como era el caso.

A pesar de su complexión rechoncha, el skardyn era un escalador consumado, lo cual no resultaba sorprendente dado que vivía en las cavernas de Grim Batol. Krasus lo obligó a proseguir su ascenso hasta que llegó casi al techo.

En ese momento posó su mirada en la esquirla que flotaba en el aire.

Acto seguido saltó.

Su robusto cuerpo de enano rodeó la esquirla. En cuanto tocó aquel fragmento mágico, la silueta del skardyn estalló en un destello dorado. Y a pesar de los terribles dolores que estaba sufriendo, la criatura no soltó el objeto.

Al final, el skardyn y el fragmento cayeron al suelo.

—¿Sigue vivo? —preguntó Kalec.

—Su muerte era inevitable —contestó el mago dragón con tristeza.

Krasus servía y defendía la vida, y se sentía muy incómodo cuando las circunstancias le obligaban a manipular fríamente a otra criatura. No obstante, intentó olvidarse de los remordimientos, y le preguntó al dragón azul:

—¿Puedes sentir cómo ha cambiado todo a nuestro alrededor?

Al principio, Kalec no pareció comprender. Pero enseguida frunció el ceño.

—La influencia de ese… fragmento ha menguado. sólo un poco. pero ha disminuido.

—Tuve la corazonada de que la runa que lo hace invulnerable a casi todo tipo de magia nos permitiría utilizarlo como amortiguador, por así decirlo, de los poderes de la esquirla.

Kalec se revolvió con la intención de librarse de las ataduras. Krasus pudo percibir cómo el dragón azul intentaba usar su magia inútilmente.

—Así no conseguirás nada —le dijo el dragón rojo.

Kalec frunció el ceño.

—Entonces, ¿para qué has hecho todo esto, anciano? ¿Para qué te has tomado tantas molestias si seguimos sin poder escapar de esta cámara?

—Podremos… si aunamos esfuerzos.

El dragón azul no parecía muy convencido.

—Además de la esquirla, hay otra fuerza que nos está debilitando. y algo más que se centra especialmente en ti.

—No te preocupes de ese último misterio. Sinestra llevaba mucho tiempo preparándose para mi llegada, sabía que acabaría entrometiéndome como es mi costumbre; un mal hábito que siempre me recriminas. Fui atacado por una tormenta, un monstruo marino y magia procedente de diversas fuentes tenebrosas, entre ellas un naga que sospecho que se vio en la disyuntiva de acatar las órdenes de Sinestra o sufrir una agonía. Si a todo eso añadimos una herida de la que en ese momento estaba convaleciente, es normal que ahora me encuentre muy débil y fuera tan fácil derrotarme… No obstante, dejé que todo eso sucediera conscientemente —le explicó Krasus mientras se enderezaba—. Pero no estoy tan débil como creéis. Si aunamos esfuerzos, deberíamos ser capaces al menos de librarnos de nuestras ataduras.

—Entonces, ¿qué es esa fuerza

adicional que nos está agotando? —insistió Kalec al tiempo que se preparaba para soltarse.

—Tengo mis sospechas, pero si te las cuento, añadiría más incertidumbre a nuestra situación. De todos modos, en cuanto estemos fuera de esta cámara podremos resolver ese asunto y todo lo demás como es debido.

—Hablas tan poco claro como siempre. A tu reina le debe de encantar el misterio…

Krasus no dejó entrever que ese último comentario le hizo sentir remordimientos. El dragón rojo no estaba tan seguro de que pudiera sobrevivir a aquella misión y volver a ver a su amada. Si bien era cierto que había vivido situaciones muy peligrosas, también lo era que la edad le estaba pasando factura.

Pero eso no quería decir que tuviera intención de renunciar a su papel de adalid de Azeroth, que había asumido voluntariamente hasta que la muerte viniera a por él.

—Aunemos nuestras voluntades y concentrémonos —le indicó a Kalec.

A pesar de que no era algo que el dragón azul quisiera hacer, asintió y cerró los ojos. Krasus hizo lo mismo.

Aunque Krasus sabia que su magia y la de Kalec eran distintas, se sorprendió al ver las peculiaridades de la magia de su aliado. Había algo en ella que no había percibido en ningún otro dragón azul, incluido el propio Malygos.

Krasus supo en ese mismo instante qué era lo que le hacía a Kalec tan único no sólo entre el Vuelo Azul sino entre todos los dragones.

Albergaba en su interior un fragmento de la Fuente del Sol.

Y supo asimismo que Kalec ignoraba este hecho. La influencia de la fuente era sutil y muy profunda. De hecho, se había fusionado tanto con la esencia del dragón azul que Krasus concluyó que era a propósito.

Antes de asumir su verdadero destino, Anveena le había dejado a su amado aquel regalo como una muestra de su amor. Sin que Kalec lo supiera, su amada siempre estaría con él, incluso en los momentos más tenebrosos.

En cierto sentido, Kalec y Anveena estaban más unidos que Krasus y Alexstrasza.

El mago dragón percibió que Kalec, quien ignoraba lo que su aliado acababa de descubrir, se impacientaba. Anveena había tenido sus razones para no revelar este hecho a su amado, y el dragón rojo respetaba su decisión.

Sin más dilación, se concentró y unió todo el poder que fue capaz de reunir con el que poseía el otro prisionero. Juntos, se concentraron en

una de las ligaduras que ataban a Kalec. Krasus había decidido que el primero en liberarse fuera el dragón azul. Si algo sucedía, quería que al menos él pudiera huir y alertar al resto de los Vuelos de Dragón.

Al principio no ocurrió nada. Por fortuna, habían dado por sentado que con la esquirla era más que suficiente. Krasus y Kalec hallaron el punto débil del hechizo que reforzaba sus ataduras y lo anularon.

La muñeca del dragón azul estaba libre.

Después resultó muy fácil quitarse el resto de las ataduras. En un minuto, ambos estaban en pie, aunque un tanto doloridos.

—¿Y ahora qué, Korialstrasz? ¿Nos llevamos esa esquirla? —preguntó Kalec.

El dragón azul insistía en llamar a su aliado por su nombre de dragón. Krasus siempre había preferido utilizar el nombre correspondiente a la forma que portaba en cada momento, una opinión que el joven dragón no compartía.

—Me llevó meses reunir los pedazos que conformaban esa esquirla y aprender los conjuros que me permitieran manejarla. Ese espantoso trozo en concreto pertenece a Sinestra —dijo Krasus mientras propinaba una patada al skardyn, cuyo cuerpo había quedado severamente quemado en su parte frontal debido al contacto con la esquirla—. Sólo se puede hacer una cosa con ella: dejarla aquí.

—No es la opción que yo escogería.

—Ni yo…

Sin embargo, a pesar de haber dicho eso, Krasus se dirigió a la entrada como si la esquirla no existiera. Después de un momento de titubeo, Kalec corrió tras él.

—¿Por dónde se sale? —le preguntó el dragón azul en el pasadizo.

—Lo que tenemos que encontrar no es el camino a la salida, sino a las entrañas de este lugar.

Kalec meditó al respecto, y acto seguido asintió.

—Por supuesto.

—Debemos localizar al dragón que tienen cautivo; a ése al que Iridi llamó dragón abisal. Y decidir si es seguro liberarlo o no, en cuyo caso habrá que destruirlo rápidamente.

—No será una elección fácil, teniendo en cuenta el estado de debilidad en que nos encontramos.

—Eso es lo otro que debemos localizar; supongo que no estará muy lejos del dragón abisal. Si bien esa esquirla del Alma Demoníaca era lo bastante fuerte como para debilitarnos a ambos, esta montaña irradia un mal nauseabundo que enfermó y mató a los dragones rojos. Un pequeño fragmento del Alma demoníaca no es capaz de algo así. Sinestra tiene un as mucho más vil bajo la manga.

El joven dragón se mostró de acuerdo.

—Llegará un momento en que nuestros caminos deban separarse.

—Sé que no disfrutas de mi compañía, así que, cuando ese momento llegue, no debería suponer ningún problema.

Kalec soltó una risita ahogada, pero se contuvo en cuanto se dio cuenta de que Krasus no bromeaba.

Entretanto, el dragón mago había decidido qué dirección debían seguir.

Aunque Krasus había visitado algunas zonas de Grim Batol con anterioridad, su debilidad había afectado en cierto modo su memoria y no recordaba nada.

—Por aquí —dijo, señalando el lugar por donde había visto marchar a Zendarin la última vez.

Kalec se armó de valor.

—Lo que tú digas.

—¿Podrías crear alguna especie de escudo que nos oculte de los sentidos de Sinestra?

—Sí, pero será muy débil, Korialstrasz.

El mago dragón caviló mientras caminaban.

—Sinestra ahora está distraída con sus quehaceres. Tal vez un escudo débil baste para protegemos de sus sentidos.

El joven dibujó un círculo frente a él. Lo podría haber hecho Krasus, pero se reservaba el poder que le quedaba para adivinar qué les aguardaba más adelante.

El círculo que había dibujado Kalec creció hasta ocupar todo el pasadizo de piedra. Entonces se hinchó y se transformó en una esfera que envolvió a ambos dragones, al tiempo que se desvanecía poco a poco.

—Al menos, debería ayudarnos a esquivar a los dracónidos y dragauros —comentó el dragón azul—. Y quizá también al elfo de sangre y a ese matamagos alterado.

—Me conformo con que sirva para algo…

Si bien los pasadizos no estaban iluminados en gran parte de su recorrido, a ellos no pareció importarles. La escasa luz entraba por unos cristales insertos en los muros de manera aleatoria.

—¿Hasta qué profundidad llegan estas cavernas y túneles? —preguntó Kalec en voz baja.

—No conozco a ninguna criatura viva o muerta que esté en disposición de responder a esa pregunta, salvo quizá el mismísimo Alamuerte. Ni siquiera los orcos descendieron a las partes más profundas de las cavernas.

—¿Y los dragones tampoco?

—Tampoco, salvo quizá, una vez más, Alamuerte, puesto que la locura puede sobrevivir a lo que la cordura considera un suicidio.

Krasus omitió señalar que, dependiendo del giro que tomaran los acontecimientos, él tal vez tendría que aventurarse hasta las profundidades más remotas.

Avanzaron por un pasadizo durante un rato, hasta que vieron que se dividía en tres direcciones. Krasus se detuvo en la confluencia de caminos a olfatear el aire.

—Huele a skardyn, así que la opción de dar con lo que buscamos siguiendo los efluvios que traen las corrientes de aire queda descartada. Pero al menos podemos intentar averiguar qué se ve en cada dirección. El pasadizo de la derecha casi seguro que vuelve a ascender. El que sigue recto parece bajar a un nivel inferior y quizá nos acabe llevando hasta nuestro objetivo; estoy dudando entre éste o el que va hacia la izquierda…

Un bramido de dolor estremeció la montaña. Krasus y el dragón azul se animaron todo lo que pudieron a las paredes mientras las rocas caían en cascada.

Al poco rato, el rugido enmudeció y el temblor cesó un instante después.

—Ese grito venía del corredor de la izquierda, Korialstrasz.

—Sí; nuestra decisión está tomada.

Los dragones avanzaron sigilosamente en esa dirección. Krasus habría preferido hacerlo más rápido, pero como ninguno de los dos estaba en condiciones de plantar cara a Sinestra en una larga batalla, tenían que obrar con la máxima cautela.

De pronto se escuchó otro rugido que hizo estremecerse a Krasus. Nunca había escuchado un bramido así, ni siquiera proferido por un dragón. Ni por las dos inestables abominaciones contra las que habían luchado.

—¿Qué… ? ¿Qué ha sido eso?

—Según parece, Sinestra ha tenido un hijo, otro más.

Kalec miró al mago dragón estupefacto.

—¿Un hijo como esas aberraciones con las que nos topamos antes?

—Probablemente, esos engendros palidecerán en comparación con los nuevos. Sinestra no querrá volver a cometer los mismos errores —reflexionó Krasus—. Ese rugido provenía de la misma dirección que el bramido de dolor.

—También sonó más cerca.

—En efecto.

Aguardaron unos instantes, pero en lugar de rugidos escucharon unas voces. Sin mediar palabra, retrocedieron con sigilo por el pasadizo. Krasus señaló a un túnel secundario que no estaba iluminado. Por lo que pudo percibir, no había sido utilizado recientemente.

Kalec prosiguió con su escudo activado. Los dos dragones se detuvieron al llegar a otro cruce de caminos.

La dragona negra se encontraba cerca. Muy cerca. Krasus se preparó para luchar contra ella haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban. Si bien aquellos túneles impedían que ninguno de ellos adoptara su verdadera forma, no eran un obstáculo para que

Sinestra desatara su poder; un poder que superaría al de ambos fugitivos juntos.

Entonces, tanto la voz como la presencia de la consorte de Alamuerte se desvanecieron. Krasus esperó mucho más de lo prudente antes de regresar al punto de partida.

Con Kalec siguiéndolo de cerca, se encaminó al lugar de donde procedían los rugidos. Se adentraron en otra cámara donde Krasus se sintió alerta de inmediato. En un lado había una gran fosa que descendía hacia una oscuridad total. El dragón mago la observó con atención, pero, por mucho que lo intentara, no percibía nada aparte del mal que dominaba toda Grim Batol.

—Qué extraño —masculló Krasus a su aliado—. Pensaba que…

Kalec le cogió de repente del brazo a modo de advertencia.

Dos dragauros entraron en la cámara por el otro lado.

Los dragauros estaban más desconcertados que los prisioneros. Kalec se dirigió hacia ellos con una espada mágica ya invocada en las manos. A pesar de que era mucho más tenue de lo que Krasus esperaba, bastó para traspasar las gruesas escamas y herir gravemente al primer centinela. Mientras aquella criatura enorme intentaba recuperarse, Kalec le seccionó el brazo y le atravesó el pecho.

Mientras éste se desplomaba, el segundo centinela hizo ademán de dar la voz de alarma. Krasus hizo un gesto con la esperanza de que al menos pudiera reunir la suficiente magia como para impedir que alertara a sus compañeros.

El dragauro abrió su descomunal boca, pero no emitió ningún sonido. Entonces el guardia repiqueteó su hacha contra la pared rocosa y obtuvo el mismo resultado.

Esgrimiendo una expresión asesina, Kalec combatió al dragauro superviviente. El hacha del centinela rozó el cráneo del dragón azul, pero éste cercenó con su arma la cabeza del hacha y la separó del mango.

Mientras el guardia intentaba asimilar lo que acababa de suceder, Kalec atacó de nuevo.

El hocico del dragauro cayó al suelo y el monstruoso centinela trastabilló hacia atrás. A pesar de tratarse de un gigante cuadrúpedo, la mutilación que había sufrido era espantosa; no obstante, la espada mágica había cauterizado de inmediato la herida. Presa de una agonía terrible, el dragauro se presionaba con fuerza la cara destrozada.

Acto seguido, el dragón azul atravesó el pecho de aquel guardia con su espada.

Krasus se aproximó a Kalec, que jadeaba, pero no por el esfuerzo. El vetusto dragón se percató de que el joven había revivido un momento crítico de su pasado.

—Tenemos que deshacemos de los cadáveres enseguida —le susurró Krasus con la intención de despertar a Kalec de su ensoñación.

—Esta fosa nos viene que ni pintado —sugirió Kalec, quien creó una esfera brillante de tonos azulados.

Envió la esfera a la fosa para medir su profundidad gracias a su luz, pero como no se veía el fondo, le ordenó regresar.

—Es enorme… y a la derecha hay una caída tremenda, Krasus. Parece un buen lugar donde arrojar a esos dos.

Krasus se mostró de acuerdo. Cuanto más profundamente estuvieran enterrados esos cuerpos, menos probabilidades habría de que alguien los descubriera. Seguramente advertirían su desaparición, pero mientras dilucidaban qué había sucedido, los fugitivos habrían ganado unos segundos preciosos.

Kalec apretó los dientes con fuerza debido al esfuerzo que estaba realizando y, valiéndose de su magia, arrojó al primer dragauro a la fosa; a continuación, Krasus le ayudó a deshacerse del segundo de la misma forma. Mientras el segundo desaparecía de su vista, escucharon cómo el primer cuerpo impactaba contra el fondo.

Kalec sonrió con malicia.

—No hay duda de que se encuentran a una buena profundidad.

Krasus asintió, pero ahora se sentía aún más inquieto que antes. De repente sintió la necesidad de hallarse muy, muy lejos de aquella cámara.

El dragón azul se dio cuenta.

—¿Qué sucede?

—Esta cámara se usa habitualmente… —Mientras hablaba, alejaba a su homólogo del borde de la fosa—. Ese segundo grito que oímos. tenía que provenir de algún lugar cercano a esta cámara, Kalec.

—¿Y?

La sensación de inquietud aumentó. Krasus tuvo la impresión de que algo oculto los observaba.

Entornó los ojos para escudriñar de nuevo la oscuridad del foso.

—¡Vámonos! ¡Deprisa!

Entonces se escuchó un sonido grave y ominoso que los estremeció hasta el tuétano. Se trataba de una risa que prometía cosas horribles; tan horribles que los dragones serían incapaces de afrontar.

Unos tentáculos de energía de color púrpura, que no auguraban nada bueno, surgieron de la fosa. Aquellas monstruosas ondas luminosas no eran un ataque, sino el presagio de que algo

terrible estaba a punto de suceder.

Kalec se resbaló de repente. Su cuerpo se deslizó hacia la fosa como si una mano invisible lo halara. Krasus lo agarró y tiró de él al tiempo que percibía cómo intentaba arrastrarlo también a él al foso.

—¡Suéltame! —gritó el dragón azul—.

¡ Suéltame!

—¡Jamás!

Los pies de Kalec se balanceaban al borde de la fosa. A pesar de sus denodados esfuerzos, Krasus dudaba de que fuera a ser capaz de salvarle ni de salvarse.

Algo tiraba con fuerza del dragón azul.

Krasus no podía seguir agarrándolo.

Kalec profirió un grito y se perdió en la siniestra luz de la fosa.

Krasus también sintió cómo lo arrastraban a las tinieblas. Sus pies habían superado el borde de la fosa y danzaban en el vacío. Sabía que de un momento a otro se uniría al infortunado dragón azul.

Entonces, tan repentinamente como se había desencadenado, aquel fenómeno cesó y el vetusto dragón dejó de percibir la sensación de que algo enorme estaba a punto de asomar del foso. El resplandor de color púrpura titiló y desapareció.

Krasus se alejó del foso jadeando.

Pero no fue muy lejos, porque todavía albergaba la esperanza de que Kalec hubiera sobrevivido. El dragón rojo se puso de cuclillas y acto seguido se concentró en el foso haciendo gala de su férrea voluntad.

De repente, del extremo opuesto de la cámara surgió un potente rayo de energía que le hizo volar por los aires y estrellarse contra el muro más alejado. Medio aturdido, Krasus se deslizó por la pared hasta caer al suelo.

Sinestra se alzaba amenazante sobre él. Contemplarla era algo horrible; aquella mujer carecía de sentido del decoro.

—Eres un auténtico incordio —le espetó en voz baja la consorte de Alamuerte.

Sostenía entre sus manos un pequeño contenedor, un artilugio espantoso con cuatro caras oblicuas que parecía haber sido elaborado con cristales negros y de color rojo fuego que palpitaba, reproduciendo así una imitación perfecta de la respiración de un ser vivo. La parte frontal era la más estrecha, y las dos de los laterales, las más largas. La tapa presentaba un patrón de cristales alternos que conformaban un símbolo que encajaba con la forma de la caja y, para horror de Krasus, identificaban su origen y su fin. Aquel símbolo representaba un volcán, el antiguo emblema del poder de la tierra… y del Vuelo Negro, cuyo amo lo había creado.

Se trataba de un crisalun…

Sinestra abrió la tapa hasta el tope y reveló un hueco con forma de V donde apenas cabía una nuez o algún otro pequeño bocado.

Krasus alzó una mano aun siendo perfectamente consciente de que ese gesto era un vano intento de evitar lo inevitable.

El crisalun absorbió al dragón mago entero. Acto seguido, la tapa se cerró sola y los cristales volvieron a respirar lenta y rítmicamente.

A continuación, Sinestra se colocó aquel artefacto bajo el brazo, se giró hacia la fosa y contempló su interior desde el borde.

Dargonax se estremeció.

—Has sido muy travieso —le murmuró la consorte de Alamuerte a su creación, su hijo más perfecto—. ¡Qué decepción! \by a tener que castigarte…

—Perdónameeeee —imploró desde el fondo de la fosa alguien con una voz fantasmal, como la del viento en un día gélido.

—¡Has pronunciado tu primera palabra! —exclamó la dama desfigurada mientras su ira se disipaba—. Tu primera palabra. Qué adorable. Ya casi eres un hombrecito.

Sinestra contempló una vez más la cámara crisálida, y luego su mirada volvió a posarse en la fosa.

Tras cavilar unos instantes, se rió y se llevó consigo aquella prisión mágica.

Su hijo estaba prácticamente listo para abandonar el nido. Ella, por su parte, tenía que ultimar los preparativos.

El lugar donde Vereesa y los enanos habían sido capturados estaba silencioso como un cementerio. Las grietas permanecían abiertas y de ellas seguían emanando gases sulfúricos.

En ese momento, un nuevo recién llegado a Grim Batol, que calzaba unas robustas botas de cuero con las que apenas hacía ruido al caminar, estaba examinando la zona devastada. El forastero negó con la cabeza y fue en busca de algo que yacía entre la tierra destrozada.

Estaba ahí. Lo sintió como si fuera una parte de él… o ella.

También percibió el mal que formaba parte consustancial de esa espantosa montaña. Si bien ciertos seres deberían haber estado observando sus movimientos no lo estaban haciendo porque aquel extraño les había ordenado que miraran a otro lado.

Había ido preparado para lo peor, y eso era justo lo que había encontrado. Aun así, portaba consigo no sólo su magia sino algunos poderes extra que otros magos le habían cedido. Resultaba irónico que él, que en su día fue injuriado por ellos, ahora pudiera pedirles lo que necesitaba y que éstos se lo concedieran sin rechistar. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces.

Por otro lado, le llamaba la atención que una de las certezas más inmutables de Azeroth consistiera en que el mal anidaba en Grim Batol. Ese axioma inalterable parecía proporcionar una falsa sensación de seguridad a los habitantes de ese mundo.

De improviso detectó la presencia de aquello que buscaba. Le recorrió un escalofrío mientras pensaba con qué se iba a topar. Entonces se percató de que cerca del lugar donde debía encontrarse aquel objeto había una silueta inmóvil. ¿Acaso esa silueta podía pertenecer a…?

A pesar de que no daba excesiva importancia a la propiedad, corrió como alma que lleva el diablo hacia aquel cuerpo.

—¡Loado sea el destino! —musitó.

No se trataba de ella, sino de un montón de roca y tierra con una forma muy extraña.

No obstante, bajo el montículo de tierra estaba lo que había desbocado su corazón. Cogió el talismán y lo levantó. El forastero observó cómo la cadena rota pendía lánguidamente en el aire. Tras haberlo reconstruido con tanto cuidado para que los mantuviera unidos a pesar de la distancia, ese objeto había demostrado ser tan útil como cualquiera de las rocas que conformaban aquel paisaje.

Volvió a echar un vistazo a su alrededor, pero no divisó ni rastro de ella. Ni rastro de Vereesa.

En ese instante, el brujo Rhonin soltó un juramento.

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