La noche del dragón – Capítulo Doce

La noche del dragónLa hermosa doncella de cabellos dorados como el sol sonrió a Kalec y le indicó que se acercará. Pero cada vez que el dragón azul intentaba alcanzarla, cada vez que sus manos estaban a punto de tocarse, ella parecía alejarse un poco más.

Kalec avanzó hacia ella presa de la frustración. Y a pesar de que la muchacha deseaba que se le acercara, el dragón azul no lo lograba.

¡Anveena!, gritó sin despegar los labios.

Unas siluetas se materializaron alrededor de la doncella, entre ellas la de un humano bastante alto que parecía ser un noble y cuya piel estaba en proceso de putrefacción. Al instante, aquel espectro se desvaneció y se convirtió en la sombra de un dragón enorme que carecía de carne y sólo era un esqueleto. Un vermis de escarcha. Acto seguido, ese ser se esfumó y fue reemplazado por la figura de un elfo noble vestido con unas ropas oscuras pero vistosas y tocado con un sombrero de ala ancha.

Kalec señaló desesperadamente a un lugar detrás de ella con la intención de advertirle de la presencia de aquellas temibles sombras, especialmente de una.

¡Anveena! ¡Es   Dar ’Khan! ¡Es

Dar ’Khan!

—¡Es Dar’Khan! —bramó.

—¡Kalec! —exclamó Krasus con una voz que puso fin a la pesadilla y le hizo despertar a una realidad que no era mucho más grata.

Estaban fuertemente encadenados en el interior de una cámara subterránea de Grim Batol. Kalec fulminó con la mirada a su compañero.

—Bueno, una vez más, el gran Korialstrasz ha salvado al mundo. ¿Me equivoco?

El dragón mago no se mostró ofendido por ese comentario irónico, sino que le preguntó:

—¿Sueles tener a menudo esa clase de sueños?

Kalec apartó la mirada para dejar claro que no quería hablar del asunto. Pero el otro prisionero no estaba dispuesto a dar por zanjado el tema.

—¿Sueles soñar a menudo con ella, Kalec?

El dragón azul giró la cabeza rápidamente hacia Krasus.

—¡Siempre que me duermo o estoy inconsciente, como ahora! ¿Satisfecho con la respuesta?

Krasus negó con la cabeza.

El joven dragón suspiró profundamente antes de hablar.

—Estamos en Grim Batol, ¿verdad? Y Alamuerte es nuestro captor, ¿no?

—No. Se trata de Sintharia… o

Sinestra, como prefiere que la llamen; no quiere que se la relacione con su espantoso consorte.

A continuación, el dragón mago procedió a entrar en detalles acerca de su encuentro con la esposa de Alamuerte.

La ira que Krasus había despertado en Kalec fue dando paso a la incredulidad a medida que escuchaba el relato del mago dragón. Acto seguido alzó la mirada para observar la esquirla diminuta.

—¿Ésa es la causa de que nos sintamos tan débiles?

—Eso… y mi pequeña mascota —dijo alguien que no había participado

hasta entonces en la conversación.

Ambos miraron hacia la entrada, donde se encontraba el elfo de sangre que, según Krasus, se llamaba Zendarin. Tras él, en el pasadizo, se alzaba una masa brillante de energía: un elemental que sólo podía ser un matamagos. El dragón azul, que conocía muchas y muy diversas magias, advirtió de inmediato que no se trataba de un matamagos corriente, sino que había sufrido una gran transformación, lo cual lo convertía en un enemigo temible incluso para los dragones.

Kalec percibió que el elemental quería acercarse, pero Zendarin lo retuvo con un gesto.

—Ha desarrollado unos… gustos interesantes —observó el elfo de sangre—. En cierto modo, ahora me recuerda a un devorador de maná.

—¿Qué quieres? —le espetó Krasus.

Una amplia sonrisa se dibujó en el semblante de Zendarin.

—Quiero ser vuestro amigo.

Kalec resopló.

—¿No me creéis? Recientemente he obtenido cierta información muy valiosa acerca de nuestra querida dama de negro. Y he pensado que deberíamos hablar de este asunto cara a.

—Estás jugando con fuego, Zendarin —replicó el dragón más vetusto—, y no queremos participar en ese juego.

¿Acaso crees que no espera que la traiciones para poder conseguir lo que tanto deseas?

—Claro que sí. Y eso lo hace mucho más interesante.

Los prisioneros se miraron. Kalec esperaba que su aliado presionara algo más al elfo de sangre, pero Krasus no parecía dispuesto a aprovechar la única vía de escape que se les ofrecía.

—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó al fin Kalec.

Zendarin esperaba que Krasus dijera algo por su parte, pero como el vetusto dragón permanecía callado, el elfo de sangre se centró en el dragón azul.

—Llegará el día en que sea detenida.

Yo soy un mero elfo de sangre, pero un dragón es más probable que pueda resistir sus ataques en el momento propicio…

—¿En el momento propicio para qué?

—Entonces, ¿estás interesado?

Kalec no ocultó su desdén al responder.

—Jamás hablaría con alguien de tu calaña si no lo estuviera. Aunque me encontrara en unas circunstancias peores que éstas.

Zendarin posó la vista en Krasus.

—¿Y él qué?

El mago dragón guardó silencio una vez más, lo cual enfureció a Kalec.

¿Acaso Krasus creía que tenían tal abanico de opciones para fugarse que se permitía el lujo de negarse a seguirle la corriente al elfo de sangre?

—Él no habla en mi nombre ni yo en el suyo —le espetó el dragón azul al elfo de sangre—. Me interesa… tanto como a ti mi ayuda.

—Lo cierto es que preferiría contar con dos dragones en lugar de uno. Así que te daré algo de tiempo para que convenzas a tu amigo. Pero has de saber que el tiempo no nos sobra precisamente.

Tras pronunciar esas palabras, Zendarin se escabulló. El matamagos no lo siguió de inmediato, sino que merodeó cerca de la entrada como si todavía estuviera ansioso por acercarse a los prisioneros. El elfo de sangre lo llamó y se desvaneció al fin.

—Han convertido a un demonio menor en algo mucho más espantoso —comentó Krasus—. Así funcionan las cosas en Grim Batol. Aquí el mal no sólo prospera, también se transforma…

—Pero ¿a ti qué te ocurre? ¿Por qué no le has seguido la corriente?

—Ese elfo de sangre es un necio de tomo y lomo, no merece la pena jugar con él, joven dragón. Las tinieblas de su alma son insondables, pero palidecen ante las que anidan en el corazón de Sinestra, que son mil veces más poderosas. No vale la pena correr el riesgo que conlleva negociar con él, hazme caso.

Kalec le lanzó una mirada iracunda.

—Nunca te entenderé. Haz lo que quieras. Si Zendarin regresa, puedes quedarte aquí, pudrirte bajo esas cadenas y matar el tiempo contemplando el maldito fragmento hasta que esa dama venga a sacarte de aquí a rastras para sacrificarte o para lo que tenga pensado hacer contigo.

—Ha creado un dragón abominable, y nuestras vidas van a ser el alimento de ese engendro…

—Lo cual me reafirma en mi decisión de que debemos aprovechar cualquier oportunidad de escapar que se nos presente, a menos que se te ocurra un plan genial.

Krasus entornó los ojos.

—Yo no lo calificaría como «genial», ni siquiera es un plan en realidad, pero… pero quizá haya algo que pueda hacer después de todo.

El dragón joven aguardó a que Krasus le diera más explicaciones, pero éste centró su atención en la entrada y se quedó mirándola fijamente.

Está aquí…         Korialstrasz        está

aquí…

Sinestra se         regodeó en        ese pensamiento una vez más. Todas sus maquinaciones iban a dar su fruto tal y como había soñado. En efecto, había obtenido mucho más de lo que esperaba; el dragón azul seguramente era un regalo de las parcas.

En ese instante, la consorte de Alamuerte llegaba al borde de la fosa donde descansaba su vástago favorito, el cual, a pesar de estar muy hambriento, había aprendido a confiar en que le darían de comer en el momento adecuado y del modo adecuado.

—Es una lástima que Korialstrasz y el dragón azul no hayan llegado antes —murmuró Sinestra para si—. Si sus esencias hubieran sido vertidas en el huevo, habríamos obtenido mejores resultados. Ya no formarán parte integral de la mezcla, aunque si la completarán. Qué pena…

No obstante, hay otros huevos, le recordó una voz en su cabeza. Los próximos podrán disfrutar de esas energías de las que su predecesor no pudo gozar. Serán más poderosos que él y se convertirán en el verdadero legado de tantos años de sufrimiento…

—Sí —respondió la dama desfigurada en voz alta—. La próxima generación superará incluso a Dargonax.

En cuanto pronunció ese nombre, la criatura de la fosa se estremeció.

—Calla, calla —le susurró la dragona demente—. Descansa, querido Dargonax… Pronto se te servirá la cena.

El silencio reinó de nuevo en la fosa. Satisfecha, Sinestra invocó a dos skardyns.

—Descended. Ya sabéis lo que necesito. Me encontraréis en la caverna del dragón abisal.

Gruñeron como demostración de que entendían perfectamente lo que les estaba ordenando, y acto seguido se apresuraron a cumplir su cometido.

Sinestra contempló el foso negro una vez más, y a continuación se dirigió a la caverna. Ya se imaginaba cómo sería la siguiente generación de huevos, y los magníficos vástagos que eclosionarían

de ellos.

—Por fin… —susurró la dragona negra—. Por fin.

El engendro de la fosa volvió a estremecerse. Esa cosa había descubierto hacía tiempo que si se mostraba complaciente, podría obtener mucha información. Aunque esta vez quizá hubiera obtenido más de la que habría deseado.

Habría una próxima remesa de huevos. de la que eclosionarían unos nuevos hermanos y hermanas. mucho mejores que él.

Dargonax siseó.

Los enanos y sus dos extrañas aliadas avanzaron sigilosamente hacia Grim Batol. Vereesa había insistido una vez más en que debían salir al exterior, y Rom la había convencido de que era mejor esperar a que cayera la noche. De día, los enanos llamaban demasiado la atención; los centinelas los habrían divisado con facilidad y, además, había otros factores mágicos que había que tener en cuenta.

Iridi les daba esperanzas respecto al último aspecto. Si bien era cierto que el elfo de sangre podía detectarla, la draenei sospechaba que Zendarin no conocía ni dominaba los poderes de la vara con la maestría de ella.

—La tiene desde hace poco tiempo, seguramente desde poco antes de capturar al dragón abisal —les explicó la sacerdotisa a los demás.

El hecho de que existiera algo como el dragón abisal conmocionó tanto a Vereesa como a los enanos. Iridi desconocía sus orígenes, sólo sabía que había aparecido de improviso en Terrallende y, durante un tiempo, los dragones abisales habían sido una amenaza para su raza. Aunque, por lo que había deducido, habían actuado sin maldad, llevados por la confusión que les embargaba. Ni siquiera ellos mismos

entendían qué eran ni de dónde venían.

De hecho, el dragón abisal era el objetivo principal de la misión de la sacerdotisa. Había intentado olvidarse de la otra vara por miedo a que el deseo de vengar a su amigo pudiera impedirle pensar con claridad en el momento de la verdad. Sin embargo, ahora Iridi comprendía que había cometido un error, que sólo había tratado de evitar tener que aceptar que el peligro que afrontaba era inmenso, y que podría verse seriamente comprometida.

Pero antes de que aquel grupo de valientes partiera hacia Grim Batol, Vereesa le había prometido a Iridi tres cosas. Una era que encontrarían al dragón abisal, aunque si lo iban a liberar o tendrían que destruirlo era una cuestión que se resolvería cuando se les planteara.

—No podemos permitir que se convierta en una amenaza, draenei —recalcó la forestal—. Ni, como todos sabemos, tampoco que lo utilicen para llevar a cabo los monstruosos planes que tienen en mente. Lo liberaremos si vemos que es viable, pero no dejaremos que su maldad se propague. Esas dos abominaciones que has descrito seguramente son un buen ejemplo de lo que sería capaz de desencadenar.

La segunda promesa se refería al elfo de sangre. En este aspecto, Vereesa

se mostró inflexible.

—Zendarin es mío. Si puedes recuperar la vara y devolverla al lugar al que tengas que enviarla, que así sea, pero me reservo a mi primo para mí.

La tercera, y la más importante, era que tenían que encontrar a Krasus y Kalec no sólo por el bien de ambos, si seguían vivos, sino por la sencilla razón de que esa pareja, sobre todo el vetusto dragón rojo, les garantizaba mayores posibilidades de éxito… y de supervivencia.

A pesar de que parecían tenerlo todo en su contra, Rom había intentado animarlos.

—¡No puede ser mucho peor que cuando intentamos tomar Grim Batol durante la guerra! Al menos, esta vez no tendremos que preocuparnos por si aparecen ejércitos de orcos…

—Ya, pero podemos toparnos con skardyns, dragauros y dracónidos —objetó su segunda al mando, Grenda, haciendo gala de su habitual pragmatismo.

Nada los habría arredrado; todos los enanos al mando de Rom habían viajado hasta allí dispuestos a sacrificar sus vidas si fuera preciso.

Grim Batol seguía siendo tan desolado como Vereesa lo recordaba. Mientras la recorría un escalofrío, deseó que Rhonin la hubiera acompañado. Sin embargo, el brujo, a pesar de tener múltiples obligaciones, era el único de los dos que podía atender a los niños. Jalia, una corpulenta matrona madre de seis hijos, cuidaba de los gemelos, para quienes era una segunda madre y una abuela. Además, Vereesa estaba muy lejos y no podía protegerlos.

Rezo por que todos podamos volver a vernos después de esta misión, pensó mientras visualizaba a su marido e hijos. Pero si no era así, haría todo lo que estuviera en su mano para evitar que su primo amenazara de nuevo a su familia.

En las guerras previas, muchos miembros de su familia habían sido asesinados y Vereesa había sabido que su hermana, Sylvanas, había conocido un destino mucho peor. Por si fuera poco, tras haber sufrido tantas y tan terribles pérdidas, elfos de sangre se habían rebelado. Muchos de su raza habían dado la espalda a sus tradiciones y escogido un sendero tenebroso porque la pérdida de poder tras la destrucción de la Fuente del Sol resultó ser una carga insoportable para ellos. Vereesa recordó lo mal que se había sentido al verse privada de su poder, y se preguntó si se habría unido a los elfos de sangre si Rhonin no hubiera estado junto a ella ayudándola a recuperarse. Mucho después, cuando la sensación de pérdida amenazó con repetirse, los gemelos ya habían nacido y pudo volcar en ellos su amor.

Asimismo, llegó a conocer muy bien a Zendarin cuando eran más jóvenes. Siempre había sido ambicioso, pero en aquellos tiempos su ambición tenía nobles propósitos. Quería destacar entre su gente, por muy difícil que le resultara a cualquier individuo romper las barreras impuestas por las castas. Al igual que él, Vereesa tampoco encajaba del todo en el rígido escalafón de la sociedad elfa y comprendía las motivaciones que alimentaban la ambición de Zendarin.

Pero cuando escogió el sendero de los elfos de sangre, toda su ambición se centró en un solo objetivo: obtener más y más magia, tanto para saciar su insaciable apetito como para conseguir el poder que le permitiera robar aún más magia a otros. Si bien Vereesa había oído rumores de sus indecorosos actos, lo consideraba un problema suyo. Al ser un elfo de sangre, Zendarin formaba parte de la Horda, y la Alianza siempre había combatido a la Horda. Ella esperaba que tarde o temprano se dejara llevar por un exceso de ambición y algún brujo o paladín pusiera fin a su existencia.

Fue entonces cuando Zendarin escogió a los hijos de Vereesa como su próximo objetivo. Tanto Rhonin como ella sabían que había algo especial en ellos, porque eran los vástagos de una elfa noble y un brujo, lo cual no era muy habitual. Uno podía percibir su potencial simplemente estando cerca de ellos. Además, nada más nacer, su marido había dicho algo que resultó ser más profético de lo que él había creído.

—Espero que lleguen a ser adultos —había musitado el hechicero pelirrojo en un momento de pesimismo—. Espero que lleguen a ser adultos…

Un simple comentario que revelaba unos miedos muy complejos. Mientras meditaba sobre ellos, Vereesa preparaba una flecha. Su espada, un regalo que su marido le había entregado al partir,

permanecía envainada en un costado.

—Apunta a los ojos o justo debajo de la mandíbula, en la parte superior de la garganta —le había indicado Rom—, si quieres matar a un dragauro en el acto derribar a un dracónido; ésas son las mejores opciones, mi señora.

La forestal estudió la zona con mucha atención. En cierto modo, su visión nocturna era tan aguda como la de los enanos. Sin embargo, las pieles escamosas y negras de los dracónidos y dragauros los convertían en unos objetivos difíciles de precisar. Y si bien los skardyns eran unas presas más fáciles para ella, consideraba que desperdiciaba flechas con ellos.

El primer engendro que divisó fue un skardyn. La nauseabunda criatura estaba sentada de cuclillas en una roca enorme, olfateando el aire como si fuera un perro mientras masticaba algo que no podía precisar; con suerte, no sería nada más que la carne de un infortunado lagarto.

Vereesa tensó la cuerda de su arco y acto seguido la soltó.

Al instante, una flecha atravesó el pecho del skardyn. El enano cubierto de escamas escupió el bocado que estaba comiendo y se cayó de la roca de frente. Su cuerpo impactó contra el suelo con un sonido sordo, tal y como esperaba la forestal.

En la oscuridad, varias siluetas enanas se movieron con objeto de acercarse a las entradas de las cavernas más próximas. Cerca de Vereesa, la draenei aguardaba pacientemente. La forestal le había indicado que permaneciera junto a ella en todo momento y la siguiera siempre que fuera posible. Iridi no había estado nunca en Grim Batol, mientras que la elfa noble aún conservaba algún que otro recuerdo de sus anteriores incursiones… y unas cuantas pesadillas que jamás había mencionado a nadie.

Otro skardyn apareció en una posición más elevada, y Vereesa soltó un juramento en voz baja. Pese a que no quería matar skardyns, una vez más no le quedaba otro remedio. Pero eso no era lo peor; aquella criatura vigilaba desde un lugar tan protegido que incluso a una forestal tan curtida como ella le resultaría muy difícil dar en el blanco.

La draenei le puso una mano en el hombro y, sin más dilación, le susurró:

—Déjame intentarlo.

Antes de que Vereesa pudiera detenerla, la sacerdotisa ya se había escabullido. La elfa noble observó cómo Iridi se abría paso hacia el lugar donde se ocultaba el centinela. Aunque la draenei procuró ser sigilosa, no lo fue tanto como debiera; no obstante, la forestal comprobó sorprendida que el skardyn no la vio ni dio la voz de alarma. De hecho, en cierto momento aquella criatura miró directamente hacia ella, pero no pareció inquietarse lo más mínimo.

Debe de tratarse de algún truco de sacerdotisa, pensó la alta elfa. Había oído hablar de sacerdotes de otras órdenes que eran capaces de pasar inadvertidos ante su presa o parecer una gran amenaza a ojos de su objetivo.

Iridi logró ascender hasta el lugar desde donde vigilaba el skardyn sin que éste se percatara de su presencia. Acto seguido le golpeó en el cuello con el canto de la mano.

El centinela se derrumbó en silencio.

Entonces, desde las rocas que estaban a la derecha de la forestal, Rom hizo una señal casi imperceptible con la que les indicó que avanzaran más. Si bien la entrada les invitaba a franquearla, Vereesa era perfectamente consciente, gracias a lo que le había contado Rom, de que todas las veces que los enanos habían llegado hasta ahí, había sucedido alguna catástrofe.

Sin embargo, lograron aproximarse a su meta despacio pero sin pausa sin sufrir ningún incidente. Los enanos neutralizaron a otro skardyn más e incluso a un dragauro sin el menor contratiempo.

Vamos a rescatarte, Krasus, se dijo Vereesa. Vamos a rescatarte. Y, con un ánimo más sombrío, añadió: VOy a por ti, Zendarin…

En ese instante la tierra tembló.

La forestal dejó escapar un grito ahogado y se aferró a la roca más cercana. Todo cuanto la rodeaba se alzó y cayó como si un tremendo terremoto arrasara la zona.

Extrañamente, Grim Batol seguía siendo un remanso de paz. Los enanos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no caer. Aunque estaban acostumbrados a los temblores de tierra, éste fue tan violento que a duras penas lograron mantenerse en pie.

La elfa noble no divisó por ninguna parte a Rom, pero sí vio a Grenda, quien estaba haciendo todo lo posible por acercarse a ella.

De pronto, la tierra se agrietó entre ellas, y unos gases terribles brotaron de la hendidura; desprendía tal calor que ambas guerreras se vieron obligadas a alejarse.

De aquella grieta, así como de otras que se estaban abriendo a su alrededor, salieron arrastrándose unas figuras grotescas.

Se trataba de unos seres compuestos de roca ardiente.

Una monstruosa aura dorada los envolvía, y se movían como títeres hacia los enanos, que estaban ocupados tratando de mantener el equilibrio. Si

bien las formas de esos engendros recordaban toscamente a un humanoide, carecían de cualquier rasgo distintivo, lo cual los hacía todavía más inquietantes.

—¡Son no-muertos! —gritó Grenda.

—No son la Plaga —replicó la elfa noble—, ¡sino una especie de monstruosidad animada!

Con semejante amenaza no contaban. Quienquiera que fuera el amo o ama de aquel monte, su terrible poder le permitía dominar a esas horrendas criaturas.

Un enano se atrevió a atacar a la feroz criatura que se hallaba más próxima a él. En cuanto el hacha del guerrero impactó en ella, la cabeza de su arma se derritió y acto seguido se le quemó la mano y se vio obligado a soltar el hacha.

Aquel engendro movió su brazo de roca fundida con una celeridad pasmosa, con el fin de rodear la cabeza del enano. Por fortuna, el grito y el sufrimiento del guerrero fueron breves; pero el hecho de tener que ver cómo caía al suelo el cuerpo decapitado de un compañero provocó escalofríos en el resto.

—¡No podemos luchar contra estas aberraciones! ¡Son demasiadas y no podemos combatirlas con estas armas! —gritó Grenda mientras miraba a su alrededor—. ¿Dónde está Rom? ¡Debe

dar la señal de retirada!

Sin embargo, la forestal no quería retirarse, así que se puso el arco a la espalda, desenvainó su espada y se abalanzó sobre el engendro más cercano.

La hoja atravesó con suma facilidad aquel cuerpo suave compuesto de roca fundida. Como Rhonin temía que su mujer pudiera encontrarse con alguna criatura mágica en algún momento, se había cerciorado de que su arma le resultara útil a la hora de enfrentarse a enemigos de naturaleza mágica. A pesar de que aquel esbirro, aquel elemental cayó partido por la mitad, las dos mitades seguían moviéndose tras haber

caído al suelo.

Sin más dilación, despachó a una segunda criatura que avanzaba torpemente arrastrando los pies. Sin embargo, cada vez estaba más claro que Grenda tenía razón al mostrarse tan pesimista con respecto a sus posibilidades de salir vivos de allí. Esos monstruos feroces estaban por todas partes.

A pesar de que había sugerido que debían retirarse, Grenda no se había dado media vuelta y huido sin más. Era una guerrera muy leal, y mientras esperaba a que Rom diera la orden de retirada, hizo lo que pudo para defenderse y atacar con su arma. Por desgracia, el más mínimo impacto contra los cuerpos de aquellas aberraciones suponía que cualquier arma enana acabara seriamente dañada.

Y lo que era aún peor, sus despiadados enemigos seguían aumentando en número. Asimismo, Vereesa se había percatado de que poco a poco, pero con paso firme, estaban obligando a los enanos a juntarse. Aquellas criaturas no parecían muy dispuestas a matar a los intrusos a menos que opusieran una gran resistencia.

Quieren capturarnos, concluyó la elfa noble, consternada. Pero ¿por qué?

En realidad, no quería saberlo.

Vereesa era perfectamente consciente de que su arma era la única esperanza de aquel grupo de guerreros. Así que sin perder tiempo, salvó de un salto la grieta que la separaba de Grenda.

—¡Reúne de inmediato a todos los hombres que puedas detrás de mí! —le ordenó a la enana—. ¡V>y a intentar abrirme paso con mi espada!

—¿Y Rom? ¡No lo localizo!

—¡No podemos esperarle!

Si bien a la forestal le dolía tener que dejar en la estacada a un camarada con el que había compartido tantas batallas, estaba segura de que las posibilidades de sobrevivir del enano habrían sido las mismas lo esperaran o

no.

Grenda vociferó las órdenes a los demás, quienes valiéndose de sus hachas y espadas procuraron mantener a raya a sus abrasadores enemigos; asimismo, permanecieron lo más cerca posible de Vereesa mientras ésta despachaba a un espantoso contrincante tras otro. La elfa noble ignoró toda distracción mientras iba despejando una vía de escape, a pesar de que los miembros mutilados volaban por los aires y varios fragmentos de tierra fundida impactaron contra el peto de la forestal, y en una ocasión no alcanzaron su rostro por muy poco.

La tierra volvió a temblar y otra fisura se abrió ante la elfa noble. Si bien unos cuantos de sus atacantes cayeron por la grieta, aquello importaba más bien poco, puesto que ya no tenían acceso a la vía de escape que había escogido la forestal.

—¡Debemos dirigimos al este! —gritó la elfa noble.

Pero en cuanto se giró para encaminarse en esa dirección, los skardyns y los dragauros se sumaron al ejército de monstruos rocosos que atacaban a aquel grupo de guerreros.

Un dracónido particularmente grotesco encabezaba a los nuevos asaltantes; sólo podía ser aquél a quien Rom había llamado Rask. Vereesa sintió la tentación de coger su arco y clavarle una flecha en la garganta, pero no tuvo ocasión de hacerlo.

—Si tiráis al suelo esas armas, viviréis —les dijo con voz potente el dracónido, y a continuación hizo un gesto dirigido a las filas de silenciosas criaturas compuestas de roca abrasadora—. Si seguís luchando, vuestro destino quedará sellado…

Vereesa no disponía del espacio necesario para poder atacar con su espada, y los enanos tenían el mismo problema con sus armas.

La elfa noble no albergaba ninguna duda de que no tenían nada que hacer. Miró a Grenda, cuya expresión era idéntica a la suya. Como había dicho Rask, sólo había dos opciones. Y donde hay vida, hay esperanza…

—Arrojad vuestras armas al suelo —ordenó Grenda a los demás.

El resto de enanos acató la orden.

Vereesa lanzó al suelo su espada y rezó para que no los mataran a todos cruelmente.

En cuanto el grupo de guerreros se rindió, los cuerpos de los guardianes de piedra se licuaron, y el líquido se filtró por las grietas ante la sorprendida mirada de los combatientes.

Su lugar fue ocupado por los skardyns y los dragauros. Los primeros se apoderaron de las armas de sus primos al tiempo que siseaban o rechinaban los dientes, como si estuvieran hambrientos.

Uno de ellos intentó recoger la espada de Vereesa, pero Rask le mandó retirarse.

—Es mía —declaró el dracónido, quien, sin más dilación, alzó el arma forjada por Rhonin—. Posee un equilibrio perfecto…

Acto seguido dijo a los guardias:

—El ama ordena que los llevéis a las fosas inferiores.

Los guerreros por fin veían cumplido su deseo de acceder a las entrañas de Grim Batol, aunque no como ellos hubieran querido. Vereesa maldijo el poder de esa misteriosa ama a quien se había referido el dracónido, aunque también tenía que reconocer que tal poder la sobrecogía. El aspecto de los despiadados esbirros reforzaba la teoría de que un dragón negro estaba detrás de todo aquello. ¿Se trataba de Onyxia, la hija de Alamuerte? No era probable, porque Rhonin le había mencionado una vez que, gracias a cierta información recabada de diversas fuentes, había verificado que la dragona negra había muerto. Entonces, ¿qué otro dragón podía comandar a ese dracónido de ébano y su cohorte de dragauros? Rask había pronunciado, sin ningún género de dudas, la palabra «ama», lo cual

descartaba a Alamuerte y a Nefarian.

Así que no podían ser ni el padre, ni el hijo, ni la hija…

Pero ¿y la madre?

De improviso, Vereesa deseó no haber contribuido a tomar la decisión de rendirse. Acababa de deducir que ese ser poderoso que se ocultaba en Grim Batol era una de las consortes de Alamuerte, y el único nombre que le vino a la cabeza fue Sintharia.

Había convencido a los enanos de que se entregaran a una compañera del demente Guardián de la Tierra.

Vereesa cogió disimuladamente una daga que llevaba escondida bajo su peto. Como ahora sólo tenían que tratar con enemigos vivos, albergaba la esperanza de poder provocar una distracción y de que algunos prisioneros aprovecharan la oportunidad de escapar, aunque las posibilidades fueran muy escasas…

Entonces, la punta de su espada se acercó peligrosamente a la garganta de la elfa noble, y el calor que desprendía la hizo sudar.

—La daga o tu cabeza —dijo Rusk— tú eliges cuál cae.

La forestal dejó caer la daga. Un skardyn la recogió del suelo, y al instante decidió entregársela al dracónido.

—Una decisión inteligente —añadió

Rask mientras envainaba la espada en su cinturón.

Sin más dilación, guiaron a los prisioneros hacia la entrada de la cueva.

Una guerrera había observado la escena desde una posición elevada, sin que el dracónido la detectara. Iridi no podía hacer nada para salvar a Vereesa y los demás, aunque había estado a punto de descender para intentarlo. Finalmente, la draenei había decidido que podría ayudar a sus amigos más adelante con más garantías de éxito que ahora.

La sacerdotisa echó un vistazo a su alrededor. Más arriba, a bastante distancia, se abría otra entrada. Escalar hasta allí no iba a ser nada fácil, pero no disponía de un acceso mejor al interior de la montaña.

Iridi hizo desaparecer su vara y trepó como una araña por la montaña. No se hacía ilusiones, sabía que las posibilidades de éxito eran escasas; se enfrentaban a una poderosa criatura más maligna que el elfo de sangre, cuyos actos impíos eran más numerosos y tenebrosos de lo que se imaginaba. Ahora todo dependía de ella. Había tenido esa certeza desde el inicio de su viaje; sabía que llegaría un momento en que habría de tomar una decisión crucial de la que dependería todo lo demás. Y ese momento había llegado.

Krasus, Kalec, Vereesa y los enanos habían sido hechos prisioneros. La estrategia más lógica consistía en localizar y rescatar a uno o a varios de ellos. Por otra parte, la forestal había señalado que lo más inteligente sería liberar a Krasus primero.

Mientras Iridi alcanzaba la entrada, sabía, sin ningún género de dudas, que intentaría localizar en primer lugar al dragón abisal.

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