La noche del dragón – Capítulo Once

La noche del dragónIridi abrió los ojos como platos. Se incorporó hasta quedar sentada y gritó:

—¡No! ¡No me alejéis de vosotros! Cuando dejó de chillar se percató de que ya no estaba con Krasus ni con el joven dragón azul, sino rodeada de enanos en un túnel iluminado por antorchas.

De enanos y de una silueta que le resultaba muy familiar.

Segura de que era su prisionera, la draenei invocó la vara. Pero en cuanto la elevó, la elfa noble la agarró de la muñeca.

Iridi se puso en pie, o más bien lo intentó, porque su coronilla chocó contra aquel techo tan bajo y cayó conmocionada de espaldas.

La figura de pelo plateado asió la vara y se quedó estupefacta al observar cómo se desvanecía en su mano.

—¿Qué clase de magia es ésta? —se preguntó Vereesa.

—Una que no vas a añadir a tu arsenal, elfa de sangre —le retó Iridi.

—¡Mírame bien y no te atrevas a llamarme de ese modo, draenei! —le espetó la otra hembra—. Pertenezco al pueblo de los elfos nobles.

Iridi al fin se percató de las sutiles diferencias que la distinguían de los elfos de sangre. Se había topado con anterioridad con elfos de aquella raza y se reprendió a sí misma por no haberse dado cuenta antes. Con ver solo sus ojos le tendría que haber bastado para saber qué era, porque no refulgían con un destello verde.

—Elfa noble, perdona mi arrebato. Mis maestros se sentirían avergonzados de mí.

—Entonces eres una sacerdotisa.

—Más bien intento comportarme como tal —precisó la draenei, lamentándose de sus, según ella, múltiples carencias.

La elfa noble decidió pasar por alto el último comentario.

—Soy Vereesa. Y el enano que está a tu lado es Rom, el líder de estos guerreros.

—Mi señora —masculló aquel enano rechoncho y viejo.

Iridi se quedó mirándolo largo tiempo, al percatarse de que Rom no era tan viejo como parecía. En cuanto se dio cuenta de que se estaba comportando como una maleducada con él, apartó la mirada.

—¿Cómo te llamas? —quiso saber Vereesa.

—Iridi.

—¿Qué haces en las inmediaciones de Grim Batol, Iridi?

—He venido en busca de… —empezó a decir la sacerdotisa, y de repente se detuvo al recordar lo que había sucedido antes de desmayarse—, ¡Krasus! ¡No! ¡Necesitan ayuda! ¿Dónde están?

La elfa noble la agarró antes de que pudiera continuar hablando,

—¿Qué has dicho? ¿Qué nombre acabas de pronunciar?

—Krasus… Nos atacaron u-unas bestias cubiertas de escamas que parecían enanos,

—¡Los skardyns! —exclamó Rom—, ¡Ellos son los que hacen esos ruidos que hemos oído! Os perseguían a ti y a tu amigo, ¿no?

—¡Eso da igual! —les interrumpió Vereesa—, Has nombrado a Krasus. ¿Se trata de un tipo alto, pálido, con ciertos rasgos que recuerdan en cierto modo a un elfo y que posee una mirada propia de alguien de mucha más edad de la que cabría deducir por su aspecto?

Iridi asintió y Rom frunció el ceño.

—Había olvidado ese nombre. No puede ser…

La forestal se inclinó hacia la draenei.

—Veo en tu mirada que sabes qué es en realidad.

—Sí —afirmó la sacerdotisa.

Pero no dijo nada más, y de inmediato desvió la mirada disimuladamente de Vereesa a los enanos y de éstos a ella.

Era evidente que la alta elfa podía leer sus pensamientos. Acto seguido, Vereesa le dijo al comandante enano en voz baja:

—Rom, creo que ya he hablado más de la cuenta ante quien no debo. ¿No podríamos hablar los tres a solas un momento?

—Largaos todos de aquí —ordenó el líder a los demás enanos—. Tú también, Grenda. Todos tenéis tareas pendientes, ¿no es así?

Vereesa aguardó hasta que el último guerrero se marchó, y a continuación se dirigió con un hilo de voz a Iridi.

—Será mejor que no hables muy alto, ni siquiera ahora. El sonido viaja muy bien por estos túneles, y los enanos son muy metomentodos.

Este último comentario lo dijo con cierta sorna. Rom se rió, pero no lo negó.

—¿Es cierto, mi señora? —preguntó al fin el enano—. ¡Sería fantástico que ese Krasus del que habla fuera el mismo que alberga mi vieja memoria!

—«Fantástico» es una palabra que lo define bien, Rom. No recordaba cuánto sabías al respecto, pero, por lo que veo, tus conocimientos son amplios en esta materia.

—Se trata de Krasus de los Kirin Tor —explicó Rom—. Sí, lo conozco por lo que es en realidad: el dragón rojo.

—¿Los demás enanos lo saben?

—No, y seguirán en la ignorancia. Te lo prometo.

Vereesa frunció el ceño.

—Hablas de modo diferente y tu aspecto también es distinto, Rom. Has sufrido cambios que no entiendo.

—Si te refieres a mi forma de hablar, durante un tiempo se me pidió hacer de enlace entre mi pueblo y el tuyo así como con algunos pueblos humanos. Intenté aprender sus modales. Pero hace tiempo que ya no lo hago, así que a veces no encuentro las palabras adecuadas. A veces desearía haber seguido desempeñando esa tarea, a pesar de que era una locura —hizo un gesto de haber perdido un tomillo—, Y respecto… respecto a mi aspecto, creo que es culpa de Grim Batol. Llevo mucho tiempo deambulando alrededor de esta maldita montaña y me ha envenenado. No lo he comentado con los demás, pero muchos de los que en su día lucharon para liberar esta montaña de la presencia de orcos fallecieron a una edad temprana. Envejecieron con celeridad. Supongo que he vuelto aquí porque soy un maldito testarudo, pero lo cierto es que ese mal me está devorando.

—No deberías haber vuelto.

—No podía dejar que otro viniera en mi lugar —replicó, moviendo furioso la

mano que le quedaba—, Pero no es el momento de hablar de ese tema, Si Krasus… Korialstr… Krasus deambula por aquí, al fin podremos poner punto y final al mal que anida en Grim Batol,

Iridi había permanecido callada, más que nada porque le había empezado a doler la cabeza, Empleó su adiestramiento para concentrarse y disipar el dolor, y acto seguido dijo por fin lo que debería haber dicho antes,

—¡Krasus y Kalec se encuentran en peligro! Unos skardyns y unos hombres dragón.

—Probablemente se trate del dracónido Rask y de unos cuantos dragauros,

—Pero había otra cosa más, algo que Krasus llamó matamagos…

Vereesa no pareció muy preocupada por esa información.

—Un matamagos no es un reto para él.

Entonces, la sacerdotisa recordó que el mago dragón se había mostrado muy inquieto ante aquel ser.

—Se trataba de algo distinto. Además, Krasus había sufrido una herida o un mal que parecía de naturaleza mágica.

Ahora sí había logrado captar la atención del enano y la elfa noble, de modo que prosiguió:

—También parecía sospechar qué clase de poder estaba detrás de todo. Su forma de actuar daba a entender que lo conocía muy bien.

—Por la sangre de Gimmel… —juró Rom, cuya mirada se cruzó con la de Vereesa—. No supondrás.

El enano volvió a hablar con el tono de voz y el lenguaje vulgar de antaño.

—¡No puede ser! —murmuró la alta elfa con desolación—. Aunque tal vez. ¡No!

—¿Qué? —exigió saber la draenei—. ¿De quién o de qué habláis?

El enano se acarició una mejilla con el muñón.

—Tienes razón, no eres de aquí, y tampoco provienes de ningún otro lugar de Azeroth. Quizá no conozcas a la bestia negra.

—¿La bestia negra? Bueno, los hombres dragón estaban cubiertos de escamas negras…

—Sí, fueron creados para servir a un único amo y su presencia confirma la posibilidad de que siga vivo y esté detrás de todo esto.

—¿Os referís a un dragón negro? —inquirió la sacerdotisa, quien nunca había visto ni oído hablar de ellos en el breve tiempo que llevaba en Azeroth, aunque no le extrañaba que existieran—. ¿Tan letal es?

—No es sólo letal —susurró Vereesa—; es la encarnación de la

muerte.

—Sí —concluyó Rom mientras se adentraba en las oscuras simas de su memoria—. Sí… Quizá Alamuerte siga vivo y haya vuelto a Grim Batol…

Las pesadillas acosaban a Krasus, muchas de ellas ligadas a recuerdos que preferiría haber olvidado. Revivió la captura de su amada reina y consorte, y cómo los vástagos a los que dio a luz fueron obligados a servir a los orcos. También vio cómo muchos dragones rojos perecían en la batalla al ser utilizados como perros de caza por sus amos.

Después, otras imágenes se mezclaron con las anteriores. Vio a un noble apuesto y siniestro a la vez. A los demonios de la Legión Ardiente. A los grandes Aspectos reunidos…

Si bien algunos de aquellos recuerdos no pertenecían a hechos acaecidos en Grim Batol, estaban relacionados de un modo u otro con esa montaña. Krasus intentó despertarse, pero no podía. Se sentía demasiado débil. Las pesadillas, los recuerdos se habían cobrado un alto precio y habían menguado sus fuerzas; además, su sufrimiento había aumentado.

Entonces, las horrendas visiones se desvanecieron para ser reemplazadas por la sensación de que no estaba solo en aquel lugar ignoto donde yacía su cuerpo.

—No pareces gran cosa —oyó decir a alguien con una voz insidiosa, que por fin logró despertarle—. Y no alcanzo a descifrar a qué rama de nuestra raza finges pertenecer…

En ese instante, un espasmo sacudió al dragón mago. Profirió un aullido y abrió los ojos como platos. Por desgracia, al principio sólo pudo ver sus lágrimas.

Al intentar mover los brazos y las piernas descubrió que estaba atado. En circunstancias normales, unas simples cadenas no lo habrían retenido, pero una

debilidad extrema se había apoderado del cautivo.

—Ah, estás despierto —dijo aquella figura que se alzaba amenazadora por encima de él; se trataba de un elfo de sangre que esbozaba una sonrisa sádica—. Así está mejor. He intentado tratarte con suma delicadeza. Al fin y al cabo, deberíamos ser amigos…

La mirada de Krasus se desvió hasta la vara que el elfo de sangre sostenía en una mano. Era prácticamente idéntica a la de Iridi, y al principio temió que también hubieran capturado a la draenei. Entonces recordó que la había enviado al único lugar de los alrededores de Grim Batol donde podría estar a salvo,

al menos de momento.

Pero no se podía decir lo mismo ni de él ni de Kalec.

El joven dragón azul yacía junto a él, también encadenado. No obstante, permanecía inconsciente bajo su forma de guerrero, lo cual hizo que Krasus albergara la esperanza de que sus captores no supieran aún qué eran.

Desgraciadamente, el elfo de sangre pronto fulminó esa débil esperanza.

—Así que eres un dragón… Los dos lo sois. Fascinante. Esto da un nuevo giro a los acontecimientos.

Como Krasus no quería perder el tiempo con subalternos, le espetó:

—¿Dónde está él? ¿Dónde está tu

amo infernal?

—¿Amo? Yo, Zendarin, carezco de amo —replicó el elfo de sangre, apuntando con la vara al pecho del dragón mago—. Te recomiendo que hables con más respeto a quien te ofrece un leve destello de esperanza.

El coloso lo observaba con renovado interés, cuando de pronto su captor miró hacia atrás.

—Esa desgraciada siempre aparece en el momento más inoportuno —masculló, y acto seguido alzó la vara robada y se transformó en una sombra.

Los sentidos tremendamente agudos de Krasus le permitieron seguir el rastro del elfo, quien no dejó rastro de su paso cuando su figura borrosa abandonó la cámara. El dragón mago aprovechó que estaban Kalec y él solos para escudriñar aquel lugar en busca de alguna forma de escapar rápidamente de allí.

Pero lo que descubrió le hizo sospechar que era la causa de su debilidad. Una esquirla dorada pendía del techo a una altura inalcanzable. El hechizo que la mantenía en el aire era muy ingenioso; Krasus sabía perfectamente qué clase de energías había que manipular para lograr que ese fragmento en particular levitara.

Lo único que llamaba la atención en aquella vulgar cámara era la esquirla, lo cual implicaba que su verdadero captor, pues el elfo de sangre había confirmado indirectamente que no era él quien llevaba las riendas, tenía mucha confianza en que no se fugaría, y también revelaba algo acerca de la identidad de esa misteriosa figura.

Pero Zendarin había dicho algo que había dejado confuso a Krasus. Antes de abandonar aquel cubículo raudo y veloz, el elfo de sangre se había referido a su superior como «esa desgraciada».

Luego era una mujer…

—Onyxia… —susurró el mago dragón.

Sí, ya sabía quién era su captora. De algún modo, la hija favorita de Alamuerte había sobrevivido. Ahora todo encajaba perfectamente, aunque seguía sin saber cómo había logrado salvarse, un misterio que nadie se explicaba.

De tal palo, tal astilla. La dragona no sólo prosiguió con los planes de su padre incubando huevos en una guarida localizada al sur del Marjal Revolcafango, sino que resucitó su identidad de Lady Katrana Prestor, de la dinastía Prestor de Ventormenta, bajo la cual intentó dividir y enfrentar entre sí a los líderes de la Alianza.

Pero pecó de excesiva ambición y su complot contra el rey Varian Wryrm se volvió en su contra. Al final, éste y un grupo de gallardos guerreros que lo acompañaban localizaron su guarida en el Marjal y, tras sufrir innumerables bajas, la mataron, o eso creyó todo el mundo.

Pero cabía la posibilidad de que hubiera sido lo bastante astuta como para engañar a Varían. Onyxia y su hermano se hallaban entre los dragones más inteligentes que existían, si bien es cierto que utilizaban su genio con fines malignos. Nefarian había logrado llevar a buen puerto gran parte de los planes de su padre y su hermana al crear a los dragones cromáticos; planes que se vieron frustrados cuando, presuntamente, unos bravos guerreros lo asesinaron; no obstante, si Nefarian estaba vivo y

Onyxia había contactado con él, eso explicaría muchas de las cosas que estaban ocurriendo en Grim Batol en aquellos momentos.

Entonces, un gruñido captó su atención. Una de las abominaciones enanas entró presurosa en la cámara para comprobar si los prisioneros seguían ahí. Krasus sintió repulsión hacia esa criatura que, contemplada más de cerca, parecía una mezcla abominable de enano y dragón que hacía parecer apuestos a los dracónidos y los dragauros.

Aquella cosa se acercó rauda y veloz a Kalec para examinarlo con cara de hambre. Krasus no dudaba de que sería capaz de comerse a cualquier ser vivo sin matarlo antes y, además, disfrutar con ello. Sin más dilación, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y lo observó fijamente hasta que el engendro miró hacia él.

Si bien la extraña runa brilló con fuerza en su frente, la alimaña abandonó sorprendentemente la cámara corriendo y rechinando los dientes.

Krasus no esperaba que su débil hechizo diese resultado, pretendía asustar a la abominación. El plan había funcionado, pero ahora se encontraba más débil que nunca.

Y además, a merced de la maldita esquirla.

De pronto percibió la presencia de alguien más. Estaba tan cerca que sabía perfectamente de quién se trataba.

Entró en la cámara como una reina se presentaría ante sus esclavos. Y a través de un vaporoso velo observó a Krasus con cierto alborozo dibujado en su semblante y una satisfacción inmensa en su mirada.

—Confio en que te encuentres bien —le dijo con tono meloso, y acto seguido se dirigió a Kalec—. ¿Y quién es este joven y apuesto dragón azul? Es un placer para mí daros la bienvenida a ambos.

Krasus frunció el ceño. No se trataba de Onyxia. Sus sentidos se lo indicaban claramente. No obstante, irradiaba algo que recordaba al espantoso Vuelo Negro; además, Onyxia era una de las pocas hembras que aún quedaban en ese Vuelo.

La mujer giró la cabeza para mostrar el lado destrozado de su rostro. Krasus, que era consciente de que esas cicatrices eran un reflejo de las que lucía cuando adoptaba el aspecto de un dragón, recurrió a su imaginación para poder deducir su verdadera apariencia.

Entonces reconoció a su captora.

—Pero si estás muerta…

Sí, más muerta que Onyxia y que su maldito hermano Nefarian. Más muerta incluso que Alamuerte.

La dama de negro dejó escapar una risa gutural y apartó el velo que le cubría la cara, que formaba parte de aquella ilusión tanto como el resto de su fisonomía, de modo que su rostro quemado quedó totalmente visible.

—No he cambiado apenas, ¿verdad? —inquirió con tono de burla—. A las mujeres nos gusta pensar que conservamos buena parte de nuestra belleza a pesar del paso del tiempo…

—Nunca cambiarás. Tu maldad siempre permanecerá intacta. Sintharia.

—Sintharia. Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba por ese nombre. Ahora prefiero utilizar el que adopto bajo esta forma, Sinestra; un nombre que no recuerda nada al de mi querido y nada añorado consorte —dijo la dragona mientras se inclinaba sobre Krasus—. ¿Cuánto tiempo ha pasado, mi querido Korialstrasz? ¿Quinientos años? ¿Mil? ¿Cuánto tiempo hace que no disfrutamos de nuestra mutua compañía?

El dragón mago replicó, sin ocultar su animadversión hacia su captora:

—¡Ni aunque hubieran transcurrido cinco mil años contemplaría voluntariamente tu rostro, Sintharia! Las heridas que te infligió tu amado Neltharion nunca sanaron, ¿verdad? Te siguen quemando desde la última vez que os apareasteis, ¿no es así?

Sintharia no era una dragona negra más; era la consorte favorita de Alamuerte, la madre de los dragones más horrendos de esa estirpe. Onyxia y Nefarian no habían adquirido toda su maldad del demente Guardián de la Tierra, también de Sintharia, que igualaba en perfidia a su consorte, quien, además, había participado activamente en muchos de sus planes.

No obstante, se suponía que estaba muerta. Krasus recordaba bien aquella época, hacía más de quinientos años pero menos de mil, cuando la cuestión del fallecimiento de Alamuerte aún solía plantearse con frecuencia. Entonces nadie dudaba que su consorte seguía viva. Sintharia había propagado un hechizo contagioso entre los magos de Dalaran que había causado la pérdida de sus poderes a los infectados. Sus planes fueron desbaratados y Krasus fue uno de los magos que participó activamente en su derrota; lograron volver su propia magia en contra de ella y creyeron que había perecido.

Pero, como siempre, pensó el dragón mago con amargura, la dinastía de Neltharion demuestra ser más astuta que la muerte.

La macabra apariencia de la dragona no se debía a ese incidente ni a ningún otro complot que hubiera maquinado. Tal y como Krasus le había recordado, sus espantosas quemaduras eran el resultado, ni más ni menos, de su aparcamiento con el desquiciado Guardián de la Tierra. A medida que la tenebrosa magia y la siniestra locura se habían ido adueñando de Neltharion, éste había ido experimentando una transformación física. Su cuerpo ardía continuamente y desprendía un calor tan intenso que sus congéneres eran incapaces de soportar su proximidad, y mucho menos su contacto.

Sintharia era la única de sus consortes que había sobrevivido a los aparcamientos, o al menos de la que se tuviera conocimiento; aunque eso no evitó que las tremendas quemaduras la atormentaran durante siglos. Quizá fueran las causantes de que se hubiera apoderado de ella la misma locura que poseyó en su día a su señor. Ciertamente, ni siquiera Krasus podía imaginar el sufrimiento que Sintharia había tenido que soportar.

No obstante, a pesar de que Krasus la compadeciera por ello, no le perdonaba nada de lo que había hecho.

—No te puedes hacer idea de la agonía que padecí en aquella época; las heridas me quemaban constantemente —dijo la dragona en respuesta al último comentario del mago dragón, y acto seguido se tocó con una mano, que Krasus vio que también estaba quemada, la mejilla destrozada—. Aún me siguen quemando…

—¿Y a pesar de eso sigues intentando que el sueño demente de tu consorte de acabar con todo ser vivo salvo los dragones que le eran leales, o debería decir leales a ti, se haga realidad, aunque Neltharion ya sólo sea un mal recuerdo? ¿Anhelas ser el nuevo dios, o diosa, de Azeroth? ¿Quieres ser Sintharia, la señora de un Vuelo Negro renovado?

La dama de negro adoptó una expresión de desdén, aunque no iba dirigida a Krasus.

—¡A partir de ahora te referirás a mí como Sinestra, no Sintharia! ¡Hace mucho que dejé atrás ese horrendo pasado! ¡Ningún nuevo Vuelo Negro regirá el destino de Azeroth! ¡El Vuelo Negro ha muerto y nadie va a llorar su trágico destino, y mucho menos yo, Korialstrasz! ¡No atesoro ningún buen recuerdo de él, ni de mi nada añorado señor, ni de nuestros vástagos espurios! Los odio a todos, ¡a Onyxia, a Nefarian y a cualquiera que lograra sobrevivir a sus necios planes! —repuso Sintharia, o Sinestra, se corrigió a sí mismo Krasus, que consideraba la actual encamación de la dragona como un ente aparte, como hacía con su álter ego, riéndose ante el desconcierto del dragón mago—. ¿Por qué debería preocuparme del Vuelo

Negro, cuando puedo engendrar en este mundo un Vuelo mucho más digno, una nueva raza de dragones que se convertirán en dioses?

Krasus meditó un momento la respuesta. Y cuando se decidió a hablar se mostró sarcástico.

—Sí, Sinestra, ya hemos visto los resultados; para ser dioses, perecen con bastante facilidad.

—Eso sólo ha sido una primera prueba, nada más. Si se puede extraer alguna enseñanza positiva de los patéticos intentos del pobre Nefarian en la Cumbre de Roca Negra es la idea, que no pudo llevar a cabo, de que era necesario emplear una magia nueva, además de la sangre y el poder que manejaba, para fecundar un nuevo Vuelo. Una magia única. Una que yo he encontrado…

—Un dragón abisal.

—Oh, muy bien, Korialstrasz… —replicó socarronamente Sinestra, quien continuaba llamando al dragón mago por su verdadero nombre mientras que ella renegaba del suyo. Acto seguido se agachó hasta que su cara quedó a sólo unos centímetros del rostro de Krasus—. Muy bien. Es una pena que no llegáramos a intimar, hacíamos buena pareja. Aunque tanto tú como yo sabemos lo estrictos que son los Vuelos de Dragón en cuestiones de. ¿Cómo decirlo? ¿Mestizaje? No obstante, los Vuelos no se suelen mezclar por culpa de la tradición y los prejuicios, y no porque exista una imposibilidad física.

Como Krasus no decía nada, Sinestra se encogió de hombros, se enderezó de nuevo y añadió:

—De un modo u otro, obtendré de ti lo que deseo…

—¿Cuánto hace que esperabas mi llegada para llevar a cabo tus tenebrosos planes?

—¿Cuánto? Mi querido Korialstrasz, ¡lo tenía planeado desde el principio! ¡El Vuelo Rojo es la esencia de la vida! ¿Qué puede haber mejor para estimular la creación de mis hijos perfectos que dotarles de un poco de esa esencia vital? —Sinestra pronunció estas palabras mirando a Kalec—. La respuesta a esa pregunta me la has dado tú amablemente: dotarles de la esencia de la vida… ¡y de la esencia de la magia! Crearé dioses gracias a vosotros dos.

El mago dragón negó con la cabeza.

—Dices que odias a Alamuerte, pero en verdad debes adorarlo, puesto que te has arrojado a los brazos de su misma locura con avidez.

La dama desfigurada hizo un gesto. Krasus gimió y sintió cómo una parte de sí mismo le era arrebatada momentáneamente.

Lady Sinestra bajó la mano. Mientras Krasus permanecía sentado, jadeando, la dragona replicó con calma:

—Llevas tiempo sufriendo un dolor cuya causante soy yo. Ese dolor te debilitó, y así fue más fácil capturarte; y ahora será más fácil extraer de ti lo que necesito. Vas a sufrir más, mi querido Korialstrasz, y no podrás hacer nada al respecto salvo implorar que me apiade de ti…

—¡Esto no va a acabar así, Sinestra! Vas a terminar igual que Nefarian, ¡víctima de tus obsesiones!

—¿Y vas a ser tú quién me dé el golpe de gracia? Sabes perfectamente qué es eso que pende sobre tu cabeza, que tú mismo has utilizado clandestinamente a pesar de que los Aspectos decretaron que todo fragmento de esa cosa debía desaparecer para siempre. Sabes que no puedes hacer nada, ya que a pesar de que las fuerzas que albergó ese objeto en su día, cuando aún no estaba fragmentado, hayan retornado a aquéllos a quienes les fueron arrebatadas, las esquirlas que quedan conservan parte de su poder.

La dama de negro se giró para marcharse, desdeñándolo como si no fuera una amenaza; Krasus era consciente de que ya no lo era.

—Descansa, querido Korialstrasz… En breve os necesitaré a ti y a tu

amigo…

A continuación lo dejó solo en la cámara, mirando fijamente la entrada de su prisión por la cual había desaparecido Sinestra hasta que por fin alzó la vista para contemplar la esquirla diminuta. Si bien era cierto que había usado magia negra para ocultar un fragmento de ese objeto en su santuario, desafiando así la voluntad de su amada reina, Krasus sabía que si ahora se encontraba en apuros se debía en parte a que se había dejado seducir por su maldad y se había creído capaz de controlarlo y de utilizarlo para derrotar al enemigo, al que pensaba que se enfrentaba con un arma secreta.

Pero hasta el fragmento más diminuto del alma Demoníaca representaba un gran peligro, ya que debido a su naturaleza maligna y al orgullo y presunción de Krasus, tanto él como Kalec corrían el riesgo de perecer por culpa de la locura de Sinestra.

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