La noche del dragón – Capítulo Nueve

La noche del dragónMientras se aproximaban con cautela a su destino, Iridi supo más acerca de la historia de Kalec y Anveena. El joven dragón azul, quien, al igual que Krasus, mantenía su forma semielfa para no llamar tanto la atención, parecía deseoso de contársela. Iridi sabía que eso se debía en parte a su condición de sacerdotisa, aunque quizá también a que quería herir al viejo dragón con sus palabras.

—Era el alma más inocente que uno pudiera encontrar; sí, alma, digo bien —rememoró Kalec con una expresión melancólica—. Carecía de dobleces, de maldad. Era quien era, aunque en verdad no lo fuera.

El dragón azul dirigió su mirada fugazmente hacia Krasus, que caminaba unos pasos por delante de ellos. El anciano había permanecido callado desde que habían reanudado la marcha. La draenei no sabía si eso se debía a que estaba concentrado para protegerlos con su magia o simplemente a que era incapaz de decir nada para aliviar la amargura de su aliado.

Kalec relató cómo había conocido a Anveena, que se había topado con él después de que unos cazadragones, liderados por un enano vengativo llamado Harkyn Piedralúgubre a sueldo de Dar’Khan, quien actuaba bajo una identidad falsa estuvieran a punto de capturarlo y matarlo. Dar’Khan era uno de los responsables de la destrucción de la Fuente del Sol, aunque en realidad lo único que ambicionaba era hacerse con su poder, y su destrucción fue un daño colateral. Sin embargo, en aquel momento ignoraba que la profanación y drenado de la Fuente del Sol por parte de su amo Arthas habían logrado disipar sus energías totalmente. Gran parte de ellas habían escapado y con el paso del tiempo comenzaron a reunirse en un lugar muy remoto.

Hasta que llegó un momento en que Dar’Khan percibió ese fenómeno y decidió viajar hasta allí escoltado por

un grupo de siervos de la Plaga.

Aun así, al principio nadie se percató de que Anveena era la encarnación de la fuente. Incluso Dar’Khan creyó que esa criatura diminuta, una extraña combinación de dragón y serpiente voladora, que salió del interior de un huevo que eclosionó cerca de allí, era el avatar de la fuente. Anveena y el bicho se hicieron amigos enseguida. Ella lo había llamado Raac, por los ruidos que hacía.

Krasus, sin siquiera mirar atrás o aminorar el paso, habló al fin y los interrumpió.

—Ah, Raac, sí. ¿Dónde estará?

—Se desvaneció al mismo tiempo que Anveena. Di por sentado que acudió a ti para informarte de que ya no tenías de qué preocuparte.

En ese momento, Krasus se detuvo a contemplarlos brevemente. Si bien su expresión era imperturbable, Iridi percibió un torbellino de emociones que él no dejaba aflorar.

—Sólo busco el bien de todos los habitantes de Azeroth, Kalec. Además, Raac no volvió a mí.

—¡Vaya! Ese canijo tenía más sentido común de lo que creía.

—Raac ya no me pertenecía. Prefería estar con Anveena.

El dragón más joven frunció el ceño.

—No era el único.

—¿Qué pasó después de que Raac saliera del huevo? —les interrogó la sacerdotisa, temerosa de que pudiera iniciarse una tremenda discusión. Además, no era el momento de dejar aflorar el rencor.

Kalec le contó una historia repleta de aventuras, tragedia y esperanza. Junto a otro dragón azul, una hembra llamada Tyri, partió en busca del brujo Borel. Aquella misión los llevó hasta el Molino Tarren, donde se toparon no sólo con el expaladín Jorad Maza, otra víctima más de los tejemanejes del enigmático Borel, sino también con Dar’Khan y la Plaga. Tras una batalla en la que aparentemente Tyri redujo a

Dar’Khan a cenizas, los tres, acompañados de Jorad, se dirigieron al Pico Nidal, donde se encontraron con el primo del arrepentido Harkyn Piedralúgubre, un enano que logró quitarles a Kalec y a Anveena las bandas mágicas que Dar’Khan les había atado al cuello. Después de aquello, el cuarteto dio por sentado que sus problemas habían acabado.

Sin embargo, el enano Loggi estaba bajo el dominio de otra criatura demente:               el astuto barón Valimar

Mordis. Este Renegado supo ver hasta cierto punto qué era Anveena en realidad e intentó valerse de ella para incrementar el poder del Orbe de

Ner’zhul, una esfera malévola capaz de animar a un no-muerto gigante. Gracias a ese artefacto, Mordis había visto a un vermis de escarcha, un dragón no- muerto, remontar el vuelo.

—Escapamos por los pelos de Mordis y la Plaga —masculló Kalec—. Se lo debemos a un tauren llamado Trag, quien sacrificó su vida para detener a su antiguo amo.

—A partir de entonces, ¿todo fue bien? —Iridi intuía que había sucedido lo contrario.

La respuesta del dragón azul confirmó sus sospechas.

—No, ni por asomo. Loggi fue asesinado, y Anveena, raptada por…

Dar’Khan…

El elfo noble al que habían dado por muerto llevó a Anveena al emplazamiento original de la Fuente del Sol contra su voluntad. Sus compañeros la siguieron, pero aunque lucharon denodadamente para salvar a su amiga, al final fue ella quien los salvó a ellos. En medio de toda aquella confusión, también se enfrentaron al misterioso Borel, a quien Kalec señalaba como el causante de muchos de los problemas que padecían.

La draenei dedujo con facilidad la identidad real del tal Borel.

—Ese brujo. eras tú, ¿verdad, Krasus?

—Claro que era él… Posee mil nombres, mil disfraces. ¡Lleva inmiscuyéndose en todo desde la caída de los elfos de la noche cuando menos! ¡Desde hace más de diez mil años! Es lo único que sabe hacer: entrometerse. ¡Y pobre de aquel que acabe atrapado en la intrincada red de sus planes!

Krasus se giró. Aunque su rostro permanecía imperturbable, sus ojos llameaban de furia. Iridi dio un paso atrás involuntariamente y Kalec se calló sobrecogido.

—¡Recuerdo los nombres de todo humano, elfo, enano, tauren, terráneo, orco, dragón o individuo valiente de cualquier otra raza al que me he visto obligado a recurrir a lo largo de los siglos! ¡Recuerdo todos sus rostros y cómo perecieron muchos de ellos! ¡Cada vez que duermo, una letanía de nombres y rostros asola mis sueños, y lloro la muerte de esas almas audaces!

En ese instante, el aire crepitó alrededor del mago dragón; un acto reflejo inconsciente provocado por miles de emociones acumuladas y reprimidas.

—¡Si pudiera dar mi vida para resucitarlos, lo haría gustoso, Kalecgos! Pero no te equivoques… Y recuerda que, entre los caídos de nuestra raza, muchos eran hijos míos.

Los hombros de Krasus se vinieron abajo como si de repente soportaran una pesada carga. Ambos varones clavaron su mirada el uno en el otro y la sacerdotisa tuvo la sensación de que estaban manteniendo una conversación a dos bandas que ella no podía escuchar. Entonces, el dragón de más edad se giró y continuó avanzando. Kalec permaneció en silencio unos instantes más, y finalmente siguió caminando junto a Iridi por detrás de su homólogo.

A la draenei no le preocupaban las posibles consecuencias que pudiera tener la confrontación que acababa de presenciar. Desde un principio sabía que corrían peligro de ser detectados, y ahora era consciente de que los dos dragones habían multiplicado el riesgo debido a las potentes energías que se habían desencadenado durante la riña. Pero no se atrevió a decir nada, por temor a que volvieran a enzarzarse en otra discusión.

Por otro lado, Iridi quería saber más cosas sobre Kalec y su gran devoción por Anveena, sobre todo qué había pasado entre ellos antes de su «sacrificio». Sin embargo, insistir en ese asunto no era lo más apropiado dadas las circunstancias; además, ella también tenía que mantener la concentración durante el viaje.

No obstante, Kalec parecía incapaz de guardarse los recuerdos para sí, aunque ya no subrayaba su relato con continuas alusiones llenas de rencor hacia el dragón rojo.

—Regresé con los de mi raza después de… lo que le pasó a Anveena —murmuró—. Pero me fue imposible permanecer en aquellas cavernas. Había muy poco espacio ahí dentro. Causé más de una pelea; además, los dragones azules no sólo empleamos nuestros dientes y garras para luchar, también usamos magia. Al final llamé la atención de mi señor Malygos, quien sabía muy bien que no podía quedarme más tiempo entre ellos. Se puede decir que fue cosa del destino que surgiera esta misión, aunque tal vez sea más bien una

maldición.

Nada más pronunciar esas palabras, miró fijamente a la espalda de Krasus y añadió:

—Sé qué le ocurrió a la gente a la que encomendaste la misión de custodiar Grim Batol, Korialstrasz. Con independencia del rencor que existe entre nosotros, ruego por que aquéllos a los que más querías no estuvieran entre los que más sufrieron.

—Aprecio el detalle… Y sí, algunos de los que más quería. sufrieron mucho.

Kalec habría seguido hablando si no fuera porque Iridi se puso tensa de improviso al sentir una energía con la

que sólo ella estaba familiarizada.

Alguien estaba utilizando la otra vara naaru, y por una razón que la sacerdotisa tenía muy clara.

Cuando intentó hacer desaparecer la suya, ya era demasiado tarde. El cristal de mayor tamaño refulgía con intensidad, pero no por obra suya.

—¿Por qué estás haciendo…? —Kalec no pudo concluir la pregunta.

La vara se agitó en la mano de la draenei. Sintió cómo disminuía su solidez, como si se disolviera. Lo único que podía hacer era luchar por mantener la posesión de la vara tanto física como mentalmente. Ni siquiera se atrevió a advertir a los demás por miedo a

desconcentrarse.

Sin embargo, Krasus se dio cuenta de lo que estaba pasando, al menos en parte.

—¡Kalec! ¡El enemigo quiere apoderarse de esa vara! ¡No podemos permitirlo!

El joven guerrero agarró la vara con una mano, y alrededor de su cuerpo se perfiló un aura azul. Kalec apretó los dientes mientras obligaba al aura a expandirse hasta el obsequio de los naaru.

Entonces, el aura del cristal brilló con más intensidad aún y envolvió al dragón azul, que profirió un grito y cayó hacia atrás.

El ataque fue tan fuerte que la draenei estuvo a punto de soltar la vara. Resistía a duras penas; tuvo que hacer uso de todo su adiestramiento mental y físico para retener la vara en su poder.

Krasus la cogió de una mano. Aquella figura alta y ataviada con una túnica cerró los ojos. El aura de la vara lo rodeó tal y como había hecho con Kalec, pero el mago dragón sólo gruñó. La draenei, quien sabía perfectamente qué clase de fuerzas estaban enfrentándose, se maravilló ante la capacidad de resistencia de Krasus después de todo lo que había sufrido.

De pronto, un resplandor carmesí comenzó a cubrir el aura del cristal. En unos segundos, el mago dragón no sólo confinó la batalla de nuevo al ámbito de la vara, sino que sus esfuerzos permitieron a Iridi contraatacar. En ese momento, la draenei recuperó en parte el control sobre la vara y pudo concentrarse para sumar sus fuerzas a las de su protector y repeler así el insidioso intento del elfo de sangre de duplicar sus ganancias obtenidas por medios torticeros.

El ataque cesó, y la sacerdotisa y Krasus, que jadeaban al unísono, pudieron librarse de la tensión que habían soportado.

—Gra-gracias… —acertó a decir Iridi.

Krasus la observó un instante antes de preguntar:

—¿Estás bien? ¿Has recuperado el control de la vara?

—Sí, sí.

De todos modos, por si acaso, la draenei hizo desaparecer la vara enviándola a un lugar que únicamente los naaru conocían, desde el cual sólo ella la podía invocar. O al menos eso esperaba.

Iridi nunca hubiera imaginado que ese elfo de sangre pudiera llegar a arrebatarle la vara, y lo cierto es que casi lo logra. Sabía que los miembros de esa raza de elfos no tenían que ser necesariamente hechiceros para valerse de la magia; sin embargo, éste parecía ser muy ducho en las artes arcanas… o había robado mucha magia. Fuera como fuese, la draenei había pecado de confiada. Si hubiera estado sola, ya no tendría en su poder el obsequio de los naaru.

Y probablemente estaría muerta.

En ese instante centró su atención en Kalec, que se estaba levantando del suelo. El dragón azul dirigió su mirada hacia Krasus y la draenei, y a continuación se quejó al primero:

—Todo se complica cuando tú andas cerca, ¿verdad?

—No sabes cuánto me gustaría que por una vez te equivocaras.

La sacerdotisa se acercó al dragón más joven.

—Deja que te examine la mano.

—Estoy bien. —A pesar de todo, Kalec le mostró la palma de la mano La parte donde acababa de sufrir una quemadura tremenda se estaba curando—. ¿Lo ves? No hay nada que temer.

Iridi no se mostró muy convencida al respecto. Le cogió de la mano y le acarició con delicadeza la palma con un dedo.

Kalec se estremeció.

—¿Qué acabas de hacer?

—Simplemente he localizado el punto por donde han entrado las energías de la vara en tu cuerpo. Me va a llevar un tiempo arreglar este desaguisado.

—Pero si he curado la herida.

—Has curado la herida física y, al hacerlo, algunas energías han quedado atrapadas dentro. Será mejor que no se expandan.

Con la mano que le quedaba libre, la sacerdotisa invocó la vara.

Al instante, Kalec intentó retirar la mano.

—¿Vas a usar esa cosa?

—La causa de una aflicción también puede ser la cura, está escrito. Todo irá bien —le calmó, aunque no mencionó que eso sería así siempre que el elfo de sangre no volviera a intentar apoderarse

de la vara—. Por favor, ten paciencia.

Kalec esbozó un gesto de disgusto, pero permitió que la sacerdotisa tocara la palma de su mano con la punta de la vara. Y no protestó cuando la draenei rozó la parte herida con el cristal, que centelleó fugazmente.

Entonces, un diminuto tentáculo de energía similar a la del aura del cristal brotó de la herida.

—¡Por el señor de la magia! —juró Kalec en voz baja—. No había notado que eso estaba dentro de…

—Ya —le cortó la draenei secamente.

Mientras el tentáculo desaparecía dentro del cristal, apartó éste de la mano del dragón azul.

—Ahora ya puedes curarte esa herida tú sólo si así lo deseas.

Y eso hizo. Mientras tanto, Iridi hizo desaparecer una vez más la vara. Sólo cuando ésta se esfumó pudo respirar tranquila.

—¿Y ahora qué? —preguntó Kalec.

A modo de réplica, algo aulló. Algo que no se encontraba muy lejos de ellos. Algo que recibió un aullido de respuesta desde todas las demás direcciones, o eso le pareció a la draenei.

Zzeraku se impacientó. Ya había concebido un plan, pero aún no se le había presentado la ocasión de llevarlo a cabo. La hechicera y el engendro elfo que era su perrito faldero se habían olvidado de que había llegado la hora de alimentar a su creación. Esa espera interminable le estaba desquiciando.

De repente se percató de que no se encontraba solo. Era un ser indetectable para los skardyns —al fin sabía cómo se llamaban las diminutas alimañas escamosas—, pero no para sus poderosos sentidos. Claro que, al estar atado, esa información no le servía de nada.

Una sombra se desplazó ante sus ojos, que parecía entrar y salir de aquel plano de existencia y que fugazmente adoptaba una forma que Zzeraku era

capaz de distinguir.

Se trataba del engendro elfo, el elfo de sangre. Zendarin.

Puedes verme en cierto modo, dijo maravillada aquella sombra. ¡Eres un ser único! La vara es poderosa, pero tú puedes verme… hasta cierto punto.

El dragón abisal intentó expulsar de su mente esa voz que como un alfiler habría lacerado la carne del elfo de sangre al penetrar en ella profundamente.

Tranquilo, cálmate, amigo mío, le dijo mentalmente Zendarin en tono de burla. Esto no llevará mucho tiempo y quedará entre tú y yo, ¿eh?

Zzeraku estaba muy interesado en saber qué tramaba el elfo de sangre. Intuía que actuaba así movido por la ambición personal, y en cierto modo le admiraba por ello.

Veamos cuánta magia puedo absorber de ti…

Zzeraku divisó entre las sombras esa extraña vara que sabía que no pertenecía al elfo de sangre y cuyo fulgor era invisible a los ojos de los skardyns. Sin duda alguna, el elfo de sangre estaba haciendo algo que no le iba a gustar a la dama de negro.

Está muy cerca, continuó pensando su torturador, más para sí mismo que para el dragón. La habría conseguido, si otros no hubieran interferido.

Necesito más magia… y creo que tú podrás proporcionármela…

Como suponía el dragón abisal, Zendarin también quería alimentarse con sus energías, ya que a pesar de que la vara que sostenía era muy poderosa, no le bastaba para el propósito que el elfo de sangre tenía en mente.

Zzeraku ocultó su regocijo. Tal vez podría llevar a cabo su plan utilizando a este ser en vez de a su creación.

La sombra se acercó más, y apuntó con el cristal a Zzeraku.

De repente, Zendarin se dio la vuelta. El elfo de sangre profirió una maldición que atravesó la mente del dragón como un trueno y huyó de

inmediato.

Un instante después, el único ser que realmente aterrorizaba al dragón abisal entró en la caverna. Los skardyns se arrodillaron rápidamente ante ella.

—Bueno, mi precioso niño —lo arrulló la dama oscura—, ¿cómo estás?

En verdad aquella mujer no esperaba una respuesta, pues la boca de Zzeraku estaba amordazada. A diferencia del elfo de sangre, la dama desfigurada no intentó penetrar en su mente, aunque el dragón no estaba tan seguro de que no le estuviera leyendo el pensamiento.

—¿Has recuperado fuerzas? ¡Quiero que te encuentres bien y lleno de vigor!

Quieres sentirte bien y lleno de vigor, ¿verdad?

Su tono de voz provocó escalofríos a Zzeraku y gran parte de su confianza se esfumó. El dragón abisal estaba convencido de que la mujer conocía sus intenciones y estaba jugando con él.

—¡Zendarin!

El dragón abisal no esperaba que el elfo de sangre respondiera, ni siquiera esperaba que se hubiera quedado cerca, pero Zendarin le sorprendió al entrar en la cámara. Su expresión transmitía inocencia, o al menos toda la inocencia que podía albergar un miembro de su raza.

—Te estaba buscando —dijo el elfo

de sangre.

—¿Me buscabas o te escondías de mí?

—Yo…

En ese instante, la dama tenebrosa mostró el lado deforme de su rostro a Zendarin, para alivio del dragón abisal, que dejó de estremecerse un poco. Pero sólo un poco.

Zendarin fingió sentirse ofendido.

—Por supuesto que.

El elfo de sangre chilló al sentir repentinamente cómo su cuerpo se quemaba por dentro. Su sangre parecía haberse transformado en lava fundida y Zendarin esperaba que en cualquier momento rasgara su piel y saliera a

borbotones.

Cayó de rodillas. La vara se materializó en una de sus manos; pero si la había invocado con la intención de usarla, no tuvo la oportunidad de hacerlo. Se le escapó y, al caer, volvió a desaparecer.

—Uno siente ganas de arrancarse la piel a tiras o de desangrarse para librarse de esta tortura, ¿verdad? Pero no hay escapatoria. Yo nunca puedo escapar…

El elfo de sangre rodó hasta quedar tumbado de lado, sin dejar de aferrarse el pecho con fuerza. La dama oscura siguió observándolo un minuto más y a continuación hizo un gesto brusco.

El dolor cesó abruptamente, y acto seguido Zendarin, que estaba bañado en sudor, dejó de gemir. Le llevó un tiempo recuperar el resuello. Alzó la vista hacia la dama de negro, con una expresión de total inocencia.

—Tenía que recordarte quién está al mando. Pero será la última vez que lo haga. Te he ofrecido muchas cosas, la más valiosa de todas el acceso a una fuente de energía con la que tu raza sólo puede soñar.

El elfo de sangre decidió, de manera inteligente, que era mejor no replicar.

—Sé cuánto significa para ti ese juguete que has robado —añadió la dama tenebrosa, refiriéndose probablemente a la vara—. Yo también percibo, al igual que tú, que entre los que se aproximan se encuentra el que porta su gemela. Sin ningún género de dudas, crees que deberías añadirla a tu colección. ¿Estoy en lo cierto?

Zendarin asintió cautelosamente con la cabeza.

—Bueno, si ese otro juguetito acaba cayendo en nuestras manos, podrás quedártelo; pero te lo advierto, como interfieras en mis deseos, jamás te lo perdonaré.

—Yo-yo nunca…

—Piensa bien lo que vas a decir, Zendarin Brisaveloz. Ya me has decepcionado bastante. Y no soporto

que me decepcionen, como hicieron mis hijos…

—No te decepcionaré. To-todo saldrá como deseas, mi señora.

La dama de negro esbozó una sonrisa que estremeció tanto al dragón abisal como al elfo de sangre.

—Es lo único que pido, lo único.

La dama desfigurada se giró hacia Zzeraku, que quiso esconderse de ella. Sin embargo, sus últimas palabras iban dirigidas al elfo de sangre, que había decidido que no le convenía moverse.

—Aun así, tu pueril intento de hacerte con el otro juguete me ha proporcionado la información que necesitaba sobre él. Ha llegado el momento de actuar. Quizá te interese saber que Rask ya ha salido a cazar, acompañado de unos cuantos skardyns, por supuesto. Y también de tu pequeña mascota.

La última frase hizo que Zendarin entornara la vista y dijera:

—Por supuesto… Dije que estaría a tu disposición siempre que la necesites.

—Me alegro de contar con tu aprobación —replicó la dama oscura, mofándose abiertamente de él—. Creí que te sorprendería que me obedezca sin mediar tu permiso.

—Claro que no.

La hechicera del velo dio una palmada para mostrar su satisfacción.

—¿Nos preparamos para recibir a nuestras visitas? —Dirigió su espantosa sonrisa a Zzeraku—. Después le daremos bien de comer. El pobre tiene tanta hambre. Tanta…

Acto seguido, la dama deforme se marchó, seguida de cerca por el elfo de sangre. Tras oír las palabras que había pronunciado al irse, el dragón abisal se preguntó si, al igual que Zendarin, también ella conocía las intenciones de su cautivo y le había advertido a su secuaz de que, fuera cual fuese su plan de fuga, jamás lograría escapar.

Si ése era el caso, Zzeraku ya no podía albergar ninguna esperanza.

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