La noche del dragón – Capítulo Diez

La noche del dragónAquellos aullidos no se asemejaban a los de unos perros de caza, pero en ellos se detectaba la misma determinación animal. Aunque al escuchar con atención, recordaban más a voces de hombres o enanos.

Los skardyns correteaban por los contornos de Grim Batol como si fueran animales más que unas criaturas racionales. Saltaban por aquella tierra abrupta con más celeridad de lo que sus fornidos y achaparrados cuerpos les permitían. Algunos se arrastraban entre las rocas e incluso trepaban por ellas con tal de encontrar una presa.

Olisqueaban con impaciencia la tierra, el aire, todo cuanto estuviera vivo a su alrededor. Sabían, gracias tanto a su ama como a su maestro de cacería, dónde había estado exactamente la presa que buscaban, pero siempre cabía la posibilidad de que otros intrusos se hallaran por las inmediaciones, como los Barbabronce. Los skardyns tenían especial interés en dar caza a sus primos lejanos. Al fin y al cabo, los Barbabronce eran un suculento manjar.

Ya fuera como bípedos o cuadrúpedos, a ras de suelo o trepando por una pared rocosa, aquella fiera manada cubría en muy poco tiempo largas distancias Un pequeño escuadrón de dragauros los seguía sin perderlos de vista. No eran los maestros de caza, sino los adiestradores. El título de maestro de caza lo ostentaba en exclusiva el más destacado de los siervos escamosos de la dama oscura, el dracónido llamado Rask.

Rask era mucho más grande que las demás criaturas de su monstruosa especie, y también mucho más despiadado. Poseía una mente muy rápida para ser un dracónido y en determinadas circunstancias podía llegar a ser más astuto que un elfo de sangre o un dragón. Sabía cosas sobre su ama que incluso Zendarin ignoraba y, gracias a ese conocimiento, obedecía sus órdenes casi con devoción.

Rask guió a los dragauros bajo su mando en busca de aquella presa con la misma sed de sangre que impulsaba a los skardyns. Su ama le había explicado qué se iba a encontrar y, a pesar de la dificultad de la misión, Rask estaba ansioso por enfrentarse a los intrusos.

—Adelante —ordenó con voz ronca al skardyn más próximo a él, subrayando su impaciencia con un latigazo—. Encontradlos.

Los skardyns se dispersaron. Estaban cerca. Muy cerca.

Rask se giró hacia el dragauro que tenía más cerca y le dijo:

—Da la señal.

El centinela le respondió con una sonrisa fiera y a continuación agitó su antorcha tres veces en dirección a la retaguardia de aquella partida de caza.

Entonces, una forma brillante se materializó fugazmente y al instante se desvaneció.

Rask asintió.

—Bien —murmuró, y acto seguido azotó con el látigo a un skardyn—. Ya son nuestros.

—No hay ninguna razón para que sigamos fingiendo ser lo que no somos —dijo Krasus con tono sombrío—. Lo que estábamos buscando ahora nos busca a nosotros.

—¿Siempre tienes que decir obviedades? —le reprochó Kalec con

cierta hostilidad mal disimulada.

Krasus ignoró el comentario y extendió los brazos. A continuación, la silueta encapuchada comenzó a transformarse.

De repente profirió un grito y se encogió de dolor; su apariencia seguía siendo la de una variante extraña de elfo que no recordaba en nada a su aspecto original.

Mientras Iridi corría en su ayuda, Kalec inició su transmutación. A diferencia de Krasus, no tuvo ningún contratiempo al cambiar de guerrero a dragón.

—¡Protege al anciano! —le exhortó el dragón azul, que despegó al instante.

La draenei sabía que cometía un error al permitir que Kalec, o Kalecgos, su nombre en tanto que dragón, se marchara, pero también reconocía que Krasus la necesitaba. Sin perder tiempo, se inclinó sobre el mago caído para ver qué podía hacer.

—Todo esto… estaba planeado —dijo Krasus entrecortadamente—. ¡Incluso esta debilidad que me atenaza! Esto. comenzó mucho antes de que yo viniera aquí.

—¿Qué quieres decir? —le interrogó la sacerdotisa.

Entretanto, Iridi recorría el cuerpo del dragón mago con la mano separada de él apenas unos centímetros, con la esperanza de poder percibir el origen de su agonía.

Para su sorpresa, Krasus estalló en carcajadas.

—¿Qui-quién, si no, esperaban que viniera en busca de la verdad? Sí… seguro que también esperaban a los dragones azules. los guardianes de la magia. Pe-pero también, y con más razón, me aguardaban a mí.

Iridi no encontraba sentido a sus palabras, ni tampoco la causa de su dolor. No obstante, creyó haber sentido algo mientras recorría su tripa; pero se trataba de una sensación demasiado vaga, como si fuera algo muy pequeño o muy bien camuflado.

—¡No te preocupes por mí! ¡No permitas… no permitas que se enfrente él sólo a ellos! ¡Aún dispongo de los medios necesarios para volver los planes de nuestros enemigos en su contra! ¡Tan sólo necesito un poco más de tiempo!

La sacerdotisa alzó la mirada y comprobó que ya era demasiado tarde para hacer regresar al dragón azul. Sin más dilación, Iridi le comunicó la mala noticia a Krasus.

—Joven necio. —El dragón mago profirió un jadeo y acto seguido pareció recuperarse un poco—. Me cogieron por sorpresa. Si hubiera esperado un poco.

Mientras hablaba, Krasus alzó una mano enguantada. Iridi vio que sostenía una diminuta esquirla dorada, que era al mismo tiempo muy hermosa y horrenda.

—Grim Batol es el único lugar donde se me ocurriría usar esto, y si lo hago es porque estoy seguro de que está vinculado con el mal que anida en esa espantosa montaña —explicó el dragón mago mientras se enderezaba—. Sólo lamento que Kalec pueda volver a sufrir cuando podría haberse ahorrado tanto dolor.

De pronto, todo su cuerpo se estremeció y se le pusieron los ojos en blanco. Iridi pensó que se trataba de convulsiones, pero enseguida se dio cuenta de que en realidad estaba invocando un conjuro muy peligroso y poderoso.

—En el pasado, además de orcos, aquí había dragones —añadió el desgarbado hechicero—. Y uno de ellos era el más oscuro de todos los dragones oscuros. Rememoro ese vil recuerdo ahora con el fin de reforzar este conjuro.

Fuera lo que fuese lo que intentaba hacer Krasus, no llegó a cuajar. Y la esquirla dorada se tornó negra de repente.

Krasus gimió de dolor y, a pesar de sus denodados esfuerzos, al final se vio obligado a soltar la esquirla, que recobró su color y brillo originales en cuanto chocó contra el suelo.

La sacerdotisa se apresuró a recogerla, pero su aliado gritó:

-¡No!

Aunque sus dedos no llegaron a tocar la esquirla, la draenei experimentó de pronto un sorprendente cambio de visión de la realidad. Se vio rodeada por las sombras de cientos de dragones que parecían espectros. No eran fantasmas, sino recuerdos…

Entonces, aquella visión se desvaneció y volvió a hallarse junto a Krasus. Pero ya no estaban solos.

Por los contornos de Grim Batol pululaban unas criaturas rechonchas y bestiales que recordaban a unos enanos cubiertos de escamas como los reptiles, y que corrían a cuatro patas cuando se disponían a atacar. Algunas de ellas, al aproximarse, se enderezaron y blandieron picas o látigos que llevaban a la espalda.

Krasus hizo una señal a la que tenía más cerca.

Acto seguido se plasmó en la frente de aquel ser una desconcertante niña, que entró y abandonó ese plano de existencia con gran celeridad.

—¡Nadie debería conocer ese símbolo! —exclamó el dragón mago—. Nadie salvo…

Pero no pudo terminar la frase porque un látigo se le enrolló alrededor de la mano con la que había hecho la señal. La bestia enana que lo esgrimía tiró de él con fuerza y profirió un gruñido de sorpresa al comprobar que Krasus seguía firme en su sitio.

—Ni siquiera ahora soy un objetivo fácil —masculló a su atacante.

Con una fuerza increíble, empujó con una sola mano a su desprevenido enemigo, que fue a chocar contra otro que acababa de arremeter contra el dragón.

Entretanto, Iridi propinó una patada a otra criatura que tenía intención de agarrarla. Mientras ésta se tambaleaba hacia atrás, la draenei golpeó a otra en el cuello con la muñeca.

Al instante, una pica pasó rozando su cabeza. En el momento en que su portador cogía impulso para volver a atacar, la draenei siguió el ejemplo de Krasus y agarró la punta de la lanza. Se valió del peso de aquella bestia para lanzarla por los aires con tal fuerza que salió despedida por encima de ella.

Pero un látigo se enrolló alrededor de la pica y se la llevó a rastras antes de que Iridi pudiera darle un buen uso. La draenei se mantuvo impasible e invocó su bastón, mientras rezaba para que quienquiera que tuviera en su poder la otra vara no eligiera ese mismo instante para intentar hacerse con las dos.

A su lado, Krasus luchaba cuerpo a cuerpo con la habilidad que cabía esperar en un mago; no obstante, el mero hecho de que tuviera que recurrir al enfrentamiento físico preocupaba muchísimo a la sacerdotisa. Si bien el dragón poseía un poder inmenso, en aquel momento no podía adoptar su forma original ni usar su magia.

Eso le llevó a Iridi a preguntarse qué podía hacer. Si esas criaturas eran inmunes a los hechizos gracias a la runa, entonces sólo podría utilizar la vara como un arma en el plano físico.

Aun así, optó por apuntar con su vara al siguiente engendro que cargó contra ella. Se concentró y…

El enano cubierto de escamas se quedó paralizado a media embestida, con su horrenda boca abierta lista para hincarle el diente.

Se quedó tan estupefacta por el éxito de su hechizo que casi no advirtió que un enemigo aún más monstruoso se aproximaba. Si bien su fisonomía recordaba a alguien de su especie o incluso a un humano o un elfo, daba la impresión de que uno de sus progenitores pertenecía a la raza de Krasus y Kalec, aunque fuera negro como una noche sin luna.

—¡Él! —siseó—. ¡El ama lo quiere a él! ¡A los demás hay que matarlos!

Iridi apuntó con la vara al dracónido.

Al instante, un chillido tremendo

estremeció el firmamento.

Acto seguido, la sacerdotisa alzó la vista y divisó a Kalec rodeado de una extraña aura gris y cayendo en picado del cielo.

Krasus la retuvo.

—¡Vete, draenei! Yo repeleré su ataque.

De pronto se puso tenso. La sangre parecía abandonar su ya de por sí pálido semblante mientras se esforzaba por mantenerse en pie.

—¡Ningún matamagos posee tal poder! —exclamó—. No…

La misma aura gris que envolvía a Kalec se apoderó de él. El dragón mago profirió un gemido y, tambaleándose, le hizo un gesto con la mano a la sacerdotisa.

—¡He dicho que te marches!

En ese momento, el mundo que rodeaba a Iridi se desvaneció.

La elfa noble estaba muy incómoda en aquellos túneles, y no porque tuviera claustrofobia; se sentía más bien contrariada por no poder abandonar la cueva para matar a su traicionero primo.

—¡Alguna vez tendrá que salir! —insistió por enésima vez—. ¡Sólo necesito clavarle una flecha en el lugar exacto para acabar de una vez con él!

—Lo más probable es que él acabe contigo antes de que lo apuntes con tu flecha —rebatió Rom—, No es un elfo de sangre normal. Ansía más magia, sí, pero tiene suficiente como para derrotarte a ti y a cualquiera. Posee ese bastón del que te he hablado, aparte de una mascota cazadora de magos.

—Pero yo no soy un mago como mi marido. Esa clase de poder no me afectaría.

—No has visto a su matamagos. No sé qué le han hecho a esa cosa, pero estoy seguro de que la dama oscura es la responsable.

La elfa entornó los ojos.

—Has mencionado a esa persona anteriormente. ¿Quién es? ¿Otro elfo de

sangre? ¿Una hechicera humana?

El veterano guerrero sacó su pipa, más con la intención de calmarse que de fumar ese tabaco nauseabundo.

—No sé mucho sobre ella, pero he deducido un par de cosas. Es muy pálida, y por los rasgos que aún conserva podría ser humana, o elfa, o quizá sea una mestiza.

—Rara vez ambas razas se mezclan; mis hijos son una excepción. Pero, ¿qué quieres decir con eso de «los rasgos que aún conserva»?

En ese instante, Rom se acordó de la última vez que había visto a la dama de negro. Por fortuna, ella estaba a mucha distancia.

—Si bien porta un velo, éste no esconde que un lado de su cara, o más bien todo un puñetero lado de su cuerpo, sufrió en algún momento unas graves quemaduras. ¡Lo juro por las barbas de mi abuelo!

—¡Es una Renegada! —masculló uno de los enanos.

—No es una Renegada —le contradijo su líder—. Aún hay vida en ella, aunque parezca haber tomado el sendero de la locura y la maldad.

La consorte de Rhonin meditó un instante acerca de lo que acababa de escuchar.

—¿Tiene un nombre?

—No que nosotros sepamos. Todos la tratan como a una reina; una muy cruel. Los skardyns la temen.

—¿Los skardyns?

—Son unos seres que, según parece, en su día fueron unos enanos del clan Hierro Negro. Ahora no son más que unas bestias irracionales. Están cubiertos de escamas como los dragauros y pueden correr a cuatro patas.

—Y su mordedura es venenosa —añadió Grenda.

—No es venenosa, pero te hará enfermar por las porquerías que comen. Los skardyns no le hacen ascos a algo podrido o crudo.

Vereesa asintió. Por su expresión,

Rom adivinó que estaba comparando a los skardyns con ciertas ramas corruptas de la familia de los elfos. Acto seguido rompió al fin su silencio:

—¿Quién crees que puede ser esa hechicera? ¿Y qué hace en Grim Batol?

—Me atrevo a conjeturar que quizá provenga de Dalaran porque sé que domina la magia. Respecto a qué trama, no puede ser nada bueno si está relacionado con esa espantosa montaña, tal y como atestiguan los rugidos.

El enano ya le había hablado de los bramidos, incluso de aquellos que los habían salvado de la trampa que el elfo de sangre les había tendido. Vereesa parecía prestar atención a lo que le contaba, pero lo único que le interesaba de verdad era lo referente a Zendarin.

—¡Esto no puede quedar así! —exclamó—, ¡No lo permitiré!

Rom dejó escapar un gruñido de desaprobación ante su actitud tan obsesiva, aunque reconocía que ése era un rasgo de su personalidad. En ese momento, uno de los centinelas enanos se abrió paso entre los demás,

—¡Rask ha salido a cazar! —gritó el guardia muy alterado,

—¿Qué has oído? —exigió saber Rom,

—¡He oído cómo le gritaba a un grupo de skardyns que peinaban el sendero como una manada de lobos! ¡Y

le acompañan dos o tres dragauros!

El comandante enano se frotó la hirsuta barbilla.

—Rask no abandonaría su refugio a menos que la dama tuviera algo especial en mente. Es su lagarto favorito, el único que no tiene que obedecer a tu primo si cree que no debe hacerlo.

—¿Sabrá ese ser dónde se encuentra Zendarin? —inquirió Vereesa.

Rom soltó un juramento y le espetó:

—¡Mi señora! ¡Ir tras Rask ahora mismo sería una estupidez tan grande como ir tras tu primo!

—Entonces, ¿qué haces aquí, Rom, si quienes podrían arrojar algo de luz sobre lo que se está tramando aquí parecen una amenaza demasiado grande para ser combatida?

La elfa se mordió los labios en cuanto concluyó la frase; ese gesto indicaba que se arrepentía de su arrebato y de la reprimenda que le había dirigido al enano. Durante unos instantes, el silencio reinó en aquellos túneles.

Rom dio unos golpecitos a su pipa contra la pared más cercana, y entonces se dio cuenta de que no había fumado nada, y de que ni siquiera había puesto tabaco en ella, y masculló:

—No has dicho nada que yo no haya pensado antes. Si me he mostrado dubitativo ha sido por las penalidades que hemos sufrido hasta ahora, pero cuando nos encontramos contigo en la entrada de los túneles, estaba planeando adentrarme yo sólo en Grim Batol, y te juro que no miento.

Grenda no podía estarse quieta debido a la furia que la dominaba.

—¡Lo sabía! Sabía que tramabas algo…

—¡Cállate! ¡Como sigas gritando así, atraerás a los skardyns!

—¿A quién habrá salido a cazar el tal Rask? —exigió saber Vereesa—. ¿Quién más deambula por ahí fuera?

—Creía que éramos los únicos hasta que nos topamos contigo. Fuiste tú quien me salvó con aquella flecha, ¿verdad?

La forestal asintió vagamente.

—Podría tratarse de Rhonin, ¿no? ¿Y si estuviera en peligro?

A Rom no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación.

—¿El mago? No sé para qué habría venido aquí. Es un hechicero muy poderoso.

—Tal vez sí y tal vez no —replicó Vereesa, girándose hacia la entrada—. Me ha estado ayudando en todo momento mientras seguía ocupándose de los asuntos de Dalaran, para lo cual ha tenido que hacer un gran esfuerzo. Nunca pensó que acabaría llevando las riendas de la ciudad, pero acudieron a él desesperados. El cansancio es su peor enemigo. Además, tú mismo has dicho que ese matamagos no es como los que ha podido combatir en el pasado.

El enano se mostró de acuerdo con ella a pesar de que albergaba ciertas reticencias.

—Es muy poderoso…

—He de irme —anunció la forestal.

Se abrió paso entre los enanos sin que éstos se lo impidieran; no estaban seguros de qué decisión iba a tomar Rom al respecto.

Soltó un epíteto bastante rudo y a continuación vació la pipa que no había fumado y comprobó que el hacha seguía en su sitio.

—No os quedéis ahí mirando —les espetó con un gruñido a los guerreros que se hallaban más próximos a Vereesa—. ¿Acaso creéis que voy a dejar que salga ahí fuera sola?

Los enanos profirieron un grito potente y siguieron a Vereesa. Rom esbozó una mueca de disgusto: por un lado, se sentía demasiado cansado para luchar, pero por otro lado, se encontraba demasiado agotado para no combatir. Como no alcanzaba a comprender esa sensación, procuró no darle más vueltas.

Lo único que importaba era que estaban abandonando aquellos túneles una vez más, y que dependía de él que no acabaran muertos.

Incluida la forestal.

El centinela que le había advertido a Rom de que Rask había salido a cazar estaba empujando la piedra que llevaba a la superficie. En cuanto empezó a ascender, Vereesa lo siguió muy de cerca.

De pronto se escuchó un juramento que procedía del exterior. Los demás guerreros titubearon, y todos clavaron la mirada en la entrada.

Rom se abrió paso hasta la salida.

—¿Qué nos aguarda ahí fuera? ¿Un dragauro? ¿El elfo de sangre?

Los enanos se hicieron a un lado. Y, a pesar de tener una sola mano, Rom trepó con suma facilidad.

Esto se va complicando por momentos, es demasiado para un viejo enano, pensó.

En ese instante vio un cuerpo en el suelo a sólo unos metros de la entrada de los túneles. Pero no se trataba de un dragauro, ni de un dracónido, ni de un elfo de sangre. De hecho, Rom no estaba seguro de qué era, pues estaba embozado en una capa enorme.

Vereesa se arrodilló junto a la figura que yacía boca abajo. Y con suma cautela, dado que aquí más que en ningún otro lugar el hecho de encontrar a alguien tirado en el suelo podría ser una trampa, la volteó.

Era una hembra, y no cumplía las expectativas de ninguno de ellos. La elfa noble, quien seguramente estaba más familiarizada con otras razas aparte de los Barbabronce, no daba crédito a semejante hallazgo.

Pero, a diferencia de Rom, conocía al menos el nombre de esa raza.

¿Una draenei?, pensó Vereesa.

Krasus no creía que Kalec, el impetuoso y joven dragón, fuese capaz de matar a su enemigo. Aun así, no podía echarle nada en cara a su camarada; él no lo estaba haciendo mucho mejor.

El matamagos se materializó utilizando un poder de traslación que el dragón mago conocía muy bien. Pero no contaba con la resistencia del elemental ni con que su propia magia le fuera devuelta con una intensidad que superaba con creces las habilidades mostradas por cualquier otro matamagos.

Al fin sabía contra qué se había enfrentado cuando envió su mente a Grim Batol. Si bien había albergado algunas sospechas en aquel momento, se negó a aceptar la verdad.

Y ahora, la verdad se cernía sobre ellos.

El matamagos era una masa translúcida de color morado azulado de la que sobresalían unas púas o algo similar muy afilado en el lugar donde deberían estar sus hombros, y poseía una cabeza aterradora semejante a la de un ave. Dos ojos blancos y ardientes eran lo único que se podía distinguir con claridad de ese ser. Tan pronto daba la impresión de que tenía brazos como que no.

Cualquiera que fuese su forma, no se parecía a ningún matamagos con el que Krasus se hubiera cruzado desde los albores de Azeroth. Una magia increíblemente poderosa obraba a través de él.

¿Tan poderosa como la de un dragón negro?

¿Podría ser… podría ser obra de

Alamuerte?, se preguntó Krasus. Al fin y al cabo, en aquel ataque infernal participaban tanto dracónidos como dragauros del Vuelo Negro.

Krasus trastabilló hacia atrás al intentar buscar una vía de escape mientras urdía un plan para librarse de esa abominación inimaginable. De inmediato, dos enanos cubiertos de escamas lo atacaron, y aunque no podía luchar contra ellos directamente, ahora al menos sabía cómo manejarlos.

Abrió la boca de tal modo que sus labios se estiraron mucho más de lo posible en un mortal. Y de su garganta brotaron unas llamas que impactaron frente a los skardyns.

El suelo estalló; llamas, roca y tierra se elevaron por los aires y acto seguido cayeron sobre esas alimañas.

Al instante, Krasus recibió un fuerte latigazo en el brazo. Se estremeció, pero no sintió mucho dolor. Y se volvió de inmediato para enfrentarse a su enemigo.

—Así que tu amo vive, ¿eh? —le espetó Krasus a su rival.

El dragauro respondió con unas carcajadas. No miraba a Krasus, sino a lo que había detrás de él.

Si bien el dragón mago reaccionó instintivamente, estuvo lento de reflejos. A pesar de que no había perdido de vista en ningún momento al matamagos, enseguida se percató de que lo que había tomado por su atacante no era más que un espejismo, una imagen residual.

El engendro estaba justo detrás de él.

Aquel ser gritó una vez más dentro de su mente; una forma de actuar impropia de un matamagos. Alguien se había esforzado mucho para crear un monstruo que fuera aún más insidioso que sus predecesores.

Krasus ya no podía transformarse, pero al menos podía lanzar hechizos. Intentó repetir el truco que tan bien le había funcionado con las alimañas, y se centró no sólo en el matamagos, sino en todo su entorno.

Pero antes de que su magia surtiera efecto, Krasus sintió cómo las fuerzas que dominaba escapaban a su control y eran absorbidas por el matamagos, quien luego las devolvía a su lugar de origen.

Al estar los dos tan juntos y no haber previsto que el monstruo tuviera tal capacidad de absorber conjuros, Krasus no pudo protegerse de su propia magia. El ataque fue tan brutal que salió despedido y se estrelló contra unas rocas. Al aterrizar, el suelo estalló; otro truco que había planeado utilizar contra el elemental.

Krasus voló por los aires de nuevo. En circunstancias normales, cualquier ser al que se hubiera enfrentado no le habría hecho mucho daño, pero nada de lo que sucedía en Grim Batol era normal.

Aterrizó de espaldas, aturdido y asombrado. Había sido muy negligente; demasiado. Y lo que es peor, se había dejado llevar como un cordero al matadero.

Su enemigo lo observó. Acto seguido extendió un brazo que terminaba en una garra y le mostró un objeto.

Aunque veía borroso, el dragón mago lo reconoció enseguida. Se trataba de una diminuta esquirla dorada, pero no era la misma que él había tenido antes en su mano.

El dracónido sonrió aún más abiertamente. Y su larga lengua roja salió y entró de su boca a gran velocidad mientras decía jubiloso:

—El ama te espera desde hace mucho, mucho tiempo…

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