La noche del dragón – Capítulo Ocho

La noche del dragón

Zzeraku resplandecía, pero no porque estuviera haciendo ningún esfuerzo por su parte. Se encontraba extremadamente débil, tanto que a veces pensaba que sus torturadores iban a provocar por fin su muerte, e incluso los últimos días había llegado a desear morirse. El dragón abisal era una criatura de energía que estaba a punto de desaparecer, pero los conjuros y ligaduras mágicas impedían que se produjera el fatal desenlace. Sus captores necesitaban desesperadamente la sustancia de la que estaba compuesto, su esencia, para realizar sus experimentos.

Lo necesitaban, sobre todo, constantemente, para saciar el hambre del resultado de su último conjuro.

Si bien los dragones abisales casi no conocían el miedo, Zzeraku había aprendido mucho al respecto desde su captura. En primer lugar, había sentido una aterradora sensación de claustrofobia cuando, sin advertencia previa, lo habían metido dentro de aquella monstruosa caja y acto seguido se lo habían llevado clandestinamente a un lugar remoto. En segundo lugar, había sufrido una gran conmoción al descubrir que no podía librarse de las ataduras mágicas.

Y en último lugar, había conocido el mayor de sus miedos: el de ser devorado vivo poco a poco por esa aberración que la espantosa magia de aquellos seres había creado.

Zzeraku estaba acostumbrado a ser él quien sembrara el miedo, no a sufrirlo; por eso, el impacto al experimentar el temor había sido mucho mayor. Aunque al mismo tiempo ese miedo alimentaba su ira y su deseo de venganza. Asimismo, aún albergaba una pequeña esperanza de que podría destruir a sus captores y devorar su esencia mágica.

Por desgracia, hasta entonces no había surgido la oportunidad que le permitiera cobrarse su venganza. Volvió a probar la resistencia de sus ataduras y una vez más comprobó que eran indestructibles. La agonía que había sufrido al luchar contra esas ligaduras era una minucia comparada con el hecho de saber que no podría hacer nada hasta que llegara el momento de volver a dar de comer a aquel engendro.

A menos que…

Zzeraku era una criatura de energía y la aberración ansiaba esa energía.

Una idea se gestó en la mente del dragón abisal, cuya lógica le hizo sonreír en la medida en que las ataduras de sus mandíbulas se lo permitieron.

Sí, pronto vendrían para alimentar a su creación. Zzeraku se moría de impaciencia de que llegara ese momento.

Había dragauros rondando por los alrededores, lo cual satisfacía a Rom en grado sumo. Alzó el hacha y comprobó con alegría que se las podía arreglar con su mano izquierda únicamente. Si se cruzaba con un dracónido o un asqueroso elfo de sangre, les enseñaría cuán grande era la ira de un Barbabronce.

Sabía que Grenda lo observaba de cerca. Si bien era una segunda al mando más que capaz, últimamente parecía demasiado preocupada por los cambios de humor de Rom. El enano era consciente de que ella pensaba que su actitud era cada vez más pesimista, pero él creía que sólo estaba siendo realista.

Además, Grenda no estaba muy convencida de la incursión de esa noche. Rom los había llevado demasiado cerca de una de las cavernas que llevaban a Grim Batol, dispuesto a dar con algo que demostrara que su misión no había sido un fracaso. Esta vez, ningún truco de magia empañaría su plan.

Los enanos se separaron con sigilo. Los humanos y las demás razas consideraban que eran demasiado testarudos para aprender de sus errores; pero eso era otro mito más. Rom había estudiado los recorridos y turnos de las patrullas de guardia de aquella espantosa dama, y esta vez estaba seguro de poder predecir cada uno de sus movimientos. No podrían tenderles una trampa, como había sucedido cuando creyó que había capturado a un skardyn que resultó ser un elfo de sangre. Esos centinelas eran exactamente lo que parecían, no elfos de sangre camuflados.

Pero Rom tenía otra razón mucho más apremiante para intentar un acercamiento tan arriesgado, una que incluso Grenda ignoraba. Como una de las entradas de la cueva estaba tan tentadoramente cerca, Rom pensaba colarse él solo. Creía que había llegado el momento de averiguar toda la verdad sobre los gritos procedentes del interior de la caverna, y para conseguirlo tenía que armarse de valor.

Además, no consideraba justo arriesgar la vida de los demás. Descubrir el origen de esos gritos era una obsesión exclusivamente suya.

Los enanos se detuvieron al escuchar el suave crujido de unas pisadas. Al hallarse bajo tierra tenían ventaja sobre los dragauros y los dracónidos, ya que podrían ocultarse con gran facilidad, sobre todo en una noche tan oscura como ésa. Si bien era cierto que sus enemigos tenían buena vista, Rom estaba convencido de que los Barbabronce veían mucho mejor en la oscuridad que ellos.

Una figura enorme que avanzaba pesadamente se recortó en medio de la oscuridad; se trataba de un dragauro que portaba un escudo y una espada gigantesca. A Rom no le sorprendió que fuera de color negro, pues la aliada del elfo de sangre parecía estar relacionada de algún modo con los restos del Vuelo de Alamuerte. Aunque el dragauro llevaba un peto, no lucía ningún distintivo que indicara su lealtad a un dragón en particular. Lo mismo había sucedido con los dracónidos Ninguna enseña mostraba que fueran leales a Alamuerte o a su descendencia bastarda:

Onyxia y Nefarian, ni a ningún otro dragón negro.

Pero ese detalle no tenía mucha importancia para Rom. Le bastaba con saber que esas criaturas estaban dispuestas a servir a los dos hechiceros. Ese hecho, unido a aquellos terribles gritos, era motivo suficiente de preocupación.

—Si podemos capturarlo vivo, mucho mejor —le susurró a Grenda—. Aunque si hace falta matarlo, no pasa nada. No quiero que suceda otro desastre como la última vez.

La enana profirió un gruñido para indicar que había entendido el mensaje. Acto seguido hizo una seña a otro enano y el grupo fue rodeando poco a poco al solitario dragauro.

Entonces, algo llamó la atención de aquel enemigo escamoso, que bramó para avisar a sus camaradas, los cuales respondieron de inmediato desde el interior de la caverna.

—¡Agachaos! —ordenó Rom en voz baja.

Grenda logró alertar a los demás justo antes de que otro dragauro llegara torpemente hasta su compañero.

Rom esperaba que aparecieran más guardias, pero esos dos fueron los únicos. Una sonrisa sombría se dibujó en sus labios, pero procuró no mostrársela a Grenda. La caverna parecía invitarles a entrar más que nunca. Y a pesar de que no les resultaría nada fácil librarse de esos dragauros, Rom confiaba ciegamente en sus curtidos guerreros.

Sin embargo, antes de que pudiera dar la señal de atacar, lo que había llamado la atención al primer guardia hizo que se alejara de los enanos. Rom contuvo la respiración, presa de la frustración, mientras aquel enemigo cuadrúpedo se apartaba del lugar perfecto para tenderle una emboscada, donde esperaba que se le hubiera unido el segundo guardia.

Mientras el segundo dragauro se acercaba al trote a su compañero, éste desenvainó su arma al aproximarse a un grupo de robles marchitos. Rom intentó ubicar mentalmente a todos sus hombres; se preguntaba cuál de ellos habría sido el causante de que los guardias se interesaran tanto por ese lugar en concreto.

Una flecha pareció brotar de repente del cuello del dragauro más adelantado. Y una segunda flecha fue a sumarse a la primera con un silbido.

No obstante, el dragauro sólo se estremeció levemente; después profirió un gruñido y se arrancó las dos flechas de su gruesa piel. El otro guardián se acercó a él, y ambos a la vez cargaron contra aquellos árboles con fuerza.

Otra flecha más impactó contra la primera abominación, algo que Rom consideró una estupidez. Pero cambió de opinión al instante, en cuanto una figura alta y esbelta surgió de entre los árboles de un salto y, mientras él estaba distraído con la flecha, abrió una profunda herida en el pecho de aquel engendro con una espada llameante, lo cual trajo al enano penosos recuerdos sobre su mano mutilada.

El dragauro profirió un siseo en el que se mezclaban dolor y sorpresa. Su piel era tan dura que resultaba asombroso que existiera una espada capaz de atravesarla. Aun así, el guardia se recuperó rápidamente, y atacó a su enemigo con un hacha enorme.

Sin embargo, el hacha no era tan robusta como las escamas del dragauro, de modo que el guerrero esbelto la partió en dos al asestarle un golpe con su espada. El guardia se abalanzó hacia él con todas sus fuerzas, gruñendo y con las garras por delante con la intención de aplastar bajo su tremendo peso a aquel enemigo de menor tamaño.

Pero carecía de los reflejos de su contrincante, que con gran destreza se hizo a un lado y acto seguido rebanó con el filo de su espada mágica la garganta del coloso.

La cabeza prácticamente seccionada cayó hacia atrás, dando la impresión de que el dragauro miraba boquiabierto al cielo. No obstante, a aquel corpachón le costó asumir su muerte, de tal modo que dio varios pasos antes de caer.

El segundo dragauro se quedó estupefacto al ver a su camarada morir de una forma tan trágica, pero recobró la compostura en cuanto el guerrero misterioso arremetió contra él. Mientras el cadáver del primer guardia se percataba por fin de que había muerto, ambos combatientes intercambiaron golpes. A pesar de que el arma del dragauro no brillaba, parecía lo bastante fuerte como para resistir la magia que irradiaba la espada del recién llegado.

—¿Qué hacemos? —inquirió Grenda dominada por la ansiedad.

Rom gruñó y al instante respondió:

—¡Vayamos a ayudarlo!

Esa decisión no respondía a motivos altruistas, sino a que el líder enano pretendía colarse en la cueva en cuanto estuviera seguro de que la batalla estaba bajo control.

Mientras el dragauro y su enemigo daban vueltas uno alrededor del otro, por primera vez Rom tuvo un presentimiento sobre la identidad de aquel ser al se enfrentaba el coloso. Evidentemente pertenecía a la raza elfa, pero no era un elfo de sangre. De hecho, por lo que alcanzó a entrever, parecía…

Entonces, al misterioso atacante se le cayó la capucha hacia atrás, una cabellera blanca y plateada que le llegaba por debajo de los hombros. Se trataba de la hembra que Rom había intuido que podría ser unos instantes antes. Manejaba con gran soltura sus armas, como cualquier elfo noble forestal habría hecho.

Aunque se suponía que los elfos nobles prácticamente se habían extinguido.

A pesar de la oscuridad, el enano sabía qué vestimenta llevaba puesta la elfa: unas botas de cuero hasta las rodillas, una blusa y unos pantalones verdes propios de un guardia forestal y un peto que se amoldaba perfectamente a su silueta. Por último, unos guantes finos hasta el codo, que no le impedían asir la cuerda del arco, su otra arma favorita.

Al observarla de cerca, Rom se percató de que la conocía. Su nombre estaba grabado a fuego en su memoria: había luchado junto a él en la batalla que supuso la expulsión de los orcos de Grim Batol.

Vereesa Brisaveloz…, se dijo en voz baja a sí mismo. Sí. Según parece, ahora también se invoca a los espectros en Grim Batol.

Pero no se trataba de ningún fantasma, de eso estaba seguro. Rom sabía que era la compañera sentimental del brujo Rhonin, aunque no comprendía qué hacía ahí.

¿Acaso significaba que Rhonin se hallaba cerca?

En ese instante, los demás enanos se abalanzaron sobre el dragauro. Rom comprobó que Vereesa y sus hombres tenían la situación bajo control. Había llegado el momento de llevar a cabo su plan.

El comandante enano se dirigió sigilosamente a la entrada de la cueva. No disponía de mucho tiempo; de momento habían tenido suerte de que el segundo guardia no hubiera recobrado el resuello suficiente para gritar pidiendo ayuda.

Rom corrió hacia la entrada de la caverna. Al ser un enano, tenía la ventaja de encontrar los mejores lugares donde esconderse por puro instinto. Entonces, con suma cautela, iría adentrándose cada vez más hasta dar con la fuente de…

Pero sus planes se malograron en el momento en que un resplandor brotó del interior de la caverna. Si bien Rom sabía qué presagiaba aquel fulgor, también era consciente de que no era el momento de enfrentarse con su portador.

Juró en voz baja y se dio la vuelta. Debían retirarse; antes debían librarse del segundo dragauro, el cual, a pesar de estar postrado de rodillas y haber sufrido varias heridas considerables, aún seguía luchando.

Rom se colocó el hacha entre los dientes y saltó tanto como su condición de enano le permitía. Aterrizó sobre las posaderas del coloso y acto seguido ascendió por él. Rom evitó que lo tirara al suelo aferrándose con las piernas a sus costados con todas sus fuerzas. Y al instante, el enano enterró el hacha en la espalda del guardia.

La hoja apenas atravesó su piel escamosa. El dragauro se deshizo de un enano lanzándolo lejos y a continuación intentó atrapar a Rom Sus garras pasaron a sólo un centímetro de su cara, pero no pudo alcanzarlo.

La elfa noble aprovechó la distracción para atacar de nuevo, hiriendo con su espada el fuerte brazo del dragauro, que se giró para encararse con ella.

Rom apretó con fuerza los dientes y clavó su hacha por segunda vez en la espalda cubierta de escamas. Con la precisión del veterano, consiguió acertar en el mismo lugar que antes.

El hacha se hundió más que la primera vez, y unos fluidos espesos y oscuros manaron de la herida.

El guardia se estremeció. Grenda y otro enano lograron infligirle unas heridas pequeñas pero considerables en un costado. Y la elfa noble le cercenó un dedo.

Al mismo tiempo, Rom impactó con su hacha por tercera vez en el mismo lugar.

El dragauro se estremeció y a continuación se desplomó. Rom cayó rodando de su espalda, aunque evitó soltar el arma al impactar contra el suelo.

—¡Salgamos de aquí! —exclamó en voz baja.

La elfa noble abrió los ojos como platos.

—Rom…

—¡Dejemos los reencuentros emotivos para más adelante, mi señora! ¡Se acerca algo con lo que estoy seguro de que será mejor que no se encuentre!

La elfa asintió y tuvo el buen juicio de seguirlo. A su alrededor, los demás enanos se mostraban aún más perplejos que ella.

—¿Por qué nos acompaña? —preguntó Grenda—. ¿Se trata de un elfo de sangre?

—¡No soy un elfo de sangre! —le espetó Vereesa con vehemencia—. ¡Soy y siempre seré una forestal del pueblo de los elfos nobles!

—¡No tenemos tiempo para chácharas! —gruñó Rom—. ¡Démonos prisa!

En cuanto iniciaron su huida, el resplandor comenzó a brotar de la entrada de la caverna.

—¿Qué es eso? —exigió saber Vereesa.

El líder de los enanos lanzó un juramento antes de gritar:

—¡Corre, mi señora!

Vereesa no tenía ningún problema en seguir el ritmo del enano. De hecho, mientras que Rom respiraba con dificultad, a la elfa no parecía costarle ningún esfuerzo.

Rom se atrevió a mirar hacia atrás y comprobó que el fulgor ya había emergido totalmente de la caverna; La fuente de aquella luz era una vara con un cristal en la punta, cuyo portador no era otro que el elfo de sangre, el cual registró con la mirada los alrededores, pero no miró en la dirección que los enanos y su nueva aliada habían tomado.

De pronto, la configuración del paisaje ocultó al elfo de sangre y su siniestro juguete de la vista del enano. Rom se sintió tentado de ralentizar su marcha. Sin embargo, los enanos continuaron corriendo hasta donde se lo permitían sus cortas y gruesas piernas. Cada vez que el líder miraba ansioso hacia atrás, esperaba ver que el elfo de sangre les pisaba los talones, pero sólo divisaba oscuridad.

Al cabo de un tiempo llegaron a un lugar donde Rom consideró que ya estaban a salvo. La entrada oculta que daba a los túneles se encontraba a sólo unos metros de distancia; el comandante enano se acercó a ella acompañado de la forestal.

—Rom  de los Barbabronce

—murmuró Vereesa mientras el comandante enano daba un golpecito a la enorme roca con el mango de su hacha.

Acto seguido, la roca se deslizó hacia un lado, revelando la entrada oculta.

—Mi señora Vereesa, te diría que me alegro de verte, pero en Grim Batol no hay espacio para la alegría.

Rom le indicó con un gesto que se metiera dentro. A pesar de que la elfa era mucho más alta que los enanos, pudo entrar con facilidad gracias a su esbelta figura.

Rom entró el último, echó una última mirada hacia atrás y siguió sin percibir ningún fulgor. A continuación asintió y volvió a colocar la piedra en su sitio.

Vereesa, que avanzaba por aquel pasaje casi de rodillas, examinó los túneles.

—En esta región la magia no puede actuar como debería.

—Sí, esta zona está repleta de estas formaciones cristalinas en un amplio radio.

La elfa tocó una de esas brillantes formaciones que sobresalían de la pared.

—Qué  curioso. Parecen perfectamente normales… Nunca había oído hablar de que tal cosa existiera en tal cantidad.

—Pues ya puedes dar gracias a estos cristales, mi señora; sin ellos, esa bestia inmunda del elfo de sangre nos habría encontrado.

No pareció prestar mucha atención al comentario del enano, sólo a una parte muy concreta.

—¡Un elfo de sangre! ¿Lo has llegado a ver? ¿Está en Grim Batol?

—¡Sí, hay un elfo de sangre en Grim Batol! Él y la dama oscura.

La forestal se arrodilló a los pies de Rom Aunque le encantaban las formas femeninas de las hembras de su raza, también admiraba la belleza exótica de la elfa, en cuyos hermosos rasgos se atisbaba una intensa preocupación.

—¡Quiero saber más acerca de ese elfo de sangre! —le espetó con un tono de voz iracundo—. ¡Y pensar que he estado tan cerca de él! Pero… ¡Tiene que ser el que busco! ¿Lo has. lo has visto de cerca?

Rom estalló en carcajadas y acto seguido le mostró el muñón de su mano.

—Justo antes de que un maldito dracónido me hiciera esto, estaba tan cerca de ese elfo de sangre como tú lo estás ahora de mí.

—¡Descríbemelo!

—¡Era un elfo de sangre!

Si bien a cualquier enano le bastaba con ese dato, era obvio que Vereesa quería más información. Rom se concentró, e intentó recordar todos los detalles lo mejor posible. Le describió la forma de su cara, el tono de su voz e incluso cómo sus ojos refulgían con una luz de color verde. El enano no encontraba nada peculiar en todo aquello, pero cuanto más hablaba, más impenetrable se volvía la expresión de la forestal.

—Con eso me basta —dijo al fin, y al instante cerró los ojos brevemente para reflexionar antes de volver a abrirlos para mirar a Rom y mascullar—: Sólo puede tratarse de él…

—¿De quién? ¿Lo conoces? —preguntó Rom, quien lamentó no haberse mordido la lengua en ese mismo momento.

Era bastante probable que Vereesa conociera a aquel elfo de sangre pues esa raza infecta era una rama corrupta de la familia de los elfos nobles que había adoptado métodos demoníacos para luchar contra los demonios —en realidad, absorbían la magia de los demonios como si fueran sanguijuelas— y a ojos de los humanos, enanos y de los pocos elfos nobles que no habían degenerado, había caído en desgracia para toda la eternidad. Aquel elfo de sangre probablemente era un viejo amigo, o quizá un excamarada de Vereesa en el cuerpo de guardias forestales, razón de más para que mostrara tal resentimiento hacia él.

—Sí, conozco a ese elfo de sangre —contestó al fin—. Lo conozco muy bien. Llevo siguiendo su rastro desde la noche en que intentó raptar a mis hijos, Giramar y Galadin…

—¡Por los dioses! —exclamó Rom.

No hay monstruos peores que aquellos cuyas víctimas son niños, pensó Rom a pesar de no tener descendencia.

—¿Tus hijos? Pero, ¿quién se atrevería a secuestrar a los hijos de Rhonin Draig’cyfaill… de Rhonin

Corazón de Dragón?

Corazón de Dragón era el nombre que muchos utilizaban para referirse a aquel legendario brujo.

—Rhonin ha estado muy ocupado últimamente —dijo la elfa sin rencor en su voz, constatando un hecho—. Invierte casi todo su tiempo y esfuerzo en la reconstrucción de Dalaran.

No dio más explicaciones al respecto; sin embargo, los enanos sabían perfectamente que Dalaran había sido arrasada. La forestal prosiguió hablando:

—Por otro lado, este elfo de sangre en particular sabe cómo ocultarse de mí —Así que se trata de otro forestal o de alguien que lo fue en su día, ¿eh? Justo lo que pensaba.

Vereesa no lo escuchó, estaba absorta en sus pensamientos. Bajo la luz de las antorchas que portaban los enanos, sus ojos eran de un azul muy brillante.

—Rhonin preparó una serie de hechizos de protección para defendemos de los que quisieran vengarse de nosotros o simplemente nos consideraran un peligro para su causa. Pero esos conjuros no tuvieron que enfrentarse a grandes desafíos durante cierto tiempo, y me volví descuidada.

—¿Descuidada?

—Sí, descuidada. Yo, una forestal, me había acomodado; disfrutaba de la vida familiar y de mis hijos. Por eso, cuando los hechizos dieron la voz de alarma no reaccioné al instante. Cuando entré en la habitación rauda y veloz pude ver cómo huía. Por suerte, no le había dado tiempo a raptar a los niños.

—¿Por… por qué quería raptar a los niños? —inquirió Grenda.

—¿Por qué iba a querer secuestrar un ladrón de magia a los hijos de un poderoso brujo y una elfa noble? ¿A unos niños con tanto potencial mágico en su estirpe? —preguntó Rom a la enana de manera retórica con un tono cargado de espanto.

Vereesa asintió.

—Sí, yo pensé lo mismo, por eso sabía que volvería a intentarlo, y que tendría que darle caza, sin importar a qué precio —dijo la elfa al tiempo que negaba con la cabeza—. Rhonin apenas ha dormido últimamente debido a sus múltiples obligaciones. Y yo, tampoco. Ninguno de los dos descansará hasta que esto haya acabado. De lo que más nos arrepentimos es de que nuestros caminos se hayan visto separados; no obstante, seguimos en contacto gracias a esto.

De su peto extrajo un talismán triangular con una gema azul incrustada en el centro. La piedra estaba engarzada en una cadena que la elfa llevaba a modo de collar.

—Ese objeto me resulta hasta cierto punto familiar.

—Rhonin se hizo con ese objeto en el que estás pensando y lo alteró hasta darle esta forma.

Rom gruñó.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que lo utilizaste para contactar con tu consorte el mago?

—Un día.

—Pues aquí no va a funcionar por la misma razón que no tenemos al elfo de sangre pisándonos los talones.

Vereesa frunció el ceño y a continuación volvió a esconder el talismán dentro de su peto.

—Reconozco que es un ligero contratiempo, aunque tal vez sea para bien, ahora que sé que Zendarin está aquí y que podré ajustar cuentas con él.

Rom detectó un gran desprecio en su tono de voz.

—¿Zendarin? Parece que lo conoces muy bien.

La forestal esbozó una sonrisa tan sombría como su tono de voz.

—Mejor que a nadie si exceptuamos a mis hermanas, pues lleva el apellido Brisaveloz; su padre y el mío eran hermanos —dijo mientras acariciaba la empuñadura de su espada—. Y a pesar de que compartimos la misma sangre, voy a poner fin a la insaciable ansia de magia de mi primo, aunque para ello tenga que sacrificar mi vida.

—¿Qué ocurre, mi querido Zendarin? —le inquirió la dama tenebrosa con cierto tono de mofa.

—He pensado que quizá esto te interese. —respondió el elfo de sangre señalando a un punto cerca de donde la dama de negro estaba estudiando un huevo.

Los agotados skardyns sintieron un gran alivio al dejar en el suelo los dos pesados cadáveres de dragauros que el elfo de sangre les había ordenado traer desde el lugar donde los habían encontrado. En cuanto los depositaron sobre el suelo, las criaturas escamosas se retiraron rápidamente.

—He visto dragauros muertos en otras ocasiones. Como recordarás, hemos sufrido una plaga de enanos de la que aún no te has ocupado como es debido.

El elfo de sangre ignoró el comentario. Entretanto, palpó con la punta reluciente de la vara uno de los cadáveres.

—Éste ha muerto a manos de un enano… con ayuda de unos cuantos, a juzgar por las muchas cicatrices que tiene y las pequeñas heridas que le han infligido —explicó Zendarin Brisaveloz, quien acto seguido señaló al otro cuerpo—, Pero a éste lo asesinó alguien que poseía un arma muy poderosa… Alguien mucho más alto que esas alimañas Barbabronce.

La dama desfigurada se giró, ofreciéndole la parte quemada de su semblante.

—¿Por qué razón esto ha de interesarme?

—¡Porque dijiste que ese ser que quieres que venga aquí estaba cerca! ¿Acaso esto no es una prueba de que ronda por estos parajes?

La mujer ataviada con ropajes de color ébano se rió, y su sonrisa enmarcada en sus facciones destrozadas configuraba una visión macabra.

—¿Crees que esto es todo lo que puede hacer? Mi querido Zendarin, cuando venga, se acercará con mucha más sutileza y haciendo gala de mucho más poder que…

—¿Que qué? —le espetó el elfo de sangre mientras la dama pasaba junto a él para examinar el segundo cuerpo.

Una mano larga y grácil lo recorrió demorándose en la garganta. Sonrió y expresó abiertamente su admiración por la forma en que había muerto aquel guardia.

—El causante de esto es un guerrero muy habilidoso —comentó la dama de negro. De repente, una luz roja brilló en su mano y volvió a detenerse en la garganta—. Dio con el punto débil con suma facilidad.

—¿Qué estás haciendo?

—Intento averiguar la verdad de lo que ha ocurrido —contestó al tiempo que volvía a ponerse en pie. Acto seguido, mientras el fulgor se desvanecía, la aliada de Zendarin le ofreció una mano—. Y la verdad te va a resultar mucho más familiar de lo que crees…

A Zendarin no le gustaban los acertijos si no era él quien los planteaba.

—¡Si sabes algo, dilo ya!

La dama desfigurada le lanzó una mirada que atemorizó al elfo de sangre.

—¡Recuerda con quién estás hablando y vigila tu tono de voz! Estoy dispuesta a aguantar cierta insubordinación por tu parte, pero mi paciencia infinita tiene un límite…

Zendarin decidió sabiamente que le convenía guardar silencio. Y agachó la cabeza en señal de respeto.

—Así está mejor —dijo la mujer de negro mientras señalaba a los cadáveres.

Una bola de fuego se materializó en la palma de su mano, se dividió en dos y voló hacia los cuerpos.

Cada una de las bolas impactó en uno de ellos. Al instante, los seres inertes se convirtieron en unos infiernos en miniatura y se vieron reducidos a cenizas en cuestión de segundos.

La dama de negro respiró hondo y en su semblante se dibujó un gesto que revelaba una satisfacción perversa.

—Oh, qué fragancia tan sublime, ¿no crees?

—Creo que tenias una explicación que darme —le recordó el elfo de sangre.

Con la otra mano hizo un gesto que provocó que las cenizas salieran volando de la cámara y descendieran hacia las profundidades insondables de Grim Batol. Únicamente un pequeño objeto quedó en el suelo: la punta de una flecha.

—Recógela —le ordenó.

En cuanto el elfo la tuvo en la mano, la dama desfigurada le preguntó:

—¿No te resulta familiar?

El elfo de sangre sonrió.

—¡Es el arma de un elfo noble!

—Sí, pero no sólo eso. Yo la he reconocido, así que tú también deberías hacerlo.

—Ya…

Zendarin le dio la vuelta para estudiarla. No parecía hecha de piedra, sino más bien, de perla blanca. Lo cierto es que había tenido que atravesar su objetivo con mucha más eficacia que cualquier flecha mortal.

—Es de origen thalassiano. ¡Este tipo de flechas sólo las llevan los favoritos del general de la guardia forestal de Lunargenta! No fue un elfo de sangre quien ayudó a los enanos a asesinar a los guardias, sino… uno de los pocos forestales que aún quedan. —dedujo Zendarin.

—Las distinciones entre elfos me resultan irrelevantes —le interrumpió la mujer desfigurada sin apartar la mirada del elfo—. Creo que sabes quién es el responsable de esto. Eso sí que me resulta relevante.

—No es nadie importante —replicó con brusquedad Zendarin, quien dejó caer la punta de la flecha como si le quemara la mano—. Y seguirá siendo irrelevante para ti. Yo me cercioraré de que así sea.

—Más te vale. Nada, absolutamente nada puede interferir nuestros planes —le advirtió al tiempo que su mirada se cruzaba con la del elfo de sangre—. Tu vida no valdrá nada si contravienes mis deseos.

Dicho esto, la dama de negro le dio la espalda para seguir estudiando el huevo, lo cual enfureció a Zendarin, que se sintió tratado como un skardyn; no obstante, ocultó su ira bajo una máscara de indiferencia. Además, había otro sujeto sobre el que descargar su rabia. Había actuado de manera impetuosa, como era típico en ella —así lo demostraba el hecho de que se hubiera dejado llevar por sus sentimientos y se hubiera enamorado del mago con el que había engendrado unos mestizos que estaban destinados a poseer un gran poder—, yendo a su encuentro en vez de esperar a que volviera a intentar secuestrar a su prodigiosa progenie.

Mucho mejor prima, pensó Zendarin mientras abandonaba la guarida de la dama. Quizá me hayas mostrado un nuevo camino por el que podré obtener la magia que ansío; uno mucho menos peligroso y más provechoso para mí, donde no tendré que inclinarme ante nadie.

Entonces, un rugido reverberó por todas aquellas cavernas. El «niño» volvía a estar hambriento. Como la dama deforme había mostrado un súbito interés en otros aspectos de su proceso de crecimiento, había decidido postergar sus comidas sin advertencia previa. Sin embargo, ambos habían acordado que lo avituallarían bien entrada la noche siguiente. Zendarin incluso se había avenido a entregarle parte del poder de la vara como alimento, para comprobar si se aceleraba su desarrollo.

Un poco más, sólo tengo que aguantarla un poco más, reflexionó Zendarin. Entonces podré ocuparme de ella y de ti, prima, y no sólo recogeré los frutos de todo el tiempo y el esfuerzo que he invertido en este lugar desolado, sino que también llevaré a cabo mi plan, en el que tus pequeñas abominaciones desempeñan un papel principal.

El elfo de sangre sonrió, dominado por el ansia de magia. Pronto, muy pronto iba a tener acceso a ciertas energías en tal abundancia que nunca más iba a pasar hambre.

Pronto iba a saciarse hasta no poder más.

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