La noche del dragón – Capítulo Siete

La noche del dragón

En la fosa que hacía las veces de nido, que Zendarin y la hechicera del velo habían creado, el engendro digería la energía que ambos acababan de suministrarle. A pesar de que lo alimentaban bien, a juzgar por los gritos de Zzeraku, aquella aberración sumida en la oscuridad seguía teniendo hambre. Además del sustento que el dragón abisal le proporcionaba, ansiaba degustar por fin algo sólido.

Pero no iba a obtener ni lo uno ni lo otro. Las pequeñas y escamosas criaturas, a quienes su «madre» había llamado «skardyns», habían aprendido por las malas a permanecer lejos del nido. Habían descubierto que esa aberración que acababa de nacer de un huevo dominaba cierto tipo de magia de manera innata. Asimismo, a medida que iba creciendo, sus poderes iban en aumento: había logrado atrapar a un skardyn al hacer que cediera la tierra que pisaba la alimaña. El diminuto aperitivo había caído al foso, donde fue devorado de un bocado; el tentempié todavía pateaba y gritaba mientras descendía por su garganta.

Crecía muy rápido, mucho más de lo que sus «padres» habían imaginado, lo cual colmaba sus deseos; aunque quien no se sentía tan satisfecha era la aberración recién nacida que ansiaba ser libre y surcar el cielo…

… para cazar y devorar presas de verdad.

Entonces, gracias a unos sentidos que sólo el engendro sabía que poseía, percibió a aquellos que lo habían precedido, que se asemejaban a él en casi todo. De vez en cuando podía sentir e incluso imaginar lo que habían hecho los otros dos, quienes actuaban como si fueran un solo ser. Eran lo más parecido a unos hermanos. Además, el hecho de poder constatar que habían alcanzado la libertad era como mostrar un banquete a un hombre famélico.

Estaban cazando. Perseguían a la presa adecuada. Asimismo, como habían tenido la oportunidad de degustar esa presa a través de sus réplicas, sabían dónde se ocultaba.

Aquella cosa que moraba en la fosa paladeó la avidez de sus hermanos, quienes no eran tan listos como él, pero se dejaban guiar por un poderoso instinto.

Aguardó ansioso el momento de saborear a través de ellos lo que estaban a punto de devorar. No obstante, era consciente de que pronto sería lo bastante grande como para salir a cazar por su cuenta.

Entonces no habría nada en el mundo capaz de enfrentarse a su poder.

El sonido producido por el batir de unas alas sacudió el cielo nocturno. Si bien Iridi poseía una vista excelente, era incapaz de distinguir el origen del aleteo. Sólo pudo divisar unas siluetas que surcaban el cielo por encima de ellos; unas siluetas que recordaban vagamente a aquello que la sacerdotisa había ido a buscar a aquel lugar. No obstante, la draenei también percibió cierta maldad en ellas. Lo que estaba a punto de descender sobre Krasus y ella no tenía derecho a existir ni en Azeroth ni en Draenor, aunque notó que formaban parte de ambos mundos, lo cual resultaba bastante contradictorio.

—Ahh, qué bocaditossss tan ssssuculentosss —bramó una voz monstruosa, que resonó en los oídos de la sacerdotisa como un trueno—. Tenemosss tanta hambre…

—Sssí… essstamosss hambrientosss —contestó a modo de eco una segunda voz con la misma ferocidad—. Hace tanto tiempo que no comemosss…

—Mucho tiempo. —recalcó el primero, el cual parecía hallarse justo encima de la draenei.

En aquel lugar, el cielo brillaba con un color púrpura realmente perturbador. Ese color al parecer era el reflejo de una criatura gigantesca.

Se trataba de un dragón de tales proporciones que dejó a Iridi boquiabierta a pesar del peligro que representaba para ella.

—Tanto tiempo… —repitió—. Y sssiempre essstamosss hambrientosss…

Aquella aberración inició el descenso.

La draenei alzó una mano y la vara naaru se materializó en su puño, en cuya punta refulgió un cristal.

El dragón de pesadilla se desvaneció de repente con un rugido. Iridi sabía que su desaparición no era debida a la vara, ya que el cristal no poseía tal poder.

La tierra se estremeció a su alrededor; rocas enormes, toneladas de tierra y árboles enteros fueron arrancados de cuajo por efecto de un terremoto, o eso creyó la sacerdotisa en un primer momento, aunque poco después descubrió que la verdadera causa era aquel dragón, que se hallaba a escasos metros de las dos figuras diminutas.

—¡Debemosss comer! —rugió uno de los engendros con más vehemencia que antes.

Por encima de su compañero, el otro repitió:

—¡Sssí, debemosss comer!

Iridi no tuvo que esforzarse mucho para comprender que la pareja de monstruos pretendía devorarlos a ella y a Krasus.

Le mostró su vara con gesto amenazante al engendro que había aterrizado. Acto seguido, aquel brillante dragón, que estaba ocupado destrozando todo cuanto rodeaba a Iridi, retrocedió furioso y volvió a desaparecer.

La draenei cogió de inmediato a Krasus y, haciendo denodados esfuerzos, se lo llevó a rastras en la dirección opuesta.

Los Humedales parecieron explotar repentinamente. Un segundo después se irguió ante ella la enorme silueta de un dragón. Aunque Iridi era incapaz de diferenciar la aberración que tenía delante del engendro que acababa de ver hace solo unos instantes, estaba segura de que se trataba del otro miembro de aquel dúo de monstruos.

La aberración abrió sus fauces para tragarse a Krasus, y de paso también a Iridi.

La sacerdotisa intentó alzar la vara, pero le fue imposible porque se había enredado en el cuerpo del mago inconsciente. Iridi se concentró en la búsqueda de una alternativa.

En ese momento, los ojos de Krasus se abrieron como platos, y la energía vital que le había sido transferida hizo que brillara brevemente.

Antes de que la draenei pudiera hablar, el mago la apartó de él. La sacerdotisa trastabilló del sobresalto.

Entonces, un rugido rasgó el firmamento, pero era distinto a los que ella había escuchado con anterioridad. Iridi pestañeó para aclararse la vista.

El lugar donde había estado Krasus hace un instante, ahora lo ocupaba un dragón enorme de color carmesí. A continuación, Korialstrasz desplegó sus alas, de tales dimensiones que al contemplar esa sobrecogedora visión, el monstruo brillante siseó y se retiró.

—¡Sí! ¡Haces bien en huir de mí! —proclamó Korialstrasz—. ¡No tengo piedad con los que amenazan a mis amigos!

—Necio bocado… —masculló el acobardado monstruo, que se alejó más aún, claramente intimidado.

Iridi era consciente de que eso era justo lo que el dragón rojo pretendía.

Entonces, en el lado contrario resonó un bramido que indicaba que la segunda de aquellas bestias macabras acechaba cerca. Korialstrasz giró de inmediato su enorme cabeza dando mordiscos al aire.

El mago dragón se encontraba más débil de lo que suponían sus enemigos, y la draenei rezó para que los engendros siguieran en la ignorancia. Si descubrían que la respuesta del coloso era una bravata, se abalanzarían sobre él sin contemplaciones.

Korialstrasz respondió al reto con un rugido dirigido a la oscuridad, y acto seguido el otro dragón se materializó. Estaba tan intimidado como el primero. Mientras el dragón rojo desplegaba aún más sus alas, la silueta brillante aterrizó y adoptó al instante una posición de ataque.

El gigantesco compañero de Iridi agachó la cabeza hasta la altura de la sacerdotisa.

—Aléjate de aquí —murmuró—. Hazlo con cautela, sin mostrar miedo, pero vete ya…

—Pero, ¿qué será de ti?

El dragón mago volvió a mirar a los dos colosos espantosos; su silencio ante la pregunta de la draenei era respuesta muy elocuente. A Korialstrasz no le importaba salvar su pellejo, sino la vida de su compañera.

La sacerdotisa no iba a permitir que se enfrentara a esas aberraciones él solo. Podía ayudarle con sus diversas habilidades y con su arma: la vara de los naaru. Tenía que haber algo que pudiera hacer para ayudarlo…

Sin apartar la mirada de los dos engendros de pesadilla en ningún momento, Korialstrasz agitó repentinamente la cola. La draenei se percató de que ese gesto iba dirigido a ella. El dragón rojo insistía en que se marchara.

Una de aquellas misteriosas criaturas también captó ese movimiento y demostró tener suficiente inteligencia para entender su significado. Al instante, unos ojos monstruosos volvieron a evaluar la amenaza que suponía Korialstrasz.

Un destello de furia reemplazó a aquella mirada teñida de cobardía.

Entonces, la bestia amatista profirió un grito capaz de destrozar los tímpanos a cualquiera y se abalanzó sobre el dragón rojo.

El otro engendro lo secundó, y su grito prolongó el de su gemelo.

Korialstrasz lanzó un rugido mientras batía sus colosales alas. Iridi temía que ambos atacantes se volviesen inmateriales de nuevo, pero no lo hicieron; parecían asumir que la suerte de su presa estaba echada. Sin embargo, el dragón rojo no sólo no retrocedió, sino que atacó con todas sus fuerzas.

Golpeó con sus pesadas alas a los siniestros dragones. Uno de ellos cayó hacia atrás, arrancando árboles de cuajo y removiendo la tierra. El segundo se lanzó de cabeza contra el suelo y empleó el hocico para taladrar la tierra a gran profundidad.

Korialstrasz giró la cabeza hacia el segundo dragón con la intención de envolverlo en llamas.

El dragón sombra —ese nombre no le pareció apropiado a Iridi, ya que la bestia se asemejaba, más que a una sombra, al paso del día a la noche- chilló mostrando sus fauces; acto seguido volvió a transformarse en fantasma. El brillo amatista que emitía se intensificó en el momento en que cambiaba de estado.

¡El crepúsculo!, pensó de repente la draenei. Es como si estuvieran ligados al crepúsculo de este día, de este mundo…

Entonces, una fiera zarpa impactó contra el suelo muy cerca de la sacerdotisa. Gracias a la aguda intuición propia de su orden pudo hacerse a un lado a tiempo, evitando así que la aplastara.

Iridi atacó con la vara naaru a su enemigo. Esta vez, la bestia reaccionó demasiado tarde. Una luz azulada crepitó alrededor del malévolo leviatán, que chilló de dolor.

La draenei vio cómo sus esperanzas aumentaban. Tal vez ella y Korialstrasz pudieran derrotar a esa perturbadora pareja de dragones, los cuales resultaban una aberración pero que de algún modo estaban vinculados a lo que había ido a buscar a aquel lugar.

De repente, el cristal de su vara dejó de brillar. Iridi contempló estupefacta la punta de su arma.

En ese instante, el dragón contra el que había estado luchando estalló en una carcajada brutal.

—¡ Sssssí! —gritó—. ¡Dame mássssss!

Tras pronunciar estas palabras, arremetió contra la sacerdotisa; pero Iridi era plenamente consciente de que lo que ese engendro anhelaba en realidad era la vara. La draenei sabía que el regalo de los naaru todavía albergaba mucho poder, y temía que si su atacante devoraba toda su esencia, sucediera una calamidad.

Habría pedido ayuda a Korialstrasz si el dragón rojo no se encontrara a su vez en apuros. El otro monstruo no sólo se había vuelto incorpóreo, sino que se había desvanecido bajo los pies del antiguo leviatán. Korialstrasz giró sobre sí mismo, en busca de alguna pista que revelara dónde estaba su enemigo, por pequeña que fuera.

Entonces, a sus espaldas se alzó un espectro púrpura. Iridi intentó advertir a Korialstrasz del peligro, pero ya era demasiado tarde.

El dragón crepuscular —Iridi consideró ese nombre adecuado para aquellas espantosas bestias— atacó a Korialstrasz por detrás. La embestida cogió al dragón rojo desprevenido y cayó hacia delante.

—¡ ¡ ¡Vby a comer!!! —gritó fuera de si el torturador del leviatán.

Sin embargo, no bajó la cabeza para morder el cuello de Korialstrasz como cabía esperar, sino que hundió sus garras en la espalda y las alas del mago dragón.

El vetusto dragón volador gimió, y acto seguido una siniestra aura púrpura lo envolvió.

El dragón siniestro respiró hondo con júbilo, y surgió un resplandor carmesí del coloso alado que no paraba de retorcerse; un resplandor que el monstruo púrpura absorbió de inmediato. La bestia vampírica volvió a inhalar profundamente y succionó más energía del dragón rojo; una energía vital para Korialstrasz. Por mucho que lo intentó, el leviatán no pudo evitar proferir un terrible rugido de agonía.

La piel escamosa de Korialstrasz comenzó a ajarse, como si se tratara de una mosca cuyas entrañas estuviera devorando una araña hasta dejarla vacía. Rasgó el aire en un vano intento de escapar empleando las pocas fuerzas que le quedaban mientras su enemigo absorbía su esencia.

Iridi no podía hacer nada para detener aquel terrible banquete; tenía sus propios problemas. Su perseguidor arremetió de nuevo contra ella y casi atrapa entre sus mandíbulas a la draenei y a la vara.

La tierra tembló en el momento en que el dragón que estaba a sus espaldas impactó contra el suelo. La sacerdotisa se tambaleó, perdió el equilibrio cayó de frente y soltó la vara.

El dragón crepuscular profirió un grito triunfal que rápidamente tiñó de frustración pueril al observar cómo la vara se desvanecía. Aquel engendro no podía saber que el codiciado regalo de los naaru desaparecía en cuanto la sacerdotisa dejaba de sujetarlo.

—¿Dónde essssstá? —gritó la bestia—. ¿Dóoooonde?

El monstruo avanzó amenazante hacia ella. Al fondo se oía gemir a Korialstrasz.

De pronto, un rugido tremendo sacudió el cielo e hizo enmudecer a todos los demás sonidos. Al instante, una fuerza muy poderosa similar al trueno golpeó al monstruo que le estaba absorbiendo la energía a Korialstrasz. El dragón crepuscular cayó al suelo.

La aberración que había atacado a Iridi contempló a su gemelo yacente en el suelo y, antes de que pudiera reaccionar, un dragón que no había hecho acto de presencia hasta entonces se cernió sobre él. El dragón crepuscular cambió su estado de inmediato, pero las garras del nuevo y desconcertante enemigo se clavaron con fuerza en su cuerpo a pesar de ser inmaterial. La sacerdotisa se fijó en que esas garras brillaban.

—Os gusta luchar con aquellos que no pueden combatir con vosotros, ¿verdad? —gruñó el recién llegado.

Aquella voz pertenecía a un dragón muy joven y temperamental. Emanaban de él una serie de energías mágicas que la draenei sólo había percibido en un tipo de dragón.

—¿Quieres comer? ¡Pues come esto!

Su perturbador enemigo gritó en el momento en que unas energías brillantes y ardientes lo inundaron. Bajo la luz de esas energías, la sacerdotisa pudo identificar por fin a qué Vuelo pertenecía el joven dragón.

¡Un dragón azul!, pensó Iridi, que solamente había visto uno con anterioridad. El recuerdo de aquel encuentro permanecía grabado a fuego en su memoria. Y no porque ese dragón hubiera realizado alguna hazaña heroica, pues en verdad la sacerdotisa solo lo había visto pasar volando, sino más bien por la esencia mágica que había irradiado. Percibía la misma fuerza en éste pero magnificada. Resultaba obvio que, a pesar de su juventud, este dragón azul poseía un inmenso poder.

Un poder que en ese momento estaba empleando con suma eficacia. El dragón crepuscular al que había cogido desprevenido luchaba por liberarse de las garras de su captor; pero ignoraba que volverse incorpóreo no le serviría de nada. No obstante, el dragón azul no soltó a su presa. Estaba ansioso por batallar, por dar salida a esa gran frustración que lo dominaba, y que la sacerdotisa podía percibir, combatiendo con cualquier enemigo.

—¡Quieto ahí! —gritó el impetuoso dragón—. ¡No he acabado contigo, aún no!

En ese instante, el otro dragón crepuscular pareció surgir la nada y lo atacó. El joven leviatán se encontraba en apuros, pero parecía ansioso por pelear fuera cual fuese el resultado del combate.

Pero no estaba solo. Unas zarpas carmesíes se abalanzaron sobre el segundo y sorprendido atacante y rasgaron sus alas.

Iridi pudo por fin concentrarse para invocar la vara, pero no estaba muy segura de qué podía hacer. No quería alimentar a esas dos criaturas con las energías de la vara que tanto codiciaban. Finalmente decidió que lo más inteligente era apartarse del combate; lo único que podía servir de algo en aquel momento era rezar.

Y por lo visto, sus plegarias fueron escuchadas. En ese instante, Korialstrasz estaba en pie junto al joven dragón azul; se encontraban uno junto al otro, como dos viejos camaradas. No hablaron, simplemente actuaron. Arremetieron contra aquellas abominaciones. El dragón azul lideró el ataque mientras Korialstrasz le traspasaba sus energías.

Los dos gemelos de pesadilla gritaron, pero no huyeron. Con la mirada cargada de furia, observaron a ese par de dragones que en lugar de saciar su hambre, más bien la hacían crecer y crecer.

—¡Debemos obligarlos a gastar todas sus energías! —ordenó Korialstrasz.

—¿Es eso posible? —preguntó el dragón azul.

—¡Tiene que serlo!

Los dragones crepusculares retrocedieron ante aquel asalto mágico. Sus formas se confundieron, se estremecieron y por último colisionaron.

Iridi profirió un grito ahogado de júbilo para celebrar que aquellas criaturas por fin habían sido derrotadas.

Pero se equivocaba. En realidad, los horrendos engendros gemelos se habían fusionado. Korialstrasz y el dragón azul, presas de la consternación y la sorpresa, dieron un paso atrás.

—¡Estas criaturas son tremendamente inestables! —exclamó el dragón rojo—. ¡Esto no tiene nada que ver con su magia y sí con nuestro poder, que los está convirtiendo en unos seres aún más abominables!

—¡Vamos a comer! —clamó aquella forma gargantuesca.

La nueva aberración estalló en unas carcajadas aterradoras y acto seguido cubrió a ambos dragones con sus alas extraordinariamente anchas.

—¡No! —gritó la draenei al tiempo que alzaba la vara; ahora sí sabía qué hacer con ella.

Una luz plateada salió disparada del cristal; una luz tan pura que provocó que Iridi derramara unas lágrimas. La draenei gimió por el esfuerzo tan terrible que estaba haciendo, pero no cejó en su empeño. Concentró en ese ataque toda la sabiduría y todos los conocimientos que había adquirido. No les fallaría a Korialstrasz y al otro dragón.

La luz incidió en aquella criatura colosal, que de improviso se volvió a dividir en dos dragones mucho más pequeños.

El dragón rojo y el dragón azul cayeron de los pliegues de las alas de aquel coloso que había dejado de existir. Al fin eran libres. Tanto Korialstrasz como el joven leviatán parecían desorientados; sin embargo, los dragones crepusculares no atacaron. El silencio reinó momentáneamente en los Humedales.

Entonces, el dragón azul gruñó. Sus ojos brillaron y tembló la tierra que rodeaba a los gemelos aterradores. Al mismo tiempo, una batería de relámpagos azules cayó sin piedad sobre la pareja.

Una vez más, ambas bestias se tomaron inmateriales. El dragón azul se abalanzó sobre ellos, pero los dragones crepusculares lograron remontar el vuelo.

—¡No podemos permitir que se alejen! —gritó Korialstrasz por detrás de su aliado.

El vetusto dragón rojo despegó hacia el dúo, iluminando el cielo nocturno con una gran columna de fuego que por desgracia no tocó a sus objetivos pero al menos los distrajo.

El dragón azul estaba justo detrás de la cola del coloso carmesí. El cielo alrededor del joven leviatán brilló de un modo muy similar a como lo hacía cuando sus adversarios se transformaban en fantasmas.

Pero lo que esperaba lograr con esa magia, fuera lo que fuese, no sucedió. Iridi percibió su frustración. Por lo visto, iban a tener que seguir ensayando nuevas estrategias para comprobar qué afectaba y qué no a esas abominaciones.

Jadeando, la draenei alzó la vara. Aún le quedaban fuerzas suficientes para hacer un último esfuerzo, o por lo menos eso creía.

Masculló la primera plegaria que había aprendido al unirse a la orden. Para que surtiera efecto, debía hallarse en un estado de calma absoluta. Iridi tenía depositadas en esta estratagema todas sus esperanzas de sobrevivir a la batalla.

El cristal de mayor tamaño refulgió.

Parpadeó y un rayo plateado de luz emergió de él y se dividió en dos justo antes de alcanzar a los monstruos. Mientras la draenei se concentraba aún más, las dos nuevas luces impactaron en sus objetivos.

Por un instante, los dragones crepusculares se tornaron plateados. Lo iluminaron todo y conformaron un espectáculo celestial impresionante.

La sacerdotisa cayó al suelo, y a duras penas logró mantenerse consciente. Ahora podía imaginarse perfectamente cómo se había sentido el dragón rojo, ya que había usado y agotado en el intento una parte de su ser.

Aquellas formas brillantes se hincharon. El dragón rojo y el dragón azul fueron lo bastante inteligentes como para darse cuenta de que eso no era lo que la draenei había previsto que pasara, y descendieron a toda velocidad a los Humedales.

Los macabros dragones rieron desquiciadamente. Continuaron hinchándose hasta hacerse tan enormes cada uno de ellos como el coloso que habían conformado brevemente tras su fusión en un solo ser. Seguían riéndose al unísono cuando explotaron en una violenta liberación de energía que arrasó toda la zona circundante.

Mientras aquellas energías letales llovían del cielo, una silueta enorme descendió sobre Iridi, protegiéndola de la furia de esas fuerzas. Al instante, la sacerdotisa pudo escuchar a Korialstrasz mascullar:

—No temas…

Los Humedales temblaron violentamente y acto seguido, tan rápido como se estremecieron volvieron a calmarse.

Iridi yacía bajo un ala del dragón rojo y le costaba respirar Podía escuchar y sentir la respiración entrecortada de Korialstrasz; entonces se percató de que el dragón había sufrido mucho más que ella. Le sorprendió que el dragón mago hubiera aguantado tanto tiempo el ataque de esas dos abominaciones.

A continuación, la sacerdotisa escuchó una voz que le resultó extraña y familiar a la vez.

—Ya ha pasado el peligro.

—Sí —afirmó su protector—. Eso creo yo también.

Mientras hablaba, el dragón rojo se apartó de Iridi. La draenei intentó levantarse, pero necesitó la ayuda de unos brazos fuertes.

Unos brazos que pertenecían a alguien que no esperaba: un joven apuesto que parecía de su misma edad. Tenía rasgos de elfo, y también algunos propios de los humanos que la sacerdotisa había conocido. Vestía como un joven noble que hubiera partido de cacería: botas de cuero altas, pantalones azules, camisa y chaleco a juego.

El azul no sólo era su color favorito sino que formaba parte de él; de hecho, ningún humano o elfo tenía unos ojos tan azules y chispeantes, entornados en ese momento por las cavilaciones, ni un pelo de un azul tan brillante que le llegaba a los hombros.

—Eres una draenei —dijo al fin—. Me he cruzado alguna vez con alguien de tu raza, pero nunca antes había visto a una hembra de tu especie.

—Eres… eres el dragón azul…

Esa afirmación era tan obvia que se sintió avergonzada, pero no se le había ocurrido otra cosa que decir. Su mente y su cuerpo no se habían recuperado aún del esfuerzo realizado; si él no siguiera sujetándola, Iridi sospechaba que se habría caído.

—Soy el dragón azul.

Una sonrisa se dibujó brevemente en su semblante, iluminándolo; pero entonces miró a un lado y el recuerdo de algo siniestro nubló su mente. La sonrisa se transformó en un gesto torvo.

Un gesto sombrío que parecía dirigido en parte a la figura encapuchada que se les unió.

—Es un milagro que hayas venido en nuestra ayuda en este momento de necesidad —le dijo el dragón mago a su homólogo más joven—. Pero lo que más me sorprende es que nuestro salvador me resulte conocido. Saludos, Kalecgos.

A continuación, el mago agachó la cabeza en señal de reverencia.

—Krasus… —musitó el luchador de pelo azul con cierto tono de resentimiento—. Supuse que eras tú, pero no quise creerlo.

—Según parece, las parcas han decidido que nuestros destinos se vuelvan a cruzar.

—¿Las parcas? Échale la culpa de esto a mi señor, Malygos. Él me ha enviado aquí. Conociéndole como le conozco, probablemente presintió que venías de camino y decidió enviarme. —Se encogió de hombros y añadió—: Pero sí, parece que nuestros destinos están condenados a cruzarse.

Krasus se acercó un poco más a su homólogo.

—Kalecgos, sabes perfectamente que yo sólo quería lo mejor para Anveena…

—Puedes llamarme Kalec. —El joven se dirigió a Iridi y dejó de prestar atención adrede al otro hombre—. Prefiero que me llames así cuando porto esta forma.

—Kalec… Yo soy Iridi.

—¿Puedes mantenerte ya en pie tú sola, Iridi? —preguntó Kalec, quien soltó a la draenei con sumo cuidado al ver que ésta asentía—. Muy bien.

Entonces, Krasus buscó la manera de intervenir de nuevo en la conversación.

—Kalecgos… Kalec. Me alegro de verte.

—Pues yo no puedo decir lo mismo —le espetó el muchacho de ojos azules—. Aun así, no podía permanecer impasible mientras os atacaban ésas. No sé qué eran esas aberraciones, pero no tengo ninguna duda de su procedencia.

Pronunció esas palabras con la vista en lontananza.

—Así es, joven, deben de provenir de Grim Batol.

—Entonces, he de partir hacia allí.

Kalec extendió los brazos y su rostro adoptó una expresión que Iridi supo que presagiaba una transformación.

Krasus le agarró del brazo; un gesto peligroso a juzgar por la repentina e intensa mueca de odio que esbozó Kalec.

—No sería muy inteligente que fueras sólo —le aconsejó el dragón mago.

—¡Confiar en ti sí que no es inteligente! —El joven dragón se encaró con Krasus—. ¡Le diste la vida y luego permitiste que se la arrebataran!

¡Dejaste que viviera una vida plagada de mentiras, cuando sabías desde el principio que acabaría de forma trágica!

—No acabó como dices, Kalec. Sabías que tenía que hacer… lo que hizo. El destino de Anveena siempre estuvo escrito.

—¡No te atrevas a pronunciar otra vez su nombre! —exclamó Kalec alzando una mano en la que apareció de improviso una espada brillante.

La hoja parecía lo bastante afilada como para cortar el aire y la empuñadura había sido moldeada para que encajara perfectamente en su mano.

Kalec apuntó con ella a Krasus, de tal modo que quedó a sólo un par de centímetros del pecho de este último.

Krasus permaneció imperturbable y desplazó la mirada de la hoja a su dueño.

—Sé cuánto significaba para ti. Yo también lamento mucho su muerte… Pero Anveena siempre estará contigo. Ya deberías saberlo, muchacho.

Iridi permanecía muda ante la escena que se estaba desarrollando ante ella. Esa discusión no debería haber tenido lugar, sobre todo cuando hacía tan poco que había concluido la batalla con las abominaciones; pero estaba claro que aquella confrontación llevaba fraguándose mucho tiempo y nada de lo que pudiera decir o hacer podría

impedirla.

Kalec profirió un largo suspiro y gran parte de su ira se disipó, a la resignación.

—Dijo eso mismo justo antes de sacrificarse. Se sentía triste y feliz al mismo tiempo. Triste por dejar el bosque… y dejarnos a nosotros… pero contenta de volver a ser lo que fue en un principio para poder ayudar a los que más la necesitaban.

Krasus se acordó entonces de que Iridi estaba ahí, y le explicó con calma quién era esa mujer de la que hablaban:

—Anveena era una joven doncella sin maldad, la encarnación de la bondad. Ella y Kalec se conocieron por casualidad, en una época en que hice ímprobos esfuerzos para esconderla del Rey Exánime y sus agentes, en especial de uno llamado Dar’Khan.

La draenei recordó a la humana rubia que había visto en los recuerdos del mago dragón. Sin duda alguna, tenía que tratarse de ella.

—¿Sacrificó su vida para que otros vivieran? Qué destino tan noble.

Aquella afirmación provocó que Kalec se riera irónica y desagradablemente.

—¡No lo entiendes, draenei! ¡Anveena nunca tuvo una vida de verdad que sacrificar! ¡Su existencia fue un mero truco de magia! —De pronto apuntó a Krasus con la espada, aunque sin ninguna intención de usarla—, ¡Un truco suyo! Anveena no era humana, ¡ni siquiera era mortal! ¡Era la encarnación de la esencia de la Fuente del Sol de los altos elfos, de su fuente de poder! No era más que pura magia manipulada para actuar como un ser vivo de una forma tan magistral que ella misma llegó a creer que realmente respiraba, que realmente tenía un corazón…

Iridi sabía muy poco acerca de la Fuente del Sol, aunque había oído a otros mencionarla, La sacerdotisa tenía entendido que se trataba de una fuente de magia muy poderosa que había sido destruida, Sin embargo, había corrido el rumor de que había sido restaurada. Por lo visto, aquel rumor no sólo era cierto, sino que su verdadera historia superaba con creces la imaginación de cualquiera que lo hubiera.

—La voluntad del mundo conforma nuestro destino —murmuró Iridi a Kalec en un intento de calmarlo. Era obvio que había amado mucho a la encamación humana de la fuente—. Pero ante las adversidades, crecemos y nos hacemos más fuertes.

Ante esas palabras, la furia abandonó los ojos azules del joven.

—Habrías congeniado con ella, draenei… y ella contigo.

Iridi hizo una reverencia.

—Entiendo qué hace él aquí —dijo Kalec refiriéndose a Krasus—, pero, ¿y tú?

El mago encapuchado también la miró.

—La verdad es que hasta ahora no hemos tenido tiempo de hablar de esa cuestión. ¿Qué es lo que buscas en Grim Batol, Iridi?

La sacerdotisa no vio ninguna razón para ocultar la verdad, sobre todo desde que empezaba a tener claro que había una relación entre lo que les acababa de pasar y el objeto de su misión. Aunque quizá no la creyeran, estaba dispuesta a contarles todo cuanto pudiera.

—Busco… busco a un dragón abisal

—respondió la draenei.

Si bien a Iridi no le sorprendió que Kalec se quedara boquiabierto, le resultó bastante extraño que a Krasus le sorprendiera tal revelación, aunque sólo lo reflejara con un leve arqueo de sus cejas.

—Buscas un dragón abisal… ¡en Azeroth! —exclamó Kalec—. ¡Pero si no hay dragones abisales en Azeroth! ¡Mi Vuelo destruyó a los que intentaron entrar por el portal que permite el acceso a Terrallende! Desde entonces, nadie cruza ese portal sin que nos percatemos de ello, aunque estemos en nuestro santuario.

La sacerdotisa negó con la cabeza.

—Un dragón sobrevivió a ese funesto tránsito entre mundos. Presentí su presencia, pero llegué tarde. Una figura envuelta en una capa que me recordó a ti, Krasus, lo encontró primero; iba acompañada de unos siervos monstruosos. Portaban lo que creo que llaman una cámara crisalun…

—¡Una cámara crisalun! —exclamó Krasus mirando a Kalec, quien asintió.

Resultaba obvio que ambos conocían perfectamente aquel artefacto y, por tanto, su utilidad.

—Han empleado la misma magia que usaron para ocultarse del dragón abisal para esconder esa cámara de quienes podrían percibir que algo iba mal en las cercanías del portal —dijo Iridi mientras repasaba mentalmente aquella visión borrosa y trágica.

—¡Ningún elfo de sangre posee tanto poder como para esconderse de mi estirpe! —bramó Kalec.

El dragón azul abrió la mano y, tal y como sucedía con la vara de Iridi, la espada se desvaneció. No obstante, para la draenei estaba muy claro que el arma de Kalec era una manifestación de su poder, no una herramienta como la suya.

—Ninguno —reiteró Kalec.

—A menos que tuviera a su disposición otra gran fuente de poder… —sugirió Krasus mientras observaba a Iridi con detenimiento.

La sacerdotisa percibió que el mago dragón había deducido gran parte de la verdad, y eso la impresionó.

—Sí, tiene acceso a otra fuente de poder —confirmó la draenei, quien alargó una mano para invocar su vara.

En el momento en que el gran cristal cobraba vida mediante un resplandor, Iridi sintió una punzada de tristeza a pesar de todo el entrenamiento que había recibido para aprender a controlar sus emociones.

Kalec acercó una mano al cristal; de este modo, el dragón azul pretendía acceder a sus secretos.

—Esto no… esto no pertenece a Azeroth… Conozco. conozco sus orígenes… Sí… es una creación de esas criaturas llamadas naaru…

—Los naaru me la regalaron —reconoció la sacerdotisa—. Yo me quedé con uno de sus obsequios, y un amigo. un buen amigo mío se quedó el otro. Se trataba de unos obsequios muy especiales que nos trajimos a Azeroth para emplearlos en la defensa del bien.

—¿Qué fue del otro obsequio? —inquirió Krasus en un tono que indicaba que albergaba ciertas sospechas.

—Se lo arrebataron a mi amigo. a su cadáver —respondió Iridi en voz baja—. Después de asesinarlo despiadadamente…

—Así que. —masculló el mago dragón—, ésa es la fuente de poder que llamó la atención de Malygos y sus agudas percepciones, y también la razón para temer que lo peor está por venir. Esa figura envuelta en una capa. ese elfo de sangre. seguramente no traman nada bueno. Además, ese elfo detenta el poder de los naaru. Pero eso no es lo peor, si te he entendido bien, joven Iridi. Buscas a un elfo de sangre que posee la vara naaru robada, y que ha raptado y capturado a un dragón abisal.

—Sí —afirmó la sacerdotisa agachando la cabeza en señal de respeto

ante la sabiduría de Krasus.

En verdad, el dragón mago veía las cosas tal como eran.

—Entonces, sólo nos queda plantearnos una cuestión que ninguno de nosotros ha formulado aún pero que yo voy a exponer ahora. —Krasus se cercioró de que sus dos compañeros le escuchaban atentamente—. Un elfo de sangre que tiene acceso a las energías de los naaru a través de esa vara robada y a un dragón abisal a su disposición… ¿Qué pensáis que pretende hacer con todo ese poder? Creo que acabamos de toparnos con la respuesta, y tal vez esto solo sea el comienzo de algo mucho peor.

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