La noche del dragón – Capítulo Seis

La noche del dragón

—Está cerca.

Zendarin alzó la vista y dejó de mirar al foso que llevaba una hora contemplando, maravillándose una vez más ante lo que él y la dama de negro habían logrado.

—¿Quién? —inquirió el elfo de

sangre.

La dama del velo se le acercó y observó asombrada lo que había debajo; acto seguido miró al elfo de sangre.

—Aquél al que he estado aguardando. Ha superado las pruebas que dispuse en su camino, lo cual demuestra que es él; cualquier otro habría perecido o se habría dado la vuelta. Sólo él posee la determinación necesaria para seguir adelante.

—Si viene hacia aquí, es que es un necio.

La dama de negro ladeó la cabeza y replicó:

—Lo es, pero eso no lo hace menos peligroso.

Entonces, un pensamiento cruzó la mente de Zendarin.

—Acabo de percibir…

—Sí, una de tus mascotas casi se topa con él. Habría sido interesante que ese encuentro se hubiera llegado a producir, ¿no crees?

Como el elfo de sangre no estaba seguro de quién o qué buscaba adentrarse de forma clandestina en Grim Batol, simplemente asintió. Lo que le preocupaba era qué implicaba eso.

—¿Volvemos a empezar otra vez? ¿Tenemos tiempo?

La dama del velo sonrió; una reacción que siempre hacía estremecerse al elfo por mucho que tratara de evitarlo.

—Nos las tendremos que arreglar con nuestro único niño, mi querido Zendarin. Con él debería bastarnos.

Entonces, como si la hubiera escuchado, la aberración del foso profirió un siseo hambriento a modo de respuesta.

La dama de negro rogó silencio, y aquella cosa envuelta en la oscuridad del foso se calmó.

—El pobre tiene hambre. ¿Te importaría darle de comer, Zendarin?

El elfo se encogió de hombros; sin embargo, algo le inquietaba.

—Si seguimos así, podríamos acabar matando al dragón abisal. Esa criatura tiene un apetito insaciable.

—Pronto tendremos otra fuente de sustento para nuestro pequeño, si ese que tanto ansia dar con nosotros es tan listo como se cree. Pero, por ahora, tendremos que correr el riesgo de perder al dragón abisal. Es esencial que nada ralentice el proceso de crecimiento de nuestro pequeño.

—Como quieras, mi señora —replicó el elfo de sangre haciendo una reverencia.

Una vez dicho esto, se fue a ocuparse de la tarea que le acababa de encomendar. Entretanto, la dama del velo observó cómo se alejaba, y luego volvió la vista a la fosa envuelta en sombras.

Abajo, algo brilló con un intenso e inquietante color púrpura antes de ser tragado por la oscuridad.

—Paciencia, mi niño —le arrulló—. Paciencia. Te daremos de comer. Te daremos de comer y crecerás para ser muy, pero que muy grande…

La expresión de su rostro se tornó pétrea y añadió:

—Como tu maldito padre habría querido.

El mago dragón reapareció en los Humedales pero no bajo la forma de Krasus sino con su verdadero yo, como Korialstrasz. Se hizo visible al caer el sol, con la intención de valerse de la noche para cumplir su plan.

El fin está cerca. Veamos cuál es tu próximo movimiento,          pensó

Korialstrasz como si le hablara a su desconocido adversario invisible. Si se trataba de Alamuerte, entonces lo que el dragón rojo planeaba tendría sentido para el dragón negro. Si se trataba de otro, seguramente seguiría el mismo razonamiento que habría seguido Alamuerte, y eso era lo único que importaba.

A continuación extendió sus enormes alas.

Y la parte frontal del cuerpo del gran dragón rojo se desprendió como si mudara de piel. Al instante, dos Korialstrasz se hallaban uno junto al otro.

No obstante, el conjuro no había concluido. En cuanto ambos exhalaron, cada uno de ellos mudó su piel, originando así otra copia, y otra, y otra. En breve, ocho Korialstrasz ocuparon la

zona.

Acto seguido remontaron el vuelo al unísono hacia el cielo crepuscular en direcciones diferentes, pero todos ellos con el mismo objetivo: alcanzar Grim Batol.

El plan de Korialstrasz entrañaba un grave riesgo. Las copias eran algo más que un mero espejismo; para que el ardid funcionase, a todos y cada uno de ellos les había imbuido un poco de su esencia, lo justo para que cualquiera que los observase se preguntara cuál era el verdadero dragón. Sus rivales tendrían que malgastar así un poder precioso para determinar cuál era el genuino, y para entonces, el auténtico Korialstrasz estaría volando por encima de sus enemigos.

O eso creerían.

Ninguno de aquellos dragones era el verdadero dragón mago. Los ocho eran copias. Mientras las creaba, el genuino Korialstrasz se había transformado en Krasus disimuladamente.

Bajo la apariencia de un hechicero, comenzó a recorrer una vez más los Humedales. Su anterior incursión en aquellas tierras a punto estuvo de terminar en un absoluto desastre y había aprendido la lección; esta vez había concentrado casi todo el poder que le quedaba en hacerse indetectable tanto a la vista como a los demás sentidos de cualquier observador; una proeza mágica de la que muy pocos hechiceros, o dragones, eran capaces. Además, Krasus llevaba siglos reservando este conjuro en particular para utilizarlo en el momento adecuado.

Anhelaba que la espera hubiera merecido la pena.

Los         ocho      Korialstrasz

desaparecieron en la lontananza. Seguirían rutas minuciosamente trazadas por su creador, que conocía la región lo suficiente como para que los trayectos elegidos parecieran el recorrido obvio que debía seguir cada uno de esos colosos voladores en solitario. Krasus observó con satisfacción cómo se

alejaban.

Al rato siguió avanzando por aquellas tierras, sabedor de que a quienquiera que le estuviera observando le llevaría probablemente mucho tiempo deshacerse de los dragones falsos. Y para entonces, el verdadero dragón rojo ya se habría infiltrado en la espantosa montaña.

Una gran diversidad de criaturas nocturnas se cruzó en su camino, pero esta vez ninguna de ellas se percató de su presencia. Krasus miró con disgusto a un crocolisco que nadaba en aguas cercanas y ni se inmutó al verlo. No guardaba rencor a aquella especie, a pesar del tremendo dolor que había sufrido por culpa de uno de ellos. No obstante, le llamó la atención que esa bestia, a diferencia de la que le había herido, no tuviera la facultad de ocultar su presencia.

Qué curioso, pensó el mago dragón. ¿Podría ser que el primero… ?

De repente, su cuerpo se estremeció. Experimentó una leve sensación de haber perdido algo importante y enseguida reconoció el origen de su malestar.

Uno de sus duplicados acababa de ser destruido. No podía precisar con exactitud cómo había ocurrido, pero intuyó que habían utilizado una magia muy poderosa para acabar con él. El hechicero encapuchado se detuvo un momento para recuperarse y al rato prosiguió su marcha.

A Krasus no le sorprendió lo más mínimo que el primero hubiera caído tan pronto, aunque sintió pena por ese pequeño fragmento de sí mismo que acababa de perder. Lo cierto es que esperaba que su enemigo lo pusiera a prueba en cualquier momento. El duplicado había servido a su propósito y la pérdida de una de las ocho réplicas era un sacrificio con el que contaba. Además, ya había cubierto una gran parte de su recorrido.

Sin embargo, apenas había transcurrido una hora cuando volvió a sentir otro estremecimiento en su fuero interno, y esa vez la sensación de pérdida resultó ser diez veces más devastadora. Krasus gruñó y se vio obligado a descansar apoyado en un árbol durante más de un minuto. Esperaba que pasara más tiempo antes de que la segunda réplica fuera destruida. Aun así, no podía hacer otra cosa salvo continuar.

Y eso hizo, hasta que apenas unos instantes después sufrió un dolor aún más intenso que los dos anteriores. El mago dragón se tambaleó. Buscó un lugar donde sentarse y respiró hondo. Lo extraño no era sólo que esta vez el dolor le había sobrevenido mucho antes de lo esperado, sino lo mucho que le había afectado. Lo había calculado todo hasta el mínimo detalle. No debería haber…

De pronto, Krasus se puso tenso. Aparte de lo que estaba sucediendo con los duplicados, se percató de que, una vez más, alguien o algo lo seguía.

Se suponía que esto no tendría que pasar; pensó. De inmediato miró hacia atrás encolerizado, pero únicamente divisó los Humedales. Aun así, había algo acechándolo, y no se trataba de un crocolisco. Si bien Krasus había preparado conjuros de protección para impedir que volviera a sucederle lo mismo, por lo que pudo percibir, lo que le seguía empleaba una magia distinta a

la que él estaba acostumbrado.

Para ser una región supuestamente abandonada por toda criatura poseedora de algo de raciocinio, los Humedales y Grim Batol parecían bastante transitados. Al final, Krasus decidió actuar de forma temeraria: sondeó con la mente para poder precisar dónde se hallaba el sabueso que le pisaba los talones.

Al principio percibió un leve rastro, pero luego nada. El mago dragón frunció el ceño. Algo no encajaba…

Una figura envuelta en una capa apareció repentinamente de entre los árboles, y a continuación surgió de entre las sombras un pie que impactó contra el pecho de Krasus con tal fuerza que el desgarbado hechicero salió despedido hacia atrás.

No obstante, su enemigo no iba a derrotarlo empleando esa estrategia. Krasus detuvo su caída cuando estaba a escasos centímetros del suelo y al instante se incorporó. El mago encapuchado miró con odio hacia el lugar donde debería hallarse su atacante, con un conjuro listo para ser lanzado.

Pero el misterioso oponente había desaparecido.

Krasus giró sobre sí mismo con el brazo en alto.

A duras penas logró detener el golpe que el asaltante quería propinarle en la garganta desde atrás; un golpe que lo habría dejado incapacitado, o incluso podría haberle destrozado la tráquea. Fuera quien fuese su contrincante, sabía perfectamente qué puntos debía atacar. La primera patada habría dejado a cualquier humano, elfo o enano inconsciente, al haberle cortado la respiración. Krasus había resistido ese ataque gracias a su naturaleza especial, al igual que el último golpe.

Sin embargo, mientras repelía el segundo ataque, su asaltante invocó una vara muy extraña, cuya punta de cristal tocó de improviso a Krasus en el pecho.

El mago profirió un rugido de dolor digno de un dragón. Los hechizos de protección que deberían haber neutralizado prácticamente cualquier ataque mágico conocido habían fallado, y no supo el porqué hasta que se percató de que las energías concentradas en aquel cristal no se asemejaban en nada a las magias arcanas de Azeroth.

Sólo entonces Krasus comenzó a sospechar quién podría ser su enemigo.

Por desgracia, carecía ya de fuerzas para mantenerse en pie, y mucho menos para hablar. Le flaquearon las piernas, se tambaleó y cayó al suelo.

En ese momento, la silueta embozada en una capa le clavó la punta de un pie y de la vara en un costado.

—¿Dónde está? —preguntó con una voz de mujer cuyo acento confirmó las sospechas de Krasus—. ¿Qué has hecho con él?

—No-no sé a quién te refieres —acertó a contestar el mago.

Tras escuchar esa respuesta, la figura de la capa titubeó.

—No… debes de ser él… El rastro me ha traído hasta aquí.

—Puedo asegurar por experiencia que los rastros que uno encuentra de camino a Grim Batol llevan a cualquier sitio menos a la verdad —replicó Krasus en la lengua draenei.

El silencio reinó por un instante, hasta que su atacante dijo:

—En esa afirmación hay mucha

verdad. Demasiada.

Acto seguido, la mujer apartó la vara, que se desvaneció al instante.

Y el dragón mago asintió presa de un súbito interés por aquella desconocida.

—Rara vez me he topado con un sacerdote o sacerdotisa draenei, y jamás había visto a nadie que portara tal regalo de los prodigiosos naaru.

Las dudas que hasta entonces había albergado la sacerdotisa se disiparon. De inmediato se echó la capucha hacia atrás, revelando a una de las draenei más jóvenes que Krasus había visto hasta ese momento.

—Por tu tono de voz sé que dices la verdad. Me llamo Iridi —se presentó mientras le alargaba una mano para ayudarlo a ponerse en pie—. Cuando te he oído pronunciar la palabra «naaru», he detectado algo en tu voz que me hace pensar que posees un poder que te emparenta con ellos más que conmigo.

—Yo no diría tanto. Aunque sí es cierto que soy un hechicero bastante poderoso.

Era obvio que no lo había visto bajo su verdadera forma. Pero por el momento, prefería no revelar su verdadero yo, ni siquiera a la sacerdotisa.

—Puedes llamarme Krasus, niña.

Sus exóticos ojos se entornaron y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Krasus, ¿puedo poner una mano sobre tu pecho? Te prometo que no te haré daño. Se trata de un gesto de confianza muy habitual entre los que pertenecemos a mi orden.

El mago asintió. Iridi posó la palma de su mano sobre la túnica de Krasus y acto seguido cerró los ojos.

Él sintió una leve sensación de calidez. Pero de repente se echó hacia atrás sobresaltado.

La draenei abrió los ojos como platos. Su rostro transmitía una sensación de asombro total.

—¡No eres lo que pareces, Krasus!

—No —replicó secamente el dragón mago—. Y tú tampoco, por lo visto.

No estaba enfadado con ella, a pesar de que había pretendido engañarlo con ese truco. En verdad, Iridi también lo había sorprendido a él. Jamás había experimentado un conjuro como aquél de manos de un draenei, ya fuera hechicero o sacerdote. Iridi parecía poseer unas facultades extrañas incluso para alguien de su estirpe.

Se preguntó una vez más acerca de la naturaleza de la vara de la sacerdotisa. Krasus sabía bastante de los naaru como para ser consciente de que no se la habrían entregado sin una buena razón.

Iridi se arrodilló ante él; un gesto que le hizo sentirse muy incómodo pues las muestras de adoración no eran de su agrado.

—Levanta —exigió.

Si bien se incorporó lentamente, continuaba con los ojos entornados, como si intentara imaginar cómo era Krasus en realidad.

—Señor del Aire, perdóname por haberte atacado como una necia.

—No hay nada que perdonar, y no utilices ese título para referirte a mí.

La draenei hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Pero eres uno de los dragones alados —dijo, y cerró los ojos brevemente, para añadir a continuación—: Uno de los que defiende

la causa de la vida.

Krasus estaba cada vez más impresionado con la sacerdotisa. Había adquirido todos esos conocimientos sobre él tocándolo una sola vez. Y se dijo a sí mismo que si en el futuro un draenei le pedía que le dejara tocarlo con la palma de la mano, no debía permitírselo bajo ningún concepto.

No obstante, Krasus por fin comprendía cómo alguien había podido seguirlo a pesar de los conjuros de protección que había preparado, y juró que a partir de ese día sería invisible incluso para los draenei; aunque todavía quedaba por resolver la cuestión de qué estaba haciendo la sacerdotisa en

aquella tierra desolada.

Sin embargo, antes de que pudiera preguntárselo, el dragón mago sufrió un ataque repentino, como si una espada invisible le hubiera atravesado el corazón. La sensación de pérdida que experimentaba cada vez que uno de sus duplicados perecía lo abrumó de nuevo, pero con el doble de intensidad que en ocasiones anteriores.

—Mi señor, ¿qué te aflige? —inquirió entrecortadamente Iridi mientras se acercaba a él.

Krasus apenas podía mantenerse en pie.

Han caído dos más con suma rapidez, ¡y en tan poco tiempo! ¿Qué

está ocurriendo? ¿Qué… ?

En ese preciso instante se desmayo.

Iridi cogió al encapuchado justo a tiempo para evitar que cayera al suelo. Ignoraba qué le acababa de suceder al ser al que había osado atacar. Le estaba costando bastante hacerse a la idea de que era en realidad mucho más de lo que la sacerdotisa había imaginado; ciertamente, no era el elfo esbelto al que había divisado a lo lejos en Draenor.

Uno de los señores del aire… un dragón rojo… Iridi a duras penas podía creer que se hubiera enfrentado a un leviatán tan antiguo. La sacerdotisa

ponía en duda que hubiera acabado derrotando por sí sola a Krasus, aunque estaba segura de que como dragón tenía otro nombre. Resultaba obvio que se encontraba muy débil, probablemente por culpa de aquello que le acababa de atacar.

Iridi agarró el cuerpo inerte lo mejor que pudo y lo arrastró hasta la ladera de una colina pequeña y achaparrada. En cuanto creyó que lo había tumbado correctamente, se puso a pensar en cómo ayudarlo.

No había ninguna señal externa que indicara las causas de su dolencia. La draenei se arrodilló junto a él y colocó las palmas de las manos a unos centímetros de la cabeza de Krasus. No le importaba lo que pudiera pasarle a continuación, sólo sabía que era lo mejor que podía hacer para descubrir rápidamente qué había sucedido.

Apenas había empezado a concentrarse cuando una serie de voces e imágenes surcaron su mente a gran velocidad. Vio a un humano pelirrojo con aspecto de mago, así como una figura fornida provista de cuernos, que parecía ser un elfo de la noche, y a uno de esos druidas de los que tanto había oído hablar pero nunca había visto. Por último, vio a una elfa de complexión menuda; una guerrera cuya imagen estaba unida a la del humano, lo cual

resultaba un tanto extraño.

Asimismo, las voces y las imágenes se entremezclaban al azar.

Lo sacrificarías todo por ella, ¿verdad, Korialstrasz?

Creía que estabas muerta. He llorado tu muerte durante tanto tiempo…

¿Aún siguen teniendo fe en mí después de que los demás perecieran?

Tú, más que todos los demás, deberías entender que necesito saber la verdad.

Y siguió viendo más y más rostros. Vio el de un orco con cicatrices que, obviamente, estaba cansado de tanta guerra. Vio a otro elfo de la noche cuyo semblante ciego le trajo a la memoria los espeluznantes relatos sobre el demonio Illidan. A un noble paladín. A un aristócrata humano y arrogante. A una joven rubia cuyos ojos reflejaban inocencia y a la vez escondían un secreto inconfesable.

Y sobre todo vio una cara que cambiaba constantemente y tan pronto era el semblante de una mujer de extraordinaria belleza, cabellos carmesíes y reflejos dorados, que poseía los mismos rasgos pálidos de elfo que Krasus, como era el rostro atemporal de un colosal dragón rojo. Observó cómo unas hojas arrastradas por el viento otoñal se entremezclaban con el pelo rebelde de aquella mujer; pero lo que más le llamó la atención a Iridi era que los fieros ojos de color ámbar de la mujer, que albergaban una sabiduría y un sentido del humor que la sacerdotisa jamás poseería en su corta vida, eran los mismos ojos que los del leviatán carmesí.

Ésos eran algunos de los recuerdos más memorables del antiguo dragón disfrazado de mortal. Ahora la draenei conocía su verdadero nombre y el lugar que ocupaba entre los seres más poderosos que dominaban el mundo.

—Eres Korialstrasz —susurró Iridi, incapaz de evitar que su tono de voz delatara su asombro—. El primer consorte de… del Aspecto de la Vida. Y-y un adalid de las razas jóvenes. Amas Azeroth tanto como la amas a ella.

Pero eso no era lo que estaba buscando en su mente. Necesitaba encontrar la causa de su aflicción. Desgraciadamente, esos recuerdos se interponían y dificultaban su búsqueda.

Aunque lamentaba haber tenido que entrometerse en su pasado, no le quedó más remedio si quería salvarlo. Además, Iridi se sentía incapaz de abandonar a su suerte a alguien en apuros. Por otro lado, estaba segura de que Krasus —prefería llamarlo así cuando adoptaba forma humana— también formaba parte de su misión. Los ancianos de su orden le habían enseñado que todo en la vida sucedía por una razón; existía una razón detrás de la muerte cruel que sufrieron tantos draenei a manos de los orcos en sus primeros enfrentamientos, o detrás de la gran calamidad, una vez más por culpa de un orco, que había devastado Draenor. Los naaru habían insistido en ello. Iridi era consciente de que necesitaba ayudar a Krasus no sólo por el bien del mago, sino también por el suyo propio.

Sin embargo, los recuerdos siguieron fluyendo hacia ella, y uno la perturbó especialmente. Vio una ciudad enorme cerca de una gran masa de agua oscura y siniestra. Un remolino devastador se formó en aquellas aguas y arrasó la ciudad, segando a su paso innumerables vidas antes de que el agua volviera a su estado normal. Iridi percibió la nauseabunda mano de la Legión Ardiente detrás de aquella catástrofe, y también que algo mucho más antiguo y más terrible que ellos era quien movía los hilos.

La sacerdotisa luchó contra esos recuerdos y esas voces, buscando lo más inmediato, lo primordial en ese momento…

Y lo encontró. Descubrió que una parte de la esencia del dragón mago había desaparecido. Si bien se trataba de una parte pequeña, había sido destruida de una forma extremadamente violenta.

En el momento en que la draenei descubrió este hecho, el agujero intangible se expandió en el fuero interno del mago, y ella también se vio golpeada por ese mismo dolor al estar mentalmente unida al mago. Y aunque sufrió el ataque de manera tangencial, bastó para que saliese despedida hacia atrás.

A pesar de que Iridi impactó brutalmente contra el suelo, intentó sobreponerse al mareo y al dolor cuanto antes. A continuación escudriñó los alrededores, segura de que el responsable del ataque se encontraba

cerca.

Al no ver nada, decidió que había llegado el momento de huir de aquel lugar.

—¡Mi señor! —exclamó, y acto seguido lo agarró por los hombros y lo sacudió sin miramientos—. ¡Mi señor! ¡Krasus!

Presa de la desesperación, gritó al fin:

—¡Korialstrasz!

El mago dragón se estremeció, pero no se despertó.

La draenei presintió aún más intensamente la inminencia de un desastre. Como no podía hacer otra cosa, levantó como pudo a Krasus para llevárselo a rastras de allí a un lugar donde pudiera protegerlo mejor.

Entonces, un rugido escalofriante tronó en el oscuro firmamento, que fue respondido al momento por otro que sonó incluso más cerca.

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