La noche del dragón – Capítulo Cinco

La noche del dragón

Korialstrasz se despertó y se percató de que se había quedado dormido.

No debería haberlo hecho.

Acto seguido había adoptado el cuerpo de Krasus así como su vestimenta.

Bajo esta nueva forma examinó con detenimiento todo cuanto lo rodeaba, una cueva irregular situada en la ladera de una colina desolada que daba a una región pantanosa. Krasus supo inmediatamente dónde estaba, aunque seguía sin recordar cómo había llegado hasta allí.

Los Humedales se encontraban cerca de su objetivo, pero no en el camino que pensaba seguir en un principio. En ese instante, el dragón mago avanzó hacia la salida de la cueva tambaleándose, y acto seguido examinó el cielo; pero no halló ninguna pista que explicara su presencia en aquel lugar.

Lo último que recordaba era que había utilizado las pocas fuerzas que aún le quedaban para alcanzar la orilla, con la intención de dar con una zona apartada donde detenerse a descansar brevemente.

A partir de ahí, Krasus ignoraba, lo cual no era nada normal en él. Siempre le había incomodado la sensación de estar perdido, y más aún en su situación. Asimismo, Krasus desconocía cuántas horas había permanecido dormido exactamente. Un dragón podía dormir minutos, horas, días, incluso semanas, según las circunstancias.

Este viaje ha sido un cúmulo de problemas desde el principio. No puede ser una mera casualidad, pensó. A continuación recorrió con una mirada enojada los alrededores, como si los culpara de su situación.

Después, tras recobrar la compostura, Krasus logró sobreponerse a la frustración que lo dominaba. Si había alguna razón que justificara el sueño antinatural que había tenido, pronto la descubriría. En aquel momento, lo realmente importante era

que se hallaba muy cerca de su destino.

Muy cerca de Grim Batol.

Krasus comenzó a transformarse en Korialstrasz, pero de pronto vaciló. Un dragón llamaba demasiado la atención, cualquiera podía verlo. Tenía más posibilidades de atravesar esa espantosa montaña con su forma actual. Entonces recordó que su intención en un principio, cuando abandonó su santuario, era recorrer aquellas tierras como Krasus; pero el letargo perturbador en que se había sumido se lo había hecho olvidar momentáneamente. Quizá por eso había adoptado una forma más diminuta.

—Que así sea, se dijo a sí mismo.

Krasus examinó la ladera de la colina en busca de un sendero. Sabía que si quería mantenerse oculto de aquellos que buscaban seres mágicos como él, debía usar únicamente el poder justo y necesario para camuflar su presencia. Además, también era consciente de que su cuerpo actual era capaz de grandes esfuerzos físicos.

Se aferró a la ladera rocosa de la colina con las manos protegidas por guantes mientras              descendía           con

precaución hacia los Humedales. Notó la diferencia de temperatura de

inmediato; la parte a ras de suelo de aquellas tierras era mucho más húmeda. Por fortuna, aunque el aspecto de Krasus recordaba al de un elfo, uno muy pálido, poseía la capacidad de soportar el calor propia de un dragón rojo. Por tanto, los Humedales no suponían un gran escollo para él; las cavernas que solía habitar en su vuelo eran mucho más cálidas y confortables, y a veces, según su emplazamiento, mucho más húmedas.

En cuanto pisó aquella tierra suave y húmeda se percató de que reinaba un extraño silencio. Normalmente, los Humedales bullían de vida salvaje, de animales e insectos deseosos de revelar su presencia a gritos. Sin embargo, aunque escuchó algún animal o insecto aislado, sabía que allí debería oírse mucho más ruido.

Daba la sensación de que casi todos los seres vivos autóctonos fueran conscientes de la existencia de una amenaza inminente, algo que Krasus también intuía.

Pero como nada horrendo se abalanzó sobre él ni lo atacó con vil magia, Krasus se adentró cada vez más en la región pantanosa, siguiendo un sendero que lo llevaba a Grim Batol.

El follaje lo envolvió enseguida, y mientras Krasus se apartaba enredaderas de la cara, hubo algo que le llamó la atención de la flora. Por su aspecto; parecía normal, pero daba la sensación de que algo en su interior se había corrompido, de que los Humedales estaban degenerando.

La maldad de este monte se va extendiendo. Hay que detener su avance, pensó el mago. Apartó apesadumbrado más ramas y enredaderas que encontró a su paso, furioso consigo mismo por haberse olvidado de aquella tierra siniestra tras haber rescatado a su amada reina y librado a esas montañas de orcos y de la maligna Alma demoníaca. Debería haber aprovechado la ocasión para internarse en las entrañas de Grim Batol con el fin de erradicar cualquier fuerza tenebrosa que todavía anidara allí. Sin embargo, Krasus no hizo nada mientras su propio Vuelo, que incluía a algunos de sus vástagos, vigilaba la región. Siempre surgía otra crisis, otro peligro, que lo distraía y le impedía completar la tarea.

Pero es muy fácil juzgar los hechos a posteriori. Aunque ésa no era una excusa válida, por supuesto, le ayudaba a sentirse menos culpable.

Cada paso que daba provocaba que el fango emitiera un ruido que retumbaba demasiado alto; no obstante, Krasus no hizo nada por impedirlo, ya que habría tenido que recurrir a la magia. Con todo, aún se veía capaz de sorprender a aquello que se ocultaba en Grim Batol, aunque sus esperanzas se desvanecían por momentos.

Unos insectos diminutos revolotearon a su alrededor y al instante se marcharon volando; la mayoría de los insectos que se alimentaban de sangre parecían intuir que aquel ser no era de su gusto.

Sin embargo, había algo más allí para quien Krasus sería un manjar exquisito. Si bien el mago percibió su presencia cerca, no podía precisar con exactitud su localización sin revelar al mismo tiempo su emplazamiento a lo que fuera que se escondía en aquella montaña. El mago avanzó con suma cautela; si bien era muy poderoso cuando adoptaba esa forma, no era invulnerable.

Aun así, nada lo atacó, y aquella figura ataviada con una vestimenta morada se adentró en lo más profundo de los Humedales y, una vez allí, decidió que había llegado el momento de correr el riesgo de sondear Grim Batol con la mente.

Tras hallar una zona relativamente alejada de las aguas amortajadas del pantano, Krasus se apoyó en un árbol cubierto de musgo y se dispuso a concentrarse al máximo. De inmediato su percepción se expandió en todas direcciones. Una mente humana no habría podido asimilar tanta información sensorial, pero la de un dragón era mucho más compleja y evolucionada.

No obstante, como solo había un lugar concreto que lo inquietaba, el dragón se concentró en la montaña. De pronto lo vio todo como si realmente estuviera caminando por aquel terreno. A pesar de que había llegado antes de lo que imaginaba, aún le quedaba mucha distancia por recorrer. Pero no le preocupaba.

A continuación rastreó con su mente los páramos que circundaban Grim Batol, donde la sensación de inquietud se multiplicó por mil. Las tinieblas que rodeaban y se internaban en la montaña le pedían a gritos que se acercara a descubrir sus secretos.

En ese instante entornó los ojos y entró con la mente en la mismísima Grim Batol.

Al principio, la oscuridad lo dominaba todo, pero poco después algunos fragmentos de imágenes fUeron apareciendo a medida que se adentraba en las cavernas. Sin embargo, se llevó una gran decepción en cuanto tuvo ante sí la primera imagen nítida y completa del interior de Grim Batol pues lo único que vio fueron estalactitas y estalagmitas envueltas en sombras. No obstante, también divisó algunos huesos en la cámara; se trataba de restos de orcos, que sin duda alguna llevaban allí desde la batalla en que los guerreros verdes fueron expulsados de Grim Batol.

Como la sensación de maldad era demasiado intensa para ser ignorada,

Krasus se concentró aún más.

De pronto alzó las cejas sorprendido. Algo se acercaba, e intentó salir de allí al instante. Entonces se percató de que su mente no podía abandonar Grim Batol.

Krasus lo intentó, pero era como si se alzara ante él un muro de toneladas de tierra y piedra e intentara abrirse paso a través de él valiéndose únicamente de los puños. Lo único que podía ver era la cámara repleta de esqueletos y envuelta en una oscuridad que indicaba que más allá estaba la ladera de la montana que tanto ansiaba volver a atravesar.

Y aún peor, ese encantamiento le impedía ver qué estaba ocurriendo en el

plano físico.

Krasus volvió a intentar huir en vano. Cada vez estaba más convencido de que quienquiera que le hubiera tendido aquella trampa lo atacaría de un momento a otro. Pero no ocurrió nada.

La trampa parecía haber caído en el olvido tras haber sido tendida en su día. Krasus sabía que debía librarse de ella lo antes posible. Se concentró en la imagen de su cuerpo e imaginó que su mente moraba otra vez en él.

Sin embargo, siguió sin suceder nada. El dragón mago se detuvo un momento a pensar y luego centró su atención en intentar localizar la matriz del hechizo que lo retenía en aquella cámara. No le llevó mucho tiempo dar con ella, pero su complejidad lo descorazonó. Sin duda alguna, era obra de alguien que dominaba las artes arcanas; por su antigüedad, podría atribuirse al mismo Alamuerte.

No obstante, Krasus sabía que debía penetrar en el corazón del conjuro. Sólo así tendría la posibilidad de deshacer el hechizo, si eso era todavía posible.

Su conciencia se adentró aún más en el encantamiento de retención con objeto de estudiar su configuración. Se trataba, en efecto, de un conjuro de Alamuerte que, irónicamente, podría acabar sirviendo a los fines de Krasus. Si había un ser vivo capaz de sondear la mente

retorcida de aquel leviatán negro, ése era el consorte de Alexstrasza. Krasus llevaba mucho tiempo vigilando con celo a aquel Aspecto porque Alamuerte había urdido muchas conspiraciones a lo largo de milenios.

El dragón mago fue estudiando los hilos de aquel encantamiento uno a uno hasta que comenzó a ver un patrón, que era más intrincado de lo que había sospechado.

Sin embargo, una de las hebras parecía más prometedora que el resto. Krasus estaba tratando de descubrir su origen, cuando…

… esa cosa cuya presencia había intuido antes se acercó más a él. No cabía duda de que se aproximaba hacia Krasus. Entonces, una sensación repentina de hambre voraz se apoderó de él; no se trataba de la necesidad de devorar carne, sino de algo mucho más importante para aquel ser.

Esa cosa codiciaba su magia.

Krasus intentó terminar lo que tenía entre manos cuanto antes, pues era plenamente consciente de que si alguien le arrebataba su magia, sufriría una muerte mucho peor que si alguien lo degollara con una espada. Había visto a otros de su raza sufrir esa suerte, y pensar en semejante muerte le inspiraba pavor.

La criatura que moraba en las cavernas centró su atención en el lugar donde se hallaba la mente del mago. Por otro lado, el hecho de que su cuerpo estuviera en otra parte no le servía de consuelo al dragón mago. Algunos Comemagia sólo necesitaban hacerse con el vínculo que el hechizo establecía entre cuerpo y mente para apoderarse de su presa.

Aquella trampa continuaba resistiendo los denodados esfuerzos de Krasus. Asimismo, la hebra que había seguido acabó siendo un callejón sin salida. Y lo mismo sucedió con la segunda.

El misterioso depredador se hallaba ya casi encima de Krasus, quien percibió su horrenda proximidad, consciente de que cuando por fin fuera capaz de verlo a través de su propio hechizo, ya sería demasiado tarde. No sabía qué hacer para salvarse.

Soy un necio, pensó. Aún había una esperanza, aunque era arriesgada. Quizá esa estratagema le permitiera evitar una muerte lenta y agonizante a manos de aquel Comemagia, pero también podía perder la vida en el proceso.

En realidad, no tenía otra opción, así que se concentró. Si bien lo que intentaba hacer era imposible para la mayoría de los practicantes de magia, Krasus llevaba milenios entrenándose como mago y practicando las artes arcanas.

Aunque todavía estaba por ver si el ardid funcionaría o no.

Krasus sintió los latidos de su corazón. Un corazón que ya latía en una época en que la raza de los dragones era muy joven; que había sido testigo de la caída y auge de la raza de los elfos de la noche, y también de cómo los demonios de la Legión Ardiente habían atacado no en una sino en dos ocasiones, y había visto cientos de tierras arrasadas.

Ahora, a través de la concentración mental, intentaba ralentizar sus pulsaciones hasta llegar a detener su corazón.

Percibía sus latidos a pesar de la distancia. Aun así, el mero hecho de poder escucharlos le hizo albergar esperanzas.

De pronto, sus latidos se calmaron lo bastante como para soñar con el éxito de aquella empresa.

En ese instante, un fulgor siniestro iluminó la caverna donde yacían los esqueletos.

Krasus concentró todos sus esfuerzos en su corazón. Esperaba que la tremenda conmoción que iba a sacudir su cuerpo lograra liberar su mente de aquella trampa mágica. Lo había visto hacer con anterioridad e incluso lo había practicado, pero no era lo mismo tener que hacerlo cuando uno se encontraba en apuros.

En ese momento, una masa enorme de forma imprecisa surgió entre las estalagmitas. Krasus sólo disponía de segundos…

Su cuerpo se estremeció presa de una gran conmoción, pero no era debido a su intento de escapar. No obstante, gracias a ello, la mente del dragón mago logró abandonar Grim Batol justo cuando el Comemagia estaba a punto de atraparla.

Acto seguido, el mago descubrió que acababa de sustituir a una criatura hambrienta por otra.

El crocolisco lo había cogido de la pierna y lo arrastraba hacia las aguas pantanosas. La conmoción que había permitido que la mente de Krasus regresara a su cuerpo la había provocado una bestia escamosa con una boca enorme repleta de dientes afilados que horadaban la carne. La sangre manaba de la pierna destrozada; una sangre que únicamente un crocolisco, con un estómago tan resistente como la armadura de un paladín, era capaz de tolerar.

El hecho de que pudiera perecer triturado por las mandíbulas de un depredador tan vulgar como aquel reptil de seis patas, después de haber librado combates con seres extremadamente poderosos, resultaba irónico, y Krasus era consciente de ello. El dragón mago aguantó la agonía como pudo y le propinó un puñetazo al crocolisco en su duro hocico.

Entonces, un aura azulada envolvió a aquella criatura del pantano, la cual, al abrir sus poderosas mandíbulas para rugir, permitió a Krasus zafarse de su captor. Acto seguido, el cuerpo del crocolisco se estremeció a medida que el aura se intensificaba.

El hechicero herido se arrastró jadeando hasta el árbol donde había estado apoyado, y desde allí observó cómo su atacante se revolvía. Era la bestia que no había percibido antes. Incluso ahora, apenas podía detectar su presencia. Alguna fuerza protegía a ese crocolisco camuflándolo ante un mago tan poderoso como él.

Sin embargo, esa fuerza no podía protegerlo de los poderes de Krasus, quien observó con una lóbrega satisfacción cómo el crocolisco intentaba huir del aura regresando al agua. A cada paso que daba, el reptil se desintegraba. Empezó a despellejarse y su piel se disipó en forma de niebla antes de tocar tierra. Asimismo, sus seis patas se tambalearon al deshacerse en ceniza. Finalmente, el crocolisco profirió un rugido desesperado, y lo poco que quedaba de él se desintegró.

Sólo unas pocas gotas de sangre de

Krasus esparcidas por la tierra recordaban que aquel depredador había pasado por allí.

Acto seguido contempló su pierna destrozada; esa herida habría supuesto la muerte por desangramiento o infección a un humano o a cualquier otro ser mortal. No obstante, el dolor era insoportable incluso para él. Con todo, el ataque lo había salvado de un destino mucho peor, así que en cierto modo se sentía agradecido al crocolisco.

A continuación, Krasus puso una mano sobre la carne y se concentró en la herida. En ese instante, un resplandor tenue y rojizo se extendió desde la palma de su mano a las simas ensangrentadas.

La sangre dejó de manar y la agonía que sentía se desvaneció en parte. Las heridas más pequeñas que habían abierto los dientes de crocolisco menguaron, y los bordes de la herida más grande se fueron cerrando poco a poco.

Krasus no se curó sólo esos cortes. Corría el rumor de que recientemente se habían descubierto crocoliscos venenosos. Aunque no sabía de dónde habían surgido aquellos rumores, prefería no correr riesgos. Conocía muy bien los peligros que podían acarrear las toxinas de los repugnantes dientes de un crocolisco. En su forma actual, era más vulnerable a las toxinas que cuando se transformaba en dragón. Como esos venenos podían acabar con un toro en unos minutos, y con un hombre en menos, el hechicero no estaba dispuesto a comprobar en qué medida podrían afectarle a él.

Mientras sellaba las heridas que el crocolisco le había infligido con las mandíbulas, neutralizó los venenos que recorrían el interior de su cuerpo. La tensión que conllevaron esas curas superó con creces lo que había esperado, y por primera vez se vio al límite de sus fuerzas. Si sobrevivió fue gracias a quién, y no a qué, era.

Cuando terminó, no quedaba ninguna señal externa de la herida. Krasus examinó la pierna y constató que se había curado del todo. Por último, deslizó poco a poco la mano por sus ropajes, que recuperaron así su aspecto original.

Había aprendido unas cuantas lecciones gracias a esta experiencia. Sobre todo, que no tenía que dar nada por supuesto. Primero, había caído inconsciente en una zona alejada de su última localización conocida. Después, su mente había quedado atrapada en Grim Batol tras infiltrarse en aquella montaña. Y ahora, una bestia vulgar lo mata, en parte porque había adquirido la facultad de hacerse indetectable ante seres como él.

Un patrón comenzaba a emerger de ese cúmulo de circunstancias; un patrón que inquietaba seriamente a Krasus, sobre todo porque desconocía su origen.

No obstante, estaba casi seguro de que esperaban su llegada.

Así que alguien me aguarda, quizá alguien como yo. Alguien a quien le gusta jugar.

Pero, ¿quién?

—Habrá que esperar para saberlo, se dijo a sí mismo.

Si su desconocido adversario quería jugar, Krasus era un experto en esas lides. No importaba que supieran que llegaba, puesto que acabarían descubriendo que tal conocimiento era una desventaja más que una ventaja.

Krasus sonrió sombrío.

—Me toca hacer el siguiente movimiento, añadió para sí.

Al instante hizo un gesto y se desvaneció.

Los enanos salieron de su nueva madriguera por la salida más cercana a los Humedales. Si bien no deseaban recorrer aquel camino precisamente se habían visto obligados a tomar esa dirección, ya que necesitaban reabastecerse de provisiones, sobre todo de agua.

—No se ve ningún raptor cerca —murmuró Grenda—. Bueno, no se ve ningún bicho cerca, la verdad…

Rom escudriñó la región pantanosa.

—Démonos prisa —ordenó Rom mientras señalaba a cuatro enanos que cargaban con unos barriles pequeños—. Vbsotros, id con Bjarl y sus guerreros al arroyo del que sabemos que se puede beber. Grenda, tú y los demás vendréis conmigo. Aunque tengamos que comer raptores o crocoliscos, regresaremos con carne fresca.

A pesar de que los enanos eran unos seres muy duros, a ninguno le hacía gracia tener que comer la carne de esos depredadores, que estaba plagada de tendones y sabía a podredumbre. Sin embargo, no tenían donde escoger, sobre todo últimamente. Resultaba increíble que esas criaturas aún merodearan por la región cuando casi todas las posibles presas habían huido de allí hacía tiempo, al intuir, al igual que los enanos, la maldad que anidaba en Grim Batol.

Tengo el presentimiento de que estamos cerca de descubrir la verdad pensaba Rom a su pesar. Sabemos que el elfo de sangre, los dracónidos y los skardyns están ahí. Así como la dama de negro. Lo sabemos. Pero aún no sabemos qué hacen ahí dentro.

De repente, estalló en unas sonoras carcajadas, lo cual sobresaltó a Brenda.

Rom enseguida reprimió su risa. Sí, era cierto: los enanos no sabían qué tramaban el elfo de sangre y sus cómplices. Un pequeño e insignificante detalle del que dependía el éxito de su misión y, probablemente, que pudiesen salir de allí con vida.

Entonces reparó en su mano mutilada. Aunque la muñeca estaba cauterizada, aún sentía palpitaciones en la mano; pero como era un enano, se había acostumbrado al dolor poco después de haber sufrido la mutilación. Aun así, el veterano guerrero recordó en esos momentos cómo, a pesar de ser el enano a quien el rey Magni confiaba las misiones más peligrosas, al principio se había mostrado reticente a ésta en concreto. No obstante, Rom había ocultado tal renuencia a su monarca, naturalmente. Pero se arrepentía de haber aceptado.

Eres un necio, Rom. Deberías haber dejado que otro comandara esta misión en vez de arrastrarte otra vez a este lugar tenebroso, maldito e insaciable.

Rom guió a Grenda y a los demás cazadores por los Humedales, sin permitir en ningún momento que su expresión revelara cuánto le atormentaban las muertes acaecidas allí con anterioridad. No se trataba sólo de la muerte de aquellos que habían perecido en esta misión, sino de la de todos los que habían fallecido hacía tantos años luchando contra los orcos. Aún podía ver sus rostros, sus cadáveres cubiertos de sangre.

Aún podía escuchar cómo sus fantasmas lo llamaban.

Entonces, Rom se dio cuenta de que alguien más lo estaba llamando. Grenda había visto algo.

—He visto algo que se movía. Podría tratarse de un crocolisco —susurró.

—¿Dónde?

—Está ahí mismo —respondió Grenda señalando a la derecha, a un árbol muerto que había perdido las ramas hacía mucho y de cuyo tronco se había desprendido la corteza en la parte superior—. Ahí, entre la espesura.

—Nos desplegaremos en abanico. Que todo el mundo mire bien dónde pisa.

Habían perdido a Samm de esa forma. A pesar de que el joven enano avanzaba siempre con cautela, mirando dónde pisaba en el blando suelo, de improviso se lo tragó la tierra.

No lograron recuperar su cuerpo.

Grenda se llevó a la mitad de los cazadores en dirección oeste y Rom se fue con los tres restantes al norte. No divisó ni rastro de su presa, y aunque sabía que los crocoliscos eran unos expertos a la hora de esconderse bajo el agua, confiaba en la vista de la enana, que era bastante aguda para pertenecer a una raza que vivía gran parte del tiempo bajo tierra.

Por otro lado, los enanos se desplazaban con un sigilo que la mayoría de las razas consideraban impropio de unos seres de constitución tan robusta.

A continuación, el grupo de Grenda bordeó la orilla mientras que el de Rom tuvo que meterse unos cuantos pasos en el agua.

Si bien el agua turbia impedía ver lo que había bajo la superficie, Rom sabía que debía estar atento a la presencia de burbujas o a cualquier otra leve variación en el discurrir del agua que le revelase la posición del crocolisco. Por desgracia el reptil también estaría atento a cualquier señal que le revelara dónde se encontraban los enanos.

Rom miró en dirección hacia Grenda, quien le indicó con el hacha un lugar cercano a uno de los enanos de su grupo. Había localizado algo. Rom ordenó detenerse al suyo con un gesto.

Al instante, el crocolisco emergió de las aguas a menos de un metro de Grenda, aunque no para atacar, sino para huir de ella y del resto de enanos. Sin embargo, dos de los cazadores del grupo de la enana ya lo habían rodeado de forma que no tuviera escapatoria. Uno de ellos lo atacó con su hacha y le hizo un corte muy profundo en una de las patas delanteras.

El animal herido se giró para morder a su atacante, y Grenda aprovechó para atacarlo por detrás. Le atravesó la columna, lo que provocó que los espasmos se adueñaran del cuerpo del crocolisco.

Rom asintió. Aquella bestia estaba a punto de morir. La cacería iba a ser muy corta, lo cual le alegraba. Cuanto antes volvieran bajo tierra, mejor.

Entonces escuchó un chapoteo a su izquierda que captó su atención. Dos crocoliscos valdrían para alimentar a sus famélicas tropas, aunque no fueran el manjar preferido de los enanos. Se volvió y…

… comprobó que lo que tenía delante no era uno de esos depredadores del agua sino una masa espantosa y gelatinosa que avanzaba hacia los enanos. Dentro de su temblorosa forma flotaban varios objetos, sobre todo huesos.

—¡Cuidado! —gritó Rom—. ¡Un moco!

De inmediato, uno de los enanos más jóvenes de su grupo se abalanzó con ímpetu sobre aquella forma macabra antes de que su líder pudiera evitarlo. La hoja del hacha se hundió en la sustancia viscosa de tal modo que el impulso lo lanzó de frente contra esa cosa gelatinosa.

Aquel engendro de pesadilla absorbió al cazador en su interior.

Rom profirió un grito de consternación y, tras alzar su arma con la mano que le quedaba, cargó contra la criatura. Aún recordaba con horror a ciertos enemigos similares con los que se había enfrentado en la región de Marjal Revolcafango. Si quería salvar a su compañero, tendría que actuar con rapidez.

Rom hirió al monstruo en un costado con una estocada experta, pero la marca que había dejado su hoja sobre el monstruo se desvaneció de inmediato. El enano se maldijo por haber intentado una estrategia que debería haber sabido que no iba a afectar en absoluto al moco. Dentro, el enano se estremecía y parecía incapaz de moverse.

Como Grenda y su grupo estaban muy ocupados forcejeando con el crocolisco, la salvación de aquel enano dependía de Rom y de los dos cazadores restantes. Mientras ambos cazadores se aproximaban, el comandante rodeó al bicho, con la esperanza de que si lograba introducir el mango de su hacha en el interior del monstruo, el enano cautivo podría agarrarlo y Rom podría tirar de él y sacarlo de ahí.

—¡Por las barbas de Thorvald! —exclamó Rom entrecortadamente.

Se apartó del enemigo gelatinoso horrorizado por lo que vio.

Ya le había devorado la cara al enano que había capturado.

Lo único que le devolvía la mirada a Rom bajo la abundante mata de pelo era una calavera. Mientras observaba aquel espectáculo dantesco, el cabello comenzó a marchitarse y a desintegrarse. Era justo lo que temía que iba a pasar, pero, por batallas previas que había lidiado contra mocos, el comandante enano calculó que disponía de más tiempo para salvar a su compañero.

—¡Atrás! —ordenó Rom, temeroso de perder al resto.

—¡Cuidado! —le advirtió uno de los guerreros.

Rom se giró.

Si no fuera manco, habría perdido la mano en ese momento. El muñón cauterizado fue absorbido por la forma temblorosa de un segundo enemigo y al instante sintió cómo se le quemaba la carne.

Profirió un grito, e intentó liberarse, pero la masa gelatinosa y rezumante no lo soltaba. Se imaginó que iba a morir como el otro enano, cuando…

De improviso, de entre las copas de los árboles surgió un proyectil flamígero que impactó en la criatura que aferraba el muñón de Rom. Éste esperaba que la sustancia rezumante lograra apagar las llamas, pero no fue así, y su enemigo se transformó en un infierno.

Rom olió a aceite y entendió qué estaba haciendo el arquero. También comprendió que no iba a tener otra oportunidad de salvarse. Tiró con todas sus fuerzas y pudo liberar parte de su brazo mutilado.

Otra flecha en llamas alcanzó al monstruo, que se revolvía convulsivamente. Y Rom cayó hacia atrás en cuanto el engendro lo soltó.

Si bien el otro moco intentó meterse en el agua, dos flechas se clavaron en él una tras otra a gran velocidad. Al igual que acababa de suceder con la otra aberración, el fuego envolvió al monstruo, que se estremecía como si estuviera a punto de estallar.

Rom recuperó el hacha, que se la había caído, y se acercó a sus compañeros.

Grenda se acercó a él corriendo y le preguntó:

—¿Te encuentras bien?

—Mejor de lo que esperaba —respondió al tiempo que observaba jubiloso cómo aquellos engendros ardían.

El segundo en haber sido alcanzado por las flechas no era más que un montón de despojos calcinados… y de huesos de enanos que aún ardían.

—¡Maldito moco! —masculló Rom.

Grenda se estremeció; la enana rara vez mostraba su miedo de esa forma. Y acto seguido dijo:

—Voy a tener pesadillas por culpa de esto. Pobre Harak. ¿No se podrá rescatar algo de él y enterrarlo?

Los enanos Barbabronce preferían enterrar a sus muertos, con el fin de devolverlos a la tierra que tanto había protegido y ayudado a su raza. Consideraban un honor restituir a la tierra lo que le pertenecía.

Pero no se podía hacer nada al respecto. El fuego, alimentado por el moco, había reducido sus huesos a cenizas.

—Al menos ha tenido una especie de pira funeraria —contestó Rom, intentando ver el lado bueno de aquella funesta situación.

A continuación miró a su alrededor e intentó calcular la dirección desde la que habían sido disparadas las flechas.

Entonces, vio algo por el rabillo del ojo que le obligó a girarse. Grenda se puso tensa; obviamente, pensó que otro monstruo estaba a punto de atacarlos.

Pero fuera lo que fuese lo que Rom había visto, ya no se hallaba en su campo de visión, razón por la cual soltó un juramento.

—¿Qué era? ¿Qué has visto?

—No he podido verlo con claridad.

Sólo había entrevistó una vaga silueta. Nada más. Ni siquiera estaba seguro de qué altura tenía. Lo único que Rom sabía con certeza era que se movía demasiado rápido para ser un enano.

Pero, en aquel espantoso reino, ¿quién iba a echar una mano a esos enanos en apuros?

Y lo que le intrigaba más aún, ¿en qué medida iba a afectar a su misión la presencia de ese desconocido?

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