La noche del dragón – Capítulo Cuatro

La noche del dragón

La noche del dragón – Capítulo Cuatro

El ominoso paisaje que se erigía ante la sacerdotisa en el horizonte respondía al nombre de Khaz Modan. Si bien la draenei encapuchada desconocía el origen de aquel nombre, su mera sonoridad la puso en guardia. No obstante, sabía que algunos orcos habitaban en esa región, así como otros grupos de enanos, y conocía bien a ambas razas. Aunque la sacerdotisa esperaba por su bien, si se producía una confrontación, que fuera con uno de los moradores de las entrañas de la tierra y no con un guerrero de piel verde. Los enanos, al menos, eran aliados.

Al principio no vio ni rastro del asentamiento que buscaba en la isla, pero, poco a poco, unas siluetas se materializaron en la lejana orilla. La más prominente era la que pertenecía a una sólida muralla de piedra situada en el extremo más lejano del puerto de Menethil; que, por lo que sabía, protegía casi toda la ciudad de las incursiones enemigas por tierra. Más allá, tras la niebla matutina que se iba disipando, se divisaban unas estructuras más altas y unos árboles enormes de ramas enmarañadas.

Un edificio en particular, que se alzaba por encima de todos los demás, llamó su atención: se trataba del Castillo de Menethil, cuyas cuatro torres vigilaban aquel asentamiento como unos guardianes severos, y sus cimas cónicas recordaban a los yelmos de unos guerreros. Entre esas torres se levantaba una estructura semejante a la de una catedral que conformaba el edificio principal y tenía una altura considerable; esa estructura tenía una planta menos que las torres, y sin embargo era mucho más ancha.

A medida que el puerto de Menethil iba cobrando forma frente a aquella figura solitaria, la draenei se percató de que, probablemente, los centinelas, podían divisar ya su llegada.

Unos minutos después, un barco fue a su encuentro. La tripulación estaba compuesta en su mayoría por humanos, aunque también había unos pocos enanos audaces a bordo. Los enanos y el mar se llevaban mal en general, ya que tenían cierta tendencia a hundirse como piedras si caían en él, pero los tiempos que corrían exigían más valor que nunca.

Mientras el barco se acercaba a la barca de la mujer, un humano se asomó por la baranda para examinar a la intrusa solitaria. En la cara cubierta de barba de aquel hombre se dibujó una expresión de sorpresa.

—Mi señora —masculló—, pocas veces un miembro de la raza draenei visita estas tierras… y mucho menos en un medio de transporte como el que

tengo ante mí.

El hombre se inclinó un poco más sobre la baranda, revelando que portaba un peto deslustrado; lo cual indicaba que era un oficial. A pesar de la barba, era joven para ostentar ese rango, puede que tan joven como ella. Las últimas guerras habían sido tan cruentas que el número de guerreros veteranos facultados para luchar            había     disminuido

considerablemente en ambos bandos.

—Sólo quiero desembarcar en el puerto de Menethil —replicó la mujer—. ¿Me concedes permiso?

La sacerdotisa omitió que iba a desembarcar en tierra fuera cual fuese la respuesta de aquel hombre.

Por fortuna, el oficial parecía ser una persona sensata. Los draenei eran aliados, así que, ¿por qué no iba a permitir que una de ellos entrara en una fortaleza de la Alianza?

—Vas a tener que responder a unas cuantas preguntas en cuanto desembarques pero, aparte de eso, no creo que haya ninguna razón por la que deba impedirte el paso, mi señora.

Al instante, ordenó a uno de sus hombres que lanzara una escalera de cuerda cerca del bote de la draenei. A continuación, un marinero hirsuto bajó por ella con cierta dificultad para hacerse con el mando del velero, y al mismo tiempo otro sostenía la escalera para que no se moviera demasiado mientras la draenei ascendía por ella.

—Bienvenida a bordo de El hijo de la Tormenta, atracado temporalmente en el puerto de Menethil.

De cerca, el humano que comandaba la nave parecía aún más joven. Si bien sus ojos eran de un azul intenso y reflejaban una cierta inocencia, había algo en ellos que indicaba que era un combatiente curtido en mil batallas, y no un joven noble al que habían otorgado ese cargo por razón de su linaje.

─Soy su capitán, Marcus Brisaespina…

Hizo una reverencia un tanto histriónica sin apartar en ningún momento la vista de la draenei. Esa mirada era una invitación, o más bien, una exigencia a que ella se presentara a su vez. La sacerdotisa enseguida se percató de que a Marcus Brisaespina no se le podía engañar con facilidad, a pesar de su mirada inocente.

—Me llamo Iridi.

El capitán dio por buena esa breve respuesta.

—Mi señora Iridi; ¿buscas a alguien en particular en el puerto de Menethil?

La draenei movió la cabeza de un lado a otro de un modo casi imperceptible.

—No. Mi misión me lleva a un lugar que se halla más allá de esta ciudad.

—Más allá se encuentran los Humedales, que están repletos de peligros. Poco más.

—Ésa es la dirección que he de seguir.

El capitán se encogió de hombros.

—No tengo ninguna razón para impedir que prosigas tu viaje y si los que gobiernan el puerto de Menethil tampoco, podrás ir en busca de tu destino, mi señora.

Brisaespina volvió a hacer una reverencia y luego se dio la vuelta para volver al mando. A continuación, El Hijo de la Tormenta viró y se dirigió al asentamiento.

Iridi dejó el velero en el que había viajado hasta entonces en manos del capitán Brisaespina, puesto que aquel navio ya había cumplido su propósito. Una vez en la orilla, varios enanos salieron a su encuentro, encabezados por uno de larga barba particularmente orondo. Él y el resto de sus camaradas portaban a la espalda unas hachas de combate muy afiladas.

—Me llamo Garthin Guíapiedra —masculló después de que la draenei se hubiera presentado.

Acto seguido, Garthin hizo una discreta reverencia que contrastaba con la histriónica del capitán humano y añadió:

—No hay muchos draeneis por estos lares. De hecho, nunca he visto a ninguno por aquí, señora.

—¡No tengas miedo a esa muchacha, viejo verraco! —le espetó Marcus jocosamente y a voz en grito desde El Hijo de la Tormenta, que abandonaba el muelle una vez más.

El enano respondió al humano con un gruñido, pero por el destello de sus profundos ojos castaños cabía deducir que el capitán y él eran amigos. Entonces, Garthin se dirigió a Iridi para proseguir su conversación:

—Como decía, nunca antes había visto a un draenei por aquí, señorita. ¿Qué te trae al puerto de Menethil? —Sólo estoy de paso. Para cumplir

mi misión he de viajar a las tierras que se encuentran más allá de esta ciudad.

—¿En qué consiste esa misión? Alguien como tú no debería adentrarse en los Humedales. Allí hay cosas mucho peores que los raptores.

La draenei lo miró fijamente a los ojos y respondió:

—Aprecio tu preocupación, maese Garthin Guíapiedra, pero no temas por mí. Iré donde el destino me lleve.

—He conocido a otras sacerdotisas como tú. Servís a algo llamado los noru…

—Naaru.

—Eso es lo que he dicho —replicó Garthin obstinadamente—. Son unos

seres místicos o algo así.

Acto seguido, se encogió de hombros y añadió:

—No hallamos ninguna razón para impedirte que viajes a esas tierras que se encuentran más allá de estos muros, pero la palabra final la tiene el consejo rector. Deberás esperar a que caiga la noche para conocer su veredicto.

Aunque gracias a su vocación, había aprendido a apreciar la virtud de la paciencia, Iridi no se tomó muy bien el hecho de tener que esperar a que otro tomara una decisión que ella ya había tomado. Abandonaría en breve el puerto de Menethil para proseguir su viaje, de eso no había ninguna duda.

Aun así, inclinó levemente la cabeza y dijo con humildad:

—Como quieras. ¿Dónde podría encontrar algo de sustento?

El enano sonrió de manera cómplice.

—Ah, te llevaré al mercado… y te haré compañía hasta que se tome esa decisión.

Gracias a esas palabras, el enano despertó simpatía en Iridi. Garthin sabía que, si la dejaba sola, la draenei no sólo compraría lo necesario para una comida, sino lo suficiente para continuar su viaje. Le gustara o no, la sacerdotisa iba a tener que esperar a que cayera la noche.

Aunque, de un modo u otro, la draenei abandonaría la ciudad antes de despuntar el alba.

Garthin demostró ser un anfitrión mucho mejor de lo que Iridi había imaginado; el enano se mostró dispuesto a explicarle qué era todo cuanto la draenei alcanzó a ver en el mercado. Por otro lado, también le proporcionó alguna pista acerca de las amenazas a las que la ciudad se estaba enfrentando.

—Hoy día, ya no se trata sólo de la Horda —le comentó el enano en cierto momento mientras Iridi fingía estar interesada en unas cerámicas—. Se dice que otras cosas acechan más allá de los

Humedales. Se han visto sombras que ocultan la luna y escuchado gritos similares a los que proferiría un demonio.

Aunque la mirada de Iridi seguía clavada en los objetos de cerámica de aquel mercader, la sacerdotisa escuchaba al enano con suma atención.

—¿Demonios?

—Sí, aunque nadie los ha visto realmente. Aun así, más de un explorador no ha regresado de esas tierras, y el consejo está debatiendo qué va a hacer para investigar esos rumores. Tengo entendido que van a enviar un mensaje al rey —dijo Garthin (Iridi sabía que se refería al monarca de los enanos)—. Pero soy de la opinión de que si no ha enviado ya a nadie, no lo va a hacer ahora…

Gracias a instantes como aquél, Iridi fue recopilando información suficiente para estar segura de que seguía la pista correcta. Con sólo haber oído a Garthin mencionar los rumores sobre los «gritos de demonios» ya estaba ansiosa por proseguir su viaje. deseaba tanto que el consejo se pronunciara cuanto antes.

Se pronunció, aunque tuvo que esperar hasta el crepúsculo, como le había advertido Garthin. Lo que es más importante, se pronunciaron en contra de los deseos de la draenei.

Garthin recibió la misiva de manos de uno de sus propios hombres, la leyó y, acto seguido, masculló:

—Por lo visto, no vas a ir a ninguna parte, señora… pero no eres la única. Nadie podrá abandonar el puerto de Menethil hasta nueva orden.

Iridi mostró una mueca de leve decepción, aunque, en su fuero interno ya estaba urdiendo su fuga.

—En ese caso, necesitaré unos aposentos donde hospedarme mientras tanto.

—Conozco una posada idónea para alguien como tú, señora. Permíteme que te guíe hasta ella.

Iridi inclinó la cabeza.

—Eres muy amable, Garthin

Guíapiedra.

Al escuchar esas palabras, el enano esbozó una sonrisa cómplice.

—No…; simplemente, cumplo con mi obligación. No saldrás de esta ciudad, aunque para evitarlo tenga que encerrarte en una celda, señora. Las órdenes son órdenes. Nadie va a abandonar Menethil. Lo hacemos por tu bien.

Hablaba muy en serio, tanto al afirmar que le prohibían proseguir su viaje por su bien como, sobre todo, al advertirle de que acabaría tras unos barrotes si fuera necesario. Iridi meditó cuidadosamente su respuesta; no obstante, la advertencia del enano no apaciguó en absoluto sus ansias de partir de aquella ciudad.

— Si el destino dicta que ha de ser así, que así sea…

En ese preciso instante, escucharon el bramido de unos cuernos que provenía de los muros que daban a los Humedales.

Garthin empuñó su hacha con una agilidad y una celeridad que asombraron a la sacerdotisa.

—¡Quédate aquí! ¡Es una orden!

Acto seguido, se fue corriendo en dirección a esa parte de la muralla. Iridi vaciló apenas un segundo y, al instante, lo siguió.

En lo alto del muro, unos guardias enanos, resguardados tras unas almenas cubiertas, hacían sonar los cuernos mientras otros sostenían unas antorchas para poder entrever qué se movía en las oscuras tierras que se extendían ante ellos.

Iridi escuchó gruñidos y siseos que procedían del otro lado de la muralla; los cuales la llevaron a perder su habitual templanza y la convirtieron en un manojo de nervios.

Garthin se hallaba junto a una puerta abovedada, donde varios enanos se preparaban para internarse en la noche. Al instante, más de veinte guerreros alzaron sus armas al unísono y, en cuanto uno de sus compañeros les dio la señal

desde lo alto arriba del muro, cargaron.

Por desgracia, algo muy difuso y de gran tamaño intentó entrar en la ciudad al mismo tiempo.

Iridi solo pudo entrever fugazmente cómo una mancha borrosa de garras y dientes se abalanzaba sobre ellos y cómo los enanos contraatacaban con sus hachas con suma violencia. Entonces, un rugido de dolor reverberó por todo el Puerto de Menethil. Iridi pudo atisbar cómo uno de los guerreros era arrastrado con suma rapidez hacia la oscuridad… y, por primera vez, escuchó a un enano gritar presa del horror más absoluto.

A pesar de aquel grito desgarrador,

Garthin y los demás continuaron internándose en la noche, seguidos con celeridad por, al menos, dos decenas más de guerreros recién llegados. Iridi sabía que los enanos poseían una gran determinación y fuerza y que, por tanto, lo que les amenazaba tenía que ser realmente poderoso y horrendo.

Desobedeciendo las órdenes de Garthin e ignorando el peligro que acechaba ahí fuera, la sacerdotisa draenei echó a correr y extendió una mano… en la que se materializó una vara, rematada por un cristal largo y puntiagudo engarzado en plata. El cristal brilló con un intenso resplandor azulado. De inmediato, en el extremo opuesto de la vara, un cristal idéntico pero más pequeño sumó su fulgor a esa luz casi cegadora que emitía su gemelo.

—¡Eh, tú, detente! —gritó un guardia en vano mientras la draenei se escabullía por la puerta.

Iridi descubrió que al otro lado del muro había un puente muy ancho que llevaba a los Humedales que ocultaba la niebla. En el extremo más alejado del puente, alcanzó a distinguir las siluetas envueltas en sombras de los guerreros enanos… así como de otras criaturas que los superaban en altura.

Alzó la vara y pronunció las palabras que los naaru habían enseñado a sus predecesores hace muchísimo

tiempo.

El cristal de mayor tamaño refulgió con más intensidad aún, y, de inmediato, un monstruoso coro de siseos y bramidos asoló sus oídos. Entonces, Iridi, pudo al fin contemplar contra qué combatían los enanos.

Si bien tenían aspecto de reptil, caminaban como bípedos. Sus patas delanteras acababan en unas garras afiladas y curvas capaces de rasgar con gran facilidad la ropa, la carne y, probablemente hasta una armadura. La mayoría de ellos era de color rojizo con vetas amarillas y todos llevaban lo que parecían unas bandas adornadas con plumas alrededor de las muñecas y de la

garganta.

Retrocedieron al unísono al verse sorprendidos por aquella luz que resultaba cegadora para sus rasgados ojos de mirada fiera. Los enanos, que estaban de espaldas al cristal, supieron aprovechar con celeridad la ventaja que les brindaba ese ataque lumínico inesperado. Al instante, arremetieron contra el grupo de reptiles, blandiendo sus hachas con fuerza. Sus pesadas hojas rasgaron las pieles escamosas, derramando entrañas y fluidos vitales. Tres de aquellos temibles reptiles cayeron al suelo, dos de los cuales fueron despachados con celeridad por los defensores de la ciudad. Sin embargo, el tercero logró alejarse de sus enemigos, que lo ignoraron totalmente, arrastrándose por el suelo; entretanto, los enanos seguían combatiendo con las bestias que todavía quedaban en pie.

No obstante, a pesar de la asombrosa intervención de la sacerdotisa, los leales guerreros seguían estando en desventaja. Iridi contó hasta veinte de esos reptiles salvajes, quienes peleaban hasta la extenuación sin que las letales hachas de los enanos los amedrentaran. Tenían a su favor su tamaño y velocidad; una velocidad que sorprendió a la draenei. Lo que es peor aún, se trataba de un asalto organizado y ejecutado a la perfección; daba la sensación de que eran seres inteligentes. En ese instante, la sacerdotisa observó cómo un enano quedaba al margen del resto y, acto seguido, era rodeado y despedazado antes de que nadie pudiera ayudarlo.

¡Esto no puede seguir así!, pensó Iridi, quien dio un salto hacia delante dispuesta a usar la vara como arma. Sin más dilación, golpeó con ella a un reptil en el estómago y, a continuación, le propinó una patada dirigida a una zona desprotegida justo debajo de esas poderosas mandíbulas.

La bestia cayó de rodillas, y la draenei, con la mano libre, golpeó al reptil y lo derribó del todo, lanzándolo

contra uno de sus compañeros raptores.

Entonces, unas garras le rasgaron la capa. Por suerte, ésta era tan voluminosa que impidió que le desgarraran el hombro. No obstante, la capa quedó enredada en la zarpa del monstruo el cual tiró de ella para atraer a la sacerdotisa hacia él, lo que provocó que ésta soltara la vara.

Iridi apretó los dientes con fuerza e intentó alcanzar con sus tensas manos las fauces de su adversario; de improviso, la cabeza del reptil se separó del torso y cayó en los brazos de la dranei. El cuerpo decapitado se estremeció, y en sus estertores de muerte casi la aplasta, pero, en ese preciso momento, unos

brazos apartaron a la sobresaltada sacerdotisa de su trayectoria.

—¿Estás mal de la cabeza?— gruñó Garthin—. ¡Vuelve dentro! ¡Si no, los raptores te harán picadillo!

—¡Sólo quiero ayudar!

—¿Convirtiéndote en su cena?

El enano soltó un bufido y se la llevó a rastras hacia la puerta, ahora cerrada, que daba acceso a la ciudad.

Una silueta pringosa de babas y hedionda les cayó encima precedida de un siseo salvaje a modo de advertencia. Garthin profirió un gruñido cuando la cola de aquel ser le golpeó en el pecho y lo derribó con tanta fuerza que casi acaba arrastrado por la corriente de

agua que discurría bajo el puente.

El raptor ignoró a la sacerdotisa; estaba más interesado en el enano que iba ataviado con una armadura. Iridi supuso que era por que Garthin parecía mucho más amenazante que ella. El raptor dio por supuesto que podría ocuparse fácilmente de la inofensiva y nada aterradora draenei en cuanto hubiera acabado con el enano.

El reptil había dado un solo paso hacia Garthin, la sacerdotisa se interpuso entre ambos y, valiéndose de unos sentidos agudizados por años de intenso entrenamiento, localizó en un momento los puntos vitales de la bestia.

Le asestó un puñetazo debajo del ojo y una patada justo debajo de la caja torácica. El raptor se hizo un ovillo; la patada lo había dejado sin aliento; además, el golpe en el ojo había alterado su sistema nervioso. Iridi aterrizó encima de la criatura caída y, a continuación, rodó por el suelo junto Garthin.

El enano gruñó mientras la draenei sostenía su cabeza en alto y, acto seguido, la sacerdotisaza lo atravesó con la mirada.

—Entra… en la ciudad… —le ordenó.

—Déjame ayudarte —rogó la sacerdotisa, ignorando lo contrariado que estaba el enano.

La draenei miró a su alrededor en busca de la vara, pero no la encontró. Sí divisó, en cambio, el hacha de Garthin, que empleó para ayudarle a ponerse en pie.

—Dame eso —masculló el enano con un tono lúgubre.

La sacerdotisa obedeció, y el enano alzó su hacha en cuanto la tuvo en las manos; acto seguido, la dejó caer con fuerza sobre la garganta del raptor caído.

Iridi sintió repulsión pero, al instante, recordó que estaban en medio de una batalla. A Garthin no le había quedado más remedio que matar a aquella bestia.

El enano se volvió una vez más hacia ella.

—¡Vuelve dentro o te llevaré a rastras!

Lamentablemente, esa opción ya no estaba en sus manos. La batalla había alcanzado el puente; tenían cerrado el paso. Aunque no parecía que los raptores supieran nadar, pues, de ser así, habrían vadeado el río para sorprender a los guerreros por la espalda, tampoco los enanos sabían. Además, por mucho que Garthin lo deseara, Iridi no iba a abandonarlo a su suerte para salvar el pellejo.

Pero al enano no le gustaba que incumplieran sus órdenes. Lanzó un

gruñido y la cogió de la muñeca.

—¡Por aquí!

Garthin la arrastró hacia la derecha, lejos del fragor del combate. Tenía muy claro cuál era su destino y allí dirigía sus pasos.

—Esos reptiles… —dijo Iridi mientras corrían—. ¿Esto suele pasar muy a menudo?

—¿Te refieres a este caos? ¡No! ¡Algo ha debido provocar que esos lagartos abandonen desesperados sus guaridas e intenten hacerse con nuestras moradas! ¡Seguro que intentarían apoderarse de los barcos si tuvieran cerebro para manejarlos!

La sacerdotisa no estaba tan segura de que los raptores no supieran navegar, pero prefirió no hacer ningún comentario al respecto.

—Así que os atacan por temor a una amenaza mayor que vosotros, ¿verdad?

Garthin se rió sin ganas.

—Qué suerte la nuestra, ¿eh? Comenzaron a acercarse al puerto hace unos días. Primero un par, luego más y, ahora, de repente ¡son un grupo muy numeroso!

—Al final, ¿os veréis obligados a abandonar el Puerto de Menethil?

El enano profirió un gruñido desafiante.

—Lo abandonaremos solo con los pies por delante… ¡Ja! ¡Aquí está!

Se encontraban frente a una roca que la draenei pudo distinguir gracias a su excelente visión nocturna. Le llamó la atención que fuese tan estrecha que a duras penas cupiera un enano.

—Mantente ojo avizor —le ordenó Garthin.

El enano apoyó un hombro en la roca y la empujó hacia un lado, para lo cual tuvo que hacer un esfuerzo tremendo.

Entretanto, Iridi observaba el devenir del combate, que había llegado a un punto muerto, y de vez en cuando miraba hacia atrás para contemplar tanto a su compañero como los neblinosos Humedales. Los pensamientos surcaban la mente de la draenei a gran velocidad mientras decidía cuál era la mejor opción.

—¡Ya está! —exclamó el enano triunfante.

La sacerdotisa bajó la vista y descubrió que aquella roca ocultaba un agujero. Era enorme y, sin duda alguna, obra de alguien muy habilidoso… con toda seguridad, un enano.

Supo, al instante, cuál era su finalidad.

—¿Lleva a la ciudad?

—¡Sí, permite entrar y salir de ella, según las circunstancias! Ningún raptor cabría en él, aunque, primero, tendría que ser capaz de encontrarlo. Además, en cuanto estemos dentro, podremos volver a taparlo… o, más bien, ¡en cuanto estés dentro, podrás volver a taparlo! Pasa.

Pero Iridi ya había tomado una decisión. Posó con delicadeza una mano en el hombro de su adalid y le dijo:

—Lo siento, Garthin.

—¿El qué .?

El enano se desplomó hacia delante; la sacerdotisa lo había dejado inconsciente al presionar con los dedos un nervio del cuello. La draenei introdujo su pesado cuerpo en el agujero que le iba a brindar protección y luego tiró el hacha dentro. En cuanto se cercioró de que Garthin estaba perfectamente, se detuvo a examinar aquella piedra. A diferencia que el enano, Iridi la volvió a colocar en su sitio sin emplear tanta fuerza, valiéndose de su maña y astucia.

Una vez hecho esto, volvió a prestar atención al combate. Entonces se dirigió al puente, ya que sabía que se sentiría culpable si abandonaba a su suerte a aquellos bravos enanos. En ese momento, divisó numerosas siluetas que salían de la ciudad cargando contra los reptiles, mientras que desde lo alto de la muralla varios enanos se lanzaron al unísono contra los raptores. El signo de la batalla había cambiado.

Iridi dio gracias a los naaru por aquel golpe repentino de fortuna. Si bien seguía sin localizar su vara, eso no suponía ningún problema, puesto que sabía que podría contar con ella cuando la necesitara.

Se encaminó a los Humedales, en busca del sendero que los raptores habían recorrido desde sus antiguas tierras. Si seguía el mismo camino que habían abierto los reptiles, estaba segura de que encontraría lo que buscaba.

O lo que buscaba la encontraría a ella.

Una enorme silueta alada surcó el cielo nocturno sobrevolando tierra y mar. \blaba con una determinación demencial que tenía que ver solo en parte con su misión. Su mente había caído en las garras de la confusión como consecuencia de una serie de acontecimientos que se estaban produciendo a lo largo y ancho del mundo de Azeroth. En efecto, la misión que tenía que llevar a cabo era, en cierto modo, un alivio, aunque también suponía asumir nuevas y engorrosas responsabilidades.

De improviso, el cielo amortajado atronó, como queriendo avisarle de la amenaza de una tormenta inminente. Al instante, el gigantesco monstruo volante ascendió a gran velocidad, atravesando las nubes y alcanzando una altura donde la luna se reflejaba sobre las nubes cada vez más oscuras.

Aunque la fatiga se iba adueñando de la bestia voladora, se esforzó por seguir adelante. Había decidido que debía llegar a un determinado emplazamiento antes de descansar y estaba dispuesto a alcanzarlo fuera como fuese. Sus vastas alas palmeadas batieron con más fuerza, permitiéndole recorrer kilómetros como si nada.

Mientras la tormenta parecía despertar allá abajo, por encima de ella sólo existían el dragón y la luna. Si bien el primero ignoraba completamente a la segunda, la luz del astro iluminaba con claridad al coloso.

Bajo aquella luz, las escamas del dragón brillaban con casi tanta intensidad como la luna… si la luna fuera azul.

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