La noche del dragón – Capítulo Tres

La noche del dragón¡No están! —exclamó el elfo de sangre con vehemencia—. ¡No están!

La mujer vestida de negro lo miró fijamente a través del velo. Aunque el elfo era unos cinco centímetros más alto que ella, daba la impresión de que era él quien tenía que alzar la cabeza para mirarla y no al revés.

También fue él quien tuvo que contener su ira al enfrentarse a la espantosa mirada de aquella mujer.

—Recalcas lo obvio, Zendarin, como

lo es el hecho de que no tendremos que preocuparnos más por ellos. Su destino está trazado; lo sabes perfectamente.

—¡Pero teníamos tanto que aprender, tanto que explorar con su desarrollo! ¡Habríamos sido testigos de una magia como nadie ha visto jamás!

La avaricia centelleaba en los ojos de Zendarin cuando hablaba de magia; eso provocó que su compañera sonriera con desdén.

—No es más que un leve contratiempo, elfo de sangre —acarició con suavidad el velo que cubría el lado quemado de su cara—. Esta nimiedad no impedirá que, al final, logre mi objetivo.

El elfo hizo una reverencia ante su sabiduría y tenebrosa gloria, pero se atrevió a añadir:

—Querrá decir «que al final logremos nuestro objetivo», mi señora.

—Sí… lo «lograremos», mi ambicioso mago.

Acto seguido, la dama de negro se giró sin mediar palabra. Ambos se hallaban en la entrada de uno de los pasadizos de la caverna superior que recorría las entrañas de Grim Batol. A pesar de su emplazamiento muy por encima de la falda de la montaña, por esta entrada se accedía al interior de la ciudad más fácilmente que por muchas de las entradas situadas más abajo; siempre que uno fuera bienvenido a aquel lugar. Si no lo era, se encontraba con un camino sembrado de peligros ocultos y trampas escondidas; entre ellos los centinelas camuflados por la magia de Zendarin.

Y pobres de los intrusos si eran hechiceros…

El elfo de sangre contempló por última vez el entorno que rodeaba Grim Batol. Más allá del páramo desolado que circundaba la base de la montaña, los Humedales habían regresado con fuerza durante los años en que los orcos retuvieron cautivos a los dragones rojos. No obstante, la vegetación exuberante de aquellas tierras daba una sensación de seguridad falsa, ya que albergaba

muchas amenazas naturales      y

antinaturales que actuaban a modo de barrera que impedía a los numerosos intrusos alcanzar Grim Batol. Crocoliscos de seis patas acechaban en el agua y tribus de gnolls (quienes temían por encima de todo a Zendarin y a aquella dama) vigilaban              los

alrededores por si algún necio se aventuraba demasiado. Entre              los

guardianes más horrendos que custodiaban la montaña estaban los mocos, unos villanos gelatinosos que absorbían todo animal que se pusiera a su alcance, y los raptores, que habitaban las áridas tierras del noroeste y daban caza a toda presa que se cruzara en su

camino.

Tan lleno de vida, tan lleno de muerte, pensó Zendarin. Si bien Grim Batol palidecía en comparación con el glorioso reino boscoso al que estaba acostumbrado; un reino al que ansiaba regresar en cuanto hubiera obtenido lo que buscaba.

Zendarin, tras reprimir una maldición por las tribulaciones que tenía que sufrir para incrementar su poder mágico, siguió a la mujer del velo. Él y los dracónidos habían dedicado la última noche a perseguir unas presas que consideraba tan valiosas que había permitido que los demás enanos huyeran a toda prisa a esconderse en sus

madrigueras como conejos asustados. Aunque primero tuvo que jurarle a su señora que acabaría exterminando a esa molestia de una               vez por todas más

adelante.            Los         enanos se habían

convertido en un incordio últimamente y, a pesar de que tanto él como ella estaban de acuerdo en que no constituían una amenaza para el éxito de sus experimentos, sí que podían ralentizar el desarrollo del plan. Por eso el elfo había pergeñado un plan tan perfecto.

Pero Zendarin no se podía imaginar que dos     de          esos      experimentos

escogerían         ese        preciso instante para

escapar de Grim Batol.

—¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Cómo

ha podido ocurrir? —preguntó retóricamente, mientras contenía las ganas de utilizar un lenguaje vulgar, ya que era consciente de lo que ella podía hacerle si la encolerizaba.

La mujer del velo ya había matado a dos asistentes más cualificados por infracciones poco importantes y, aunque el don de aquel elfo de sangre era una pieza clave en sus planes, éste sabía que debía andarse con sumo cuidado. Si bien la aliada de Zendarin estaba bastante perturbada… eso no le impedía ser al mismo tiempo brillante.

—Los dragauros que los vigilaban son demasiado despistados. Se les dijo que ambos podían ser inmunes a ciertos hechizos de retención y que a la menor señal de que pudieran escapar, los guardias debían alertarme. Según parece, los muy necios no parecían conscientes de que el peligro merecía dar la voz de alarma.

El elfo de sangre maldijo a los guardias. Los dragauros eran brutalmente eficientes a la hora de provocar una carnicería y excelentes, en general, a la hora de obedecer órdenes. Si bien no eran tan habilidosos y astutos como los dracónidos, en esa misión la inteligencia no era un factor tan importante. Los dragauros habían desempeñado tareas mucho más complicadas que una simple misión de vigilancia. No podía creer que hubieran cometido ese gran error.

—Les voy a arrancar sus tenebrosos corazones por esto…

—No te preocupes. No ha quedado mucho de ellos después de la fuga. Los niños se ocuparon de que así fuera —dijo la dama de negro, que se acarició el velo otra vez mientras recorría con calma aquellas cavernas como si fuera una reina que paseaba por su castillo—. Además, será una prueba interesante.

—«¿Prueba?» Mi señora, desatarán el caos y eso provocará que algún ser poderoso venga a investigar. Alguien de Dalaran o quizá. ¡alguien aún peor!

Zendarin sabía perfectamente a quién se refería con ese «peor». En Azeroth habitaban poderes que superaban al de todos los brujos que quedaban en Dalaran juntos.

Su comentario provocó que la mujer del velo volviera a sonreír de un modo escalofriante, pero esta vez ante la perspectiva de enfrentarse a un ser tan poderoso.

—Sí… es probable que alguien quiera investigar. es más que probable.

Antes de que pudiera interrogarla acerca de ese comentario, ambos entraron en el nivel superior de aquella vasta caverna en donde su gigantesco prisionero, y pieza clave de su plan, aún seguía revolviéndose en un intento de liberarse de las ataduras mágicas. Los skardyns trabajaban febrilmente alrededor del tornasolado leviatán y comprobaban en todo momento que las cuerdas que retenían al dragón abisal seguían en su sitio y ajustaban los nuevos cristales blancos que su ama acababa de colocar para el próximo experimento.

—Qué criaturas tan asquerosas —murmuró Zendarin.

Sin ningún género de dudas, un elfo de sangre seguía siendo un elfo en cuestiones estéticas. Zendarin frunció su larga nariz al ver uno de esos seres encapuchados que se aproximaba corriendo hacia su ama para entregarle un pequeño cubo adornado con cintas cerúleas en cada cara.

—Qué criaturas tan obedientes —le corrigió mientras indicaba —al skardyn que podía marcharse.

Al mismo tiempo que aquella silueta enana regresaba presurosa con sus camaradas, la mujer del velo sostuvo el cubo ante Zendarin.

—¿Lo ves? Aquí está, tal y como se lo pedí.

La sensación de repugnancia que dominaba al elfo dio paso a la avaricia. De inmediato, los ojos de Zendarin brillaron con un intenso color verde.

—Entonces, ¿todo depende de un

huevo?

—Como siempre, ¿no? Aaah… aquí lo traen.

En ese instante, cuatro skardyns hicieron acto de presencia en el nivel inferior de la caverna. Los enanos cubiertos de escamas gruñían a causa del esfuerzo que estaban realizando al cargar en alto con un huevo enorme con ovalada. un huevo de casi un metro de largo. Era grueso, gris y estaba recubierto de una sustancia viscosa y pringosa que goteaba y empapaba a sus portadores. Estaba claro de qué clase de huevo se trataba.

Era un huevo de dragón.

—¡Que se den más prisa! —urgió

Zendarin, consciente de que aquel objeto era muy frágil a pesar de su enorme tamaño—. Ese huevo no seguirá fresco mucho tiempo…

Entonces, su aliada descendió hasta el suelo de la caverna; resultaba evidente que estaba muy tranquila.

—La capa de myatis lo preservará. El myatis preserva todo cuanto se empapa con él, durante el tiempo que sea necesario.

Aquel objeto maravillaba a Zendarin, era consciente de lo antiguo que era y de que era una pieza clave de su plan, ya que su objetivo habría sido imposible de alcanzar si ese huevo no se hubiera preservado gracias a las artes

oscuras.

No era la primera vez que las habilidades de la mujer del velo asombraban al elfo, a pesar de que éste había vivido muchos siglos y alcanzado metas muy difíciles.

Se reunió con ella en el nivel inferior de la caverna, justo cuando los skardyns colocaban el huevo sobre una plataforma de piedra situada frente al prisionero. En ese instante, el dragón abisal cautivo profirió un gruñido apagado, que divirtió a la dama de negro.

—Ay, qué carácter, qué carácter… —le arrulló la mujer del velo, como si fuera un niño.

Los skardyns se retiraron en cuanto depositaron su pesada carga sobre la plataforma, que recordaba mucho a un altar, cuya parte superior era una losa rectangular de granito con vetas negras compuesta de la misma materia que la base redonda. Las cuatro patas que unían la base a la losa habían sido talladas con forma de dragones alzados sobre sus cuartos traseros. Zendarin ignoraba de dónde había sacado su aliada esa plataforma, pero intuía que era muy antigua y se había usado para realizar muchos conjuros. Las energías mágicas latentes saturaban su pétrea forma, atormentando al elfo de sangre. La plataforma se había usado frecuentemente a lo largo de su dilatada existencia para llevar a cabo, sobre todo, conjuros que habían requerido el sacrificio de inocentes, como cabía deducir por las pálidas manchas rojas que salpicaban la superficie.

A Zendarin no le remordía la conciencia el hecho de que para cumplir su parte del plan hubiera tenido que sacrificar a otros. A pesar de todo, no consideraba que sus actos fueran atroces, sino ambiciosos… también necesarios… pero nunca atroces. Como muchos de su raza, actuaba movido por la codicia, por la necesidad de obtener poder mágico. a cualquier precio. Por tanto, consideraba que todo cuanto había

hecho era necesario para alcanzar esa meta.

Además, no podía evitar (y tampoco le importaba) que aún tuvieran que perecer muchos más a causa de su plan. Al fin y al cabo, sólo se trataba de enanos, humanos y demás criaturas inferiores.

La dama de negro examinó el huevo durante varios segundos, como si fuera capaz de ver a través de su grueso cascarón. A continuación, colocó el cubo cerúleo ante el huevo. Después, tras sonreír al leviatán cautivo, recorrió con sus dedos largos y puntiagudos la capa protectora que envolvía al huevo.

La capa de myatis chisporroteó y se

desvaneció.

—Únete a mí, querido Zendarin…

El elfo se puso a su lado de buena gana e invocó las fuerzas mágicas que dominaba para que se sumaran a las de la dama de negro, para quien el elfo de sangre era un aliado muy valioso por las habilidades innatas que poseía por el hecho de pertenecer a esa raza; por eso le permitía a Zendarin exponer, hasta cierto punto, sus quejas. El elfo aportaba una magia idónea para los fines de ella, puesto que consistía en absorber (como si de un vampiro se tratara) la energía de los demonios y demás habitantes del Vacío Abisal. Zendarin era excepcionalmente diestro en ese campo;

además, en aquel momento, se hallaba en el cenit de su poder.

Asimismo, ciertos agentes que actuaban bajo su mando solían facilitarle el acceso a otras fuentes de energía mágica. Se trataba de unos siervos muy valiosos y muy leales al elfo, por lo que la dama de negro dependía de Zendarin para controlarlos. Ésa era otra razón más por la que toleraba sus exabruptos.

Permaneció a su lado, ella extendió sus manos y él la imitó. En silencio, fusionaron sus poderes mágicos en un todo. Mientras completaban ese proceso, tanto el cubo como los cristales blancos brillaban intensamente.

En un momento dado, la aliada de Zendarin señaló al dragón abisal con la mano izquierda.

Entonces, los cristales blancos emitieron un siniestro zumbido y de cada uno de ellos emanó una luz que impactó en el dragón abisal.

Unos tentáculos de energía azulada surgieron de la bestia que se revolvía allí donde la luz de los cristales le estaba quemando. A pesar de que aquellas ligaduras plateadas mantenían cerrada su boca, sus gemidos de agonía provocaron que la caverna temblara.

Después, los tentáculos azules descendieron hacia el huevo guiados por la hechicera, e impactaron en el centro de éste. El huevo vibró y se hinchó hasta duplicar su tamaño original. Asimismo, el cascarón adoptó un tono azulado.

—Ahora… —le susurró a Zendarin.

Al unísono, redoblaron sus esfuerzos a la hora de verter sus energías en el crisol del hechizo, combinándolas con las fuerzas robadas al dragón abisal. La caverna se vio repentinamente invadida por una tremenda tormenta de violentas energías cuyo centro era el huevo. Aunque los skardyns eran inmunes a casi todo tipo de magia gracias a los excelentes conjuros de protección de su ama, se abrieron paso con dificultad hasta los rincones más alejados de aquel potente hechizo porque en el fondo seguían siendo enanos e intuían que la caverna se podía derrumbar. Si bien tenían buenas razones para temer un posible derrumbe, eran lo bastante inteligentes como para saber que recibirían un severo castigo si huían de la caverna en un momento tan crítico.

El aire crepitó y la oscura melena de la hechicera se revolvió. El velo también se movió, revelando su perfil terriblemente quemado con suma claridad. Sus labios carnosos terminaban de forma abrupta en un amasijo de carne achicharrada que enmarcaba la sonrisa perenne de una calavera. Bajo el velo, se entreveía una oreja que era poco más que un trozo de pellejo reseco y marchito que cubría un agujero.

A continuación, la dama de negro alzó las manos y volvió a imitarla. Siguieron volcando su poder combinado en el huevo mientras la hechicera seguía absorbiendo la esencia del dragón abisal.

El dragón se revolvió cada vez con más violencia en un vano intento por liberarse; no obstante, logró que la caverna entera temblara, de tal modo que una estalactita enorme cayó del techo desde gran altura sobre un skardyn, que reaccionó demasiado tarde y acabó aplastado por el impacto; una muerte ni siquiera digna de mención o

significado para los dos hechiceros.

Zzeraku (que así afirmaba llamarse el dragón abisal, según recordaba el elfo de sangre) titiló; parecía a punto de desintegrarse en forma de niebla. Sin embargo, las ataduras que lo aprisionaban no le permitían a la bestia de Terrallende el consuelo de la muerte; le retenían de manera inmisericorde, apretando más y más obedeciendo las silenciosas órdenes de su ama.

El huevo hinchado absorbía cada vez más magia del dragón abisal (y su esencia, de hecho), en cuyo interior se mezclaba con la de los dos brujos. Zendarin esperaba que el huevo explotara de un momento a otro, ya que había crecido de manera desproporcionada…

Y, en efecto, de improviso, apareció una grieta en uno de sus laterales.

Pero eso no le enfureció ni le contrarió, ya que, al instante, tuvo claro que aquella fisura no era obra suya; al menos no directamente. Más bien, la causa podía hallarse dentro. una causa que ansiaba liberarse.

El huevo se estaba abriendo.

Bajo el fulgor del huevo poseído, el semblante de la aliada de Zendarin resultaba aún más monstruoso que el rostro deforme de los skardyns. Su expresión tenía algo de inhumano. lo cual no resultaba sorprendente, puesto que la hechicera ya no era una mera humana (de hecho, lo era aún menos que el elfo de sangre).

—Sí… mi niño… —masculló con un tono casi maternal—. Sí ven a mí.

Se abrió otra grieta cerca de la primera. Poco después, un fragmento de cascarón cayó al suelo.

Entonces, un ojo asomó desde el interior del huevo. un ojo distinto a todo cuanto habían visto jamás.

Un ojo que, a pesar de pertenecer a un ser que estaba naciendo, reflejaba una astucia, una maldad muchísimo más antigua.

La bahía que separaba las tierras de Lordaeron, y Dalaran en particular, de Grim Batol era muy ancha, pero a Korialstrasz no debería haberle llevado más de cinco horas cruzarla. Aun así, cuando se hallaba a medio camino, el dragón rojo se vio obligado a aterrizar en una pequeña formación rocosa que sobresalía entre aquellas aguas turbulentas, sobre la que se posó como una gaviota a descansar. Korialstrasz dio por sentado que el cristal —de la punta de la flecha mágica lo había debilitado más de lo esperado.

Pero no tuvo tiempo de recuperarse, puesto que, de improviso, se desató una tormenta; una tempestad tan violenta que el coloso carmesí tuvo que dejar el descanso para más delante y, realizando un esfuerzo tremendo, consiguió ascender hacia el cielo, y prosiguió su camino.

Sin embargo, estaba claro que los elementos conspiraban en su contra, ya que la tormenta empeoró. Por muy poderoso que fuera, Korialstrasz se vio mecido como una hoja por el viento. Entonces, decidió dirigirse inmediatamente hacia las nubes, con la intención de sobrevolar así la tormenta pero, a pesar de que intentó alcanzarlas con todas sus fuerzas, en ningún momento logró recortar la distancia que le separaba de ellas.

Al menos, así tuvo claro el gigante rojo que esa tormenta no era un fenómeno natural.

En vez de seguir luchando por alcanzar lo inalcanzable, Korialstrasz intentó volar hacia Grim Batol. Pero en cuanto se dispuso a hacerlo, el viento proveniente de allí sopló con tal fuerza que el dragón tuvo la sensación de que acababa de estrellarse contra una montaña.

Como no creía en las casualidades, dedujo que todo aquello era consecuencia de un conjuro, aunque ignoraba si su fin era capturarlo a él en particular o a un dragón cualquiera; pero no tenía tiempo de buscar respuestas. Lo más importante ahora era escapar.

La lógica le decía que la magia se combatía con magia… aun así, Korialstrasz no estaba muy convencido de que ésa fuera la decisión correcta. Como no se le ocurría ninguna otra estrategia, mientras resistía como podía los envites de aquella tormenta furibunda, el dragón rojo decidió atacar las oscuras nubes con su fuego mágico.

Al instante, un iracundo huracán respondió a su ataque con diez veces más fuerza que antes. Una ráfaga de relámpagos cayó sobre el dragón y unos vientos huracanados le volvieron del revés. Era incapaz de ver nada más allá de su hocico, puesto que la lluvia caía de manera torrencial.

Mientras Korialstrasz luchaba contra la sensación de vértigo que lo atenazaba, fue dolorosamente consciente de que su propio poder había multiplicado la intensidad de la tormenta… tal y como el misterioso brujo que lo atacaba pretendía sin duda alguna.

El dragón giraba y giraba sin parar. Las nubes se transformaron en mar, y el mar en cielo. Korialstrasz no vio otra solución; si no podía alcanzar aquellas nubes, sólo tenía una alternativa, aunque probablemente fuera la que su adversario invisible deseaba que

hiciera.

Se arqueó y se lanzó en picado a las embravecidas aguas.

En cuanto se sumergió supo que había cometido un error, pero ya no había vuelta atrás. A pesar de su aguda vista, Korialstrasz apenas lograba atisbar algo. Las aguas de la enorme bahía se tornaban negras a escasos metros por debajo de él; eso tampoco era un fenómeno natural. Un monstruo varias veces más grande que él podría haber emergido en ese momento para engullirlo y el dragón no lo habría visto.

Para algunos dragones el agua era su elemento natural, pero los dragones rojos eran criaturas del cielo; sin embargo, sabían nadar. Korialstrasz era capaz de contener la respiración bajo el agua durante más de una hora, siempre que nada ni nadie le obligara a expulsar el aire. Aun así, cuanto antes saliera a la superficie, mejor.

Entonces, escuchó unos susurros en su mente.

Una nueva oleada de vértigo le abrumó de tal modo que ahora era incapaz de distinguir las profundidades de la superficie. El dragón intentó emerger de inmediato, pero en vez de dar con la tormenta, lo único que encontró fue una negrura que helaba el alma.

Las voces se intensificaron, cantaban en un idioma que Korialstrasz creía conocer. Se resistió a la tentadora llamada, consciente de que en cuanto cayera en sus redes, sus esperanzas de sobrevivir serían muchísimo más escasas.

Ahora, sólo lo rodeaba la oscuridad. La presión de aquellas aguas tan profundas aplastaban los pulmones del leviatán carmesí, lo cual le llevó a preguntarse si llevaba sumergido más tiempo del que pensaba. Había perdido la noción del tiempo y del espacio… sólo escuchaba esas voces que cantaban en su mente.

¡No voy a morir aquí!, juró el dragón. Entonces, un semblante ocupó sus pensamientos; el de Alexstrasza, su amada reina y compañera. Pero su rostro se difuminaba cada vez más rápido, lo cual era una señal de que seguía en peligro.

Eso sólo sirvió para reforzar su determinación. Haciendo acopio de todas las exiguas fuerzas que le quedaban, Korialstrasz realizó un conjuro a la desesperada.

Acto seguido, una explosión de luz rodeó su figura, y la oscuridad de las profundidades se tornó claridad.

Gracias a ella, el dragón pudo contemplar el origen de sus problemas: los naga.

Los conocía porque, según

Korialstrasz, él era el culpable de su creación, al menos en parte. En su día, los naga habían pertenecido a la raza de los elfos de la noche, los Altonatos que habían servido a Azshara, la reina loca. Cuando la fuente de su gran poder, el temible Pozo de la Eternidad, fue destruido gracias al esfuerzo de unos pocos adalides, (en especial del joven druida Malfurion Tempestira), la capital de los elfos de la noche fue absorbida hacia el fondo de un mar recientemente creado. Junto a la ciudad desaparecieron Azshara y sus fanáticos seguidores, arrastrados a lo que parecía una muerte segura.

Pasarían milenios hasta que

Korialstrasz y el resto del mundo descubrieran que una fuerza misteriosa había transformado a los que quedaron atrapados bajo las olas en algo mucho peor.

La increíble explosión de luz había cogido desprevenidos a los nagas. Muchos de ellos daban vueltas de acá para allá presos de una confusión total, aturdidos por el intenso hechizo. El aspecto de los nagas ya no recordaba en nada a ninguna clase de elfo. Las hembras sobre las que en ese instante Korialstrasz posó su mirada iracunda, conservaban aún algunas características de los elfos, sobre todo mantenían la forma alargada y estrecha del rostro y el torso esbelto, propios de los elfos de la noche. Se podía decir que eran hermosas en su monstruosidad. Aun así, ninguna raza de elfos tenía cuatro pérfidos brazos que terminaban en unos dedos largos con forma de garra, ni unas anchas y venosas aletas doradas que se extendían de la cabeza hasta la cola.

Una cola que era lo único que conformaba su cuerpo de cintura para abajo, ya que hacía mucho tiempo que habían perdido sus lustrosas piernas. La parte inferior de su cuerpo, dividida en segmentos y cubierta de escamas, recordaba a una serpiente enorme. Asimismo, su cola estaba siempre en movimiento lo que dotaba a los nagas de una rapidez y una maniobrabilidad inusitadas en el agua.

Los machos habían degenerado aún más que las hembras. Sus cabezas eran pequeñas y reptilianas, sus dientes, tanto los superiores como los inferiores, sobresalían de su enorme boca, como sucede con los cocodrilos. Sus ojos rasgados estaban muy hundidos en sus rostros y sus crestas y aletas, que descollaban como lanzas, eran de un color dorado oscuro y de tonalidades marrones. Sus torsos contrastaban menos con la parte inferior con forma de serpiente de su cuerpo que el de las hembras, aunque también estaba segmentada y cubierta de escamas.

Incluso sus brazos, enormes comparados con los de otras criaturas de un tamaño similar, estaban cubiertos de escamas.

A lo largo de varias generaciones, los nagas se habían dividido en muchas tribus, pero estos demonios acuáticos de escamas negras y aletas doradas eran una variante que Korialstrasz no había visto hasta entonces; sólo sabía que sin duda alguna eran poderosos y malignos, y con eso tenía suficiente. Los nagas, en general, no tienen en gran estima a los seres que viven en la superficie; pero lo más extraño de todo era que esos nagas en concreto se habían alejado mucho de su entorno natural para tender semejante trampa.

No obstante, Korialstrasz no tenía tiempo para reflexionar sobre qué les había impulsado a actuar así, ya que la luz comenzaba a extinguirse y los nagas se estaban reagrupando.

Pero ahora que el dragón podía verlos bien, le resultaba fácil atacar con sus zarpas y cola a esas siniestras criaturas. Si bien unas cuantas se hundieron en la negrura del fondo, otras intentaron desesperadamente reactivar el hechizo que a punto estuvo de acabar con aquel coloso.

Entonces, el cuerpo de Korialstrasz brilló y el agua a su alrededor hirvió de repente. En su mente, pudo escuchar cómo los nagas chillaban al sentir el repentino aumento de temperatura. Alcanzó de lleno a los dos machos que estaban más cerca de él, cuyos cuerpos enrojecieron y se hincharon de un modo espantoso al achicharrarse.

Acto seguido, un zumbido se adueñó de la mente del dragón. Miró a su derecha, y divisó a una hembra con los cuatro brazos alzados hacia él y una aureola reluciente en torno a ella.

Si bien le resultó muy sencillo incrementar el calor que irradiaba su cuerpo, la hembra naga huyó antes de acabar hervida como sus compañeros. El zumbido cesó al instante.

Korialstrasz sintió de repente un dolor tremendo en los pulmones. Se ahogaba. Necesitaba aire sin más demora. El dragón, desesperado, se impulsó hacia arriba a brazadas.

La superficie parecía tan lejana que el temor a que estuviera buceando hacia las profundidades en vez de ascendiendo se apoderó de sus pensamientos, pero no le quedaba más remedio que proseguir en la dirección que había escogido.

La presión que soportaban sus pulmones se volvió insufrible. Sólo necesitaba una bocanada de aire…

Entonces, la cabeza de Korialstrasz emergió del agua. Y mientras llenaba de aire sus exhaustos pulmones, continuó su ascenso por si acaso. Se elevó hacia el cielo impulsado por la magia y por unas alas de mayor envergadura que la de las alas de muchos dragones.

Un cielo que, a pesar de seguir cubierto, ya no estaba a merced de la tormenta.

Korialstrasz por fin había dejado atrás la amenaza naga; no obstante, se vio obligado a permanecer suspendido en el aire unos segundos mientras recuperaba el resuello así como la cordura. Las nubes seguían siendo muy densas, pero el mar se había calmado y parecía extrañamente silencioso.

De repente, una masa de tentáculos emergió del agua y agarró al dragón por la cola y las patas traseras en busca de sus alas.

Korialstrasz profirió un rugido, concentró su atención en el punto del cual habían surgido los tentáculos y escupió fuego con fuerza. La llamarada que lanzó no fue tan fuerte como esperaba; no obstante, consiguió que el monstruo soltara una de sus piernas.

Sin embargo, el resto de tentáculos seguía tirando con fuerza del gigante rojo y amenazaba con arrastrarlo a las profundidades. Entonces, Korialstrasz batió sus alas. Si bien no era un Aspecto, tampoco era un dragón corriente, como pronto descubriría la mascota de los nagas.

Aunque parecía inevitable, la criatura marina no arrastró a

Korialstrasz al fondo del mar, sino que el dragón, poco a poco pero inexorablemente, sacó del mar a aquel monstruo tentacular. Primero emergió su afilado pico, una boca letal capaz de hacer añicos un buque de guerra. Y a continuación, una larga cabeza tubular con dos orbes malévolos negros que nunca pestañeaban.

Era un kraken.

Ignoraba cómo un grupo tan reducido de nagas había logrado llevar a esa criatura hasta la bahía. Pero eso no era lo importante en ese momento, sino el hecho de que esa bestia pesaba una barbaridad. El dragón perdió impulso y el mar volvió a acercarse

peligrosamente.

No había otra opción. A pesar de que estaba al borde del desmayo, Korialstrasz exhaló por última vez con las pocas fuerzas que aún le quedaban.

Como el mar ya no lo protegía, la poderosa llamarada abrasó al kraken. El monstruo marino dejó escapar un chillido escalofriante mientras soltaba al dragón y regresaba al agua. La ola que provocó al zambullirse llegó a la altura de la cola de Korialstrasz.

A pesar de la victoria, el gigante rojo no se dejó llevar por el regocijo. De hecho, aún seguía haciendo ímprobos esfuerzos por mantenerse consciente. Aunque se sentía extremadamente débil,

Korialstrasz se puso en marcha de inmediato en pos de su meta. Si bien se hallaba muy cerca, no sabía si sería capaz de llegar a tierra antes de que las fuerzas lo abandonaran. Pero tenía que intentarlo.

La esperanza es lo último que se pierde…

En aquellas aguas reinó la calma mientras el gigantesco dragón rojo se perdía en la distancia, hasta que una naga emergió para observar al leviatán que se alejaba.

Los ojos rasgados de la bestia marina se clavaron fijamente en

Korialstrasz, hasta que éste no fue más que una mota en el horizonte. En ese momento se asomó a la superficie la cabeza de otro naga, un temible macho. Las escamas que cubrían la parte derecha de su cabeza estaban rasgadas a la altura de la mandíbula; eran las heridas superficiales que le había infligido la cola del dragón. El varón, que no pareció percatarse de la herida, siguió la mirada de la hembra.

—Ya está hecho… —masculló la naga con un tono de voz irritante—. Seremos perdonados.

El macho asintió con una amplia sonrisa. La hembra lo imitó, dejando así al descubierto unos dientes no menos afilados y letales que los de su compañero.

Acto seguido, los dos nagas se sumergieron en las profundidades.

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