La noche del dragón – Capítulo Uno

La noche del dragónEl tiempo pasa muy rápido cuando uno llega a ser tan viejo, pensó aquel hombre, ataviado con una túnica, que se hallaba en su santuario de la montaña, desde donde contemplaba el mundo a través de una serie de orbes brillantes que flotaban a su alrededor. Con un gesto de su creador, se desplazaron por la gigantesca cámara ovalada. Entonces, los que más deseaba observar se le acercaron y se detuvieron ante él sobre uno de los pedestales que había forjado mágicamente a partir de las estalagmitas que, en su día, habían recubierto aquel lugar. En la base, cada pedestal parecía haber sido tallado por un artesano: las líneas y los ángulos eran extremadamente perfectos. Sin embargo, a medida que se alejaban del suelo, se transformaban en algo que recordaba más a los sueños de los durmientes que a algo creado en el plano físico. En esos sueños se atisbaban dragones y espíritus que cobraban forma y en la parte superior algo que se asemejaba a una mano petrificada provista de unos dedos largos y nervudos estirados, que no lograban alcanzar por muy poco la esfera que se hallaba encima.

Cada una de las esferas mostraba una escena de gran relevancia para el mago Krasus.

El tenue bramido de un trueno, que resonó cerca de su santuario oculto, hablaba bien a las claras del tiempo turbulento que asolaba el exterior. El pálido hechicero, que esa noche iba ataviado con el atuendo violeta que en su día había distinguido a los miembros del Kirin Tor, se inclinó para acercarse a aquel orbe y ver mejor la imagen que le ofrecía. La luz azul que desprendía la esfera dejó al descubierto unos rasgos que recordaban a los elfos nobles (un pueblo extinto hacía tiempo), con una estructura ósea angulosa, una nariz elegante y una cabeza larga. A pesar de poseer la belleza de esa raza caída en desgracia, Krasus no pertenecía al linaje de los elfos. No se trataba sólo de que

su cara de halcón estuviera recubierta de arrugas y cicatrices (las más llamativas de las cuales eran tres largas marcas irregulares que le cruzaban el pómulo derecho), que ningún elfo de ningún tipo poseería a menos que hubiera vivido más de mil años, ni de los exóticos mechones negros y carmesíes que salpicaban su pelo plateado. Más bien, lo más peculiar en él eran sus ojos negros y brillantes; (unos ojos que no eran propios de los elfos, ni tampoco de los humanos) que revelaban que poseía una edad muy superior a la de cualquier criatura mortal.

Una edad que tan sólo podría tener el más antiguo de los dragones.

Krasus era el nombre por el que era conocido cuando adoptaba esa forma y que muchos relacionaban con el antiguo miembro del círculo interno del consejo de magos que gobernaba Dalaran. Sin embargo, Dalaran, a pesar de todos sus esfuerzos, había fracasado a la hora de detener el avance imparable del mal y había fallado a muchos reinos durante las diversas guerras contra los orcos y la posterior contra los demonios de la Legión Ardiente y los no-muertos de la Plaga. El mundo de Azeroth se hallaba en un estado caótico, se habían perdido miles de vidas y, aun así, seguía manteniendo un precario equilibrio… un equilibrio que parecía más frágil con

cada día que pasaba.

Es como si estuviéramos atrapados en un juego sin fin, como si nuestras vidas dependieran de una tirada de dados o de una mano de cartas, pensó mientras recordaba ciertos sucesos catastróficos acaecidos en un pasado aún más remoto. Krasus había sido testigo de la caída de civilizaciones con una historia mucho más larga que cualquiera de las que existían en ese momento, y aunque había contribuido a salvar a muchas, nunca le parecía suficiente. Sólo era un ser, un dragón… aunque fuera, en realidad, Korialstrasz, el consorte de Alexstrasza, la gran reina del Vuelo Rojo.

Pero ni siquiera su amada esposa, el gran Aspecto de la Vida, habría podido prever todo lo que había ocurrido ni habría podido impedir que esos acontecimientos tuvieran lugar. Krasus sabía que había asumido una responsabilidad mucho mayor de la que debería, pero el mago dragón no estaba dispuesto a cejar en su empeño de ayudar a los pueblos de Azeroth, a pesar de que algunos de sus esfuerzos estuvieran destinados al fracaso desde el inicio.

En efecto, incluso en esos momentos, había muchas situaciones que requerían su atención, que potencialmente podrían desencadenar el caos total en aquel mundo… y en el epicentro de esos problemas se hallaban los de su propia raza: los dragones. Se había abierto una vasta grieta que llevaba a un reino asombroso llamado Terrallende y ese gran portal fascinaba e inquietaba por igual al Vuelo Azul, los dragones guardianes de la misma magia. De aquella fisura había surgido la misteriosa cura para la demencia que por mucho tiempo dominó al Señor Azul. A pesar de que Malygos, el Aspecto de la Magia, se encontraba ya totalmente lúcido, a Krasus no le gustaba el sendero que había escogido aquel leviatán. Malygos, que se sentía indignado porque consideraba que las razas jóvenes hacían un mal uso de la magia, había sugerido al resto de los Aspectos que quizá fuera necesario «purgar» a aquellos que poseyesen conocimientos mágicos por el bien de Azeroth. De hecho, se había mostrado muy insistente al respecto la última vez que él, Alexstrasza, Nozdormu (el Imperecedero) e Ysera (la Señora de los Sueños) se habían reunido en el lejano nordeste, en el antiguo y altísimo Templo del Reposo del Dragón situado en el helado Cementerio de Dragones; un ritual anual muy importante que celebraba en su origen cómo habían logrado derrotar aunando esfuerzos al espantoso Alamuerte hacía más de una

década.

Krasus, que se sentía cada vez más frustrado, desechó el orbe que había estado observando e invocó al siguiente. Sin embargo, sus pensamientos seguían centrados en algo totalmente distinto a lo que le mostraban aquellos orbes; esta vez, en Ysera, la última de los cuatro grandes dragones. Le habían llegado rumores de que en el reino etéreo que ella gobernaba, en el mítico Sueño Esmeralda, estaban sucediendo ciertas cosas propias de una pesadilla. Si bien nadie era capaz de precisar en qué consistían esas espantosas cosas exactamente, Krasus comenzaba a temer que el Sueño Esmeralda fuera un posible foco de problemas mucho más desastroso que cualquier otro.

Desechó la siguiente esfera sin ni siquiera observar su contenido… y, al instante, de forma tardía, reconoció la localización que ésta le acababa de revelar.

Grim Batol.

Malygos y el Sueño Esmeralda se esfumaron de sus pensamientos y Krasus centró su atención en aquella siniestra montaña. La conocía muy bien; la había visitado en otros tiempos y había enviado a agentes suyos al mismo corazón de aquel lugar maldito. En Grim Batol, los orcos —la misma raza bárbara que, extrañamente, había demostrado ser una gran aliada trece años después cuando los demonios de la Legión Ardiente regresaron— habían esclavizado a su amada esposa con un siniestro artefacto llamado el Alma del Demonio. Por desgracia, el Alma del Demonio había doblegado la voluntad de su mujer para obligarla a obedecer a la Horda, pues había sido forjada por los propios Aspectos y había sido corrompida por uno de los suyos. Como consecuencia de todo esto, Alexstrasza engendró unas crías que los toscos orcos utilizaron en la guerra como monturas de batalla. Decenas de esas crías habían perecido al combatir contra magos y dragones de otros Vuelos.

Krasus había sido una pieza clave en la liberación de su reina cautiva al guiar al impetuoso brujo Rhonin, a la elfa noble guerrera Vereesa y otros en una misión de rescate. Asimismo, ciertos combatientes enanos los habían ayudado a eliminar los focos de resistencia orca que todavía quedaban en el lugar. De este modo, Grim Batol quedó desierto y su legado maligno quedó erradicado para siempre.

O eso habían creído todos. Los enanos fueron los primeros en percibir que las tinieblas lo impregnaban todo, y por eso se fueron de allí casi de inmediato tras la derrota de los orcos. Entonces, Alexstrasza y él decidieron que el Vuelo Rojo debía custodiar de nuevo Grim Batol, lo cual resultaba irónico, puesto que, a pesar de haber vigilado aquella montaña desde la antigua Batalla del Monte Hyjal, los orcos habían esclavizado con suma facilidad a los dragones rojos gracias al Alma del Demonio.

Así, aunque Krasus mostró ciertas reticencias, los colosos carmesíes habían vuelto a ser los centinelas que vigilaban los alrededores de aquel lugar para cerciorarse de que nadie pudiese entrar, ni de manera accidental ni intencionadamente, con el fin de valerse del mal que allí anidaba.

Sin embargo, recientemente, los centinelas habían enfermado sin ninguna razón aparente, y algunos incluso habían muerto. Además, unos pocos habían perdido de tal modo la razón que no había quedado más remedio que sacrificarlos por miedo a que pudieran causar una masacre. Al final, el Vuelo Rojo se había visto obligado a hacer lo mismo que todos los demás: abandonar Grim Batol a su suerte.

De esta manera, se había convertido en una tumba vacía que señalaba el emplazamiento donde una antigua guerra había llegado a su fin y el inicio de un breve, muy breve periodo de paz.

Y aun así…

Krasus observó aquel lugar tenebroso. Incluso a esa lejana distancia, era capaz de percibir que algo siniestro emanaba de su interior. El mal se había ido adueñando de Grim Batol a lo largo de los siglos de tal modo que el proceso era irreversible.

De allí habían surgido últimamente los rumores que indicaban que el mal de su tenebroso pasado había resucitado. Krasus los conocía perfectamente. Se trataba de relatos dispersos e incompletos que hablaban de un ser alado enorme que surcaba el cielo nocturno; sobre un espectro que, en cierta ocasión, había arrasado toda una aldea situada a varios kilómetros de Grim Batol. Bajo la luz de la luna, una de las fuentes de esos rumores afirmaba haber visto lo que quizá fuera un dragón… pero uno que no era ni rojo, ni negro ni de ningún color conocido, amatista; algo imposible y probablemente fruto de la imaginación de aquel granjero asustado. Aun así, aquellos que poseían el don de la visión a distancia —en su mayoría agentes a su servicio— le habían informado de la presencia de extrañas emanaciones en el cielo que cubría la montaña; y cuando uno de ellos —un joven de confianza de su propio Vuelo— se atrevió a intentar rastrear las emanaciones, desapareció por completo.

Como sucedían demasiadas

incidencias en el resto del mundo, los Aspectos no podían centrare en Grim Batol, pero Krasus no podía pasarlo por alto. Sin embargo, ya no podía recurrir a sus agentes, puesto que sacrificar la vida de otros para obtener información no era su forma habitual de actuar. Este problema exigía que se implicara en su resolución personalmente, sin importar el resultado.

Aunque conllevara su muerte.

De hecho, en esos momentos, sólo había dos seres a los que hubiera confiado esa información, pero tanto Rhonin como Vereesa tenían sus propias preocupaciones.

Tendría que encargarse él sólo de solucionar aquel asunto. En ese instante, Krasus hizo un gesto brusco con la mano y lanzó las esferas volando hacia las sombras que moraban en la parte superior de la cámara. La muerte no le atemorizaba, puesto que la había visto y se había hallado a sus puertas con demasiada frecuencia. Sólo quería que, en caso de perecer, su muerte al menos significara algo. Estaba más que dispuesto a morir por el bien de su mundo y por el de aquellos que amaba si fuera necesario.

Si fuera necesario, se dijo mentalmente el mago dragón. Ni siquiera había comenzado el viaje y no era el momento de pensar en su muerte.

He de realizar la búsqueda con sigilo —meditó Krasus mientras abandonaba su asiento—. Esto no es una mera casualidad. Una amenaza se cierne sobre todos nosotros; lo presiento…

Si eso hubiera sucedido en otra época, en la Segunda Guerra, Krasus habría sabido a quién culpar: al Aspecto demente llamado el Guardián de la Tierra, o, más concretamente… Neltharion. No obstante, nadie había llamado a aquel inmenso dragón negro por su nombre real desde hacía milenios, ya que se le había otorgado un sobrenombre mucho más adecuado a aquel coloso desequilibrado tras intentar llevar a cabo el primero de sus monstruosos planes.

Ahora lo llamaban Alamuerte. Alamuerte el Destructor.

Krasus se detuvo en mitad de la enorme caverna, y respiró hondo con el fin de prepararse para lo que estaba por llegar. No, no podía responsabilizar a Alamuerte de aquello, ya que era prácticamente seguro que esta vez estuviera muerto. Prácticamente. Eso significaba que tenía una certeza mucho mayor de que hubiera cruzado el umbral de la muerte que en las anteriores ocasiones en las que al dragón negro se le había dado por probablemente muerto.

Además, Alamuerte no era el único gran mal que amenazaba el mundo.

Krasus extendió los brazos a ambos lados. No importaba si lo que merodeaba por Grim Batol era la culminación de un mal que llevaba actuando desde el pasado remoto o algún nuevo tipo de mal siniestro: iba a descubrir la verdad.

Su cuerpo se hinchó de manera desproporcionada. Acto seguido, el mago soltó un gruñido, y se dejó caer sobre el suelo a cuatro patas. Su rostro se estiró hacia abajo, de tal modo que su nariz y boca se fusionaron hasta conformar un hocico largo y fuerte. Su túnica quedó destrozada y los jirones volaron por el aire y fueron a posarse de inmediato sobre su cuerpo, donde se transformaron en unas duras escamas de color carmesí.

A continuación, surgieron dos pequeñas alas palmeadas de la espalda de Krasus que fueron aumentando de tamaño a la vez que su cuerpo. Asimismo, una cola puntiaguda brotó de sus cuartos traseros. Sus manos y pies se retorcieron y se convirtieron en unas poderosas zarpas rematadas por unas afiladas garras.

En un abrir y cerrar de ojos, la transformación se había completado y el mago Krasus había desaparecido. En su lugar se hallaba un magnífico dragón rojo que ocupaba la caverna casi por completo y al que pocos de su especie superaban en tamaño, a excepción de los grandes Aspectos.

Korialstrasz desplegó sus enormes alas y saltó en dirección hacia el techo de piedra.

El techo relució antes de que lo alcanzara y la masa de rocas adquirió un aspecto similar al del agua. El dragón carmesí se zambulló en la roca acuosa sin que nada pudiera evitarlo y atravesó a gran velocidad aquella barrera mágica impulsado por sus poderosos músculos.

Segundos después, irrumpió en el cielo nocturno. La roca se solidificó tras él, sin dejar ni rastro de su paso.

El último santuario se hallaba entre unas montañas cercanas a los restos de Dalaran, cuyas ruinas surgieron a sus pies. Eran los vestigios de lo que en su día habían sido unas torres orgullosas y unas fortalezas inexpugnables, pero había algo muchísimo más asombroso que envolvía aquel reino legendario. Su foco era el lugar en que el Kirin Tor había gobernado y, a partir de ahí, se extendía por igual en todas direcciones.

Se trataba de un desesperado intento por parte de los supervivientes del círculo interno del consejo de resucitar su gloria, de reverdecer sus laureles a la vez que ayudaban a la Alianza a combatir la Plaga. Se trataba de algo similar a un domo vasto y mágico, a un domo de energías en movimiento, compuesto por unas energías que le proporcionaban un aspecto de un tono violeta trémulo o blanco reluciente. Era totalmente opaco, lo que impedía saber qué sucedía dentro. No obstante, Korialstrasz sabía muy bien qué planeaban aquellos brujos y creía que estaban locos, pero les dejaba hacer. Siempre cabía la remota esperanza de que triunfasen…

El consejo de brujos, a pesar de sus habilidades nada desdeñables, ignoraba el hecho de que uno de ellos fuera un dragón. Cuando formó parte de su orden (de la que fue uno de sus fundadores secretos), nunca conocieron su verdadero yo, sólo le vieron en su faceta de Krasus. Korialstrasz prefería que eso fuera así, ya que a muchas de las razas jóvenes les habría resultado imposible tratar directamente con esa bestia mitológica.

El dragón, protegido por su magia, sobrevoló aquel fantástico domo y, a continuación, se dirigió al sudeste. Entonces sintió la tentación de virar para dirigirse a las tierras del Vuelo Rojo, pero tal demora podría conllevar un alto precio. Además, su reina podría cuestionar la conveniencia de realizar aquel viaje, incluso prohibírselo. Pero Korialstrasz no iba a dar la vuelta… ni

siquiera por ella.

En realidad, la razón principal que le impulsaba a regresar a Grim Batol era ella.

Los Aquél eran un grupo de enanos bastante variopinto, incluso a ojos humanos o de cualquier otra raza. Por otro lado, habrían preferido hallarse en una mejor situación, pero sus obligaciones les exigían que ignorasen las penurias por el bien de su pueblo.

Los guerreros enanos poseían una constitución fuerte a pesar de ser rechonchos y aquel grupo estaba compuesto tanto por hombres como mujeres, aunque quizá quienes no pertenecieran a esa raza tuvieran dificultades para diferenciarlos a cierta distancia. Las hembras carecían de barbas hirsutas, poseían una constitución algo más esbelta que los varones y si uno escuchaba con atención, sus voces eran ligeramente menos ásperas. Sin embargo, eran conocidas por luchar con la misma determinación, si no mayor, que sus compañeros.

En aquellos momentos, tanto varones como hembras se sentían muy sucios y exhaustos; además, ese día habían visto perecer a dos camaradas.

—Podría haber salvado a Albrech —se lamentó Grenda con los labios fruncidos como si se recriminara algo a si misma—, ¡Podría haberlo salvado, Rom!

El enano al que se estaba dirigiendo era mayor que ella y lucía más cicatrices que los demás. Rom era el comandante y el que poseía más conocimientos sobre el legado de Grim Batol. Al fin y al cabo ¿no había sido años atrás líder de los enanos cuando el brujo Rhonin, la elfa noble arquera Vereesa y un jinete de grifos de Aerie les habían ayudado a deshacerse de los orcos que pululaban por aquel espantoso lugar y a liberar a la gran Reina de los dragones? Para recuperar el resuello, se apoyó contra la pared del túnel a través del cual él y su grupo acababan de tomar aliento. Si bien era cierto que no hacía tanto tiempo que había dejado atrás su juventud, las últimas cuatro semanas lo habían envejecido de una manera antinatural y estaba seguro de que era debido a aquella tierra siniestra. Se acordó entonces de los informes que hablaban de cómo los dragones rojos habían sufrido penalidades mucho mayores que las suyas antes de tener por fin el sentido común de marcharse de allí hacía menos de un mes. Sólo los enanos eran tan testarudos como para atreverse a presentarse en un reino que pretendía matarlos.

Y si no era el mismo reino quien

trataba de asesinarlos, se trataba del tenebroso mal que estaba escondido en lo más profundo de aquellas espantosas cavernas.

—No se pudo hacer nada, Grenda —masculló—. Albrech y Kathis sabían que esto podía pasar.

—Pero abandonarlos a su suerte contra los skardyns…

Rom buscó algo a tientas bajo su coraza y sacó una larga pipa. Los enanos no iban a ninguna parte sin sus pipas, aunque, a veces, tenían que fumar otras cosas muy distintas a su tabaco favorito. Durante las dos últimas semanas, el grupo se había acostumbrado a fumar una mezcla de champiñones, pues los túneles estaban repletos de ellos, con cierta hierba roja que crecía a la vera de un arroyo que era su principal fuente de abastecimiento de agua. Aquel mejunje se podía fumar a duras penas.

—Escogieron quedarse atrás para que los demás pudiéramos cumplir nuestra misión —replicó Rom mientras llenaba la pipa. Al encenderla añadió—: Que consiste en llevarnos a esa repugnante criatura con nosotros a casa…

Grenda y el resto del grupo siguieron la mirada de su comandante hasta detenerse en el prisionero. Entonces, aquel skardyn siseó como un lagarto e intentó morder con sus dientes afilados a Rom. —El comandante estaba bastante seguro de que aquella cosa era macho, pero no quería dotar a ese skardyn de ningún rasgo de personalidad ni siquiera de género—. Aquel bicho era un poco más bajo que el enano medio, pero algo más ancho. La anchura extra era puro músculo, lo que permitía a esas criaturas escamosas cavar en la tierra con sus garras con una pericia de la que carecían lo enanos más fornidos del pueblo de Rom.

La cara que los miraba semioculta bajo una andrajosa capucha marrón era una macabra mezcolanza de rasgos enanos y reptilianos; algo que no era una sorpresa para sus captores, ya que los skardyns descendían de la misma raza que Rom y sus camaradas. Sus ancestros eran los enanos Hierro Negro, supervivientes malditos de la guerra de los Tres Martillos acaecida cientos de años antes. Si bien una gran parte de los traicioneros Hierro Negro había perecido en esa épica confrontación entre enanos, siempre había corrido el rumor de que algunos habían escapado de Grim Batol siguiendo a su líder: la hechicera Modgud, quien había maldecido Grim Batol justo antes de ser asesinada. Como en ese momento nadie quiso dar caza a los posibles enemigos supervivientes en un lugar maldito por causa de la magia, los rumores siguieron

siendo sólo eso… hasta que Rom tuvo la mala fortuna de descubrir la verdad al respecto al poco de llegar allí.

No obstante, fueran cuales fuesen los vínculos que unían al pueblo de Rom con los skardyns, éstos se habían vuelto tan tenues hace tanto tiempo que podían considerarse inexistentes. Los skardyns seguían poseyendo la complexión básica de un enano y algunos rasgos faciales similares, pero donde una vez hubo barba, ahora unas escamas toscas lo cubrían todo. Sus dientes eran, en efecto, más parecidos a los de un lagarto o incluso un dragón, y sus deformes manos (zarpas si somos precisos) se parecían a las de ambas bestias. Asimismo, ese engendro que los enanos habían capturado era capaz de salir corriendo en cualquier momento como un cuadrúpedo o un bípedo.

Eso no significaba que los skardyns fueran meros animales. Eran astutos y dominaban el manejo de las armas, ya fueran las dagas que llevaban en sus cinturones, las hachas —que no habían evolucionado en nada desde la guerra de los Tres Martillos— o las bolas de metal provistas de púas letales que cabían en la palma de la mano y que lanzaban usando el brazo o una honda. Además, si estaban desarmados, no dudaban en valerse de sus dientes y garras, como habían podido comprobar los enanos de manera desastrosa la primera vez que se encontraron con ellos.

Esa vez, habían podido comprobar que eran descendientes de los Hierro Negro gracias a sus vestimentas, que aún lucían los símbolos de aquel clan traidor. Por desgracia, a las fuerzas de Rom les había resultado muy difícil capturar a una de esas criaturas vivas, ya que los skardyns luchaban con gran fiereza. En tres ocasiones anteriores, los enanos habían organizado misiones para tomar prisioneros y en las tres habían fracasado estrepitosamente.

Y en las tres había perecido gente que obedecía las órdenes de Rom

El último ataque funesto había conllevado la pérdida de dos excelentes guerreros aquella noche. Sin embargo, al final la misión iba a compensar todos los esfuerzos realizados… o eso esperaba. Ahora, Rom creía tener una fuente de información gracias a la cual podría descubrir al fin qué era eso tan malévolo y poderoso que se ocultaba en aquel lugar, que incluso hacía a los dragones huir de miedo. ¿Qué poderosa fuerza tenebrosa comandaba a los skardyns hasta el punto que aquellas abominaciones estaban dispuestas a morir por ella?

¿Y qué era eso que ahora aullaba de angustia mientras unas luces y energías inquietantes brotaban de aquel pico

desolado?

El skardyn escupió cuando Rom se le acercó. Su aliento era hediondo, lo que significaba que era realmente pestilente puesto que los enanos están acostumbrados a los hedores. Entonces Rom descubrió otro cambio evolutivo que separaba aún más a los skardyns y los enanos: el prisionero poseía una lengua bífida.

Ninguna de estas alteraciones era natural, sino el resultado de vivir en un lugar excesivamente saturado de magia maligna. El enano líder lo observó con gesto sombrío; su mirada severa era tan intensa como la sangrienta mirada carmesí de aquella aberración.

—Los de tu raza sois escoria, pero aún sois capaces de hablar —bramó Rom—. Lo sé porque te he oído parlotear.

El prisionero siseó… y, acto seguido, intentó abalanzarse sobre él. Rom había elegido a dos fornidos guardias por su fuerza para que lo sujetaran de los brazos y, aun así, les costaba bastante inmovilizar a aquel skardyn.

Rom dio una profunda calada a su pipa y, después, le exhaló el humo en plena cara a aquella criatura. El skardyn olisqueó el aire con deleite; una de las características que la evolución no había cambiado era su gusto por fumar en pipa. Cuando los enanos registraron los cuerpos de skardyns muertos, hallaron pipas curvas hechas de barro y no de madera tallada. No obstante, ignoraban qué fumaban exactamente los skardyns en esas pipas, ya que la única sustancia susceptible de ser fumada que habían descubierto en el cadáver de un skardyn olía a hierba rancia y a lombrices. Ni siquiera el más osado de los seguidores de Rom se había atrevido a probarla.

—Te gustaría darle una caladita, ¿verdad? —le provocó Rom dando otra calada, y echándole de nuevo el humo en la cara a aquella criatura—. Bueno, habla conmigo un poco y ya veremos qué se puede hacer al respecto…

—¡Uzuraugh! —le espetó el prisionero—, ¡Hizakh!

Rom chasqueó la lengua,

—Pero ¿qué forma de hablar es ésa? Si sigues así, te entregaré a Grenda y sus dos hermanos, ¿Albrech estaba unido a ellos mediante el gwyarbrawden? ¿Conoces esa antigua palabra: gwyarbrawden?

El skardyn se calmó, Los enanos poseían muchos y variados vínculos sociales, Sin duda, su lazo más fuerte era la pertenencia a un clan, que era el elemento social aglutinador más importante, Aun así, tanto fuera como dentro del clan se establecían otro tipo de vínculos y el ritual del

gwyarbrawden se realizaba por lo general entre los guerreros de a pie. Aquellos que juraban el gwyarbrawden, se prometían mutuamente que atravesarían Azeroth de punta a cabo para dar con el responsable de la muerte de su camarada si éste era asesinado. No se mostraban reticentes a que la muerte del asesino de su camarada fuera lenta y cruel, ya que el gwyarbrawden suponía tomarse la justicia por su mano. Los líderes de los clanes no reconocían su existencia           ni            lo apoyaban

públicamente,  pero      tampoco lo

condenaban.

Era un aspecto de la sociedad enana que pocos seres ajenos a ella conocían.

Pero era evidente que los skardyns no eran ajenos, ya que los salvajes orbes carmesíes que tenía por ojos se dirigieron hacia la socarrona Grenda veloces como el rayo y, luego, se posaron una vez más sobre Rom. Las leyendas acerca de las misiones de gwyarbrawden solían acabar con descripciones muy extravagantes acerca de la prolongada muerte de la presa. Por eso a Rom no le sorprendió que esos relatos truculentos aún circulasen entre la raza de aquella criatura.

—Es tu última oportunidad —le amenazó, dando otra calada a la pipa—. ¿Vas a hacer el favor de hablar para que podamos entenderte?

El skardyn asintió.

Rom ocultó su impaciencia. Lo de Grenda y sus hermanos no había sido del todo un farol, a pesar de que sabía que si les hubiera entregado al prisionero, probablemente no habría descubierto nada. Si bien es cierto que Grenda habría hecho todo lo posible para sonsacar alguna palabra a esa aberración tan horrenda, Rom no podría haber evitado que alguno de los tres se dejara llevar e intentara cumplir con el gwyarbrawden, matando así al skardyn antes de que pudiera hablar.

Rom lanzó una última mirada a Grenda para recordarle al cautivo lo que le aguardaba si no respondía, y, a

continuación, dijo:

—¡Sabemos que tus camaradas le trajeron algo a la mujer del velo! Ahora Grim Batol se estremece con el rugido de algo muy parecido a un dragón… ¡a pesar de que hace meses que no se ve ninguno por los alrededores! ¿Qué es lo que trama esa mujer ahí dentro?

—Crisalun… —Esa palabra se le escapó de la boca al skardyn con una voz tan ronca que parecía que el mero hecho de hablar le supusiera un esfuerzo terrible al que no estaba acostumbrado—. Crisalun.

—Por las barbas de mi padre, ¿qué es una Crisa-Crisalun?

—Más grande —carraspeó el prisionero, cuya lengua salía y entraba de su boca a gran velocidad—. Más grande por dentro… no fuera…

—Pero ¿qué patrañas está escupiendo esta bestia? ¡Se burla de nosotros! —rezongó uno de los hermanos de Grenda.

Aunque no eran gemelos, sus hermanos se parecían mucho más de lo que solían parecerse la mayoría de los hermanos enanos, de modo que Rom siempre tenía problemas a la hora de distinguir a Gragdin y Griggarth.

Fuera quien fuese, en cuanto terminó de hablar, cargó, levantando el hacha tanto como le permitía el túnel. El skardyn siseó y se revolvió de nuevo.

Entonces Grenda detuvo a su impetuoso hermano.

—¡No, Griggarth! ¡Aún no! ¡Baja el hacha!

Griggarth se arredró ante la reprimenda de su hermana. Ella era la cazadora y ellos los sabuesos. Gragdin reaccionó igual que su hermano a pesar de que no tenía ninguna razón para sentirse amedrentado.

Grenda se volvió hacia el skardyn.

—Pero como las próximas palabras que pronuncie esta escoria no tengan más sentido…

En ese instante, Rom volvió a recuperar las riendas de la situación. Dio varias caladas seguidas a su pipa, le propinó unos golpecitos para hacer caer la ceniza y luego masculló.

—Sí. Hagamos un último intento. Quizá una pregunta distinta te haga reaccionar como es debido.

Se detuvo a pensar y, acto seguido, prosiguió hablando:

—Quizá deberías hablarnos sobre ese tipo tan alto y explicarnos qué hace aquí alguien de su raza.

Su sugerencia provocó una reacción inquietante en el skardyn. Al principio, Rom creyó que se estaba ahogando, pero entonces se percató de que aquella bestia inmunda se estaba riendo.

Rom desenfundó su daga, cuya punta colocó bajo la barbilla marrón y escamosa del skardyn. A pesar de eso, el prisionero no depuso su actitud.

—Estate quieto, maldito hijo de un batracio o les ahorraré la molestia de desollarte y…

El techo se vino abajo, y los enanos se desperdigaron al caer sobre ellos varias toneladas de roca y piedra.

Entonces aparecieron tres siluetas enormes armadas con petos y protecciones de bronce, y con más escamas que el skardyn. Y lo que era aún peor, aquellos imponentes gigantes (de casi tres metros de alto según el ojo experto de Rom) eran mucho más letales que los descendientes de los Hierro Negro y los habían sorprendido.

—Pero, ¿qué…? —exclamó un enano antes de que una hoja enorme y curva lo partiera en dos por la cintura, a pesar de la protección que la coraza le dispensaba.

Rom sabía qué eran, aunque sólo fuera por las descripciones que había oído, sin embargo fue Grenda quien gritó su espantoso nombre.

—¡Dracónidos!

La enana se abalanzó sobre el primero de ellos con el hacha en ristre. El dracónido de escamas negras, que parecía ser un híbrido de dragón y humano que había dado como resultado un guerrero despiadado, se giró empuñando su arma ya ensangrentada.

En cuanto la hoja impactó contra el hacha, centelleó y atravesó, como si fuera agua, el arma forjada con tanta maestría por los enanos.

Grenda se salvó gracias a la rápida reacción de Rom. Como el comandante había arremetido contra aquella figura monstruosa al mismo tiempo que Grenda, llegó a tiempo para empujarla a un lado. Desgraciadamente, la estrechez del túnel derrumbado no pudo evitar que el mandoble que iba dirigido contra la enana lo alcanzara a él.

El enano, en el momento en que la hoja ardiente le cercenó la muñeca, observó, estupefacto, cómo su mano caía al suelo, donde fue pisoteada por las colosales piernas de tres dedos del dracónido.

Por fortuna, el fuego mágico de la espada también cauterizó la herida. Eso, combinado con la resistencia enana, permitió a Rom responder al ataque con un golpe de su hacha propinado con una sola mano y con todas sus fuerzas.

El hacha penetró en la piel coriácea a la altura del hombro del dracónido, quien dejó escapar un gruñido de dolor y retrocedió. Entonces una risa resonó en los oídos de Rom, una risa que recordaba cada vez menos a la de un skardyn y más bien a la carcajada de algo mucho más siniestro. El enano miró hacia atrás, al lugar donde debía

hallarse aún retenido el prisionero.

Sin embargo, los guardias yacían muertos, sus ojos miraban al infinito sin ver y habían sido degollados. Además, sus hachas permanecían atadas a sus espaldas, y sus dagas enfundadas en sus cinturones. Daba la impresión de que se hubieran dejado matar.

O habían sido hechizados… porque lo que se hallaba donde el skardyn debía estar no era un enano que había degenerado evolutivamente por culpa de la magia, sino una figura tan alta como un humano, pero de constitución más delgada. Si bien sus orejas largas y puntiagudas proporcionaban la pista necesaria para averiguar a qué raza pertenecía, su túnica roja y sus fieros ojos verdes y brillantes (una señal de corrupción demoníaca) confirmaron para consternación de Rom lo necio que había sido en el desempeño de su labor de comandante.

Era el elfo de sangre por el que había estado preguntando.

El plan de Rom de hacerse con un prisionero del que pudieran recabar información se había convertido en una trampa para los enanos. Se le aceleró el pulso al imaginarse a sus seguidores masacrados o, aún peor, capturados y arrastrados a la entrañas de Grim Batol.

Cargó contra el elfo de sangre profiriendo un grito de guerra que resonó por todo el túnel en ruinas. Aquel ser alto miró al fuerte enano con desdén y, entonces, extendió una mano.

En esa mano se materializó una vara de madera de formas retorcidas, cuya punta se desdoblaba en dos ramas sobre las cuales centelleaba una esmeralda enorme con forma de calavera a juego con los ojos malignos del elfo de sangre.

Al instante, Rom salió despedido hacia atrás y se estrelló contra un muro.

Mientras caía al suelo, pronunció un epíteto que habría hecho sonrojar las orejas de cualquier humano y mucho más las de un elfo. A pesar de ver borroso, atisbó cómo unos enanos intentaban desesperadamente detener a esos poderosos dracónidos. No es que aquellos hombres dragones fueran imbatibles, pero sus hombres parecían reaccionar con extrema lentitud. Gonun, el combatiente más rápido después del propio Rom, alzó su hacha como si pesara tanto como él.

El elfo de sangre… tiene… tiene que ser el… el elfo de sangre… Rom intentó levantarse como pudo, pero su cuerpo no le obedecía.

Para él lo peor no era saber que estaba a punto de morir, sino haberle fallado a su rey. Le había jurado a Magni que descubriría el secreto de lo que estaba sucediendo en Grim Batol, pero lo único que había logrado Rom

era desatar aquella horrenda debacle.

Logró ponerse de rodillas impulsado por la vergüenza pero fue incapaz de ponerse en pie. En ese momento el elfo de sangre dejó de prestarle atención; otra afrenta más contra el honor del enano.

Rom consiguió empuñar su hacha mientras luchaba contra el conjuro y contra el dolor que sentía…

Entonces, un rugido horripilante, que hizo temblar los muros, recorrió esos túneles y provocó que todos miraran hacia arriba.

El efecto fue notable sobre el elfo de sangre, quien maldijo en una lengua que Rom no entendió y luego gritó a los

dracónidos:

—¡Arriba! ¡Rápido! ¡Antes de que se vaya demasiado lejos!

Los guerreros dragones se acuclillaron y, acto seguido, abandonaron de un salto los túneles con una agilidad sorprendente para su inmenso tamaño. Su líder golpeó el suelo dos veces con el extremo inferior de su vara y se desvaneció envuelto en un breve estallido de llamas doradas.

Rom descubrió que podía moverse, aunque fuera de manera torpe y cansina. Poco a poco, fue a comprobar en qué estado se hallaban sus compañeros: había al menos tres muertos y unos cuantos heridos. Dudaba que los dracónidos hubieran sufrido mucho más que un par de cortes cada uno, y ninguno grave. Si no hubiera sido por aquel misterioso rugido, los enanos habrían perecido.

Grenda y uno de sus hermanos se acercaron a ayudarlo. La guerrera enana, que estaba empapada en sudor, le preguntó:

—¿Puedes andar?

—¡Uff! Puedo correr… ¡si no me queda más remedio, muchacha!

No sugirió huir corriendo impulsado por la cobardía, sino porque no había manera de saber si el elfo de sangre y los dracónidos volverían tan rápido como se habían marchado. Los enanos estaban desorganizados y necesitaban retirarse a un lugar donde pudieran recuperarse.

—A… A los túneles de la ladera —ordenó Rom.

Aquellos túneles se hallaban bastante lejos de Grim Batol, pero creía que eran su mejor opción. Esa zona era rica en vetas de cristal blanco (muy sensible a las energías mágicas), lo que impediría espiar su interior incluso a un mago como el elfo de sangre. En cierto sentido, los exploradores se tornarían invisibles.

Pero no invencibles. En ningún lugar estarían completamente a salvo.

Con ayuda de Grenda, Rom guió a los enanos lejos de aquel lugar. Tuvo la oportunidad de observar a sus magullados seguidores y comprobó una vez más lo mucho que les había costado esa breve trifulca. Si no hubiera sido por el rugido…

El rugido. A pesar de que se sentía muy agradecido por aquella interrupción, Rom se preguntaba a qué se había debido. y si lo que había salvado a los enanos era o no el heraldo de algo muchísimo peor.

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