La noche del dragón – Capítulo Dos

La noche del dragónMientras Korialstrasz sobrevolaba Lordaeron, procuraba no prestar atención a la agitación que reinaba allí abajo, ya que su intención era llegar al extremo opuesto de la bahía de Baradin sin la menor demora. Era de vital importancia que alcanzara la bahía cuanto antes. El dragón no debía inmiscuirse en ninguna batalla de la eterna lucha contra la Plaga. Eso debía dejarlo en manos de otros defensores. Él no podía involucrarse en algo así…

Sin embargo. más de una vez el inmenso dragón rojo no cumplió su propósito. Korialstrasz no podía

permitir que los inocentes sufrieran ni que los ataques flagrantes de los no- muertos quedaran impunes.

Por eso, cuando divisó esa aglomeración de cientos de siervos putrefactos y horrendos del Rey Exánime tuvo que darles su merecido.

En cuanto olfateó la bahía lejana, vislumbró aquel macabro ejército dispuesto a emprender la marcha… un ejército creado a partir de miembros mutilados y cadáveres robados a más de un millar de almas. Las armaduras abolladas y oxidadas de los paladines protegían ahora unos cuerpos desprovistos de carne y sus yelmos, unas cuencas carentes de ojos. Por la constitución de algunos de aquellos no- muertos, el dragón pudo deducir que la Plaga no discriminaba por razón de sexo, ni de edad; todos cuantos caían ante ella eran susceptibles de ser alistados como soldados al servicio de su malvado amo.

El hecho de que algunos de ellos hubieran sido en su día mujeres y niños no hizo vacilar al encolerizado dragón, quien se lanzó de cabeza contra los necrófagos. De inmediato, un río de llamas atravesó el centro de sus impías filas, diezmando sus fuerzas en un solo instante. Los huesos secos de los no- muertos eran el combustible perfecto para que prendiera con virulencia el

fuego de un dragón rojo y rápidamente se extendió un infierno al tiempo que algunos no-muertos chocaban entre sí al intentar huir.

Korialstrasz arremetió contra ellos siendo perfectamente consciente de cuál era el objetivo que la Plaga tenía previsto atacar, que no era otro que el escudo que cubría Dalaran; que había sobrevolado hacía no mucho. Los brujos eran un enemigo que Arthas, el Rey Exánime, no podía permitir que se recuperara. Por eso mismo, el dragón esperaba que se produjera el ataque en breve; no obstante, la Plaga había actuado más rápido de lo que había calculado.

De ese modo, el dragón rojo hizo un gran favor a sus antiguos camaradas del Kirin Tor antes de abandonar Lordaeron.

Entonces, unos guerreros con calaveras por cabeza dispararon contra él con arcos muy variopintos, pero sus flechas no lo alcanzaron por mucho. No estaban acostumbrados a ataques aéreos de tal envergadura. Acto seguido, Korialstrasz viró hacia el norte, para atacar las formaciones que encontraban en aquel lugar. Primero se arrojó en picado al suelo y barrió a todos los guerreros que pudo; luego lanzó una nueva descarga de llamas para acabar con los que aún quedaban en pie.

A continuación percibió algún tipo de magia en la retaguardia y respondió de manera acorde a esa amenaza. Un dragón inferior quizá hubiera caído presa de los taumaturgos del Rey Exánime, pero Korialstrasz era un dragón muy experimentado en esas lides. Inmediatamente, localizó la posición de sus nuevos enemigos y concentró todo su formidable poder mágico en ese punto.

La tierra entró en erupción con un vasto bosque de hierbas mil veces más grandes y gruesas de lo normal que atraparon a los taumaturgos como si fueran tentáculos; unos seres exánimes de inferior rango que Arthas, que probablemente eran unos brujos respetables hasta que los sedujo el poder tenebroso del Señor de la Plaga. Aquellos enormes tentáculos rodeaban a sus presas no-muertas, las aplastaban y las desmembraban antes de que pudieran concluir sus traicioneros conjuros.

Así derrota la vida a la no-vida, pensó Korialstrasz con el rostro sombrío. Como consorte del Aspecto de la Vida y, por tanto, siervo de esa causa, le repugnaba usar sus poderes para esos fines. Sin embargo, la Plaga no le había dejado otra opción; era la antítesis de lo que representaba su mujer y una amenaza para todos los seres vivos de Azeroth.

De repente, aquel ser hercúleo sufrió un dolor insoportable en el pecho e inició un descenso descontrolado trazando espirales en el aire. Korialstrasz profirió un rugido de furia y se maldijo a sí mismo por haberse distraído como un joven dragón inexperto. Estuvo a punto de estrellarse en pleno corazón del ejército de la Plaga, pero logró remontar el vuelo en el último momento. Haciendo un gran esfuerzo para alcanzar las nubes grises, el ser hercúleo se examinó el pecho.

Una flecha negra tan larga como una de sus garras se había insertado entre sus escamas. Su punta no estaba hecha de acero, sino de cierto cristal oscuro que vibraba. Había alcanzado a Korialstrasz en el lugar certero y se había clavado profundamente en aquel espacio tan estrecho. Tal acierto no era una mera casualidad.

El dolor se apoderó de nuevo de él. Aunque esta vez el dragón rojo estaba más preparado para soportarlo, a duras penas logró evitar perder altura.

Korialstrasz tuvo que esforzarse al límite para poder elevarse un poco más. Desde allí arriba, los restos de la Plaga parecían una colonia de hormigas. El leviatán se sintió satisfecho, ya que, de momento, estaba a salvo de más ataques mágicos. Acto seguido, se dispuso a concentrarse para poder deshacerse de aquella flecha siniestra.

Un aura carmesí envolvió a

Korialstrasz. A continuación, el dragón focalizó todo su poder en la herida, centrándose en el punto donde estaba clavada la punta de la flecha negra hechizada.

La flecha estalló.

No obstante, la sensación de victoria que embargó a Korialstrasz se desvaneció de inmediato, puesto que una punzada de dolor lo atravesó por entero. Si bien no era un dolor tan intenso como la agonía que había sentido antes, era bastante fuerte. Exploró la zona afectada en busca de la causa.

Aún quedaban tres diminutos fragmentos de cristal en la herida. La brujería empleada para crear esta clase de flechas, cuyo fin era combatir a enemigos como él —no había otra explicación que justificara la existencia de esa arma—, era tan potente que incluso esos escasos restos de cristal le infligían un dolor agudo.

Los esbirros del Rey Exánime eran cada vez más ingeniosos y astutos.

Korialstrasz formuló un conjuro para expulsar aquellos fragmentos de su cuerpo. El esfuerzo lo dejó sin aliento; no obstante, la furia que lo dominaba por lo que acababa de ocurrir le hizo recuperar las fuerzas con suma rapidez.

El dragón rojo rugió una vez más y se lanzó en picado como un misil hacia la retaguardia enemiga. Sabía que fuera quien fuese el creador de aquel cristal negro se encontraba allí abajo.

Esta vez, Korialstrasz arrasó con su fuego de dragón toda el área. Nada ni nadie podría escapar de su ira. La Plaga iba a aprender así que nadie se la podía jugar a un dragón.

Las llamas envolvieron a los no- muertos, quienes dieron tumbos en todas direcciones hasta desplomarse. En el centro mismo de aquel ataque, el fuego consumió a sus enemigos hasta reducirlos a cenizas.

Korialstrasz observó el resultado con satisfacción. Había propinado un golpe fatal a la Plaga con ese asalto y aquello beneficiaría en gran medida a

Dalaran y al resto de los defensores.

A continuación, el dragón respiró hondo y prosiguió su vuelo sin más vacilación hacia la bahía… hacia la distante y tentadora Grim Batol.

En la costa este de Kalimdor central, una figura bastante alta envuelta en una capa se adentró en silencio en la horrenda ciudad de Trinquete, un asentamiento que tiempo atrás habían fundado unos contrabandistas que ahora estaba habitado no sólo por gente de esa nauseabunda calaña, sino también por numerosos proscritos de diversa procedencia. El recién llegado llevaba una capucha que ocultaba su rostro y una voluminosa capa que tapaba completamente el atuendo que vestía debajo; de hecho, era tan larga que la iba arrastrando por el suelo. Si bien en muchos lugares este hecho habría llamado la atención de todo el mundo, en Trinquete era una estampa bastante habitual.

Eso, claro está, no quería decir que otros ojos (de goblins, de humanos o de otro tipo) no lo observaran atentamente, sino que lo hacían de manera clandestina. Algunos de los moradores de los edificios de piedra destartalados y en ruinas y de las chabolas de madera desvencijadas escrutaban siempre con detenimiento a los recién llegados con el fin de decidir si podrían obtener algún provecho de ellos, mientras que otros evaluaban si eran una potencial amenaza. Muchos de los individuos sin afeitar ni asear que pululaban por allí se habían refugiado en aquel lugar porque otros deseaban su muerte; por tanto, estaban más que dispuestos a matar a cualquier presunto asesino por si acaso. El hecho de que pudieran equivocarse y aniquilar a un inocente lo tenían asumido desde hacía mucho tiempo.

La silueta embozada caminó por Trinquete arrastrando los pies, girando la cabeza oculta por una capucha para escudriñar la penumbra cada vez más intensa hasta que por fin se detuvo ante una placa herrumbrosa colocada en la fachada de lo que en otro tiempo había sido una posada de buena reputación. Aún se podía leer en ella, escrito con unas letras desvaídas, el funesto nombre del establecimiento… La Quilla Rota.

Con gran fluidez, el forastero se dirigió hacia la posada con paso elegante. Apoyado en la pared junto a una puerta astillada había un hombre cubierto de cicatrices y desgarbado, que llevaba botas de cuero y un atuendo de marinero mecido por el viento. Observó a la figura que se acercaba y al rato se marchó de allí sigilosamente. El forastero giró su rostro encapuchado lo justo para contemplar cómo se alejaba aquel individuo, y, a continuación, se volvió una vez más hacia la posada.

A pesar de que la manga mecida por el viento se acercó a la manilla, los que se hallaban cerca pudieron percibir que ni siquiera llegó a tocarla. Aun así, la puerta se abrió de par en par.

Dentro, el goblin propietario del local y tres clientes observaron detenidamente al intruso, quien, con sus más de dos metros de altura, era un palmo más alto que el más grande de ellos. El atuendo de aquellos hombres y los sables que portaban a la cintura los señalaban como los protagonistas de ciertas historias que el recién llegado había escuchado. Eran Bucaneros Velasangre. No obstante, aquella figura ignoró el interés que parecían mostrar por él, ya que sólo le importaba una cosa.

—Uno busca un medio de transporte para cruzar el mar —aseveró aquella silueta encapuchada.

Por primera vez, los cuatro hombres mostraron cierta sorpresa; el tono de voz de aquel ser no era propio ni de un hombre ni de una mujer.

El propietario fue el primero en recuperarse del impacto. Aquel goblin bajito, verde y un poco barrigudo esbozó una amplia sonrisa, que reveló unos dientes amarillos. Se alejó unos pasos de la barra y, a pesar de ser bastante orondo, se encaramó con suma facilidad a un banco o taburete para poder observar lo que sucedía al otro lado de la barra. Repuso con sorna:

—Así que quieres un barco, ¿eh? ¡Pues aquí no hay muchos! Aquí quizá encuentres comida y cerveza, ¡pero nos hemos quedado sin barcas, je!

Mientras hablaba, se le hinchó el estómago y su chaleco de motas verdes y doradas se tensó aún más; asimismo, su tripa rebosó por encima del cinturón ancho provisto de una hebilla metálica que sostenía sus desgastados pantalones.

—¿No es verdad, chicos? —añadió el goblin.

Se escucharon un par de «síes» y uno de los tres individuos que estaban bebiendo, de mirada penetrante, asintió lentamente con la cabeza. Ningún miembro de aquella banda de bucaneros había apartado la mirada en ningún momento del recién llegado envuelto en una capa, quien no parecía sentirse inquieto por la situación, ni mostraba emoción alguna.

—Uno no es de por aquí, es evidente —replicó aquella figura con un tono de voz imposible de identificar—. Aunque, normalmente, en un lugar donde se sirve comida y se procura cobijo, también se sabe dónde puede uno hallar un medio de transporte…

—¿Tienes oro para pagar ese «medio de transporte», mi amigo de voz ahogada?

La capucha pareció asentir por sí sola, y la manga que había abierto la puerta se extendió hacia delante. Pero de ahí no surgió una mano, sino una bolsita gris que tintineaba y pendía de dos cordones de cuero que se perdían en el interior de la manga.

—Uno puede pagar.

Era obvio que aquella bolsa les interesaba. No obstante, al forastero no pareció afectarle tal interés. Entonces, el propietario del local se acarició la barbilla puntiaguda y masculló:

—¡Uff! El viejo Vertipeluca, el maestro de muelles, quizá esté tan loco como para llevarlo hasta el otro lado del mar. Al menos, es dueño de varias barcas.

—¿Dónde lo puede encontrar uno?

—¡En el maldito muelle, por supuesto! El viejo Vertipeluca vive ahí. En cuanto salgas por la puerta, gira a la izquierda y rodea el edificio. Luego tendrás que caminar un poco. Enseguida verás los muelles del puerto. No hay pérdida. Es un sitio donde hay mucha agua, je.

La capucha se inclinó hacia delante.

—Uno le da las gracias.

—Dile que te envía Wiley —masculló el propietario del local—. Feliz

travesía…

El forastero salió de allí tras haberse dado la vuelta con un movimiento ágil y elegante. Mientras la puerta se cerraba tras él, observó en torno y luego tomó la dirección que el posadero le había indicado. El cielo había oscurecido y, aunque era muy poco probable que el maestro de muelles quisiera partir aquella noche, eso no importaba.

Algunas siluetas corrieron a esconderse en los edificios más cercanos y otras salieron disparadas de ellos a su paso. El forastero no les prestó ninguna atención. Mientras no interfirieran en su misión, no eran de su

incumbencia.

Un mar oscuro surgió ante él de repente. Por primera vez, la figura encapuchada titubeó.

No queda más remedio, concluyó. Debemos probar una estrategia tras otra…

A pesar de que había barcos bastante grandes anclados en las cercanías, ninguno era lo que el forastero buscaba: una barquita que pudiera manejar un solo marinero. Tres barcas castigadas por el paso de los años, cuyos excelentes acabados eran un mero recuerdo desde hacía largo tiempo, pero perfectamente aprovechables se mecían en el borde el agua. Con toda seguridad flotaban, pero poco más cabía esperar de ellas. A su derecha, los primeros muelles se extendían hasta perderse en las aguas negras. Asimismo, varios cajones de madera aguardaban a ser cargados en algún navío que, por lo visto, todavía no había llegado a puerto. Entonces divisó a alguien mayor de aspecto rudo (que podría haber sido el hermano, el padre o el primo de Wiley), que estaba sentado sobre una caja mientras sus manos nudosas manipulaban un sedal. En cuanto el recién llegado se le acercó, el goblin alzó la mirada.

—¿Hum? —inquirió sorprendido, para añadir a continuación—. Ya está

cerrado por esta noche. Vuelve mañana…

—Si eres Vertipeluca, el maestro de muelles, has de saber que uno busca un medio de transporte para cruzar el mar ahora, no mañana.

Entonces, una bolsa repleta de monedas asomó por la amplia manga.

—Ya veo, ya. —replicó el goblin al mismo tiempo que acariciaba el prominente mentón.

Visto de cerca, el anciano goblin estaba más delgado y en mejor forma que Wiley. Sus ropas, una camisa morada y unos pantalones rojos que contrastaban con su piel verdosa, parecían de mejor calidad. Y sus botas, anchas debido a que los goblins tienen los pies muy grandes, también estaban mucho mejor conservadas.

—¿Eres Vertipeluca? —insistió el forastero.

—¡Claro que lo soy, necio! —exclamó el goblin sonriendo; mostrando así que, a pesar de la edad, seguía manteniendo afilados casi todos sus dientes amarillos—. Pero en lo que a alquilar una barca respecta, has de saber que hay otros barcos que podrían llevarte a tu destino. ¿Adónde te diriges?

—Uno debe ir a al puerto de Menethil.

—Vas a visitar a los enanos, ¿eh?

—masculló Vertipeluca sin mostrarse en absoluto sorprendido por el tono de voz de aquel forastero—. ¡Pues te aseguro que ninguno de estos barcos viajará a ese lugar! Uff…

De repente, el goblin se enderezó.

—Quizá tú tampoco acabes yendo a ese sitio.

Sus ojos rasgados, negros y coralinos, más propios de un reptil, se clavaron en un punto situado detrás de su posible cliente, que se volvió para observar hacia dónde estaba mirando.

No le sorprendió verlos ahí. La estratagema de la emboscada era muy vieja y conocida, incluso en el lugar de donde procedía el forastero. Los maleantes eran maleantes en todas partes y siempre empleaban las mismas mañas, puesto que su efectividad estaba más que contrastada.

Vertipeluca sacó de detrás de la caja sobre la que estaba sentado un trozo de madera bastante largo rematado por un clavo; la punta sobresalía unos quince centímetros. El maestro de muelles manejaba el madero con una soltura que indicaba que tenía mucha práctica con él; no obstante, no se incorporó con intención de ayudar a la figura encapuchada.

—Como piséis mi muelle, os reventaré la cabeza hasta que quede reducida a picadillo —advirtió a los

bucaneros.

—No tenemos nada contra ti, Vertipeluca —masculló uno de los integrantes del trío; el que en la posada se había mostrado más interesado en el recién llegado—. Sólo tenemos un asunto pendiente con nuestro amigo…

El forastero se giró lentamente hasta hallarse cara a cara con los bucaneros; entretanto, echó hacia atrás la capucha para que quienes tenía delante pudieran ver el rostro que ésta ocultaba. Una larga melena azul cobalto le cubría el semblante y los hombros; además, dos cuernos orgullosos sobresalían de ambas sienes.

Los tres parroquianos dieron un paso atrás con los ojos abiertos como platos. Si bien la inquietud pareció adueñarse de dos de ellos, el que parecía el líder, un individuo cubierto de cicatrices que esgrimía un cuchillo provisto con una hoja curvada de casi treinta centímetros, sonrió.

—Vaya, vaya… Eres una hembra muy bonita… aunque no sé a qué raza perteneces. ¡Entréganos esa bolsa, muchachita!

—Lo que contiene esta bolsa no os traerá nada bueno —les advirtió mientras dejaba sin efecto el conjuro que había ocultado su verdadera y casi musical voz y le había hecho hablar de esa forma tan peculiar—. El dinero es efímero y un

vicio.

—Nos gustan los vicios, ¿verdad, colegas? —replicó el líder.

Sus compañeros expresaron su acuerdo con un gruñido; la avaricia había superado a la estupefacción que habían sentido hasta entonces al descubrir la verdadera naturaleza del ser que tenían delante.

—Acabemos con esto antes de que los gendarmes se enteren de lo que ocurre —urgió uno de los piratas.

—No rondarán por aquí en un buen rato —gruñó el primero de ellos—. Pero lo cierto es que no me apetece tener que sobornarlos con lo que saquemos de esa bolsa, ¿eh?

De inmediato, rodearon a su víctima.

No obstante, la mujer consideró que debía darles otra oportunidad.

—No deberíais hacer esto. La vida tiene un valor incalculable. Recurrir a la violencia es absurdo. Tengamos la fiesta en paz…

Al oír esas palabras, uno de los bucaneros subalternos, el flacucho y calvo, titubeó.

—Tal vez tenga razón, Dargo. ¿Por qué no la dejamos en paz. ?

Al instante, recibió un sopapo en la mandíbula propinado con el dorso de la mano por su líder, a quien Dargo miró con odio.

—Pero, ¿a ti qué te pasa, hijo de una vaca marina?

El otro   maleante            parpadeó

asombrado.

—No lo sé… —acertó a decir y, a continuación, miró estupefacto a aquella mujer tan alta—. ¡Me ha hecho algo!

Acto seguido, Dargo se volvió hacia ella apretando los dientes con fuerza.

—¡Maldita maga! ¡Éste ha sido tu último truco!

—Tales no          son mis                menesteres.

—apostilló, pero ni Dargo ni sus amigos la estaban escuchando.

Los bucaneros se abalanzaron sobre ella, con   la            esperanza          de que si

reaccionaban con rapidez, la forastera no           podría   lanzarles más    hechizos. El sentido común dictaba que lo mejor que podían hacer era alejarse de ella, pero estaba claro que entre aquellos maleantes el sentido común no abundaba.

Una mano —de color azul claro cubierta parcialmente por bandas metálicas cobrizas— asomó por la manga izquierda de la hechicera, quien musitó una plegaria por sus enemigos en su glorioso idioma nativo, que hacía mucho tiempo que no escuchaba hablar a ningún otro ser vivo.

El líder actuó de nuevo de manera predecible: intentó clavarle el puñal en el pecho.

La mujer esquivó con facilidad el

torpe ataque sin desplazarse siquiera de su sitio. Mientras el bucanero caía hacia delante, le tocó el brazo levemente y se aprovechó de su impulso para hacer que se estrellara contra la dura madera del muelle más cercano.

Al mismo tiempo que impactaba contra el suelo, su compañero más delgado desenvainó su sable y, al instante, le hizo un corte a la hechicera en el brazo que tenía estirado. La forastera lo apartó con elegancia y, acto seguido, le propinó a su atacante una patada en la boca del estómago con algo que no era un pie sino, más bien, una larga y dura pezuña hendida.

El segundo pirata salió despedido hacia atrás cual misil, como si le hubiera embestido un tauren, y fue a chocar contra el tercer maleante, un pirata corpulento con la nariz torcida. Ambos chocaron con fuerza y cayeron al suelo conformando un amasijo de brazos y piernas.

Entonces, la draenei se giró; la única señal externa que revelaba su estado de ánimo era la agitación constante de los dos tentáculos que brotaban de la parte de atrás de sus orejas y enmarcaban sus delicados pero hermosos rasgos. En cuanto Dargo intentó atacarla de nuevo, la forastera le cogió la muñeca con una sola mano y utilizó el impulso del pirata en su contra.

El bucanero profirió un aullido en cuanto se le salió el hombro. Como éste ya iba a estrellarse contra el suelo, no le resultó difícil desviarlo un poco para que cayera de cara a sus pies.

Vertipeluca, que seguía sentado sobre la caja, estalló en carcajadas.

—¡Ja! Las mujeres draenei son duras de pelar, ¿eh? ¡Duras y preciosas, sí, señor!

La mujer observó detenidamente al goblin y no percibió maldad en sus comentarios. No le sorprendía que Vertipeluca hubiera visto u oído hablar de su raza en el pasado debido a su trabajo. Además, en ese momento, parecía sentir por ella una curiosidad sincera —y no podía negar que lo había entretenido mucho—, pero nada más.

El maestro de muelles había mantenido una postura neutral durante la confrontación; una opción comprensible, aunque ella no la aprobara. Por otro lado, la draenei habría preferido mantener su misión en secreto, ya que se encontraba en un lugar donde no debería estar alguien de su raza.

Pero había prestado un juramento que debía cumplir.

Se inclinó hacia Dargo y le susurró:

—No tienes ningún hueso roto.

No obstante, el acongojado maleante no pareció apreciar el gesto. En verdad, la mujer había hecho todo lo posible para evitar hacerles daño a pesar de su impresentable comportamiento. Por desgracia, aquel trío había provocado que tuviera que reaccionar con agresividad.

Pero ahora se mostraban más receptivos a sus consejos… tras la exhibición de poderío que acababan de presenciar. Entonces, con voz tranquila, la draenei dijo:

—Será mejor que os marchéis y os olvidéis de este incidente.

Sus palabras se veían refrendadas por las habilidades de combate que acababa de demostrar. Dargo y sus compañeros se pusieron en pie torpemente y echaron a correr como si fueran unos sabuesos con la cola en llamas; tanta prisa tenían que se dejaron las armas en el muelle.

La mujer se giró hacia Vertipeluca y el goblin asintió.

—Esa túnica me impide ver lo que hay abajo, pero yo diría que eres una sacerdotisa…

—Sí, tales son mis menesteres.

Vertipeluca esbozó una amplia sonrisa.

—Me da igual que el cliente sea sacerdote, mago, monstruo o humano mientras pague. Bueno, puedes subir a ese bote rojo —le indicó con un dedo torcido—. Es una buena barca, si tienes dinero para pagarla.

—Lo tengo —aseguró mientras de las profundidades de su manga se materializaba una bolsa—. Espero que esa barca esté en condiciones de navegar.

—Sí, lo está… pero yo no iré a bordo. ¡Si querías una tripulación, tendrías que haberte conformado con ese trío de impresentables, je!

La forastera se encogió de hombros.

—Sólo necesito una nave que cumpla su cometido. Viajaré sola, si eso es lo que el destino me tiene reservado.

La draenei le lanzó la bolsa, y Vertipeluca la abrió de inmediato. El goblin la volteó y extrajo todas las monedas; acto seguido, abrió mucho los

ojos en señal de satisfacción.

—Con esto… bastará —aseveró esgrimiendo una sonrisa todavía más amplia.

Sin pronunciar ni una palabra más, la sacerdotisa se encaminó hacia la barca que le había indicado. El color rojo había dado paso al verde debido a las capas de algas que se habían adherido al casco y la madera estaba bastante castigada; no obstante, no percibió ninguna tara importante en el grueso casco. Un solo y robusto mástil con una vela, que era tanto vela mayor como una vela de trinquete, era el único medio de propulsión de aquella balandra de quince metros de eslora. Al subir a bordo encontró, sujetos por dos ganchos, dos remos de emergencia en un estado deplorable.

Vertipeluca esperaba que le pidiera provisiones, pero una impaciencia poco característica comenzaba a dominar a la draenei y no quería perder más tiempo regateando por algo que no creía que fuera a necesitar. Bastante tiempo había perdido ya al haber malgastado semanas siguiendo un rastro falso. Bajo su capa había víveres más que suficientes para la travesía.

El maestro de muelles volvió a carcajearse y la draenei, que en esos momentos le daba la espalda, sabía que se estaba preguntando qué iba a hacer a continuación. No cabía duda de que, para Vertipeluca, aquella forastera era un buen entretenimiento para pasar la noche.

La mujer se preguntó si el goblin se sentiría decepcionado en cuanto viera que lo que pretendía hacer no era nada extraordinario. La sacerdotisa alargó una mano… y comenzó a manejar los aparejos y la vela con la soltura propia de un marinero; aunque, en realidad, el goblin lo ignoraba todo de ese mar.

Cuando concluyó esa tarea, la draenei abandonó la barca de un salto. Evaluó el peso de la nave, y acto seguido se puso a empujarla.

Vertipeluca profirió un suspiro de sorpresa. Para arrastrar aquel bote hasta el mar se habrían necesitado tres hombres fornidos. Por fortuna, la sacerdotisa no recurrió a la fuerza bruta, sino a la inteligencia y la habilidad, y gracias a ella dio con el punto de equilibrio exacto donde debía empujar.

La barca se deslizó en silencio por el agua. Después, la draenei subió a bordo de un salto, dando gracias a quienes la habían adiestrado.

—El mar no es mucho más seguro que la tierra firme. ¡Recuérdalo! —gritó el goblin jovialmente, y tras soltar otra carcaj ada añadió—: ¡Buen viaj e!

No necesitaba que el maestro de muelles le advirtiera del peligro. La sacerdotisa se había enfrentado más veces de las que hubiera querido a las tinieblas que pretendían dominar el mundo. Más de una vez, habían estado a punto de matarla pero, por la gracia de los naaru, había sobrevivido para continuar su búsqueda.

Pero mientras Trinquete, al igual que todo Kalimdor, menguaban rápidamente ante la oscuridad y el mar que rodeaba al navío, la draenei tuvo el presentimiento de que, hasta ahora, se había topado con peligros poco importantes. Ahora que la sacerdotisa sabía que estaba siguiendo el rastro correcto, también era consciente de que tarde o temprano aquéllos a los que perseguía se darían cuenta de que ella se acercaba.

Se percatarían de ello y harían todo lo posible por matarla.

Que así sea… se dijo. Al fin y al cabo, había aceptado esa misión voluntariamente, pues ése era su deseo.

A pesar de que todos los que la conocían pensaban que estaba loca de atar.

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