La noche del dragón – Prólogo

La noche del dragónEstaba atrapado… atrapado…atrapado…

La oscuridad de la prisión lo envolvía. No podía respirar, ni moverse. ¿Cómo había podido pasar algo así? ¿Quiénes eran esas insignificantes y nauseabundas criaturas que habían logrado de alguna forma capturarlo? ¡Resultaba inconcebible que esas alimañas hubieran logrado capturar a un leviatán!

Pero había sucedido…

Quería rugir, pero no podía. Aunque, de todos modos, en aquel lugar no se escuchaba sonido alguno. El silencio lo volvía loco. ¡Debía liberarse! Tenía que haber alguna forma de escapar.

Una cegadora luz esmeralda lo iluminó de repente. Gritó de dolor cuando ese fulgor lo arrancó de su prisión y lo arrojó al más allá.

El chillido se tornó en un rugido poderoso de alivio mezclado con furia.

Extendió sus magníficas y brillantes alas de tal modo que su figura gigantesca y verde azulada ocupaba gran parte del espacio donde se encontraba. De su columna    y cabeza surgían unas

protuberancias afiladas y prácticamente cristalinas; las de su testa conformaban una impresionante cresta similar a la que corona el yelmo de un señor de la guerra. Sus enormes y refulgentes orbes blancos, que recordaban más a unas perlas que a unos ojos, recorrieron la enorme caverna repleta de salientes cortantes que surgían tanto de aquel redondo techo como del duro suelo.

En ese instante, su mirada iracunda se posó sobre las alimañas que habían

osado (¡aún no sabía cómo!) a atrapar a su majestad. Acto seguido, una sutil aura magenta rodeó su cuerpo mientras bramaba con justa furia.

—¡Gusanos        asquerosos!

¡Duendecillos inmundos! ¿Cómo os atrevéis a tratar a Zzeraku como un animal enjaulado?

Mientras gritaba, su cuerpo, que ya era muy etéreo, se volvió aún más traslúcido. Entonces se fijó en un pequeño grupo de sus captores. Se trataba de unos engendros diminutos que se movían como draenei aplastados pero reducidos a escala y con ciertas partes de sus cuerpos cubiertas de vello. Poseían unas boquitas atroces repletas de dientes afilados e iban ataviados con capuchas y armaduras. Sus ojos eran de color rojo como la lava y a pesar de que era una amenaza clara para ellos, no parecían temerlo tanto como deberían.

Para Zzeraku estaba claro que sabían muy poco acerca de los dragones abisales.

—¡Gusanos        asquerosos!

¡Duendecillos inmundos! —repitió.

De repente, su cuerpo crepitó con un relámpago del color de su excelso ser. A continuación, extendió una de sus garras con intención de deshacerse de aquellas criaturas y un relámpago brotó de pronto de la zarpa.

Las primeras descargas siguieron trayectorias erráticas, que esquivaron a los diminutos engendros en el último instante. Al mismo tiempo, en la frente de cada uno de ellos apareció fugazmente una extraña y brillante runa.

Sin titubear, el dragón abisal cautivo reanudó su ataque. Sin embargo, esta vez el relámpago acertó en el firme que pisaban sus torturadores. El suelo estalló y fragmentos de roca y tierra surcaron el aire por doquier; asimismo, aquellas pequeñas bestias salieron volando, profiriendo gruñidos, junto a todo lo demás. Sus cuerpos sibilantes cual proyectiles se desperdigaron por el aire para regocijo del dragón.

—¡Gusanos asquerosos! ¡Zzeraku os

aplastará a todos!

El dragón redobló sus esfuerzos y unas venas de color azul oscuro destacaron al momento sobre su pecho. El relámpago crepitó con más violencia aún.

De improviso, una suerte de largo y fibroso lazo de energía plateada lo sorprendió desde un flanco y se enredó en su extremidad delantera izquierda, clavándose contra su etérea carne y causándole mucho dolor.

Zzeraku, sobresaltado, se olvidó de su ataque; el dragón abisal era una criatura compuesta de energía, por lo cual aquel lazo debería haberlo atravesado. Le propinó un mordisco con el fin de deshacerse de él, y como respuesta, recibió una tremenda descarga de energía en las mandíbulas. De inmediato, la extremidad en la que se había enredado el lazo flaqueó, desprovista repentinamente de toda su fuerza.

Mientras eso ocurría, inutilizaron su otra extremidad delantera de la misma manera. Zzeraku tiró de las ataduras con intención de romperlas pero fue en vano, ya que aquellos finos lazos mágicos eran muy poderosos.

El cuerpo del dragón abisal se hinchó de tal modo que las venas azules que se distinguían con tanta claridad en Zzeraku pasaron a ser prácticamente negras. Su aspecto se tornó aún más transparente, como si se estuviera convirtiendo en niebla.

Entonces los lazos plateados centellearon.

Zzeraku profirió un rugido de dolor y cayó hacia delante, estrellándose contra el suelo de la caverna como si fuera una criatura de carne y hueso, lo que provocó que se abrieran grietas en la piedra y que dos engendros diminutos cayeran a una muerte segura por una de las fisuras que se abrieron en el suelo.

Los demás engendros ignoraban el trágico final de sus camaradas mientras se preparaban para lanzar dos lazos plateados más. Cinco alimañas agitaron a la vez sobre sus cabezas esos siniestros lazos de energía como si fueran unos látigos gigantescos. A continuación, los lanzaron con gran puntería y se enredaron en el otro flanco de Zzeraku, donde sus extremos, rematados por pequeñas esmeraldas, fueron recogidos por otros engendros y clavados al suelo.

—¡Liberad a Zzeraku! —bramó el dragón abisal mientras los lazos centelleaban y su cuerpo sufría una nueva agonía—. ¡Soltadme!

Los nuevos lazos lo derribaron al suelo. Zzeraku se revolvió, pero aquellas ligaduras mágicas anulaban sus poderes totalmente.

A su alrededor, las figuras enanas corrían de un lado a otro, envolviendo su cuerpo con esos espantosos lazos hasta que casi lo amortajaron entero. Cada uno de los lazos se clavaba dolorosamente el cuerpo etéreo del dragón abisal, quemándolo y congelándolo al mismo tiempo. Zzeraku chilló presa de la furia y el dolor, consciente de que no podía hacer nada para cambiar su situación.

Aquellos engendros continuaron trabajando febrilmente; resultaba evidente que no estaban muy seguros de si esos lazos resistirían o no. Reajustaban una y otra vez las ataduras valiéndose de las esmeraldas, lo cual provocaba más dolor al dragón abisal. Fue entonces cuando uno de ellos se burló de su sufrimiento.

Zzeraku sacó fuerzas de flaqueza y logró emitir una última descarga de energía contra su torturador. Al punto, una energía negra rodeó a la criatura, que ahora chillaba de miedo para satisfacción del captor. La magia del dragón abisal lo aplastó hasta reducirlo a una masa informe que, al instante, se solidificó conformando un cristal de ébano.

De inmediato, otro lazo se enredó en su hocico, obligándole a cerrarlo. El reluciente leviatán se resistió, pero pronto comprobó que sus mandíbulas estaban tan inmovilizadas como el resto de su cuerpo.

Sus captores continuaron correteando por la enorme caverna como si los dominara una gran ansiedad, aunque Zzeraku no creía que él fuera el causante de tal desasosiego. Profirió un bufido de frustración (amortiguado por tener el hocico cerrado) e intentó liberarse una vez más.

De nuevo, fue inútil.

Entonces, sin advertencia previa, aquellos engendros enanos y rechonchos dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Como si fueran un solo ser, miraron fijamente a un punto situado en un flanco del dragón abisal, un punto que se hallaba fuera del campo de visión de éste. Sin embargo, Zzeraku pudo percibir cómo alguien se acercaba, alguien que poseía un poder inmenso.

Su verdadero captor…

Los pequeños monstruos que lo rodeaban se tumbaron en el suelo para rendir pleitesía a la silueta que se aproximaba. En ese instante, Zzeraku escuchó un leve roce que podría haber sido cosa del viento si no fuera porque éste no podía adentrarse en el maldito lugar.

—Lo habéis hecho muy bien, mis skardyns —se oyó decir a una voz, que a pesar de su encanto femenino, acarició como si fuera el hielo más frío lo que aquel dragón abisal tuviera por alma—. Me siento muy satisfecha…

—Han seguido las órdenes a rajatabla —replicó un segundo interlocutor masculino, cuyo tono de voz denotaba que despreciaba a aquellas criaturas—. Aunque me temo que han abierto la cámara del crisalun demasiado pronto, mi señora. La bestia casi se escapa.

—En ningún momento la sombra del fracaso ha planeado sobre nosotros. En cuanto entró aquí, ya no tuvo escapatoria.

La voz femenina se acercó más. y, de improviso, un diminuto ser apareció en el campo de visión de Zzeraku. Se trataba de una figura pálida ataviada con un vestido del color de la noche que acentuaba su silueta, que se detuvo ante él para estudiarlo y ser estudiada a su vez.

Esa mujer le recordaba a Zzeraku a otra, a una que había intentado entablar amistad con él y le había enseñado que existía algo más que el caos absoluto que había conocido en ese reino que algunos denominaban Terrallende. Por otro lado, el dragón abisal pudo percibir mediante el olfato que aquel ser, a pesar de ser similar en cierto sentido al que recordaba, también era muy distinto en otros.

Por ejemplo, su larga melena de ébano se extendía más allá de los hombros, y mantenía la cara de perfil, como si no prestara especial atención a aquella bestia cautiva a pesar de que Zzeraku sabía que la realidad era justo la contraria. Por lo que alcanzó a atisbar de su rostro, el dragón abisal concluyó que era perfecto como el de su amiga e incluso lo superaba.

Sin embargo, la frialdad que Zzeraku percibía en esa mirada entrecerrada provocó que el gigante se revolviera de nuevo.

Los labios de la mujer se curvaron para conformar una sonrisa.

—No tienes de qué preocuparte, pequeñín. Más bien, deberías ponerte cómodo. Al fin y al cabo… simplemente te he traído a casa.

Esas palabras carecían de sentido. Zzeraku volvió a tirar de sus ataduras en un nuevo intento de escapar. de esa diminuta figura que, sin saber por qué, le asustaba tanto.

La mujer se volvió para mirarlo de frente, de tal modo que quedó al descubierto el lado izquierdo de su semblante, que estaba cubierto por un velo de seda que, al girarse, se despegó de su rostro ligeramente permitiendo así que el dragón abisal atisbara la horrenda carne quemada que se ocultaba debajo, así como un agujero donde antes había habido un ojo.

Aunque esa mujer era una mera mota en comparación con el descomunal dragón abisal, entrever su rostro desfigurado multiplicó mil veces la zozobra que sentía Zzeraku, quien quería alejarse de aquel semblante, y no volverlo a ver jamás. Y cuando el velo recuperó por fin su posición, el dragón abisal seguía percibiendo la espantosa maldad que se ocultaba tras él.

Una maldad que sobrepasaba con creces cualquiera que hubiera conocido en Terrallende.

En ese instante, su gélida sonrisa se hizo más amplia, mucho más de lo que era posible en ese rostro.

—Ahora descansa —le indicó la mujer con un tono de voz que exigía obediencia.

Acto seguido, Zzeraku fue perdiendo poco a poco la consciencia. Entonces la mujer desfigurada añadió:

—Descansa y no temas… Al fin y al cabo, estás con tu familia, mi niño.

Regresar al índice de la novela La noche del dragón

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.