Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y siete

Crímenes de GuerraA pesar del insoportable dolor de las quemaduras que había sufrido en el torso, Zaela deseó terriblemente haber podido tener tiempo de arrancarle la cabeza a Varian Wrynn, tal y como le había prometido al rey. Sin lugar a dudas, Garrosh habría expuesto ese trofeo ante una multitud que daría gritos de alegría, y ella, Zaela, se habría llevado todos los méritos por haber dado caza a esa codiciada pieza. Pero más importante aún que su ego era cerciorarse de que Garrosh había conseguido escapar sin problemas de ahí. Sin embargo, en un principio, nada más entrar en el templo, le resultó imposible saberlo, pues eso parecía más bien un campo de batalla condensado en esa zona tan pequeña y reducida. Divisó a al menos un dragón azul y otro bronce, que sobrevolaban la refriega y hacían todo lo posible para atacar al enemigo sin lastimar a sus aliados. Algunos de los dragones infinitos de menor tamaño habían conseguido entrar en el templo y estos atacaban sin tales limitaciones. Mientras tanto, en otro lugar, los piratas gritaban jubilosos al poder dar rienda suelta a su sed de sangre. Solo detenían esa masacre el tiempo necesario para rebuscar entre los bolsillos y bolsas de los caídos, ya fueran amigos o enemigos.

Zaela arrugó la nariz con sumo desprecio, aunque no se sumó al combate, a pesar de que su corazón desbocado ansiaba hacerlo. Apretó los dientes por culpa de la agonía que le hacían sentir esas quemaduras y avanzó entre los combatientes, en busca de su Jefe de Guerra. Ahí no había ni rastro del poderoso Garrosh, ni del esbelto elfo que su amigo capaz de viajar por el tiempo había fingido ser. Sintió una tremenda alegría. Había completado su misión con éxito, ya no había ninguna razón por la que quedarse en ese lugar.

—¡Mis Dragonmaw! —gritó, a la vez que alzaba esa hacha ensangrentada e intentaba disimular el dolor que ese mero gesto le había provocado—. ¡Los dragones infinitos nos aguardan fuera para llevamos a un lugar seguro donde celebrar la victoria! ¡Dejen a los piratas abandonados a su suerte!

Los vítores arreciaron entre los suyos y Zaela se regodeó al contemplar las estúpidas caras que pusieron sus hasta entonces aliados al ser traicionados. Qué necios eran. Ni a uno solo de ellos se le había ocurrido preguntar cómo iban a largarse de ahí tras la batalla. Ahora iban a morir, o si no, iban a pudrirse en prisión. De un modo u otro, nadie… absolutamente nadie iba a echarlos de menos.

* * *

Dio la sensación de que el ataque concluyó tan rápidamente como había empezado. Los piratas, a los que sorprendió que Zaela los dejara de repente en la estacada, fueron rodeados con suma celeridad y entregados a los pandaren. Pero lo más frustrante de todo fue que la mayoría de los Dragonmaw lograron huir a lomos de esos dragones infinitos. Los pocos que quedaron atrás o bien ya estaban muertos, o bien cayeron en los minutos siguientes.

En cuanto la batalla concluyó, Go’el fue en busca de Aggra, a la que encontró con su hijo en brazos y de pie entre los cadáveres de tres piratas que, aparentemente, habían sido lo bastante necios como para atacarla. Parecía cansada. Go’el pensó que eso debía deberse a que, además de haber combatido, había estado curando a otros. Aggra se volvió hacia él mientras este se aproximaba. Go’el rodeó con sus fuertes brazos tanto a su amada como a su hijo.

—Aquí y ahora, has luchado contra ti mismo, mi amor —le dijo Aggra mientras retrocedía para poder contemplarle con cariño—. Antes siempre lo habías hecho de un modo más… metafórico.

Él la miró con gesto sombrío.

—Rezo a los ancestros para no tener que hacerlo nunca otra vez.

Haberse visto a sí mismo como un obediente peón de Blackmoore le había resultado realmente perturbador. Había hecho caso a las sabias palabras de Baine y había tenido que hacer un gran esfuerzo para aceptar esa parte de sí mismo y no matar a ese Thrall, que era un esclavo en el más amplio sentido de la palabra. Al final, fue su propio nombre lo que le permitió hacer eso. Como también había sido Thrall, como también había sido un esclavo, entendía perfectamente lo que había dejado atrás; ese orco nunca había llegado a saber que podía haberse convertido en Go’el. Por otro lado, daba la impresión de que todos los demás también habían sido capaces de vencer en sus propias y difíciles batallas personales.

—¡Go’el!

Esa voz pertenecía a Varian, pero parecía más ronca y débil de lo habitual. Go’el se volvió y se le desorbitaron esos ojos azules de puro espanto.

Jaina…

El propio Varian, que estaba sangrando de diversas heridas, entró tambaleándose, con el cuerpo aterradoramente inerte de la maga en los brazos. Dio unos cuantos pasos más y le fallaron las piernas; aun así, no dejó caer la valiosa carga que portaba. Go’el cogió a Jaina y la posó sobre el suelo con suma delicadeza. Aggra le entregó su bebé a Eitrigg y se aproximó a Go’el.

—Ha perdido mucha sangre —afirmó Aggra, quien, no obstante, se llevó ambas manos marrones a esa bolsa repleta de tótems que siempre llevaba encima. Go’el imitó ese gesto, agarró el tótem del agua y le pidió que obrara una sanación, pero sintió que sus esperanzas menguaban con cada respiración. Pese a que solo parecía haber sufrido una herida de bala, estaba demasiado cerca del corazón; además, el orco se encontraba extenuado. La piel de Jaina había adquirido una tonalidad tan pálida como la cera y Go’el ni siquiera podía discernir si el pecho se le elevaba y descendía rítmicamente o no.

Varian gruñó mientras los demás intentaban ayudarlo.

—Estoy bien —dijo, con un gesto de disgusto—. Atiéndanla primero a ella.

—¡Jaina! —exclamó Anduin, quien se abrió paso hacia la archimaga, con la preocupación dibujada en su joven rostro. Acto seguido, se arrodilló junto a esa mujer a la que llamaba “tía”. Sin titubeo alguno y con sumo cuidado, cubrió esa herida con sus manos. Al instante, un tenue fulgor las bañó y la tela manchada de rojo hizo un leve ruido.

Go’el podía percibir que los elementos no estaban respondiendo. A pesar de que los estaba llamando, su invocación era demasiado débil. Había tenido que luchar contra sí mismo, así como contra otros adversarios, por lo cual tanto él como Aggra se hallaban exhaustos. Al igual que el joven príncipe, como demostraban esa tremendas ojeras y lo caídos que tenía los hombros. Incluso Tyrande, quien rezó a la Madre Luna con voz temblorosa, y Velen, quien era muy anciano y sabio, parecieron llegar demasiado tarde.

Kalec se acercó corriendo. Su semblante se tomó casi tan pálido como el de Jaina al ver que de la boca de la archimaga brotaba una burbuja roja. El dragón cayó de rodillas y le agarró la cara con ambas manos.

—Jaina —susurró—. No. No te mueras. Te has enfrentado a cosas mucho peores que esto. Eres tan fuerte, Jaina. Aguanta. ¿Me oyes? ¡Aguanta!

—Jaina —le rogó Anduin—. Por favor… por favor, no nos dejes. Hoy ya me he visto morir a mí mismo, no podré soportar ver cómo tú también te vas…

Las lágrimas recorrieron su rostro y, a pesar de que pronunció las palabras adecuadas, la Luz se desvaneció.

Su pecho apenas se elevaba y descendía rítmicamente. Sabían que respiraría unas cuantas veces más y moriría. Go’el iba a perder para siempre a esa mujer que había sido su amiga durante tanto tiempo. Y ya no había tiempo para reparar el daño hecho. Jaina iba a morir siendo su enemiga y a Go’el no se le ocurría nada más horrible. Incapaz de hablar, posó una mano delicadamente sobre el hombro de Aggra, para indicarle que interrumpiera el conjuro que estaba realizando. Ella lo miró y él negó con la cabeza. Mientras abrazaba con fuerza a Go’el, la pena se adueñó de su semblante, no solo por culpa del dolor que ella sentía, sino porque se compadecía de su amado.

Anduin alzó ambas manos. Las tenía empapadas de la sangre de Jaina. Junto a él, Kalec se había quedado totalmente inmóvil. Parecía estupefacto, pues no podía creérselo de ningún modo.

—Anduin —dijo Varian, con el tono de voz más delicado con el que Go’el jamás le había oído hablar—, aparta. Ya no puedes hacer nada.

Incluso aquellos que se habían opuesto en algún momento a Jaina parecieron estremecerse. Ninguno de ellos mostraba alegría ni ningún gesto triunfal en sus rostros, solo se mostraban conmocionados al descubrir que alguien que era una leyenda en vida seguía sometida, como todos los demás, a los dictados de la vida… y la muerte.

—No —susurró Anduin—. No puede…

—Y de este modo, el estudiante recuerda las lecciones de mi templo —se oyó decir a alguien que era al mismo tiempo joven y anciano, ansioso y solemne, e indescriptiblemente bondadoso—. La esperanza es lo único que queda cuando todo lo demás te falla. Donde hay esperanza, hay posibilidad de sanación, para todo aquello que es posible… e incluso para algunas cosas imposibles.

Go’el alzó la mirada y vio que Chi-Ji, la Grulla Roja, estaba volando por encima de ellos. El viento que generaban sus alas era muy fresco y proporcionaba mucho consuelo tras el calor de la batalla y la calidez de las lágrimas. Portaba el aroma de la primavera, de los nuevos comienzos, de la vida y la esperanza. El orco notó que el hondo penar que sentía en el corazón desaparecía y era reemplazado por una gran paz. Las magulladuras del cuerpo y el espíritu, las heridas y los sufrimientos, grandes y pequeños, se derritieron como la nieve bajo el sol. La calma y la alegría se adueñaron de él y, cuando volvió a mirar a Jaina, vio que había dejado de sangrar y que el cuerpo de la archimaga relucía y tenía un aspecto sano otra vez. Jaina abrió los ojos y contempló ese mar de rostros —humanos, dracónicos, orcos y de muchas otras razas— que la observaban jubilosos y maravillados. Extendió un brazo hacia Kalec y él la cogió de una mano que se llevó a la mejilla.

Entonces, se dirigió a Anduin con una voz todavía frágil:

—Cada vez se te da mejor esto.

El príncipe se rio temblorosamente. Kalecgos la atrajo hacia así y la abrazó con fuerza, a la vez que apretaba la cara contra el suave cuello de su amada por un momento. Go’el se dio cuenta de que Jaina parecía… feliz. Tal vez no solo su cuerpo había sido curado, y se preguntó cómo había sido capaz de aceptar a su furioso yo alternativo. Supuso que nunca lo sabría. Sus miradas se cruzaron y él sonrió. Ella le tendió una mano y él se la estrechó. Tras darle un apretón, la archimaga se la soltó. En otros lugares, otros también se estaban levantando, sanos y curados, y no parecían hallarse ni siquiera un poco desconcertados.

—Esta es la bendición de Chi-Ji —afirmó la grulla—. Nadie más morirá hoy. Aprovechen esta segunda oportunidad de un modo sabio.

—Gracias, Grulla Roja —replicó Varian, quien hizo una honda reverencia y, acto seguido, se giró hacia Chromie—. Garrosh ha huido. Ha sido Kairoz, ¿verdad? ¿Cómo ha podido pasar algo así?

Chromie parecía más furiosa y derrotada de lo que jamás la había visto Go’el. Se encontraba pálida y tenía su tabardo dorado repleto de sangre y polvo de las Arenas del Tiempo. No obstante, la dragona respondió:

—En su día, conocíamos los portales del tiempo de arriba abajo. Éramos capaces de ver el pasado y el futuro con total claridad. La misión de nuestro Vuelo, desde el mismo momento en que Nozdormu se convirtió en nuestro Aspecto, consistía en proteger la santidad de la línea temporal. Para lo cual se nos otorgó un tremendo poder. Ahora… las cosas no están tan claras. Aunque podemos seguir viajando por los portales del tiempo, ya no contamos con un conocimiento tan perfecto del pasado y el futuro. Por eso hemos reclutado a algunos mortales para que nos ayuden a mantener la integridad de la corriente temporal. Pero corren rumores… algunos de los nuestros piensan que quizá deberíamos utilizar los poderes que aún nos quedan para manipular los portales del tiempo, para alterar el pasado y cambiar el futuro con el fin de lograr algo mejor.

Sonrió con tristeza y prosiguió:

—Aunque, claro, ¿quién debe definir qué es lo “mejor”? Sobre todo, cuando ya no tenemos esa visión tan perfecta de las cosas que teníamos antes. Eso es, precisamente, lo que nos ha refrenado a la mayoría. Pero resulta obvio que Kairoz se encontraba entre aquellos que piensan que los dragones bronces podrían y deberían cambiar las cosas. A él siempre le ha gustado enredar…

Esas últimas palabras las dijo con un hilo de voz.

—¿Cómo ha podido pasar algo así? Nos dijiste que la Visión del Tiempo tenía un poder limitado —le reprochó Tyrande.

Si bien estaba claro que no pretendía atacar a Chromie, quien obviamente se hallaba desolada al igual que ellos —o incluso tal vez más—, también era cierto que se encontraba tremendamente frustrada y furiosa. Que solo podía mostrar imágenes del pasado o el futuro, pero no podía manifestarlas en la realidad ni alterarlas de ningún modo.

—Eso era cierto hasta esta mañana —contestó Chromie—.

Nozdormu insistió en que ese artilugio tuviera esos límites. Pero la Visión del Tiempo era una creación de Kairoz. Supongo que cuando la construyó instaló alguna clase de mecanismo que le ha permitido saltarse las medidas de seguridad.

Varian frunció el ceño y miró a Go’el. Ambos se acordaron de que el comportamiento de esa mañana de Kairoz les había parecido muy extraño.

—Lo ha hecho esta mañana —aseveró Varian—. Delante de todo el mundo, sin disimular. Es muy audaz, eso se lo tengo que reconocer.

—Wrathion también estaba implicado —apostilló Anduin—. Él fue quien nos dejó sin sentido a los Chu y a mí.

Por un instante, reinó un silencio muy incómodo que Vol’jin acabó rompiendo.

—Así que un poderoso dragón bronce que también es inventor, el último dragón negro y el hijo de Hellscream se han aliado, y no tenemos ni idea de dónde ni de cuándo encontrarlos.

El troll negó con la cabeza.

Go’el centró su atención en los Celestiales, quienes permanecían callados y un tanto distantes, a excepción de Chi-Ji.

—No nos han ayudado a luchar contra nosotros mismos en el plano físico, pero nos han concedido el don de la sabiduría. Entiendo por qué no han hecho más — afirmó—. Todos te estamos agradecidos de un modo que las palabras no pueden expresar, Chi-Ji, por haber devuelto la vida a Jaina y los demás. Pero pensaba que se encontrarían más… —El orco intentó dar con la palabra adecuada—. Más consternados, ya que Garrosh se ha fugado y ustedes tenían la obligación de dictar su sentencia.

—Augustos Celestiales, por favor, sacien la curiosidad de este pandaren —les imploró Taran Zhu—. ¿Saben qué veredicto habrían dictado?

—En efecto —respondió con una voz atronadora Niuzao—. Lo sabíamos desde el principio.

Todo el mundo miró fijamente a los Celestiales. Go’el contuvo su ira como pudo, y Tyrande parecía estupefacta.

—Y… ¿qué habrían decidido? —inquirió Taran Zhu.

—Garrosh Hellscream viviría para poder seguir aprendiendo —contestó Yu’lon, mientras su forma verde y elegante ondulaba—. Estimados seres, la sabiduría, la fortaleza, la fuerza y la esperanza no se pueden aprender si uno está muerto.

—La vida no consiste en obtener recompensas e impartir castigos—señaló Xuen—, sino en comprender, en aceptarse a uno mismo aquí y ahora, para poder saber qué cambiar y cómo cambiarlo.

—Creemos que se ha hecho justicia —aseveró el Buey Negro, quien pisó el suelo con fuerza con una de sus pezuñas y movió de lado a lado su cabeza reluciente y greñuda.

—Entonces, ¿para qué hemos celebrado un juicio? —exigió saber Tyrande—. Si sabían desde el principio cuál iba a ser la sentencia, ¿por qué han hecho esto? ¿Acaso han estado jugando, simplemente, con nosotros?

Yu’lon respondió con delicadeza:

—Nunca hemos hecho eso, apasionada acusadora. Tus esfuerzos han sido vitales para el resultado del juicio. Mira… Garrosh Hellscream no era el único que estaba siendo juzgado aquí.

Por un momento, Go’el no entendió la respuesta. Un instante después, lo comprendió.

—Nos juzgaban también a nosotros —afirmó. Le sorprendió que no se sintiera furioso porque lo habían manipulado, pero una parte muy profunda de él, una parte más sabia —esa parte de él que se había unido al Espíritu de la Vida— aceptó esa revelación totalmente. Y por lo que pudo ver en el rostro de los demás —ya fueran tauren, humanos, trolls, elfos e incluso dragones—, los demás también lo aceptaban.

Chi-ji asintió.

—El joven príncipe y el tauren de la defensa fueron los primeros en entenderlo. Pero ahora, todos lo comprenden. Han sido juzgados y sentenciados. Con nuestras bendiciones y el conocimiento que han obtenido acerca de lo que atesoran sus propios corazones y sus propias mentes, así como los corazones y mentes de otros, ahora deben regresar al mundo para hacer lo que deben hacer.

Se miraron unos a otros. Varian, quien se hallaba ahora fuerte y sano, tenía apoyada una mano en el hombro de su hijo. Kalecgos y Jaina se daban la mano y tenían los dedos entrelazados. Tyrande y Baine, la acusación y la defensa, se encontraban el uno al lado del otro. Vol’jin asentía pensativo. Chromie, Lor’themar y muchos, muchos otros se miraron.

A pesar de que Go’el ya no era el líder de ninguno de ellos, se encontró con que todos esos rostros se acabaron volviendo hacia él. Con suma humildad, Go’el, el hijo de Durotan y Draka, habló por todos ellos.

—Encontraremos a Garrosh.

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