Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y seis

Crímenes de GuerraUnos guardias armados irrumpieron raudos y veloces. Un pandaren lanzó una pequeña hacha hacia Baine. El tauren la cogió con gran facilidad con una sola mano a la vez que corría hacia los dos Thrall que se hallaban enzarzados en combate. Dio gracias porque Go’el iba vestido como un chamán, ya que no se les podía distinguir de ninguna manera, salvo por lo que llevaban puesto y el arma que blandían. En cuanto los alcanzó, se encontró paralizado a mitad de una zancada y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio. Oyó el bramido de una risa dracónica y alzó la mirada. Entonces, vio a un demente Kalecgos que le mostraba una amplia sonrisa. Esta encarnación del dragón azul no estaba en sus cabales, y esa era la única razón por la que ahí dentro no había más muertos. Daba la sensación de que atacaba tanto a amigos como enemigos y de que carecía de una estrategia de batalla.

Aunque su contrapartida sí la tenía. Cargó contra su otro yo, logrando así que el loco Kalecgos dejara de prestar atención a Baine. Mientras tanto, los dos orcos seguían luchando, pero el otro Thrall parecía hallarse en desventaja. Por supuesto, pensó Baine. El Thrall alternativo no había tenido la oportunidad de ser adiestrado como chamán, mientas que Go’el era un maestro chamán y no solo un guerrero curtido en mil batallas.

Baine casi había alcanzado a los dos cuando intuyó, más que vio, un ataque. Apenas tuvo tiempo para volverse y desviar el golpe de una enorme maza que era blandida por lo que parecía ser una montaña con armadura que había cobrado vida rápidamente de un modo engañoso. En ese instante, clavó la mirada en sus propios ojos. Su otro yo pareció sorprendido y retrocedió momentáneamente, lo cual Baine aprovechó para recordar que solo iba vestido con una ropa muy liviana y que no portaba una armadura de cuerpo entero como su yo alternativo.

Por el rabillo del ojo, Baine se percató de que los Celestiales no se habían movido de ahí y, de repente, la furia se adueñó de él. ¿Acaso no veían que había gente que estaba muriendo? ¿Acaso estaban “tan por encima de todas las cosas” que no se iban a dignar a ayudar?

En ese momento, como si hubieran escuchado sus pensamientos, se oyó un grito, que atravesó el fragor y la cacofonía de la batalla. Se trataba de una voz potente, profunda y rica en matices, que procedía de las fauces de un tigre, que era tanto un ruego como una advertencia; era la voz de aquel al que estaba consagrado ese templo… la voz de Xuen.

—¡Acuérdense de los sha! ¡Acuérdense de los sha!

De repente, Baine lo entendió.

Esos yo alternativos contra los que él, Go’el y los demás estaban batallando no eran unas encamaciones escogidas al azar. Kairoz había escogido de un modo deliberado a las más siniestras, desequilibradas y belicosas versiones que había podido hallar. Kalecgos estaba loco. Thrall era el campeón del odiado Aedelas Blackmoore. El propio Baine era el Jefe de Guerra de la Horda y, de algún modo, sabía que su otro yo había obtenido ese cargo tras haber asesinado a Garrosh Hellscream para vengar la muerte de Cairne Bloodhoof.

No era de extrañar que los Celestiales no se sumaran a la refriega, puesto que lo único que lograrían sería echar más leña al fuego.

—Mataste a Garrosh, ¿verdad? —le preguntó a su otro yo—. Lo mataste porque asesinó a nuestro padre.

El otro Baine entornó los ojos y gruñó.

—Destrocé a Hellscream con mis propias manos —replicó—, y el dragón bronce me ha contado que tú… ¡tú lo has defendido!

Tras lanzar un rugido, cargó contra Baine, quien logró detener la cabeza de maza con la hoja de su hacha; ambas armas chocaron estruendosamente. Las palabras que había pronunciado Baine en el alegato final volvieron entonces a su memoria, tan claras y diáfanas como los cristales de los draenei: “Todos podemos convertimos en nuestra propia versión de Garrosh Hellscream, es algo que llevamos dentro”.

Entonces, hizo uso de la sabiduría, del don de Yu’lon.

—¡Ellos son lo que todos podríamos haber sido! ¡No son el enemigo, sino nosotros mismos! —le gritó a la multitud—. ¡No podemos luchar contra ellos, solo podemos aceptarlos!

Súbitamente, Baine se sintió invadido por una energía especial; por la fuerza, el don de Niuzao. Al desviar otro golpe, Baine notó que su brazo era más fuerte que nunca. Cuanto más se abría a lo que los Celestiales intentaban decirle, más era capaz de aceptar sus dones.

Una vez más, el otro Baine atacó, pero esta vez, logró alcanzar con la maza a su contrapartida en el hombro. Baine gruñó, pero no contraatacó.

—¿Acaso mi otro yo es un cobarde? —gritó el Jefe de Guerra Baine.

—No —respondió Baine—. Somos iguales. Simplemente, tú elegiste otro camino, Baine. Pero entiendo cómo te sientes… sé por qué querías matar a Garrosh.

—Mientes, ya que si no, habrías hecho lo mismo.

Al instante, el otro toro cargó. Aunque esta vez, se dejó llevar por la ira y se descuidó. Baine lo alcanzó, pero utilizó la parte roma de esa pequeña hacha para no lastimarlo.

—¡No voy a hacerte daño! —exclamó entre jadeos—¡Pero sí pienso defenderme!

El Jefe de Guerra Baine titubeó. Le estaba escuchando… pero ¿por cuánto tiempo lo haría?

Una vez más, la sabiduría de Yu’lon le acarició el corazón y, de inmediato, supo qué tenía que decir; cómo podría entrar en el corazón de ese otro yo suyo que se hallaba tan herido y dolido.

Baine habló con Premura:

—Nuestro amigo Go’el, al que tal vez conozcas como Thrall, me dijo en su día que, aunque nos hallemos en otra línea temporal, en el fondo, seguimos siendo los mismos. Y nuestro padre, Cairne, me dijo en su momento que era más difícil, pero mucho mejor…

—…Crear algo que perdure —murmuró el Jefe de Guerra.

Baine atisbo un rayo de esperanza.

Kalec sabía que de todos esos combatientes desplazados de sus verdaderas corrientes temporales, su doble maligno era el que suponía una mayor amenaza. No solo era un dragón, sino que el Kalecgos alternativo estaba loco, sin lugar a dudas.

Y eso lo aterrorizaba.

Solo él sabía lo cerca que había bordeado la locura por culpa de la tremenda pena que sintió tras la muerte de Anveena; solo Jaina sabía que había estado a punto de perder su identidad al revivir el alba de los Aspectos a través de los ojos de Malygos, de perderse y dejarse llevar por la locura. Esa versión alternativa a la que se enfrentaba era más posible de lo que le gustaba admitir.

Había escuchado las palabras de Baine, pero ¿cómo iba a poder aceptar alguna vez algo así? Mientras se planteaba mentalmente esa desesperada pregunta, el dragón azul descendió en picado y atacó con la cola, alcanzando a un grupo apiñado de espectadores, algunos de los cuales ya no se levantaron.

—¡No! —gritó Kalec, quien lanzó hielo contra el demente Kalecgos, ralentizando los movimientos de ese gran dragón, pero sin lograr detenerlo del todo.

El loco Kalecgos giró la cabeza, se echó reír y sollozó a la vez.

—¿Por qué no? —preguntó con un tono implorante—. Déjales odiarme. ¡Deja que acaben conmigo! ¡Por favor!

Kalec también había vivido momentos muy oscuros. Sin embargo, nunca había sentido lo que el dragón que se encontraba ante él estaba sintiendo.

—¿Qué te ocurrió? ¿Qué te ha podido suceder para que acabes así?

—inquirió, con voz quebrada, ya que temía la respuesta.

—Ya no queda ninguno. ¡Todos han muerto!

Al menos, estaban hablando y, por el momento, no estaba matando.

—¿Quién ha muerto? —preguntó Kalec.

—¡Todos! —rugió Kalecgos—. ¡Anveena! Jaina… todos los dragones azules, todos, incluso Kirygosa…

—¿Qué?

—Después de que cayera Orgrimmar, murieron en la guerra… todos salvo yo… todos por mi culpa. No pude detenerla y ahora ya no queda ninguno…

Kalec no se lo podía creer, aunque, presa del espanto, se lo acabo creyendo. Este Kalecgos tan destrozado no había sido capaz de persuadir a la Jaina de su línea temporal de que no destruyera Orgrimmar. La guerra subsiguiente había barrido de la faz de la Tierra al Vuelo de Dragón Azul entero. Por un momento, Kalec no pudo hacer más que retroceder estupefacto e incluso notó la leve caricia de la demencia. Entonces, su mente se aclaró y supo cómo podía alcanzar el alma de Kalecgos.

—No fue culpa tuya —afirmó—. Fue Jaina quien tomó esa decisión. Optó por no escucharlos ni a ti, ni a Go’el.

Una tremenda claridad iluminó su mente mientras pronunciaba esas palabras, al darse cuenta de lo tremendamente ciertas que eran. ¿Cómo no había sido capaz de entenderlo hasta ahora?

—¡Tendría que haberla detenido!

—¡No podías obligarla a hacer lo que no quería! —replicó a voz en grito Kalec—. ¡Ella era dueña de sus actos! ¡Lo siento mucho, Kalecgos, lamento muchísimo que hayas perdido tanto, pero no debes soportar esa pesada carga!

—¡Para ti es tan fácil decirlo! ¡Tu Jaina sigue viva! ¡Y te ama! —vociferó Kalecgos y, de repente, se calló—. Te… ama, ¿verdad?

Kalec notó un hondo dolor en el pecho al escuchar esa pregunta.

—Sí. Pero todavía recorre un camino lleno de sombras. Y solo ella puede decir si decide apartarse definitivamente de él o no. ¿No lo entiendes? —inquirió un suplicante Kalec—. Somos iguales.

Hemos hecho lo mismo. La única diferencia entre nosotros estriba en lo que Jaina decidió hacer y no en algo que tú decidieras hacer o no.

Kalecgos parecía anonadado.

—¿Y… Anveena?

Se refería a la otra persona que había amado con todo su corazón a lo largo de su existencia.

—Ella también tomó sus propias decisiones.

Kalecgos no recobró la cordura al instante al tener esta revelación, pero se calló y su semblante se relajó al adoptar una actitud contemplativa.

Y entonces, desapareció.

Varían se dio cuenta de que había estado deseando que se produjera esa batalla, aunque tuviera sentimientos encontrados al respecto. El juicio había sido un calvario mayor de lo que había esperado y dio la bienvenida a la oportunidad que le brindaba ese combate de poder hacer algo útil en el plano físico y que era correcto, indudablemente.

Apenas prestó atención a los espectadores que abandonaban el lugar dando tumbos ni a los monjes que los dividían en dos grupos; por un lado, estaban los que podían luchar; por otro, aquellos a los que había que mantener alejados de la batalla. Rápidamente, los monjes guiaron a los no combatientes escaleras abajo hasta llevarlos a un patio adoquinado, desde donde cruzaron hasta una zona de entrenamiento cubierta de hierba para atravesar luego un puente. La mayoría de esa gente parecía aterrorizada. No se lo podía echar en cara, si de verdad se les venía encima lo que sospechaba o quiénes sospechaba. Tenían que ser los Dragonmaw. ¿Quién si no, tomaría al asalto un templo el último día del juicio de Garrosh Hellscream?

Iba a ser una carrera muy larga y espantosa hasta llegar a un lugar seguro… si es que ese lugar existía. El templo apenas contaba con defensas para protegerse de un ataque aéreo. Era un lugar para entrenarse y aprender a luchar, donde se valoraba la fuerza… la fuerza del cuerpo y la voluntad, no de la magia ni de las máquinas de guerra. Eso, pensó, es la mayor debilidad de Pandaria y, en cierto modo, lo que la hace tan especial. Estaba dispuesto a morir protegiendo esa tierra.

Aquellos que habían traído bestias voladoras ascendieron al cielo, transportando consigo a cazadores, magos, chamanes y otros combatientes. Varian no sabía si esos hechiceros serían siquiera capaces de atacar al adversario. Como era incapaz de percibir la magia, no sabía si el campo de atenuación había caído o no. En ese instante, oyó el batir de unas alas más cerca. La tensión se adueñó de Varian. Si los cazadores hacían bien su trabajo, matarían a algunos enemigos de inmediato, o al menos derribarían de sus monturas a unos cuantos Dragonmaw. En cuanto se vieran sin un jinete, esos protodracos huirían, si podían.

Se hallaba junto a un brasero del patio, agarró lo mejor posible esa espada que había que agarrar con dos manos y dio saltitos, repartiendo el peso de una pierna a otra a cada brinco. La sed de batalla se estaba adueñando de él y la recibía con sumo agrado. A su lado, había varios monjes pandaren, cuyos nombres no conocía. Aunque parecían serenos, Varian sabían que estaban preparados para luchar.

En un principio, sus enemigos eran unas meras motas que se iban acercando más y más. Varían entornó la mirada.

—Esas siluetas… —comentó a los pandaren—. Es difícil saberlo a esta distancia, pero… no prometen nada bueno, hay algo raro en ellas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó uno de los monjes.

—Los orcos Dragonmaw montan protodracos, no dragones, ya no. Pero esos…

El resto de palabras no lograron salir de su garganta.

—Son dragones —apostilló el pandaren—. Por tanto, sí que siguen montando dragones.

Varian albergó una terrible sospecha. Ya no existían los dragones negros, de eso no cabía duda. Y el Vuelo de Dragón Crepuscular también había desaparecido.

—¿Qué ha ocurrido ahí dentro? —inquirió el rey.

—No me han dado ninguna explicación clara, pero me han dicho que algo le ha pasado a la Visión del Tiempo.

Varian lanzó un juramento.

—Es el Vuelo de Dragón Infinito —aseveró—. Mis amigos pandaren… tenemos un grave problema.

En ese momento, el dragón del líder cayó en picado y exhaló una nube negra de arena turbulenta. ¡El campo de atenuación había caído! Una amplia y cruel sonrisa cobró forma en los labios de Varían.

—Las cosas se acaban de equilibrar —señaló Varían.

—¿Equilibrar? ¡Pero si ellos tienen dragones! —protestó el pandaren.

—¡Y nosotros, brujos!

Se oyeron unos vítores en cuanto varias personas de diferentes razas se dispusieron a realizar hechizos de invocación. Unos canes manáfagos, unas criaturas feas y rojas de las profundidades del Vacío Abisal, cobraron forma en medio de un estallido de luz.

Cerca, una bruja humana, una mujer cuyo joven rostro no encajaba para nada con su pelo blanco, se agachó para acariciar distraídamente a una de esas bestias, a la que llamó “buen cachorro”. Por lo que Varían recordaba, estos demonios en particular se alimentaban de magia. El rey sonrió ampliamente, y la hermosa joven que trataba a los demonios de manera tan afectuosa le guiñó un ojo.

Entonces, los magos lanzaron bolas de fuego, fragmentos de hielo y misiles de energía arcana. La líder Dragonmaw lanzó algo a varios metros de distancia. Un pequeño globo de luz blanca y violeta rodeó la zona, con la extraña belleza de una burbuja opalescente. Varian sabía qué debía de ser y la espantosa prueba que refrendaba sus sospechas resultó evidente un momento después. Tres cadáveres yacían tendidos sobre los adoquines. Los cuerpos se habían vuelto púrpuras por culpa de la energía arcana de la granada de maná. Otros también reconocieron qué clase de arma era y el pánico se extendió por la multitud.

Una justa furia se adueñó de Varian.

—¡Derríbenlos! —les gritó a los hechiceros—. ¡Hagan que bajen al suelo, donde el resto de nosotros podremos darles su merecido!

Sus palabras animaron a los brujos, que reanudaron sus ataques. Un par de orcos cayeron de sus monturas y, tras dar vueltas en el aire, se precipitaron al agua si tuvieron suerte, o se estamparon contra la piedra si no la tuvieron. Un mago renegado lanzó una bola de fuego muy sólida y potente con la intención de atravesar y quemar el ala membranosa de un dragón infinito. El dragón gritó de dolor, aleteó de manera errática y, por último, se estrelló contra el suelo delante de las escaleras del templo principal. A pesar de que intentó elevarse en el aire, no pudo hacerlo, puesto que aquellos que no dominaban la magia se le echaron encima de un modo inmisericorde.

Sin embargo, aparecieron más dragones. Más de una decena sobrevolaron el templo y su entorno en una formación en V. Unos aleteos muy potentes hicieron que decenas de adversarios perdieran el equilibrio y cayeran al suelo. Varian, quien fue corriendo hacia un orco herido y caído, se movió como si estuviera intentando correr a través del barro. Oyó el agudo silbido de unas flechas y siseó cuando una de ellas alcanzó su objetivo y le hirió en un hombro. No portaba armadura alguna. Nadie la llevaba. Como habían estado en un juicio, no se habían preparado para ninguna batalla. Tuvo suerte; un chamán orco muy próximo cayó al suelo, con una flecha clavada en la garganta, una flecha con unas plumas negras.

No obstante, esas flechas no eran lo único que los Dragonmaw utilizaban como misiles. Dos granadas de maná más impactaron contra el suelo, generando unos globos impíos que provocaban una muerte arcana instantánea; además, en esos mismos instantes, sus propios magos lanzaban una lluvia de fuego y hielo sobre sus rivales.

Los dragones se ladearon y giraron hacia arriba, para alejarse de la ruta que seguían para acribillar al adversario, para dejar paso a un zepelín goblin que se colocó traqueteando en posición. Durante un breve y espantoso instante, Varian pensó que, de alguna manera, los Dragonmaw habían logrado improvisar otra bomba de maná como la que había arrasado Theramore; sin embargo, el zepelín no parecía llevar ninguna carga explosiva. Entonces, ¿por qué…?

Decenas de figuras saltaron de esa nave voladora y, al instante, unos paracaídas se abrieron a sus espaldas. Los cazadores y hechiceros no necesitaron que los apremiara a atacar a ese enemigo que se arrojaba sobre ellos. Muchos estarían muertos para cuando llegaran al suelo. Pero no todos.

La flecha se le había clavado justo donde el brazo izquierdo se le unía al hombro y le hacía sentir una auténtica agonía. Varian prefirió dejar la flecha donde estaba en vez de arriesgarse a sacársela e ignoró el chillido de protesta de la herida cuando alzó esa espada, que había que agarrar a dos manos, para cargar contra los paracaidistas. La incredulidad y un siniestro placer se apoderaron de él al percatarse de que los Dragonmaw no solo habían contratado a mercenarios como carne de cañón, sino también a piratas.

—¡Oh, qué divertido están haciendo esto, Dragonmaw! —gritó de manera desafiante.

Acto seguido, arremetió contra el primer pirata, quien todavía intentaba quitarse el paracaídas como podía. Si bien a este le resultó muy fácil matarlo, los demás ya se habían librado de sus respectivos paracaídas y estaban convergiendo sobre Varian. Al rey le hirvió la sangre de furia y blandió su enorme espada ancha como si fuera un mero juguete para niños, decapitando así al troll que se abalanzó sobre él con un alfanje. De inmediato, casi partió en dos a una mujer humana de pelo moreno. Sin embargo, el descomunal tauren que vino a continuación, el cual no era menos fiero por ser tuerto, supuso un mayor desafío. Varian se valió del impulso que llevaba y se retorció, con el fin de trazar un arco hacia arriba con su arma, de tal modo que le cercenó el brazo derecho al tauren.

Pero su adversario también llevaba un arma en la mano izquierda, la cual le clavó profundamente en el costado. Se sintió mareado y trastabilló hacia atrás. De repente, era incapaz de alzar la espada para defenderse. No obstante, nunca recibió ese golpe mortal que esperaba. Algo más grande que ese tauren, algo de piel gris que vestía una armadura roja y amarilla, corrió hacia él. De un solo tajo, la cabeza cornuda del tauren se separó limpiamente del resto de su cuerpo. El guardia vil clavó sus diminutos y relucientes ojos en Varian y le dijo con voz grave:

—Vas a compartir su destino.

Varían ni siquiera fue capaz de reunir fuerzas para lanzar una réplica ingeniosa. Parpadeó, mientras intentaba enfocar la vista. Entonces, las piernas le fallaron y cayó de rodillas, mientras se preguntaba si el guardia vil había estado en lo cierto.

De improviso, unas manos lo tocaron con gran delicadeza. Notó una repentina sensación de agonía cuando le arrancaron la flecha del hombro, que se vio reemplazada de inmediato por una sensación de calidez y bienestar. Contempló agradecido a la sacerdotisa elfa de la noche, a esa mujer pequeña y frágil de pelo largo de color púrpura oscuro y piel lavanda, la cual agachó la cabeza con cierta timidez y se volvió, para alzar las manos y recitar una oración por el brujo de pelo blanco cuyo guardia vil le había salvado la vida al rey.

Varian se reincorporó a la refriega raudo y veloz. Se abalanzó sobre un grupo de cinco piratas que atacaban a la vez a un joven chamán orco. Juntos, el orco y él consiguieron derrotar a los piratas. El rey, tras asentir ante su improvisado aliado, fue en busca de más enemigos.

Unas sombras planearon por encima de él una vez más. Aunque Varian esperaba otro ataque, en esta ocasión ese grupo de siete dragones se alejó de la zona que circundaba el templo. Por un momento, se preguntó por qué, pero enseguida supo la respuesta. Esas enormes criaturas se dirigían a los puentes. De un modo casi despreocupado, uno de ellos golpeó con su colosal cola una de esas construcciones, logrando así que las cuerdas se rompieran y enviando a esos desafortunados refuerzos pandaren que se encontraban cruzando el puente en esos momentos a una muerte segura. Otra de esas bestias agarró las cuerdas de un segundo puente con una gigantesca zarpa delantera y tiró de ellas.

Todos aquellos que no habían logrado huir de ahí se encontraban ahora atrapados en el patio y en la zona de entrenamiento.

Más y más piratas fueron cayendo del cielo. Varian había creído que los habían enviado para mantener ocupados a los guardias en la zona exterior, pero ahora pudo comprobar que, si bien algunos entablaban combate ahí mismo, la mayoría se dirigían al interior del templo.

Su hijo se hallaba ahí dentro. Varian lanzó un leve gruñido y se encaminó presuroso para allá. De repente, oyó el estallido de un rifle y tuvo la impresión de que le habían dado un martillazo en el costado izquierdo. Al instante, esbozó un gesto de dolor, se llevó una mano a la herida y siguió avanzando. Sin embargo, antes de que pudiera recorrer unos cuantos metros más, una enorme sombra lo cubrió por entero. Varían se detuvo ahí mismo, agitando su espada ancha en el aire.

—¡Zaela! —exclamó sin poder creérselo del todo.

La orco, que se encontraba a lomos de ese descomunal dragón infinito, sonreía de una manera demencial y blandía un hacha.

—¡Rey Varian Wrynn! ¡Voy a liberar a mi Jefe de Guerra y voy a llevarme tu cabeza en el mismo día!

—¡Ven a por ella! —gritó.

Al instante, reaccionó. Ignoró la horrenda agonía cada vez mayor que le hacía sentir esa herida de bala y dio un salto en el aire hasta alcanzar la mayor altura posible. De ese modo, logró agarrarla del tobillo y hacerla caer del dragón.

La orco no se esperaba esa maniobra y aterrizó en el suelo de mala manera. Su dragón se vio obligado a virar y elevarse abruptamente para no estamparse contra el muro del templo. Si en esos momentos Varian hubiera ido armado con una espada más pequeña, ese habría sido el fin de la líder Dragonmaw. Pero el rey tuvo que echarse hacia atrás para poder atacar con esa espada ancha. Mientras hacía esto, Zaela gruñó, le mordió en la mano, que no llevaba protegida por ningún guante, e intentó zancadillearlo. Aunque el rey no cayó al suelo, sí se trastabilló. La señora de la guerra orco se puso en pie rápidamente y alzó un hacha, que era un arma mucho más manejable que la de su rival, dispuesta a clavársela en el abdomen.

Zaela gritó al recibir el impacto de una bola de fuego.

Varian, que todavía se hallaba sobre los adoquines, se volvió y vio a Jaina Proudmoore, la cual tenía los brazos extendidos para realizar los movimientos que le permitirían lanzar un hechizo aún más letal. Una bola de fuego fue cobrando forma entre las palmas de sus manos. Entonces, se oyó un crujido y Jaina se retorció, se le desorbitaron los ojos y la bola de fuego recién formada se apagó súbitamente, al mismo tiempo que su pecho adquiría una tonalidad rojiza.

—¡Jaina! —exclamó Varian.

Una tambaleante Zaela, que tenía el torso calcinado, cruzó el pasillo que llevaba al interior del templo. Aunque Varian habría podido darla alcance y haberla matado para acabar así para siempre con esa amenaza, no la siguió.

Otros la detendrían, o quizá no. No obstante, había alguien que necesitaba más su ayuda, y eso estaba por encima de su necesidad de matar.

Varian se acercó a Jaina.

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