Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y cuatro

Crímenes de GuerraGo’el se sorprendió al ver que el asiento de Sylvanas estaba vacío, ya que pensaba que, de todos los líderes de la Horda, era la que más odiaba a Garrosh de un modo muy personal y virulento. ¿Qué era lo que había dicho Baine? Vol’jin le había comentado al tauren: “Nadie conoce el odio mejor que la Dama Oscura. Y le encanta que la venganza se sirva en frío”.

Aun así, el día en que Garrosh por fin iba a romper su silencio, ella no estaba ahí para regodearse con su sufrimiento, lo cual era muy raro.

Los espectadores entraron en fila y ocuparon los asientos, aunque nadie se atrevió a sentarse en el de Sylvanas. Kairoz se encontraba solo sentado a la mesa de los dragones bronces, manipulando la Visión del Tiempo. Go’el dio por sentado que la estaba desactivando, ahora que ya había cumplido su propósito. Le enojó que Kairoz hubiera decidido hacer eso ahora en vez de la noche anterior, o incluso antes, puesto que ese artilugio no había sido necesario para los alegatos finales, pues todas las pruebas ya habían sido presentadas. A pesar de que no tenía ningún aprecio por Garrosh, Go’el consideraba que era una descortesía que Kairoz estuviera dedicándose en esos momentos a realizar una tarea tan mundana. Se preguntó por qué Taran Zhu lo permitía, ya que era una falta de respeto para con el procedimiento, pero concluyó que debía de ser una labor importante por alguna razón que solo conocía el dragón bronce. Sin duda alguna, Chromie se le uniría en unos breves instantes. Go’el estaba seguro de que ninguno de los dragones bronces, que habían desempeñado un papel clave en el proceso, iba a perderse declaración de Garrosh.

Hasta esos momentos, el juicio había generado más tensión de la que había disipado. Muchos miembros de la Horda se quejaban de manera iracunda de que parecía que Baine había defendido a Garrosh con demasiado ahínco y suma sinceridad. Las tácticas que la defensa había empleado con Vol’jin y el propio Go’el habían levantado ampollas, sin ningún género de dudas. Sin embargo, el alegato final de Baine había mostrado bien a las claras cuáles eran las razones por las que el tauren había considerado necesario hacer lo que había hecho, y Go’el lo entendía perfectamente. Aun así, se alegraba de que todo esto llegara a su fin. Fuera cual fuese el veredicto alcanzado por los Augustos Celestiales, sería todo un alivio.

La estancia se llenó de voces que conversaban animadamente, incluso más de lo habitual. En cuanto Taran Zhu entró, andando con la misma calma de la que había hecho gala todos los días, y se dirigió a su asiento, las charlas fueron menguando. Acto seguido, golpeó el gong y anunció:

—Se reanuda el juicio. Por favor, que entre el jurado.

Los cuatro Celestiales se colocaron en su lugar habitual, serenamente indescifrables, dispuestos a escuchar lo que la acusación tenía que decir. Aggra, que estaba junto a él, se tensó.

—Aquí viene —murmuró.

Si bien Garrosh Hellscream se encontraba flanqueado por seis guardias, hoy no llevaba encadenadas las piernas, lo cual solía provocar que anduviera con pasos cortos y deteniéndose continuamente; no obstante, seguía cojeando un poco. No llevaba ninguna otra cadena encima, salvo unas esposas en las manos.

Caminaba más erguido que antes y con un semblante cansado pero henchido de dignidad.

—Me alegro de que Taran Zhu lo haya permitido —le comentó Go’el a Aggra—. Puede ser muchas cosas, pero es sobre todo un guerrero. Debería encarar la muerte como un orco, no como un animal.

—Hum —replicó Aggra—. Eres más generoso que yo. No creo que se merezca ninguna muestra de respeto, ya que todo aquel que se le haya podido brindar en el pasado, lo ha desperdiciado de mala manera.

—Y eso también es una tragedia —apostilló Go’el.

A Anduin lo habían enseñado desde muy pequeño a permanecer sentado con suma calma en toda ocasión formal. “Un príncipe no puede estar revolviéndose inquieto en su asiento”, le habían dicho. Pero hoy, tras su encuentro primero con Vereesa y luego con Garrosh, se hallaba muy nervioso y le costaba mucho no revolverse en su asiento, por suerte, todo el mundo parecía encontrarse tan ansioso como él, aunque esperaba que nadie hubiera tenido un receso como el suyo. Por la forma en que se comportaban, Jaina y Kalec parecían haber tenido uno bastante provechoso, puesto que se agarraban de la mano y daban la impresión de estar muy felices, de lo cual Anduin se alegraba, pues quería que alguna cosa fuera bien, para variar.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Varian.

—¿Yo? Bien —respondió Anduin con suma rapidez.

—En un principio, no me pareció bien que hablaras con Garrosh—afirmó Varian—, pero… creo que fue lo correcto. Ahora todo depende de los Celestiales.

—¿Crees que si pide clemencia se la concederán? —no pudo evitar preguntar Anduin.

—No tengo ni idea de lo que puede hacer o no un Celestial —le contestó Varian—. Lo único que me preocupa es que tú estés bien.

—Lo estoy —aseveró Anduin, quien se dio cuenta en esos instantes que eso era cierto. Había hecho todo lo que había podido por Garrosh y se sentía satisfecho, aunque también un tanto nervioso.

Entonces, se percató de que algo se movía en una de las puertas—. Ahí está.

Mientras Garrosh avanzaba, Anduin pudo comprobar que Taran Zhu había accedido a quitarle en parte las cadenas a Garrosh, tal y como había pedido el príncipe. También le habían dado al orco una túnica limpia. Parecía estar mejor que cuando Anduin lo había dejado; parecía más sereno e incluso tenía un porte más… digno.

—Esto… —dijo Varian—. ¿Dónde está Chromie? Creía que querría estar aquí para ver esto.

Anduin echó un vistazo y comprobó que solo Kairoz estaba sentado a la mesa de los dragones bronces, el cual seguía enredando con la Visión del Tiempo.

—No tengo ni idea —respondió. Acto seguido, centró su atención por entero en Garrosh, a quien los guardias escoltaron hasta el centro de la estancia. A continuación, cuatro de ellos retrocedieron. Solo quedaron dos junto al orco e incluso estos permanecieron unos cuantos pasos por detrás de él mientras este miraba al fa’shua.

—Garrosh Hellscream —dijo Taran Zhu—. Has sido juzgado ante un tribunal pandaren. Antes de que el jurado inicie sus deliberaciones para determinar tu destino, ¿hay algo que quieras decimos, a mí, al jurado o a algún espectador?

Garrosh contempló la multitud como si la viera por primera vez. Se giró trazando un círculo sobre sí mismo mientras miraba a su alrededor, deteniéndose de vez en cuando aquí y allá. En cierto momento, sus ojos se cruzaron con los de Anduin y una fugaz expresión de dibujó por su rostro.

—Sí —contestó, con una voz potente que se pudo oír con suma facilidad en ese amplio espacio—. Tengo algo que decir. Honorable Taran Zhu, Augustos Celestiales, espectadores venidos de todos los rincones de Azeroth, he escuchado lo mismo que ustedes han escuchado. He visto lo mismo que han visto. —En ese momento, se giró para mirar a Tyrande, quien se hallaba sentada en silencio y sumamente tranquila—. Tyrande Whisperwind ha presentado unos argumentos muy sólidos que me condenan, lo cual ha suscitado la ira de algunos de ustedes y que incluso alguno pensara vengarse, que alguno pensara matarme. No los culpo por ansiar algo así.

Miró a Tyrande con una sonrisilla de suficiencia y, a continuación, se volvió hacia su defensor. Baine también daba la impresión de hallarse muy sereno, aunque su gesto era más sombrío que el de Tyrande.

—Baine Bloodhoof, quien no tenía razones para hacer lo que ha hecho, me ha defendido con suma seriedad sin basar sus argumentos en demostrar mi inocencia, sino en pedir su comprensión, su compasión. Se ha pedido, tanto al jurado como a los espectadores, que examinen su corazón para comprobar que nadie está totalmente libre de culpa.

Entonces, para sorpresa de Anduin, Garrosh se giró para mirarlo.

—Por otro lado, el príncipe Anduin Wrynn, quien tenía todo el derecho del mundo a estar entre aquellos que piden a gritos mi muerte, decidió compartir varias horas conmigo. Ante lo cual, yo he intentado asesinarlo de una manera brutal, cruel y dolorosa. ¿Y cómo ha reaccionado? —Garrosh negó con la cabeza, como si no pudiera creérselo—. Me ha hablado sobre la Luz. Me ha dicho que cree que soy capaz de cambiar. Me ha brindado generosidad cuando yo solo le he ofrecido odio y violencia. Es por él por quien me hallo ahora aquí ante ustedes, a la espera de una sentencia de muerte que me permita morir como un guerrero y como un esclavo destrozado.

Acto seguido, alzó esas manos esposadas e hizo una leve reverencia dirigida a Anduin. Después, se giró para volver a contemplar a ese gentío.

—Oh, sí. Sé perfectamente que mis manos están manchadas de mucha sangre. Sé perfectamente cuáles son las consecuencias de lo que he hecho y cuál ha sido la magnitud de mis actos.

En ese instante, respiró hondo y dio la sensación de que estaba poniendo en orden sus pensamientos. Anduin se inclinó hacia delante y, a pesar de que no quería albergar ninguna esperanza, acabó haciéndolo.

—Y ahora, en este lugar, en este momento, en que puedo hablar con total libertad, en que puedo expresar lo que pasa por mi mente y mi corazón… he de decirles la verdad: que…

Sus carcajadas resonaron por toda la estancia.

—¡Que no me arrepiento de nada!

Anduin se quedó sin respiración. Se quedó helado, paralizado. Siguió sentado y contempló fijamente a Garrosh, pues por un momento fue incapaz de asimilar las palabras que acababa de escuchar. El estruendo de los gritos de indignación de un público furioso le martillearon los oídos. Taran Zhu golpeó el gong de manera fútil para llamar al orden.

Pero por lo visto, eso solo era el comienzo. Garrosh alzó sus brazos encadenados y exclamó:

—¡Sí! ¡Sí! ¡Destruiría un millar de Theramores, si así pudiera lograr que la Alianza hincara la rodilla! ¡Daría caza a todo cachorro de elfo de la noche que lloriquea en la faz de este mundo y acallaría sus gimoteos para siempre! ¡Desterraría a todo troll, todo tauren y todo estúpido elfo de sangre, así como a todo codicioso goblin y a todo torpe cadáver andante si pudiera… ¡oh, qué poco me faltó para lograrlo!

En ese instante, Anduin se dio cuenta de que su padre lo había estado llamando por su nombre varias veces. Dirigió su mirada a Varian de un modo vacilante, abrumado por la conmoción y la desilusión.

—Anduin —repitió Varian tal vez por tercera vez—. Vamos. Go’el quiere hablar con nosotros y creo saber por qué.

Go’el se encontraba cerca de la entrada. En cuanto su mirada se cruzó con la de Anduin, inclinó la cabeza levemente en dirección al pasillo que llevaba al exterior.

Anduin asintió, se relamió los labios y negó con la cabeza mientras tanto él como Varían se abrían paso hasta las escaleras. Y allá abajo Garrosh seguía hablando.

Anduin apretó los dientes. ¿Cómo había podido creer que Garrosh sería capaz de cambiar?

—¡Las únicas “atrocidades” de las que me arrepiento son las que no pude llevar a cabo! —gritó el orco, quien sonrió ferozmente al contemplar el caos que había desatado—. ¡Lo único que lamento es que lograran detenerme antes de que pudiera ver el renacimiento de la verdadera Horda!

Anduin y su padre se dirigieron a una de las puertas, donde Go’el los estaba esperando.

—¿Chromie? —preguntó Varian

—Chromie —confirmó Go’el.

—¿Qué pasa con ella? —inquirió Anduin.

Go’el se volvió hacia el príncipe.

—¿Cómo es posible que ayudara a Tyrande a ejercer la acusación y que ahora no esté aquí?

—Algo malo debe de haber pasado —conjeturó Varian.

—Puedo ir a buscarla —replicó Anduin de inmediato—. Después de tanto tiempo, conozco este lugar bastante bien.

El príncipe hablaba con un tono plagado de amargura. Si bien quería ayudar, aún deseaba más no tener que seguir escuchando a Garrosh ni un segundo más.

* * *

Con gran agilidad, Anduin bajó corriendo las escaleras que llevaban hasta la celda de Garrosh, pues quería preguntarles a los hermanos Chu si habían visto a Chromie y pedirles que se mantuvieran alerta si aún no la habían visto. Dobló la esquina y se frenó tras deslizarse un poco.

Los dos pandaren yacían inmóviles en el suelo, parecían un par de sacos de grano de color blanco y negro que alguien hubiera apartado a un lado de un modo descuidado. Las cadenas que hasta entonces se habían empleado para atar a Garrosh se hallaban ahora colocadas alrededor de esos cuerpos robustos; además, los habían amordazado.

—Oh, no —gimió Anduin, al acercarse presuroso a ambos. Aunque los dos hermanos habían recibido sendos golpes en la cabeza y tenían el pelaje manchado de sangre, seguían respirando. Anduin colocó una mano sobre el corazón de Li y murmuró una oración dirigida a la Luz. Un delicado fulgor amarillo le envolvió la mano, lo cual hizo que notara calor y un cierto cosquilleo en ella. La bendición de la Luz fluyó a través de él, purificándolo como si fuera una leve llovizna, que se extendió del príncipe hasta Li. El pandaren abrió los ojos justo cuando Anduin le estaba quitando la mordaza.

—Han sido dos… mujeres —masculló Li, a la vez que Anduin se volvía hacia Lo Chu e imploraba a la Luz que curase al otro gemelo—. Iban armadas con unas ballestas… no deberían haber tenido armas, pero las tenían.

Entonces, el gran chichón que Lo tenía en la cabeza fue menguando bajo las manos del príncipe. El pandaren parpadeó al recuperar la consciencia.

—Si portaban unas ballestas, tienen suerte de seguir vivos —señaló Anduin, quien se preguntó quiénes podían ser esas guerreras y para qué habían venido—. Voy a quitarle estas cadenas. —Sabía que Lo Chu llevaba las llaves de ambas cadenas y de la puerta en esa bolsa que siempre llevaba colgando a un costado. Anduin estiró el brazo para cogerla, pero de repente frunció el ceño—. Lo, ¿dónde están las llaves?

—¡Han debido de robármelas esas mujeres! —exclamó Lo, quien se retorció presa de la impotencia y la furia.

—¿Saben quiénes son? —preguntó el príncipe. Ambos hermanos hicieron un gesto de negación con la cabeza—. Pero… esto no tiene sentido. Garrosh ya está fuera de la celda. ¿Para qué querrían…? —

Se puso de pie de un salto y golpeó con fuerza la puerta cerrada—. ¿Chromie?

—¡Anduin!

La dragona tuvo que gritar para que su aguda voz de gnomo pudiera ser escuchada a través de esa gruesa puerta. El príncipe se sintió tan aliviado que se le hundieron los hombros.

—Alguien ha atado a Lo y Li y les ha robado las llaves, pero te vamos a sacar de ahí —le aseguró Anduin—. No te preocupes. ¿Qué ha pasado?

—¡Ha sido Kairoz!

—¿Qué? —replicó un boquiabierto Anduin.

—¡Por favor, escúchame, no nos queda mucho tiempo! —De un modo muy obediente, Anduin pegó la oreja a la puerta—. Creo que va a hacerle algo a la Visión del Tiempo. Le sorprendí manipulándola y, cuando le pregunte qué hacía, me soltó una excusa, me dijo que la estaba “cerrando”. Entonces, lo acribillé a preguntas y luego… luego me desperté encerrada aquí. ¡Tienes que impedir que haga lo que sea que haya planeado! ¡Por favor, date prisa!

—¡Vete! —gritó Li.

—Nosotros meditaremos y cultivaremos la paciencia —añadió Lo sosegadamente.

—Eso les vendrá bien —dijo alguien de voz suave y sedosa—. A Li sobre todo.

Anduin se giró con el corazón en un puño al sufrir otra traición más en ese funesto día.

—Dos mujeres con ballestas —dijo con amargura—. Eran una orco y una humana, ¿verdad, Li? Debería habérmelo imaginado.

—Tal vez deberías haberlo hecho, pero no eres por naturaleza una persona desconfiada que sea capaz de detectar la traición, Anduin Wrynn —replicó Wrathion, quien esbozó una triste sonrisa—. Si esto te sirve de consuelo, he de confesar que lamento mucho lo que ahora voy a tener que hacer.

Anduin se rio con desdén.

—Seguro que sí.

El Príncipe Negro se encogió de hombros.

—Cree lo que quieras, pero es la verdad. Tú y yo somos amigos.

—¿Amigos? ¡Los amigos no se matan unos a otros!

Al dragón se le desorbitaron esos ojos relucientes y dio la sensación de que se sentía un tanto… dolido.

—¿Por qué iba a hacer algo así? Mira a los hermanos Chu. Siguen vivos, aunque he de reconocer que sufren un terrible dolor de cabeza y me importan mucho menos que tú.

—Wrathion, ¿qué está ocurriendo aquí? ¿Qué estás haciendo?

El joven dragón negro suspiró.

—En su día, me pediste que observara y escuchara, y que decidiera qué era lo mejor para Azeroth. He hecho exactamente lo que me pediste. Eres el heredero al trono de Stormwind. Tienes la obligación de… mantener tu reino a salvo. Haces lo que crees que es mejor para él y su gente. Como soy el último dragón negro, la responsabilidad que asumía en el pasado mi Vuelo recae únicamente sobre mis hombros… la responsabilidad de mantener a salvo Azeroth. Es una obligación que debo honrar.

—¡No le escuches, Anduin! —gritó Chromie.

Anduin señaló con un gesto a los pandaren que seguían encadenados.

—¿Así mantienes tú a salvo a Azeroth?

—En este caso, te aseguro que el fin justifica los medios. Albergo la esperanza de que algún día lo entiendas. Y ese día, tú y yo nos enfrentaremos a un terrible enemigo. Tal vez incluso lo hagamos como hermanos.

Un desesperado Anduin le tendió la mano.

—No tienes que hacerlo de este modo. Explícame qué está pasando. Podemos colaborar, podemos hallar la manera de…

—Adiós por ahora, joven príncipe —dijo Wrathion.

El dragón alzó una mano y Anduin perdió la consciencia.

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