Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y cinco

Crímenes de Guerra¡Nada… nada en este mundo puede detenerme! —bramó Garrosh, alzando unos puños todavía encadenados, que agitó en el aire en señal de triunfo.

En ese momento, Jaina se dio cuenta de qué era lo que tanto le había estado inquietando. Todo el mundo había estado tenso… Garrosh, Taran Zhu, los guardias, los espectadores. Sin embargo, Kairoz se había limitado a estar junto a la mesa, con una leve sonrisa dibujada en su apuesto rostro. En un mero instante, todas las piezas del rompecabezas encajaron en su sitio. Mientras Jaina inspiraba aire para poder lanzar una advertencia a gritos a Taran Zhu, el dragón bronce extendió lánguidamente un brazo muy esbelto, sin apartar la mirada del vociferante Garrosh, y empujó a la Visión del Tiempo hacia el borde de la mesa justo lo necesario.

—¡No! —exclamó Jaina, cuya voz se perdió en el furor mientras, casi a cámara lenta, vio cómo la Visión del Templo se desplomaba hacia el inmisericorde suelo de piedra. Mientras caía, se dio la vuelta y las arenas de su interior brillaron, de modo que esos diminutos dragones ornamentales de metal adheridos a ella se despertaron, extendieron las alas y volaron.

Se estampó contra el suelo con un ruido discordante, aunque extrañamente melodioso, y las esferas se hicieron añicos, por lo cual la arena que contenía se desparramó hacia fuera… y hacia arriba. Al instante, estalló una cegadora tormenta de energía y se formó un tomado de turbulenta luz dorada. Los gritos de furia de la multitud se transformaron en chillidos de terror. Jaina notó que algo cambiaba en el ambiente… notó un escalofrío que solo podía provocar la magia. El campo de atenuación que protegía el templo había caído. La única magia que se había permitido en ese lugar había sido la de los dragones bronces; una magia que ahora había eliminado ese campo. Ante la mirada estupefacta de Jaina, se produjo un enorme desgarro en el espacio-tiempo. Dio la impresión de que Garrosh atravesaba el suelo directamente y de que otros seres surgían de él.

No se trataba de demonios, ni de elementales, ni de nada tan ordinario. Esos seres agitaron la cabeza, miraron a su alrededor y blandieron sus armas. Jaina los reconoció, pero no pudo hablar por un momento por culpa de la conmoción.

Su mirada se vio atraída por una mujer que solo tenía un mechón dorado en su pelo blanco, que iba ataviada con un vestido flojo de color blanco, púrpura y azul, y portaba una vara ornamentada. Esa mujer tenía un rictus muy serio dibujado en su semblante y sus ojos refulgían con un color azul pálido. Sobre ella, flotaba un dragón azul lo bastante grande como para poder agarrarla con sus zarpas delanteras. Un dragón espléndido que tenía todas las tonalidades propias del cielo y el hielo y que reía de un modo demencial. Junto a la mujer de pelo blanco, se encontraba una elfa de la noche de facciones frías y crueles y junto a esta…

—¡Kalec! —gritó la archimaga—. ¡Somos nosotros!

Pero su amado ya se hallaba en pie, corriendo hacia ese suelo abierto, en busca de un espacio lo suficientemente grande donde pudiera transformarse. Jaina asumió de inmediato que debía batallar, por lo cual despejó su mente, que se halló entonces más clara de lo que había estado a lo largo de todo el juicio. Ella y Kalec contaban con una ventaja que muchos otros no tenían. Al haber caído el campo de atenuación, volvían a disponer de sus armas.

Y la archimaga pretendía hacer un buen uso de ellas. La mujer que se hallaba allá abajo, atacando a las razas de la Horda con bolas de fuego, no era precisamente una extraña para ella. Jaina recordaba perfectamente cómo se había sentido esa mujer. No se trataba solo de una Jaina de una línea temporal alternativa; ella había sido esa mujer en esta corriente del tiempo y estaba siniestramente dispuesta a detener a esa mujer ahí mismo. Invocó una crepitante bola de turbulento fuego y la lanzó contra su otro yo.

La otra Jaina se volvió e interceptó la bola de fuego con una descarga de pura energía arcana. Una gélida sonrisa afeó su rostro y la verdadera Jaina se preguntó por un instante: Sé exactamente lo que va a hacer y ella también… ¿Cómo voy a luchar conmigo misma?

Go’el y Varían estaban apoyados sobre una de las columnas de piedra que flanqueaban la entrada al templo mientras escuchaban cómo Garrosh Hellscream se despachaba a gusto.

—Con cada palabra que pronuncia, se está cavando su propia tumba —afirmó Go’el, a la vez que negaba con la cabeza—. Qué pena.

Varian hizo ademán de asentir, pero al final optó por ladear la cabeza y fruncir levemente el ceño. De inmediato, Go’el dejó de prestar atención al frenético caos que reinaba en el interior del templo y aguzó el oído. Ahora él también podía oírlo, aunque todavía era un ruido muy tenue, pero iba en aumento. Era un algo rítmico pero errático, como el batir de muchas…

—Alas —dijo bruscamente Varian. A la vez que pronunciaba esa palabra, otro ruido resultó audible; este era más regular y vibrante, un wump-wump-wump muy cadencioso.

—¡Un zepelín! —exclamó Go’el.

Como eran dos guerreros curtidos en mil batallas, reaccionaron perfectamente al unísono sin necesidad de mediar más palabra. Varian atravesó corriendo el pasillo y salió del templo, vociferando una advertencia mientras le cogía una espada de la mano a un guardia sorprendido. Go’el se giró en dirección a la planta baja del templo. Justo cuando abrió la boca para llamar a los guerreros a batallar al exterior, vio que Kairoz, como quien no quiere la cosa, de un modo muy calculado, daba un empujoncito a la Visión del Tiempo. Al instante, el suelo del Templo del Tigre Blanco se vio sumido en el caos.

Go’el se llevó una mano a los ojos para protegérselos de esa turbulenta tormenta de energía, que emitía un estruendo que casi tapaba los gritos de la multitud, aunque no del todo. De repente, se abrió una grieta temporal descomunal. Un impotente y furioso Go’el contempló, con los ojos entornados, cómo Kairoz y Garrosh desaparecían en ese suelo, con una enorme sonrisa victoriosa dibujada en sus rostros. Go’el esperaba que ese desgarro se cerrara solo, pero Kairoz no había dejado nada al albur del azar. Donde antes solo había habido dos seres, ahora se encontraban diez, a los que Go’el conocía perfectamente. Sus ojos se posaron de inmediato en el fuerte orco que iba ataviado con una tradicional armadura humana de placas. Sobre su reluciente pecho portaba un tabardo rojo y dorado, con el símbolo de un halcón negro. Ese orco blandía una colosal hacha de batalla y, con la misma celeridad que sus compañeros, arremetió directamente contra esos asientos repletos de espectadores que no paraban de chillar.

Go’el conocía ese símbolo. Era el mismo que había llevado un enemigo procedente de otra línea temporal que había venido a asesinarlo y al que Go’el había acabado matando, como iba a matar también a este.

—¡Thrall! —exclamó Go’el.

Acto seguido, el poderoso orco, que portaba el tabardo de Aedelas Blackmoore, se giró para enfrentarse a sí mismo con una amplia sonrisa muy ansiosa.

* * *

Zaela se echó a reír al ver que el Vuelo de Dragón Infinito, con sus leales orcos Dragonmaw montados sobre sus espaldas, se aproximaba al Templo del Dragón Blanco. Dentro de él, su Jefe de Guerra estaba escapando, gracias a Kairozdormu. Se acordó de cuando había conocido al dragón bronce en Grim Batol, en la misma sala donde Alexstrasza había sido mantenido cautiva por los Dragonmaw hace muchos años.

—Te daré a ti, líder de los Dragonmaw, un ejército dracónico que comandarás —le había dicho.

—¿De dragones bronces? —había preguntado Zaela.

Él había hecho un gesto de negación con la cabeza.

—El Vuelo de Dragón Bronce se encarga de supervisar que el tiempo fluya como él mismo desee, sin importar las consecuencias. El Vuelo de Dragón Infinito y yo creemos en que el curso del tiempo debe iterarse para doblegarlo a nuestra voluntad.

No había habido ninguna filtración, ninguna advertencia que pudiera haber frustrado sus planes, que les pudiera haber arrebatado la gloria de esta victoria segura. Ella estaba segura de que cuando Kairoz se lo revelara todo al orco, este apreciaría el gran homenaje que el dragón había hecho a la brillante estrategia que él había empleado en Theramore, pues había logrado reunir a los enemigos más importantes de Garrosh en un mismo lugar. Los iban a atacar tanto desde dentro como desde fuera del templo, atrapando a aquellos que pretendía saciar su obsesiva sed de venganza con la ejecución de Hellscream entre una muerte a manos de los Dragonmaw y una muerte a manos de sus yo alternativos.

Era un plan muy elegante. Además, a Zaela no le importaba matar a algunos miembros de la Horda en ese ataque. Desde su punto de vista, los verdaderos miembros de la auténtica Horda eran los que ahora se hallaban con ella.

Tuvo ciertas dificultades para contener su agresividad normal con el dragón que ahora cabalgaba. Ese dragón infinito no era una bestia de carga a la que había subyugado, sino un aliado que colaboraba con ella gracias a Kairoz. La orco se inclinó hacia la izquierda y el dragón, cuyas alas membranosas eran del agradable color del metal de las armas, se ladeó y la acercó al zepelín de Harrowmeiser, que había sido reparado lo mejor posible.

—¿Tu simpática tripulación está preparada? —preguntó a voz en grito para que se la pudiera oír sobre ese traqueteo.

El goblin miró para atrás, hacia esa cubierta repleta de piratas, todos ellos armados hasta los dientes, y le indicó a Zaela con el pulgar que todo estaba listo. Si bien, en un principio, algunos de los piratas habían querido asesinar a Harrowmeiser, la promesa de que iban a obtener mucho oro los había aplacado.

—Sí, aunque hay algunos que no se fían del todo de los paracaídas, lo cual me ofende terriblemente. Shokia está en posición en la proa, dispuesta a acabar con los rezagados y ciertos objetivos estratégicos, y Thalen se encuentra en popa preparado para hacer lo mismo. Así que… —en ese instante, señaló a la bola y la cadena que seguía teniendo atada a cada pie— …¿cuándo me van a quitar esto?

Zaela echó la cabeza hacia atrás y estalló en unas potentes y jubilosas carcajadas. ¡Y pensar que hace solo unos días se hallaba sumamente desesperada!

—¡Te prometo que podrás bailar cuando celebremos la victoria!

—Más te vale… he invertido mucho dinero en esta empresa —replicó Harrowmeiser.

—¡Voy a adelantarme para comprobar si Kairoz ha tenido éxito! —gritó y, una vez más, con solo un leve apretón de su muslo derecho, el dragón viró y retomó su rumbo inicial.

Entonces, pudo oír cómo Harrowmeiser chillaba a lo lejos:

—Eh, oye, no toquen eso… ¡No, no beban eso, por amor de…!

A pesar de que no habían contado con los medios necesarios para construir otra arma de maná que se aproximara un poco a la potencia de la bomba que había reducido a esa ciudad antaño tan orgullosa de la Alianza a una mera escombrera, Thalen había logrado fabricar varias decenas de bombas más pequeñas. Esos dos recientes aliados que se respetaban en grado sumo habían aunado esfuerzos al máximo, de tal modo que Harrowmeiser había mejorado las granadas de maná de Thalen al equiparlas con unos temporizadores aleatorios. El enemigo las tomaría por bombas defectuosas cuando en realidad explotarían al azar y, con suerte, en el peor momento posible. Cada jinete de dragón iba equipado con al menos dos o tres y, con cada víctima que se cobrasen, insuflarían más ánimos a sus fuerzas. Zaela ya podía divisar el templo, que se extendía ante ella sin saber que la serenidad que reinaba ahí iba a ser interrumpida bruscamente. Sus puentes, sus pasarelas y sus pequeñas pagodas estaban repletas de pandaren; su parte central, de enemigos de Garrosh Hellscream.

Zaela, que encabezaba esa formación, hizo que su montura descendiera. El dragón sabía perfectamente qué debía hacer. Plegó las alas y bajó en picado. La orco se aferró a él como un burro a un lobo. La montura sacudió violentamente la cabeza y exhaló un oscuro tomado de aliento arrasador sobre un grupo de mercaderes pandaren que estaban gritando mientras señalaban al cielo.

Una energía violeta los atravesó y Zaela lanzó un aullido de júbilo. Kairoz había desactivado el campo de atenuación, tal y como les había asegurado que haría. Metió una mano en su bolsa, de la que extrajo una pequeña esfera. La líder de los Dragonmaw lanzó su primera granada de maná y sonrió de oreja a oreja al contemplar esa pequeña explosión lavanda.

* * *

Anduin parpadeó y logró vislumbrar algo a través de esa neblina de dolor que le embotaba los sentidos. Oyó a Chromie gritar su nombre, así como otros ruidos que procedían de la planta de arriba, que no eran ya solo los gritos que había escuchado antes. No podía identificar qué era ese clamor. Con sumo cuidado, se palpó la parte posterior de la cabeza. Siseó al sentir que el dolor aumentaba de manera exponencial. Notó que tenía un chichón del tamaño de un huevo y comprobó que la mano se le había manchado de rojo. El fragor continuaba y, de repente, todo encajó en su sitio.

Reconoció el choque del acero y el agudo cántico de la magia. A Anduin lo asaltó súbitamente una oleada de náuseas que no tenía nada que ver con la herida que había sufrido. Por su culpa, Garrosh había entrado en la sala con muy pocas cadenas. Como haga daño a alguien, será culpa mía.

—¿Anduin?

—Estoy bien, Lo —mintió y, al incorporarse, estuvo a punto de perder el conocimiento de nuevo por solo haber hecho ese movimiento. Estaba agotado tras haber tenido que curar a los hermanos Chu, por lo cual no le quedaban muchas fuerzas; no obstante, pidió ayuda a la Luz y el dolor menguó hasta convertirse en meramente atroz—. Me tengo que levantar… para detener a Kairoz. Enviaré a alguien aquí abajo para atenderlos a ustedes y a Chromie.

—Esa herida no te va a permitir luchar —aseveró Li con firmeza.

Ya, pero tengo que hacerlo, porque esto es responsabilidad mía, pensó un desesperado Anduin, aunque no lo dijo. Ignorando las protestas de estos, subió por las escaleras haciendo un terrible esfuerzo y todo un ejercicio de voluntad y, en cuanto atravesó dando tumbos la puerta, se preguntó si no estaría alucinando.

A pesar de que reconoció a los combatientes, le resultaron al mismo tiempo muy extraños; reconoció al troll de piel azul con un collar hecho de orejas humanas y elfas que se carcajeaba mientras intentaba añadir más a su colección, o al poderoso tauren que blandía una maza descomunal y portaba la armadura de un Jefe de Guerra…

También supo quién era ese chico humano de pelo rubio que portaba el atuendo de coronación de un rey de Stormwind, el cual se hallaba hecho un ovillo en el suelo, con las rodillas muy pegadas al pecho, paralizado de terror, mientras aferraba con fuerza a Fearbreaker, lo que resultaba bastante irónico.

Entonces, recordó las palabras de Wrathion: “Temo que seas muy blando como para poder llevar la corona de tu reino, príncipe Anduin”. En otra corriente temporal, al menos, ese dragón traicionero había estado en lo cierto. Anduin logró abandonar su estado de parálisis y corrió hacia el otro muchacho, al que tendió la mano. De improviso, el joven rey de Stormwind chilló:

—¡A tu espalda!

Y se tapó la cara.

Anduin dio bruscamente un salto a la izquierda y se echó al suelo, al reaccionar de manera puramente instintiva tal y como lo habían adiestrado durante muchas tediosas horas de combate cuerpo a cuerpo. Al instante, escuchó el silbido de una guja que no le acertó por muy poco. Se puso de pie de un brinco y se giró para toparse con un enorme troll que lo miraba maliciosamente.

—Eres rápido, principito, pero eso da igual, porque me voy quedar con tus orejas —dijo Vol’jin.

Anduin miró fijamente a ese troll gigantesco mientras este se enderezaba todo lo largo que era y alzaba la guja. El príncipe se abalanzó sobre el otro Anduin, le arrebató a Fearbreaker y alzó la maza. Desprendió un resplandor brillante, lo cual provocó que Vol’jin gruñera de dolor. Momento que Anduin aprovechó para trazar un arco muy suave y un tanto lento con Fearbreaker.

Durante un extraño instante, dio la sensación de que la maza se movía sola. La cabeza de plata del arma alcanzó al troll en el costado izquierdo. El golpe no fue letal gracias a que vestía una armadura de cuero; no obstante, Anduin pudo notar cómo se le rompían varias costillas.

Vol’jin se tambaleó, gruñó y volvió su cruel rostro hacia el príncipe.

—Vas a sufrir por esto, principito —le prometió—. ¡Bwonsamdi va a tener que esperar muy poco para recibir a tu espíritu!

Se abalanzó sobre Anduin como un demente, chillando en su propio idioma gutural. Horrorizado, el príncipe se dio cuenta de que el troll no pretendía matarlo, sino que iba directamente a por su oreja derecha.

Anduin lanzó un grito incoherente y alzó a Fearbreaker. La reluciente maza le volvió a salvar la vida al apartarle de un fuerte golpe esa guja de la cara. Vol’jin contraatacó de inmediato y acertó al príncipe en el hombro, que no llevaba protegido con armadura, lo que provocó que este se trastabillara hacia atrás. Soltó a Fearbreaker y se llevó la mano hacia esa herida de la que manaba sangre. Alzó la vista justo a tiempo de ver cómo Vol’jin se echaba hacia atrás para propinarle el golpe mortal…

Acto seguido, se tropezó hacia delante, con un gesto de estupefacción dibujado en su cara pintada de blanco y de la que surgían unos colmillos, ya que el joven rey Anduin había arremetido contra él.

Pero fue en vano, por supuesto.

Vol’jin se recuperó de inmediato, se giró y se quitó de encima con suma facilidad al flacucho rey Anduin, como un perro se habría quitado de encima a una rata. De un modo un tanto brusco, el troll le clavó la guja en el pecho al joven. Acto seguido, arrancó su arma chorreante de sangre del cuerpo y se agachó para cortarle las orejas al humano.

De improviso, una gigantesca garra dorada, que parecía surgida de la nada, agarró a Vol’jin, al que lanzó hacia el otro lado de la estancia. Chromie agachó su enorme cabeza sobre Anduin.

—¿Estás bien?

Estaba bien pero se sentía morir al mismo tiempo, por lo cual no supo qué responder. Anduin se acercó a su otro yo, con la esperanza de poder llegar a tiempo para salvarlo. Rápidamente, murmuró una oración y la herida dejó de sangrar, pero por el lívido rostro que tenía el rey, pudo deducir que solo había demorado su muerte y no la había evitado.

—Se ha abalanzado sobre Vol’jin a pesar de ir desarmado —dijo el príncipe con un tono de voz muy áspero—. Me ha salvado la vida. —Entonces, miró a Chromie como si la viera por primera vez—. Oh, has salido de esa celda —comentó Anduin de un modo un tanto estúpido—. Me había olvidado de ti. Lo siento.

Meció al rey en sus brazos, a la vez que notaba cómo la sangre le empapaba la camisa. La guja de Vol’jin se había clavado muy hondo.

—Nos han encontrado unos guardias— Le explicó la dragona—. He de hacer todo lo posible por desestabilizar esa fisura. Es la única manera de mandarlos a todos de vuelta a ese lugar del que provienen.

Esto de abrazarse a uno mismo mientras se está muriendo es bastante surrealista, pensó Anduin.

—¿Qué necesitas que haga?

No podía apartar la mirada de ese rostro pálido e inmóvil… que era también su cara…

—Ya lo estás haciendo —contestó Chromie con suma bondad—. Aceptar a tu yo alternativo conseguirá que cada vez se afiance menos en esta realidad. Para ti ha sido muy fácil aceptar a tu yo alternativo. A los demás —añadió, elevando su enorme cabeza para observar toda esa violencia que la rodeaba— les va a costar más.

Adoptó su forma gnomo y se dirigió presurosa hacia los fragmentos rotos de la Visión del Tiempo, que seguían en el suelo. De inmediato, inició un conjuro. Anduin miró de nuevo al rey, quien lo atisbaba con unos ojos azules que parecían hallarse extrañamente en paz.

—Estás… bien —dijo el rey.

—Sí, lo estoy —replicó el príncipe—. Me has salvado.

—¿Ah… sí? —A pesar de que ahora hablaba con un hilo de voz, el rey parecía sentirse bastante satisfecho. Se rio entre dientes y, a continuación, esbozó un gesto de dolor—. Tenía tanto miedo… No podía hacer nada, pero al verlo…

—Pero lo hiciste —le interrumpió Anduin con delicadeza—. En el momento crucial… obraste como era debido.

El rey se quedó callado y luego dijo:

—Hace frío aquí.

Anduin abrazó con más fuerza si cabe al muchacho, aunque tuvo cuidado de no lastimarle aún más la herida.

—No te dejaré solo.

Si bien la lucha proseguía, Anduin tuvo la sensación de que el fragor de la batalla le quedaba muy lejano. Reinó un largo silencio y Anduin creyó que quizá todo había acabado ya. Entonces, el rey susurró de un modo tan suave que el príncipe tuvo que hacer un esfuerzo para poder escucharlo:

—Tengo miedo…

Anduin tragó saliva con dificultad.

—No lo tengas —replicó—. Muy pronto estarás con mamá y… y papá.

—¿Aquí… papá está vivo?

—Sí, lo está.

El moribundo Anduin cerró los ojos.

—Me alegro. Ojalá pudiera verlo.

—Lo verás. Tú… aguanta, ¿está bien?

La sombra de una sonrisa cobró forma en sus labios.

—Eres tan mal mentiroso como yo. —Entonces, la sonrisa se esfumó por completo—. Dile que lo quiero.

—Lo haré.

El rey suspiró suavemente y su pecho no volvió a elevarse. Su piel palideció aún más de lo que le correspondería por el mero hecho de haber sufrido la solemne caricia de la muerte. Para sorpresa de Anduin, el cuerpo del rey irradió una luz tenue y pura y, acto seguido, desapareció.

El rey Anduin Wrynn había vuelto a su hogar.

Lenta y torpemente, el príncipe Anduin Wrynn se puso en pie, cogió a Fearbreaker, se secó las lágrimas con la manga y se dispuso a sanar a aquellos que todavía batallaban.

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