Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y tres

Crímenes de Guerra¡Vereesa! —Mu-Lam Shao saludó a su amiga de un modo afectuoso—. No sabía si te vería hoy, como es el último día del juicio.

Vereesa sonrió a la pandaren, que estaba muy atareada troceando jengibre, cebolla y otros ingredientes con tal rapidez que el cuchillo era un mero borrón.

—Oh, no, quería asegurarme de que tenía la receta de este plato. Al parecer, es muy popular aquí, si hasta un orco es capaz de comérselo…

Mu-Lam se rio entre dientes, con unas risitas generosas y una mirada reluciente.

—Algunos dirían si hasta un elfo es capaz de comérselo… —replicó, guiñando un ojo—. Pero sí. No estaría haciendo las cosas bien si no me cerciorara de que sabes cómo preparar este plato. Y que sepas que siempre serás bienvenida en mi cocina. ¿Volverás de visita algún día?

La pandaren alzó la vista esperanzada. De repente y de manera inesperada, Vereesa se sintió embargada por una fuerte emoción. No, no iba a volver. No iba a regresar a ningún sitio donde hubiera estado antes. Pronto, solo caminaría por lugares tenebrosos, así como por las polvorientas tierras de Orgrimmar y los poblados de chabolas repletos de polución de los goblins. Aunque eso no era del todo cierto, pues podría ir a Silvermoon y reflexionar sobre lo mucho que habían cambiado las cosas desde la época en que ella había vivido ahí, así como rememorar su pasado en ese lugar; además, podría visitar la aguja de su familia.

—Oh, por supuesto —mintió con suma facilidad—. Te he cogido mucho cariño, Mu-Lam.

Eso último era verdad, al menos.

Mu-Lam sonrió de oreja a oreja. Entonces, como si estuviera un tanto azorada, dijo de un modo más brusco:

—Toma… haz algo útil. Trocea esta albahaca y corta la finta del sol.

La finta del sol. Ahí estaban esas piezas de finta, que desprendían una fragancia agria y deliciosa, a pesar de que todavía no habían sido troceadas. Vereesa manipuló el cuchillo con sumo cuidado, para no cortarse de manera accidental.

Se estaban preparando ocho cenas, por lo cual Mu-Lam había sacado ocho platitos de cerámica. Vereesa partió las fintas del sol en cuatro cachos cada una, mientras Mu-Lam le explicaba todo lo que llevaba el pescado al curry, incluso cuáles eran los ingredientes del curry. Vereesa no le prestó demasiada atención. En lo único que podía pensar era en ver a Garrosh Hellscream muerto, a pesar de lo que había dicho Baine Bloodhoof en su alegato final.

Rhonin estaba muerto, así que… Garrosh tenía que pagarlo de algún modo.

—¿Cuál es el plato de Garrosh? —preguntó de manera casual, con la esperanza de que su tono de voz no la traicionara.

—Su bandeja es la marrón de bambú —respondió Mu-Lam, señalando con una cuchara—. Dale un cuarto más de fruta. Podría ser lo último que coma, y sé que le encanta.

—Eres muy generosa con ese asesino.

Vereesa pronunció esas palabras con brusquedad sin poder contenerse. Pero Mu-Lam conocía la historia de Vereesa y sabía que había sufrido mucho, así que se limitó a mirar a la elfa noble con compasión.

—Yo mañana me despertaré en esta hermosa tierra, donde hay comida de sobra y tengo amigos y una familia que me quieren, donde realizo un trabajo digno y que marca la diferencia. Decidan lo que decidan los Augustos Celestiales, Garrosh Hellscream nunca podrá disfrutar de esas cosas. Cuando uno es consciente de esto, le resulta muy fácil ser generoso.

Una terrible sensación de vergüenza se apoderó de Vereesa, a la que siguió muy de cerca la furia. Se limitó a asentir y a coger otro trozo de fruta del sol. Entonces, Mu- Lam se limpió las zarpas y se volvió para servir el curry con un cucharón.

Ahora.

Vereesa sacó disimuladamente la ampolla de la bolsa y le quitó el tapón. No le temblaron las manos cuando echó tres gotas (aunque una habría sido más que suficiente) en cada trozo. El líquido se disolvió con rapidez entre los jugos de esa fruta tan sabrosa. Nadie habría podido adivinar que estaba envenenada. Vereesa volvió a colocar el tapón en la ampolla y lo apretó con fuerza para sellarlo bien. Después, se lavó las manos con jabón.

Ya estaba hecho.

—Gracias, Vereesa —le dijo Mu-Lam—. Te echaré de menos. Hasta la próxima visita.

Vereesa le brindó una leve sonrisa.

—Gracias por todo, Mu-Lam. Hasta que nos volvamos a ver.

Se volvió para marcharse, y Mu-Lam le gritó:

—¡Cuando vuelvas, tráete a los niños! ¡Deben de ser unos niños muy guapos!

Sus niños.

Vereesa reaccionó de inmediato temblando de arriba abajo. Siguió andando, alzó una mano a modo de saludo de despedida, salió de esa estancia situada debajo del templo que había sido transformada en una cocina de manera temporal y cruzó el pasillo deprisa.

Se apoyó sobre la fría piedra, respirando agitadamente. Vereesa estaba acostumbrada a la violencia. Había arrebatado vidas con anterioridad. Pero siempre había sido en batalla, cuando había estado peleando por algo o alguien. Sin embargo, esto era distinto. Esto era un asesinato deliberado, calculado y planeado minuciosamente, en el que había empleado no un arma de forestal, sino de asesino. Eso era peor que un flechazo en el ojo, que un navajazo en la oscuridad.

¡Deben de ser unos niños muy guapos!

Hacía mucho que no pensaba de verdad en ellos, ya que primero había tenido que enfrentarse al problema de los Sunreavers y Lor’themar, después al asedio de Orgrimmar y por último al juicio. Apenas había pasado algún tiempo con ellos en los últimos años, ni siquiera justo después de…

Sí que eran guapos, pues tenían el pelo rojo de Rhonin y los ojos de ella; Giramar era el mayor de los dos, aunque solo porque había nacido unos instantes antes, y Galdin, el menor. De repente, Vereesa se dio cuenta de lo mucho que añoraba sus risas y lo traviesos que solían ser ambos, a pesar de tener un corazón muy bondadoso. Su padre estaría muy orgulloso de lo valientemente que…

Intentó imaginárselos en Undercity y… no pudo. ¿Adónde irían a correr, jugar y reír? ¿Acaso podrían alzar sus rostros hacia el cielo para recibir los besos de este? ¿Cómo iban a aprender sobre la vida en la ciudad de los muertos?

—¿Vereesa?

La elfa, que se encontraba ensimismada imaginándose a sus hijos repletos de vitalidad en la gris y tenebrosa Undercity, se sobresaltó violentamente.

—Anduin —contestó, riéndose levemente—. Lo siento… estaba sumida en mis pensamientos.

—No, soy yo quien lo siente. No pretendía asustarte. ¿Estás bien?

Vereesa volvió al presente y se encontró cara a cara con otro muchacho muy guapo, aunque mayor que sus gemelos. No obstante, este príncipe de pelo rubio tenía mucho en común con ellos, pues también poseía una gran generosidad y un buen corazón.

—Estoy bien, sí —respondió—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?

Dio la impresión de que Anduin se sentía un poco avergonzado.

—Voy a ver a Garrosh. Hace unos días, pidió verme. He estado hablando con él todos los días después del juicio. Tras la declaración de Alexstrasza, no quise volver a verlo, pero… bueno, esta podría ser la última vez que voy a poder verlo. Creo que debería hacerlo, aunque él se limite a gritarme otra vez.

Vereesa lo miró fijamente y se imaginó a sus hijos sonriendo. Antes de que pudiera cambiar de opinión, se abalanzó sobre Anduin súbitamente y lo agarró del brazo. Él la miró, confuso.

—¿Vereesa?

—Creo que esto debe de ser cosa de la Luz —afirmó. Esas palabras brotaron rápidamente de sus labios, a borbotones, antes de que el miedo y el odio le sellaran los labios—. Esta decisión queda ahora en tus manos. La comida de Garrosh está envenenada. Haz con este conocimiento lo que creas conveniente.

La elfa atravesó corriendo el pasillo, sin aguardar una respuesta.

Iría en busca de Yu Fei y volvería a Dalaran, donde abrazaría con fuerza a sus niños —a esos hijos tan afectuosos, vitales y cariñosos— y nunca jamás, se volvería a plantear la posibilidad de renunciar a ellos.

* * *

Anduin observó, boquiabierto, cómo se marchaba la elfa noble forestal.

¿Veneno? ¿Vereesa había estado a punto de envenenar a Garrosh? Apenas se lo podía creer. Entonces, pensó en lo amargada y agresiva que se había mostrado desde lo de Theramore, y en cómo Jaina y ella se habían retroalimentado en su odio y, con sumo pesar, se dio cuenta de que sí… se lo podía creer perfectamente.

De repente, despertó de su ensimismamiento cuando se le pasó por la cabeza la idea de que podían haber servido ya la cena. Cruzó el pasillo a gran velocidad y se detuvo, tras deslizarse un poco, delante de la puerta de la rampa.

—La cena —jadeó—. ¿Ya ha llegado?

—No, príncipe Anduin —contestó Lo—. Tal vez deberías ir a cenar y regresar cuando estés más calmado.

El príncipe sintió tal alivio tras tanta tensión que se sintió casi sin fuerzas. Se rio entrecortadamente.

—Lo siento. ¿Puedo verlo?

Los hermanos se miraron mutuamente.

—Está de un humor… insoportable —respondió Lo.

—Muy insoportable —admitió Li.

La sensación de alivio y aturdimiento que había experimentado Anduin al haber llegado a tiempo se vio reemplazada por una actitud de gran solemnidad.

—Se enfrenta a la muerte —aseveró—, y no a un tipo de muerte que alguna vez se hubiera imaginado sufrir. Ha actuado valerosamente, pero ahora, lo único que puede hacer es esperar. Puedo entender que se muestre… desagradable.

—Como desees, majestad —replicó Li de un modo obviamente reticente y, acto seguido, abrió la puerta.

Garrosh no se encontraba sentado sobre las pieles, como solía hacer normalmente. Caminaba de un lado a otro del escaso espacio que había en su celda; por suerte, solo podía mover los pies unos pocos centímetros cada vez. Furioso, alzó la vista en cuanto la puerta se abrió y adoptó un semblante aún más sombrío al ver quién era.

Anduin se preparó para una batalla verbal, pero el orco no dijo nada, sino que se limitó a seguir andando en ese espacio tan reducido.

Anduin cogió la silla y esperó. Solo se oyó el tintineo de las cadenas y el arrastrar de sus pies.

Después de varios minutos, Garrosh se detuvo.

—¿Qué haces aquí, niño humano?

Aunque era obvio que Garrosh no se esperaba que Anduin hubiera venido a visitarlo, no parecía amargado, ni furioso, sino… resignado.

—He venido por si acaso nece… querías hablar conmigo.

—No, no quiero. Lárgate ya. —El desprecio empezaba a reemplazar a la resignación en el tono de voz del orco—. Vete a jugar esos jueguecitos tuyos con la Luz y a blandir esa maza tuya llamada Fearbreaker. Al menos, Baine fue lo bastante tauren como para devolverte tu juguete.

—Intentas enojarme —replicó Anduin.

—¿Y está funcionando?

—Sí.

—Bien. Y, ahora, largo.

—No —contestó Anduin, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. En su momento, pediste que viniera a verte. Una parte de ti quería hablar con un sacerdote, pero no te atrevías a hablar con alguien de la Horda, porque entonces ese deseo, esa necesidad, sería demasiado insoportable para ti. Así que era mejor solicitar la presencia de alguien que supuestamente es tu enemigo, es decir, yo. Mejor jugar a duelos verbales y a intercambiar insultos que afrontar realmente el hecho de que… podrías acabar siendo ejecutado, ¿sabes? Lo que no entiendes, Garrosh, es que yo sí creo en lo que supone ser de verdad un sacerdote. Voy a quedarme aquí contigo, lo quieras o no. Porque cabe la posibilidad de que llegue el momento, aunque quizá solo sea un instante fugaz, en que te alegres de que yo esté aquí.

—¡Prefiero pudrirme en los confines más oscuros del Vacío Abisal a tener que alegrarme de estar acompañado por un llorón como tú!—exclamó Garrosh, quien cambió totalmente de actitud ante los ojos del príncipe.

Anduin se percató de lo mucho que debía de haberle costado al orco mantener esa fachada de aparente calma. Esa serenidad había desaparecido, se la había quitado como si fuera una capa que considerara que ya no le quedaba bien. Si bien no le brillaban los ojos con un fulgor rojo, la ira que bullía dentro de él era perfectamente visible. Estaba que echaba humo y no hacía más que abrir y cerrar los puños.

—Te sientas ahí todos los días, con todo tu engreimiento y toda tu mojigatería —continuó diciendo Garrosh, con un tono repleto de desprecio—. Tú y tu preciosa Luz. Estás tan seguro de que, simplemente, con soportar todo lo que te diga y mostrarme lo que el destino me depara serás capaz de hacerme cambiar. Todo el mundo quiere algo de mí ahí fuera, muchacho, y tú también.

—Solo estoy aquí para ayudarte…

—¿Ayudarme a qué? —Replicó, alzando la voz—. ¿A morir? ¿O para ayudarme a vivir como un lobo domesticado que gimotea para que le den una palmadita y alguna sobra de vez en cuando? ¿Acaso no te basta con que no pueda caminar ya como un guerrero y que me hayan encadenado como a una bestia? ¿Eso es lo que quieres que me haga la Luz?

Anduin se sintió como si lo estuviera bombardeando en el plano físico con esas palabras.

—No, no es eso en absoluto, la Luz no funciona de esa manera…

—Y eso lo sabes porque un niño adolescente humano lo sabe todo sobre la Luz, por supuesto —comentó el orco de manera burlona, quien se echó a reír a continuación.

—Sé lo bastante sobre ella —contestó Anduin, quien intentó armarse de paciencia a pesar de que se estaba encolerizando—. Sé que…

—Tú no sabes nada, muchacho. ¡Sigues estando muy verde, puesto que abandonaste el útero de tu madre hace muy poco!

Anduin se estremeció como si le acabaran de pinchar con algo.

—Mi madre no tiene nada que ver con esto, Garrosh. Esto va sobre ti y sobre el hecho de que, con casi toda seguridad, solo te quedan unas horas antes de que… ya sabes…

—¡Esto va sobre lo que a mí me dé la gana! ¡Y yo digo que de lo que en realidad estamos hablando aquí es de tu arrogancia, de la maldita arrogancia de la Alianza, ya que ustedes siempre saben qué es lo mejor, qué es lo correcto, para todo el mundo, incluso para mí!

Anduin respiraba agitadamente en esos momentos y había cerrado los puños. De repente, la puerta se abrió y Yu Fei entró, acompañada de los hermanos Chu. Parecían tan serenos que daba la impresión de que no habían escuchado para nada la diatriba del orco. Garrosh les gruñó.

—Atrás, Garrosh, ya sabes que no deseamos hacerte daño —le advirtió Lo.

La pequeña Lu Fei se mantuvo apartada del resto. Anduin comprendió, súbitamente, que ella era la verdadera amenaza para el orco, y no los hermanos Chu. Garrosh los miró fijamente y rugió impotente. Después, se retiró mientras la maga desactivaba el conjuro y metían la bandeja de Garrosh con el plato de pescado al curry verde en la celda. Yu Fei reactivó el encantamiento y, sin mediar más palabra, los tres pandaren se marcharon. La puerta se cerró con llave.

—Garrosh, escúchame… —acertó a decir Anduin, pues pretendía avisarle de que el plato estaba envenenado.

—Escúchame tú, muchacho. Espero que vivas para llegar a ser rey. Porque esté yo o no aquí para verlo, el día en que subas al trono, los orcos lo celebrarán. E iremos por Stormwind, ¿Me has oído? Atravesaremos corriendo sus calles y mataremos a tu gente. Ese cuerpecito blandengue que posees acabará clavado en una pica, paladín de la paz, y quemaremos la ciudad alrededor de tu cadáver, mocoso. Y si existe un más allá al que le lleve su apreciada Luz y tus padres acaban en él, te juro que desearán que la reina Tiffin hubiera abortado.

Anduin había dejado de respirar. Tenía la sensación de que iba a estallar con una ira colosal. Quería que Garrosh se callara para siempre, quería destrozarle la mente y borrar de ella todo lo que conformaba la identidad de Garrosh Hellscream. Sabía cómo utilizar la Luz. Ahora mismo, era capaz de usarla, no solo como un escudo para proteger, o como un bálsamo para curar, sino como un arma para atacar.

Tal vez Vereesa había estado en lo cierto… quizá la Luz estaba obrando en esos momentos y se iba a ocupar de Garrosh Hellscream. Lo único que tenía que hacer Anduin era permanecer callado. Había sido un idiota al creer que podría ayudarlo, que, de algún modo, podría abrirse paso hasta llegar a su corazón. Aunque el orco había tenido razón en una cosa: nada bueno podría llegar nunca hasta su corazón, jamás.

Intentó matarte, pensó. Y te mataría ahora mismo si pudiera. Déjalo morir. El mundo estaría mucho mejor sin él, de veras.

Garrosh observó cómo el príncipe de Stormwind hacía un ímprobo esfuerzo para contener su ira y, entonces, se echó a reír. Cogió un trozo de fruta del sol, lo apretó para extraerle todo el jugo y echarlo sobre el curry. Acto seguido, se llevó el cuenco a los labios.

Tras lanzar un sollozo angustiado, que en parte era más bien un gruñido, Anduin se echó hacia delante rápidamente y metió el brazo por la ventana encantada para quitarle el cuenco de las manos de un golpe al orco. El cuenco repiqueteó al caer al suelo y su contenido se esparció sobre las pieles.

Garrosh agarró a Anduin del brazo y tiró de él, logrando así que el príncipe se estampara de cara contra los barrotes. Le retorció el brazo con fuerza, hasta colocárselo en una posición casi imposible y Anduin profirió un grito ahogado.

—Te he enojado, ¿eh, muchacho? Entonces, ¡he ganado!

—La comida… está envenenada —masculló Anduin, quien, presa del dolor, tenía los dientes muy apretados.

—¡Mientes! ¡No puedo aplastarte ese flacucho gaznate tuyo por culpa de los barrotes, pero te tengo agarrado del brazo y te lo podré arrancar de cuajo!

Anduin dejó que la Luz lo inundara y el dolor retrocedió. La calma reemplazó a la agitación que había dominado su espíritu y el príncipe no protestó; simplemente, se limitó a contemplar a Garrosh. El orco tenía razón. Podía arrancarle el brazo a Anduin con la misma facilidad que se arranca una planta de la tierra. El príncipe se hallaba a merced del orco, pero eso ya no le preocupaba. Había hecho lo correcto, y eso era lo único que importaba. Lo que tendría que pasar, pasaría.

Garrosh lo miró fijamente, jadeando de furia, pero Anduin no flaqueó y no apartó la mirada.

Algo pequeño se movió entonces cerca de los pies de Garrosh, lo cual atrajo la atención de ambos. Se trataba de la rata que Anduin había visto en otra ocasión, la cual había salido de su escondite atraída por el tentador aroma del pescado al curry. Se fue hacia delante rauda y veloz, movió los bigotes mientras olisqueaba la comida y, a continuación, se llevó un bocado con las patas delanteras y se dispuso a comer.

Primero, se estremeció. Luego se quedó sentada y muy quieta, aunque acto seguido, siguió comiendo. Después, sufrió un espasmo, al que siguieron varias convulsiones. El hocico se le llenó de sangre y babas mientras se retorcía de agonía e intentaba regresar a rastras a su agujero, a pesar de que sus miembros se negaban a obedecerle. Entonces, se quedó quieta, afortunadamente para ella.

Anduin tragó saliva con dificultad, sin dejar de mirar en ningún momento a esa rata. A continuación, apartó la vista de esa desagraciada criatura para comprobar que Garrosh lo observaba con sumo detenimiento. El orco dejó de mirarlo y, al instante, empujó al príncipe con tanta fuerza que el príncipe se trastabilló.

Anduin titubeó por un momento, se frotó el brazo, que ya se había curado, se volvió y se encaminó hacia la rampa. Llamó a la puerta con fuerza. Esta se abrió y se marchó sin cruzar ninguna palabra más con Garrosh.

Él ya estaba en paz consigo mismo. Había llegado el momento de que Garrosh hiciera lo mismo.

Antes de dirigirse de nuevo al pasillo, se volvió hacia Li Chu.

—Cuando Garrosh sea llevado a escuchar el veredicto —le dijo—, por favor… quítenle las ataduras.

—No podemos hacer eso, príncipe Anduin —replicó Li.

—Entonces… quítenle al menos las cadenas de la pierna. Déjenlo caminar como un guerrero. Seguramente, seis guardias serán más que suficientes para reducirlo si intenta huir, lo cual no… No creo que haga. Sabe que, probablemente, va a morir.

Los hermanos se miraron mutuamente.

—Muy bien. Se lo preguntaremos a Taran Zhu —contestó Li—. Pero no prometemos nada.

* * *

Había sido un día muy ajetreado para Jia Ji. Al ser uno de los mensajeros del tribunal, había jurado que jamás revelaría el contenido de las misivas que llevaba ni a quién se las había entregado ni quién las enviaba; además, sus servicios eran muy demandados. En toda su carrera, jamás había trabajado tanto.

En primer lugar, tuvo que entregarle una carta del Jefe de Guerra Vol’jin a Lady Jaina y luego transmitirle la respuesta verbal de esta dama al troll. Después, le tocó entregar una nota de la general forestal Vereesa Windrunner a la hermana de esta. A pesar de que la destinataria le había espetado un “¡Lárgate!” de muy malas maneras, había aguardado a que le diera una respuesta que no se produjo. No obstante, sí pudo entregarle un mensaje verbal a la general forestal… pero del príncipe Anduin, no de Sylvanas. Yu Fei lo teletransportó mediante un portal a Dalaran, donde se encontró a Vereesa sentada junto a una fuente mientras observaba a sus dos niños. Estaban jugando a pedir deseos en la fuente y riéndose, y cada uno de ellos tenía un puñado de monedas en la mano.

—General forestal —dijo, a la vez que hacía una honda reverencia—, te traigo un mensaje.

El mensajero escrutó a los dos pelirrojos niños semielfos.

La general forestal palideció levemente y se levantó del sitio donde había estado sentada junto a la fuente. Los niños dejaron de jugar y la miraron preocupados.

—Ahora mismo vuelvo —les prometió y, acto seguido, se alejó de ellos para que no pudieran oírlos.

—¿Y bien? —preguntó de manera educada pero recelosa.

—Es un mensaje de Su Alteza Real, el príncipe Anduin Wrynn de Stormwind. Dice lo siguiente: “Él vive. Pero no pienso dejar a dos niños sin padre ni madre. Lo que hagas a partir de ahora es cosa tuya”. ¿Quieres enviarle una respuesta?

Su rostro se relajó y la paz que sintió hizo que fuera de nuevo muy hermoso.

—Sí —respondió—. Dile que… Rhonin le da las gracias.

* * *

El caballo muerto galopaba tan rápido como lo había hecho en vida y nunca se cansaba. Su jinete mataba con la misma celeridad que lo había hecho en vida y ella tampoco se cansaba jamás. Los cadáveres cubrían todo el bosque desperdigados de un modo caótico; lobos, osos, ciervos, arañas yacían por doquier. Cualquier cosa que hubiera tenido la mala suerte de cruzarse en su camino había muerto, aunque no siempre con rapidez y rara vez limpiamente.

La Reina Alma en Pena profirió el horrible chillido que solo podían lanzar los que eran como ella, al que dotó de un nauseabundo toque de rabia y cierto sentimiento de traición, al que tiñó con esa demencial pena que la dominaba. Un oso cayó, debilitado y preso del pánico solo por culpa de ese chillido. Acribilló a flechazos la gruesa piel marrón de esa bestia, que bramó de dolor a la vez que revolvía esa tierra cubierta de musgo. Sylvanas se alimentó de su sufrimiento. Descabalgó de su esquelética montura y arremetió contra un lobo, que se enfrentó a ella rugido a rugido hasta que la Dama Oscura le arrancó la cabeza solo con sus manos.

El dolor era insoportable. Era ese mismo dolor, que se asemejaba tanto al dolor que uno siente en un miembro amputado que ya no tiene, que había experimentado a lo largo de los últimos días, cuando se había sentido tan feliz con Vereesa. Ahora, sin embargo, la alegría que había acompañado a ese dolor se había esfumado y ya no quedaba nada salvo el tormento.

El tormento y el odio.

Su atuendo de cuero se hallaba ahora cubierto de sangre, pero no le importaba. La única manera de detener ese sufrimiento era haciendo sufrir a otra cosa; descargando esa angustia, esa tristeza, esa desesperación en algo vivo, ya que no podía descargarla en su hermana Vereesa, en Lunita.

Se tambaleó mientras aferraba la cabeza del lobo y parpadeaba, con unas pestañas pegajosas por culpa de ese fluido carmesí. Entonces, soltó la cabeza y esta rebotó en el suelo con un sonido hueco.

Sylvanas cayó de rodillas y enterró la cara en las manos y lloró, lloró como un niño desesperado, que lo hubiera perdido todo, absolutamente todo.

¡Lunita…!

Poco a poco, dejó de sollozar y esa paz tan gélida y familiar acabó con ese calor que tanto le hacía sufrir. Sylvanas se puso en pie y se relamió la sangre de los labios.

Debería habérselo imaginado. Ese dolor que había sentido en un principio, cuando se había atrevido de un modo estúpido a albergar la esperanza de poder tener algo distinto a lo que tenía hora, de poder sentir algo por otra persona… de sentir amor de nuevo… ese dolor había sido una advertencia. Un aviso de que ya no estaba hecha para albergar sentimientos como la esperanza, o el amor, o la confianza, o la alegría. Esas cosas eran para los vivos; esas cosas eran para los débiles. Al final, esos sentimientos se le escaparían entre los dedos, como le había sucedido a Jaina Proudmoore con los restos violetas de Kinndy, su aprendiza, y volvería a hallarse sola una vez más, como siempre. Tras haberse serenado al llorar y haber cometido esa masacre, se montó de nuevo en su caballo. Sylvanas Windrunner, la Reina Alma en Pena de los renegados, nunca volvería a cometer el error de creer que sería capaz de amar.

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