Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y dos

Crímenes de GuerraEl silencio reinó en la sala cuando Tyrande regresó a su asiento. Jaina casi podía palpar el odio con que todo; el mundo contemplaba a Garrosh Hellscream. Tantas vidas. Tanto dolor. Tanta destrucción. Y todo por culpa de un solo orco. ¡De uno solo! ¿Era posible que un solo individuo fuera capaz de hacer más daño que toda una raza entera?

Uno solo —que estaba sentado ahí mismo—. Bastaría con una sola estocada limpia, con una sola bola de fuego bien dirigida, para que todo acabara. De ese modo, Garrosh Hellscream nunca volvería a hacer daño a nadie, jamás.

La archimaga sintió la tentación de mover las manos de la manera necesaria para lanzar un conjuro como ese.

Un momento después, Baine Bloodhoof se levantó. El ruido de las pisadas de sus pezuñas resonó estruendosamente en esa cámara tan silenciosa, Jaina sintió cierta pena por ese tauren, cuya misión era imposible.

Baine ordenó sus pensamientos y se dirigió a los solemnes y atentos Celestiales:

—Sé que están esperando que ruegue apasionadamente que sean misericordiosos, que apele a su sabiduría y compasión. Tal vez acabe haciendo ese ruego, todavía no lo he decidido. No obstante, lo que quiero compartir ahora con ustedes no se centra en Garrosh Hellscream, sino en mí.

Se llevó ambas manos a la espalda y las entrelazó. Lentamente, caminó por la circunferencia que conformaba ese suelo.

—Cuando me pidieron que defendiera a Garrosh, no tenía ninguna gana de hacerlo, de eso no cabe duda. Envidiaba a Chu’shao Whisperwind, no solo porque tenía más posibilidades de ganar, sino porque me habría gustado desempeñar el papel que ella ha desempeñado en este juicio.

Se detuvo delante del escritorio de Tyrande, quien lo miró con curiosidad, aunque también con cautela. Baine cogió la segunda piedra; la que procedía del lugar del mak’gora. En esos instantes, Jaina estuvo segura de que estaba manchada de sangre, por lo cual era muy probable que Tyrande la hubiera escogido, precisamente.

Podría ser perfectamente la sangre de Cairne.

A pesar de que Tyrande entornó los ojos, el tauren ni se inmutó y siguió deambulando.

—Poder recoger estas piedras ha debido de ser algo tan satisfactorio para ella. Poder pensar en lo que acaeció en esos lugares, donde tuvieron lugar unos hechos tan trágicos como innecesarios. —En ese instante, cerró el puño, con ternura, en tomo a esa pequeña piedra—. Poder sentarse con Chromie y rebuscar entre las corrientes temporales alguna prueba que demostrara cada cargo, así como poder decirle al jurado y los espectadores: “¡Miren esto! ¡Mírenlo, siéntanlo! ¡Esto… esto es lo que ha hecho Garrosh Hellscream!”.

Pero ¿qué está haciendo?, se preguntó Jaina. ¿Acaso se está rindiendo? ¿Acaso está admitiendo que defender a Garrosh era una misión imposible desde el principio?

—Así que fui a Thunder Bluff. A ese lugar que tanto mi padre como el Jefe de Guerra Thrall habían tenido a bien dar a mi pueblo como hogar. Quería respirar su aire, sentarme sobre sus piedras rojas y preguntarle a mi padre… ¿qué voy a hacer? —Baine señaló entonces a Kador Cloudsong, que estaba sentado en una tribuna—. Pedí una visión y me fue concedida.

En ese instante, a Baine le tembló levemente la voz y aferró con más fuerza si cabe esa piedra que, posiblemente, estaba manchada con la sangre de su progenitor.

—Mi padre sabía que no podía dejarme llevar por el odio y el dolor, porque si lo hacía, no podría ir con la cabeza erguida a ningún lado. Sabía que necesitaba decir que sí, que debía defender a Garrosh de la mejor manera posible, con independencia del veredicto, ya que si no, no conocería la paz. Sabía esto porque me conocía bien… y también porque mi padre, que murió a manos de Garrosh, habría obrado de la misma manera si siguiera vivo. Por eso acepté defender a Garrosh. Tras pasar muchas horas con Kairoz, investigando ciertos eventos, tal y como Tyrande también había hecho, descubrí que no había manera de poder defender de verdad a Garrosh Hellscream. Simplemente, no la hay. La única “defensa” posible era ir más allá de los acontecimientos y centrarse en lo que realmente importa.

Baine volvió a mirar esa piedra que reposaba sobre la enorme palma de su mano.

—Tyrande ha hecho un gran esfuerzo para poder reunir estas piedras que nos ha mostrado en su alegato final. Es un esfuerzo que no menosprecio, así como tampoco desdeño el dolor que seguramente ha sentido mientras las reunía y meditaba sobre lo que representaban. Pero he de decirles que por muy conmovedora que haya sido su exposición… ha sido solo eso, una mera exposición, un mero espectáculo, como lo han sido las Visiones del Tiempo, y en cierto modo como lo es la Feria de la Luna Negra, con la que se ha comparado de manera despectiva a este juicio.

Entonces, miró directamente al jurado y aplastó la pequeña piedra con sus fuertes dedos.

—En realidad, no significa nada.

A Jaina la dominó la ira y se sintió muy ofendida… ¿Cómo podía hacer algo así? ¿Cómo podía destruir de un modo tan cruel lo que debería haber sido un recuerdo muy valioso de su padre? Unos murmullos de disgusto se extendieron por toda la sala. Taran Zhu cogió la maza y, al instante, esas murmuraciones desaparecieron.

Baine, que se mostró imperturbable ante la reacción que había causado, abrió la mano y dejó que el polvo cayera lentamente al suelo.

—Al final, todo acaba siendo mero polvo. No somos nada más. Las piedras, los árboles, las criaturas del campo y el bosque; los tauren, los elfos de la noche, los orcos… en esto nos convertimos todos. Y da igual… da igual que muramos. Lo que realmente importa es como hemos vivido.

Recorrió la estancia con una mirada levemente desafiante.

—Solo cuando hay vida, las cosas pueden cambiar. Solo cuando estamos vivos, podemos consolar a un amigo, o criar a un niño, o construir una ciudad. Mi padre vivió con intensidad e hizo mucho bien. Me enseñó unas cuantas lecciones.

Ahora, Baine miró directamente a Jaina y Anduin.

—Mi padre me dijo en su día que destruir era muy fácil, pero que crear algo que perdurase, eso… eso era todo un reto.

Agarró otra piedra; la de Theramore, donde él, Jaina y Anduin habían hablado de tantas cosas.

—Podría aplastarle el cráneo a Garrosh Hellscream con esta piedra. O… podría utilizarla para construir una ciudad. Podría moler maíz con ella, o calentarla para cocinar. Podría cubrirla con una pintura brillante y utilizarla en una ceremonia para honrar a la Madre Tierra. Hagamos lo que hagamos con esta piedra, se convertirá en polvo algún día. Lo único que importa es lo que hagamos con ella mientras estemos vivos. Y creo que si realmente rebuscamos en lo más hondo de nuestro corazón, más allá del miedo y las heridas que lo encallecen, sabremos que esto es verdad. Todos hemos hecho cosas de las que estamos avergonzados. Todos hemos hecho cosas que nos gustaría no haber hecho. Todos podemos convertimos en nuestra propia versión de Garrosh Hellscream, es algo que llevamos dentro. Mientras contemplaba los eventos que la Visión del Tiempo nos ha mostrado en este juicio, me he ido dando cuenta, poco a poco, de ello. Vi cómo le sucedía eso mismo a Durotan, que atacó Telmor, el cual más tarde fue desterrado por su propia gente por razón de sus creencias. A Gakkorg, quien dejó de ser miembro del Kor’kron, un puesto muy envidiado, porque le repugnaba lo que le ordenaron hacer con unas crías de magnatauro. Rey Varian —en ese instante, Baine lo señaló—, una vez sostuviste una espada contra la garganta de una mujer vestida solo con un camisón, que se hallaba indefensa. Y ahora, ambos son amigos y aliados. Tomen el ejemplo de Alexstrasza, de la que abusaron terriblemente… pues es capaz de perdonar con la misma intensidad que ha sufrido, porque sabe, como todos ya deberíamos saber, que es la única manera de romper ese círculo vicioso.

Volvió a mirar a Jaina, con unos ojos repletos de compasión.

—La Dama de Theramore, esa ciudad que ya no existe, ha perdido mucho y ha sido traicionada. No es un Aspecto y la hemos visto y escuchado expresar toda su pena y furia. Pero incluso ella lo entiende, pues no desea ser como Garrosh.

Baine se giró de nuevo hacia los Celestiales, quienes lo observaban con detenimiento.

—Tyrande habla de hacer justicia de verdad. Y yo creo que ustedes saben perfectamente qué es eso. Creo que hoy, en este lugar, vamos a ser testigos de cómo se imparte verdadera justicia. Gracias.

* * *

Tal vez Baine no había convencido a todo el mundo, pero había planteado muchas cosas dignas de reflexión, al menos para Jaina. Tanto su mente como su corazón eran un torbellino de ideas y sentimientos mientras se marchaba de ahí tras decretarse un receso de dos horas. Aunque Kalec le había preguntado si quería comer con él, ella había declinado la invitación educadamente: “Tengo… tengo que pensar en ciertas cosas”, le había dicho. Él había asentido, a pesar de haber sonreído, sus ojos habían estado teñidos de tristeza.

Jaina fue a uno de los tenderetes a por un cuenco dé fideos y luego se dirigió a una zona apartada a comer, bajo un cerezo en flor. Aunque le encantaban esos fideos y la vista era espléndida, no prestó atención a ninguna de ambas cosas; simplemente, se llevó la comida: a la boca y masticó de un modo mecánico.

No envidiaba la tarea que tenían por delante los Celestiales. Pensó en lo que había visto y escuchado, en lo que se había visto obligada a decir. Pensó en Kinndy, cuya vitalidad y alegría eran directamente proporcionales a la seriedad con la que se tomaba las cosas y a su voluntad de hierro. Pensó en Kalec y en la encrucijada a la que se enfrentaba. No dudaba de que la amara. Pero el corazón de su amado —que era mejor, más fuerte y más generoso que el suyo, reflexionó fugaz y amargamente— era incapaz de soportar la pesada carga de la virulencia del rencor que ella albergaba. Era consciente de que eso le hacía mucho daño. Por tanto, el dragón podía quedarse y seguir subiendo, o marcharse para volver a ser él mismo.

Tremenda encrucijada., pensó. No obstante, Baine tenía razón en una cosa. Ella no quería ser como Garrosh. Pero y si sus papeles estuvieran intercambiados… ¿Garrosh qué decisión habría tomado? ¿Qué le habría hecho a ella?

—¿Lady Jaina? —Se trataba de Jia Ji, uno de los mensajeros del tribunal, quien hizo una honda reverencia—. Perdona que perturbe tu soledad. Tengo un mensaje para ti.

Le ofreció un pergamino, Jaina lo cogió, frunciendo el ceño, y palideció al ver el sello. En esa cera roja, aparecía el inconfundible sello de la Horda.

Un millar de pensamientos bulleron en su mente, todos horrendos, a la vez que rompía ese sello con unos dedos temblorosos. Acto seguido, desenrolló el pergamino y leyó:

Me ha llevado un tiempo enterarme de lo que sucedió en Dalaran.

Solías ser una mujer que defendía la paz, pero ya no lo eres.

Aunque Garrosh solo deja tierra quemada allá por donde pasa, los muertos no son sus únicas víctimas. Pero no te culpo ni te odio, da igual lo que sientas respecto a Garrosh… o la Horda.

Todos tenemos nuestros fantasmas.

—V

Lo releyó varias veces y, a continuación, esbozó lentamente una sonrisa.

—¿Deseas que transmita una respuesta, Lady Jaina? —preguntó Jia.

—Sí—contestó—. Por favor, dile al Jefe de Guerra que le agradezco su comprensión.

—Por supuesto, mi señora.

Jia hizo una profunda reverencia y se marchó para entregar este nuevo mensaje. Jaina lo observó marchar, con una sonrisa todavía dibujada en la cara, que la hacía sentirse mejor. Desde ese punto de vista privilegiado, contempló a la multitud que se apelotonaba allá abajo. Solo una persona entre todos ellos tenía el pelo de un color negro azulado, la cual estaba hablando con Varian y Anduin.

Mientras lo observaba, les estrechó las manos a ambos y, acto seguido, se alejó apesadumbrado.

Se marcha.

Jaina echó a correr sin soltar en ningún momento la misiva de Vol’jin.

—¡Kalec! —gritó, haciendo caso omiso a toda esa gente que giró la cabeza hacia ella—. ¡Kalec!

Más que correr, voló. Tuvo que saltar ágilmente para esquivar alguna raíz aquí y allá y también se trastabilló un poco. La muchedumbre se apartaba a su paso. Pero no era consciente de ello ni tampoco le importaba. Tenía la mirada clavada en Kalecgos.

Rogó a la Luz que no se perdiera entre esa multitud.

—¡Kalec!

Su amado aminoró el paso y, acto seguido, se detuvo. Ladeó la cabeza, como si estuviera escuchando algo, y al instante volvió la cabeza para escrutar ese mar de gente. Sus ojos se cruzaron y el rostro de él se iluminó como si fuera el mismo sol. A Jaina se

le desbocó el corazón de alegría y, tras cubrir rápidamente la distancia que los separaba, se arrojó a los brazos abiertos de su amado.

Ahí mismo, delante de todo el mundo, se besaron, con júbilo y pasión. Y Jaina se sintió tremendamente agradecida.

Garrosh Hellscream le había arrebatado ya bastante.

No le iba a quitar nada más; no le iba a impedir ser ella misma.

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