Crímenes de Guerra – Capítulo Treinta y uno

Crímenes de GuerraDía Nueve

Era el último día del juicio y una gran tensión reinaba en el ambiente.

Mientras Sylvanas se encaminaba hacia el templo, pasó junto a uno de los corredores de apuestas goblin que, de momento, habían logrado eludir a los guardias pandaren.

—Eh, señorita —le dijo, con unas gafas colocadas sobre una amplia calva y los botones del chaleco lustrosos y relucientes de un modo perfecto—. ¿Seguro que no quieres hacer una apuesta?

Como Sylvanas estaba muy animada y la propuesta le hizo gracia, se detuvo y le sonrió a ese diminuto liante verde.

—¿Cómo van las apuestas? —preguntó, a la vez que una sonrisa cobraba forma en sus labios.

—Uno a uno y bajando si lo ejecutan rápidamente, dos a uno si lo sentencian a cadena perpetua y, para las posibilidades más disparatadas, las apuestas son realmente fascinantes.

—¿Por ejemplo?

Consultó sus notas.

—Veamos… veinticinco a uno si el jurado no llega a un veredicto unánime, dieciocho a uno si se produce intento de fuga, cincuenta a uno si el acusado fallece desgraciadamente de manera repentina, y doscientos a uno si se arrepiente total y completamente y, además, se presenta voluntario para colaborar con un orfanato de Orgrimmar e incluso para alguna otra cosa más.

El goblin elevó la vista hacia ella, de tal modo que las gafas que llevaba hicieron que sus diminutos ojos parecieran enormes de un modo perturbador.

—¿De verdad hay alguien que ha hecho esa apuesta? —inquirió jocosamente.

—Te sorprendería qué apuestas hace la gente. Aunque, de todas maneras, todos los días se dan resultados imposibles. Una vez vi cómo un vehículo de arrastre gnomo de aspecto impecable que llevaba una ventaja de quince cuerpos en el último giro no acababa esa vieja carrera del Circuito del Espejismo.

Oh, qué tentador era. Pero Sylvanas no podía arriesgarse a que el goblin recordara la apuesta, así que se limitó a darle unas palmaditas en esa reluciente cabeza verde y entró.

Esta noche, tras los alegatos finales, los Augustos Celestiales se retirarían para deliberar, y Garrosh disfrutaría de su última cena. Sabía que iba ser pescado al curry verde, ya que era el plato favorito de Garrosh; además, Vereesa le había confirmado que eso era lo que se iba a servir. Pasará lo que pasase hoy en la sala del juicio, no iba a ser nada más que un mero entretenimiento intrascendente. Los demás podían preocuparse y arrugar el ceño inquietos cuanto quisieran; los demás podían debatir, discutir y enojarse si así lo querían. Sylvanas y Vereesa eran las únicas que comprendían lo maravillosamente absurdo que era todo eso.

Taran Zhu tuvo que golpear el gong unas cuantas veces más de lo habitual para calmar los murmullos.

—Como estoy seguro de que todos saben a estas alturas, hoy es el último día del juicio de Garrosh Hellscream. —En ese instante, miró a Tyrande—. Chu’shao Whisperwind, ¿hay algún testigo que quieras llamar de nuevo a declarar?

Sylvanas se percató de que la elfa de la noche vestía una túnica más formal que en las anteriores sesiones; sin lugar a dudas, porque preveía que iba a ganar, lo cual, en otras circunstancias, Sylvanas habría celebrado encantada.

—No, no lo hay, Fa’shua.

—Chu’shao Bloodhoof, ¿hay algún testigo al que te gustaría volver a llamar?

Baine negó con esa cabeza coronada por una cornamenta.

—No, Fa’shua.

—Entendido. Antes de dar paso a las alegaciones finales, con lo cual probablemente estemos haciendo un esfuerzo en vano por evitar que las últimas horas de este juicio se conviertan en un circo, deseo informar a todos los presentes de lo que deben esperar ver a continuación. El día de hoy transcurrirá de esta forma: la acusación presentará su argumentación sobre por qué hay que ejecutar al acusado; después, la defensa presentará su alegato para pedir que sea sentenciado a cadena perpetua; luego, habrá un descanso de dos horas, para que el acusado pueda disfrutar de una comida que podría ser la última antes de realizar una declaración definitiva por su parte si elige esa opción.

La tensión se adueñó de Sylvanas. ¿Qué? La Dama Oscura había creído que el plato al curry se iba a servir esa noche, después de que el jurado se hubiera retirado a deliberar, ¡y no a la tarde! Todos sus planes se habían ido al traste. Buscó a su hermana con la mirada. Aunque a esa distancia, no pudo distinguir la expresión de la forestal, su hermana pareció mostrarse súbitamente muy interesada por una bolsa que llevaba. Vereesa rebuscó algo en su interior y, acto seguido, asintió y se volvió para mirar hacia la zona donde se encontraban sentados los Renegados.

La euforia reemplazó a ese pánico momentáneo. Mi querida hermana, pensó la Dama Oscura, a la vez que tenía que reprimir una sonrisa, ¡qué gran equipo vamos a ser! Al parecer, Vereesa llevaba el veneno encima en todo momento. No iban a fallar, daba igual lo que ese maldito orco supuestamente fuera a engullir por esa boca acostumbrada a lanzar baladronadas.

Tras haber evitado el desastre, Sylvanas centró su atención de nuevo en el juez, quien contemplaba a la multitud con gesto severo.

—Confío en que no habrá más altercados a estas alturas. El destino del condenado está a punto de ser decidido ante todos nosotros, por lo cual tendrá derecho a expresar todo cuanto se le pase por la cabeza y el corazón, así como a ser oído. También podrá hablar tanto tiempo como desee. Si alguien no entiende esto porque carece de la perspicacia necesaria, estaré encantado de dejárselo claro al condenarlo a un mes de reclusión en el corazón del Monasterio Shadopan.

Sylvanas no dudó ni por un instante de que el pandaren cumplirá su amenaza y, al parecer, todo el mundo pensaba igual. Taran Zhu pareció hallarse satisfecho con la reacción que habían suscitado sus palabras y prosiguió:

—Después de que el acusado haya hablado, el jurado se retirará a deliberar. En cuanto el jurado regrese con el veredicto, nos volveremos a reunir aquí. Chu’shao Whisperwind, estamos listos para escuchar su alegato final.

Jaina observó detenidamente cómo Tyrande se levantaba, quien se detuvo un momento a consultar sus notas antes de enrollarlas cuidadosamente y colocarlas a un lado. La elfa de la noche sabía que esto era lo que había estado esperando mucha de la gente que había venido al juicio. Como sabía que toda la atención de todo el mundo estaba centrada en ella, se tomó su tiempo. Tyrande colocó una bolsa de paño rúnico, un objeto muy humilde y sencillo, sobre el escritorio, metió la mano ahí dentro y sacó una piedra del tamaño de un huevo.

—En mi alegato inicial —empezó a decir, con una voz melodiosa que se oía perfectamente por toda la sala— señalé que se me había encomendado la misión más sencilla. Mi tarea como acusación era demostrar con pruebas que Garrosh Hellscream no se merecía una “segunda oportunidad”, no merecía “redimirse”, o cualquier otra frase manida que haya utilizado la defensa para despertar sus simpatías. Incluso antes de que yo hablara, Garrosh admitió haber cometido los delitos de los que se le ha acusado y… —Sonrió levemente y se encogió de hombros—, Sin lugar a dudas, recuerdan perfectamente la actitud que ha mostrado.

Tras deambular de aquí para allá, regresó al escritorio. Tyrande colocó con sumo cuidado la piedra sobre la mesa, metió una mano en la bolsa, sacó una segunda piedra y siguió hablando:

—La defensa ha planteado la cuestión de si la gente puede cambiar o no, y la respuesta es claro que sí. El cambio está inserto en la misma naturaleza de las cosas. Pero a veces, las cosas no cambian a mejor. Los árboles crecen, ciertamente. Pero también lo hace la maldad. —Dejó la piedra sobre la mesa y, a continuación, volvió a coger las dos—. Les hice una serie de promesas en mi alegato inicial —señaló—. Les dije que verían conspirar a Garrosh Hellscream, que lo escucharían mentir y que serían testigos de sus comportamientos más, traicioneros.

Entonces, se calló y miró directamente a Jaina.

—Lamento haberme visto obligada a mostrar muchas de estas escenas, pero lo he hecho empujada por una terrible necesidad. Pero habría incumplido tremendamente mi deber si no hubiera hecho todo cuanto estaba en mi mano para presentar mis argumentos de la manera más convincente posible.

A continuación, hizo una reverencia y se llevó las piedras al corazón.

Jaina entendió ese gesto. Tragó saliva con dificultad y asintió. Si bien Tyrande no reaccionó de un modo exagerado ante la respuesta de la archimaga, a esta le dio la impresión de que la elfa parecía sentirse bastante aliviada. Una vez más, la suma sacerdotisa colocó esas piedras sobre la mesa y sacó dos más de la bolsa. Las cuatro formaban ahora una pequeña hilera situada en el borde del escritorio y más de uno las observaba con curiosidad.

—En total, había diez cargos contra el acusado —afirmó Tyrande—, que han sido refrendados en gran parte por muchos testimonios y pruebas. —Cogió más piedras de la bolsa mientras hablaba y las colocó junto a las demás, prolongando así esa hilera tan ordenada—. Genocidio. Asesinato. Desplazamiento masivo y forzoso de población. Tortura. Asesinato de prisioneros. Embarazos forzados. Destrucción de ciudades, pueblos y aldeas sin que mediara una justificación militar o una necesidad civil.

Tyrande se calló. Estudió minuciosamente las piedras y las contó de una manera muy teatral.

—Aquí tenemos nueve piedras —Alzó la mirada hacia las tribunas y buscó con sus ojos radiantes los rostros de los ahí congregados—. Tal vez se estén preguntando por qué solo hay nueve, cuando acabo de decir que se habían presentado diez cargos contra Garrosh, eso tiene fácil explicación: porque estas piedras no representan esas acusaciones. —Volvió al escritorio y cogió la primera piedra, la cual escrutó—. Estas piedras —dijo, recreándose— son más que unas meras representaciones. Son fragmentos de esas tierras que siempre recordarán las atrocidades de Garrosh Hellscream. Por ejemplo… esta fue recogida en Sierra Espolón, donde el Señor Supremo Krom’gar asesinó a toda una aldea repleta de inocentes, pues quería seguir la nueva filosofía que él creía que Garrosh había aplicado a la Horda. ¿Que cómo lo hizo?

Arrojando una bomba. Garrosh, no obstante, lo mató por haber cometido un acto tan deshonroso.

De improviso, colocó la piedra en su sitio violentamente y Jaina se sobresaltó. Un leve grito ahogado recorrió la estancia. Tyrande alzó esos ojos tan feroces y hermosos y cogió la siguiente piedra.

—En esta hay restos de color rojo oscuro… ya que ha sido testigo de muchos derramamientos de sangre. Fue recogida en la arena de Orgrimmar. —Tyrande la señaló, pensativa—. El lugar donde se celebra el mak’gora. El lugar donde el padre de Baine Bloodhoof fue asesinado de un modo traicionero.

Esta la colocó con suma delicadeza sobre la mesa y fue a por la tercera.

—Esta piedra mohosa es de Gilneas. Un lugar que fue atacado por Garrosh Hellscream y donde… muchos cayeron. Esta otra es de… Azshara, de la hermosa y otoñal Azshara, la cual ya no es tan hermosa, ¿verdad? No lo es porque Garrosh Hellscream le entregó esa tierra a los goblins, quienes tallaron en ella un gigantesco símbolo de la Horda con algunas máquinas ¡y quienes contaminaron tanto el agua que ya ni siquiera se puede beber en la capital!

Al igual que había hecho con la primera, la volvió a colocar en su sitio sobre la mesa con un golpe seco. Jaina pudo apreciar que en su semblante se dibujaba un gesto de verdadero sufrimiento.

Un sufrimiento que se incrementó cuando agarró con mucho cuidado la siguiente piedra, que contaba con unas vetas azules y verdes.

—Vallefresno —dijo Tyrande—. Una tierra repleta de bosques, arroyos y vida. La misma tierra que ha sido arrasada por los orcos que actuaban bajo las órdenes de Garrosh, el mismo sitio donde unos padres libraron una batalla y murieron porque estos habían secuestrado a sus hijos.

Una cautivada Jaina se preparó para el impacto violento de esa piedra. Sin embargo, la elfa de la noche la colocó con suma delicadeza sobre el escritorio y la acarició con honda tristeza antes de pasar a la siguiente. Esta parecía distinta a las demás; parecía más bien un trozo de lava sólida sacada de un volcán. Jaina, de repente, se dio cuenta de dónde la debía de haber cogido.

—Garrosh no se contentó con saquear Azshara y Vallefresno, ni se detuvo lo más mínimo al ver que tenía las manos manchadas de sangre inocente, no… quería más. Mucho más. No solo creía que la Horda tenía derecho a sobrevivir y prosperar, sino que él tenía derecho a hacer todo cuanto deseara para poder alcanzar esa meta, sin importar el daño que pudiera infligir. —Alzó el trozo de piedra para que todos pudieran contemplarlo—. ¡Este es un fragmento de un gigante fundido! Un poderoso ser elemental que fue obligado de manera brutal a doblegarse a la voluntad de unos chamanes tenebrosos, a los que no les importaba que la tierra gritara de dolor e ira al sufrir tales abusos. Para más inri, todo esto sucedió… ¡después del Cataclismo!

Solo quedaban tres. Jaina dirigió la mirada a la siguiente piedra de la fila. Era gris y… suave, tan suave como una roca que hubiera sufrido erosión durante siglos por culpa de la acción del agua. Tyrande la cogió, con el mismo cuidado que alguien agarraría un frágil huevo, y miró directamente a Jaina.

La archimaga contuvo la respiración. Notó que Kalec la agarraba de la mano con delicadeza, pues estaba dispuesto a retirarla de inmediato si ella no deseaba que la reconfortara de esa manera.

Jaina ni siquiera lo miró, pues no podía apartar la vista de ese mero fragmento de piedra. Al final, abrió la mano y entrelazó los dedos con los de su amado.

—Theramore —dijo Tyrande, con una voz embargada de emoción.

No hizo falta que dijera nada más.

Se llevó esa piedra al pecho antes de colocarla de nuevo sobre el escritorio.

—Darnassus —añadió en voz baja, a la vez que acariciaba la penúltima piedra—. El hogar de los elfos de la noche que fue violado cuando los Sunreavers traicionaron a Dalaran y emplearon su magia no para ayudar a este mundo, sino para robar la Campana Divina. —Entonces, llegó a la última—. El Valle de la Flor Eterna — dijo y, entonces, se le quebró la voz. Jaina era consciente de que eso no era una mera actuación—. Un lugar antiguo que permaneció oculto mucho tiempo y al que solo recientemente habíamos tenido la posibilidad de admirar, el cual ahora se halla tan terriblemente arrasado que tal vez se tarde otra eternidad en volver a florecer del todo. ¡Y todo por culpa de la indescriptible e imparable ansia de poder de Garrosh Hellscream, cuyo único fin era acumular poder para una facción concreta de la Horda!

Entonces, se giró y la ira y la pasión se reflejaron en todas las tensas líneas de ese cuerpo fuerte y ágil.

—¿Qué haría alguien como él si se le diera una segunda oportunidad, aparte de aprovecharla para hacer aún más daño, para acumular aún más poder, para traicionar a más aliados? ¡Augustos Celestiales! Son mucho más sabios que nosotros, comprenderán lo que a nosotros nos resulta incomprensible. Les ruego… les imploro que sentencien a Garrosh Hellscream a muerte por lo que ha hecho… tanto a sus enemigos y a sus aliados como a estas mismas tierras. No cambiará. No puede cambiar. No es más que un ser orgulloso y sediento de poder. Mientras su corazón siga latiendo, conspirará. Mientras siga respirando, masacrará.

Respiró hondo y se enderezó cuan larga era de un modo muy elegante.

—Acaben con esto ya. Acaben con él.

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