Crímenes de Guerra – Capítulo Veintiocho

Crímenes de GuerraDía Siete

—La acusación puede llamar a su último testigo —dijo Taran Zhu.

Tyrande parece cansada, pensó Jaina.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría llamar a Lady Jaina Proudmoore a testificar.

Jaina se levantó, sin prisa alguna, y descendió las escaleras hasta hollar el suelo del templo. Por muchas razones, se preguntaba si lo que había hecho Tyrande el día anterior había sido inteligente; una de ellas, y no precisamente la menos importante, era por qué la elfa de la noche había manchado la reputación de su mejor testigo. Da igual, pensó Jaina. Seguramente, había otras muchas más pruebas de las monstruosidades cometidas por Garrosh que lograrían que incluso unos seres tan compasivos como los Celestiales acabaran entendiendo que era necesario encerrarlo para siempre en algún lugar oscuro y húmedo… y tirar la llave.

Si bien Kalec había intentado hablar con ella la noche anterior, ella le había dicho que se encontraba bien, aunque muy cansada, y que ya lo vería en el juicio a la mañana siguiente. Después, había tenido pesadillas, cuyo origen era tanto el testimonio que había dado Perith como la ansiedad que la dominaba.

—En primer lugar, permíteme decir que siento de veras tener que obligarte a revivir ciertas cosas.

Jaina miró a Tyrande directamente a los ojos y contestó sin rodeos:

—Chu’shao, revivo lo que sucedió en Theramore todos los días. Hazme las preguntas que tengas que hacerme.

Tyrande asintió, aunque pareció un tanto compungida, y caminó a la vez que hablaba:

—Lady Jaina, tal y como supimos ayer gracias a Perith Stormhoof, te avisaron de que iba a producirse un ataque sobre Theramore.

—Así fue.

—¿Qué hiciste después de haber recibido ese aviso?

—Di instrucciones de que se advirtiera a todos los civiles de Theramore de qué iba a suceder. Aquellos que quisieran irse podrían hacerlo libremente. Al final resultó que la mayoría se quedó a luchar. Más tarde, enviamos un barco repleto de civiles, entre los que se encontraban todos los niños, a Gadgetzan. Después, contacté con el rey Varian.

Esto no estaba siendo tan difícil como había temido. Limítate a responder las preguntas, se dijo a sí misma. No conviertas esto en algo personal.

—¿Y cuál fue su respuesta?

—Me dijo que enviaría a la Séptima Legión de la flota naval y que ordenaría a varios de sus generales, que se encontraban dispersos en diversas partes de Azeroth, que abandonaran sus puestos actuales y acudieran a Theramore. También señaló que iba a contactar con Genn Greymane, mientras yo iba a hablar con los demás líderes de la Alianza para pedirles ayuda.

Tyrande siguió caminando, con las manos entrelazadas por delante y la mirada clavada en el jurado y no en Jaina.

—¿Qué ocurrió después de eso?

—Más tarde, se me informó de que habían llegado varias naves de la Horda, que acababan de anclar justo en los límites de las aguas de la Alianza.

—En cuanto supiste esto, ¿ordenaste atacar?

En ese instante, Jaina notó una sensación nauseabunda y repugnante en el fondo del estómago. Negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no habían entrado en nuestras aguas. Y no quería ser yo quien provocara una guerra.

Debería haberlo hecho. Que la Luz me ayude, debería haberlo hecho. Tal vez si hubiera atacado antes de que los generales llegaran…

—Has mencionado con anterioridad que pediste ayuda a lo demás líderes de la Alianza. ¿A quién más?

Jaina se pasó la lengua por los labios.

—Sí —contestó—. Fui a Dalaran y hablé con el Consejo de los Seis. En respuesta a mi petición, enviaron al mismísimo Rhonin, junto a otros magos prominentes. La esposa de Rhonin, Vereesa Windrunner, general forestal del Pacto de Plata, también lo acompañó.

—¿Qué hiciste entonces?

—Aguardamos la llegada de los refuerzos que nos había prometido el rey Varian. Nos transformamos en una ciudad que se preparaba para la guerra; hicimos acopio de comida, armas y vendas. Los soldados se entrenaban todos los días. Esperábamos que la flota de la Horda irrumpiera en el puerto en cualquier momento.

Sus latidos se iban acelerando a medida que esas preguntas la arrastraban cada vez más y más a hablar de la Destrucción de Theramore.

—¿La ayuda prometida llegó?

Jaina se mordió la lengua. Todo el mundo conocía ese hecho histórico. Todo el mundo sabía lo que había sucedido en Theramore. Seguramente, hasta los Celestiales lo sabían. Pero esto era lo que había estado esperando, ¿o no? Poder tener la oportunidad de hacérselas pagar a Garrosh Hellscream. Y si eso significaba revivir los hechos de ese día tan horrible, que así fuera.

Se aclaró la garganta.

—Sí, llegó. La Séptima Legión llegó con veinte naves y media decena de los mejores generales de la Alianza… así como con un gran almirante.

Se trataba de Aubrey, quien había sobrevivido a duras penas al ataque del Fuerte del Norte para acabar pereciendo en Theramore…

—¿Lady Proudmoore? —inquirió Tyrande.

—L-lo siento, ¿podrías repetirme la pregunta?

—He dicho que el ataque de la Horda acabó teniendo lugar, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y estaban preparados?

—Sí. Y, al final, ganamos la batalla, pero pagamos un alto precio por ello. Sufrimos un gran número de bajas. En medio del combate, descubrimos a un traidor. Se trataba de un miembro del Kirin Tor… de uno de los Sunreavers.

A pesar de que Jaina intentaba hablar de un modo desapasionado, esa última palabra la pronunció con rabia y los puños cerrados. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que no se podía confiar en ellos?

—En esa batalla, ¿perdiste a alguien con quien tuvieras una relación muy estrecha?

—Al capitán Wymor. Era amigo mío desde hacía muchos años.

—¿No cayó nadie más cuya pérdida lamentaras especialmente?

Jaina hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No. Entonces… no.

—¿No tuviste ningún pálpito, ninguna corazonada, que te indicara que la Horda no lo estaba dando todo para destruir Theramore por medios convencionales?

—No. Lucharon con fiereza y sufrieron muchas bajas. Teníamos todas las razones del mundo para creer que estaban poniendo toda la carne en el asador, como nosotros.

—Así que creíste que realmente habían vencido.

Jaina asintió.

—Así fue.

—¿Qué hicieron después de que la Horda se retirara?

—Lo que siempre hay que hacer —respondió Jaina—. Atendimos a los heridos. Enterramos a los muertos. Reconfortamos a aquellos que habían perdido a sus seres queridos. Abrazamos a los que habían sobrevivido.

Kinndy…

La archimaga tragó saliva y añadió:

—Descubrimos que durante la batalla alguien de la Horda había liberado a Thalen Songweaver. De inmediato, Vereesa y Shandris Feathermoon marcharon para dar con su rastro antes de que este se enfriara. Por lo cual no se hallaron…

Se le hizo un nudo en la garganta.

—Por lo cual no se hallaban en la ciudad cuando cayó la bomba de maná — completó Tyrande, quien se compadecía profundamente de ella.

Jaina se alegró de que se le hubiera ocurrido meterse un pañuelo en la manga. Lo sacó y se secó los ojos con él.

—Si —dijo—, gracias a la Luz, sobrevivieron.

—Chu’shao, ¿quieres pedir un descanso? —preguntó Taran Zhu.

Tyrande miró a Jaina, pero la archimaga negó con la cabeza. Como había tenido que hacer un terrible esfuerzo para poder estar aquí, en este preciso instante, contando todas esas cosas, no estaba segura de que pudiera volver a hacerlo si paraban ahora.

—No, continuaremos —contestó Tyrande—. Como creíste que la batalla había concluido y que la Alianza se había alzado victoriosa, decidiste centrarte en atender a tu gente. ¿Cuándo te diste cuenta de que algo iba mal?

—Kalecgos había venido a Theramore antes de que todo esto tuviera lugar. — No podía ignorar los “y si” que galopaban ahora por su mente como una manada de talbuks, unas preguntas que nunca se mostraban de una en una, sino todas a la vez. Y si hubieran intentado buscar el Iris de Enfoque con más ahínco. Y si este objeto no hubiera sido robado. Y si…—. Una reliquia muy valiosa conocida como el Iris de Enfoque le había sido robada al Vuelo de Dragón Azul, y Kalec me había pedido ayuda para poder localizarla. Poco después de la batalla, me informó de que era capaz de percibir la presencia del Iris de Enfoque… el cual se estaba aproximando rápidamente a Theramore.

—El Iris de Enfoque —caviló Tyrande—. ¿Podrías hablamos un poco más sobre él?

—Esa reliquia había permanecido milenios aletargada, hasta que Malygos la utilizó para canalizar energía a través de agujas de flujo. Esas agujas extraían magia arcana de las líneas ley de Azeroth y la canalizaban hacia el Nexo —explicó Jaina—. Tras la muerte de Malygos, el Iris de Enfoque fue utilizado para insuflar vida a Chromatus; hasta la fecha, ese ha sido el único intento de crear un dragón cromático que se ha realizado con éxito. Para derrotarlo, se necesitó que los cuatro Aspectos aunaran esfuerzos y que Go’el, quien ostentaba el poder del espíritu de la tierra, los ayudara.

Una vez más, Jaina se vio obligada a recordar lo mucho que había ayudado al mundo ese ex Jefe de Guerra. Furiosa, apartó ese pensamiento de su mente.

—Era una poderosa reliquia, en efecto, por lo cual si caía en las manos equivocadas, podía convertirse en un arma devastadora —señaló Tyrande—. ¿Qué ocurrió a continuación?

—Kalec partió en su busca —respondió Jaina—. Y Rhonin…

Se le quebró la voz. Se sirvió un vaso de agua con una mano temblorosa y le dio un sorbo. El corazón le latía desbocado. Tyrande hizo ademán de intentar reconfortar a Jaina al apoyar una mano sobre la suya, pero al final no llegó a hacerlo, sino que se volvió hacia Chromie y dijo con un tono de voz casi reverencial:

—Si el tribunal me permite… y, con todo respeto, voy a presentar una Visión sobre ese hecho histórico.

Chromie hizo gala de una actitud extremadamente solemne; Jaina nunca la había visto obrar de ese modo. La diminuta gnomo colocó con suma delicadeza las manos sobre la Visión del Tiempo y, acto seguido, inició un conjuro con el que iba a despertar al dragón de metal dormido.

Jaina se mordió un labio con fuerza. Una imagen cobró forma y pudo reconocer en ella a Rhonin, quien lo había sacrificado todo por salvarlos. También pudo verse a sí misma. Como las lágrimas se asomaban a sus ojos, alzó la vista hacia las tribunas para mirar a Vereesa. La elfa noble tenía cerrados los puños con fuerza y daba la impresión de que contenía la respiración. Jaina no sabía si alegrarse o apenarse por que Vereesa tuviera que ser testigo de este momento. Si bien podría ser algo devastador, iba a poder ver, ver de verdad, que el hombre al que había amado era un auténtico héroe. Como iban a poder verlo todos los demás.

Se encontraban en las estancias superiores de la torre de la archimaga, de su amada torre repleta de libros y pergaminos, así como de pequeños recovecos donde uno podía sentarse a leer, donde se elaboraban pociones y los botes de elixires de esto y aquello estaban esparcidos por aquí y allá con una total alegría y de un modo azaroso. Había una ventana abierta, por donde entraba la luz y el aire, desde la cual podía verse el galeón volador de los goblins, aunque solo fuera como un mera motita. Este era el lugar donde ella, Pained y Tervosh habían pasado infinidad de horas; donde ahora un Rhonin repleto de vida aguardaba a que la Jaina del pasado subiera presurosa por las escaleras, seguida por unos cuantos voluntarios que la habían estado ayudando y cuyos nombres no sabía, tal y como fue consciente cuando ya era demasiado tarde.

—¿Se trata del Iris de Enfoque? —preguntó la imagen de Jaina.

—Sí —contestó Rhonin—. Está alimentando de energía a la mayor bomba de maná que se ha creado nunca. Además, proyecta un campo de atenuación del que nadie puede escapar, aunque puedo desplazarlo. Pero primero, ayúdame… no podré mantener alejado el campo de atenuación el tiempo necesario como para que esta gente pueda ponerse a salvo.

—¡Por supuesto!

La imagen de Jaina conjuró un portal. La archimaga recordó que su intención original había sido enviar a sus compañeros a Stormwind. Pero entonces vio, como ahora podían ver todos los demás, que ese portal daba a una pequeña isla rocosa del Mare Magnum.

—¿Por qué estás redirigiendo mi portal?

—Porque así consume… menos energía —gruñó Rhonin, cuyos esfuerzos por mantener a raya el campo de atenuación lo estaban agotando, sin duda alguna. Jaina hizo ademán de protestar, pero él la interrumpió—. No discutas. Vamos… ¡atraviésalo!

Si bien los acompañantes de Jaina obedecieron, ella no le hizo caso.

La archimaga se vio a sí misma volviéndose estupefacta hacia Rhonin.

—¡No puedes desactivar esa bomba! ¡Vas a morir aquí!

—Cállate. ¡Atraviesa el portal! Tengo que atraerla hasta aquí, hasta aquí mismo, para salvar a Vereesa y a Shandris y a… a todos los que pueda. Los muros de esta torre están impregnados de magia. Debería ser capaz de lograr que la detonación se produzca aquí. No te portes como una niña tonta. ¡Márchate!

—¡No! ¡No puedo dejar que hagas esto! Tienes una familia. ¡Eres el líder del Kirin Tor!

—¡Y tú eres su futuro! —le espetó Rhonin, quien daba la impresión de que iba a desfallecer de un momento a otro, como si permaneciera de pie únicamente gracias a su férrea fuerza de voluntad.

—¡No! ¡No lo soy! —insistió la imagen de Jaina—. Theramore es mi ciudad. ¡Necesito quedarme a defenderla!

—Jaina, si no te vas ya, ambos moriremos, y mis esfuerzos para atraer esa maldita bomba hacia aquí, en vez de dejar que estalle en el corazón de la ciudad, habrán sido en vano. ¿Es eso lo que quieres? ¿Eh?

El ruido que anunciaba la llegada del galeón volador se volvió más intenso.

—¡No voy a abandonarte! —gritó Jaina—. ¡Tal vez juntos podamos desviarla!

Jaina vio cómo ella misma se giraba para mirar a la nave que se aproximaba… para ver cómo Kalecgos caía, para ver cómo era lanzada la bomba. La Visión se reajustó y, de repente, fue como si todo el mundo presente pudiera ver lo que Jaina había visto desde su perspectiva. Un grito ahogado colectivo se oyó por toda la sala.

Si bien en su momento Jaina había tenido la sensación de que todo sucedía de manera confusa, ahora podía verlo todo con claridad. Rhonin había dejado de lanzar hechizos el tiempo necesario para agarrar a Jaina físicamente y empujarla hacia el portal. Aunque ella se había resistido, no pudo hacer nada al hallarse en el radio de acción del conjuro del portal.

Jaina había estado mirando directamente a Rhonin cuando eso había sucedido.

El líder del Kirin Tor dirigió sus ojos hacia la ventana, con los brazos extendidos y con una expresión de total desafío dibujada en esa cara donde destacaba su habitual perilla.

Y entonces…

El mundo se volvió blanco. Todo el cuerpo de Rhonin se tomó violeta; la tonalidad de la magia arcana totalmente pura. Acto seguido, explotó en medio de una nauseabunda nube de cenizas lavanda.

Antes de que fuera siquiera consciente de lo que estaba haciendo, Jaina notó una repentina quemazón en la garganta provocado por tanto gritar. No estaba sola… ni aquí en la sala del juicio, ni en el pasado, donde aquellos que observaban cómo caía la bomba de maná chillaban aterrados, presas de la desesperación.

Oyó tenuemente la reverberación del gong de Taran Zhu, quien acababa de decretar un receso. Jaina se sintió agradecida de que el tormento de Vereesa hubiera acabado ya, aunque el suyo no había hecho nada más que comenzar.

Anduin no había hablado directamente con Jaina sobre lo que esta había experimentado en ese momento tan trágico. Había oído hablar sobre ello y había creído que entendía qué clase de pesadilla había sufrido. Sin embargo, ahora era consciente de que a duras penas lo había comprendido. Pese a que no sabía qué más planeaba mostrar Tyrande, después de lo que esta había hecho el día anterior, se esperaba lo peor. Como ya había mostrado al jurado y a los espectadores la horrible visión del sacrificio de Rhonin, Anduin daba por supuesto que ahora no se iba a contener, precisamente.

Aunque tenía que admitir que esa táctica brutal en plan “aquí no se toman prisioneros” y “no hay sentimientos que valgan” que estaba empleando la elfa de la noche le estaba funcionando. Un furioso Anduin contempló al tullido Garrosh, cuya vida pendía de un hilo, quien permanecía ahí sentado, cubierto por esas cicatrices que le habían dejado los sha y encadenado, junto a Baine, quien se había llevado las manos a la cabeza. Anduin sabía que no era la amenaza de acabar en prisión lo que impedía que una masa furiosa se adueñara del templo, sino el hecho de que si los detenían no podrían ver la siguiente Visión, ni ver al siguiente testigo, ni experimentar a través de otro la siguiente atrocidad.

El receso solo duró veinte minutos. Vereesa se había levantado y marchado sin mediar palabra. Anduin creía que no regresaría, y no se lo podía echar en cara. Jaina también se había marchado casi de inmediato con Tyrande, aunque por su lenguaje corporal, Anduin había podido ver que había cierta tensión entre ellas. Aunque esperaba que Kalecgos acompañara a ambas, el dragón azul no se había movido de su banco, donde seguía sentado.

—¿No vas a ver a Jaina? —preguntó Anduin—. Ya sé que esto es solo un breve receso, pero estoy seguro de que se alegrará de verte.

Kalec negó con la cabeza de manera desganada a modo de respuesta.

—No estoy seguro de que le apetezca verme —replicó.

Anduin se revolvió inquieto en su asiento. Varian no estaba prestando atención a lo que sucedía a su alrededor. El rey permanecía recostado en su silla, con los brazos cruzados, contemplando fijamente a Garrosh.

—Lamento oír eso —dijo Anduin con serenidad—. Ha sufrido tanto… los dos parecen formar una buena pareja.

—Lo mismo opinaba yo —replicó el dragón. Entonces, como si hubiera dicho demasiado, dio una palmadita a Anduin en el hombro y añadió, haciendo gala de un buen humor demasiado exagerado—. Voy a estirar las alas.

—Tal vez haga lo mismo —comentó Anduin.

—¿El qué? ¿Estirar las alas?

Si bien era un chiste muy malo, logró que Anduin sonriera a su pesar.

—Ja, ojalá. Yo solo tengo piernas. Nos vemos en un rato, Kalec.

Tres bollos de loto y una taza de té con leche de yak después, Anduin acabó preguntándose por qué estaba intentando ayudar a Garrosh Hellscream. Además, si Tyrande iba a mostrar lo que creía que iba a enseñar, el príncipe pensaba que no iba a poder seguir haciéndolo.

* * *

Jaina estaba pálida, pero más entera de lo que había estado antes. En cuanto entraron y cada una se dirigió a su respectivo asiento, dio la impresión de que se había rebajado la tensión entre Tyrande y ella. Taran Zhu anunció que el tribunal reanudaba la sesión y pidió a Tyrande que continuara.

—Como hemos podido ver en la Visión del Tiempo, Rhonin logró con éxito que te teletransportaras hasta un lugar seguro, así como atraer la bomba de maná directamente hacia la torre —dijo Tyrande—. ¿Qué sucedió después?

Jaina estaba sentada muy recta, con las manos sobre el regazo. A pesar de que tenía los ojos rojos, cuando habló lo hizo con un tono sereno:

—Recuperé la conciencia en esa isla. Kalecgos me encontró y le dije que iba a regresar a Theramore, para comprobar si quedaba aún alguien con vida ahí al que pudiera ayudar. Se ofreció a acompañarme, pero yo insistí en ir sola.

Por el rabillo del ojo, Anduin observó a Kalecgos. El dragón tenía apretados los labios con fuerza y no estaba mirando a Jaina. Anduin supuso que la conversación que ambos habían mantenido en aquella isla, en su día, no había sido tan civilizada como ella había descrito.

—¿Y lo hiciste?

Sí.

—Me gustaría mostrar al tribunal lo que Jaina Proudmoore vio al regresar a la ciudad que ella misma había fundado y amado, por la que habría estado dispuesta a morir.

Acto seguido, hizo un gesto de asentimiento a Chromie.

Un murmullo de espanto se escapó de la garganta de los espectadores. Anduin pudo ver que incluso los Augustos Celestiales, quienes normalmente permanecían impasibles, parecían consternados. La bomba de maná había dejado un cráter gigantesco, que se abría delante de esos escombros que eran lo único que quedaba de esa enorme torre. El cielo estaba desgarrado y herido, repleto de colores demenciales, como los que se podían ver en Northrend, según tenía entendido Anduin.

Y los cadáveres…

Anduin tragó saliva con dificultad y notó cierto regusto a bilis. Había tantos. Algunos parecían normales —bueno, tan normal como podía serlo un cadáver, o eso supuso— mientras que otros flotaban en el aire y sangraban hacia arriba. Algunos otros más tenían una tonalidad violeta uniforme. Ahí la muerte parecía adoptar diversas formas que parecían totalmente absurdas.

Observó cómo la imagen de Jaina, cuyo rostro estaba lívido, prácticamente blanco, por culpa de la conmoción, caminaba entre esas ruinas. Su pelo —que ahora era blanco— parecía flotar a su alrededor. El príncipe pudo oír el zumbido y el crepitar de la energía arcana que aún flotaba en el ambiente.

Los detritos de la vida normal contrastaban enormemente con la abrumadora destrucción que había sufrido la ciudad. Anduin atisbo cosas como copas, peines y hojas de libros, que se transformaban en un polvo púrpura cuando Jaina intentaba cogerlas.

El silencio reinaba en ese enorme templo mientras todo el mundo contemplaba cómo Jaina revisaba las ruinas en busca de alguna señal de vida, de algún motivo de esperanza. Lo único que quebró ese silencio fueron los gemidos de pena que profería la archimaga cuando se topaba con el cadáver de alguien a quien conocía y cuya muerte lloraba. Pained, que había sobrevivido a tantas batallas, todavía aferraba su espada cuando Jaina se agachó para acariciarle esa larga melena. Su pelo se hizo añicos en cuanto la archimaga la tocó.

Anduin reconoció también a otros difuntos; al almirante Aubrey, a Marcus Jonathan, quien durante mucho tiempo fue una presencia habitual en la puerta principal de Stormwind. Deseó, egoístamente, que la Jaina del pasado se marchara sin más, para que no tuviera que contemplar más ese horror, aunque fuera a través de una persona interpuesta.

Había una pequeña silueta tendida en el suelo, que era del tamaño de un niño. El príncipe se giró para mirar a la Jaina del presente y vio que esta había enterrado la cara en el pañuelo. La archimaga no podía soportar tener que ver esto de nuevo, y no se lo podía echar en cara, ni lo más mínimo.

La imagen de Jaina contempló detenidamente ese pequeño cadáver, que yacía de bruces sobre un charco escarlata. La sangre le había apelmazado esas coletas rosas. Con suma ternura, Jaina extendió un brazo hacia el cuerpo de Kinndy Sparkshine, la gnomo que había sido su aprendiz.

Al instante, se deshizo y se transformó en una arena violeta. Y al instante, la Jaina del pasado gritó de manera agónica.

Anduin quería apartar la mirada, pero se hallaba fascinado de tal modo que no podía dejar de ver cómo Lady Jaina Proudmoore, una de las mejores magas de esa época, chillaba y lloraba, mientras recogía del suelo puñados de ese polvo arcano como si así fuera a poder recomponer a esa muchacha.

Junto a él, Kalecgos respiró muy hondo. Anduin quiso levantarse de un salto para gritarle a Tyrande: “¡Para esto, por favor, páralo!”. Entonces, fue como si la elfa de la noche hubiera escuchado ese silencioso grito, ya que asintió hacia Chromie. La escena desapareció de un modo piadoso. Anduin exhaló una bocanada de aire que no sabía que había estado conteniendo.

Tyrande se volvió, con una mirada triunfal y brillante, gracias a la victoria que acababa de obtener a un alto precio. Con una voz fuerte y melodiosa, dijo:

—El testigo está a tu disposición, Chu’shao Bloodhoof.

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