Crímenes de Guerra – Capítulo Veintinueve

Crímenes de GuerraBaine Bloodhoof no se levantó de inmediato. Estaba demasiado aturdido por lo que acababa de ver. No se podía imaginar acribillando a Jaina a preguntas después de lo que había visto, y mucho menos intentando decir algo positivo sobre Garrosh Hellscream. Ni siquiera era capaz de mirar al orco. Rezó una oración rápidamente en silencio, para pedir a la Madre Tierra que lo guiara, se levantó y se aproximó a la que había sido en su día la Dama de Theramore.

—Lady Jaina —dijo con suma calma—, no me importaría pedir un receso, si así lo deseas.

La archimaga le lanzó una mirada plagada de una mezcla de emociones indescifrables y contestó con un tono monótono:

—No. Me gustaría acabar con esto cuanto antes.

—Estoy seguro de que nadie en esta sala podrá culparte por eso.

El tauren no le ofreció compasión, y ella no la quería… de él no.

—Aunque en esta sala aún estamos intentando reponemos lo que acabamos de ver y sentir, solo podemos imaginamos cómo te debiste sentir después de ese cobarde ataque. —No se amigó a la hora de emplear esa palabra. Baine era un tauren que llamaba a las cosas por su nombre. Y nadie que acabara de ser testigo de la destrucción de Theramore podría haber definido ese ataque de otro modo—. ¿Podrías describimos, por favor, con tus propias palabras, cómo te sentiste?

Ella lo miró fijamente y, acto seguido, se echó a reír. Eran unas carcajadas duras y amargas. El tauren agachó las orejas, sorprendido. Jaina tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar el dominio de sí misma.

—No creo que existan palabras para explicar cómo me sentí.

—Por favor, inténtalo, Lady Jaina.

—Me sentí furiosa. Muy furiosa. Tenía acumulada tanta… ira. Era incapaz de respirar, no podía comer, apenas podía moverme, estaba tan enojada. Lo que han visto aquí ha sido horrible, sí. Y veo que muchos han llorado. Pero aun así, no han estado ahí. No han visto a sus amigos…

Apretó los labios con fuerza y se calló. Baine le concedió un momento de respiro y, a continuación, insistió con delicadeza:

—Así que estabas furiosa… ¿qué querías hacer?

—Quería matarlo.

—¿A Garrosh Hellscream?

—Sí. A Garrosh y a todos y cada uno de los orcos a los que pudiera poner una mano encima. Quería matar a todo goblin, a todo troll, a todo renegado, a todo elfo de sangre y a todo tauren que se cruzara en mi camino, incluso a ti Baine Bloodhoof. Quería borrar de la faz de la Tierra a la Horda entera, al igual que Garrosh Hellscream había borrado mi hogar de la faz de la Tierra. Al igual que había borrado mi vida entera.

Baine no se enfureció, sino que mantuvo un tono y un semblante serenos mientras preguntaba:

—¿Y qué hiciste?

—Fui a ver al rey Varian y le conté lo que había hecho Garrosh. Le dije que había tenido razón al haber desconfiado y odiado a la Horda, y que yo me había equivocado. Le dije que necesitábamos declarar la guerra a la Horda… y que deberíamos empezar destruyendo Orgrimmar.

—¿Y cómo reaccionó el rey Varian?

—Estuvo de acuerdo en que debíamos ir a la guerra, pero no quería atacar de inmediato, como yo pedía. Según él, debíamos tener una estrategia y había que reconstruir el Fuerte del Norte. Yo le prometí que le entregaría el Iris de Enfoque y le dije que sabría cómo utilizarlo para poder destruir Orgrimmar, tal y como Garrosh había destruido mi hogar.

—¿Y qué hizo?

Jaina clavó la mirada en sus propias manos una vez más.

—Dijo que… no podía arriesgarse a aumentar el número de bajas de la Alianza por actuar precipitadamente. Y Anduin señaló que creía que incluso algunos miembros de la Horda podrían estar muy enfadados con Garrosh por los cobardes actos que había llevado a cabo. Yo repliqué que ya era demasiado tarde para eso.

—¿Qué fue lo que dijiste exactamente?

—No lo recuerdo.

—Lady Jaina, puedo invocar una Visión de ese encuentro si no eres capaz de contarme con exactitud lo que dijiste.

A pesar de que el tauren le hablaba con uno tono cortés, la archimaga alzó la cabeza bruscamente y él pudo ver… cierta vergüenza dibujada en su rostro.

—Eso no será necesario —contestó en voz baja—. Le dije a Varian que era un cobarde y me… me disculpé con Anduin por haber contribuido a que fuera tan ingenuo. Después… me marché.

—¿Qué hiciste luego?

—Fui a Dalaran. Le conté a Vereesa lo que había ocurrido, así como lo valiente que había sido su marido, puesto que él había sido quien nos había salvado a mí, a ella y a todos los que había podido.

Baine no alzó la vista para comprobar cómo reaccionaba Vereesa, pues sabía que no había regresado tras el receso, por lo cual no podía culparla.

—Imploré ayuda al Kirin Tor. Quería que desenraizaran Dalaran del suelo, tal y como se había hecho en alguna otra ocasión anterior, para poder usar esa ciudad como arma para arrasar Orgrimmar, pero se negaron.

—Así que, por lo visto, nadie quería borrar de la faz de la Tierra una ciudad entera. Incluso después de lo que había sucedido con Theramore —concluyó Baine.

—Sí, así fue.

—¿Qué hiciste después?

—Como había recuperado el Iris de Enfoque antes de que pudiera hacerlo la Horda y nadie quería ayudarme, aprendí a usarlo.

—¿Pensabas usarlo, a pesar de que no contar con un ejército ni una ciudad voladora como apoyo?

Correcto.

—¿Cuál era tu plan?

Ella alzó la barbilla sin apartar la mirada de los ojos del tauren.

—Enviar un maremoto compuesto de elementales del agua para borrar Orgrimmar de la faz de la Tierra.

—Creo que puedo afirmar que todos sabemos que, al final, no llevaste a cabo tu plan —señaló Baine—. ¿Acaso alguien te lo impidió? ¿O, simplemente, cambiaste de opinión?

—Fue… un poco de ambas cosas.

—¿Puedes explayarte más?

Jaina frunció el ceño.

—Lo… lo tenía todo preparado. Sabía exactamente qué planeaba.

Se calló, quizá porque intentaba escoger las palabras con sumo cuidado, quizá porque intentaba recordar cómo se había sentido en esos momentos. Kairoz, que había localizado ese preciso instante, se sintió bastante irritado, ya que el tauren había decidido no mostrarlo. Baine no creía que mostrar cómo una Jaina destrozada e iracunda planeaba su venganza con sumo cuidado pudiera ayudar en nada a la defensa de Garrosh, también creía que eso solo provocaría más dolor a una mujer que ya había sufrido más de lo debido en ese día maldito. Entonces, la archimaga continuó:

—Me encontraba en la Isla de Batalla y ya había creado la ola. En unos instantes, la enviaría hacia el norte, hacia Orgrimmar, de tal modo que iría acumulando aún más energía de camino para allá.

—¿Por qué, al final, no la lanzaste, Lady Proudmoore?

—Porque Go’el apareció.

—¿Cómo supo dónde encontrarte?

—Gracias a una visión que le concedieron los elementos. Ellos lo llamaron y le pidieron ayuda. Me dijo que no podía permitir que sepultara Orgrimmar bajo las aguas. Luchamos… por hacernos con el control de la ola.

Baine dirigió la mirada hacia Go’el, quien se encontraba junto a Aggra; estaba inclinado hacia delante, observando el proceso con atención, y en sus ojos azules se reflejaba una honda tristeza. La diplomática humana y el líder orco habían disfrutado de una amistad única, pero Garrosh también había acabado con ella.

—Te ganó, ¿no?

Jaina desplazó la vista hacia el lugar al que miraba Baine y, al instante bajó la

mirada.

—No —respondió—. Más bien, estuve a punto de matarlo.

—¿Qué ocurrió?

—Kalec me encontró, Se alió con Go’el para intentar disuadirme de que no debía seguir ese camino.

—¿Ah, sí? ¿Te convencieron o su poder combinado te superó?

Jaina esbozó un gesto de aflicción.

—Me… me dijeron que si hacía eso, no sería mejor que Garrosh. Que no sería mejor que… Arthas. Y me di cuenta… —Alzó la cara—. Me di cuenta de que tenían razón.

—¿Y de que serías igual que Garrosh?

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.

—Fa’shua, solo intento cerciorarme de que todos entendamos como es debido las palabras de la testigo —replicó Baine.

—Estoy de acuerdo con la defensa —afirmó Taran Zhu—. La testigo puede responder para clarificar sus palabras.

—Sí —contestó Jaina—. También me di cuenta de que, si hacía eso, seríamos

iguales.

—Y no querías que eso ocurriera.

—Pero por un momento comprendiste por qué Garrosh pudo querer haber hecho algo así, por qué destruyó una ciudad entera y mató incluso a los civiles que vivían ahí.

Baine agachó la cabeza.

—Gracias, Lady Jaina; No tengo más preguntas.

—¿La acusación tiene alguna? —inquirió Taran Zhu, cuya zarpa se dirigió al instante hacia la maza; por lo visto, daba por sentado que la respuesta serla no.

—Sí, Fa’shua, la tengo —respondió Tyrande, quien se levantó y se acercó a la silla de la archimaga—. Lady Jaina… más tarde, también descubriste que, si hubieras desatado ese maremoto, habrías destruido la flota de la Alianza. ¿Dirías entonces que esa es la razón por la que realmente te alegras de haberte refrenado en ese momento?

Baine contuvo la respiración, ya que a Jaina le resultaría muy fácil contestar que sí. Esa era la respuesta que Tyrande quería. Después, Jaina podría marcharse para hacer todo lo posible para curarse esas heridas que se habían reabierto de un modo tan brutal. El tauren sabía que la traición de los Sunreavers en Dalaran —su nueva ciudad, su nueva Theramore— la había afectado profundamente. Muchos afirmaban que eso la había hecho regresar al estado emocional en que se había hallado tras la caída de Theramore y habían corrido rumores de que había presionado a Varian para que desmantelara la Horda.

Jaina no contestó de inmediato, sino que reflexionó sobre esa pregunta cómo era debido.

—Claro que me sentí muy aliviada al enterarme de que no había acabado con la flota sin querer. Pero no… No me alegro por eso. —Clavó su mirada en Garrosh y no la apartó de él—. Me alegro de que al final me contuviera porque nunca, jamás, querría ser como él.

Más tarde, Baine pensaría que Tyrande debería haberse conformado con esa respuesta. Pero la elfa de la noche no podía dejar las cosas así. Jaina era la última testigo de Tyrande y la mejor.

A partir de entonces, la acusación solo podría interrogar a los testigos después de la defensa y estaba claro que quería acabar por todo lo alto. Así que hizo una pregunta de más de la que debería haber hecho:

—¿O como la Horda?

Jaina se quedó muy callada. Tyrande esperó y, un momento después, le espetó:

—¿Lady Jaina? Mi pregunta era si nunca, jamás, desearías ser como la Horda.

Jaina —la machacada, furiosa, herida, devastada y sincera Jaina— replicó simplemente:

—La Horda no es Garrosh.

Dio la sensación de que a Tyrande se le iban a salir los ojos de las cuencas, ya que acababa de darse cuenta de su error demasiado tarde.

—No hay más preguntas, Fa’shua —dijo Tyrande en voz baja, quien miró a Jaina durante un largo rato y, a continuación, volvió a su asiento.

* * *

Cuando Sylvanas llegó al Lago Aguasclaras en los Claros de Tirisfal, cerca de Undercity, se encontró con que su hermana la estaba esperando.

—Recibí tu nota—dijo Sylvanas—, así que he traído unos caballos.

Sylvanas no se había sorprendido al ver que Vereesa no regresaba a la sala del juicio después del receso. Acababa de ver cómo su marido moría, o, más bien, había visto cómo su marido se convertía en una manifestación pura de energía arcana y, acto seguido, moría. No obstante, la nota sí que había sorprendido a Sylvanas, pues en ella solo había escrito: “Lago Aguasclaras. Quiero cabalgar”. Sylvanas interpretó como una buena señal que Vereesa hubiera sugerido que se encontraran en un lugar situado tan dentro de las tierras de los Renegados. Se sentía muy orgullosa de que su hermana conociera la existencia de ese lugar y de que hubiera sido capaz de llegar hasta ahí sin ser vista y totalmente indemne. Las “Lunas” Windrunner eran ambas unas forestales increíbles. De todos modos, no le sorprendió lo que Vereesa le había pedido, pues cuando eran niñas, les encantaba salir a cabalgar juntas; sobre todo a Vereesa.

La general forestal se hallaba sentada con la espalda apoyada sobre el tronco de un árbol muerto y volvió la cabeza lentamente. Parecía demacrada y frágil. Sylvanas se alegró de poder ofrecerle a su hermana el consuelo de poder realizar una actividad placentera, o al menos eso esperaba. A Vereesa se le desorbitaron los ojos al ver las monturas. Esas cosas muertas la miraron fijamente. Uno de ellos dobló su largo cuello, que carecía de carne, y dio un mordisco a un trozo de hierba. Si bien la hierba fue cayendo al suelo a la vez que la masticaba, no pareció percatarse de ello, así que volvió a doblar esas vértebras para dar otro bocado.

—Son… esqueletos —murmuró Vereesa—. Esqueletos de caballos.

—Muy pocos seres vivos dejarían que los montara, hermana. Muchos ni siquiera soportarían estar cerca de mí. Tendrás que aprender a cabalgar en estas cosas, si vas a vivir en Undercity. Te prometo que te obedecerán.

—Sí, supongo que lo harán —replicó Vereesa.

No hizo ningún ademán de ponerse en pie. Sylvanas soltó las riendas de ambos caballos, pues sabía que no se iban a marchar a ninguna parte, y se sentó junto a su hermana. Con cierta inquietud, preguntó:

—¿Cómo estás?

Había pasado tanto tiempo desde la última vez en que se había interesado por el bienestar de algún otro ser.

Aunque Vereesa cerró los ojos, unas lágrimas se le escaparon entre las pestañas.

—Lo echo tanto de menos, Sylvanas. Tanto.

Sylvanas no podría ofrecerle ningún consuelo. Ni siquiera podía reanimar el cadáver de Rhonin, así que se limitó a quedarse sentada y callada.

—Me alegro tanto, tantísimo, de que vayamos a matar a Garrosh—afirmó Vereesa—. Espero que ese veneno que me vas a entregar sea lento y doloroso. Quiero que sufra, que sufra tanto como me ha hecho sufrir a mí. Me alegro de haber visto lo que he visto hoy. Eso ha avivado las llamas de mi ira. No quiero tener que volver a ver eso jamás… ni siquiera quiero volver a pensar en su muerte. Ya no quiero tener nada que ver con ese mundo.

—Bueno —replicó Sylvanas, a la vez que sacaba una pequeña ampolla de su bolsa—, creo que puedo hacer realidad tus sueños. Esta diminuta ampolla contiene veneno suficiente como para matar a veinte orcos. Y sí… es justo lo que queremos… es lento, le hará sufrir una amarga agonía, y carece de antídoto.

Vereesa reaccionó como si Sylvanas le acabara de hacer un regalo de cumpleaños. Se le iluminó la cara, la tristeza dejó de dominar su semblante y aceptó esa ampolla de una manera casi reverencial.

—Es tan pequeña para ser tan letal —murmuró.

—Si echas una sola gota en cada trozo de la fruta del sol, Garrosh Hellscream dejará de existir.

Vereesa aferró la ampolla con fuerza al mismo tiempo que agarraba con la otra mano el medallón que llevaba sobre ese esbelto cuello. Sylvanas le había devuelto el collar a Vereesa y ahora ambas hermanas llevaban esas joyas de un modo rutinario siempre que pasaban un tiempo juntas.

—Gracias, hermana. Sabía que podía recurrir a ti.

Sylvanas sonrió.

—No sabes bien cuánto te agradezco que lo hicieras. Y respecto a eso de abandonar ese mundo… estoy dispuesta a abrirte el mío. Por eso deseabas quedar aquí, ¿verdad?

Vereesa asintió.

—No podíamos quedar de nuevo en esa aguja, ese sitio me trae muchos recuerdos… tristes —contestó—. Además, quería averiguar dónde voy a vivir en breve.

Al escuchar esas palabras que su hermana había escogido cuidadosamente, Sylvanas tuvo que reprimir una sonrisa y no dijo nada. Esos extraños dolores fantasma, como los que uno siente en un miembro amputado que ya no tiene, iban en aumento, pero Sylvanas decidió ignorarlos con la misma bravura con la que había logrado liberarse del yugo de Arthas. Por primera vez desde que había marchado sobre su antiguo pueblo, dejando a su paso la Cicatriz Muerta como el rastro de una babosa, Sylvanas se sentía… feliz. Aunque había perdido mucho, daba la impresión de que el destino le había entregado un regalo inesperado, que la satisfacía a nivel personal y emocional y que le permitiría obtener más cotas de poder dentro de la Horda. Ella y su hermana serían prácticamente imparables. La violencia y el horror habían arrastrado a Sylvanas hasta el lugar donde se hallaba ahora y las mismas fuerzas habían empujado a Vereesa a acudir a ella.

Tener a alguien conmigo en quien podré confiar será estupendo, caviló. Sí, alguien en quien podría confiar de verdad, que no obedeciera sus órdenes solo por miedo o para obtener un beneficio personal. Alguien que pensara y sintiera igual que ella. Además, daba la sensación de que Vereesa ansiaba lo mismo.

No. obstante, Sylvanas no le había contado todo a Vereesa, por supuesto. Nadie podía estar a la altura de la Reina Alma en Pena si no era un alma en pena. Además, los suyos se sentirían agraviados si tuvieran que obedecer a un ser vivo. Pero ella haría que la muerte de su hermana fuera mucho más delicada y fácil de lo que había sido la suya. Sería una muerte dulce. Vereesa simplemente se iría a dormir y se despertaría totalmente transformada, renacería con una perspectiva de las cosas y una ambición que nadie que aún respirara podría concebir jamás.

—Quizá te haga gracia saber que ya sé cómo se prepara el pescado al curry verde —comentó Vereesa, mientras metía con sumo cuidado ese valioso veneno en una bolsa.

—Por lo visto, en esas cocinas confían mucho en ti.

—Sí. Dentro de un par de días… —De repente, frunció el ceño—. Sylvanas… ¿de verdad puede ser tan fácil? Sigo teniendo la sensación de que algo saldrá mal, de algún modo u otro.

—Nada irá mal, Lunita—le aseguró Sylvanas—. Este momento no es una concesión graciosa del destino, sino que nos lo hemos ganado a pulso, con sudor, lágrimas y tormento. Nos hemos ganado el derecho a obtener esta victoria.

—Así es. Lo único que lamento es que no podamos ver cómo Garrosh Hellscream da su último suspiro.

—Oh —replicó Sylvanas—. Pero sí podemos imaginárnoslo, y tendremos que conformamos con eso. Lo que sí veremos será su cadáver, así como el caos que desatará su muerte. Cuando llegue el día en que podamos decir bien alto que nosotras lo matamos, aquellos que fueron muy lentos a la hora de actuar contra él o muy timoratos nos envidiarán.

Vereesa, que estaba sentada y se agarraba las piernas a la altura de las rodillas, contempló el lago.

—Siempre he pensado que estas tierras eran muy tenebrosas y… tristes —aseveró Vereesa—. Pero hay una extraña belleza en las tinieblas, ¿verdad?

—La hay —respondió Sylvanas—. Aunque no soy una elfa de la noche, sí puedo decirte que ellos entienden perfectamente lo que acabas de decir. En la noche, en ese momento en que las lunas brillan y el sol esconde su rostro, hay una dulzura y pureza especial. Hay belleza en la muerte.

—¿Crees que… que ellos aceptarán tu decisión? ¿Aceptarán que gobierne a tu lado?

—¿Los Renegados o la Horda?

—Cualquiera de ambos. Los dos.

—Al principio, tal vez no—contestó Sylvanas—. Necesitaran un poco de tiempo para acostumbrarse a la idea. Pero aprenderán a apreciarte enseguida y acabarán alegrándose de que te encuentres en Undercity.

—No estoy preocupada por mí —señaló Vereesa—, sino por los niños. Esto va a ser… muy extraño para ellos.

Esas palabras sorprendieron totalmente a Sylvanas. ¿De verdad Vereesa estaba pensando en…? No. Eso era imposible.

La Dama Oscura escogió las palabras con sumo cuidado.

—Sí, lo sería —admitió, como si la idea se le acabara de ocurrir a ella misma—. No tendrían amigos de su edad y resultaría muy difícil explicarles por qué no los van a tener. Podrían ser muy infelices. Undercity… no es un lugar adecuado para unos niños, ciertamente, hermana.

Vereesa apartó la mirada. Sylvanas la observaba como un halcón mientras se maldecía a sí misma por no haberse dado cuenta de que Vereesa no solo era viuda, sino también madre de dos niños. Era la primera vez que la forestal los mencionaba desde que se habían empezado a ver en secreto, ya que era como si, tras la muerte de su padre, Vereesa no hubiera podido pensar en otra cosa que no fuera vengarse.

—No —suspiró Vereesa—. Supongo que no.

Posó una mano sobre la hierba y cogió una piña distraídamente.

Había algo en su tono de voz que hizo que Sylvanas se alarmara, así que la alma en pena dijo:

—Claro que si de verdad quieres que te acompañen, haré todo lo posible para que se sientan lo más a gusto posible. Después de todo, son mis parientes más cercanos… aparte de ti, claro.

Su hermana negó con la cabeza y esos blancos cabellos se agitaron.

—No, tienes razón. No me los puedo imaginar ahí. Ese no sería un buen lugar para ellos. Están mejor donde están ahora. —Vereesa se rio con cierta tristeza—. De todas maneras, no he sido una gran madre para ellos.

De repente, la forestal aplastó la piña que tenía en la mano. Acto seguido, la arrojó muy lejos y los piñones se le fueron cayendo por el aire.

Sylvanas se sintió muy reconfortada, pues Vereesa lo entendía perfectamente. La Dama Oscura se alegró, pues ya no tendría que matar a sus propios sobrinos. No obstante, se sentiría mucho mejor cuando su hermana estuviera muerta. Entonces, podrían estar juntas.

Para siempre.

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