Crímenes de Guerra – Capítulo Veintiséis

Crímenes de GuerraTras esa revelación, Jaina seguía en una nube. Aunque sabía que esa sensación acabaría desapareciendo, por el momento se alegraba de sentirse así. Bullían en su interior tantas emociones contrapuestas, tan intensas, que no deseaba reflexionar sobre ellas… aquí y ahora no, eso seguro. Al menos, Varian no se había girado de inmediato hacia ella o su hijo para llamarlos traidores y, de momento, eso era más que suficiente. El rey humano aguardaba a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Y, a decir verdad, ella también.

La acogedora salita de Jaina, cuya chimenea estaba flanqueada por dos sillas e hileras de libros, apareció en imagen. La archimaga notó un mareo momentáneo. Esa salita era muy austera y sencilla. Solo era una habitación. Pero ya no existía, había sido reducida a polvo violeta junto a todo lo demás, junto a todos los demás, en Theramore. El crepitar del fuego, el tintineo de las tazas al chocar contra los platitos, las carcajadas y las animadas conversaciones intelectuales que se solían oír ahí… ya nunca volverían a escucharse.

La archimaga no podía apartar la mirada de la escena y buscó a tientas la mano de Kalecgos. Este la cogió de la mano con fuerza.

Entonces, se vio a sí misma, con una túnica que se había puesto rápidamente…

Con el pelo de color rubio y unos ojos teñidos de bondad, con un rostro donde solo había una arruga en toda la frente, cuyos labios solían pronunciar palabras amables y no proferir chillidos de dolor.

Ese era un semblante que ahora le era ajeno.

A Jaina se le hizo añicos el corazón al enfrentarse a esa prueba tan clara de que, hasta hace no mucho, había sido tremendamente inocente. No quería derrumbarse, no delante de todo el mundo, y Kalec era consciente de ello, así que no hizo ningún ademán de rodearla con un brazo o reconfortarla de alguna otra forma, sino que se limitó a agarrarla de la mano mientras permanecía tan quieto como una piedra.

La Jaina de la Visión deambulaba de un lado a otro de la sala. Entonces, se volvió para saludar a su visita. Parezco tan pequeña comparada con un tauren, pensó Jaina. Esa observación tan mundana fue un pequeño oasis en medio de ese huracán personal de emociones que estaba sufriendo. El tauren vestía una capa y permanecía tranquilo, ni siquiera protestó por la rudeza con la que le trataron los guardias que lo guiaron hasta ahí dentro.

—Déjennos a solas —ordenó Jaina.

Mi voz… ¿de verdad sonaba tan joven?

—Milady, ¿de veras quiere que la dejemos a solas con esta… criatura? — preguntó uno de los guardias.

La archimaga fulminó con la mirada al guardia.

—Ha venido en son de paz, así que no permito que se refieran a él de esa manera.

Avergonzado, el guardia se ruborizó ligeramente y, tras hacer una reverencia a su señora, él y los demás se retiraron.

Perith se quitó la capucha.

—Lady Jaina Proudmoore. Me llamo Perith Stormhoof. Vengo porque así me lo ha ordenado mi Gran Jefe. Me ha pedido que te dé esta maza. Dijo que… te ayudaría a creer que mis palabras son ciertas.

Se trataba de Fearbreaker. Una exquisita y antigua arma enana, que Magni Bronzebeard le había entregado a Anduin Wrynn, quien a su vez se la había entregado a Baine Bloodhoof en esa misma sala. Solo en ese instante recordó la Jaina del presente que había tenido esa arma en sus manos durante esa reunión. La Jaina del pasado la aferraba en ese momento y pudo comprobar que seguía tan prístina y perfecta como el mismo día que fue forjada. La cabeza era de plata y estaba rodeada por unas bandas de oro, asimismo tenía grabadas unas runas y estaba ornamentada con unas diminutas gemas.

—Fearbreaker es inconfundible —aseveró la Jaina del pasado.

Sí, esa arma tan peculiar era muy reconocible para todo el mundo. Todos aquellos que conocían a Anduin sabían perfectamente cómo era Fearbreaker, por lo cual

Tyrande acababa de demostrar la participación no solo de la Dama de Theramore sino también del príncipe de Stormwind en toda esta trama conspiratoria.

—Él sabía que la reconocerías. Lady Jaina… mi Gran Jefe te tiene en muy alta estima y te está muy agradecido, así que, en virtud del recuerdo de la noche en que le fue entregada Fearbreaker, me ha enviado para avisarte de algo muy importante. El Fuerte del Norte ha caído en manos de la Horda.

Se oyeron unos gritos furiosos, algunos dirigidos contra Jaina, pero la mayoría contra Baine. Jaina entendía perfectamente por qué. Haber recurrido a Jaina para que la ayudara a combatir contra Magatha —lo cual era un mero conflicto interno— no era lo mismo que avisarla de un ataque de la Horda contra la Alianza. Por primera vez desde lo que parecía ser una eternidad, Jaina se sintió muy preocupada por el bienestar de un miembro de la Horda.

Taran Zhu golpeó el gong y, si bien la tensión no menguó, los espectadores se callaron. Nadie quería ser expulsado de la sala a estas alturas.

La imagen de Perith siguió hablando:

—Se siente muy mal porque esta victoria ha sido obtenida gracias al uso de magia negra chamánica. A pesar de que le repugnan ese tipo de actos, Baine, para proteger a su pueblo, ha aceptado que los tauren sigan sirviendo a la Horda cuando se les necesite. Desea enfatizar que, a veces, esta obligación le suscita muy poca alegría.

Si bien la cólera que reinaba en el ambiente menguó, en la sala seguían saltando chispas de furia.

—Le creo perfectamente —se oyó decir Jaina a sí misma—. Aun así, ha participado en un acto de violencia contra la Alianza. El Fuerte del Norte…

—Eso es solo el principio —la interrumpió Perith—. Hellscream no se va a conformar con un simple fuerte.

—¿Qué?

La Jaina del presente revivió la sensación que la invadió en ese momento; había sido como un puñetazo en el estómago.

—Su meta es conquistar todo el continente, ni más ni menos. En breve, ordenará a la Horda marchar sobre Theramore. Hazme caso, sus tropas son muy numerosas. Con sus defensas actuales, caerán. Mi Gran Jefe se acuerda de que le prestaron ayuda cuando la necesitaba, por eso me ha pedido que te avise. No desea que te sorprendan.

—Tu Gran Jefe es un tauren realmente honorable—replicó, embargada por la emoción—. Me siento orgullosa de que me tenga en tan alta estima. Le agradezco este oportuno aviso. Por favor, di le que ha ayudado a salvar las vidas de muchos inocentes.

—Lamenta que solo pueda darte un aviso, mi señora. Y… te pide, por favor, que te quedes con Fearbreaker y se lo devuelvas a aquel que se la regaló de manera tan generosa. Baine cree que ya no debe guardarla.

Si, pensó Jaina, seguramente Voljin lo entenderá… tal vez incluso supiera ya que todo esto había ocurrido…

—Me aseguraré personalmente de que Fearbreaker regrese a manos de su antiguo dueño —respondió la imagen de Jaina, cuya voz estaba plagada de aprecio y gratitud.

Yo era… buena, se dio cuenta la Jaina del presente. En ese entonces, era buena…

Se percató de que Perith también era consciente de eso mismo mientras hacía una profunda reverencia ante ella. Rápidamente, Jaina escribió una nota, la selló y se la dio al Caminamillas.

—Si te detienen, esto es un salvoconducto que te permitirá cruzar el territorio de la Alianza.

El tauren se echó a reír.

—No me capturarán, pero te agradezco que te preocupes por mí.

—Y dile a tu noble Gran Jefe que no circularán rumores acerca de que un Caminamillas tauren me ha visitado. A todo aquel que me pregunte, le diré que me enteré de esto gracias a un explorador de la Alianza que logró escapar de la batalla. Toma un refrigerio y, luego, vuelve sano y salvo a tu hogar.

—Que la Madre Tierra siempre te sonría, señora —se despidió Perith—. Tras haberte conocido, ahora entiendo mucho mejor la decisión de mi Gran Jefe.

—Algún día —afirmó la Jaina del pasado con suma seriedad—quizá luchemos en el mismo bando.

—Algún día, tal vez. Pero ese día no es hoy.

Ni tampoco lo es ahora, en el presente, pensó Jaina.

—Majestad —preguntó la archimaga dirigiéndose a Varian a la vez que seguía mirando al frente mientras la escena se desvanecía—, ¿me vas a arrestar por traición?

—Tengo una pregunta que hacerte.

Ella se volvió y lo miró. Tenía esa cara cubierta de cicatrices vuelta de perfil y su mirada furibunda no estaba clavada en ella, sino en Baine.

—¿Crees que Baine sabía lo de la bomba de maná? ¿Crees que tuvo algo que ver con ese plan con el que se atrajo a todos esos generales a Theramore?

—No.

La respuesta brotó de los labios de Jaina con celeridad, con certeza.

Gracias a esa sola palabra, tuvo la extraña sensación de que se había quitado un gran peso de encima.

Varian asintió lentamente.

—Bien —replicó—. Todavía no he tomado una decisión. Cuando todo esto acabe, Anduin y tú me lo van a contar todo. —Ahora sí que la miraba a ella, y en sus ojos azules se reflejaban las llamas de sus emociones—. Todo.

—Chu’shao Whisperwind —dijo Taran Zhu—, ¿tienes algo más que preguntarle al testigo?

—No. Lord Zhu —respondió Tyrande.

—Chu’shao Bloodhoof, si quieres, puedes hablar un momento con el acusado y…

—No necesito ningún momento —le interrumpió Garrosh. Jaina se sobresaltó al oír su voz, ya que Garrosh se había limitado a permanecer sentado y escuchar y no había hecho otra cosa desde hacía mucho tiempo. Habló con una voz potente y clara que se oyó por toda la sala, aunque no era ese rugido arrogante con el que estaba acostumbrada a oírlo hablar—. He tomado una decisión.

—La defensa debería hablar… —replicó Taran Zhu.

—Seré yo quien hable —volvió a interrumpirle Garrosh, el cual alzo aún más la voz—. Baine Bloodhoof seguirá defendiéndome.

Baine inclinó las orejas hacia delante al máximo al oír esas palabras. Jaina suponía que, sin lugar a dudas, él, al igual que todos los demás, había dado por sentado que Garrosh se sentiría ultrajado al ver cómo el tauren había confraternizado con el enemigo.

Al parecer, Tyrande era incapaz de creérselo.

—Fa’shua, yo…

—El acusado está satisfecho con su chu’shao —afirmó Taran Zhu, quien también parecía un tanto sorprendido, aunque recobró la compostura de inmediato—. Te sugiero que aceptes esa decisión con dignidad, Chu’shao Whisperwind. ¿Tienes algún testigo más al que llamar?

—Solo uno más, Fa’shua.

—Pues lo harás mañana. Baine, ¿estás preparado para llamar a los tuyos en cuanto hayamos acabado con los de la acusación?

—Sí, por supuesto —contestó Baine.

—Muy bien. Creo que ya hemos tenido bastantes sorpresas por hoy. Antes de que todo el mundo se marche, quiero recordarles que este templo es un lugar donde reina la paz. Sean cuales sean sus opiniones y sentimientos sobre lo acaecido hoy aquí, será mejor que hablen sobre ello de manera civilizada y no se dejen llevar por lo que sienten.

Golpeó el gong tres veces para dar por concluida la sesión del día de un modo formal.

Jaina se levantó para marcharse, pero Varian la agarró del brazo.

—Aún no. Tú y yo vamos a tener una pequeña charla.

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