Crímenes de Guerra – Capítulo Veinticuatro

Crímenes de GuerraDía Seis

Chu’shao Whisperwind, puedes llamar a tu primer testigo.

—Gracias, Fa’shua. Llamo a Gakkorg, quien formó parte de los Kor’kron.

Ya no quedaban muchos Kor’kron. La mayoría habían apoyado a Garrosh, hasta el punto de que habían batallado contra las fuerzas de Go’el cuando este había llegado a las Islas del Eco. Vol’jin todavía no había escogido a su guardia especial, aunque Baine se imaginaba que acabaría habiendo unos cuantos trolls en ese cuerpo de élite. Los pocos Kor’kron que habían sobrevivido se encontraban en prisión, salvo este. Gakkorg había desertado mucho antes, antes incluso de que hubiera sido descubierta Pandaria. A pesar de que habían puesto precio a su cabeza, el sagaz orco había logrado mantenerse oculto.

Era más joven de lo que había esperado Baine y, como era habitual en los Kor’kron, se trataba de un espécimen físicamente perfecto. Su piel tenía una tonalidad verde oscura, casi esmeralda, y se acercó cojeando a la silla de los testigos para prestar juramento.

—Por favor, dinos tu nombre y cargo —pidió Tyrande.

—Soy Gakkorg. Tal y como has señalado, en su día fui miembro de los Kor’kron y serví bajo las órdenes del Jefe de Guerra Thrall y luego de Garrosh Hellscream.

—Pocos de los que, “en su día”, sirvieron del mismo modo que tú al líder la Horda han sobrevivido —reflexionó Tyrande.

—¡Con todo respeto, protesto! —gritó Baine.

—Estoy de acuerdo con la defensa —dijo Taran Zhu—. Por favor haz las preguntas sin añadir comentarios, Chu’shao.

—¿Cuándo dejaste de estar a su servicio? —preguntó Tyrande.

—Poco después de la primera campaña de Garrosh para conquistar el continente de Kalimdor.

—Gracias. Chromie, la Visión, por favor.

El dragón de la Visión del Tiempo se despertó ante las sutiles manipulaciones de Chromie. Al instante, el Gakkorg del pasado apareció; llevaba un saco lleno y manchado de sangre al hombro mientras se aproximaba a una de esas muchas Casas Comunales de metal desvencijadas que se hallaban esparcidas por todo el Muelle Pantoque.

El suelo de esa Casa Comunal, que daba cobijo a unos cautivos, estaba cubierto de paja.

En un principio, estaban dormidos, pero se despertaron en cuanto la puerta se abrió. Había cuatro y todos ellos llevaban una robusta cadena en alguna de las patas delanteras que los mantenía atados. Bostezaron, se desperezaron y el sueño abandonó esos grandes ojos marrones. Murmuraban picados por la curiosidad y, aunque sus rostros eran más grandes que el de un humano adulto, seguían siendo pequeños para ser de esa raza. Tenían un pelo espeso y largo, que les llegaba hasta la espalda, repleto de rizos de bebé de color negro, marrón y gris. Solo llevaban unos trozos de pieles de animal a modo de ropa, lo cual conformaba un atuendo muy primitivo. En cuanto olisquearon el aire, se dieron cuenta de qué era lo que traía Gakkorg. Emocionados, dieron palmadas y lanzaron gritos de júbilo. Movieron las colas muy contentos y pisotearon el suelo con fuerza.

Eran crías de magnatauros.

—Eso es, pequeños —los animó Gakkorg—. Hagan todo el ruido posible para que sus padres puedan oírlos.

Sacó un trozo de carne chorreante del saco y los niños se volvieron locos. Unas risas brotaron de la garganta de uno de ellos. El resto chilló ansioso, mientras unas lágrimas relucían en esas mejillas tan redondas, al mismo tiempo que extendían los brazos.

La imagen de Gakkorg los contempló por un momento. Entonces, negó con la cabeza y masculló algo entre dientes. Le lanzó un trozo de carne a uno de ellos, a una pequeña hembra, que brincaba como podía con esa pata delantera encadenada. Acto seguido, esta se dejó caer al suelo para devorar esa carne endulzada. Los demás chillaron aún más para pedir su parte, y Gakkorg repartió lo que quedaba.

Enseguida, los cuatro, desde el más joven, que apenas era un bebé, al mayor, un macho al que le empezaban a sobresalir muy levemente unos colmillos a ambos lados de la cara, estaban masticando la comida.

—Párala aquí, por favor. —La escena se detuvo—. ¿Quiénes son? ¿Qué son esas crías? —inquirió Tyrande.

El semblante de Gakkorg se tornó gris por culpa de la tristeza.

—Crías de magnatauro —contestó—. Garrosh los secuestró para obligar a los adultos a luchar por él en Vallefresno.

—¿Fueron torturadas de algún modo?

—No —respondió el orco—. Mi tarea consistía en darles de comer y cuidarlas. Cuando sus padres se rebelaban, les daba algún manjar especial para que armaran mucho miedo de repente. Les encantaba la carne endulzada con miel. Como sus padres no podían saber qué les estábamos haciendo, se preocupaban y así eran más fáciles de manejar. Yo nunca habría torturado a unas crías, elfa de la noche.

—Pero sí las secuestraste —replicó Tyrande, quien se estaba limitando a señalar un hecho incontestable.

Gakkorg se frotó la cara.

—Sí, es cierto —contestó con pesar.

—¿Los adultos lucharon por la Horda en esa batalla? —preguntó Tyrande, aunque sabía perfectamente que así había sido, ya que la suma sacerdotisa lo había visto con sus propios ojos.

—Así fue.

—¿Y qué fue de ellos?

—Los mataron —respondió Gakkorg.

—Por tanto, esos niños quedaron huérfanos —concluyó Tyrande—. Los adultos murieron al cumplir con su parte del pacto. ¿Qué era lo que había prometido Garrosh como contrapartida?

—Les dijo a los magnatauros que mataría a sus vástagos si los adultos no luchaban. Les prometió que si peleaban por la Horda, liberaría a los crios.

—Entiendo. ¿Cumplió su palabra?

Gakkorg no contestó de inmediato. Permaneció sentado mientras contemplaba las imágenes de esos niños, congelados en el tiempo, donde toda la repugnante sangre que chorreaba de esa comida quedaba compensada con la alegría y la inocencia con la que devoraban ese manjar.

—Responde a la pregunta, por favor —insistió Tyrande.

Gakkorg se estremeció.

—Sí… y no. Los magnatauros… bueno, no son las espadas más brillantes de la armería. Además, Garrosh fue muy cuidadoso con las palabras que empleó. —En ese instante, apartó la mirada de la escena y contempló a Garrosh con los ojos entornados. Las siguientes palabras las pronunció con sumo desprecio—: Sí, liberó a esos críos. Los magnatauros habían dado por sentado que con eso Garrosh había querido decir que los llevaría de vuelta a su hogar.

Sin embargo, dio la orden de que fueran liberados en las playas de Azshara.

Baine cerró los ojos. No se atrevía a mirar a Garrosh, porque temía que la rabia lo dominara y acabara atacando a su defendido por esa atrocidad que había cometido.

—Pero podían defenderse por sí solos, ¿verdad?

—Tal vez hubieran podido hacerlo en Northrend, donde sabían qué era seguro y qué no, donde podrían haber dado con adultos de su misma raza, pero los liberaron en la Playa Arrasada.

—¿Y ese no era un lugar seguro?

—En la Playa Arrasada, hay nagas —contestó Gakkorg con un hilo de voz. No dijo nada más, no hacía falta.

—¿Y qué hiciste en cuanto te enteraste de esto?

—Me quite el tabardo y desaparecí —contestó—. Y no fui el único.

—Gracias. Acabamos de escuchar otro testimonio más que demuestra que se puede acusar a Garrosh Hellscream de secuestro —y asesinato— de niños. Chu’shao Bloodhoof, puedes interrogar al testigo.

Baine ni siquiera fue capaz de hablar para declinar el ofrecimiento. Se limitó a agitar una mano en el aire para responder que no. No tenía nada que preguntarle a Gakkorg; además, temía que si interrogaba al orco, solo podría felicitarlo por haber desertado y nada más.

Mientras Tyrande regresaba a su asiento y Gakkorg volvía a su lugar en las tribunas, un centinela hizo acto de presencia y se dirigió directamente hacia Tyrande. Hablaron con premura y la elfa arqueó las cejas. No parecía creerse lo que le estaba contando, pero entonces el centinela dijo algo que, al parecer, la convenció.

—Chu’shao Whisperwind —dijo Taran Zhu—, ¿te importaría compartir la información que acabas de recibir con el tribunal?

—Un momento, Fa’shua.

Los dos elfos de la noche siguieron hablando entre susurros sibilantes, hasta que Tyrande por fin asintió. El centinela salió de ahí a paso ligero mientras la suma sacerdotisa recuperaba la compostura. Daba la impresión de hallarse anonadada, satisfecha y abrumada al mismo tiempo. Al final, se levantó, de modo que su túnica hizo un suave ruido con el roce y, durante un largo instante, se limitó a estar de pie frente al escritorio. No hizo ademán alguno de llamar a algún testigo, sino que recorrió la multitud con la mirada y, a continuación, alzó la vista hacia los Celestiales, como si estuviera intentando tomar una decisión. Baine se encontraba muy alerta. Tyrande siempre se mostraba confiada y serena, pero ahora parecía… serenamente triunfal.

—Lord Zhu —dijo—, presento una petición formal de que ese juicio se considere nulo de manera irreparable.

Los murmullos recorrieron esa estancia y Taran Zhu tuvo que golpear el gong. Por primera vez desde que el juicio había comenzado, Garrosh se inclinó hacia Baine para hablar.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Depende de lo que quiera, o bien cree que serás absuelto (lo cual no creo que suceda ni por asomo), o bien quiere un nuevo jurado.

—Lo cual significa que me ejecutarán, sin lugar a dudas.

El orco hablaba con un tono de voz muy monótono, como si estuviera aburrido. Baine lo fulminó con la mirada.

—Solo hay un puñado de seres capaces de dictar un veredicto imparcial. Cuatro de ellos componen ahora mismo este jurado.

—Me reafirmo en lo que he dicho.

Baine no contestó. En cuanto el furor remitió, Taran Zhu dijo:

—Chu’shao, ¿quieren hacer el favor de acercarse al estrado con sus consejeros del tiempo?

Cuando todos se hallaron ante él, Taran Zhu lanzó una mirada a Tyrande plagada de enojo. Baine se percató de que Chromie tampoco parecía especialmente contenta.

—La acusación debería explicarme por qué, en un momento tan avanzado del proceso, quiere que declare este juicio nulo —afirmó el pandaren.

—Se me ha señalado, y es una información que he de compartir con todos ustedes, que Chu’shao Bloodhoof no puede representar al acusado por una razón de conflicto de intereses. No creo que pueda llevar a cabo una labor justa y, por tanto, pido que se declare formalmente la nulidad de este juicio y que se nombre a una nueva defensa y a un nuevo jurado.

—Chu’shao —replicó Taran Zhu, con una mezcla de seriedad y exasperación—, estoy empezando a dudar de que seas consciente de que es prácticamente imposible dar con alguien, ya sea de la Horda, la Alianza o de cualquier otro bando, que sea capaz de representar de una manera justa al acusado.

—Pues entonces tendrás que buscarlo—le espetó Tyrande.

—¿Con qué clase de evidencia cuentas?

Tyrande tuvo la decencia de mostrarse al menos un tanto incómoda.

—Me acaban de informar de que se ha localizado a un testigo que dará un testimonio que, cuando menos, no dejará en buen lugar a Chu’shao Bloodhoof. Preferiría no tener que manchar su reputación de una manera innecesaria. Creo que si escuchan esta información, el jurado se verá tan influenciado por ella que será incapaz de dictar un veredicto justo.

Taran Zhu se cruzó de brazos y la escrutó durante un largo instante.

—No me gustaría ser tu enemigo, Lady Tyrande.

—Me alegro de que no lo seas, Lord Zhu.

—¿Y quién es ese testigo sorpresa?

—Preferiría que…

—¡Dilo ya! —La interrumpió un furioso Baine—. ¡Me importa un comino lo que prefieras, Chu’shao! ¿De quién se trata?

Taran Zhu alzó una zarpa.

—Te ruego silencio, Chu’shao Bloodhoof. Tyrande… Todos conocemos lo que opina Baine sobre Garrosh. Incluso habló sobre ello en su discurso de apertura del juicio. Si tenías alguna objeción al respecto, deberías haberla planteado entonces.

—En ésos momentos, no contaba con este testigo, Fa’shua.

Taran Zhu permaneció inmóvil un largo rato, Entonces, dijo al fin:

—Chu’shao Bloodhoof, está claro qué pretende lograr Chu’shao Whisperwind. Tengo más fe en los Celestiales y en su capacidad de dictar un veredicto justo que ella, pero me gustaría saber qué piensas sobre esto. Según parece, esto podría perjudicarte mucho.

En ese preciso instante, Baine se dio cuenta de qué ocurría. Taran Zhu haría lo que creyera mejor, por supuesto. Estaba en su derecho a hacerlo como Fa’shua que era. Pero le había hecho una pregunta y el tauren debía contestarla sinceramente. También comprendía que Tyrande no tenía por qué haber hecho ésta petición. Si ese testimonio era tan perjudicial para él como ella parecía creer —y no tenía ninguna razón para dudar de que no estuviera en lo cierto—, podría haberse limitado a llamar al testigo y que las cosas discurrieran como debían. La sacerdotisa intentaba mostrarle cierto respeto… y tal vez también hacerle un favor.

—Hubo un momento en que habría agradecido que sucediera algo así —aseveró el tauren—. En el que a pesar de haber cumplido mi cometido lo mejor posible, me habría sentido aliviado al no tener que seguir desempeñando esta labor. La Madre Tierra bien sabe las dudas que he tenido al respecto. Yo no pedí asumir esta pesada carga y estoy seguro de que, sea quien sea el testigo con el que ha dado Tyrande, este hará público qué es lo que pienso sobre el acusado y qué sentimientos provoca en mí. Aunque sea un pobre defensor de su causa, sigo siendo la mejor opción que le queda a Garrosh Hellscream. Se me pidió que lo defendiera y eso voy a hacer, a pesar de los riesgos que corra a nivel personal. Esta es mi opinión, Lord Zhu.

Para su sorpresa, Tyrande parecía hallarse muy triste. Entonces, la elfa se volvió hacia y él y dijo con suma seriedad:

—Me parece que no eres capaz de apreciar la trascendencia de lo que está a punto de suceder. No quiero convertir esto en un ataque personal.

—Pero lo estás haciendo.

—¡He de hacerlo! —Si bien mantuvo un tono de voz bajo, cada silaba de esas palabras transmitió la honda pasión con que las pronunciaba—. Si es necesario, te sacrificaré, Baine Bloodhoof, para presentar la acusación más sólida posible. Sacrificaré cualquier cosa y a cualquiera.

Baine respiró hondo y luego exhaló con fuerza. Se enderezó cuan largo era y, tras bajar la mirada hacia la elfa de la noche, replicó con suma calma:

—Adelante, entonces.

Taran Zhu, que los estaba observando a ambos, dijo:

—Que así sea. Chu’shao, puedes presentar al testigo. Después de que aporte su testimonio, el acusado podrá elegir entre seguir con Baine como Chu’shao o no.

Tyrande cerró los ojos por un instante.

—Baine Bloodhoof, lo que va a suceder a continuación… es responsabilidad tuya. Gracias, Fa’shua.

Antes de que Kairoz pudiera sentarse, cogió a Baine del brazo y susurró:

—Sé qué tiene preparado contra ti. ¡No tengo tiempo de buscar una Visión que contradiga la que va a presentar y no se me ocurre nada de manera improvisada!

—No hará falta —replicó Baine de un modo estoico—. Si Chromie tiene algo que ver con todo esto, está claro que Tyrande planea demostrar con una Visión esa prueba que va a presentar, no se va a limitar a un mero interrogatorio. Solo me resta confiar en que la verdad hablará por sí misma. Aceptaré las consecuencias.

—Eres tan idealista como el joven príncipe —murmuró un frustrado Kairoz.

Baine resopló, pues le divertía la ironía que encerraba ese comentario.

—Me han llamado cosas peores —replicó y, acto seguido, volvió a su asiento.

Garrosh se inclinó hacia él de nuevo y le preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—El juicio prosigue. Esta vez, te tocará tomar una decisión. Podrás decidir si sigo defendiéndote o no. Si optas por que deje de ser tu defensor, Taran Zhu te designará a otro Chu’shao.

—¿Por qué iba a desear hacer algo así cuando estás logrando que mis últimos días sean, al menos, muy entretenidos?

Tyrande, que se encontraba junto a la silla de los testigos, tomó aire y dijo a continuación:

—Por favor, tengan en cuenta que considero al próximo testigo como extremadamente hostil al acusado. Llamo a declarar al Caminamillas Perith Stormhoof.

En ese mismo instante, Baine comprendió hasta dónde pretendía llegar Tyrande Whisperwind para obtener una sentencia condenatoria.

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