Crímenes de Guerra – Capítulo Veinticinco

Crímenes de GuerraEl tauren Caminamillas Perith Stormhoof se aproximó a la silla lentamente, con la misma actitud de alguien que se dirigiera a una ejecución. Se sentó con dignidad y esperó.

—Por favor, dile tu nombre a la corte —le pidió Tyrande.

—No voy a testificar —replicó Perith, con un tono de voz grave y casi carente de emoción, aunque Baine sabía que todo era pura fachada.

—Perith Stormhoof —le advirtió Taran Zhu—, si has sido llamado a testificar, estás obligado a dar testimonio.

—Presté un juramento, primero ante Cairne Bloodhoof y después ante Baine Bloodhoof, por el que me comprometí a no decir ni hacer jamás nada que pudiera perjudicarlos. Soy el leal guardián de sus secretos. No podrán obligarme a hablar.

—Según la ley pandaren, puedo retenerte indefinidamente hasta que decidas testificar —afirmó Taran Zhu.

—Permaneceré en prisión y mantendré mi palabra y mi honor hasta el fin de mis días antes que traicionar a mi Gran Jefe.

Baine se hartó y se puso en pie.

—Perith Stormhoof, te ordeno que hables. Nos has demostrado con creces tu lealtad, tanto a mí como a mi padre, y en nombre de ambos, te prometo que no te guardaré rencor por nada de lo que vayas a decir. Este es un lugar donde reina la verdad, algo que tanto Cairne como yo siempre apreciamos, así que cuenta la verdad, tal y como requiere la ley pandaren.

La máscara que había portado Perith hasta entonces se desvaneció cuando lo miró angustiado. Sin lugar a dudas, pensaba que Baine no era consciente de las terribles consecuencias que podría tener lo que le estaba pidiendo que revelara. Pero Baine sí que lo sabía y, en cierto modo, se sentía aliviado por ello. El Gran Jefe asintió, como si dijera “adelante”.

—Hablaré solo porque mi Gran Jefe me ha dicho que he de hacerlo—afirmó, con un pesar que era casi palpable.

—Que el jurado tome nota de que se trata de un testigo… hostil —pidió Tyrande, quien no mostró ningún júbilo por el hecho de que Perith hubiera dado su brazo a torcer, pero tampoco mostró arrepentimiento alguno—. Por favor, dinos tu nombre y cargo.

—Soy Perith Stormhoof. Soy un Caminamillas que sirve a Baine Bloodhoof y sirvió a su padre, Cairne, antes que a él.

—Explícanos qué hace un Caminamillas.

—Sobre todo, somos mensajeros, pero no solo eso. Conocemos el contenido de las misivas que llevamos. Conocemos los secretos del Gran Jefe —contestó con un tono monótono teñido de derrota—. Conocemos los sitios más seguros por los que viajar, en todos los sentidos, por lo cual tanto nosotros como nuestras cruciales misiones no suelen correr ningún peligro.

—Cuando no estás enviando mensajes de parte del Gran Jefe Baine, ¿dónde sueles estar normalmente?

—Con él.

—¿Como consejero, como asesor?

Perith sacudió esa cabeza de cabellos grises.

—No. Como si fuera una mera sombra, salvo cuando me necesita.

Garrosh se inclinó hacia Baine y le comentó:

—Esa elfa te va a destrozar, tauren.

—Estoy bastante seguro de que así será —replicó Baine.

—Entonces, ¿por qué…?

—Por la paz —masculló, con un tono amenazadoramente bajo.

—Así que conoces muchos secretos —prosiguió Tyrande—. La acusación desea que conste en acta que el único fin de este testimonio es contribuir a que este proceso sea lo más justo posible. No tengo ningún deseo de revelar secretos de la Horda para ayudar a la Alianza.

—Si pensara que pudieras hacer algo así, Chu’shao, haría todo lo posible para expulsarte del juicio —le advirtió Taran Zhu de un modo un tanto jocoso.

Baine no elevó la vista hacia las tribunas, para comprobar la reacción de algún miembro de la Alianza. No iba a poner ningún impedimento a esto. Por favor. Madre Tierra, que esto sea lo mejor para todos nosotros… estamos tan hartos de tanta guerra.

Pese a que Tyrande frunció ligeramente el ceño, acabó agachando la cabeza y volvió a centrar su atención en Perith.

—¿Cuándo empezaste a servir a Baine Bloodhoof?

—La misma noche en que su padre fue asesinado —contestó el Caminamillas—. Los Grimtotem habían tomado Thunder Bluff y habían atacado el Poblado de Bloodhoof. Como Baine había recibido un aviso a tiempo, pudo escapar, gracias a la Madre Tierra.

—¿Fuiste tú quien lo avisó?

—No. Yo había acompañado a Cairne a Orgrimmar. Después del mak’gora… me demoré y no regresé a tiempo. Los Grimtotem nos vigilaban. Me encontré con Baine después, en el Campamento Taurajo.

—Entonces, ¿quién lo avisó?

—Un chamán Grimtotem llamado Stormsong, que tenía mucho más honor que Magatha.

—Está claro que Baine tuvo mucha suerte. Si el tribunal me da su permiso, me gustaría presentar una Visión de lo que sucedió esa terrible noche.

Baine cerró los ojos por un momento y rezó para serenarse, mientras la escena se manifestaba. Ahí estaban él, Jorn Skyseer, Hamuul Runetotem y Perith; este último sentado al fondo, tal y como era habitual en él. Si bien Baine respetaba profundamente a Perith, este tauren prefería mantenerse siempre al margen, ya que esa actitud formaba parte de su papel como Caminamillas.

—Magatha ya tiene lo que quería —aseveró la imagen de Hamuul mientras les servían la comida—. Controla Thunder Bluff, el Poblado Bloodhoof y, probablemente, también el Campamento Mojache. Si no la detenemos pronto, acabará controlando a todos los tauren.

—Pero no Roca de Sol —apostilló Jorn con suma calma—. Han mandado un mensajero. Al parecer, han sido capaces de repeler el ataque.

Baine se vio a sí mismo asentir, gruñir levemente y dar un bocado a la comida por pura necesidad más que por apetito.

—Archidruida —dijo la imagen de Baine un momento después—, mi padre siempre confió en tu consejo. Y nunca lo he necesitado más que ahora. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos luchar contra esa orco?

Hamuul no respondió de inmediato. Pero al final contestó:

—Por lo que hemos podido saber, la mayoría de los tauren se encuentran ahora bajo control de Magatha… de manera voluntaria o no. Garrosh tal vez no sea culpable de traición, pero no hay duda de que es un cabezota impulsivo y, de un modo u otro, deseaba ver a tu padre muerto. Undercity no es un lugar seguro para ti, pues está patrullada por orcos que, con casi toda seguridad, son leales a Garrosh. Los trolls Darkspear sí es probable que sean dignos de confianza, pero no hay muchos. Y respecto a los elfos de sangre, se hallan demasiado lejos como para poder ayudamos. Es probable que Garrosh llegue hasta donde están antes que nosotros.

Baine estalló en carcajadas, pero eran unas risas amargas.

—Según parece, nuestros enemigos son más de fiar que nuestros amigos.

—O, al menos, más accesibles —replicó Hamuul.

La imagen de Baine se quedó callada, sumida en sus pensamientos. Al final, movió la cabeza de lado a lado y agitó las orejas tras haber tomado una decisión.

—Prefiero siempre a un enemigo honorable antes que a un amigo sin honor. Así que acudiremos a un enemigo honrado. Buscaremos a esa mujer en la que tanto confiaba Thrall. Recurriremos a Jaina Proudmoore.

El caos se desató en la sala del juicio.

* * *

Jaina se quedó mirando fijamente a Tyrande, al mismo tiempo que las voces que oía a su alrededor sonaban tan ahogadas e ininteligibles como si se hallara bajo el agua. No podía notar esa mano que la agarraba de la suya, ni tampoco esa otra que la agarraba de los hombros y la zarandeaba. Solo podía contemplar a Tyrande, a la vez que la invadía una terrible sensación, que no podía quitarse de encima, de que esa sacerdotisa la había traicionado. La elfa de la noche le devolvió la mirada con una mezcla de determinación implacable y profunda compasión.

—¿Cómo me ha podido hacer esto? —murmuró Jaina.

Habría esperado algo así de Baine, pero de Tyrande…

—¡Jaina! —exclamó Kalec, cuya voz sonó más alta y potente que nunca. La tenía agarrada de los hombros y la zarandeaba. Esas violentas sacudidas la sacaron de su ensimismamiento y, de improviso, todo pareció acelerarse y volverse terriblemente estruendoso; todo el mundo estaba gritando mientras Taran Zhu golpeaba el gong. Jaina apartó la mirada de Tyrande y escrutó a Varian, quien también estaba gritando.

—Jaina, ¿por qué no me habías contado nada al respecto?

Anduin tenía los ojos como platos. Al parecer, él también había decidido que el silencio era la mejor opción cuando se trataba de ayudar al Gran Jefe tauren.

Ojalá la Luz los ayudara ahora tanto a ella como a Anduin.

—Todo se viene abajo —murmuró la archimaga—. Todo. Todo se derrumba.

—Jaina —dijo Kalec—, Taran Zhu ha decretado un receso de diez minutos. Podemos marchamos si lo deseas. No tienes por qué quedarte aquí para ver esto.

—¿Qué es eso de que no tiene que quedarse aquí? —exigió saber Varian, quien estaba haciendo un gran esfuerzo para calmarse, pero solo lo estaba logrando en parte—. Esto es igual que lo que sucedió con los Sunreavers. Jaina, deberías habérmelo contado. Cuéntamelo todo para que pueda prepararme para lo que se nos viene encima.

Jaina negó con la cabeza y se cuadró de hombros.

—Seguramente debería hacerlo, pero ya lo verás —contestó—. Además, no puedo contártelo todo en diez minutos.

—Entonces, ¡cuéntame todo lo que puedas! ¡Que la Luz me ciegue, Jaina, acabo de descubrir que alguien a la que consideraba una de mis mejores amigas se reunió en secreto con Baine Bloodhoof! —le espetó, a la vez que se cruzaba de brazos y henchía ese amplio pecho; tal vez porque así intentaba contener las ganas que tenía de abalanzarse sobre ella—. Que fueras a reunirte con Thrall de manera furtiva ya era bastante malo, pero esto…

Padre —dijo Anduin con serenidad—, yo también tengo algo que contarte.

* * *

Baine permaneció sentado y muy tranquilo, pues se sentía extrañamente en paz mientras el mundo se volvía loco a su alrededor.

A pesar de que Taran Zhu había decretado un descanso de diez minutos, llevó al menos el doble de tiempo detener todas las peleas y llevarse a los combatientes a sus nuevos “aposentos”. Tyrande no podía saber que el tauren no había intentado esconder sus contactos iniciales con Jaina Proudmoore. Baine se había enfurecido tanto ante la decisión de Garrosh de esperar a ver quién se alzaba victorioso en el conflicto entre los Runetotem y Bloodhoof que no había ocultado el hecho de que un líder de la Alianza le había prestado más apoyo que su propio Jefe de Guerra. Incluso más adelante había utilizado el apoyo que le había brindado Jaina en su día como argumento para no atacar Theramore durante una reunión donde se congregaron un gran número de líderes de la Horda, así como sus pueblos. Nadie lo había considerado un traidor, ya que Jaina contaba con gente que la respetaba en la Horda y no era tan despreciada, ni por asomo, como Varian o Tyrande.

Al menos, no por aquel entonces.

Garrosh lanzó una mirada teñida de ironía al tauren.

—Me parece que vas a compartir prisión conmigo —comentó el orco.

—Es posible —replicó Baine—. Pero pediré que me cambien de compañero de celda.

—¿Prefieres a Jaina, tal vez?

—No. Quizá opte por Anduin.

Taran Zhu hizo sonar de nuevo el gong y, esta vez, dio la impresión de que la gente parecía dispuesta a regresar a sus asientos.

—Me he estado planteando la posibilidad de dar por concluido el juicio por hoy —afirmó Taran Zhu, con un tono de voz más severo de lo habitual y con unos ojos más brillantes de lo normal, lo cual constituía una muestra de enfado nada propia de él—. Pero espero que cuando acabe este testigo de dar testimonio, esta sala sea un lugar más civilizado para todos. Si no es así, deben saber que, de inmediato, pondré bajo protección del Shadopan a cualquier testigo o persona que haya sido nombrada a lo largo de este juicio si considero que se hallan en peligro. Esto no es la Feria de la Luna Negra, ni un cuadrilátero de gladiadores. Eso es un tribunal. Un lugar donde se imparte la justicia y se defiende la verdad. Y me aseguraré de que eso siga siendo así.

Nadie habló. El pandaren se tomó un momento para recorrer con la mirada esos asientos y, acto seguido, posó sus ojos sobre Tyrande.

—Chu’shao, puedes reanudar el interrogatorio.

—Gracias, Fa’shua. —Tras tomarse su tiempo, se levantó, se alisó el vestido y se acercó a Perith—. Bueno, ¿por dónde íbamos? —dijo como si acabaran de volver de un mero receso normal—. Creo que estábamos viendo que Baine Bloodhoof planeaba encontrarse con Lady Jaina Proudmoore.

Todas las miradas se dirigieron hacia Jaina. Si bien la archimaga permanecía muy erguida y calmada, con las manos apoyadas en el regazo, ese rubor y esa respiración acelerada revelaban cómo se sentía realmente. Junto a ella se encontraba Kalec, quien parecía dispuesto a entrar en acción rápidamente si creía que tenía que hacerlo, así como Varian, cuyo semblante reflejaba una tremenda cólera. Los ojos del rey humano iban de Perith a Tyrande y viceversa con suma rapidez. Baine era incapaz de discernir con cuál de los dos estaba más enfadado Varian.

—Eso es correcto.

—¿Estuviste presente en esa reunión?

—No, no estuve.

—Pero ¿sabes qué ocurrió en ella?

—Sé lo que el Gran Jefe me ha contado.

—¿Y qué te contó?

Perith lanzó una mirada plagada de profunda tristeza a Baine.

—Que Lady Jaina no quería que la Alianza entrara en guerra con la Horda, pero sí le ofreció su ayuda a nivel personal.

—¿Y qué clase de ayuda le brindó?

—Le dio oro.

Unos murmullos de desaprobación recorrieron al público ahí congregado.

—¿Cuánto oro? —inquirió Tyrande.

—No conozco esos detalles.

—¿Esa fue la única ocasión en que tu Gran Jefe trató con Lady Jaina?

Una gran tensión se adueñó de Baine. Esa segunda visita a la archimaga era algo que conocía muy poca gente. Perith respondió con voz entrecortada:

—No, no lo fue.

Tyrande hizo un gesto de asentimiento a Chromie.

—Si el tribunal me concede su permiso, tengo que mostrar una segunda Visión.

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