Crímenes de Guerra – Capítulo Veintitrés

Crímenes de GuerraEn cuanto Taran Zhu golpeó el gong y anunció que el juicio había acabado por ese día, Anduin se giró de inmediato hacia su padre.

—Voy a ir a ver a Garrosh ahora mismo —dijo—. Es probable que me pierda la cena.

Normalmente, cenaba con su padre —y a menudo también con Jaina, Kalec y Vereesa— en Alto Violeta y después se excusaba para ir a hacer… lo que fuese que estuviera haciendo con Garrosh. Ni siquiera él estaba seguro de si estaba hablando con él, escuchándolo, guiándolo espiritualmente o, simplemente, haciendo de muñeco de entrenamiento verbal para ese orco. Aunque a veces parecía hacer las cuatro cosas a la vez. Ahora mismo, deseaba poder hacer una quinta; lograr que algo de sentido común pudiera entrarle a Garrosh en la mollera.

Varian asintió.

—Ya, se me ha pasado por la cabeza que querrías hacer algo así —replicó—. Te dejaremos algo para cenar.

—No pasa nada. Ya comeré algunas albóndigas de Mi Shao.

—Espera, ¿qué? —les espetó Jaina—. ¿Garrosh? Anduin, ¿qué estás haciendo con Garrosh?

La archimaga parecía furiosa y alarmada.

—Ya te lo explicaré en la cena —le prometió Varian a Jaina— Ve, hijo.

Anduin saltó con agilidad por encima de una hilera de asientos y se dirigió presuroso hacia las escaleras. A su espalda, pudo escuchar cómo Jaina decía:

—Varian, ¿qué está pasando?

Anduin hizo una mueca de contrariedad. Había estado tan obcecado con que tenía que ir a ver a Garrosh que se había olvidado de que Jaina también estaba ahí. No le había contado adrede nada acerca de sus reuniones con Garrosh. Pocos sabían que se estaban produciendo, y quería que las cosas fueran así, precisamente, por la forma en que acababa de reaccionar Jaina. Todo el mundo parecía pensar que tenía algo que decir sobre todo lo que él decidía hacer, así como sobre con quién debía relacionarse, y se estaba hartando. Aunque, ahora mismo, ese hartazgo estaba muy por debajo en su escala de prioridades, donde lo que primaba era la necesidad de ver a Hellscream.

Bajó deprisa hasta esa estancia situada debajo del templo.

—El príncipe ha sido hoy más rápido que el prisionero —comentó Li Chu al ver llegar a Anduin—. Garrosh todavía no ha llegado.

—Esperaré.

Anduin se dirigió a un lado del pasillo y se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados. Intentó relajarse todo cuanto le fuera posible y se limitó a permanecer en pie ahí, mientras reflexionaba irónica y sombríamente sobre lo absurdo que era lo que estaba haciendo.

Garrosh llegó unos momentos después, procurando no apoyar demasiado la pierna lastimada al pisar. Su llegada fue anunciada por el tintineo y el roce de esas cadenas que lo ataban. Iba acompañado de Yu Fei y los seis guardias que tenía asignados siempre que abandonaba la celda. Anduin percibió un leve destello de sorpresa en su rostro marrón que rápidamente desapareció. Los hermanos Chu abrieron la puerta. Yu Fei entró primero y se dirigió a la parte posterior de la habitación, donde permaneció en pie en silencio. Entonces, esta le indicó con una seña a Anduin que se aproximara hacia donde se encontraba ella. Juntos observaron cómo Garrosh se acercaba a la puerta abierta de la celda, acompañado de un estruendo metálico. Dos de los guardias le quitaron todas las cadenas salvo las que le ataban los tobillos, mientras que los otros cuatro y los Chu permanecían alerta, observando con atención todos los movimientos del orco. Garrosh se encaminó hacia las pieles, sobre las que se sentó, mientras la puerta era cerrada con llave. Yu Fei se aproximó y murmuró un encantamiento, a la vez que agitaba las zarpas en el aire con una serie de movimientos muy delicados. Al instante, las ventanas brillaron con un tenue fulgor púrpura.

—¿Eso qué es lo que hace en concreto? —preguntó Anduin, quien sabía que era una medida de seguridad complementaria, pero que ignoraba cómo funcionaba exactamente.

—Es una barrera de un solo sentido —contestó Yu Fei—. Los guardias podrían entrar si fuera necesario, pero Garrosh no puede salir.

—Muy inteligente —señaló Anduin.

Yu Fei se ruborizó ligeramente e hizo una reverencia.

—Me honran con ese halago —afirmó, con los ojos clavados en el suelo y, a continuación, se marchó con presteza.

A pesar de que Anduin se preguntó a qué se debía ese comportamiento tan extraño, enseguida se olvidó de ello pues estaba mucho más interesado en entablar conversación con el orco.

Li y Lo hicieron un gesto de asentimiento en dirección al príncipe y, después, cerraron la puerta exterior con llave.

Anduin no hizo ademán alguno de moverse en un principio. Se limitó a contemplar furioso al orco, a quien parecía hacerle mucha gracia que estuviera tan obviamente enojado.

—Habla, príncipe Anduin, porque si no, vas a estallar —le espetó Garrosh—.Y no deseo cargar con las culpas del estropicio resultante.

—¿Cómo has podido hacer algo así? ¿Cómo has podido hacer cualquiera de esas cosas? —Las palabras manaron a trompicones de los labios de Anduin. Entonces fue como si el mero hecho de hablar le hubiera otorgado la capacidad de moverse una vez más, ya que se acercó al orco dando grandes zancadas y se detuvo a menos de treinta centímetros de esos barrotes—. No estás loco. No eres un desalmado. Así que dime… ¿cómo has sido capaz de hacer eso?

Garrosh, que estaba disfrutando mucho de la situación, se recostó sobre esas pieles de dormir, lo cual provocó que las cadenas tintinearan.

—¿El qué?

—Ya sabes de qué estoy hablando. ¡Me refiero al hecho de que te aliaras con los Dragonmaw!

—A pesar de ser muy compasivo, juzgas muy rápido a los demás—replicó Garrosh—. Hoy Tyrande ha jugado muy bien sus bazas, eso lo debo reconocer. No cabe duda de que Alexstrasza ha hecho que a más de uno se le cayera alguna lagrimilla con ese cuento que ha contado.

—¿Ese cuento? ¿Eso es todo lo que eso ha sido para ti?

Garrosh se encogió de hombros.

—Eso ya es agua pasada y sería inútil darle más vueltas.

—Vueltas las que vas dar cuando te ahorquen —replicó Anduin con brusquedad.

—Exacto. No necesito tu compasión, humano.

—Entonces, ¿para qué querías hablar conmigo? ¿Con un sacerdote con alguien al que intentaste matar?

Garrosh permaneció callado.

—Ella es la Protectora, Garrosh. Es… es el ser más bondadoso que hay en este mundo. Y tu gente le hizo eso.

A Garrosh se le iluminaron los ojos.

—Aja, la verdad sale al fin a la luz. Eres igual que Jaina, ¿verdad? En realidad, en lo más hondo de tu ser, crees que todos somos monstruos.

Anduin lanzó un gemido ahogado y se dio la vuelta presa de la frustración. El orco se echó a reír.

—Todos son iguales.

El príncipe resopló.

—Claro que sí. Como tú eres igual que Go’el, Saurfang y Eitrigg.

Garrosh gruñó y apartó la mirada.

—Han olvidado la verdadera gloria de la Horda, aunque, en el caso de Go’el, más bien habría que decir que nunca la ha conocido.

—Oh, sí, romper unos huevos es un acto tremendamente glorioso.

—¡Doblegar a un dragón para que cumpla tu voluntad sí lo es!

—Así que realmente crees que torturar a la Protectora de toda vida es algo de lo que enorgullecerse, ¿verdad?

—¡Yo no secuestré a Alexstrasza!

—No, pero conspiraste con aquellos que sí lo hicieron. Esa gente sigue esclavizando a dragones, con independencia de que estén aliados ahora con la Horda o no. Porque “doblegar a un dragón para que cumpla tu voluntad” es algo glorioso, ¿verdad? —En ese instante, se le acercó aún más—. ¿Qué concepto de Horda tienes tú, Garrosh? Porque este mundo lo único que ha visto gracias a ti ha sido una gran violencia innecesaria, mucho tormento y grandes dosis de traición.

—¡Mi Horda aplastará a sus enemigos como un gigante aplasta a un insecto!

Garrosh se había puesto en pie y había acercado tanto su rostro a Anduin que este podía notar en las mejillas el cálido aliento que desprendían esos jadeos que el orco daba al respirar agitada y furiosamente. Garrosh, no obstante, no tocó los barrotes.

—¿Y qué pasará cuando esta Horda que tú concibes haya aplastado a todos esos insectos que la molestan? ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Qué harás cuando te quedes sin enemigos? ¿Volverse unos contra otros? Oh, espera, eso ya lo han hecho, ¿eh?

Se miraron fijamente durante un largo instante y, entonces, Anduin suspiró. Ya había descargado toda su furia y lo único que quedaba era tristeza. Tristeza y asco ante la ruina que Garrosh Hellscream había dejado a su paso… así como también tristeza y asco por el propio Garrosh.

—Deseaba tanto poder entenderte —aseveró Anduin, cuya voz apenas era un susurro—. Porque, al menos, comprendo todo esto en parte. Entiendo que quieras que tu gente pueda alzar la cabeza con orgullo, que quieras que sus hijos crezcan sanos, que quieras que los orcos sean fuertes para que puedan prosperar, que quieras realizar grandes proezas, para que no sean olvidados cuando ya no sean más que mero polvo. Todo eso lo entiendo, de veras. Pero ¿el resto? ¿Lo de Alexstrasza? ¿Lo de la posada? ¿Lo de los trolls? ¿Lo de Theramore? —Sacudió lentamente la cabeza y sus cabellos rubios se agitaron—. Eso no puedo entenderlo.

Mientras Anduin hablaba, Garrosh también se había ido calmando. Había observado a Anduin cautivado, subyugado por las palabras del muchacho. En ese momento, replicó con una voz tan serena como la de Anduin.

—Y nunca lo harás.

Por un instante, Anduin no contestó. Después, dijo:

—Tal vez tengas razón.

—Príncipe Anduin, por favor, apártate de la celda —le pidió Li Chu. Anduin se sobresaltó e hizo lo que le pedía. Li tenía la mirada clavada en Garrosh—. ¿Va todo bien, alteza?

—Tan bien como puede ir —respondió Anduin.

Detrás de Li, se encontraba Lo, que llevaba una bandeja, en la que había un cuenco de curry verde humeante, otro repleto de arroz, dos melocotones, una fruta del sol tropical partida en cuatro cachos y una jarra de agua fresca. Garrosh al menos no podía quejarse de que lo trataran tan mal como a sus prisioneros. Yu Fei murmuró un encantamiento y el fulgor que envolvía los barrotes desapareció.

Bajo la atenta mirada de Li, Lo colocó la cena sobre una mesita situada junto al pasillo.

Anduin se fue para que Garrosh pudiera cenar. Cuando se encontraba en la rampa de la entrada, se detuvo un momento y se volvió.

—Aunque una vez más —le dijo a Garrosh—, tal vez estés equivocado.

* * *

Esta vez, fue Sylvanas la que se demoró. Para cuando llegó a la Aguja Windrunner, Vereesa ya se hallaba ahí, deambulando de aquí para allá en esa playa. En cuanto Sylvanas aterrizó a lomos de un murciélago, Vereesa fue corriendo hacia ella.

—¡Podemos hacerlo! —exclamó—. ¡Es perfecto!

Sylvanas sonrió al ver a Vereesa tan emocionada. Si eso era cierto, era una noticia maravillosa.

—Explícate cuanto antes. ¡Ansío escucharte!

—Una de las comidas que suelen darle es curry verde —dijo—. Normalmente, se la sirven cada tres días, pero según Mu-Lam Shao, eso depende de qué productos frescos tengan a su disposición. Lo preparan todo en una enorme olla que hay en la cocina. La comida que se sirve a todo el mundo sale de ahí.

Mientras caminaban, sus pasos se acompasaron a la perfección con suma facilidad. Embargadas por la emoción, ambas andaban con rapidez. Sylvanas se sintió como si todos sus sentidos se hubieran agudizado; como si estuviera despierta por primera vez desde hacía mucho tiempo.

—Continúa.

—En cuanto la comida de Garrosh está servida, se la llevan allá abajo en una bandeja en la que también hay algo de arroz y algunas frutas… o cualquier producto fresco del que dispongan en esos momentos. También le sirven una fruta del sol partida en cuatro trozos. —Vereesa apenas era capaz de contener la emoción—. Sylvanas… el propio comensal le da el toque final al plato al mezclar el arroz con cada bocado y echarle encima un poquito de zumo de fruta del sol. Esa fruta de por sí es bastante ácida, pero como la piel es muy dulce, el comensal se la puede comer a modo de postre. No tenemos que envenenar el curry…

Sylvanas se detuvo súbitamente.

—… podemos envenenar la fruta del sol —murmuró—. ¡De ese modo, Garrosh se envenenará él solo!

—¡Sí! —Vereesa irradiaba alegría como el sol irradia luz—. Lo único que tenemos que hacer es cambiar la fruta del sol justo antes de que el plato salga de la cocina.

Ambas se tendieron las manos al mismo tiempo. La Dama Oscura notó cómo Vereesa se las estrechaba con fuerza a través de esas manos enguantadas. Es tan feliz, pensó Sylvanas. Y… y yo también.

—Un plan brillante, Lunita —le dijo Sylvanas—. Eres tan brillante.

—Su hermana se ruborizó agradecida—. ¿Serás capaz de entrar en las cocinas para poder hacer el cambio?

Vereesa asintió.

—Sí. Ya soy una visitante habitual. Hablaré con Mu-Lam mientras prepara la comida. De momento, nadie ha puesto ninguna pega. Creo que Mi Shao les ha hablado de mi interés por la cocina pandaren. Hoy me he fijado en cómo preparaban el curry. Cortan la fruta del sol justo antes de echar el curry al cuenco. Después, lo colocan todo sobre la bandeja. Puedo meterme ahí con una fruta de esas ya troceada y envenenada y cambiarla por la otra en un visto y no visto.

—¿Estás segura de que se come la fruta del sol?

—Sí. Según Mu-Lam, a ese orco le parece un manjar delicioso.

—Estupendo —caviló Sylvanas—. Garrosh, quien posiblemente es el orco más peligroso que jamás ha existido, va a ser asesinado gracias su pasión por la fruta pandaren.

—Parece un regalo que nos ofrece el destino —comentó Vereesa.

Sylvanas posó la mirada sobre sus manos estrechadas. Notó una cierta… calidez por dentro. No era algo físico, ya que nunca podría sentir calor de nuevo. Si ni ella ni su hermana no hubieran llevado guantes, Vereesa habría retrocedido al notar la gelidez de la piel de su hermana.

O… quizá no.

—Tal vez sí sea cosa del destino —murmuró Sylvanas—. Tal vez tú y yo estábamos destinadas a aunar esfuerzos. Quizá Garrosh Hellscream solo pueda ser derrotado si las dos últimas Windrunner que quedan vivas en Azeroth suman sus fuerzas.

Alzó la cabeza y clavó sus relucientes ojos rojos en la mirada azul cielo de Vereesa.

—La Horda y la Alianza han logrado detenerlo a duras penas. Pero tú y yo solas, hermana mía, pondremos punto final a su existencia. Y tal vez… daremos el primer paso para que surja algo nuevo.

—¿Qué quieres decir?

—No tenemos por qué parar con la muerte de Garrosh —respondió Sylvanas, a quien le tembló un poco la voz. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que le había pasado algo así? Solo una vez, desde su asesinato. Solo una vez, desde hacía años, cuando un aventurero le había dado un medallón ornamentado con un zafiro—. ¿Qué tiene que ofrecerte ahora la Alianza? —insistió, esperando interpretar las reacciones de su hermana de manera correcta—. Garrosh puede ser solo el principio. Las hermanas Windrunner somos muy poderosas. Hemos cambiado el mundo y podemos seguir cambiándolo… juntas. Después de que Garrosh sea asesinado, podrías unirte a mí.

—¿Qué?

—Deberías gobernar a mi lado. Odias a la Horda… y yo también la odiaba, hasta que pude hacerme con este lugar donde ejerzo el poder. Podemos imponer nuestra ley, Lunita. Podemos remodelar la Horda a nuestra imagen y semejanza. Nada podrá detenernos. Machacaremos a nuestros enemigos hasta reducirlos a nada y lograremos que nuestros aliados se impongan. Así pienso yo… y creo que tú también piensas igual.

Apretó con fuerza las manos de Vereesa. La elfa noble forestal no se apartó, sino que la contempló fijamente, con la boca entreabierta, mientras intentaba mirarle a los ojos a Sylvanas.

—Yo…

—Quiero que estés conmigo, hermana —dijo Sylvanas, con la voz entrecortada—. Me he sentido… tan sola. Hasta ahora, no me había dado cuenta. No creo que pudiera… Quédate conmigo. Por favor… quédate, Lunita.

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