Crímenes de Guerra – Capítulo Veintidós

Crímenes de GuerraDía Cinco

Jaina Proudmoore se revolvió en su asiento. Miró a su alrededor, contempló esa enorme estancia y habló tranquilamente con Varian y Anduin sobre asuntos intrascendentes. Aunque tanto ella como Kalecgos seguían sentados uno al lado del otro, Jaina era consciente de que la tensión que reinaba entre ambos debía de resultar evidente a los demás. No obstante, lo suyo no había acabado (aún no) y no quería que algo tan bonito muriera de un modo prematuro; no si podía evitarlo y quería poder seguir mirándose a la cara en cualquier espejo.

Chromie y Kairoz se encontraban junto a la Visión del Tiempo; con casi toda seguridad, estaban discutiendo el orden en que iban a mostrar las diversas Visiones. Entonces, en un intento por romper ese silencio que le resultaba tan ensordecedor, la archimaga dijo:

—Me alegro de que Kairoz nos haya ofrecido la posibilidad de valernos de la Visión del Tiempo, ya que así podemos descartar del todo los rumores y las habladurías, pues sabemos que lo que vemos es la verdad y nada más que la verdad.

Kalec también estaba observando a los dragones bronce y fruncía ligeramente el ceño.

—Aprecio mucho que la Visión del Tiempo nos esté presentando los hechos de un modo tan veraz, pero… Garrosh ha mencionado antes a la Feria de la Luna Negra y me preocupa que estas escenas que estamos viendo sean cada vez más un mero entretenimiento que unas evidencias sólidas y concretas.

Pero todo se reduce a lo mismo… como siempre.

—Garrosh se lo ha buscado él solito —le espetó Jaina.

—Eso no lo voy a discutir, pero la teatralidad de todo esto… —negó con la cabeza y su pelo azul se agitó—. Lo que está teniendo lugar aquí es muy importante. No es un entretenimiento… se supone que aquí se está haciendo justicia. Esto no debería recordar a un cuadrilátero de gladiadores.

—La gente está muy dolida —afirmó Jaina—. Algunos de nosotros jamás nos recuperaremos del todo de lo que ese monstruo decidió hacer. Necesitamos esto.

Él se volvió hacia ella, con la preocupación dibujada con claridad en esas hermosas facciones. La cogió de la mano, que cubrió con la suya, y preguntó con serenidad:

—¿Con qué fin? ¿Para poder dejar ese pasado atrás? ¿Para poder seguir adelante? No has hecho nada de eso, Jaina. Tal y como te he dicho antes, ni siquiera tengo claro que quieras hacerlo.

Diversas emociones embargaron a Jaina, la cual apartó la mano bruscamente de su amado.

Taran Zhu golpeó el gong para pedir silencio. Jaina, que se sintió muy agradecida por esa interrupción, se cruzó de brazos, furiosa y dolida al mismo tiempo.

—Este tribunal de justicia pandaren queda abierto —dijo Taran Zhu—. Chu’shao, llama a tu primer testigo.

Tyrande asintió, se levantó y se aproximó al asiento de los testigos.

—La acusación llama a Alexstrasza, la Protectora.

Jaina se quedó boquiabierta. Eso sí que no se lo esperaba. Alexstrasza, cuya verdadera forma era la de un dragón, no solía elegir unas ropas muy modestas cuando adoptaba un disfraz humanoide. Hoy, sin embargo, iba ataviada con un vestido reluciente rojo y dorado que la cubría del cuello a los pies. Solo llevaba los brazos y la garganta al aire. Se levantó con una serena dignidad y se dirigió hacia la silla.

Un puñado de gente se levantó de sus asientos —los miembros de su Vuelo, así como su hermana—. Después, también se levantaron los miembros de otros Vuelos y, acto seguido, más gente aún, hasta que retumbaron en la sala los tenues golpes sordos de los cientos de pisadas de los espectadores que se ponían en pie. Al final, casi todos los presentes estaban de pie, mostrando un respetuoso silencio por la ex Aspecto, que había vigilado, protegido y amado toda la vida de Azeroth a lo largo de milenios y que ahora alcanzaba esa silla. Antes de que se sentara, Alexstrasza echó hacia atrás esa cabeza en la que portaba una cornamenta y contempló ese mar de rostros. Una leve

sonrisa iluminó su semblante y, a continuación, se llevó una mano al corazón en un gesto de gratitud. Aunque le brillaron los ojos, no llegó a derramar ninguna lágrima.

Kalec, que se hallaba de pie junto a Jaina, susurró:

—¿De verdad esto es necesario para ti?

Jaina no respondió.

Tyrande le brindó una sonrisa afectuosa a Alexstrasza e hizo una profunda reverencia.

—Protectora, procuraré que des testimonio de la manera menos dolorosa posible.

—Eres muy amable —replicó Alexstrasza—. Te lo agradezco.

Tyrande respiró hondo.

—Esta testigo no necesita ser presentada. Incluso los Celestiales la conocen.

—Con todo respeto, protesto —objetó Baine—. Si la testigo no puede aportar pruebas directas contra Garrosh Hellscream, pediré que se retire y baje del estrado.

Tyrande contestó:

—Fa’shua, Garrosh Hellscream recibió una ayuda muy importante y vital de un clan en particular… del clan Dragonmaw. Me gustaría mostrarles con qué clase de gente se ha aliado Garrosh últimamente.

—Fa’shua —interrumpió Baine—, todo el mundo… o más bien la mayoría de nosotros… hemos frecuentado malas compañías de vez en cuando. Lo que hiciera el clan Dragonmaw en el pasado es irrelevante.

—Chu’shao Bloodhoof tiene razón en ese aspecto —admitió Taran Zhu.

—Sí, pero hay cosas que no son cosa del pasado —replicó Tyrande—. Los Dragonmaw esclavizaron y continúan esclavizando y atormentando a los dragones. Hicieron eso durante el reinado de Garrosh, y creo que esta testigo es la idónea para dar fe de ello.

Taran Zhu asintió satisfecho.

—Estoy de acuerdo con la acusación. Puedes continuar con el interrogatorio.

—Protectora, en su día, tú y los tuyos fueron secuestrados y encarcelados por los Dragonmaw, ¿no es así?

—Sí —respondió Alexstrasza, quien, en opinión de Jaina, se mantenía extraordinariamente calmada.

—¿Puedes contamos cómo pudo ocurrir algo así?

—Los Dragonmaw se habían hecho con el Alma Demoníaca, una reliquia con la que se podía controlar a los dragones. Siguieron a un dragón herido hasta nuestro hogar y se valieron del Alma Demoníaca para capturar a tres de mis consortes y a mí misma… aunque nos resistimos, claro está.

—¿Qué sucedió a continuación?

—Nekros, el ser que dominaba el Alma Demoníaca, nos ordenó que lo siguiéramos a Grim Batol.

—¿Qué querían de ustedes?

—Querían que los sirviéramos como monturas en su guerra contra la Alianza. Querían que… entráramos en batalla con ellos como jinetes y atacáramos a sus enemigos.

—No cabe duda de que en esas batallas perecieron algunos dragones rojos. ¿Cómo los reemplazaron?

—Cada vez que ponía unos huevos, me arrebataban a mis niños.

Jaina se mordió el labio inferior al compadecerse de ella, a pesar de que no tenía hijos y era muy poco probable que llegara a tenerlos algún día. No obstante, adoraba a su “sobrino” Anduin. Y la muerte de su aprendiza Kinndy la había dejado destrozada. Pero sabía que ese cariño por muy fuerte que fuera no era comparable al amor que unos padres sienten por sus hijos. Alexstrasza había sido la madre de unas criaturas mágicas e inmortales, que eran la expresión más pura de la vida, a las que habían esclavizado… La archimaga no sabía cómo era capaz de soportar ese dolor. Echó un vistazo a los Celestiales y pudo ver que incluso ellos, que habían estado escuchando atenta y amablemente con cierto distanciamiento, se sentían conmovidos.

—Discúlpame por hacerte unas preguntas tan personales.

—Comprendo por qué las haces.

Tyrande pareció sentirse agradecida ante esa respuesta, y Jaina se dio cuenta de que, de un modo sorprendente, era la Reina de los Dragones la que estaba reconfortando a la sacerdotisa elfa de la noche en estos momentos. Una maravillada Jaina sacudió la cabeza de lado a lado.

—Has dicho “cada vez que ponía unos huevos” —prosiguió hablando Tyrande—. ¿Acaso pusiste huevos varias veces?

—Al principio, me negué a hacerlo —contestó Alexstrasza—. Les dije que podían quedarse con una camada, pero que no les iba a dar más. Mis consortes tampoco querían colaborar. Entonces, Nekros… Nekros cogió uno de mis huevos, lo sostuvo delante de mi rostro y lo aplastó con sus manos. Me… me salpicó con sus restos.

Se le quebró la voz y se calló. Tras recobrar la compostura, continuó:

—Grité angustiada… mi hijo, que aún no había roto el cascarón, acababa de ser asesinado ante mis propios ojos y yo estaba manchada con sus restos… A pesar de hallarme encadenada, ataqué a los orcos, hiriendo a varios de ellos antes de que me redujeran.

—Así que acabaste haciendo lo que querían.

—Sí, pero no de forma inmediata. Me negué a comer, pues así pretendía morir antes de engendrar más hijos que pudieran torturar. Entonces, destrozaron otro huevo. Después de eso… hice lo que querían. —Sonrió de un modo triste—. Esperaba que si mis hijos sobrevivían… al menos, algún día, podrían tener la oportunidad de ser libres.

Sobrecogida, Jaina se llevó espantada una mano a la boca, pues se compadecía de ella. Conocía ese capítulo tan brutal de la historia orco, por supuesto, pero escuchar a Alexstrasza contarlo…

En ese momento, Jaina fue consciente de que estaba de acuerdo con Kalec acerca de la Visión del Tiempo. Escuchar la historia sin más resultaba bastante perturbador. Se sintió extremadamente agradecida que Tyrande hubiera decidido no mostrarles esa escena.

—También se perdieron otras vidas, ¿verdad?

—Sí. Al final, tres de mis cuatro consortes fueron asesinados.

Jaina lanzó una mirada fugaz a Vereesa. La elfa noble estaba sentada como si estuviera tallada en piedra. Lo único que indicaba que se encontraba embargada por unas emociones intensas era su respiración acelerada.

—Así que, a pesar de que tanto tú como tus consortes accedieron a sus horrendas peticiones, fueron tratados de mala manera por sus captores, ¿no?

—Así es. Me mantuvieron encadenada. Incluso me colocaron una especie de bozal para que no pudiera atacarlos. Si alguno de nosotros se resistía, o intentaba liberarse, utilizaban el Alma Demoníaca contra nosotros. Fue… —Alexstrasza se estremeció levemente al recordarlo— indescriptiblemente doloroso.

—¿Te gustaría tomar un respiro? —le preguntó Tyrande con mucho tacto.

La Reina de los Dragones hizo un gesto de negación con esa enorme cabeza coronada por unos cuernos.

—Preferiría acabar cuanto antes mi testimonio —respondió, con una voz meliflua plagada de tensión.

—Engendraste unos dragones rojos para que pudieran valerse de ellos, tal y como te exigieron —resumió Tyrande—. ¿De qué manera los utilizaron?

Alexstrasza clavó la mirada sobre sus propias manos, que tema apoyadas sobre el regazo.

—Participaron como monturas en batallas, como si fueran meras bestias, y se valieron de sus habilidades para matar a miembros de la Alianza. Si se rebelaban de cualquier modo, eso podía tener como consecuencia la tortura e incluso la muerte de sus hermanos y hermanas no natos.

—¿Cómo se siente un dragón rojo cuando se le obliga a realizar tales actos?

Alexstrasza alzó la cabeza y no pudo disimular el dolor que le teñía la voz cuando contestó:

—Reverenciamos la vida, toda vida. Aborrecemos tener que acabar con ella.

Los Dragonmaw no podrían habernos obligado a hacer algo que nos horrorizara más.

Tyrande asintió, como si se sintiera satisfecha, y se giró para mirar a los espectadores.

—Como líder de la Horda, Garrosh Hellscream se alió voluntariamente con el clan Dragonmaw, sabiendo perfectamente lo que hacían y de qué modo obtenían sus monturas. Acaban de escuchar lo que le hicieron a la raza más bondadosa que hay sobre la faz de este mundo. —Echó a andar, mientras contaba con los dedos, tal y como había hecho tras el testimonio de Vol’jin—. Esclavismo. Tortura. Embarazos forzosos.

Secuestro de niños. Asesinato de prisioneros. Cinco cargos de los que se acusa a Garrosh que quedan demostrados, una vez más, por un solo testigo.

Tyrande contempló a Garrosh por un momento y, acto seguido, se volvió hacia Alexstrasza.

—Gracias —dijo la elfa de la noche. Y luego añadió, dirigiéndose a Baine—: El testigo es todo tuyo.

Baine se levantó y se aproximó a la Reina de los Dragones. Jaina arrugó el ceño y le preguntó a Kalec:

—¿No te molesta que la vaya a interrogar después de todo esto?

—Ojalá no hubiera tenido que declarar —respondió el dragón azul—. Pero la Protectora es fuerte y ha sufrido tanto que el daño que le puedan infligir unas palabras pronunciadas en un juicio no va a ser nada para ella. Hace lo que debe. Al igual que Baine.

—Ese tauren no tiene por qué hacer esto —susurró Jaina entre dientes.

Esta vez fue Kalec quien no replicó. La archimaga se inclinó hacia delante y observó con detenimiento lo que ocurría, a la vez que apoyaba el mentón sobre las manos. Pensaba que Baine no sería capaz de hacer algo así. Pero lo había estado observando a lo largo del juicio y seguía sin poder entender cómo podía defender a Garrosh, sobre todo cuando eso requería actuar con tal crueldad.

No podía entender nada de nada.

—Gracias, Protectora. Lamento tener que causarte dolor —afirmó el tauren.

Lo dice como si realmente hablara en serio, pensó Jaina.

Acto seguido, Baine continuó:

—Seré breve. Has sufrido muchísimo a manos de los Dragonmaw, en concreto, y de los orcos, en general. ¿Qué opinas sobre ellos ahora?

—No odio a ninguna raza de Azeroth —contestó—. Soy la Protectora y, a pesar de que ya no poseo la mayoría de los poderes que tenía como Aspecto, sigo albergando los mismos sentimientos en mi corazón.

—¿Simpatizas con ellos?

—Los quiero —respondió sin más.

Jaina se quedó helada y, lentamente, alzó la cabeza, alejándola así de sus propias manos. Tenía los ojos desorbitados y era incapaz de parpadear mientras, estupefacta, miraba fijamente a la Reina de los Dragones.

—¿A los orcos? —insistió Baine, como si le hubiera leído los pensamientos a Jaina—. ¿A esos seres que te han hecho esas cosas tan terribles? ¿Cómo es posible que los quieras? ¿Por qué no pides a gritos que sean destruidos? Sobre todo, Garrosh Hellscream, quien fue quien volvió a darles poder.

—Muy pocos seres son realmente malvados —contestó Alexstrasza—. Y ni siquiera esos pocos están más allá de la redención, necesariamente. El cambio es algo inherente a la vida. Mientras algo viva, puede crecer y madurar. Puede buscar la luz o la oscuridad. Únicamente, cuando opta por la oscuridad y se adentra en ella de tal modo que la propia vida corre peligro, ya no hay esperanza, a mi entender.

—Como fue el caso de Deathwing y Malygos.

—Sí. Para mi amargura y remordimiento.

En esos momentos, una Tyrande muy tensa estaba rebuscando entre los documentos que tenía sobre la mesa. De vez en cuando, alzaba la vista y fruncía levemente el ceño.

Jaina seguía mirando fijamente a la dragona roja.

—Pero ¿qué está diciendo? —susurró Jaina bruscamente—. ¿Qué está haciendo?

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.

Jaina, aliviada, cerró los ojos.

—¿Sí, Chu’shao? —inquirió Taran Zhu.

—¡Pido un receso!

—¿En base a qué?

—¡Resulta obvio que esas preguntas han turbado a la testigo!

Taran Zhu parpadeó y, a continuación, posó la mirada sobre Alexstrasza.

—Protectora, ¿necesitas un receso?

—No, Fa’shua. Recordar lo sucedido ha sido muy doloroso para mí, pero me encuentro bastante bien.

—Petición denegada. Prosigue, Chu’shao Bloodhoof.

—Gracias. —El tauren inclinó la cabeza y, acto seguido, se volvió para contemplar a Alexstrasza—. Tengo una última pregunta. Si uno de los mismos orcos que tanto te torturaron, que asesinaron a tus hijos cuando todavía no habían salido del cascarón, se presentara ante ti hoy y te pidiera perdón… ¿qué harías?

La gran Protectora esbozó una leve sonrisa que se fue agrandando poco a poco. Alexstrasza miró en dirección al lugar donde estaban sentados Go’el y su familia, y su mirada se cruzó con la de este orco. Cuando la dragona respondió al fin, parecía irradiar una luz especial, pues su espíritu y ánimo desprendían una luz que iluminaba las tinieblas.

—Le perdonaría, por supuesto —le dijo a Baine como si fuera un niño, como si fuera una respuesta muy sencilla y obvia.

No hubo más preguntas.

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