Crímenes de Guerra – Capítulo Veintiuno

Crímenes de GuerraHacia bastante que había anochecido cuando Vereesa llegó al fin. Sylvanas había abandonado ya toda esperanza y estaba dispuesta a regresar a Undercity cuando divisó el hipogrifo de su hermana. La invadió una enorme sensación de alivio, a la que siguió de inmediato la furia.

—¡Llegas más de una hora tarde! —le espetó—. ¡Me alegro de no tener ya la necesidad de comer, si a los vivos les lleva tanto tiempo acabar una simple cena!

—Lo siento —se disculpó Vereesa— Quería hablar con Jaina, para comprobar si había cambiado de parecer tras el testimonio de Go’el.

Todo había ido mejor de lo que Sylvanas había esperado. Muchos miembros de la Horda y, obviamente, muchos de la Alianza también, habían decidido que el grotesco reinado del Jefe de Guerra Garrosh había sido culpa de Go’el. No obstante, todavía algunos seguían cuchicheando, sin duda alguna, pues así solían obrar los descontentos. Ninguna prueba, explicación o razón bastaría para que olvidaran esas quejas, esas afrentas a las que se aferraban con fuerza y cuidaban como un tesoro. Pese a que Baine había estado muy cerca de presentar a Go’el como un mero mortal, la Visión final que había mostrado Tyrande de un modo maestro había acallado a todos los detractores, al menos por el momento. Aunque ahora ese orco afirmaba que aceptaba que el juicio había sido una buena idea, todo el mundo recordaba que había sido Varian Wrynn quien había impedido la ejecución.

—¿Cambiar de parecer en qué sentido? —inquirió una Sylvanas picada de tal modo por la curiosidad que se olvidó de lo enfadada que estaba con Vereesa.

—En cualquiera. No sé si ha sido cosa del testimonio de Go’el o de la conversación que ha mantenido con Kalecgos, pero no parecía ansiar sangre igual que antes.

—¡Creía que habías dicho que nos apoyaba! —exclamó una iracunda y alarmada Sylvanas—. ¿Qué le ha dicho ese dragón azul?

—No lo sé. No pude acercarme tanto como para poder oírles. —contestó Vereesa—. Pero Kalecgos no está hecho de nuestra misma pasta, hermana, y tú lo sabes. Simpatiza demasiado con la Protectora como para querer lo que queremos nosotras… o como para dejar que Jaina desee lo mismo, si puede impedirlo. Solo sé que cuando volvieron de ese paseo, ambos parecían muy consternados.

—Haz lo que puedas para que Jaina no cambie de opinión —le pidió Sylvanas—. Mientras tanto, me da la impresión de que tendremos que actuar más rápido de lo que habíamos previsto.

Vereesa asintió.

—Tal y como sugeriste, he estado hablando con los vendedores de comida pandaren que han montado sus tenderetes de manera temporal cerca del templo. Mi Shao me ha dicho que su hermana, Mu-Lam, trabaja en las cocinas donde se prepara la comida del prisionero y de los guardias. Incluso hablamos de lo que suele comer Garrosh.

Sí, eso estaba mucho mejor.

—Cuéntamelo todo.

Como Vereesa no era estúpida, por fin se relajó visiblemente y apartó la mano de la empuñadura de esa daga que llevaba en el cinturón. Las hermanas descendieron por la orilla en dirección al océano.

—Todas las mañanas toma lo mismo para desayunar; un surtido variado de bollos y té.

Sylvanas negó con la cabeza.

—Eso no nos sirve. A menos que podamos persuadir a tu amigo Mi Shao de que le prepare unos bollos “especiales”.

—No creo que lo haga. Ni tampoco su hermana. Si bien es cierto que hay algunos pandaren que saben de venenos, pocos los usarían con el fin que queremos darle.

—Sigue hablando.

Entonces, algo que centelleó en la arena llamó su atención y Sylvanas se agachó para cogerlo. Se trataba de una moneda conmemorativa, acuñada en la última década, que mostraba en su faz dorada la efigie sonriente de Kael’thas Sunstrider. A la Dama Oscura se le curvaron los labios en una sonrisa y, acto seguido, arrojó la moneda a las olas.

—El almuerzo consiste en arroz y en algún tipo de carne asada; pollo, mushan, tigre, o lo que sea que les traiga el cazador de turno, supongo.

Sylvanas tuvo que reprimir una sonrisilla de suficiencia.

—No creo que sea de tigre.

—Pero se sirve… ¡oh!

Vereesa pareció hallarse estupefacta por un segundo y, al instante, se echó a reír. Eran unas carcajadas puras, teñidas de sorpresa y puro júbilo, libres de cualquier tinte de malicia o manipulación. Por un brevísimo instante, Sylvanas se encontró de nuevo en esa misma playa, pero bajo la luz del sol, mientras oía cómo se reían sus hermanas de alguna bufonada de Lirath, lo cual la reconfortaba.

Aunque ese recuerdo hizo que se estremeciera un poco, sonrió. No pudo evitarlo.

—No, creo que tienes razón —dijo Vereesa entre risitas nerviosas—. No creo que a Xuen eso le hiciera mucha gracia. —Respiró hondo y recobró la compostura—. Creo… creo que es la primera vez que me río desde que… bueno… Eso es lo que le dan a Garrosh para almorzar.

Sylvanas abandonó el cálido fulgor del pasado y volvió a centrarse en la tarea que tenían entre manos. Asesinar era mucho más reconfortante que regocijarse. O, al menos, le resultaba más familiar.

—Una vez más, a menos que consigamos envenenar al animal antes de que lo maten y lo despedacen, no tendremos oportunidad de manipular esa carne —caviló—. Esto va a ser más difícil de lo que había previsto.

Vereesa había cogido una concha del suelo y estaba pasándosela de una mano a otra de manera ociosa. La alegría la había abandonado y había fruncido levemente el ceño.

—Sylvanas… ¿cómo vamos a llevar esa comida hasta él? Es decir no creo que le preparen comidas especiales. Los guardias comen lo mismo que él.

—No veo dónde está el problema.

—Bueno… no queremos matar a los guardias.

Sylvanas parpadeó.

—¿Perdón?

—Queremos matar a Garrosh, no a los guardias pandaren que lo vigilan.

Sylvanas negó con la cabeza.

—Da igual quién muera mientras Garrosh también perezca. Él nunca ha perdido el sueño arrepintiéndose de los daños colaterales que ha infligido, de eso no hay duda. Si mueren unos cuantos pandaren, lo harán por una buena causa. ¿No será que, después de todo, no tienes estómago para hacer esto?

Vereesa contempló con detenimiento esa concha y se la siguió pasando de una mano a otra, al igual que iba pasando de una idea a otra mentalmente. A pesar de que a Sylvanas no le agradaría matar a Vereesa, no podía permitir que su hermana se acobardara. Ahora no…

Sigue por el camino trazado, hermana. No te salgas de él ahora.

—S-si mueren otros aparte de Garrosh, Varian se sentirá aún más tentado a averiguar lo que ha ocurrido. Y eso podría conducirle hasta nosotras. Si solo perece Garrosh… es más probable que todo el mundo mire para otro lado.

Sylvanas entornó sus ojos rojos mientras contemplaba a Vereesa.

—Eso… eso es algo que no había considerado —se vio obligada a admitir, aunque seguía sospechando que Vereesa, simplemente, no quería acabar con la vida de gente inocente—. Espero que seas consciente de que eso complicará aún más nuestra misión.

—Preferiría detenerme a pensar un poco más en cómo vamos a matarlo sin que detecten nuestra intervención que tener que concebir luego varios modos de evitar que nos capturen —aseveró Vereesa—. Por lo que he observado en el juicio, incluso Vol’jin no aprobaría que actuáramos así Varian seguro que no.

En ese instante, el viento sopló con más fuerza, acariciándole el cabello.

—Creía que, supuestamente, estabas deshecha de dolor —replicó Sylvanas.

—¡Y lo estoy! No te atrevas a… Oh. —La ira se desvaneció con la misma rapidez que había emergido—. Gracias.

—Bueno, sigue con el menú de la cena que se sirve en el Templo del Tigre

Blanco.

—Se sirven tres platos distintos. Fideos de arroz con pescado, una especie de estofado y curry verde.

Sylvanas se estaba devanando los sesos frenéticamente. Había pasado tanto tiempo desde que había probado alguna comida que regresó mentalmente a las celebraciones y festines que había compartido con su familia, a las comidas campestres de las que habían disfrutado aquí, en la orilla, mientras Lirath tocaba la flauta. Alleria solía enfrascarse en la lectura de algún libro, mientras Vereesa y ella chapoteaban entre la espuma y regresaban a la orilla hambrientas, para devorar vorazmente codorniz asada y jamón, manzanas y sandías, queso y pan…

—¿Sylvanas?

La Dama Oscura regresó bruscamente al presente. Por segunda vez, se había dejado llevar por los recuerdos, lo cual no era nada bueno.

—Tendrás que aprender a preparar esos platos —le dijo a Vereesa de repente—. En cuanto conozcamos los ingredientes, tal vez podamos dar con una manera de alcanzar nuestro objetivo que no ofenda a tu sensible conciencia.

—Lo haré —replicó Vereesa—. Le diré a Mi Shao que mis hijos están interesados en la comida pandaren. Eso le agradará.

—Y no le quites la vista de encima a Jaina —le aconsejó Sylvanas.

—Oh, lo haré, no te preocupes por eso —contestó Vereesa.

Permanecieron en silencio ante el mar y, entonces, Sylvanas se dio cuenta de que la reunión había acabado, aunque ninguna de las dos Windrunner quería marcharse. El silencio se prolongó un buen rato, hasta que Vereesa preguntó:

—¿Has hablado con alguno de… de los de tu bando?

—No —respondió Sylvanas—. Todo el mundo sabe que desprecio a Garrosh y ya he discutido con Baine y Vol’jin. Además, cuantos menos lo sepan, mejor. Creo que podemos confiar la una en la otra.

Vereesa se volvió hacia la Reina Alma en Pena y la observó con detenimiento.

—¿De veras, Sylvanas?

La Dama Oscura asintió.

—No te traicionaré, hermana. Ya has sufrido bastante.

Al mismo tiempo que pronunciaba esas palabras, se percató de que lo que estaba diciendo era la pura verdad, lo cual… la sorprendió.

Vereesa sonrió.

—Bien. Será mejor que volvamos.

Sylvanas asintió y caminaron de manera acompasada hasta alcanzar a sus respectivas monturas.

—¿Cuándo crees que podrás hablar con Mi Shao?

—Podría hacerlo mañana, cuando se decrete el primer receso.

Podría aprovechar ese momento para charlar con él —contestó.

—Entonces, nos encontraremos aquí mañana, después del juicio.

—¿Estás seguro de que eso es inteligente? No queremos despertar sospechas.

Sylvanas estuvo a punto de dar un traspié al pensar que no iba a volver a ver a Vereesa al día siguiente. Una extraña punzada de dolor, que no debería haber sido capaz de sentir —similar a cuando uno nota dolor en un miembro amputado—, la asoló, por lo cual tuvo que morderse un labio para no echarse a llorar.

—Tú misma has dicho que no nos sobra tiempo —replicó Sylvanas—. Y todavía no sabemos qué clase de veneno necesitaremos, ni cómo lo vamos a administrar…

Vereesa alzó una mano y sonrió de un modo muy leve.

—¡Está bien, está bien! Cuánto me voy a alegrar de que todo esto acabe. ¡Piensa en ello, Sylvanas! —Le brillaban los ojos de júbilo—. Piensa en Garrosh Hellscream… tumbado sobre el suelo de la celda de esa prisión, mientras exhala su último suspiro y nota cómo ese frío veneno le detiene lentamente el corazón. Cómo me gustaría que hubiera alguna manera de que sepa quién es el responsable de su muerte.

—Tienes más sed de sangre de la que recordaba —afirmó Sylvanas—. Esa ansia te domina.

—Así tiene que ser. No he pensado en otra cosa que no sea la muerte de ese orco desde… —Se le quebró la voz y apartó la mirada—. Bueno, nos veremos mañana, hermana. —Sonrió con una extraña timidez y, súbitamente, ya no pareció ser esa mujer dura e iracunda en la que la habían convertido los últimos acontecimientos, sino más bien la hermana pequeña que Sylvanas tanto recordaba—. Tal vez suene extraño, pero… me alegro de que estemos haciendo esto… juntas.

—Yo también, Lunita. Yo también.

* * *

—¡No llegaremos a tiempo! —gruñó Zaela, quien no paraba de deambular de aquí para allá sobre la cubierta del Lady Lug. Harrowmeiser se encontraba de pie, con los brazos cruzados y esas bolas metálicas y esas cadenas todavía encadenadas a los pies. Su amenazadora mirada era realmente magnífica.

—Bueno, señorita…

—¡Señora de la Guerra!

—Señora de la Guerra, creo que el Lady Lug lo está haciendo muy bien si tenemos en cuenta que no he podido repararla como es debido desde hace años. ¡Estoy haciendo las cosas lo mejor posible!

—¡Pues hazlas aún mejor! ¡Todo esto no habrá servido de nada si no llegamos ahí antes de que se dicte sentencia!

—Para eso, me vendría bien que me quitaran esto de encima —le espetó Harrowmeiser, a la vez que señalaba a esas bolas de hierro.

—¡Te las he dejado puestas para que puedas caer más rápido hacia una muerte segura cuando te arroje por la borda por haberme fallado!

—En realidad —replicó Harrowmeister—, los objetos que poseen la misma masa caen a la misma velocidad.

—Correcto, pero no estás teniendo en cuenta la variable de la resistencia del aire en esa ecuación —apostilló Thalen, al mismo tiempo que se miraba las uñas—, o de cualquier tipo de intervención mágica. Por ejemplo, supón que cayeras con un paracaídas o tu caída se ralentizara gracias a un hechizo lanzado…

—Ayúdalo, Thalen.

El archimago se quedó helado.

—¿Perdón?

—Ya que ambos son tan listos, les ordeno que aúnen esfuerzos ya. Den con la manera de que lleguemos a Pandaria lo antes posible.

Justo hasta ese preciso momento, Thalen había estado disfrutando del vuelo. Zaela era una colega más que digna, pues había derrocado a un orco vil para hacerse con el liderazgo de un clan que apenas era conocido, salvo como una panda de pusilánimes; además, había sido un hueso muy duro de roer para los traidores anti Garrosh. No era de extrañar que su aliado dracónico la hubiera designado como la líder de ese grupo tan extraño y variopinto. Los Dragonmaw habían ido por delante y, en esos momentos, los aguardaban en Pandaria para reagruparse con ellos.

Shokia había sido la siguiente en ser reclutada. La francotiradora orco parecía conocer personalmente a la líder del grupo, aunque no habían mencionado de qué se conocían. Sus amplios conocimientos sobre tácticas de batalla, sobre todo a cierta altura y distancia, los había ayudado a refinar su estrategia.

Por otro lado, Harrowmeiser había procurado evitar al archimago hasta este momento.

Ahora, los dos se encontraban bajo cubierta, donde un desganado Harrowmeiser le estaba explicando brevemente al elfo de sangre cómo funcionaba el Lady Lug, lo cual dejó sumamente impresionado a Thalen, muy a su pesar.

—Este zepelín no es un trampa mortal, tal y como has lamentado que era — comentó—. ¿Cómo has conseguido que se mantuviera en tan buen estado durante todo el tiempo que has estado prisionero?

El goblin, que se hallaba junto a unos fuelles ruidosos y un cigüeñal que giraba estruendosamente, replicó:

—Con caramelo, bramante y un fetiche vudú troll.

Thalen se echó a reír.

—Eres un tipo muy gracioso. Pero bromas aparte, ¿cómo lo has hecho?

Harrowmeiser suspiró y señaló con un dedo verde y sucio a las entrañas del motor. Thalen clavó su mirada en la calavera de algún desafortunado animalito que había sido pintado y ornamentado con unas plumas muy coloridas.

—Oh, cielos —juró—. Ya veo. —Podía percibir la magia que emanaba de ese fetiche y, tras meditar, añadió—: Bueno, no obstante, lo que has hecho parece estar funcionando. En gran parte.

—Con sumo cuidado, extendió un brazo en dirección a ese objeto y lo escrutó durante un largo instante—. Tengo una propuesta que hacerte.

—Ahora mismo, mi mente está abierta de par en par a cualquier cosa que no suponga que acabe cayendo hacia una muerte segura… a la velocidad que sea.

—Tú haz que este trasto tenga un gran aspecto y que funcione lo mejor posible. —Entonces, meneó las manos y una niebla violeta emergió sutilmente de sus dedos—. Y yo comprobaré si soy o no capaz de insuflar más energía a nuestro amiguito de aquí para que nos proporcione más velocidad.

Alzó el fetiche, sopló suavemente encima de él y sonrió al ver cómo se agitaban esas plumas.

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