Crímenes de Guerra – Capítulo Veinte

Crímenes de GuerraNo, este momento no…

Go’el sintió un hondo dolor en el corazón y permaneció Ahi sin respirar unos cuantos segundos. Miró a Baine, pues le había sorprendido que el hijo recurriera a una escena en la que aparecía su padre. Baine bajó la vista y clavó su mirada en sus propias manos. Era incapaz de ver esa escena. Así que esto también le hace sufrir a él, pero aun así, ha decidido mostrar esta escena. Go’el apretó los dientes y recurrió a todas las técnicas que conocía para mantener la calma.

—Estás cometiendo un grave error —se oyó decir a alguien de voz grave y potente, tal y como Go’el sabía que sucedería.

Se trataba de Cairne Bloodhoof.

El anciano toro se encontraba bajo el árbol muerto donde, en esa época, se hallaban el cráneo y la armadura de Mannoroth. Cairne estaba con los brazos cruzados, y tanto sus músculos como su postura erguida revelaban la edad que debía de tener por aquel entonces. Un suave murmullo recorrió la multitud. Tanto la Horda como la Alianza habían respetado y admirado a ese tauren.

Según cuentan, eras tú quien iba ganando la pelea, hermano mío…

—¡Cairne! —dijo la imagen de Go’el (quien en aquella época todavía respondía al nombre de Thrall) —. Me alegro de verte. Esperaba tener noticias tuyas antes de marcharme.

—No creo que vayas a alegrarte mucho de verme, la verdad, ya que no creo que te vaya a gustar lo que tengo que decir —replicó.

—Siempre he hecho caso a todo cuanto me has dicho, por eso he pedido que aconsejes a Garrosh en mi ausencia, así que habla.

Pero eso no era cierto del todo, ¿verdad? Pues, al final, no le había hecho caso.

—Cuando el mensajero ha llegado con tu carta —dijo Cairne—, he pensado que, en efecto, tras tanto tiempo, por fin me había vuelto senil y estaba teniendo sueños febriles, como le sucede al pobre Drek’Thar, al ver, escrito de tu propio puño y letra, ¡que deseas designar a Garrosh Hellscream como líder de la Horda!

Cairne fue alzando la voz a medida que hablaba. Thrall miró a su alrededor y frunció levemente el ceño.

—Será mejor que discutamos esto en privado —le pidió Thrall—. Mis aposentos y mis oídos están abiertos de par en par para ti en todo…

—No. —Cairne pisoteó el suelo con una de sus pezuñas para mostrar su enfado, lo cual no era nada habitual en él—. Estoy aquí, bajo la sombra de aquel que en el pasado fue tu mayor enemigo, por una razón. Porque recuerdo a Grommash Hellscream.

Recuerdo su pasión, su violencia y su rebeldía, pero también recuerdo el daño que hizo en su día. Aunque tal vez muriera como un héroe al matar a Mannoroth, y eso soy el primero en reconocerlo. Pero todos fuimos testigos, incluso tú, de cómo acabó con muchas vidas y de cómo se jactó de ello. Tenía una gran sed de sangre, se regodeaba en la violencia, y sació esa sed con la sangre de los inocentes. No te equivocaste al señalar a Garrosh que su padre fue un héroe, pues eso es cierto, pero también lo es que Grommash Hellscream hizo muchas cosas de las que nadie podría estar orgulloso, y su hijo también tiene que saberlas. He venido para pedirte que tú también recuerdes esas cosas, esas luces y esas sombras, para que admitas que Garrosh es hijo de quien es y que recuerdes que de tal palo, tal astilla…

—La sangre demoníaca que corrompió a Grommash nunca ha corrompido a Garrosh. Es testarudo, sí, pero la gente lo adora. Él…

—¡Lo adoran porque solo ven su parte gloriosa! No ven su necedad. Sí, yo también soy capaz de apreciar que es un guerrero glorioso —admitió Cairne—. Aprecio su sabiduría como estratega. Tal vez si las semillas de ese talento se regaran con el asesoramiento y la guía adecuada acabarían germinando como es debido en el alma de Garrosh. Pero le resulta muy fácil actuar sin pensar, así como ignorar la sabiduría que emana de lo más hondo de su ser. Hay cosas en él que respeto y admiro, Thrall. No me malinterpretes. Pero no es el adecuado para liderar a la Horda, como tampoco lo fue Grommash, y menos si tú no estás para controlarlo cuando se exceda, sobre todo ahora que nuestra relación con la Alianza pende de un hilo. ¿Sabes que hay muchos que comentan entre susurros que ahora sería un buen momento para atacar Ironforge, ahora que Magni se ha convertido en una estatua de diamante y no tienen un líder claro?

—Claro que lo sé. —Thrall suspiró—. Cairne… no estaré ausente mucho tiempo.

—¡Eso no importa! Ese crío no tiene el temperamento que se necesita para ser el líder que tú eres. ¿O debería decir que eras? ¡El Thrall que yo conocí, el que trabó amistad con los tauren y los ayudó tanto, no habría entregado la Horda que tanto le costó restaurar tan despreocupadamente a un joven bisoño sin ninguna experiencia!

—Eres uno de mis más antiguos amigos en estas tierras, Cairne Bloodhoof — afirmó Thrall, con una voz amenazadoramente serena—. Sabes que te respeto, pero la decisión ya está tomada. Si tanto te preocupa la inmadurez de Garrosh, guíalo, tal y como te he pedido. Concédele el beneficio de la duda, ayúdalo con tu vasta sabiduría y enorme sentido común. Necesito… necesito que me apoyes en esto, Cairne. Necesito tu apoyo, no tu desaprobación. Necesito tu mente fría y calculadora para poder serenar al impulsivo Garrosh, no tu reprobación para incitarlo a obrar de manera más irreflexiva.

—Me pides sabiduría y sentido común y, por eso mismo, debo darte esta respuesta: no entregues el poder a Garrosh, no des la espalda a tu pueblo, no les impongas a ese fanfarrón arrogante como líder. Ese es mi sabio consejo, Thrall. Te lo doy con la sabiduría que he adquirido con el paso de los años, que he adquirido con sangre y sufrimiento a lo largo de muchas batallas.

Una gran tensión se apoderó de Thrall. Esto era lo último que quería. Pero había sucedido. A continuación, habló con una voz gélida:

—Entonces, no tenemos nada más que hablar. Mi decisión es irrevocable. Garrosh liderará la Horda en mi ausencia. Dejo en tus manos la decisión de si optarás por guiarlo como consejero, o si dejarás que la Horda pague un alto precio por culpa de tu testarudez.

Go’el observó, con el corazón henchido de pena, cómo el Thrall del pasado daba la espalda a su hermano y se adentraba en la noche. Sabía perfectamente qué había hecho después —se había montado en su dracoleón y había volado hasta el Portal Oscuro, para poder iniciar su adiestramiento en Draenor—.

Nunca volvería a ver a Cairne.

La imagen de Caime siguió con la mirada al orco que marchaba. Entonces, suspiró profundamente y agachó la cabeza. Un momento después, elevó la mirada hacia la calavera del demonio.

—Grommash, si tu espíritu aún deambula por aquí, ayúdanos a guiar a tu hijo. Te sacrificaste por el bien de la Horda y sé que no desearías ver cómo tu hijo la destruye.

—Para. —La imagen del viejo toro se desvaneció. Baine se encaró con Go’el y se enderezó—. Ahora te hago la misma pregunta que te hiciste antes a ti mismo, Go’el: ¿por qué no le hiciste caso?

Si bien Go’el esperaba que Tyrande protestara, esta permaneció sentada, calmada, con una leve sonrisa dibujada en los labios. La elfa le estaba dando la oportunidad de responder y la iba a aprovechar.

—Porque no soy un dragón bronce. No soy capaz de ir adelante y atrás en el tiempo, ni de conocer todas las posibles repercusiones que tendrá cada decisión que tomo en cada momento. Soy un mortal y solo puedo tomar decisiones con los elementos de los que dispongo en un momento dado, igual que tú. Tomé la mejor decisión posible en un momento en que no se podía tomar ninguna decisión buena. Sí, designé a Garrosh como líder de la Horda para que me sustituyera en mi ausencia. Y cuando ocurrió el Cataclismo, tú, Baine Bloodhoof, estuviste ahí conmigo y entendiste perfectamente por qué dejé a Garrosh al mando. ¿Quieres saber si me gustaría haber tomado otra decisión? Planteamos qué hubiera pasado no nos lleva a ningún lado. Hacemos las cosas lo mejor posible allá donde estamos, a cada minuto que pasa, cada vez que respiramos, tomamos las decisiones que consideramos mejores. Cometemos errores y tenemos que vivir con ellos, pero también intentamos aprender de ellos. Es lo único que podemos hacer.

—Garrosh Hellscream también cometió errores —replicó Baine—. Aunque son de ese tipo de errores con los que resulta muy difícil vivir.

—Sí, pero eso tiene fácil remedio —señaló Go’el.

—Intentaste matarle, ¿no es así?

—Sabes que sí.

—Si pudieras retroceder hasta ese momento… en el que Garrosh yacía ante ti derrotado… ¿volverías a intentar matarlo?

Go’el buscó la contestación a esa cuestión en lo más hondo de su corazón. ¿Lo haría?

La respuesta lo sorprendió incluso a él.

—No —contestó con calma—. A lo largo de estos últimos días, he llegado al convencimiento de que este juicio es una buena idea. Había testimonios que debían escucharse que de otro modo no habrían sido oídos. He depositado toda mi fe en los Augustos Celestiales, sé que tomarán la decisión adecuada.

—Tengo una pregunta más para ti —le indicó Baine—. Has admitido que has cometido errores en tu vida. —Señaló al lugar donde estaba sentado Garrosh, con rostro impasible y los brazos, las piernas y la cintura rodeados de cadenas—. Él también ha cometido errores. ¿Acaso no debería tener él también la oportunidad de aprender de ellos? ¿De hacer todo cuanto pueda por enmendarlos?

—Hay cosas que jamás se podrán enmendar —replicó Go’el, con una voz cargada de emoción—. A veces, uno tiene que acabar con la causa que está provocando tanto daño para impedir que haga más. Tu padre era muy sabio, Baine, pero ¿estamos seguros de que tenía razón? ¿Acaso sabemos cómo acabará todo? Yo no. ¿Y tú?

Clavó sus ojos en los de Baine, y el tauren fue el primero en apartar la mirada.

—No hay más preguntas, Fa’shua —dijo Baine, quien regresó a su asiento.

Al levantarse Tyrande de la silla, se pudo escuchar el roce de su vestido.

—Has dicho que no sabemos cómo acabará todo, Go’el, y eso es cierto. No obstante, si el tribunal me da permiso, me gustaría mostrar un final posible que hubiera tenido lugar si Go’el hubiera escogido otra opción. Un final tan posible, tan altamente probable, que Ysera la Despierta tuvo una visión en la que pudo ver ese final; una visión que la llevó a buscar al testigo.

—La acusación puede presentar esta Visión —señaló Taran Zhu.

A este escenario le costó un rato cobrar forma. Al principio, no se podía ver ni oír nada. Entonces, poco a poco, Go’el pudo discernir las siluetas de unos edificios, unas montañas y unos árboles. En cuanto esas formas se definieron más, se dio cuenta de que esos edificios carecían de habitantes, de que en esas montañas no había prados y de que los árboles solo eran meros esqueletos. Había tanto silencio porque no quedaba nada vivo que pudiera hacer algún ruido. Lo único que se podía oír era el viento y el crepitar de un trueno distante.

A continuación, se pudieron apreciar aún más cosas; cuerpos que se pudrían ahí donde habían caído. Cadáveres de orcos y taunkas, de mamuts y magnatauros y osos.

Ningún carroñero acudía a disfrutar de ese festín; los cuervos yacían inmóviles sobre una tierra yerma y sus plumas negras ondeaban bajo ese viento impasible.

No… algo todavía vivía. Entonces, pudo distinguir las hermosas y discordantes tonalidades púrpura, violeta e índigo de una pareja de dragones crepusculares que sobrevolaban ese matadero que era ahora Azeroth. Luego se sumó otro a esos dos y después otro más, hasta que el aire se llenó de tantos de esos dragones que Go’el apenas pudo atisbar el horror final que esa visión les reservaba, aunque con un mero atisbo fue más que suficiente.

Empalado sobre la aguja del Templo del Reposo del Dragón se encontraba el cuerpo del Destructor, del Rompemundos… el heraldo de la muerte yacía muerto en un mundo sobre el que ahora solo daban vueltas los dragones crepusculares.

Esta Visión nunca llegaría a ser realidad. Y Go’el sabía que eso era, al menos en parte, gracias a él.

—No hay más preguntas.

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