Crímenes de Guerra – Capítulo Dieciocho

Crímenes de GuerraDía Cuatro

Tyrande miró a Go’el, que estaba sentado en la silla de los testigos, y acto seguido se rio levemente, a la vez que movía la cabeza de lado a lado.

Taran Zhu frunció el ceño.

—Chu’shao, ¿necesitas un momento de receso?

—No, Fa’shua, pido perdón al tribunal. Simplemente, estaba pensando en cómo podría presentar a Go’el.

—Deja que se presente él solo —sugirió Taran Zhu.

Tyrande arqueó una ceja e invitó al orco a hablar.

Go’el alzó la vista hacia los Celestiales y se dirigió a ellos:

—Me llamo Go’el. Soy el hijo de Durotan y Draka, el compañero de por vida de Aggralan, hija de Ryal. Padre de Durak y líder del Anillo de la Tierra.

—¿Puedes explicarnos qué es el Anillo de la Tierra y qué hace por Azeroth? — preguntó Tyrande.

—El Anillo de la Tierra es una organización en la que participan chamanes de todas las razas —contestó—. Ahí no reina el conflicto, sino la preocupación por el bienestar de nuestro mundo. En estos momentos, nuestro deber primordial es colaborar con los elementos para curarlo de la destrucción que trajo consigo el Cataclismo.

—Pero tú, después del Cataclismo, a nivel personal, has hecho mucho más que la mayoría de los chamanes —añadió Tyrande—. Fuiste una pieza clave a la hora de derrotar a quien causó el Cataclismo; al corrupto Aspecto de Dragón Negro, a Deathwing.

—Fue un honor ayudar.

—Hiciste mucho más que eso, Chamán del Mundo Go’el, pero por ahora, me gustaría que le contaras al tribunal ciertas cosas sobre otro nombre, sobre otro título que ostentaste en su día. ¿Puedes explicamos qué clase de obligaciones tenías antes de actuar heroicamente para salvar a nuestro mundo?

—Con todo respeto, protesto —dijo Baine, quien, sin lugar a dudas, se mostraba reticente a que le hiciera esa pregunta.

—Fa’shua, solo intento establecer quién es realmente este testigo—replicó Tyrande—. Cualquiera sabe que Go’el es un individuo realmente extraordinario.

—No estoy en desacuerdo con la acusación, así que, por favor, prosigue. Go’el, haz el favor de responder a la pregunta.

—En el pasado, era conocido como Thrall, Jefe de Guerra de la Horda.

—Un nombre interesante ese de Thrall —caviló Tyrande, quien se había recuperado del extraño ataque de risa que había sufrido antes y ahora deambulaba por la sala con suma calma—. ¿Puedes contamos cómo recibiste ese nombre?

—Es una palabra que significa “esclavo” —respondió Go’el—. Mis padres habían sido asesinados y me encontró un humano llamado Aedelas Blackmoore, quien me dio ese nombre y me crió para que fuera un gladiador. Más tarde, supe que su intención era utilizarme para liderar una revuelta de los orcos contra la Alianza.

—Obviamente, eso no fue lo que hiciste —apostilló Tyrande—, así que explícanos cómo acabaste obrando.

—Escapé de Blackmoore y liberé a los orcos de los campos de internamiento donde estaban encerrados.

—¿Y eso cuándo fue?

—Unos años antes de la llegada de la Legión.

Tyrande asintió.

—Y creaste un ejército con los orcos a los que liberaste, ¿verdad?

—Así fue.

—¿Y qué hiciste con ese ejército?

—Lo lideré con el fin de acabar con el centro de mando de esos campos de intemamiento, con el Castillo de Durnholde. Derroté a Blackmoore y obtuve la libertad para mi pueblo. Al final, los llevé al otro lado del océano, a Kalimdor, donde fundamos una nueva nación y una nueva ciudad; la tierra de Durotar y la ciudad de Orgrimmar.

—Orgrimmar recibió ese nombre en homenaje a Orgrim Martillo Maldito, y Durotar, por tu padre, Durotan. Fundaste una tierra y una ciudad para los orcos — explicó Tyrande.

—Sí, pasó a ser la nueva tierra natal de los orcos —puntualizó Go’el.

—¿Solo para los orcos?

—No. Tuve la suerte de contar con fuertes y valerosos aliados, como Sen’jin, líder de los trolls Darkspear y su hijo, Vol’jin, o los tauren… siempre he dicho abiertamente que creo que ellos son el corazón de la Horda; además, Cairne Bloodhoof era mi hermano. La Horda creció y acabó recibiendo en su seno a los Renegados, a los sin’dorei, a una parte de la población goblin y ahora también está abierta a cualquier pandaren que desee unirse a nosotros y crea en nuestros ideales.

—Algunos creen que al ampliarse la Horda su verdadera esencia se diluyó.

Go’el miró a Garrosh, quien se hallaba sentado en su lugar habitual junto a Baine. Garrosh tenía clavada la mirada en su predecesor.

—Creo que no han debilitado a la Horda, sino que la han hecho más fuerte.

—¿Cuándo renunciaste a tu cargo y por qué?

—Fue poco después de la derrota del Rey Lich —contestó Go’el—. Justo después de que el Cataclismo sacudiera Azeroth. Marché a Nagrand, para estudiar con un chamán de ese lugar, para descubrir qué era lo que tanto perturbaba a los elementos. La Horda necesitaba un líder mientras yo estuviera lejos. Más tarde, tras aprender a dominar mis habilidades chamánicas, me uní a aquellos que habían aunado esfuerzos para serenar a los elementos y salvar nuestro mundo.

—Designaste a Garrosh Hellscream como sucesor, ¿verdad?

—Así fue.

Aunque la tensión se había apoderado del rostro de Go’el, había contestado con voz serena.

—¿Por qué razón?

—Garrosh había actuado bien y de manera honorable en Northrend. Era joven, valiente y un símbolo de esperanza y victoria para un pueblo machacado por la guerra y los horrores del Azote.

—¿Tuviste alguna duda?

—Habría tenido dudas con cualquiera al que hubiera nombrado. Me pregunté, por ejemplo, si la pesada carga del liderazgo sería demasiado para los más ancianos, o si se generaría mucho descontento si no escogía a un orco. No había ningún candidato perfecto. Garrosh parecía conocer sus límites y contaba con mucha gente que podía aconsejarle.

Tyrande asintió en dirección hacia Chromie.

—Si el tribunal me da su permiso, me gustaría mostrar una Visión en la que se muestra a la perfección este razonamiento.

La escena cobró forma en el centro de la estancia; se trataba de un momento que Go’el recordaba perfectamente.

—¿Vas a regresar pronto?

Go’el parpadeó, sorprendido ante la falta de confianza que denotaba la voz de Garrosh en esa Visión. Había olvidado por completo lo a disgusto que se había sentido en su momento Garrosh con el legado familiar que le había tocado asumir… así como consigo mismo.

—No… no lo sé —se vio y oyó decir Go’el a sí mismo—. Puede llevarme cierto tiempo descubrir lo que he de saber. Confío en que no estaré ausente mucho tiempo, pero podría tardar semanas… e incluso meses.

—Pero ¡la Horda necesita un Jefe de Guerra!

—Me voy por el bien de ella. No te preocupes, Garrosh. No renuncio a ella. Viajo adonde debo, para servir como debo. Todos servimos a la Horda. Incluso su Jefe de Guerra… tal vez el Jefe de Guerra más que nadie. Y bien sé que tú también la sirves con gran lealtad.

—Así es, Jefe de Guerra. Fuiste tú quien me enseñó que debía enorgullecerme de mi padre, por lo que él siempre intentó hacer por los demás y por la Horda. No hace mucho que formo parte de ella, pero aun así, he visto suficiente como para saber que, al igual que mi padre, moriría por ella.

Go’el observó cómo unas expresiones de sorpresa se dibujaban en los muchos rostros que ocupaban ese templo cuando el Garrosh del pasado habló con tal sinceridad. Durante mucho tiempo, el único Garrosh que habían visto o sobre el que habían oído hablar había sido el destructor de Theramore. Go’el se preguntó si Tyrande había realizado una maniobra inteligente al mostrar esta escena, ya que seguramente así solo iba a lograr que Garrosh se ganara la simpatía de muchos.

—Ya te has enfrentado a la muerte y la has esquivado —afirmó Thrall—. Has matado a muchos de sus esbirros. Has hecho más por esta nueva Horda que muchos que han formado parte de ella desde el principio. Debes saber esto: nunca me marcharía sin designar a alguien que no sea capaz de cuidar de ella, aunque solo sea durante una breve temporada.

—¿Me… me estás nombrando Jefe de Guerra?

Oh, tanta sorpresa reflejada en un rostro tan joven…

—No. Pero te ordeno que lideres a la Horda en mi nombre hasta que regrese.

Garrosh no sabía qué decir.

—Entiendo de batallas y tácticas, sé cómo arengar a las tropas… Sí, sé cómo hacer ese tipo de cosas, así que deja que sirva de ese modo. Búscame un adversario al que enfrentarme y derrotar y verás cómo seguiré sirviendo a la Horda con gran orgullo. Pero no sé nada de política, ni de… ni de gobernar. ¡Prefiero tener una espada en la mano antes que un pergamino!

—Lo entiendo —replicó Thrall—. Pero contarás con unos consejeros excelentes. Pediré a Eitrigg y Cairne, los cuales han compartido su sabiduría conmigo a lo largo de los años, que te guíen y aconsejen. Se puede aprender a hacer política, pero no a amar a la Horda como tú obviamente la amas. —Sacudió la cabeza—. Eso es más importante que la perspicacia política en estos momentos. Y eso, Garrosh Hellscream, tú lo tienes en abundancia.

Aun así, Garrosh parecía muy dubitativo, lo cual no era nada habitual en él. No obstante, al final, dijo:

—¡Si me consideras digno del puesto, entonces debes saber que haré todo lo posible para que la Horda alcance la gloria!

—En estos momentos, no nos hace falta más gloria —le corrigió Thrall—. Ya tendrás bastantes desafíos a los que enfrentarte sin que tengas que hacer ese esfuerzo extra. El honor de la Horda está ya más que asegurado. Solo debes cuidar de él.

Antepon sus necesidades a las tuyas, tal y como hizo tu padre. Se dará orden a los Kor’kron de que te protejan, tal y como harían conmigo. Iré a Nagrand como chamán, no como Jefe de Guerra de la Horda. Y haz caso tanto a Cairne como a Eitrigg, pues ¿acaso entrarías en batalla sin un arma?

Garrosh parecía confuso.

—Esa es una pregunta muy necia, Jefe de Guerra, y lo sabes.

—Oh, claro que sí. Solo quiero cerciorarme de que entiendes que cuentas con unas armas muy poderosas —replicó Thrall—. Mis consejeros son las armas que utilizo siempre que intento hacer lo mejor para la Horda. Ellos ven cosas que yo no puedo ver y me muestran opciones que no sabía que tenía. Solo un necio despreciaría tales armas, y yo no creo que lo seas.

—No soy ningún necio, Jefe de Guerra. No me pedirías que sirviera a la Horda si creyeras que lo soy.

—Cierto. Bueno, Garrosh, ¿aceptas liderar a la Horda hasta que llegue la hora de mi regreso? ¿Aceptarás los consejos de Eitrigg y Cairne cuando te los ofrezcan?

Garrosh respiró hondo.

—Ansío sinceramente liderar la Horda de la mejor manera posible. Así que sí, y un millar de veces sí, mi Jefe de Guerra. Seré el mejor líder posible y consultaré con esos consejeros que me has sugerido. Sé que me brindas un tremendo honor y me esforzaré por ser digno de él.

—Entonces, estamos de acuerdo —dijo Thrall—. ¡Por la Horda!

—¡Por la Horda!

—Páralo aquí, por favor —pidió Tyrande.

La escena se congeló. La elfa se dirigió hacia esas enormes figuras inmóviles y observó con detenimiento al joven Garrosh, el cual parecía feliz y profundamente conmovido. A continuación, se volvió y miró al Garrosh del presente, que se hallaba callado, encadenado y con los ojos entrecerrados mientras le devolvía la mirada. Go’el se dio cuenta de que no hacía falta que ella dijera ni una sola palabra. El contraste entre las dos versiones de Garrosh Hellscream no podía ser más terrible.

La elfa negó con la cabeza, como si le costara creer la veracidad de esa prueba que tenía ante los ojos y, acto seguido, reanudó el interrogatorio:

—Por favor, cuéntanos qué ocurrió después de que te marcharas, en un principio, solo por un breve espacio de tiempo.

—Sucedió el Cataclismo —respondió Go’el—. Mis habilidades chamánicas fueron más necesarias de lo que yo mismo… o cualquiera… podría haber anticipado.

—¿Tus estudios fueron lo que impidieron que regresaras?

—Sí, en un principio. Después, fui a la Vorágine, para ayudar al Anillo de la Tierra a calmar a los elementos, tal y como he mencionado antes. Pero después de que Deathwing irrumpiera en nuestro mundo, mis habilidades, sobre todo las relativas a mi capacidad de comunicación con el elemento de la tierra, resultaron ser muy importantes.

—Yo diría que fueron absolutamente vitales para lograr la destrucción de ese dragón —afirmó Tyrande, la cual lanzó una mirada fugaz en dirección hacia Baine, pues sin duda esperaba que protestase, pero no lo hizo—. Al haber desaparecido el Guardián de la Tierra original —es decir, Neltharion antes de corromperse—, ese puesto estaba vacante, ¿no es así?

—Sí —contestó Go’el, quien se revolvió inquieto en la silla.

—Y solo tú eras lo bastante fuerte como para dominar el elemento de la tierra y utilizarlo contra Chromatus, así como para emplear el Alma Demoníaca contra Deathwing, ¿verdad?

—Sí —respondió Go’el—. Aun así, habríamos fracasado si no hubiéramos contado con la ayuda de muchos otros miembros de ambos bandos. Y mantengo que cualquier chamán capacitado para ello habría asumido sin titubear los mismos riesgos que yo asumí.

—Pero no había nadie más capacitado que tú —insistió Tyrande.

—No —replicó Go’el.

No le gustaba que se le considerara, aunque solo fuera de manera temporal, como alguien a la altura de los Aspectos, o que se le reconociera el mérito de haber llevado a cabo un acto heroico tan extraordinario cuando sabía en lo más hondo de su ser que cualquier miembro del Anillo de la Tierra habría hecho lo mismo si hubiera podido.

—Tras la caída de Deathwing, regresaste a la Vorágine, donde continuaste trabajando, ¿no es así?

—Sí.

—Para entonces, ya debía de haber llegado a tus oídos lo que estaba haciendo Garrosh.

El orco le lanzó una mirada inquisitiva y asintió.

—Sí.

—Muchos opinan que, en cuanto las cosas se torcieron, deberías haber regresado para asumir de nuevo el liderazgo de la Horda.

—Los que opinan de esa manera no estaban conmigo en la Vorágine —replicó Go’el—. Cualquier miembro del Anillo de la Tierra que sirvió ahí podría decirte que no pudimos prescindir de la ayuda de nadie en esos momentos.

—Así que te prohibieron marchar, ¿no?

—No. No se ordenó a nadie que se quedara. Fue una decisión que tuvimos que tomar cada uno con el corazón, sopesando qué era lo mejor. Todavía oía la llamada de los elementos, así que supe que debía quedarme.

—Supongamos que no hubieras seguido oyendo su llamada, que hubieras podido dejar la Vorágine. ¿Qué habrías hecho? ¿Tal vez habrías ido a Orgrimmar y le habrías dicho a Garrosh que renunciara al trono?

—Para entonces, él era el Jefe de Guerra. Yo no tenía autoridad para hacer tal cosa. En esos momentos, yo ni siquiera era un verdadero miembro de la Horda. Me había convertido en el líder del Anillo de la Tierra y le debía mi lealtad a ella. Otros líderes podrían habérselo pedido y provocado un cambio de poder, pero yo no. Ni siquiera estaba seguro de que mi antigua visión sobre cómo debía ser la Horda siguiera siendo lo que quería la gente.

—No estoy segura de entenderte.

Go’el sabía que la elfa lo comprendía perfectamente; no obstante, agradeció tener la oportunidad de expresar una reflexión que le había pesado como una losa.

—El mundo no esperó a que yo regresara —aseveró, esbozando una sonrisa con la que parecía subestimarse a sí mismo—. Había cambiado. Los orcos habían cambiado. Mi Horda había cambiado. ¿Qué iba a hacer…? ¿Matar a mis compañeros orcos hasta que volviera a ser mi Horda? ¿Acaso tenía derecho a obligar a la Horda a ser lo que había sido bajo mi liderazgo? ¿Acaso tenía derecho siquiera a protestar después de haber elegido otro camino?

—Si te hubieran pedido que volvieras… ¿qué habrías hecho?

—De hecho, Vol’jin me pidió ayuda. En cuanto recibí esa petición de mi hermano, le di una respuesta con todo mi corazón.

—¿Qué tenían que hacer tanto tú como tus seguidores para ayudar a Vol’jin y los trolls?

Go’el no contestó de inmediato, pero al final dijo:

—Matar a los Kor’kron que habían impuesto la ley marcial sobre las Islas, del Eco.

—¿Acaso eso no suponía actuar en contra de la voluntad del Jefe de Guerra?

—Sí, así era. Pero con independencia de quién la lidere, la Horda es y siempre será una familia. Esto no se trataba de una defensa contra una amenaza exterior ni siquiera de una incursión contra un enemigo, sino de que la Horda estaba atacando a su propia gente.

—Y eso fue lo que te impulsó a alzarte en armas contra Garrosh.

—Sí. No podía permanecer al margen cuando se me había pedido que ayudara a mi hermano frente a las agresiones de alguien que debería haberlo apreciado y valorado y no haber querido matarlo.

Tyrande sonrió y agachó la cabeza en señal de respeto.

—Gracias, Go’el. No tengo más preguntas. La defensa puede interrogar al testigo.

Go’el se dio cuenta de que, a pesar de que el interrogatorio de Tyrande había sido riguroso y extenuante, no iba a ser nada comparado con lo que se le venía encima. Su amigo Baine, el hijo de Cairne Bloodhoof, se acababa de levantar de su asiento.

Go’el había sido testigo de lo que Baine le había hecho a Vol’jin, quien había sido un aliado del tauren y un amigo en su lucha contra Garrosh, quien había rogado al tauren que asumiera la responsabilidad de defender a Hellscream lo mejor posible.

Y eso era precisamente lo que había estado haciendo Baine y lo que iba a seguir haciendo. No cabía duda de que el tauren iba a mostrarse tan incisivo con Go’el como había hecho con el troll.

¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?, se preguntó Go’el, quien se armó de valor ante el interrogatorio.

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