Crímenes de Guerra – Capítulo Diecinueve

Crímenes de GuerraHarrowmeiser suspiró. Sí, disfrutaba de otra noche maravillosa en el espectacular Fiordo Aquilonal del encantador continente de Northrend, de esa elegante “aurora boreal” de la que todo el mundo no paraba de hablar y, ah, de esas deliciosas temperaturas bajo cero. Y, oh, también de ese catre tan basto y hermoso a la vez, así como de esa cosa que a veces se podía considerar comida de verdad.

El goblin se hallaba contemplando el sol del atardecer. Estaba flanqueado por una mujer a cada lado y, no por primera vez, se preguntó qué aspecto tendrían sin esos yelmos.

Sí… disfrutaba de otro día glorioso ahí, en la Fortaleza de la Guardia Oeste, como “invitado”, muy a su pesar, de la Alianza.

Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto tiempo llevaba cautivo. Era difícil saberlo, ni siquiera aproximadamente, pues ahí realmente los cambios de estación apenas eran perceptibles. Seguramente, llevaba ya años en ese lugar. Además, su hermoso zepelín, el Lady Lug, era utilizado ahora por el enemigo para proteger la fortaleza de los ataques de los piratas que pululaban cerca.

Y ni siquiera tengo una camisa que vestir, pensó con sumo pesar al sentir ese frío. Soy de Trinquete. Provengo de un clima tropical. Y aquí me tienen, con unas bolas de hierro encadenadas a los pies y sin ni siquiera una camisa que ponerme.

—¿Sabes una cosa, Chica Verdosa? —Meditó Harrowmeiser—. En cuanto corra la voz y la Horda se entere de que cometen estas crueldades, se va a producir un incidente internacional o algo así—les comentó a ambas guardias—. O sea —entonces, se estiró y se flexionó un poco—, estoy prácticamente desnudo.

Les mostró una sonrisa lasciva, con la que enseñó unos dientes afilados y amarillentos; además, movió las cejas arriba y debajo de un modo muy sugerente y rápido ante la mujer de su izquierda.

Casi se pudo oír cómo le rechinaban los dientes a esa guardia. Como esa enana de ojos esmeralda odiaba que se dirigieran a ella utilizando ese apodo, eso animaba aún más a Harrowmeiser a usarlo siempre que se le presentara la oportunidad.

—Puaj, no me lo recuerdes —masculló Chica Verdosa—. ¡Eso sí que es una crueldad!

—¿Oh? —preguntó este—. ¿Acaso poder contemplar mi reluciente y tensa piel verde en la que destacan unos músculos muy desarrollados…?

—¿… nos recuerda al cuerpo de un zombi plagado? Pues claro —le interrumpió Campana Azul, cuyo nombre no tenía tanta gracia, era como llamarse sargento Fulano o Mengano, aunque había que reconocer que estaba muy bien puesto, ya que los ojos de esa mujer eran del color del cielo.

—Vamos, señoritas, seguro que hay un corazón debajo de esas armaduras de placas —dijo Harrowmeiser—. Llevo aquí mucho tiempo prisionero y he hecho todo lo que me han pedido. Querían contar con una defensa contra esos piratas de allá abajo, ¿no?

Señaló con un dedo, en el que destacaba una uña muy afilada, en dirección al Estrecho Devastado, donde se encontraban media decena de galeones piratas, los cuales realizaban alguna incursión que otra de vez en cuando, aunque casi todo el tiempo se hallaban lo bastante lejos como para que no pudieran alcanzar a nadie en tierra.

¡Esos piratas no son rival para la inteligencia y talento del pueblo goblin!, pensó Harrowmeiser, con su diminuto pecho henchido de orgullo, y acto seguido añadió:

—¡Ahora pueden defenderse de esos piratas de ahí abajo gracias a mí! He revisado ese zepelín todos los días, siguiendo las órdenes de la Alianza. Desde que capturaron mi nave, he transportado a muchísimos aventureros y solo en una ocasión…

—Setecientas trece.

—¿Perdón, Campana Azul?

Los ojos de la humana dejaron de tener una tonalidad azul cielo para adquirir un azul más glaciar.

—Setecientas trece veces. Tu zepelín ha sufrido algún tipo de avería o accidente setecientas trece veces. Y eso que el día de hoy aún no ha acabado.

—¡Señora, me ofendes!

La Chica Verdosa resopló.

—¡Ja! ¡Qué más quisiéramos! No te burles, goblin… es de mala educación.

—¿Burlarme? ¿Yo? ¡Jamás! Ya saben lo que se suele decir: que cuando uno sigue la senda del goblin… —replicó, pero se calló al darse cuenta de que ninguna de ellas le estaba prestando atención.

Habían vuelto la cabeza hacia la derecha y miraban en dirección a la puerta principal. En ese instante, gracias a sus largas orejas, Harrowmeiser oyó lo que había captado la total atención de las dos guardias; unos ruidos guturales, unos gritos de guerra indescifrables que rasgaban el aire, a los que se unían los gritos de desafío de la Alianza. También oyó el fragor tan familiar del acero al chocar, el furioso cántico de las flechas y cómo los gritos se tomaban en chillidos de angustia.

—Oh, esto es genial —masculló—. Tengo estas cosas atadas a los pies y aquí vienen los vrykul en busca de sangre.

—Quédate aquí —le ordenó Campana Azul, quien se fue corriendo de inmediato.

—Vaya —dijo Harrowmeiser, arqueando una ceja en señal de sorpresa—, es capaz de moverse bastante rápido a pesar de llevar armadura.

—Yo también —murmuró la Chica Verdosa. Ambos permanecieron callados un instante, y la enana se estremeció. De repente, lanzó un juramento bastante ofensivo. Desenvainó la espada y lanzó una mirada furibunda a Harrowmeiser a través de la visera de su yelmo—. ¡No te muevas de aquí!

Acto seguido, se fue caminando a paso ligero tras su compañera, en dirección al lugar de donde procedía toda esa conmoción.

Harrowmeiser no perdió el tiempo. Se alejó tanto como le permitían esas cadenas que llevaba atadas a las piernas y llegó hasta una extensión de tierra que se encontraba junto al muelle. Tanteó el terreno frenéticamente hasta que dio con una piedra. Se concentró, frunció el ceño y golpeó el mecanismo de cierre con ella. Alzó la vista hacia la puerta e intentó imaginarse qué podría estar ocurriendo. A continuación, miró al zepelín.

A infierno el cierre, pensó. Entonces, profiriendo un gruñido, levantó una de esas pesadas bolas de hierro y arrastró la otra consigo a la vez que se acercaba centímetro a centímetro hacia el Lady Lug y su dulce y ansiada libertad. Esas mozas tan desagradecidas lo iban a echar mucho de menos en cuanto se largara de ahí, pues él era lo único que proporcionaba un poco de humor, un poco de luz, a esas plomizas y tediosas vidas que llevaban como miembros de la Alianza.

De repente, escuchó unas pisadas procedentes de la cubierta, que parecían indicar que alguien estaba corriendo por ella, y se quedó paralizado. Harrowmeiser agachó las orejas al comprobar que dos machos humanos corrían hacia él. Uno iba ataviado con una armadura de placas que lo cubría de la cabeza a los pies, el otro era probablemente un mago o un sacerdote que llevaba la cara tapada con una capucha, la cual sostenía en esos momentos con una mano.

No vestían uniforme alguno y habían rodeado la muralla en vez de venir directamente del fuerte, pero eso no importaba. Habían participado en la refriega, de eso no había duda, ya que el guerrero blandía una espada ensangrentada.

El goblin tragó saliva con dificultad.

—¡Esto, eh, estaba preparando la nave! —exclamó Harrowmeiser, al mismo tiempo que intentaba esbozar una sonrisa espantosa—. Podríamos preparar un ataque aéreo… para darles una lección de verdad a esos bastardos vrykul, ¿eh?

Cerró los puños y lanzó varios golpes al aire, mientras profería unos gruñidos que esperaba que resultaran muy fieros.

—Sube a bordo —le ordenó el mago con un tono de voz suave pero plagado de inquietud—. Deprisa. Shokia y los demás nos están haciendo ganar tiempo.

La confusión se adueñó por completo de Harrowmeiser, pero eso le dio igual, puesto que lo único que le importaba era que le dejaban subir al zepelín, por lo cual avanzó arduamente hacia la nave. En ese instante, el guerrero lanzó un gruñido de exasperación y Harrowmeiser se dio cuenta entonces de que se trataba de una mujer, aunque portaba la armadura de un varón humano. Para su estupefacción y regocijo (que no exteriorizó de ningún modo), lo cogió entre sus brazos (con las bolas de hierro y todo lo demás) y lo subió a bordo. A continuación, lo dejó de un modo muy brusco delante del timón, al cual el goblin se aferró como si le fuera la vida en ello.

—¡Vaya, menudos músculos tienes! ¿Adónde vamos, señorita? —gritó.

—¡Ahí abajo, y no soy una señorita! —replicó la mujer a voz en grito, quien poseía una voz grave y áspera, que no invitaba precisamente a desobedecerla. Tenía la mirada clavada en el muelle, ya que seguramente se estaba preguntando cuándo el enemigo repararía en que se estaban fugando.

—Está bien, pero recuerda luego que eso lo has dicho tú, no yo —replicó Harrowmeiser—. Espera, espera… ¿quieres que baje la nave hacia dónde están esos piratas?

—No sabía que había liberado a un imbécil —le espetó la guerrera, quien lo fulminó con la mirada a través de las aberturas del yelmo.

Oh, qué mirada más aterradora tenía. Harrowmeiser no sabía que unos ojos humanos pudieran transmitir esa sensación.

—Es que hay piratas ahí abajo —insistió—. Oh… oh, no… ya lo entiendo. Ustedes también son piratas, ¿eh? Esto es una venganza por los ataques del zepelín, ¿verdad? Escucha. ¡Puedo explicarlo todo! ¡La Alianza me obligó a hacerlo!

Por una vez en la vida, Harrowmeiser estaba diciendo la verdad.

La mujer gruñó y se quitó el yelmo, revelando así que su piel era gris y tenía el pelo negro y en punta, aunque tenía algunos mechones aplastados.

—Piratas, puaj —dijo la orco, quien acto seguido escupió, justo sobre la cubierta del amado zepelín del goblin—. Son una panda de alimañas que se pasa el día emborrachándose con ron. Por desgracia, necesitamos su ayuda ahora mismo, y nos la van a dar.

—¡Al fin soy libre! —exclamó Harrowmeiser—. ¡Ya era hora! Por cierto, ¿quiénes son?

—Soy Zalea, la líder del clan Dragonmaw —respondió la orco, a la vez que se enderezaba lo máximo posible.

—Dios mío—dijo Harrowmeiser con voz entrecortada. Las historias de sus hazañas durante el asedio habían llegado hasta Northrend incluso, ya que a algunos “héroes” de la Alianza le gustaba comentar las noticias de las derrotas de la Horda y regodearse en ellas—. ¿Eres Zaela, la Señora de la Guerra? Creía que estabas…

Zalea lanzó varios juramentos muy subidos de tono.

—Estoy viva, muy bien y sedienta de venganza, como imagino que tú también lo estarás, goblin.

—Me llamo Harrowmeiser. Y, en efecto, lo estoy, pero ansío más escapar de aquí indemne. No entraba en mis planes que me capturaran unos piratas. ¿Qué es lo que quieres de ellos?

—Necesitamos gente que pelee por nuestra causa, y ellos lo harán, si les pagamos suficientemente bien. Mis fuentes me han informado de que, en su día, tenías muchos contactos y que podrías tener acceso a unos fondos muy importantes. Nos vas a ayudar a crear un ejército.

De repente, todo tuvo sentido. Era un plan con el que el goblin se sentía muy a gusto.

—Oh, sí, claro, tengo muy buenos socios y gané un dinerillo en su día. Pero ¿cuál es su causa? Quizá no quiera apoyarla.

Al instante, el goblin se cruzó de brazos con cierta terquedad.

La Dragonmaw se giró.

—Vas a apoyar nuestra causa porque así podrás ser libre y podrás seguir con vida.

Tenía razón.

—Reconozco que tu técnica de negociación, a pesar de no ser muy sutil, es muy convincente. Está bien, te llevaré con esos piratas.

—¿Te reconocerán, goblin? —inquirió a Harrowmeiser con una voz suave el humano alto y esbelto, quien se echó la capucha hacia atrás, revelando así que tenía el pelo blanco y largo y unos ojos verdes brillantes—. Me sentiría bastante enojado si nos hubiéramos tomado todas estas molestias para salvarte y todo se fuera al traste porque, al final, dejaras de tener la cabeza sobre los hombros.

—Pues… esto… igual sí —respondió de manera evasiva.

—Está bien —replicó el elfo de sangre arrastrando las palabras—, mantente alejado y deja que seamos nosotros quienes hablemos. O, espera… a lo mejor podemos conseguirte un disfraz a ti también. —En ese instante, pareció darse cuenta de algo y chasqueó los dedosde un modo exagerado—. No, eso no funcionará. Eres demasiado bajito para ser un enano.

Harrowmeiser lo fulminó con la mirada. El mago estiró un brazo y le dio una palmadita en la coronilla.

Baine Bloodhoof percibió una mezcla de resignación y determinación en los ojos azules de Go’el. Respetaba profundamente al orco y se había planteado la posibilidad de no hacerle más preguntas. Pero sabía que si no seguía interrogando la orco, sería un cobarde y no estaría desempeñando su cometido como era debido. Tanto Go’el como Vol’jin lo entenderían, o tal vez no. Baine había aceptado esa tarea y la llevaría a cabo lo mejor posible.

Inclinó la cabeza y mantuvo esa postura un poco más de lo necesario, según lo que dictaban las reglas de cortesía.

—Que quede constancia de que la defensa reconoce a Go’el, quien en su día era conocido como Thrall, como un verdadero héroe en un mundo donde este término suele utilizarse demasiado a la ligera. La defensa le agradece los muchos años que ha sacrificado por el bien de la Horda, así como de Azeroth. Te debemos mucho.

Si bien Go’el entornó los ojos con cierta suspicacia, respondió con suma educación:

—Hice lo que debía hacer.

Al igual que hago yo ahora, deseó poder decir Baine.

—Cuando reclamaste para ti el manto de Jefe de Guerra, tenías una visión sobre cómo debía de ser la nueva Horda, ¿verdad?

—Así fue. Quería contar con una Horda compuesta de razas e individuos que valorasen el honor y la destreza marcial, y que se respetasen mutuamente como si fueran una familia. Quería dejar atrás los viejos fantasmas de ese pasado en el que tanto influyeron para mal los demonios.

—¿Tuviste la sensación de que el acusado puso en peligro este sueño, a pesar de que fue su propio padre quien puso punto y final a ese legado demoníaco que tanto mancillaba su pasado?

—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande—. Grommash no es el Hellscream que está siendo juzgado aquí. El hijo no tiene por qué ser como su padre.

—Estoy de acuerdo con la acusación. Reformula la pregunta, Chu’shao —le indicó Taran Zhu.

—¿Tuviste la sensación de que Garrosh estaba poniendo en peligro tu concepción de la Horda?

—Sí, pero como también he dicho, no estaba seguro de que yo tuviera derecho a…

—Limítate a responder la pregunta, por favor. Sí o no.

Pese a que un fugaz destello de furia centelleó en las simas azules de su mirada, Go’el replicó:

—Sí.

—Tal y como ya he mencionado, todo el mundo sabe que eres un orco muy honorable. Eres incluso justo con tus enemigos, tal y como el jurado está a punto de comprobar.

Entonces, pudieron ver la imagen de un humano. Se encontraba postrado en el suelo y la tierra parecía estar temblando debajo de él. Tenía el pelo negro e iba ataviado con una ropa muy elegante. Parecía hallarse aterrorizado.

Kairoz congeló la escena. Baine se volvió hacia Go’el.

—¿Reconoces a este hombre?

Go’el adoptó un semblante muy serio.

—Sí. Y… te agradezco que no hayas mostrado lo que ocurrió antes de eso.

Baine sabía a qué se refería Go’el. Kairoz había insistido en que Baine podría sustentar su argumentación mucho mejor si mostraba esa escena, pero no tenía estómago para hacer algo así.

—¿Puedes decirle al tribunal quién es, por favor?

—Es… era… Aedelas Blackmoore. —Un murmullo de sorpresa recorrió la estancia al darse cuenta todo el mundo de que lo que estaban presenciando era un momento verdaderamente histórico—. Había ido a negociar con él. Le ofrecí respetar el Castillo de Durnholde y las vidas de todos los que se hallaban en él, si aceptaba liberar a mi pueblo, pero él… se negó.

A pesar de que Baine se odió a sí mismo por hacerle esta pregunta, se la tuvo que hacer:

—¿Podrías explicarle al tribunal de qué manera expresó su negativa? No se atrevió a mirarle a la cara a Go’el.

El silencio reinó por un momento y, entonces, el orco contestó:

—Le dije cuáles eran mis condiciones, y su respuesta fue… arrojarme a los pies la cabeza de una joven asesinada, una joven llamada Taretha Foxton.

—Siendo un orco, al que habían esclavizado los humanos, ¿qué significaba esa muerte para ti?

—Ya lo sabes, Baine —respondió con una voz grave y gélida.

El tauren se volvió al fin y mantuvo una expresión cuidadosamente imperturbable.

—Yo sí, pero el jurado no.

Go’el respiró hondo y se serenó. Habló con un tono preciso y calmado. Solo el hecho de que tuviera los puños cerrados con fuerza revelaba qué era lo que realmente sentía. Alzó la vista hacia el lugar donde se encontraban sentados los Celestiales y percibió bondad y empatía en sus sabios semblantes.

—Taretha Foxton era amiga mía y me consideraba su hermano. No habría podido quererla más ni aunque hubiera sido de verdad mi hermana. Fue muy bondadosa y generosa conmigo y ya había arriesgado la vida en una ocasión para ayudarme a escapar. Volvió a jugarse el cuello para enviarme un mensaje de advertencia… pero esa vez le salió mal la jugada. Blackmoore… —Se calló, apretó los dientes con fuerza y, acto seguido, continuó—: Blackmoore la mató, la decapitó y me arrojó su cabeza, con la esperanza de que así podría destrozarme emocionalmente, pero no lo logró.

Baine hizo una seña a Kairoz. Una versión más joven de Thrall apareció ahora en esa escena. Tenía el imponente aspecto del héroe que realmente era; era más grande y fuerte que la mayoría de los orcos y vestía la armadura negra de Orgrim Doomhammer; además, llevaba la descomunal arma que le había dado su apodo a ese difunto orco atada a la espalda. En cada mano, Thrall blandía una espada, una de las cuales le lanzó a Blackmoore. El humano chilló y retrocedió, al mismo tiempo que levantaba los ojos hacia él. Ahora, se podía apreciar a la perfección que la camisa de lino de Blackmoore estaba manchada de vómito.

—Thrall, puedo explicar…

—No —le interrumpió Thrall, con el mismo tono de voz preternaturalmente sereno que acababa de utilizar para responder a Baine—. No puedes explicar nada. No hay explicación posible a esto. Solo nos resta batallar, pues este duelo ha sido largamente pospuesto. Será un duelo a muerte. Coge esa espada.

Blackmoore se encogió de miedo.

—Yo… yo…

—Coge la espada, o te ensartaré ahí mismo y morirás como a un niño asustado.

Blackmoore, con una mano temblorosa, agarró la empuñadura de la espada y se puso en pie torpemente.

—Ven a por mí —le espetó el orco.

Y, de un modo sorprendente, eso fue lo que hizo Blackmoore. Era obvio para cualquiera que estuviera viendo esa escena que el humano había estado bebiendo, pero aun así, era rápido, por lo cual Thrall tuvo que reaccionar de inmediato para parar el golpe.

La expresión de Blackmoore cambió. Arrugó el ceño y frunció los labios, al mismo tiempo que hacía una finta hacia la izquierda para atacar luego con suma agresividad hacia la derecha. Se movía con más precisión de la que cabía esperar, así como con más fuerza y energía.

Baine recordó que, en su día, Blackmoore había sido un reputado guerrero. De hecho, Kairoz había informado a Baine de que en una línea temporal alternativa, Blackmoore había conquistado Lordaeron, a la cual había gobernado como un tirano. Si bien Thrall era mucho más fuerte, Blackmoore era mucho más ágil… y, además, estaba luchando por salvar el pellejo.

En cuanto Thrall se percató de que el humano estaba buscando con la mirada un escudo para poder protegerse el lado izquierdo, el orco arrancó con furia una puerta de sus goznes y se la lanzó a Blackmoore.

—Escóndete tras esta puerta, cobarde.

Blackmoore logró esquivarla, apartó la puerta a un lado y vociferó:

—Aún no es demasiado tarde, Thrall. Puedes unirte a mí. Podemos aunar esfuerzos. ¡Liberaré a los demás orcos, por supuesto, pero solo si me prometes que combatirán para mí bajo mi estandarte, al igual que tú!

La incredulidad se asomó al rostro verde del orco y, acto seguido, la ira lo ensombreció. En ese instante, Blackmoore se abalanzó sobre él. Thrall se había quedado tan estupefacto ante las ridículas palabras que acababa de pronunciar Blackmoore que no logró defenderse a tiempo. La espada del humano rebotó con un tintineo metálico al impactar contra la armadura negra del orco.

—Sigues borracho, Blackmoore, si has creído, aunque solo sea por un instante, que voy a poder olvidar el haber visto…

Baine ya había visto esto con anterioridad. A pesar de que sabía qué iba a ocurrir, incluso él se sobresaltó cuando Thrall reaccionó de un modo tan repentino y violento. El orco se había estado conteniendo hasta entonces… pero ya no. Arremetió contra Blackmoore haciendo gala de una gran velocidad, fuerza y letal elegancia en sus movimientos.

Aunque Blackmoore no tenía nada que hacer, se negó a rendirse. Los impactos que recibió la espada que alzó para defenderse debieron de haberle mellado los huesos hasta el tuétano. Fue dando cada vez más muestras de debilidad, sus movimientos se fueron tomando más lentos y, al recibir el último ataque, soltó la espada, que salió volando por los aires. Sin embargo, ni siquiera entonces se rindió. Se llevó una mano a una bota y sacó de ahí una daga. Al instante, lanzó un grito y se abalanzó sobre Thrall, dispuesto a clavársela en un ojo.

El rugido del orco reverberó ahora como debió de haberlo hecho entonces mientras trazaba un arco hacia abajo con su espada.

Baine ahorró a los espectadores el tener que ver el momento preciso en que Blackmoore fallecía.

—Para.

La escena desapareció antes de que el humano recibiera el golpe mortal.

—Una lucha justa—señaló Baine a continuación—. Más que justa, dirían algunos. Aedelas Blackmoore era un hombre culpable de muchas cosas. Era el hijo de un traidor y, desde hacía mucho tiempo, había planeado seguir los pasos de su padre en ese sentido; pensaba convertir a los orcos en unas meras armas, con las que derrotaría a la Alianza y después se proclamaría rey de todos los reinos humanos. Asimismo, era cruel. Solía maltratar a Thrall solo por haber perdido alguna pelea en el cuadrilátero. Sedujo a la joven Taretha Foxton por mera diversión y luego la ejecutó por haber intentado ayudar a Thrall. Muchos humanos dirían que era un monstruo. Go’el tenía todas las razones del mundo para odiar a Blackmoore. Aun así, le dio la oportunidad de luchar. Incluso le facilitó un arma, para que Blackmoore pudiera morir de un modo honorable.

Entonces se volvió, contempló a Go’el y añadió:

—Lo que no puedo entender es por qué un orco que aprecia tanto el honor… hasta el punto de dar un arma a un enemigo que había asesinado, solo unos momentos antes, a alguien a la que amaba… estuvo dispuesto, en su día, a matar a Garrosh Hellscream a sangre fría. ¿Acaso esa actitud encaja con la Horda que habías soñado, Go’el?

Muchas cosas sucedieron al mismo tiempo. Tyrande se levantó para gritar:

—¡Protesto! ¡Aquí no se está juzgando al testigo!

Go’el también se puso en pie, pero no dijo nada… no le hacía falta.

Taran Zhu golpeó el gong en repetidas ocasiones.

—¡Orden! —exclamó—. ¡Chu’shao Whisperwind! ¡Go’el! ¡Vuelvan a sentarse de inmediato, o los reprenderé a ambos! Chu’shao Bloodhoof, abandone esa línea de interrogatorio. ¡Le doy la razón a la acusación!

Baine hizo una reverencia a Taran Zhu y miró a Go’el. El orco ya no se encontraba de pie, pero contemplaba al tauren con una expresión con la que nunca lo había mirado… una que había esperado no ver jamás.

—Iré al meollo del asunto —le aseguró Baine.

—Sabia decisión —le espetó Taran Zhu con cierta socarronería.

—Tanto la decisión de permanecer alejado de Orgrimmar durante tanto tiempo como la de designar a Garrosh Hellscream como tu sucesor han recibido algunas críticas —afirmó Baine.

—Soy consciente de ellas.

Go’el se recostó en la silla y se cruzó de brazos.

—Has asegurado ante este tribunal que tomaste esas decisiones por varias razones.

—Así fue, y ya he dicho cuáles fueron.

—¿Te gustaría haber hecho las cosas de otro modo? ¿Te sientes, tal vez, responsable de lo que ha hecho Garrosh Hellscream?

—La respuesta es no para ambas preguntas.

—¿Estás seguro de eso?

Si bien Go’el entrecerró los ojos con cierta suspicacia, antes de que pudiera decir nada, Tyrande ya se había puesto en pie.

—¡Con todo respeto, protesto! ¡La defensa está hostigando al testigo! — exclamó.

—Chu’shao Bloodhoof —dijo Taran Zhu, con un tono de voz tan sereno como era habitual en él—, si quieres presentar algún argumento, por favor, hazlo ya.

—Eso estoy haciendo, Fa’shua, como comprobarás en breve. En su día, los Druidas de la Llama capturaron a Go’el —le contó Baine a una audiencia fascinada—. Se valieron de uno de sus puntos más fuertes… de su afinidad con los elementos… para torturarlo. Enviaron partes de su esencia a planos elementales distintos. A lo largo de ese tiempo, se vio obligado a enfrentarse a sus miedos. Con sumo respeto, asevero que esos miedos tienen mucho que ver con lo que pasó en ese campo de batalla… y con lo que está pasando en este tribunal.

En ese instante, hizo un gesto de asentimiento dirigido a Kairoz, quien se puso de pie de inmediato de un salto. El dragón bronce había estado esperando a que Go’el testificara, ya que, hasta entonces, tal y como él mismo había comentado: “Me limitaré a ver con sumo relajo cómo Chromie muestra todos los momentos verdaderamente emocionantes”.

Ante lo cual, Baine había replicado: “Creo que el hecho de que una vida esté en juego ya debería ser bastante ‘emocionante’”.

Y Kairoz había contestado: “Entonces, hagamos todo lo posible para que la balanza se decante de nuestro lado”. Acto seguido, había procedido a buscar varios momentos del pasado que ayudarían a Baine a lograr ese fin precisamente.

La escena que ahora cobró vida era muy dramática; mostraba un templo en el cielo, con unas columnas tan blancas como las nubes que lo rodeaban. Unos relámpagos azules crepitaron y atravesaron el edificio, seguidos por la respuesta iracunda del trueno. Unos aparecidos de aire, que brillaban con un color blanco azulado, cuyas formas energéticas estaban contenidas en unas armaduras, se giraron. En el centro, atrapada en esa terrible tempestad, se hallaba la sombra de lo que parecía ser un gigantesco Go’el.

Aggra le gritaba algo a su amado mientras intentaba alcanzarlo, y las palabras que esa sombría figura gris pronunció estuvieron plagadas de pena y dolor.

—He fracasado. Le he fallado a este mundo. Los elementos… no querrán hablar conmigo. El Anillo de la Tierra… ha perdido la fe en mi liderazgo. Mis flaquezas… han condenado a Azeroth… al olvido.

El furioso viento azotó la ropa y el pelo de Aggra, cuya voz fue engullida por el aullido de este.

—Go’el, soy yo… ¡Aggra! ¿No me reconoces?

—El olvido… nada más… solo el olvido —gimió la desesperada sombra—. Le he… fallado a la Horda… como Jefe de Guerra. Garrosh… la llevará a la ruina. Llevará a mi pueblo… a la ruina. Cairne, hermano mío… ¿por qué no te hice caso?

La imagen se esfumó, como un fantasma ante los primeros rayos del alba. Baine repitió esas mismas palabras con una voz suave pero perfectamente audible:

—“¿Por qué no te hice caso?”.

Otra escena cobró forma.

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