Crímenes de Guerra – Capítulo Diecisiete

Crímenes de GuerraLa puerta del pasillo se cerró de manera estruendosa a espaldas de Anduin y, una vez más, se quedó a solas en esa habitación con ese genocida.

Anduin se sirvió un vaso de agua y bebió. Se percató de que esta vez la mano no le temblaba tanto. Garrosh, que se encontraba encadenado como era habitual, estaba sentado sobre las pieles de dormir mientras observaba al príncipe humano.

—Me gustaría saber qué piensas sobre el testimonio de Vol’jin —afirmó Garrosh.

Anduin apretó los labios.

—Si vamos a respetar nuestro acuerdo, esta vez deberías ser tú el que me cuente algo primero.

Garrosh se rio entre dientes, con unas risas profundas y melancólicas.

—Entonces, he de decir que creo que hoy han muerto todas las esperanzas de que pudiera salir de esta celda tomando otro camino que no sea el del patíbulo.

—Ya, las cosas no… no han ido bien —reconoció Anduin—. Pero ¿qué te hace aseverar eso en concreto?

Garrosh lo miró fijamente como si pensara que era tonto.

—Amenacé a Vol’jin, expulsé a su pueblo e intenté asesinarlo. Seguro que eso es más que suficiente.

Anduin se encogió de hombros.

—Él también te amenazó a ti, se mostró irrespetuoso contigo, a pesar del título que ostentabas, y juró que te mataría delante de tus mismas narices. Cabe la posibilidad de que alguno de sus seguidores estuviera preparado para ejecutar esa amenaza en

Orgrimmar si él, al final, no podía llevarla a cabo. Tal vez expulsaste a su gente no porque los odiaras, sino porque los temías.

El orco se puso en pie gritando a tal velocidad que Anduin se echó hacia atrás. Al oír ese bramido de furia, los hermanos Chu se acercaron corriendo.

—¡No pasa nada! —exclamó Anduin, a la vez que alzaba una mano y esbozaba una sonrisa forzada—. Solo estamos… discutiendo.

Li y Lo se miraron mutuamente. Li escrutó detenida y lentamente a Garrosh.

—A mí me ha parecido que hacían algo más que discutir.

Aunque el orco permaneció callado, respiraba con dificultad y de manera acelerada, a la vez que cerraba y abría los puños continuamente.

—Pues no —replicó Anduin.

Entonces, Lo dijo con suma calma:

—Prisionero Hellscream, haz el favor de controlarte. Hablar con Su Alteza es un privilegio, que será revocado de inmediato si creemos que se halla en peligro. ¿Lo entiendes?

Por un instante, dio la impresión de que Garrosh iba a intentar atravesar esos barrotes para alcanzar a Lo. Sin embargo, al final, se sentó y las cadenas tintinearon.

—Lo entiendo —contestó todavía enfadado, pero ya más calmado.

—Muy bien. ¿Deseas continuar, alteza?

—Sí —respondió Anduin—. Ya pueden irse. Gracias.

Los hermanos hicieron una reverencia y se marcharon, aunque Li le lanzó otra mirada de advertencia al orco antes de subir por la rampa y desaparecer de su vista.

—Te habría matado si estos barrotes no se hubieran interpuesto entre nosotros —masculló Garrosh.

—Lo sé —replicó Anduin, quien no sentía temor alguno, lo cual era extraño—. Pero ahí están.

—En efecto. —Garrosh respiró hondo y continuó—: No temía que intentaran acabar con mi vida de un modo cobarde. Jamás he temido a Vol’jin.

—Entonces, ¿por qué no lo retaste al mak’gora? —le espetó Anduin, quien ya se había recuperado del susto por completo—. ¿Por qué hiciste algo tan taimado, algo que va en contra de sus propias tradiciones, si no temías que pudiera vencerte en una lucha justa? Actuaste tal y como actúan los cobardes. Como solía actuar Magatha.

—Creía que eras un hombre de honor, pero eso ha sido un golpe bajo, mocoso.

—Digo la verdad, Garrosh. Eso es lo que te enerva, ¿verdad? No lo que piensan los demás sobre ti, sino lo que tú piensas acerca de ti mismo.

Si bien Anduin esperaba que sufriera otro ataque de ira, esta vez Garrosh se guardó esa furia para sí, puesto que solo sus ojos reflejaban esa cólera.

—No he olvidado las tradiciones de mi pueblo —aseveró, con un tono tan bajo que Anduin tuvo que hacer un esfuerzo para poder escucharlo—. Te repito lo que le dije a Vol’jin Si estuviera libre, no me detendría ante nada para asegurarme de que los orcos tengan un futuro orgulloso y glorioso… así como todo aquel que tenga el coraje de apoyamos.

—¿Y si la Alianza te apoyara?

—¿Qué?

—¿Qué pasaría si la Alianza te apoyara? ¿De verdad te preocupa el orgullo y la gloria de la raza orco, o solo tu propio orgullo y tu propia gloria?

El príncipe no había meditado estas palabras, sino que fluyeron por su boca como si tuvieran vida propia. Mientras Anduin las pronunciaba, se dio cuenta de que eran absurdas; sin embargo, una vocecilla en su interior le susurraba: No, no son absurdas. Es perfectamente posible que algún día pueda reinar la paz. Nadie debía renunciar a ese futuro. Si aunaban esfuerzos, si colaboraban buscando el bien común… eso inspiraría verdadero orgullo y, de este modo, podrían alcanzar una gloria duradera, ¿no?

¿Acaso no sería eso lo que haría un verdadero héroe en vez de matar?

Un estupefacto Garrosh lo miró fijamente, un tanto boquiabierto e incrédulo.

Anduin respiró con calma mientras ese momento de silencio se prolongaba. No se atrevía a hablar de nuevo, pues temía quebrar esa magia.

Al final, fue Garrosh quien habló.

—Vete de aquí.

El príncipe se llevó tal decepción que todos sus huesos se sumieron en una agonía, como si estuvieran entonando un canto fúnebre.

—Mientes, Garrosh Hellscream —replicó Anduin con una voz serena y triste—. Sí que hay algo ante lo cual te detendrías. Ante la paz.

Y sin mediar más palabra, Anduin se levantó, subió por la rampa y llamó a la puerta. Acto seguido, esta se abrió en medio de un gran silencio y se marchó, mientras notaba en todo momento la mirada de Garrosh clavada en la espalda.

* * *

Jaina se encontraba sola en el interior de su tienda en el Alto Violeta y se estaba aseando antes de cenar. Este alto, que se hallaba al noroeste del Templo del Tigre Blanco, era la base de operaciones de la Ofensiva del Kirin Tor, aunque en esos momentos daba cobijo a Varian y Anduin, así como a varios poderosos magos, a Vereesa, a Kalecgos y a ella misma. Se cambió, se puso una túnica menos formal y se lavó la cara con el agua de una palangana. Estaba bastante contenta. El testimonio de Vol’jin había sido crucial. Aunque nunca había tratado con ese troll, y la Luz bien sabía que su raza siempre había sido muy peligrosa para los humanos y otros miembros de la Alianza antes incluso de la aparición de la Horda, haberlo oído hablar sobre la diversidad de razas que se agrupaban bajo el estandarte de la Horda había resultado divertido, en cierto sentido, si se tenía en cuenta que los trolls en el pasado siempre se habían considerado una raza superior. Sí, las palabras que Vol’jin había pronunciado ante el tribunal la habían animado en grado sumo.

—¿Jaina?

—¡Kalec! —exclamó—. Pasa.

Este alzó el trozo de tela que tapaba la entrada pero no entró. El buen humor de la archimaga flaqueó al verle la cara.

—¿Qué pasa?

—¿Me harías el favor de dar un paseo conmigo?

A pesar de que estaba lloviendo —siempre parecía estar lloviendo en este lugar—, Jaina respondió:

—Por supuesto.

Acto seguido, salió de la tienda y dejó que la tela cayera para tapar la entrada. Se agarraron de la mano. Jaina le comentó a Nelphi, un joven y servicial aprendiz que ayudaba a todos los magos del Alto Violeta, que iban a estar fuera un rato, pero que no demorara la cena si todos los demás ya la estaban esperando.

Cruzaron una amplia plaza pavimentada donde otros magos iban de aquí para allá en medio de la llovizna. Todavía cogidos de la mano y en silencio, bajaron por una enorme escalera, que en su día habían pisado los mogu y llevaba hacia el mar, al que llegaron tras abrirse paso por unos cortos caminos muy mal conservados. Al girar a la izquierda para atravesar el Matorral Maderasombra, Jaina se dio cuenta de que Kalec la llevaba hacia una pequeña playa situada al final de un sendero sinuoso. Los guardianes arcanos apostados ahí para vigilar el lugar no les prestaron atención, sino que siguieron desplazándose de aquí para allá para cumplir con las instrucciones que debían seguir para poder vigilar la zona. Jaina se centró en pisar con cuidado esos adoquines tan antiguos y resbaladizos por culpa de la lluvia, al mismo tiempo que cada vez más estaba más segura de que la conversación que estaban a punto de mantener no le iba a agradar en absoluto.

En cuanto pisó esa estrecha playa, Jaina no pudo evitar acordarse del día en que había caminado por una arena similar, por la Playa Tenebruma, que se había hallado junto a esa ciudad amurallada que ya no existía. Recordó haber visto cómo el dragón azul surcaba el cielo en busca de un lugar donde aterrizar y cómo había echado a correr para reunirse con él.

A Kalec se le había iluminado el rostro de alegría al verla y habían hablado sobre la gente que había venido a ayudarla a combatir a la Horda. Jaina había expresado su preocupación por que los generales se estaban tomando la inminente batalla como algo personal.

Se acordó de lo que le había dicho a él en esos instantes: “Si alguien tendría que sentirse muy amargada y dominada por el odio, esa debería ser yo. Aun así, he oído a algunos de ellos referirse a la Horda… con unos términos tan insultantes y crueles… que me siento muy arrepentida… Mi padre no solo quería vencerlos. Él odiaba a los orcos. Quería aplastarlos. Borrarlos de la faz de Azeroth. Al igual que algunos de estos generales”.

Anduin había estado en lo cierto. La gente sí que cambia. Ahora ella era como aquellos a los que en su día había criticado.

Había sido entonces cuando Kalec le había expresado por primera vez y de manera titubeante que deseaba ser más que un amigo para ella. También le había prometido que la ayudaría a defender su hogar. “No hago esto ni por la Alianza ni por Theramore, sino por la dama de Theramore”. Acto seguido, él le había besado la mano.

Habían intimado aún más cuando Kalec había tenido que luchar para librarse de la influencia que había ejercido sobre él una reliquia que le había revelado el verdadero origen de la creación de los Aspectos de Dragón. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses los habían distanciado de nuevo; además, él había llegado a Pandaria hacía muy poco tiempo. Ahora, Kalec la contemplaba con amor, pero también con tristeza, por lo cual ella sintió un escalofrío que no era causado por el aire fresco procedente del mar.

Por un momento, Jaina se limitó a observar los navíos de la Alianza que se hallaban en la mar, así como la hermosa luz violeta de la parte superior de la torre, que flotaba en el aire a una buena distancia de la plataforma de levitación situada debajo. Unos sigilos con la forma del ojo del Kirin Tor la rodeaban. Para Jaina, se asemejaba mucho a un faro; a una luz en la tormenta.

Se rio por lo bajo y comentó con un leve toque de humor negro:

—Primero un pantano y luego bajo la lluvia. Uno de estos días, vamos a tener que buscarnos una buena playa.

Como su amado no contestó con ninguna ocurrencia, sintió que algo se le helaba por dentro. Tomó aire con fuerza, se volvió hacia él y le cogió ambas manos.

—¿Qué ocurre? —preguntó, a pesar de que temía saber ya la respuesta.

A modo de contestación, Kalec la rodeó con sus brazos, la abrazó con fuerza y apoyó una mejilla sobre su cabello blanco. Ella le rodeó la cintura con los brazos e inhaló su aroma, a la vez que escuchaba sus latidos. No obstante, quizá demasiado pronto, él se separó de Jaina y la miró.

—Has pagado un alto precio por esta guerra —afirmó Kalec—. Y no me refiero solo físicamente. —Entonces, le apartó un mechón que le tapaba los ojos, dejando así que la única mecha que le quedaba con el color original de su cabello dorado se le enredara entre los dedos—. Te has vuelto tan…

—¿Dura? ¿Amargada?

Tuvo que hacer un esfuerzo para que su tono de voz no transmitiera las sensaciones que definían esas palabras.

Él asintió con pesar.

—Sí. Es como si las heridas que has sufrido jamás se cerraran.

—¿Quieres que te haga una lista con todo lo que me ha pasado?—replicó con brusquedad, pero no se arrepintió de contestar de ese modo—. ¡Tú mismo estuviste presente en algunos de esos acontecimientos!

—Pero no en todos. Por ejemplo, no me pediste que te acompañara a Pandaria.

La archimaga clavó la mirada en el suelo.

—No. Pero eso no quiere decir que yo no…

—Lo sé —la interrumpió con sumo tacto—. Pero aquí estoy ahora, y me alegro de que sea así. Y espero seguir a tu lado, pase lo que pase. Quiero ayudar, Jaina, pero me da la sensación de que te gusta ese lugar siniestro al que ha ido a parar tu corazón. Te observo en el juicio todos los días y veo a alguien que odia mucho más que ama. Garrosh quizá te haya empujado hacia ese lugar, pero eres tú quien ha decidido quedarse ahí libremente.

Jaina retrocedió sin apartar la mirada de él.

—¿Acaso crees que esto me gusta? ¿Qué me gusta tener pesadillas y sentirme tan furiosa que casi estoy a punto de explotar? ¿No crees que tengo derecho a sentirme satisfecha —no, más bien, exultante— porque alguien que ha hecho cosas tan horribles va a recibir su merecido?

—No creo que te guste y sí creo que tienes derecho a sentirte así. Lo que me preocupa es que no dejes atrás esos sentimientos una vez haya acabado este juicio.

Una vena palpitó en una de las sienes de la archimaga y esta se llevó una mano hacia esa zona.

—¿Por qué crees que no lo haré?

—Recuerda lo mucho que insististe para convencer a Varian de que debía desmantelar la Horda.

—No me puedo creer que…

—Escúchame, por favor —le imploró—. Piensa por un momento en cómo te habrías sentido si Varian hubiera hecho lo que Garrosh hizo. Pongamos que hubiera decidido que la Alianza solo debería estar formada por humanos, que hubiera decretado que los draenei solo podrían vivir en Stormwind si aceptaban vivir en zonas de mala muerte, que hubiera ordenado que asesinaran a Tyrande si no hubiera estado de acuerdo con crear un ejército de sátiros para engrosar las filas de su ejército, que hubiera tolerado la presencia de gnomos y enanos solo como mano de obra y que, entonces, se hubiera enterado de la existencia de cierta reliquia localizada en el sitio más hermoso de Azeroth, un lugar muy sagrado, que habría destruido para conseguir lo que quiere, y…

—Basta —le espetó Jaina, que estaba temblando, aunque no sabía exactamente por qué—. Has dejado bien claro tu argumento.

Él se calló.

—Yo no destruí Orgrimmar. Y podría haberlo hecho. Habría sido muy fácil — aseveró la archimaga.

—Lo sé.

—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que te quedarías para combatir en la Batalla de Theramore? —preguntó Jaina. Él se mordió el labio inferior y asintió—. Me sentía muy frustrada con los generales porque odiaban a la Horda. Y tú me preguntaste si pensaba que el odio haría que no se pudiera confiar en esos comandantes cuando tuviera lugar la batalla.

—Lo recuerdo —contestó—. Dijiste que no importaban tus sentimientos ni los de ellos. Y yo dije que sí importaban, y mucho… sin embargo, lo más urgente, en aquellos momentos, era defender la ciudad. Como lo era derrotar a Garrosh cuando todos nosotros, tanto la Alianza como la Horda, intentábamos vencerlo.

—Así que… me estás diciendo que ahora que lo hemos logrado, ahora que se enfrenta a un juicio… las diferencias entre… entre nosotros… vuelven a importar.

Él susurró:

—Sí.

Las lágrimas se asomaron a los ojos de la archimaga.

—¿Cuánto? —preguntó con un hilo de voz.

—Aún no lo sé. Y no lo sabré hasta que sepa en qué punto nos encontramos cuando todo esto termine. Si sigues aferrándote a este odio, Jaina… te acabará devorando. Y no sería capaz de soportar ver… cómo te consume. ¡No quiero perderte, Jaina!

Entonces, no me dejes, gritó en lo más hondo de su corazón, pero no expresó ese sentimiento verbalmente. Sabía perfectamente qué quería decir Kalec con esas palabras, que iban más allá de una mera despedida en el plano físico. Esto no era una mera pelea de enamorados por alguna necedad, sino una discusión sobre quiénes eran realmente en lo más esencial, sobre si seguirían o no juntos si sus necesidades emocionales entraban en conflicto.

Por todo esto, Jaina no discutió. Ni tampoco prometió cambiar, ni amenazó con marcharse, sino que simplemente arqueó la espalda, le rodeó el cuello con los brazos y le besó apasionadamente. Con un suave suspiro, en el que se combinaba el dolor y el amor, Kalecgos la atrajo hacia sí con fuerza y se aferró a ella como si no quisiera soltarla jamás.

* * *

Hacía una noche espléndida en la ciudad de Silvermoon. Thalen Songweaver, que iba vestido de manera informal con unas medias, unos calzones y una camisa de lino abierta a la altura de la garganta, había abierto las ventanas de par en par para que entrara el aire nocturno, de modo que las finas cortinas se hincharon delicadamente. Unos tenues ruidos alcanzaron sus lujosos aposentos en el Intercambio Real. Se encontraba tumbado en la cama y fumaba de una pipa de agua de loto negro mientras soñaba con la gloria. Esta combinación, que normalmente le resultaba tan relajante, no le servía para nada esta noche. Si bien tenía los sentidos un tanto embotados, seguía sintiendo cierta inquietud, de manera que sus cejas blancas se unieron en un ceño fruncido mientras meditaba melancólicamente sobre la situación actual.

Hasta no hacía mucho, había ocupado una posición envidiable. Había prestado su ayuda en más de un sentido a su Jefe de Guerra, Garrosh Hellscream; primero, fingiendo ser un devoto y leal miembro del Kirin Tor mientras informaba de manera fidedigna a Garrosh de lo que sucedía ahí y, en segundo lugar… Bueno, basta decir que la historia recordaría eternamente a Theramore no por cómo fue fundada esa ciudad, o cómo evolucionó, sino por cómo había sido arrasada.

Ese pensamiento hizo que el elfo de sangre sonriera a la vez que jugueteaba con una réplica en miniatura de una bomba de maná, una réplica a pequeña escala de la que él había creado en su día. Había regalado estos juguetitos como modo de dar las gracias modestamente a todos aquellos miembros de la Horda que lo habían liberado de esa prisión de Theramore. Aunque era consciente de que era un gesto de extremado mal gusto, seguía siendo tremendamente divertido.

No obstante, ni siquiera reflexionar sobre ese momento de gloria le hacía sentirse a gusto esta noche. Suspiró, se levantó y se acercó a la ventana. Se apoyó en el alféizar y contempló el exterior. Si bien la casa de subastas estaba abierta a todas horas, esas calles se hallaban en silencio a estas horas de la noche. Al contrario que sus primos kaldorei, los elfos civilizados solían llevar a cabo casi todos sus negocios cuando el sol los sonreía desde allá arriba. Si hubiera querido disfrutar de una noche bulliciosa, habría buscado unos aposentos situados sobre el Frontal de la Muerte.

Todo había ido tan bien. Entonces, de repente, todo el mundo se había vuelto en contra de Garrosh. Thalen frunció su nariz aguileña. Incluso su propio líder, Lor’themar Theron, se había negado a ayudar al Jefe de Guerra. Eran todos unos blandengues. Ahora, el destino de Garrosh estaba en manos de una panda de ositos parlantes y una especie de… seres espirituales brillantes, o lo que fuesen. Tremenda locura.

Miró hacia atrás, para contemplar con aprecio esos espléndidos aposentos, aunque sospechaba que lo más inteligente sería abandonarlos cuanto antes. Si bien Theron había estado muy ocupado con sus planes para derrocar a un Jefe de Guerra designado legítimamente como para ocuparse de un solo archimago, en cuanto hubieran decidido qué hacer con Garrosh, no cabía duda de que el líder sin’dorei se acordaría del pequeño incidente de Theramore y, entonces, elfos como Songweaver —unos elfos que realmente eran leales a la Horda, ¡algo inconcebible!— se convertirían en personas non gratas. Si Theron seguía haciendo buenas migas con la Alianza, tal vez incluso ordenara algunas ejecuciones, ¡quién sabe!

Thalen se llevó una esbelta mano a la garganta y se la acarició, meditabundo. Prefería seguir teniendo la cabeza sobre los hombros.

Qué pensamientos tan melancólicos. Quizá echar un trago en la posada de la ciudad de Silvermoon lo ayudaría a conciliar el sueño. Justo cuando estaba a punto de cerrar las ventanas, reparó en que dos enormes lobos negros cabalgaban hacia el interior del Intercambio. Por un momento, no le dio demasiada importancia, pues asumió que esos orcos envueltos en capas no era más que unos aventureros que pretendían deshacerse de su más reciente botín en la casa de subastas… pero entonces se percató de que pasaban de largo de la casa de subastas y del banco para detenerse justo debajo de su ventana. En ese instante, pudo comprobar que se trataba de dos orcos. Una de ellas llevaba la capucha quitada y miraba a su alrededor con cautela. Como la otra jinete aún la llevaba puesta, no podía discernir su rostro.

La inquietud entró en conflicto con la curiosidad, la cual era su perdición. Thalen caviló amargamente: Oh, bueno, habrá que echarle valor hasta el final…

—Saludos, amigos o enemigos —dijo con voz potente y clara—. No tengo muy claro aún qué son. O bien han venido a arrestarme, o bien pertenecen al grupo de rescatadores que me sacó de esa desagradable prisión de Theramore y han venido a visitarme, tal y como les invité a hacer.

La jinete encapuchada alzó la cabeza. Al instante, contempló algo reservado solo para sus ojos; el orgulloso semblante de una orco de piel gris.

—No soy ni una cosa ni otra; no obstante, soy una amiga. Hemos venido para pedirte ayuda en un asunto muy urgente que conllevará una tremenda gloria.

Zaela, la líder del clan Dragonmaw, le mostró una sonrisa terriblemente amplia.

—Vaya, vaya —dijo el elfo—. Creía que estabas…

—Estoy viva y perfectamente, y me alegra comprobar que tú también lo estás — replicó la orco—. Tal y como has dicho, alguien te rescató en su día, cuando languidecías en una cárcel. Creo que eres de esa clase de personas que son lo bastante agradecidas como para devolver un gran favor como ese.

Al oír esas palabras, a Thalen se le desbocó el corazón.

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