Crímenes de Guerra – Capítulo Quince

Crímenes de GuerraDía Tres

Jefe de Guerra —dijo Tyrande, inclinando la cabeza.

Seguía siendo raro escuchar cómo se dirigían a otro con ese título, pensó Go’el. No le parecía mal (no se había arrepentido ni un solo momento de esa decisión y los ancestros sabían bien que Vol’jin era merecedor de ese título), pero le resultaba… extraño. Se preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse a eso de verdad.

Vol’jin contestó con unos ojos relucientes y un cierto tono de malicia:

—Suma sacerdotisa.

—Has liderado a tu pueblo muchos años, y tu padre hizo lo mismo antes que tú.

—Eso es cierto.

—Ahora, tras el reino tiránico de Garrosh Hellscream…

—Con todo respeto, protesto —la interrumpió Baine, aunque no pareció decirlo muy convencido.

—Después de que Garrosh Hellscream fuera derrotado —se corrigió a sí misma Tyrande con suma delicadeza, como si no se hubiera producido ninguna interrupción—, Go’el te designó como Jefe de Guerra. Ahora no solo lideras a los trolls Darkspear, sino a todas la razas de la Horda… a pesar de que no eres un orco.

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Baine, quien esta vez sí dijo esta frase con suma determinación—. ¡La capacidad del testigo para liderar a la Horda no es objeto de debate en este juicio!

—Lord Zhu, intento demostrar ante el jurado que este testigo tiene credibilidad —explicó Tyrande.

—Pues busca otra manera de hacerlo, Chu’shao —replicó Taran Zhu con serenidad.

—Como desees. Vol’jin, tu pueblo sufrió terriblemente bajo el yugo de Garrosh. Tú también, a un nivel más personal. ¿Puedes explicarle al tribunal todo lo relativo a este asunto?

—Será un placer —contestó Vol’jin, cuya voz adquirió un tono más grave por culpa de la ira acumulada—. Los trolls fuimos el primer pueblo de Azeroth en unirse a la Horda cuando los orcos llegaron a este mundo. Hemos sido amigos leales de los orcos, de Go’el, quien me pidió que fuera consejero de Garrosh. Hice todo cuanto estuvo en mi mano para cumplir mi cometido, pero Garrosh decidió olvidarse de que los trolls habían sido muy buenos amigos suyos.

—¿Qué hizo en concreto?

—Prohibió a mi gente que pudiera vivir donde quisieran en Orgrimmar. Los obligó a instalarse en una zona especial y decretó la ley marcial en las Islas del Eco.

—Eso no parecen unos actos propios de un líder que tiene como deber representar a las diversas razas que componen la Horda —reflexionó Tyrande.

—Así es.

—Le expresaste tu preocupación al respecto, ¿verdad?

—Sí, en más de una ocasión.

—¿Y admitió que había hecho eso? ¿Que había confinado a tu pueblo en una zona marginal?

—Así fue.

—Me gustaría mostrar al jurado la primera Visión de este testigo—anunció Tyrande, quien retrocedió para poder contemplar la escena, en la que se podía ver al líder troll y al Jefe de Guerra en la sala del trono del Fuerte Grommash.

—No me repliques, troll —gruñó Garrosh—. Ya sabes a quién le dieron el mando de la Horda. ¿O acaso todavía sigues preguntándote por qué Thrall me escogió a mí en vez de a ti?

—Garrosh te concedió este título porque eres el hijo de Grommash y porque la gente quería un héroe de guerra como líder.

Eso era cierto. A pesar de que tras la derrota del Rey Lich, la gente estaba harta de guerras, seguían reverenciando a los héroes bélicos. Go’el había pensado que si legaba ese título por un breve espacio de tiempo a Garrosh, este aprendería a canalizar adecuadamente sus energías. Pero se había equivocado de cabo a rabo.

Sin embargo, la imagen de Vol’jin no había acabado de hablar y añadió:

—Creo que te pareces más a tu padre de lo que crees, aunque no hayas bebido esa sangre de demonio.

Garrosh lanzó un gruñido y se acercó al troll, mientras se estremecía dominado por una furia que apenas lograba contener.

—Tienes suerte de que no te destripe aquí mismo, desgraciado.

—¡Párala aquí! —gritó Tyrande bruscamente, y ambas figuras congeladas al instante como si se hallaran insertas en hielo—. Augustos ahí mismo lo tienen; como han podido ver, Garrosh Hellscream, Jefe de Horda, acaba de amenazar de muerte a Vol’jin de un modo explícito.

A continuación, asintió en dirección hacia Chromie, quien, al mover esas manitas, hizo que la escena volviera a cobrar vida.

—Eres un necio si crees que puedes hablarle a tu Jefe de Guerra de ese modo — afirmó Garrosh.

—No eres mi Jefe de Guerra. No te has ganado mi respeto y no voy a permitir que destruyas la Horda por culpa de tu necia sed de guerra.

Vol’jin se mostraba sereno, calculador y frío, lo cual contrastaba con el nerviosismo y la rabia de Garrosh.

—¿Y qué piensas hacer exactamente al respecto? Tus amenazas me resultan vacías. Vete con el resto de tu raza a esos suburbios de mala muerte. Un ser tan asqueroso como tú no mancillará más con su presencia esta sala del trono.

La escena se detuvo y, acto seguido, se desvaneció. Tyrande negó con la cabeza.

—“Vete con el resto de tu raza a esos suburbios de mala muerte”—repitió—. Una forma muy interesante de tratar y de hablar sobre una raza que había servido de un modo tan leal a la Horda durante tanto tiempo.

—Eso mismo pienso yo.

—Así que, en vez de tratarte como un consejero respetable, tal y como había ordenado Go’el, Garrosh obligó a los trolls a permanecer confinados en zonas que él mismo describía como de “mala muerte” y te expulsó de la sala del trono. Además, también te amenazó de muerte.

La tensión se apoderó de Go’el. El semblante casi indiferente de Vol’jin se tornó serio.

—Hizo mucho más que amenazarme.

Echó la cabeza hacia atrás y les mostró una cicatriz protuberante, de color azul pálido, que señalaba el lugar donde el cuchillo de un asesino le había degollado. Go’el alzó la vista hacia los Celestiales y comprobó que se agitaban inquietos y descontentos ante esa evidencia tan visible del odio de Garrosh.

Tyrande dejó que los murmullos recorrieran la estancia y, a continuación, dijo:

—Me gustaría mostrar ese despreciable ataque, así como el papel que Garrosh Hellscream jugó en él. ¿Chromie?

El ruido de multitud de roces recorrió todo el auditorio, ya que casi todos los espectadores se acababan de enderezar en sus asientos y se habían inclinado un poco más hacia delante. La historia de lo que le había sucedido a Vol’jin había corrido de boca en boca por toda la Alianza y la Horda. Si bien algunos solo tenían un interés morboso en los detalles más sangrientos, otros tal vez solo pretendían quitarse de encima algunas dudas.

—Jefe de Guerra, ¿podría hacemos el favor de explicamos lo que vamos a ver?

—Por supuesto. Esto sucedió después de que la Horda desembarcara en las costas de Pandaria. A los Darkspear no nos ordenaron acompañar al resto de la Horda; además, yo pensaba que sería un error entrar en tromba en este lugar, pero Garrosh estaba muy contento de tener una tierra… ¿qué fue lo que dijo…? Ah, sí, “esta tierra es muy rica en recursos; madera, piedra, hierro, combustible y… gente” —citó.

—Madera, piedra, hierro, combustible y gente —repitió una pensativa Tyrande—. Para Garrosh, todo esto eran “recursos”. ¿Estás insinuando ante este tribunal que crees que Garrosh pretendía esclavizar a los pandaren?

Un grito ahogado de espanto se extendió por toda la sala y Baine se puso de pie como impulsado por un resorte.

—¡Con todo respeto, protesto! —gritó—. Cualquier respuesta al respecto será la mera opinión del testigo, nada más. ¡Jamás ha habido ninguna prueba de que Garrosh deseara esclavizar a una raza entera!

—¡No —replicó Tyrande—, alguien que trató tan bien a los troll jamás haría algo así!

Los dos se encararon furiosos, por lo que Taran Zhu se vio obligado a hacer sonar el pequeño gong con más fuerza de la habitual.

—¡En este tribunal reinará el orden! ¡Quiero recordar a todos los presentes que cualquier arrebato violento tendrá como castigo la reclusión hasta que concluya el juicio! Chu’shao Whisperwind, a menos que puedas apoyar esa acusación con algo muy sólido, te sugiero que cambies de estrategia.

—Tú mismo dijiste que la opinión de los testigos sería admisible a lo largo del proceso, Fa’shua.

Taran Zhu permaneció callado un instante y, acto seguido, suspiró.

—Sí, así es. Por favor, reformula la pregunta de un modo más apropiado.

Tyrande se volvió hacia Vol’jin.

—Jefe de Guerra, ¿qué crees que Garrosh quería decir con esas palabras?

—No creo que pretendiera “esclavizarlos”, tal y como pretendes sugerir, Chu’shao Whisperwind. Creo que, simplemente, quería contar con nuevos reclutas para luchar. Su grito de guerra era: ¡Irrumpan en la costa y tiñan de rojo el nuevo continente!

—¿De rojo con sangre? Así que no quería esclavizarlos, pero sí quería exterminarlos, ¿no?

—¡Chu’shao! —le espetó Taran Zhu antes de que Baine pudiera siquiera levantarse de la silla—. Deja de poner palabras en boca del testigo que este no ha dicho o tendré que reprenderte.

Tyrande hizo una reverencia y alzó una mano.

—Entendido, Fa’shua. Por favor, continúa, Jefe de Guerra.

—Creo que su intención era convertir Pandaria en un territorio de la Horda. Mucha gente lucha por la Horda, y el color de esta es el rojo. Creo que eso era lo que quería decir.

—Pero ¿no estás seguro?

—Solo puedo contarte lo que he oído y lo que yo pienso al respecto.

—Por supuesto —respondió Tyrande.

Go’el sintió un tremendo respeto por la integridad que acababa de demostrar Vol’jin, y no era la primera vez. Solo era una opinión, y el troll podría haber mentido muy fácilmente al respecto. Pero no lo había hecho. Aun así, Tyrande había sacado el tema a colación y había plantado la semilla de la duda; a partir de ahora, ni el jurado ni los espectadores podrían evitar preguntarse qué había pretendido decir realmente Garrosh con esas palabras.

—Así que… la Horda había llegado a Pandaria —dijo de repente Tyrande.

—Sin los Darkspear. Fui a hablar con Garrosh, quien se mostró furioso y me habló de malos modos como en la anterior ocasión, aunque luego pareció reconsiderar su postura.

—Gracias. ¿Chromie?

La pequeña dragón bronce saltó para encaramarse a la mesa y activó la Visión del Tiempo. La escena se manifestó de inmediato.

—Ahí radica la diferencia entre tú y yo, Vol’jin —dijo el Garrosh del pasado—. No dejaré que mi pueblo se muera de hambre en el desierto. No me detendré ante nada —nada— para poder asegurar un futuro orgulloso y glorioso a los orcos y cualquiera que tenga el coraje de apoyarnos. Espera un momento.

Se alejó un poco y habló en voz baja con uno de los Kor’kron. Rak’gor Bloodrazor. Go’el frunció el ceño y se preguntó por qué Tyrande no había permitido que el jurado escuchara esa conversación entablada entre susurros. Garrosh volvió a acercarse al troll un momento después con una sonrisilla de suficiencia dibujada en la cara.

—Hay algo que puedes hacer para demostrar tu valía a la Horda, troll. Una misión que te llevará al mismo corazón de este continente.

—Iré —replicó Vol’jin, aunque añadió—, pero solo como testigo y en nombre de mi pueblo. Alguien debe mantenerte vigilado, Garrosh.

La escena se detuvo y, al instante, se esfumó. Tyrande se giró hacia Vol’jin.

—¿Puedes explicamos qué sucedió en esa misión que Garrosh les asignó tanto a Rak’gor Bloodrazor como a ti?

—Partimos en busca de un grajero saurok —respondió Vol’jin—. Los exploradores habían informado de que en esas cuevas había una magia muy antigua. Garrosh quería que echáramos un vistazo.

—¿Y qué descubrieron?

Vol’jin respiró muy hondo y, entonces, contestó:

—Esas cuevas resultaron ser… preternaturales. Bloodrazor me había dicho que Garrosh había descubierto que los saurok y los mogu estaban relacionados. Y… tenía razón.

Otra escena más apareció en el centro de esa estancia. Esta vez, Vol’jin, Bloodrazor y unos cuantos más a los que Go’el no conocía se hallaban en una oscura y húmeda caverna. El cadáver de un saurok colosal se desangraba lentamente en esa agua estancada que les llegaba a la altura de los tobillos. Había huevos por todas partes… Vol’jin había encontrado el grajero. Se le escapó un leve gruñido y, cuando habló, lo hizo con una voz grave y temblorosa… por culpa de la rabia.

—Esos mogu… han utilizado una magia muy perversa y tenebrosa. Estos saurok no han nacido, sino que han sido creados. Se ha moldeado y retorcido su carne. —Sacudió la cabeza, asqueado—. ¡Aquí se ha empleado magia muy siniestra, colega!

Se volvió hacia Bloodrazor, con el arma alzada, pues claramente esperaba la orden de destruir todos los huevos.

Sin embargo, el orco esbozó una amplia sonrisa muy cruel.

—¡Sí! —exclamó Bloodrazor—. El poder de moldear la carne para crear guerreros. ¡Eso es lo que desea el Jefe de Guerra!

Go’el apartó la mirada de esa escena y observó las reacciones del jurado y los espectadores. Como era habitual, daba la sensación de que los Celestiales permanecían impasibles, pero eran los únicos. El resto de los que acababan de escuchar ese comentario cruel mostraban unas expresiones que iban desde la náusea hasta la furia pasando por toda una amplia gama de emociones intermedias.

—¿Garrosh quiere jugar a ser dios? —gritó la imagen de un Vol’jin encolerizado—. ¿Quiere crear monstruos? ¡Ese no es el objetivo de la Horda!

Esa era la frase, pensó Go’el. La frase que, aunque no la hubiera escuchado nadie en su día, salvo esos pocos camaradas de Vol’jin presentes en esa cueva, ahora había sido dada a conocer al mundo.

La que había inspirado a Go’el cuando había ayudado a Vol’jin a reconquistar las Islas del Eco. La que había permitido al líder troll aferrarse a la vida y recuperarse de una manera muy difícil para poder defender esa Horda que era como su misma familia. Era esa verdad la que había evitado que Varian hiciera lo mismo que Garrosh pretendía hacer con los sha, la que había hecho que el rey humano se negara a tomar Orgrimmar y ocuparla.

Ese no es el objetivo de la Horda.

Y nunca lo sería.

Sin embargo, eso era lo que había querido hacer Garrosh con ella, así que la escena prosiguió de manera implacable.

Bloodrazor se aproximó a Vol’jin y este le lanzó una mirada furibunda. El orco arrugó la nariz e hizo un gesto de repugnancia, como si acabara de oler un hedor horrible.

—¡Él sabía que eras un traidor! —rugió y, a pesar de que Go’el intuía qué iba a suceder a continuación, incluso él se sorprendió ante la rapidez con la que se movió ese corpulento Kor’kron ataviado con una armadura. El cuchillo trazó un arco realmente fugaz, y la sangre manó a raudales de la garganta desgarrada del troll mientras caía al suelo.

La multitud lanzó un grito ahogado. La escena se desvaneció.

—Zazzarik Fryll, ¿quieres hacer el favor de leer los cargos tres, cuatro, cinco y siete de nuevo? —le pidió Tyrande al secretario del tribunal.

El goblin carraspeó, rebuscó entre varios pergaminos y, acto seguido, procedió a leer en voz alta:

—Asesinato.

Tyrande alzó una mano para interrumpirlo y el goblin se detuvo, parpadeando tras esas gafas.

—Asesinato —repitió la elfa, quien levantó el dedo índice—. Es decir, ordenar a un miembro de los Kor’kron que degollara a Vol’jin si no se mostraba de acuerdo con el cruel plan de Garrosh.

Por favor, continúa.

—Hum… Desplazamiento forzado de población —dijo el goblin, quien la miró expectante.

Tyrande levantó otro dedo más, para seguir contando cada uno de los cargos.

—Es decir, prohibir a los trolls, quienes son unos miembros respetados y muy útiles para la Horda, vivir en ciertas zonas.

—Desaparición forzosa de ciertos individuos.

Ya iban tres.

—Es decir, enviar a Vol’jin a realizar una misión en compañía de Bloodrazor, sabiendo perfectamente que lo más probable era que Vol’jin acabara siendo asesinado.

—Intento de esclavizar a una población.

—Es posible que pretendiera esclavizar Pandaria, pero de lo que no hay duda es de que los saurok que sufrieron mutaciones no se presentaron voluntarios.

—Con todo respeto, protesto —la interrumpió Baine—. Garrosh no es responsable de lo que sucedió con los saurok.

—Estoy de acuerdo con la defensa —aseveró Taran Zhu.

—Así es, pero la Visión del Tiempo ha dejado muy claro que eso era lo que deseaba —le espetó Tyrande, de modo que Taran Zhu se vio obligado a asentir.

—Permitiré que se utilice la expresión que “expresó su deseo de esclavizarlos” —replicó el pandaren.

—Tortura —añadió el goblin.

—Siempre que admitamos que Garrosh planeaba hacer algo similar a lo que les ocurrió a esos saurok… cuya carne fue deformada y retorcida, violada y moldeada. Este orco pretendía engendrar a ciertos seres de este modo por puro capricho, sin ninguna otra razón. —A continuación, señaló a Vol’jin—. Con este único testigo, tenemos pruebas más que suficientes para demostrar casi la mitad de los cargos de los que se acusa a Garrosh Hellscream. ¡La mitad! No obstante, hay muchos otros que también podrían atestiguar que este orco cometió asesinatos, torturas y otros actos despreciables, tal y como ha confirmado Vol’jin. Él…

—Fa’shua —dijo Baine con una voz potente—, si la acusación ha acabado con su tanda de preguntas al testigo y ahora debe recurrir a la pura oratoria, me gustaría que se me concediera la oportunidad de interrogarlo.

Era un ataque directo en toda regla. Las mejillas de Tyrande adquirieron un color púrpura más intenso.

—¿Tienes más preguntas para el testigo, Chu’shao Whisperwind? —inquirió Taran Zhu con mucho tacto.

—Hay una escena más que desearía mostrar, Fa’shua, si se me permite. Es… extremadamente importante, pues ya solo queda viva una persona de las que participó en esa conversación.

—Entonces, procede, por supuesto.

Tyrande, que había recuperado la compostura, hizo un gesto de asentimiento dirigido hacia Chromie.

En un principio, Go’el se sintió un tanto confuso. Tyrande les volvía a mostrar algo que acababan de ver; la escena en que Garrosh insultaba a Vol’jin y, a continuación, iba a hablar en privado con Rak’gor.

Pero esta vez, todos pudieron escuchar lo que Garrosh decía a su guardaespaldas Kor’kron.

—No tengo ninguna duda de que serás capaz de confirmar mis sospechas —dijo la imagen de Garrosh, que se dirigía únicamente a Bloodrazor—. Fíjate en cómo reacciona el troll. Si aprueba el plan, vivirá. Si no… es que es un traidor y lo degollarás.

La escena se congeló. Tyrande avanzó y se colocó justo delante de la descomunal imagen de Garrosh, cuyo rostro estaba paralizado en ese instante en que mostraba una mirada engreída y maliciosa. La elfa pasó de mirar al orco de la Visión al de verdad.

El Garrosh real permanecía prácticamente impasible, lo cual contrastaba tremendamente con el Hellscream casi caricaturescamente presuntuoso del pasado. Tenía los ojos clavados en Tyrande y no en la escena que esta acababa de presentar. La elfa estaba muy erguida y llevaba la cabeza bien alta. Era hermosa y terrible en su justa furia; parecía una implacable diosa de la justicia que no conocía la templanza de la piedad ni las cadenas de la compasión, cuyo pecho ascendía y descendía rápidamente al respirar aguadamente, cuyo pulso era perfectamente visible en ese cuello largo y esbelto. La tensión se apoderó de Go’el, pues sabía qué iba a venir a continuación. Un discurso apasionado e iracundo teñido de la repugnancia que provocaban las simas de la estulticia hasta las que se había hundido el hijo de Hellscream. No iba a carecer de apoyos a la hora de vituperar a Garrosh. La sala estaba a punto de estallar.

Entonces, la sacerdotisa habló por fin.

—Ya sabemos la verdad.

Esas palabras fueron pronunciadas con una voz muy templada que pudo escucharse a través de esa estancia consternada y sumida en el silencio. Miró fijamente a Garrosh un instante más. Acto seguido, sus labios se curvaron para esbozar su desprecio de un modo más elocuente que cualquier otra cosa que hubiera podido decir y le dio la espalda.

—No hay más preguntas.

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