Crímenes de Guerra – Capítulo Catorce

Crímenes de GuerraLas Tierras Fantasma, así se llamaban ahora. En su día, la familia

Windrunner lo había llamado su hogar, su casa. Vereesa había sido invitada a volver en una ocasión anterior por Halduron Brightwing para luchar contra un antiguo enemigo mutuo, los Amani. Aquella vez se le había revuelto el alma y ahora volvía a hacerlo. Mientras sobrevolaba con su hipogrifo el Desfiladero Thalassiano, notó que se le contraían los músculos del estómago y que las riendas le resbalaban de las palmas de las manos por culpa del sudor.

La Cicatriz Muerta se abría paso serpenteando por esa tierra que en el pasado había sido muy hermosa, dejando un rastro como una babosa allá por donde centenares de no-muertos habían hollado ese suelo. Nadie sabía si ese lugar se recuperaría jamás. Penetraba en Tranquillien, cuyo nombre ya no encajaba para nada con su estado actual, dividiendo los Sagrarios de la Luna y el Sol, para luego adentrarse en el Bosque Canción Eterna y atravesar Silvermoon, arrasando esa maravillosa ciudad objeto de tantas canciones e historias. Incluso a esa altura, podía apreciar el legado que había dejado ahí el Rey Lich; ahí todavía se arrastraban y mataban cosas muertas.

Están muertos, pero sin estarlo del todo. Como mi hermana.

No. Como Sylvanas, no. Ella y su gente ahora eran dueños de su voluntad, de sus mentes. Podían escoger lo que querían hacer o no. A quién querían matar o no. Y era esa capacidad de decisión lo que había traído a Vereesa de vuelta al lugar donde pasó su niñez, adonde creía que nunca regresaría.

Era incapaz de llorar, ya que sus sentidos se hallaban embotados por culpa de la presión constante de ese dolor que había sido alumbrado en cuanto recibió la noticia de la muerte de Rhonin, un sufrimiento que nunca había remitido de verdad. Hizo virar a su montura hacia el oeste y no pudo evitar preguntarse si Sylvanas estaba disfrutando al pensar que Vereesa regresaba a la Aguja Windrunner.

Al verla de nuevo, la invadió una nueva oleada de dolor, una agonía intensa que avivaba aún más las llamas de su odio. Los orcos no eran los responsables de lo que le había sucedido a su hogar, pero sí le habían arrebatado muchas cosas; primero a su hermano, Lirath, y luego a Rhonin, su gran faro en la oscuridad. Además, habían ansiado arrasar Quel’Thalas, pero Arthas se les adelantó.

Mientras se acercaba, los labios de Vereesa se curvaron para lanzar un gruñido. La aguja —la aguja de su familia— estaba plagada de cadáveres andantes y espíritus translúcidos.

Almas en pena.

Los espíritus vagaban a la deriva, tan desprovistos de una meta en la muerte como habían estado llenos de objetivos en vida. Aquí y allá, entre ellos, había unas figuras encapuchadas ataviadas con ropajes rojos y negros. Vereesa sabía quiénes debían de ser. Eran los seguidores humanos de la secta de la Ciudad de la Muerte, la cual había surgido tras la invasión de Arthas; al parecer, estaban utilizando la Aguja Windrunner con algún propósito obsceno y violento.

Están usando mi hogar.

Vereesa profirió un chillido y toda la impotencia y la ira que se habían ido acumulando en ella desde la derrota de Garrosh brotaron a raudales y muy agradecidas por poder liberarse al fin. Fue disparando una flecha tras otra. La primera acertó a un acólito en un ojo. La segunda y la tercera atravesaron las gargantas de unas víctimas que ni siquiera tuvieron tiempo de ser conscientes de lo que ocurría. El cuarto logró volver la cara y mostrar una expresión de estupor a Vereesa; además, logró flexionar los dedos al intentar alcanzar su arma, pero al instante, él también estaba muerto. Desmontó de su hipogrifo de un salto antes de que tuvieran siquiera la oportunidad de aterrizar y arremetió contra los forestales caídos, blandiendo una espada que relucía al atravesar la carne incorpórea, enviándolos al olvido y, presumiblemente, a la paz de la tumba, con más ira que misericordia. Vereesa esbozó un gesto de disgusto en cuanto el aullido de un alma en pena la atravesó por entero, pero eso solo la detuvo un instante, ya que el aterrador grito de ese espectro fue silenciado para siempre de inmediato. La elfa noble añadió sus propios gritos a esa cacofonía y pronunció unas frases confusas que no querían decir nada pero que expresaban perfectamente la amargura que sentía, así como la venenosa ira y agonía que la dominaban.

Dos acólitos más tuvieron la desgracia de ser muy lentos a la hora de lanzar sus hechizos. Vereesa se abalanzó sobre ellos, decapitando a uno y atravesando el pecho del otro de un solo mandoble. Mientras este último caía, en medio de un chorro de sangre, le clavó la espada en la tripa.

Aguantó la respiración y tiró del arma para liberarla de ese cadáver. Miró a su alrededor en busca de más enemigos, vivos o no-muertos, que podrían estar convergiendo sobre la aguja. A Vereesa no le importaba que la reconocieran. En estos tiempos, muy pocos seres vivos se aventuraban a llegar aquí. A una intrépida elfa de sangre que osara aproximarse a ese lugar desierto le bastaba con una capa con capucha para poder disfrazarse; además, cualquier acólito que la viera no viviría para contarlo.

Los minutos parecieron arrastrarse. De vez en cuando, Vereesa oía de nuevo unos tenues gemidos y suspiros proferidos por seres sin mente. Combatió de nuevo contra ellos cuando estos seres que vagaban sin rumbo acababan de nuevo dentro de la propiedad Windrunner, a pesar de que se hallaba en ruinas. Notó el abrazo de una niebla húmeda, gélida y pegajosa. Al final, acabó paseando de aquí para allá, mientras se preguntaba si todo esto era una cruel jugarreta de Sylvanas.

Entonces, oyó con sus agudos oídos unos ruidos muy leves a su espalda. Se giró con el arco en ristre y una flecha preparada. Antes de que pudiera disparar, el astil de su flecha se astilló y la cuerda tañó.

Un arquero, vestido totalmente de cuero negro, acababa de alcanzar con su propia flecha a la de Vereesa y la había hecho salir despedida del arco.

El recién llegado se echó la capucha hacia atrás. Unos relucientes ojos rojos atravesaron esa neblina verde y unos labios negros se curvaron para esbozar una sonrisa sardónica.

—Ten cuidado, hermana —le dijo Sylvanas, a la vez que bajaba el arma—. No creo que quieras matar a esta alma en pena.

* * *

Caminaron por esa arena gris, donde el murmullo de las olas era más fácil de soportar que los suspiros y los lamentos de los muertos, aunque no mucho más. Sylvanas creía que ese lugar estaba repleto de fantasmas, pero no solo literalmente, sino también por los de los recuerdos de la familia que en su día solía venir a disfrutar aquí del aire libre y comer.

—Solo quedamos nosotras —afirmó Vereesa, como si le estuviera leyendo los pensamientos. Sylvanas sonrió levemente. Como eran las dos hermanas del medio, siempre había habido un vínculo muy especial entre ellas que, al mismo tiempo, las había alejado un poco de Alleria, la mayor, y Lirath, el único varón.

—Lo has expresado de un modo muy diplomático —observó.

Vereesa se detuvo y contempló el Mar del Norte.

—Primero, Lirath fue asesinado por los orcos. Después, Alleria se desvaneció en Outland. ¿Por qué has escogido este lugar, Sylvanas?

—¿Tú por qué crees, hermanita?

—Porque quieres hacerme daño. Has elegido un lugar de encuentro donde los muertos se sienten como en casa. Donde los vivos no son bienvenidos. —Acto seguido, se corrigió a sí misma—. A menos que tengan intenciones perversas.

La tensión se apoderó de Sylvanas.

—¿Para hacerte daño? ¡Pero qué arrogante eres, niña! —Se echó a reír con muy pocas ganas—. ¿Acaso no te has fijado en quiénes eran los que te han rodeado, en quiénes eran esos que sollozaban y chillaban para que les devolvieran la vida? ¡Eran mis forestales! ¡Yo morí aquí!

Vereesa esbozó una mueca de contrariedad.

—Lo… lo siento. Creí que… estabas acostumbrada a… bueno…

—¿A ser la “Reina Alma en Pena”? ¿La “Dama Oscura”? —replicó Sylvanas con un tono exagerado—. Bueno, es mejor que pudrirse. Al menos, ahora tengo algo que decir en todo lo que sucede en el mundo.

—Tenemos mucho menos que decir de lo que cabría esperar —aseveró Vereesa, quien cogió una piedra y la lanzó al océano, donde se desvaneció de inmediato—. Ya no sé quién eres. Ya no eres mi amada hermana.

Lo soy… pero no lo soy, pensó Sylvanas, aunque no dijo nada.

—Pero tú y yo estamos de acuerdo en una cosa —prosiguió hablando Vereesa, la cual se giró, con la cara encendida y los ojos ardiendo—. Garrosh Hellscream debe morir por lo que hizo en su día. Según parece, tú, al igual que yo, no confías en que los Celestiales alcancen la misma conclusión, ya que si no, no habrías venido.

—No puedo estar en desacuerdo contigo en ninguno de esos aspectos. Y fue muy valiente por tu parte que intentaras contactar conmigo; sobre todo, si tal y como has dicho, no sabes quién soy ahora.

Valiente y un poco imprudente, ya que si el medallón hubiera sido interceptado, Vereesa habría sido tachada de traidora.

—Asumí un riesgo que creí que merecía la pena. Espero que así fuera.

—No has hecho esto simplemente para que demuestre que estoy de acuerdo en que esa criatura llamada Garrosh Hellscream es un desgraciado —señaló Sylvanas, cruzándose de brazos—. Debes de tener un plan.

—Esto… bueno, aún no.

Sylvanas enarcó una ceja y calculó mentalmente cuánto tardaría en matar a Vereesa.

—Solo quería decirte que no estás sola —se excusó Vereesa—. Que hay otros que piensan exactamente igual que nosotras, otros que nos ayudarían de manera activa o, al menos, no se interpondrían en nuestro camino si intentáramos… matar a Garrosh.

—La gente se queja y refunfuña, hermana, pero muy pocos están dispuestos a actuar. Esos aliados de los que hablas se esfumarán en cuanto perciban que su integridad física o su reputación corren el más mínimo peligro.

Vereesa negó con la cabeza enérgicamente.

—No, no lo harán. Tengo incluso la aprobación de lady Jaina.

Sylvanas frunció el ceño.

—Ahora sé que mientes, hermana. Jaina Proudmoore quizá no sea la ingenua amante de la paz que era antes, pero es imposible que se muestre a favor de cometer un asesinato. Aunque tal vez espere que Garrosh muera, nunca hará nada para que esa muerte se produzca.

—Te equivocas. Quiere que muera. Antes de que se dicte sentencia. “Para ahorrarnos las molestias del juicio”, o eso me dijo. Aunque también hay otros. La almirante del cielo Catherine Rogers, por ejemplo. Odia a la Horda y a Garrosh más que todo.

—Si no recuerdo mal, esa mujer es de Costasur —comentó Sylvanas—, así que dudo mucho que quiera colaborar con la Reina Alma en Pena de los Renegados.

—No tiene por qué saberlo. Nadie tiene por qué saberlo. Solo nosotros.

Sylvanas se quedó callada y pensativa.

—Podríamos esperar a ver si los Celestiales nos ahorran el esfuerzo.

—No. Si deciden ser misericordiosos con él —dijo Vereesa enfatizando esa palabra con desprecio—, no tendremos otra oportunidad. Debemos actuar mientras el juicio prosiga. Mientras ambos bandos tengan acceso a él.

Al oír esas palabras, Sylvanas estalló en carcajadas.

—¿Acceso? ¿No has visto que lo tienen fuertemente vigilado? Ni siquiera el asesino más consumado sería capaz de penetrar en esa celda.

Vereesa sonrió. Seguía teniendo la misma cara que Sylvanas recordaba, seguía teniendo esos mismos labios de los que habían brotado carcajadas cuando su hermana era una niña. No obstante, esa expresión permitió a Sylvanas atisbar un grado de crueldad que nunca habría esperado que su hermana mostrara.

—No —admitió Vereesa—. Un asesino, no. Pero hasta los prisioneros deben comer, ¿verdad?

Quería envenenarlo. Por eso Vereesa había pensado en su hermana.

—Deseas que te facilite un veneno que nadie pueda detectar… un veneno que aún no haya sido creado.

Vereesa asintió.

—Perfecto —dijo Sylvanas—. La verdad es que me avergüenza que este plan no se me haya ocurrido a mí antes.

—Necesitaremos que alguien se infiltre en las cocinas, o que sea capaz de manipular la comida en su lugar de origen —continuó hablando Vereesa—. O si no, convencer a alguien en el que ya confíen para preparar las comidas. Deberíamos…

—Espera un momento, antes de que sigas desbarrando con tus planes y conspiraciones, por muy entretenido que me resulte —la interrumpió Sylvanas—. No he dicho que vaya a participar.

—¿Qué? ¡Pero si has dicho que era un plan perfecto!

—Oh, sí, lo es. Pero yo ya he sufrido bajo el yugo de un tirano con anterioridad —replicó Sylvanas—. Y, aun así, desafié a mi creador. A pesar de que Arthas me trajo de la muerte para atormentarme, él ya no está aquí y yo sí. También desafié a Garrosh y también lo veré morir. —Entonces, se señaló a sí misma, a ese cuerpo que era tan fuerte y tan hermoso, a su manera, que cuando aún respiraba, aunque ahora era de un gris azulado y frío al tacto—. Y… soy una Renegada. Puedes entender mi razonamiento. ¿Cuál es tuyo, hermanita?

—¡No me puedo creer que me estés pidiendo esto!

—Lo estoy y te ruego que me respondas —le pidió con un tono de voz gélido—. ¿Qué te ha hecho Garrosh para que hayas decidido tornar este camino?

—¡Qué no me ha hecho! ¡Destruyó Theramore de una manera horrenda, para la que no hay excusa posible! En esa ciudad, todos murieron de un modo… terrible. No acabé siendo una más de ellos por pura suerte.

Sylvanas sacudió la cabeza de lado a lado. Si bien su cabello había sido de un rubio muy claro cuando estaba viva, tanto que casi parecía tener un color plateado, ahora era casi tan blanco como el de su hermana. En su día, Alleria había comentado jocosamente que ellas eran las lunas de la familia, por lo cual las había llamado lady Luna y Lunita, mientras que ella y Lirath (la hermana mayor y el hermano menor) eran los soles, con su pelo brillante y dorado. Alleria…

—Esa no es la razón.

—Los orcos han sido nuestros enemigos. Garrosh es la peor aberración que ha engendrado esa raza y que aún respira. Su historia está plagada de monstruos y barbarie demoníaca. ¡Nos arrebataron a nuestro hermano, Sylvanas! Y sabes que Alleria se habría enfrentado a cualquiera para poder tener el honor de ser ella misma quien acabara con Garrosh. Ella querría que hiciéramos esto.

Sylvanas frunció los labios.

—Aunque estoy de acuerdo con todo lo que dices, esa tampoco es la razón.

Vereesa tragó saliva con dificultad.

—No quieres hacerme daño. Quieres verme sufrir lo indecible.

—Quiero juzgar por mí misma cuáles son las simas de tu dolor, lo cual no es lo mismo.

Vereesa formaba parte de la Alianza. Se había casado con un humano, con el que había tenido hijos. Este había sido su hogar y ahí todavía había un sitio para ella. Lo que estaba diciendo que quería hacer contravenía todas las leyes que la Alianza afirmaba defender… aunque, ciertamente, también había villanos, asesinos y ladrones entre sus filas.

Por un momento, Sylvanas pensó que su hermana se echaría atrás, a pesar de que los Windrunner siempre habían hecho gala de una voluntad de hierro. Del esbelto cuerpo de Vereesa se había apoderado tal tensión que parecía más tensa que la cuerda de su arco, casi estaba temblando. Sylvanas aguardó con la paciencia que solo pueden tener los muertos (otro don que Arthas le había concedido sin ser consciente de ello) a que estallase la furia que percibía que bullía en su hermana.

Pero eso no ocurrió.

En vez de las llamas de la ira, lo que Sylvanas vio fue el agua de sus lágrimas, unas lágrimas que anegaban los ojos de su hermana y le recorrían el rostro. Vereesa ni siquiera se molestó en secárselas mientras hablaba.

—Me arrebató a Rhonin.

Eso era todo. No había ninguna otra razón.

Sylvanas se acercó a su hermana y la abrazó. Vereesa se aferró a ella como si se estuviera ahogando.

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