Crímenes de Guerra – Capítulo Trece

Crímenes de GuerraLa nota estaba escrita en negrita, era breve e iba al grano.

Te veré en casa después del juicio.

Muy pocas palabras como para poner tan nerviosa a Vereesa.

Su hermana era muy lista; si alguien hubiera interceptado esa misiva no habría podido deducir quién era el remitente y, aunque lo hubieran logrado, el mensaje en sí era aparentemente inofensivo.

Pero no lo era. En este caso, la palabra “casa” tenía un significado muy siniestro. Vereesa dio gracias a Jia Ja, el mensajero pandaren que había entregado un mensaje que, tal vez, podría haber dado inicio a una guerra, enrolló el pergamino hasta que apenas fue más grueso que la pluma con la que se había escrito en él y lo arrojó a un brasero cercano.

—¿Vereesa? —La elfa se sobresaltó y se giró. Era Varian quien hablaba—. Ya es casi la hora de volver a entrar. Si quieres comer alguna albóndiga, será mejor pases por aquí de inmediato.

Tanto él como Anduin estaban dando buena cuenta de unos rollitos de primavera mientras se dirigían hacia el templo. Vereesa se percató, aunque demasiado tarde, de que el brasero al que había arrojado la nota pertenecía a un fornido cocinero pandaren, que estaba muy atareado colocando unas vaporeras de bambú una sobre otra mientras con unos palillos sacaba con delicadeza unas albóndigas perfectas. Él sonrió inquisitivamente y ella asintió, a pesar de que la comida era lo último en que pensaba en esos momentos.

—Te van a encantar. Anduin casi deja ayer a Mi Shao sin existencias — comentó Varian, con una sonrisa de oreja a oreja, a la vez que le alborotaba el pelo al rubio Anduin. El muchacho se agachó tímidamente y, por una vez, dio la impresión de tener la edad que realmente tenía.

—El cachorro humano está creciendo y se está haciendo muy fuerte —observó Mi Shao—. La comida pandaren le sienta bien. Me siento honrado de poder proporcionar sustento y deleite a alguien que comprende mi tierra tan bien.

—Prueba una de esas pequeñas con semillas por encima —le recomendó Anduin a Vereesa—. Están rellenas de pasta de raíz de loto. Son maravillosas.

—Gracias —replicó Vereesa—. Me llevaré dos, por favor.

—… yo también, es que me lo he pensado mejor —se excusó Anduin—. Ve tú por delante, padre, me uniré a ti en breve.

—Entonces, los veré a ambos en unos instantes —dijo Varian, al mismo tiempo que atraía a su hijo hacia sí para darle un rápido abrazo. Acto seguido, se dirigió al lugar donde se celebraba el juicio a grandes zancadas. Anduin observó cómo su padre se marchaba, luego le dio las gracias a Mi Shao en el idioma pandaren y dio un bocado al hojaldre. Cerró los ojos con sumo deleite.

—Oh, qué bueno está esto —señaló. Vereesa se acordó brevemente de sus propios hijos y de su apetito aparentemente inagotable, pero enseguida sus pensamientos volvieron a centrarse en Sylvanas.

Como no hizo ademán alguno de comer, el príncipe que masticaba mientras la observaba, decidió preguntarle:

—¿Estás bien?

A Vereesa se le desbocó el corazón. El maldito príncipe era muy observador… ¿Acaso había hecho algo que revelara lo que estaba pensando? ¿Acaso él se había dado cuenta de que…?

—Claro que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

Se obligó a darle un bocado al hojaldre, que por fuera estaba blando y gomoso, pero cuyo interior sabía muy dulce aunque no empalagoso. Si no hubiera tenido un nudo en el estómago ni la boca tan seca como la arena del desierto, tal vez habría disfrutado de ese manjar.

—Bueno… por lo que he dicho ante el tribunal. Sé que tanto tú como la tía Jaina no están por la labor de concederle a Garrosh una segunda oportunidad. Y quiero que sepas que entiendo por qué. Lo comprendo perfectamente.

Se sintió tan aliviada que se notó de repente tremendamente agotada.

—Yo también entiendo por qué piensas lo que piensas.

A Anduin se le iluminó la cara de alegría y, al instante, la ella se sintió culpable por haber mentido.

—¿De veras?

—Ves lo mejor en todo el mundo, Anduin. Eso lo sabe todo el mundo.

De inmediato, el semblante del príncipe se tornó sombrío.

—Sé que hay gente que no respeta mi actitud. Creen que soy demasiado blando.

—Oye —le dijo ella, a la vez que le cogía del brazo suavemente—, a pesar de que te encontrabas en una sala repleta de gente deseosa de matar a Garrosh con sus propias manos, te has atrevido a hablar en su favor. Los blandengues no tienen esa clase de coraje.

El enfado se esfumó del rostro del príncipe y fue reemplazado por una sonrisa arrebatadora. Algún día, este muchacho va a romper muchos corazones. Si vive lo suficiente, pensó la elfa.

—Gracias, Vereesa. Esto significa mucho para mí, sobre todo viniendo de ti. Y… sinceramente, me sorprende un poco. Me temo que eres una de los muchos a los que les gustaría matar a Garrosh con sus propias manos.

—No, no me gustaría. Creo que celebrar este juicio es una decisión sabia… y creo que los Celestiales harán lo correcto.

—Me… me alegra de veras oír eso.

Mientras caminaban juntos hacia la sala del juicio, a Vereesa la dominó de nuevo la ira, pues Garrosh Hellscream la había obligado a mentir a un muchacho de quince años.

Para su sorpresa, un guardia pandaren, que se hallaba en la entrada, le estaba negando a todo el mundo el acceso. Varian estaba hablando con él y se estaba enojando cada vez más, hasta que al final optó por alejarse de ahí. En ese instante, atisbo que Vereesa y Anduin se aproximaban y agitó una mano en el aire para indicarles que se apresuraran. En su semblante se reflejaba un gran enfado.

Al echarse a correr, Vereesa pudo notar que el sudor le estaba empapando la frente. ¿Acaso el rey había descubierto…? No. Si lo hubiera hecho, la habría atacado ahora mismo.

—¿Qué ocurre? —preguntó, intentando parecer a la vez curiosa y preocupada, pero no demasiado.

—El juicio no se va a reanudar hoy —contestó Varian con brusquedad—. Anduin, acompáñame. Vereesa, puedes regresar al Alto Violeta si lo deseas.

—Por supuesto —dijo Vereesa, quien no se fue de inmediato. Con el pretexto de que quería acabarse el pastelillo, se quedó en un lugar desde donde podía ver el interior del templo. Daba la sensación de que Taran Zhu, Baine y Tyrande estaban esperando a Anduin y su padre. Baine habló. Varian se cruzó de brazos y apretó los dientes.

Anduin parecía desconcertado mientras lo escuchaba. Varian no pudo contenerse y le gritó a Baine. Entonces, Taran Zhu dijo algo, y Varian se volvió para gritarles tanto a él como a Tyrande, mientras Anduin intentaba serenar los ánimos.

—General Forestal —le dijo un guardia pandaren—, con todo respeto… no puede ver esto.

Se ruborizó y asintió.

—Por supuesto. Lo siento.

Se volvió y se alejó, preguntándose qué nueva táctica iba a utilizar Baine para intentar que los Augustos Celestiales se compadecieran de un asesino en masa.

Vereesa apretó los puños y se fue dando grandes zancadas. Era consciente de que el tiempo que restaba hasta el crepúsculo se le iba a hacer eterno.

* * *

—¿Qué sucede? —preguntó Anduin, mientras su mirada se desplazaba de Taran Zhu a Tyrande, de esta a Baine y, por último, a su padre. El único rostro que lograba descifrar era el de su padre; Varian estaba terriblemente enojado por algo.

—Anduin —contestó Varian—, Baine ha pedido… —La tensión se apoderó de su rostro—. ¡Que la Luz me ciegue, ni siquiera soy capaz de decirlo!

Baine dio un paso al frente.

—Majestad, deseo agradecerte que hayas traído al príncipe aquí.

—Aún no me des las gracias —masculló Varian—. Estoy a esto de enviarlo de vuelta a casa, a Stormwind.

—Pero… ¿qué…? —balbuceó Anduin.

Baine estiró una oreja.

—Se me ha pedido que haga una petición.

—¿Quién te ha pedido…? —inquirió Anduin, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Al instante, supo de quién se trataba y qué había pedido. Solo restaba ya una pregunta por hacer:

—¿Por qué?

—No sé por qué quiere hablar contigo —respondió Baine, quien, presa de la frustración, agitó otra vez esa oreja—. Solo sé que quiere hacerlo. Dice que eres la única persona con la que va a hablar.

—Más bien, eres la única persona que querría hablar con él —replicó Varian.

Anduin agarró a su padre del brazo.

—Aún no he dicho que vaya a hablar con él, padre. —Acto seguido, miró a Taran Zhu—. ¿Sus leyes permiten que algo así se haga en un juicio?

—Según la ley pandaren, soy yo quien debe delimitar qué es permisible o no, jovencito. Chu’shao Bloodhoof me presentó esta petición hace tiempo y, desde entonces, he meditado al respecto. Le di orden de esperar hasta que hubieras declarado como testigo. Tanto la acusación como la defensa han renunciado a su derecho a interrogarte de nuevo y ya no podrán volver a hacerlo, así que ambas partes tienen algo que perder y algo que ganar con todo esto.

—No voy a andarme con rodeos —afirmó Baine—, se sabe que eres un humano generoso y compasivo, alteza. Si te compadeces de Garrosh y hablas a su favor, me serás de gran ayuda, pero si te enemistas con él y hablas en su contra, me perjudicarás. Chu’shao Whisperwind se enfrenta al mismo problema, pero al revés.

—Entonces, ¿por qué no deniegan la petición y se acabó?

—Porque Garrosh se está planteando la posibilidad de romper su silencio ante el tribunal si hablas con él —respondió Tyrande—. Eso significaría que tendría la oportunidad de interrogarlo directamente, y eso sí que podría serme de gran utilidad para defender a continuación mis argumentos.

—Aunque, según lo que ocurra en esa conversación contigo, podría acabar siendo de gran utilidad para defender los míos —apostilló Baine. Como he dicho antes, es una apuesta arriesgada para ambas partes.

—No puedo obligar a Garrosh a hablar en el juicio, pero creo que sería importante que lo hiciera —aseveró Taran Zhu—, pase lo que pase. Para que luego nadie pueda alegar que no tuvo la oportunidad de hablar.

—Así que esta responsabilidad recae sobre mis hombros —concluyó Anduin—. Lo cierto es que no me están dejando elegir, ¿verdad?

—No tienes por qué hacer esto —contestó Varian—. Sabes que yo preferiría que no lo hicieras, puesto que creo que ya has sufrido demasiado.

—Entonces, ¿por qué no te limitas a negarte sin más, padre?

—Porque ya tienes una edad como para poder decidir por ti mismo… y eres tú quien debe tomar esta decisión —respondió Varian—. Por mucho que a mí me gustara que no fuese así. Tengo que permitirte elegir. Puedes ver a Garrosh si quieres, o puedes optar por no verle jamás si lo prefieres.

Esa contestación sorprendió a Anduin, quien le obsequió a su padre con una leve sonrisa de agradecimiento. Reflexionó al respecto por un momento, al mismo tiempo que intentaba serenar esa tromba de emociones en conflicto que lo invadía.

Pensó de nuevo en cómo esos fragmentos de la campana habían caído sobre su frágil cuerpo, en el odio que se había reflejado entonces en el rostro de Hellscream, y sus huesos reaccionaron con sumo dolor. Tenía la oportunidad de no ver a Garrosh nunca más, de rechazar una invitación a sufrir aún más… oh, qué tentador era. Garrosh no había hecho nada en ningún momento que indicara que sentía algo por Anduin que no fuera desprecio y repugnancia, y eso que había habido oportunidades más que de sobra. El príncipe no le debía nada. Además, ya había hablado mejor del ex Jefe de Guerra de lo que cabría esperar. Había hecho bastante como para ayudar a salvar la vida de alguien que había ansiado arrebatarle la suya.

Aun así…

Anduin recordó cómo había reaccionado Garrosh cuando había creído que él había muerto. No se alegró ni regodeó, como cabía esperar, sino que se había quedado pensativo. Asimismo, el orco parecía haber adoptado una postura de hastío ante el tribunal.

¿En qué había estado pensando Garrosh en esos momentos? ¿Qué emociones estaba experimentando para recurrir a un sacerdote? ¿Tal vez sentía remordimientos?

El dolor que sentía en los huesos menguó levemente y Anduin tomó una decisión. Miró a la cara a los ahí reunidos, cada uno de los cuales pertenecía a una raza distinta, además de mantener un tipo de relación diferente con él; su padre humano, una heroína elfa de la noche, un guardián pandaren y Baine… un amigo tauren, lo cual habría sido inconcebible para muchos, pero era cierto.

—Alguien que está en un gran apuro me ha pedido que hable con él. ¿Cómo podría decirle que no, padre, si quiero seguir el camino de la Luz?

* * *

En un principio, Varian había insistido en acompañar a su hijo, pero Anduin le había dicho que no. El príncipe había pedido que ningún guardia presente pudiera cruzar el umbral de la entrada, para que así su conversación con Garrosh fuera estrictamente privada.

Varian había estado discutiendo con él durante casi una hora, pero fue en vano.

—Ha requerido mi presencia en virtud de mi condición de sacerdote —había dicho Anduin—. Debe tener la oportunidad de hablar con total libertad conmigo. También debes saber que todo cuanto me diga lo guardaré en secreto.

Con muy poca elegancia, Varian al final había dado su brazo a torcer. El rey miró a Taran Zhu, Tyrande y Baine sucesivamente.

—Si Anduin sufre algún daño, los consideraré responsables a todos ustedes. Y luego mataré yo mismo a Garrosh, sin que me importen las consecuencias ni este maldito proceso judicial.

—Ten por seguro que es físicamente imposible que Garrosh ataque a Anduin, rey Varian. Tu hijo está completamente a salvo, si no fuera así, no te lo garantizaría — había replicado Taran Zhu.

Ahora, Anduin se encontraba en el exterior de esa zona apartada situada bajo el templo. Dos de los guardias que vigilaban a Garrosh, los monjes Shadopan Li Chu y Lo Chu, lo esperaban, flanqueando la puerta.

Ambos hicieron una reverencia.

—Bienvenido, honorable príncipe —dijo Li Chu—. Muestras un gran coraje al venir a ver a tu enemigo.

Anduin, que tenía un nudo en el estómago, se sintió muy aliviado al comprobar que su tono de voz no denotaba que albergaba muchos recelos.

—No es mi enemigo —replicó—. Aquí y ahora, no.

Lo Chu sonrió lentamente.

—Al entender eso demuestras que eres tan sabio como valiente. Debes saber que estaremos en la entrada en todo momento y que acudiremos en cuanto nos llames.

—Gracias —contestó Anduin.

Velen le había enseñado a serenar el espíritu cuando se hallaba inquieto, por lo cual ahora seguía sus consejos; respiraba hondo y contaba hasta cinco, contenía la respiración durante un latido y luego exhalaba contando cinco de nuevo. Todo irá bien, le había dicho Velen en su día. Todas las noches terminan, todas las tormentas escampan. Las únicas tormentas que perduran son las que braman en nuestra propia alma.

Y funcionó… al menos, hasta que se halló frente a la celda de Garrosh.

La celda era muy pequeña. Ahí solo había espacio para unas pieles de dormir, una bacinica y una palangana. Garrosh no podía dar más de un par de pasos en cualquier dirección y, a pesar de tener tan limitada su capacidad de movimiento, llevaba unas cadenas atadas a los tobillos. Los barrotes de la celda eran más gruesas que el propio Anduin y las aberturas octogonales estaban selladas con un tenue brillo púrpura. Taran Zhu había dicho la verdad. Garrosh Hellscream estaba encerrado tanto tísica como mágicamente.

Anduin se percató de todo esto mediante su visión periférica, ya que, al instante, sus ojos se clavaron en los del orco, quien estaba sentado muy erguido sobre las pieles. El príncipe no sabía qué esperar; no sabía si se iba a mostrar iracundo, si le iba a implorar, o si se iba a burlar de él; pero no, no reaccionó de ningún modo. El rostro de

Garrosh seguía mostrando esa misma expresión meditabunda que Anduin había visto de inmediato en su semblante después de que lo hubiera “matado”.

—Por favor, no toques los barrotes —le indicó Lo Chu—. Puedes quedarte hasta una hora, si lo deseas. Aunque, claro, si deseas marcharte antes, háznoslo saber, sin más.

A continuación, señaló a una silla y una mesita, sobre la cual había una jarra de agua y un vaso vacío.

Anduin se aclaró la garganta.

—Gracias. Seguro que todo irá bien.

No dio la impresión de que Garrosh se fijara en los guardias, pues se hallaba muy concentrado en Anduin. Los hermanos, tal y como habían prometido, se retiraron hasta el otro extremo de la estancia.

Súbitamente, Anduin notó que tenía la boca seca, así que se sirvió un poco de agua para aplacar ese desierto que dominaba ahora su lengua. Dio un sorbo muy lentamente de manera deliberada.

—¿Tienes miedo?

—¿Qué?

Parte del agua cayó al suelo. A Anduin le dolieron los huesos de repente.

—¿Tienes miedo? —repitió Garrosh, quien hizo esa pregunta de un modo relajado, como si el orco simplemente estuviera intentando entablar conversación. Anduin sabía que, en realidad, era una bomba verbal. Daba igual cómo respondiera, con la verdad o con una mentira, ya que estaría abriendo la puerta a ciertas cosas que no deseaba discutir.

—No hay razón para estarlo. Estás encadenado y unos barrotes encantados te impiden salir de esa prisión. No puedes atacarme.

—La preocupación por mantener la integridad física es solo una razón más entre las muchas que justifican tener miedo. Así que te lo pregunto otra vez: ¿tienes miedo?

—Mira —contestó Anduin, a la vez que dejaba el vaso con decisión sobre la mesa—, he venido aquí solo porque tú me lo has pedido. Porque Baine me dijo que yo era la única persona con la que aceptabas hablar… bueno, sobre lo que sea que quieras hablar.

—Quizá lo que temes es eso sobre lo que quiero hablar.

—Si es así, entonces ambos estamos perdiendo el tiempo.

El príncipe se levantó y se encaminó a la puerta.

—Para.

Anduin se detuvo y permaneció de espaldas a Garrosh. Estaba muy enfadado consigo mismo. Tenía las palmas de las manos empapadas de sudor y tenía que hacer un gran esfuerzo para no echarse a temblar. No podía permitir que Garrosh viera que estaba asustado.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Porque… eres la única persona con la que deseo hablar.

El príncipe cerró los ojos. Podía marcharse en este mismo momento. Seguramente, Garrosh iba a intentar jugársela. Tal vez quisiera manipularle para que dijera algo que no debía. Pero ¿qué podría ser? ¿Qué quería saber Garrosh? Anduin se dio cuenta de que, por muy asustado que pudiera estar en cierto sentido, en realidad no quería marcharse. Aún no.

Respiró hondo y se dio la vuelta.

—Entonces, hablemos.

Garrosh señaló a la silla. Anduin dudó por un momento y, acto seguido, se sentó con determinación y de manera relajada. Arqueó las cejas para indicarle que estaba esperando.

—Has afirmado que creías que yo podía cambiar—dijo Garrosh—. En nombre de este mundo o de cualquier otro, después de lo que he hecho, ¿qué te hace pensar eso?

Una vez más, no expresaba ninguna emoción, solo curiosidad. Anduin hizo ademán de responder, pero titubeó. ¿Qué habría hecho Jaina…? No. Ya no deseaba emular el talante diplomático de Jaina. Le pareció un tanto gracioso que, a pesar de todas las veces que había amenazado con asesinar a Garrosh, al final Varian se había convertido más en un modelo a imitar para Anduin que Jaina. Darse cuenta de esto fue al mismo tiempo triste, ya que quería a Jaina, y dulce, pues quería a su padre.

—¿Sabes qué? Iremos por turnos.

Una extraña sonrisa cobró forma en la boca de Garrosh.

—Trato hecho. Eres mejor negociador de lo que esperaba.

Anduin soltó una breve carcajada.

—Gracias, creo.

La sonrisa del orco se hizo más amplia.

—Tú primero.

Garrosh acaba de marcar el primer tanto, pensó Anduin.

—Muy bien. Creo que puedes cambiar porque nada permanece inmutable jamás. Fuiste depuesto como Jefe de Guerra de la Horda porque la gente a la que liderabas pasó de seguir tus órdenes a cuestionarlas y, por último, decidieron rechazarlas. Tú has cambiado. Has pasado de ser Jefe de Guerra a ser un prisionero. Pero tu situación puede volver a cambiar.

Garrosh se rio sin ganas.

—Sí, puedo pasar de estar vivo a estar muerto, ¿no?

—Esa es una de las posibilidades. Pero no la única. Puedes meditar sobre lo que has hecho. Puedes contemplar, escuchar e intentar entender de verdad el daño y el dolor que has causado, y decidir que no vas a seguir por ese camino si tienes otra oportunidad.

Garrosh se tensó.

—No puedo convertirme en un humano —gruñó.

—Nadie espera eso ni tampoco lo quiere —respondió Anduin—.Los orcos también pueden cambiar. Tú lo sabes mejor que nadie.

Garrosh permaneció callado. Pensativo, apartó la mirada un momento. Anduin se resistió al impulso de cruzarse de brazos, se obligó a adoptar una postura que transmitiera tranquilidad y esperó.

Una rata de ojos brillantes y duro pelaje asomó la cabeza por debajo de esas pieles de dormir. Movió la nariz y, acto seguido, se agachó y desapareció de la vista.

Fue en su día el Jefe de Guerra de la Horda… y ahora comparte celda con una rata, pensó el príncipe.

—¿Crees en el destino, Anduin Wrynn?

Por segunda vez, pilló por sorpresa al príncipe. ¿Qué estaba tramando Garrosh?

—No… no estoy seguro —tartamudeó, de tal manera que la sensación de relajación que había querido transmitir con tanto cuidado se vino abajo de inmediato—. Es decir… sé que hay algunas profecías. Pero sigo creyendo que todos podemos elegir.

—¿Tú elegiste la Luz? ¿O ella te eligió a ti?

—No… no lo sé.

Anduin reparó entonces en que nunca se había planteado esa pregunta. Se acordó de la primera vez en que había pensado en hacerse sacerdote y había sentido la llamada de la vocación. Ansiaba la paz que le ofrecía la Luz, pero no sabía si ella lo había llamado, o si él había ido en busca de ella.

—¿Pudiste elegir dar la espalda a la Luz?

—¿Por qué querría hacer eso?

—Por una serie de razones. En su día, hubo otro príncipe humano muy querido de pelo rubio, el cual, a pesar de ser un paladín, le dio la espalda a la Luz.

La incomodidad que sentía Anduin se vio reemplazada por una sensación de indignación y ultraje. Se ruborizó y exclamó:

—¡Yo no soy Arthas!

Garrosh esbozó una sonrisa extraña.

—No, tú no —admitió—. Pero tal vez… yo sí lo sea.

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