Crímenes de Guerra – Capítulo Doce

Crímenes de GuerraBaine inclinó la cabeza. Anduin creyó ver una leve sombra de arrepentimiento en el tauren, pero si eso era así, desapareció solo un instante después.

—Todos hemos visto cuánto has padecido, príncipe Anduin —dijo Baine—. Durante un tiempo, circuló el rumor de que habías muerto. Me alegra mucho ver que sobreviviste.

—Yo también —replicó Anduin. Acto seguido, unas risitas nerviosas recorrieron toda la sala. Baine, inquieto, movió las orejas.

—Has dicho antes que cuando te enfrentaste a Garrosh tenías miedo. ¿Cómo te sentiste cuando te diste cuenta de que esa campana se te iba a caer encima?

Al escuchar esa pregunta, Anduin parpadeó y se echó levemente hacia atrás, aunque enseguida recobró la compostura.

—Yo… eh… todo pasó muy rápido.

—Intenta recordarlo, por favor.

El príncipe se relamió los labios.

—Resulta imposible describir lo aterrorizado que estaba. Y lo… traicionado que me sentí. Sé que suena estúpido, pero sí, me sentí “traicionado” por un enemigo.

—¿Por qué decidiste enfrentarte entonces a Garrosh?

—Para evitar que invocara a los sha.

—Eso lo entiendo. Pero ¿por qué?

—Porque… —Anduin se calló. La respuesta obvia era que quería evitar que Garrosh pudiera utilizar a los sha como un arma, claro está. Su propio padre había tenido la misma idea que Garrosh y lo había convencido de que no recurriera a ellos, argumentando de un modo muy persuasivo de que esas abominaciones harían más mal que bien. Varían, al final, había entendido que su hijo tenía razón.

—Quería que Garrosh comprendiera qué era lo que habría conseguido si triunfaba —le espetó—. Pensé que si lograba que entendiera el alto precio qué iba a pagar por la victoria, él… bueno…

—¿Él qué?

—Que sería capaz de ver que no era algo honorable. Que era una forma muy… siniestra de ganar… y que no creía que su alma fuera tan tenebrosa. Si sacrificaba a su pueblo y lo entregaba a esas cosas… obtendría una victoria que realmente no merecería la pena.

Esas palabras salieron con dificultad de su boca, pero no se guardó nada y se sorprendió a sí mismo al escuchar lo que brotaba de sus labios. No obstante, notó que el dolor que sentía en esos huesos lastimados menguaba, así que supo que lo que decía era verdad… y que la Luz lo inspiraba.

Baine se estremeció, aunque solo levemente, y se acercó a Anduin con unas pocas zancadas, a la vez que le clavaba una intensa mirada.

—Cuando el peso de esos fragmentos de metal te aplastó… me imagino que la furia se adueñó de ti. Me imagino que cuando despertaste y asumiste que debías pasar por un largo y muy doloroso proceso de recuperación, quisiste vengarte de Garrosh por haberte quebrado todos los huesos del cuerpo, ya que solo habías pretendido ayudarlo e iluminarlo con tu sabiduría.

Anduin respondió en voz muy baja:

—No.

Baine insistió:

—¿Acaso no sufrías un terrible tormento? ¿Acaso no temiste no poder volver a caminar? ¿No estabas furioso?

—Sí, claro que sentí todo eso y más.

—Pero aquí y ahora, bajo juramento, te atreves a aseverar que no anhelabas venganza.

—Porque es cierto.

—Una actitud admirable. Pero ¿por qué no?

—Porque no habría servido de nada. La venganza no me habría soldado los huesos, no habría traído de vuelta a los muertos. Vengándome no habría logrado nada, salvo hacer más daño.

Ahora, las palabras brotaban de él de un modo más fluido, con la misma facilidad que respiraba, como si fueran igual de necesarias que respirar para poder vivir.

—No obstante, no deseas que Garrosh vuelva a hacer jamás ninguna de las cosas de las que se le acusa en este juicio, ¿verdad?

—No.

No quiero más tormentos, no quiero más dolor. Estamos aquí para ayudarnos unos a otros. Para crecer y prosperar juntos, pensó el príncipe.

—Bueno, la acusación insiste en que la única manera de poder cercioramos de que esas cosas tan terribles no vuelvan a suceder es ejecutando a Garrosh Hellscream. ¿Es eso lo que tú quieres?

—¡Con todo respeto, protesto! ¡Lo que quiera o no el testigo no es relevante a la hora de que esta sala dicte un veredicto! —exclamó Tyrande con un tono plagado de tensión. La elfa se movió de un modo levemente más torpe de lo habitual al ponerse en pie bruscamente y lanzó a Anduin una mirada teñida de desconcierto.

—Fa’shua —dijo Baine—, la mayoría de las víctimas de Garrosh están muertas y no pueden hablar por sí mismas. El príncipe Anduin es una de las pocas que ha sobrevivido para poder contamos qué opina al respecto. Si pretendemos hacer justicia, mantengo que aquellos que han sufrido más perjuicio por culpa del acusado deben tener la oportunidad de expresar su opinión.

El pandaren posó su mirada primero en Baine y luego en Tyrande.

—¿Comprendes que esto puede ser un arma de doble filo, Chu’shao Bloodhoof? Si permito que este testigo exprese su opinión, entonces los testigos de la acusación podrán hacer lo mismo.

—Lo entiendo —respondió Baine.

De inmediato, Tyrande posó una mirada desconcertada sobre Baine. Anduin se preguntó qué clase de táctica estaba empleando el tauren, puesto que acababa de poner en manos de la elfa un arma muy poderosa al permitir que los testigos pudieran opinar sobre el destino de Garrosh Hellscream; además, Baine era demasiado inteligente como para no ser consciente de ellos.

—Muy bien, petición admitida. Príncipe Anduin, puedes responder la pregunta.

—Por favor, contesta ante el tribunal, príncipe Anduin —le pidió Baine—. ¿Quieres que Garrosh Hellscream muera por lo que ha hecho?

—No —contestó Anduin Wrynn con suma calma.

—¿Por qué no?

—Porque creo que la gente puede cambiar.

—¿Y qué te lleva a pensar así?

—Porque mi padre cambió.

Anduin miró brevemente a Varían, quien pareció sorprendido.

—¿Crees que Garrosh Hellscream puede cambiar?

Anduin permaneció callado un momento. Volvió la cabeza, de tal modo que su pelo rubio se agitó con ese movimiento, para observar con detenimiento a Garrosh. En su corazón, no albergaba ya miedo, sino solo serenidad. Respiró hondo y se le hinchó el pecho mientras se preparaba para responder la verdad.

—Sí.

Baine se relajó y asintió.

—No hay más preguntas.

Tyrande miró a Anduin, luego a Baine y después a Anduin otra vez, por último, hizo un gesto de negación con la cabeza.

Anduin lanzó un leve suspiro de alivio al levantarse y volvió a ocupar su asiento habitual entre el resto de la audiencia.

* * *

Sylvanas estaba sentada tan quieta como una estatua de piedra, aunque las llamas de la ira que ardían en su interior no se correspondían con su fría y distante apariencia. No se podía creer que la elfa de la noche fuera tan incompetente. Si Sylvanas hubiera sido la acusación, habría acribillado a preguntas al joven príncipe humano, con cuestiones tan taimadas y peligrosas como unas telarañas en las que lo habría atrapado. A pesar de que Garrosh Hellscream le había roto todos los huesos del cuerpo a Anduin, ese crío había hecho una declaración tan emotiva que Sylvanas había podido notar cómo el ánimo que reinaba en toda esa cámara se inclinaba hacia la otra parte; sin embargo, Tyrande se había limitado a negar con la cabeza.

* * *

—El tribunal decreta un receso de una hora —señaló Taran Zhu, a la vez que golpeaba el gong.

Baine abandonó el sitio que ocupaba durante el juicio y Sylvanas intentó interponerse en su camino de manera apresurada, pero Vol’jin se le adelantó. Los dos se dirigían a la puerta y el troll estaba felicitando a Baine por la “ecuanimidad” con la que estaba actuando.

—Ahora ya nadie va a pensar que la Horda ha tratado mal a Garrosh, da igual lo que Tyrande tenga preparado para poder rebatir tus argumentos. ¡Ahora, incluso podrías llamar al príncipe de Stormwind para que declare como testigo para la defensa!

—El joven Wrynn sabe que hace lo correcto —replicó Baine con voz grave—. Es capaz de perdonar. Y su palabra tiene mucho peso.

—Más que la palabra del Gran Jefe de los tauren, o eso parece —le espetó Sylvanas, quien se colocó a la par de ambos justo cuando salían de la sala. A pesar de que era mediodía y de que a Sylvanas no le gustaba el sol, no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

Baine agachó las orejas.

—Ten cuidado tus palabras, Sylvanas —le advirtió Vol’jin—. A lo mejor acabas teniendo que tragártelas.

—Por fortuna, yo no tengo que medir mis palabras cuando todo Azeroth está mirando, ya que si no, no sería más que un perrito faldero de la Alianza como…

Baine no hizo algo tan burdo como gritarle y lanzársele al cuello, sino que se limitó a quedarse parado, agarrarla de los antebrazos y apretárselos con fuerza. Como el tauren cuando no se hallaba en el campo de batalla se movía con suma elegancia y delicadeza y hablaba con tacto y diplomacia, la Dama Oscura había olvidado que era también un guerrero… uno de los mejores de toda la Horda.

Se dio cuenta, demasiado tarde, de que el tauren podría partirle los brazos si quisiera como si fueran unas frágiles ramitas.

—Yo no simpatizo con la Alianza —aseveró, con una voz grave y serena—, ni soy un perrito faldero.

—Suéltala, Baine —le ordenó Vol’jin. El tauren obedeció de inmediato—. Sylvanas… Baine está desempeñando el papel que yo, su Jefe de Guerra, le he encomendado. Y lo está haciendo de un modo honorable. Eso no tiene nada de malo, así que no actúes como si lo tuviera.

—No tengo ninguna objeción con respecto a su labor —replicó Sylvanas, al mismo tiempo que recobraba la compostura—. ¡Pero sí creo que está haciendo tan bien su labor que tal vez incluso logre ganar el juicio!

Baine se rio entre dientes con cierta tristeza.

—Sé que no lo has dicho con ánimo de halagarme, pero lo has hecho. Y creo que eso es un tanto peligroso —afirmó—. He logrado que la sed de sangre de los espectadores se calme, he logrado que se detengan a pensar por un momento, nada más. Y eso es bueno. Nunca se debería tomar la decisión de acabar con la vida de cualquiera a la ligera… ni siquiera en batalla, ni en el mak’gora, ni en una sala de justicia. Ahora, si ambos me disculpan, he de prepararme para poder interrogar al siguiente testigo.

Hizo una reverencia a ambos, aunque se agachó más ante Vol’jin que ante Sylvanas, y se marchó. Kairoz lo estaba esperando. Sylvanas se percató de que el dragón lo había estado observando todo. La Reina Alma en Pena deseó poder borrarle esa sonrisilla de esa hermosa cara de un zarpazo. ¿Por qué ese dragón no estaba sugiriendo más malditas visiones que mostrar?

Vol’jin sacudió la cabeza de lado a lado y suspiró.

—¿Cuándo vas a optar por volverte más sabia en vez de más bocazas, Sylvanas? —le preguntó, aunque con un tono de voz calmado.

—Cuando la Horda sea lo bastante sabia como para darse cuenta de que no puede mostrarse piadosa con aquellos que no han hecho nada para merecer ninguna misericordia —replicó—. Garrosh tal vez fuera una buena elección para liderar la Horda durante un breve espacio de tiempo, pero en cuanto Thrall anunció que se marchaba para siempre, habría que haber tomado medidas.

Una sonrisa se dibujó alrededor de los largos colmillos del Jefe de Guerra.

—¿Cómo nombrar oscura Jefa de Guerra a cierta Dama Oscura?

Sylvanas negó con la cabeza.

—No me interesa ese cargo ni el poder que conlleva. Creía que eso ya lo sabías, Vol’jin.

Era una gran mentira, pues tenía algo de verdad. En efecto, no estaba interesada en ejercer el poder de un modo tan vulgar y obvio.

El troll se encogió de hombros.

—Nadie sabe lo que tú quieres, Sylvanas. A veces, creo que ni siquiera tú lo tienes claro. —Entonces, le dio unos golpecitos con un dedo en el que destacaba una garra muy afilada—. Deja a Baine en paz. No te va a privar de la muerte de Garrosh. Tienes que dejar que las cosas sucedan a su debido tiempo.

Se alejó y pidió a gritos a uno de los vendedores algo rápido para comer. Sylvanas lo observó marchar mientras cavilaba.

Su ira no había menguado. Nunca lo hacía. Ahora, la ira era para ella como respirar lo había sido cuando todavía le latía el corazón. No obstante, había cambiado; había pasado de ser temeraria e impulsiva a ser reflexiva y prudente.

Vol’jin y Baine no pensaban con claridad. Les preocupaba demasiado la reacción de su propia gente; tanto qué era lo que esperaban ver los miembros de la Horda como cómo percibirían las cosas. No obstante, aunque se acabara teniendo en cuenta la opinión de esos miembros de la Alianza que adoraban a la Luz, el veredicto final no iba a cambiar.

Sin embargo, el jurado no estaba compuesto ni por miembros de la Alianza ni por miembros de la Horda, sino por unos seres que eran totalmente imparciales; y totalmente ajenos a las emociones más viscerales, fugaces e intensas de las demás razas de Azeroth. Aunque tal vez esa frialdad emocional hiciera que conceptos como “piedad” o “segunda oportunidad” les resultaran extraños; en ese caso, no tendría de qué preocuparse. O tal vez eso mismo los distanciara demasiado de la necesidad irracional de venganza y no les permitiera comprender el dolor sinfín que acarreaba la muerte de los seres queridos.

En ese instante, lo vio todo con suma claridad, lo cual la serenó. No iba a correr el riesgo de que los Celestiales tomaran la decisión incorrecta, por muy “augustos” que fueran.

Sylvanas no iba a permitir que “mataran” a Garrosh “a su debido tiempo”, tal y como había señalado Vol’jin. No, iba a solucionar este asunto ella misma, tal y como había hecho muchas veces con anterioridad. Pero ¿cómo iba a hacerlo exactamente? Si bien era posible que pudiera lograrlo ella sola, era bastante improbable. ¿En quién podía confiar, entonces? En Baine, no, por supuesto. En Vol’jin, tampoco. Quizá en Theron —pues le había dado la impresión de que estaba dispuesto a hablar—. Y la lealtad de Gallywix se podía comprar, sin lugar a dudas.

Todavía quedaba cierto tiempo de descanso antes de que se reanudara el juicio. Ella siempre pensaba mejoren su propio reino; en Undercity, bajo cielos plomizos y rodeada de Renegados, quienes la seguían. Dejaría que ellos, que su hogar, la inspiraran.

Se aproximó a Yu Fei, la maga que le había asignado el tribunal, y le pidió que creara un portal. Justo cuando Yu Fei acababa de murmurar las palabras del conjuro y una imagen de Undercity había aparecido ante ella, otro pandaren, al que no conocía, se acercó corriendo.

—¡Lady Sylvanas —exclamó—, discúlpame, pero me han ordenado que te dé esto!

Acto seguido, le entregó un pergamino y algo pequeño envuelto en una tela azul. Retrocedió rápidamente e hizo una reverencia. Sylvanas abrió la boca para preguntarle quién le enviaba ese pergamino, pero entonces el aire brilló a su alrededor y, al instante, apareció en sus aposentos.

Eran muy austeros, como suele ser habitual en alguien que no suele pasar mucho tiempo en ellos. Además, Sylvanas Windrunner ya no necesitaba dormir, por lo cual solo venía de vez en cuando a este lugar para estar sola y pensar. Tenía muy pocas pertenencias: una cama cubierta por unas pesadas y oscuras cortinas; un escritorio, con velas y material para poder escribir; una silla; y una sola estantería donde reposaban unos pocos libros. En la pared pendían unas armas selectas que se encontraban a su alcance muy fácilmente. Tal y como era ahora su existencia, necesitaba muy poco más; además, no guardaba muchos recuerdos de su vida anterior.

Como le picaba la curiosidad por saber quién podía haberle mandado esa misiva y ese paquete, pero como también recelaba de su contenido, Sylvanas inspeccionó el pergamino con gran detenimiento. No percibió que irradiara ninguna magia, ni detectó ninguna señal reveladora que le indicara que estuviera envenenado.

Si bien el pergamino estaba sellado con cera roja, no había ninguna marca que identificara al remitente. Entonces, centró la atención en el paquete y reparó en que esa tela azul era un artículo que se vendía en todas las grandes ciudades. Lo agitó levemente y oyó que algo tintineaba en su interior. Se dejó caer sobre la blanda cama y. acto seguido, se quitó los guantes. Después, rompió el sello con una uña.

La caligrafía era elegante y el texto contaba con muy pocas líneas:

En su día, pertenecimos al mismo bando. Quizá ahora se pueda repetir la situación.

Sylvanas entornó los ojos de un modo suspicaz, mientras intentaba dilucidar quién podría ser ese remitente tan misterioso. Pese a que no pudo reconocer esa caligrafía de una manera inmediata, le resultaba extrañamente familiar. Lo cierto era que había una larga lista de personas que se habían vuelto en su contra, o a las que había desafiado. Intrigada y contenta, desenvolvió el paquete y abrió la cajita de madera que había dentro.

Notó una fuerte opresión en el pecho y soltó el paquete como si este le hubiera mordido.

El Alma en Pena contempló fijamente su contenido y, a continuación, se puso en pie y se acercó al escritorio tambaleándose. A pesar de que le temblaban las manos, logró abrir el cajón. Ahí se encontraba lo único que conservaba de su pasado, algo que no había tocado desde hacía años. Se trataba únicamente de un puñado de cosas; cartas de hace décadas, puntas de flecha con las que había matado a víctimas importantes, y alguna que otra cosilla más; los detritos de toda una vida.

Así como una cajita.

Una parte de ella la conminó a arrojar ese nuevo regalo al cajón, girar la llave y olvidarlo todo de nuevo, pues nada bueno podía salir de todo eso. Pero aun así…

Regresó a la cama con la caja en las manos. Con una delicadeza nada habitual en ella, Sylvanas le quitó la tapa y contempló lo que había dentro. Varios años atrás, un aventurero había encontrado eso entre las ruinas del lugar donde ella había muerto. De ese modo, esa cosa había vuelto a sus manos. Los recuerdos la habían asolado y habían estado a punto de destrozarla, al igual que amenazaban con hacer ahora.

Esa cosita tenía un poder enorme sobre la Reina Alma en Pena, aunque solo era una diminuta joya. Sylvanas cogió el collar y dejó que ese frío metal permaneciera posado sobre la palma de su mano mientras contemplaba la centelleante gema azul que la ornamentaba. Con sumo cuidado, la colocó junto a la que acababa de recibir

Eran prácticamente iguales, salvo por las gemas; la suya era un zafiro, y esta, un rubí. Sylvanas también sabía que las inscripciones eran distintas.

Abrió la suya y la leyó: Para Sylvanas. Siempre te querré, Alleria.

Alleria… la segunda de los Windrunner que se había perdido. Primero había desaparecido su hermano, Lirath, el más joven de todos, y quizá el más brillante. Después, Alleria desapareció más allá del Portal Oscuro en Outland. Luego…

Sylvanas hizo un gesto de negación con la cabeza e intentó recobrar la compostura. De entre todos sus parientes Windrunner más cercanos solo uno respiraba todavía, eso era lo único que sabía con cierta seguridad.

Sylvanas abrió el medallón de rubí, aunque sabía qué iba a encontrar, pero necesitaba verlo con sus propios ojos.

Para Vereesa. Con cariño, Alleria.

Regresar al índice de la novela Crímenes de Guerra

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.