Crímenes de Guerra – Capítulo Diez

Crímenes de GuerraBaine permaneció sentado durante un largo instante. Esperaba transmitir una sensación de calma, aunque en realidad la ira que sentía amenazaba con impedirle interrogar a Kor’jus como era debido, pues una tremenda furia se había apoderado de él por culpa de lo que acababa de ver.

Al igual que casi todo el mundo, siempre había sospechado que esa explosión en la posada de Cerrotajo no había sido un accidente, pero claro, no había quedado ningún testigo con vida que pudiera demostrar nada. Por lo que él conocía, Grosk siempre había mantenido que no sabía nada e insistía en que había abandonado el local en el momento preciso por pura suerte.

Pero eso daba igual. Él no era quien había lanzado primero una bomba de escarcha y luego una granada de fragmentación al interior de una taberna abarrotada.

Baine rezó en silencio para poder mantener la compostura mientras se levantaba y se acercaba a Kor’jus.

—Te fuiste justo a tiempo, por lo visto —afirmó Baine—. Malkorok y los Kor’kron habían decidido que ya no bastaba con dar unas meras palizas para impedir que la gente criticara a Garrosh, eso está claro.

Kor’jus asintió.

—Dices la verdad. Y doy gracias a los ancestros por seguir vivo.

—No cabe duda de que Malkorok hacía lo mismo que había hecho en la montaña Blackrock —continuó hablando Baine—. Rastreaba a aquellos a los que consideraba traidores y los eliminaba sin contemplaciones por ser una amenaza. Tal y como creo que tú mismo has dicho antes, hubo otros que también fueron el blanco de las iras de este Kor’kron tan obsesivo.

—Sí, no fui el único al que amenazó, ni de lejos.

—¿Acaso alguno de ellos le oyó decir a Malkorok que Garrosh le había ordenado directamente… amenazar… a alguien?

Kor’jus frunció el ceño y miró fugazmente al orco en cuestión.

Garrosh permanecía sentado como si fuera una figura tallada en piedra, con una mirada inexpresiva que denotaba una total falta de interés.

—No. Pero creo que está claro que…

Baine alzó una mano.

—Limítate a responder la pregunta, por favor.

A pesar de que arrugó aún más el ceño, al final, Kor’jus respondió hoscamente:

—No.

—Así que no puedes aseverar ante este tribunal que el acusado ordenó jamás asesinar a su propia gente por criticarlo, ¿verdad?

—No —repitió Kor’jus, quien tuvo que contenerse como pudo, pues quería explayarse aún más.

—Entonces, es perfectamente posible que Malkorok y los Kor’kron actuaran por cuenta propia, y que Garrosh nunca tuviera noticia de este incidente, ¿no? O, de hecho, no supiera nada sobre todos esos incidentes tan similares. Y que de haberlo sabido, tal vez habría desaprobado esas acciones y hubiera tomado medidas contra Malkorok, ¿eh?

—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande.

—Estoy de acuerdo con la defensa —replicó Taran Zhu—. Que el testigo responda.

Kor’jus gruñó a través de unos dientes muy apretados.

—S-sí. Es posible.

—No tengo más preguntas —afirmó Baine, quien hizo un gesto de asentimiento a Tyrande, la cual no hizo ademán alguno de aproximarse al testigo.

—Fa’shua —dijo Tyrande—, solicito que se vuelva a leer ante este tribunal una parte de la declaración de intenciones inicial. El segmento en que se dirigía al acusado justo antes de enumerar los cargos.

—Propuesta aceptada —contestó Taran Zhu, quien asintió a Zazzarik Fryll, el goblin cuya bella caligrafía y neutralidad habían sido compradas por una tarifa no muy exagerada. El goblin se ajustó las gafas sobre esa nariz aguileña y, con su diminuto pecho henchido de orgullo, desenrolló un pergamino.

—“Garrosh Hellscream —leyó con una voz áspera—, has sido acusado de crímenes de guerra, de crímenes contra la misma esencia de los seres conscientes de Azeroth, así como de crímenes contra la propia Azeroth. También se te acusa de ciertos actos cometidos en tu nombre, o por aquellos con los que te aliaste”.

—Gracias —dijo Tyrande.

Zazzarik volvió a coger la pluma y el pergamino en el que había estado escribiendo hasta hacía solo unos instantes.

—“También se te acusa de ciertos actos cometidos en tu nombre, o por aquellos con los que te aliaste” —repitió la elfa de la noche, quien acto seguido se encogió de hombros. Después, miró a los Celestiales y aseveró—: Hay momentos en que las cosas son tan obvias que creo que mi presencia aquí no es necesaria.

Esas últimas palabras enfurecieron tanto a Baine que se puso de pie de un salto.

—¡El comentario de la acusadora es totalmente inapropiado! —exclamó, olvidándose de todo formalismo.

Tyrande sonrió y alzó una mano para pedir calma.

—Retiro esa última afirmación, Fa’shua, y me disculpo ante mi estimado colega. No tengo más preguntas.

—El testigo puede volver a su asiento —le comunicó Taran Zhu.

Kor’jus se levantó y volvió deprisa a los estrados, sumamente aliviado.

Taran Zhu clavó su mirada en Tyrande

—Chu’shao, debo pedirte que obres con cautela en este proceso. No me gustaría tener que reprenderte.

—Lo comprendo —contestó Tyrande.

Baine se volvió y contempló primero a Garrosh con los ojos entornados y después a Tyrande.

—Solicito un receso de diez minutos para poder hablar con el acusado y mi consejero en cuestiones temporales antes de pasar a interrogar al siguiente testigo, Fa’shua.

—Receso concedido —replicó Taran Zhu, quien golpeó el gong a continuación.

Un perplejo Kairoz se aproximó a Baine. Tyrande, que todavía se hallaba de pie junto a su mesa, agachó la cabeza para mostrar su aprobación. El dragón bronce cogió la silla que ella había dejado vacía, le guiñó un ojo y sonrió.

—Te la devolveré en un santiamén —le prometió a la sorprendida suma sacerdotisa y, acto seguido, arrastró la silla hasta colocarla al lado del encadenado Garrosh.

Entonces, Baine dijo en voz baja pero con enfado:

—Tyrande no va a olvidar lo que acabas de hacer.

—No pretendo que lo haga —respondió Kairoz, quien habló también muy bajito—. Según mis cálculos, y en estas cosas nunca me equivoco, tenemos únicamente siete minutos y dieciocho segundos para hablar. Así que, adelante, Chu’shao.

No hizo falta que le dijera nada más al tauren, que centró su atención totalmente en Garrosh e hinchó las fosas nasales.

—En nombre de la Madre Tierra, pero ¿qué estás haciendo, Garrosh?

—¿Yo? —replicó el orco riéndose entre dientes—. Pero si no estoy haciendo nada.

—A eso me refiero precisamente. No muestras ningún arrepentimiento, no reaccionas de ningún modo… ¡ni siquiera muestras el más mínimo interés por este proceso judicial!

Garrosh se encogió de hombros, lo cual provocó que sus cadenas tintinearan con un extraño ruido agudo.

—Eso es porque este proceso no me interesa para nada… Chu‘shao.

Baine maldijo suavemente.

—Entonces, ¿deseas de verdad que te ejecuten?

—No quiero que me ejecuten, pero no me importaría morir si pudiera hacerlo de manera gloriosa, batallando contra gente como esta sacerdotisa a la que han encomendado la tarea de condenarme. Sí, eso sí lo deseo, sin lugar a dudas.

—¡A cada momento que pasas sentado estoicamente en esa silla, las probabilidades de que te liberen y puedas volver a luchar menguan! ¡No estás haciendo nada que me ayude a defenderte! —le advirtió Baine.

—No soy un niño al que se puedan contar cuentos de hadas, Bloodhoof — replicó Garrosh—. Nunca me permitirán batallar de nuevo, ni, aunque viviera tanto como este dragón bronce.

—La vida está repleta de sorpresas —le espetó Kairoz de un modo totalmente inesperado—. Pero yo diría que seguramente no volverás a participar en una batalla si tu cabeza acaba trinchada en una pica como un pollo asado, para ser exhibida en las puertas de todo el camino que lleva de Stormwind a Orgrimmar y viceversa.

Mientras transcurrían los minutos, Baine permaneció sentado un momento, reflexionando al respecto. Si a Garrosh no le importaba su destino, ¿por qué debería importarle a él? Seguramente, estoy desempeñando mi labor de manera honorable, pensó Baine. Nadie podrá echarme en cara que no intenté defenderlo como es debido. Pero ¿y si lo indultan? Entonces ¿qué?

—Chu’shao Bloodhoof —le dijo Kairoz con un tono apremiante, pero Baine alzó una mano para pedirle silencio al dragón.

Sabía que estaba defendiendo bien al orco; probablemente —mejor de lo que se merecía—. Pero cuando se encontrara con su padre en el más allá, ¿sería capaz de decirle: “He vuelto a casa, padre. Lo hice lo mejor que pude”?

Sabía cuál era la respuesta. Presa de la resignación, Baine respiró hondo y se volvió de nuevo hacia Garrosh.

—Dame algo con lo que pueda rebatir los argumentos de la parte contraria, Garrosh. Aún no has colaborado para nada en tu propia defensa.

—Y, como puedes ver, las cosas van estupendamente para ti —apostilló Kairoz.

Baine fulminó a Kairoz con la mirada.

—Tu confianza me anima mucho. —A continuación, se giró hacia Garrosh—. Si no quieres hablar conmigo, al menos ayúdame a defenderte… ¿Hay alguien con quien querrías hablar? ¿Algún guerrero, algún chamán que tenga tu respeto?

Una extraña sonrisa cobró forma alrededor de los colmillos de Garrosh.

—Bueno, Chu’shao… hay… uno —contestó.

* * *

Todavía desconcertado ante la petición completamente inesperada por parte de Garrosh de que quería contar con un hombre de confianza, Baine se acomodó junto al orco unos momentos después.

La sonrisa que Garrosh había esbozado anteriormente había desaparecido y había adoptado una vez más esa máscara inescrutable que había llevado por rostro hasta ahora a lo largo del proceso. Tyrande estaba echando por tierra todo lo que planteaba Baine. No quedaba nadie vivo a quien Baine pudiera echarle la culpa de lo que Garrosh había hecho, y muy pocos que hablaran o que incluso pudieran hablar bien de él.

El siguiente testigo de Tyrande estaba en esos instantes jurando que respetaría el honor de ese tribunal. Baine meditó con amargura y llegó a la conclusión de que Kairoz había dado en el clavo con los comentarios que había hecho. La elfa de la noche había llamado a otro orco, al que muchos de los presentes conocían y respetaban. Uno al que Baine no ansiaba interrogar precisamente.

Varok Saurfang.

Se sentó en la silla y su mera presencia irradió carisma y calma. El paso del tiempo había dejado su marca en ese verde rostro, el tiempo y la tristeza le habían abierto unas arrugas profundas en la frente y alrededor de esos colmillos amarillentos. Unas trenzas largas y canosas caían sobre unos hombros todavía descomunales.

Mostraba una mirada atenta y alerta. Baine sabía por qué derroteros iba a transcurrir ese interrogatorio, así que estiró las orejas, con la esperanza de dar con algo, con cualquier cosa, con la que pudiera ayudar a Garrosh de algún modo.

—Por favor, dinos tu nombre —le pidió Tyrande con suma amabilidad.

—Soy Varok Saurfang —respondió con una voz grave—. Hermano de Broxigar, padre de Dranosh. Y sirvo a la Horda.

—Broxigar es uno de los mayores héroes no solo de la Horda sino de todo Azeroth, ¿verdad?

Saurfang entrecerró los ojos, como si sospechara que estaba intentando jugársela.

—Yo y muchos otros lo consideramos un héroe, sí —replicó.

—Tu propio pueblo, así como la Alianza, te tiene en muy alta estima — prosiguió diciendo Tyrande. Baine pudo notar que la elfa de la noche hablaba sobre él con verdadero respeto—. Muchos de los aquí presentes saben que tu hijo sufrió un destino terriblemente trágico.

Varok mantuvo cautelosamente un semblante impasible.

—Muchos otros han sufrido por culpa de esa fuerza tenebrosa conocida como el Rey Lich. Nunca he pedido un trato especial por ello.

Esa respuesta era completamente cierta; el valeroso Dranosh Saurfang había sido asesinado en lo que se había acabado conociendo como la Batalla de Angrathar, en la Puerta de Cólera, y que luego había sido obligado a alzarse de entre los caídos como un no-muerto para enfrentarse a su padre y otros héroes de la Horda. Pero tales horrores eran bastante habituales, por desgracia. Muchos, al igual que Varok, se habían visto obligados a enfrentarse a alguien al que amaban cuya muerte ya habían llorado anteriormente. El tenebroso legado del Rey Lich seguía lastimando los corazones heridos de los supervivientes: no obstante, los Caballeros de la Espada de Ebano habían pasado a formar parte tanto de la Horda como de la Alianza, aunque la integración no estaba siendo nada fácil.

—Me gustaría que los demás pudieran entender del todo el calvario que has sufrido, si el tribunal me da su permiso.

De repente, Baine fue consciente de cuál era la escena que Tyrande pretendía mostrar y sintió un escalofrío nauseabundo.

No. Daba igual si Tyrande estaba obrando de una manera muy calculadora o si se estaba dejando llevar por una compasión malentendida. No podía dejarla mostrar…

Baine se puso en pie como un rayo.

—¡Con todo respeto, protesto! —gritó—. Varok Saurfang ya ha sufrido bastante, Fa’shua, lo que está sugiriendo Tyrande únicamente servirá para echar más sal a la herida. ¡No quiero ver cómo se le obliga a ser testigo de la muerte de su hijo una vez más!

—Lo que vas a ver o no en este juicio no es una decisión que esté en tus manos, Chu’shao —le advirtió Taran Zhu—. Pero estoy de acuerdo contigo. Este tribunal admite que Varok Saurfang es un héroe de guerra muy respetado y que ha sufrido una gran pérdida, pero Chu’shao Whisperwind no entendemos qué relación tiene esto con Garrosh. Aquí no se está juzgando al Rey Lich.

El rubor se apoderó de las mejillas de Tyrande.

—Retiro mi petición y pido disculpas al testigo si le he molestado.

Aunque Varok apretó los dientes, asintió de un modo brusco y seco.

Entonces, la suma sacerdotisa prosiguió:

—¿Estás de acuerdo en que eres muy respetado, Varok Saurfang? ¿En que hay muy pocas personas, si es que hay alguna, que sea capaz de cuestionar tu devoción por la Horda?

—No me compete a mí decidir cómo Saurfang—. Solo puedo hablar por mí mismo y todo mi ser.

—¿Tanto como para morir por ella?

—Sí, por supuesto.

—¿Y cómo para matar por ella?

—Ciertamente. Soy un guerrero.

—¿Se podría decir que tanto tú como otros se valieron de la Horda para tener… licencia para masacrar?

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Baine—. ¡La acusación parece estar tan obsesionada con ciertos hechos del pasado que no tienen nada que ver con el acusado que esto bordea ya el odio!

Taran Zhu se volvió con un semblante sereno hacia Tyrande.

—Chu’shao, ¿puedes explicarnos en qué medida esta línea de interrogatorio tiene relación con el caso?

—En realidad, estoy intentando demostrar que este testigo es una persona racional y responsable, Lord Zhu, lo cual no tiene nada que ver con el odio —replicó, lanzando una mirada furiosa a Baine.

Taran Zhu caviló al respecto y, acto seguido, dijo:

—Muy bien. Admito la pregunta. El testigo puede responder.

—Mi respuesta es sí —dijo Varok.

—Actualmente, ¿le parece bien ese tipo de comportamiento? —inquirió Tyrande.

—No, no me lo parece. Y eso es algo que ya he comentado en el pasado.

—¿A quién?

—No es ningún secreto que no estoy orgulloso de lo que hice.

Varian miró a Velen mientras pronunciaba estas palabras.

—¿Expresó esta opinión ante Garrosh Hellscream?

—Sí, lo hice.

Tyrande asintió.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría mostrar una Visión que creo que tiene mucha relación con lo que acabamos de escuchar. Y que conste en acta —añadió, mirando a Baine— que se me ha pedido que retire la primera Visión que pretendía mostrar.

—La acusación puede presentar esta evidencia —dijo Taran Zhu.

Chromie manipuló la Visión del Tiempo de un modo que ya era habitual para todos y, a continuación, unas imágenes cobraron forma en el centro de esa estancia.

Por primera vez, los ahí congregados vieron a Garrosh Hellscream no como estaba ahora —capturado, encadenado y con un rostro inexpresivo—, sino tal y como era hace unos años, antes de la caída del Rey Lich. Cuando mi padre aún respetaba al hijo de Grommash Hellscream, pensó Baine.

Incluso el Alto Señor Supremo Saurfang parece más joven, reflexionó el tauren, al darse cuenta con sumo pesar de lo mucho que le había pasado factura al orco la muerte de su único hijo.

Garrosh y Saurfang se encontraban en Bastión Warsong en la Tundra Boreal, contemplando un mapa enorme que había en el suelo. Estaba compuesto de pieles que se habían cosido unas con otras y contaba con estandartes en miniatura de la Horda y la Alianza, que señalaban el emplazamiento de diversas fortalezas; un zepelín de juguete, que se movía con un zumbido; y unas calaveras pintadas que representaban al aparentemente infatigable Azote. Saurfang se arrodilló y señaló a algunas cosas mientras hablaba. Garrosh parecía distraído y daba la impresión de hallarse al mismo tiempo enfadado y aburrido.

Saurfang estaba intentando dejarle muy claro a Garrosh que era importante que las tropas necesitaban su apoyo en ciertas cuestiones de organización e intendencia cuando Hellscream replicó con un gesto de desdén:

—Vías marítimas, provisiones, suministros… ¡Me muero de aburrimiento! No necesitamos nada más que el espíritu guerrero de la Horda, Saurfang. ¡Ahora que nos hemos atrincherado con firmeza en este páramo helado, nada podrá detenernos!

Baine se percató de que Garrosh se dirigía con mucha familiaridad a ese otro orco mucho mayor y más experimentado, y eso no le gustó nada. Saurfang, sin embargo, no cayó en la trampa e insistió:

—Máquinas de asedio, municiones, armaduras pesadas… —replicó Saurfang—. ¿Cómo pretendes destrozar las murallas de Corona de Hielo si no cuentas con esos recursos?

Garrosh esbozó una sonrisilla de suficiencia y se estiró cuan largo era.

—¿Que “cómo pretendo”? —contestó burlonamente—. ¡Te voy a mostrar qué pretendo hacer! —Alzó a Gorehowl y aplastó con esa hacha a las figuras que representaban la Fortaleza Denuedo—. Ya está… ya tenemos una vía marítima. Y solo para asegurarnos…

Al instante, pisoteó Valgarde y la Fortaleza de la Guardia del Oeste.

Saurfang le espetó:

—¡El hijo pródigo ha hablado! La sangre de tu padre corre con fuerza por tus venas, Hellscream. Eres tan impaciente como siempre… Impaciente y temerario. Pretendes lanzarte de cabeza a librar una guerra total sin pensar en las consecuencias.

—No me hables de consecuencias, anciano.

A Baine se le pusieron los pelos de punta y, al parecer, también al Saurfang de la Visión, quien se acercó a Garrosh y le reprendió:

—Bebí de la misma sangre que bebió tu padre, Garrosh. El veneno de la maldición de Mannoroth recorrió también mis venas. He clavado mis armas en los cuerpos y las mentes de mis enemigos. Y si bien Grommash tuvo una muerte gloriosa —con la que nos liberó a todos de la maldición de esa sangre—, no pudo borrar los terribles recuerdos de lo que hicimos en el pasado. Su valeroso acto no puede borrar los horrores que cometimos.

Entonces, la imagen de Saurfang miró para otro lado y empezó a hablar, con la mirada perdida, más para sí mismo que para el joven orco.

—El invierno posterior a que la maldición acabara, cientos de orcos tan veteranos como yo se dejaron arrastrar por la desesperación. Sí, nuestras mentes por fin eran libres… Libres para recordar todos esos actos inconcebibles que habíamos llevado a cabo cuando nos encontrábamos bajo la influencia de la Legión. —Asintió, como si acabara de llegar a una conclusión, y siguió hablando con un tono tan bajo que Baine tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder escucharlo—. Creo que fueron los gritos de los niños draenei lo que más perturbó a la mayoría… Eso nunca se olvida… ¿Has estado alguna vez en La Pocilga? Cuando los puercos alcanzan la edad de la matanza… Sí, son ese tipo de chillidos. El berrido que lanza un puerco cuando lo matan… Sí, eso resuena con fuerza en nuestra alma. Esos tiempos eran muy duros para nosotros, los veteranos.

Velen cerró los ojos. Baine notó que la mayoría de los presentes en esa estancia centraban su atención en el draenei y oyó cómo la gente se revolvía inquieta en los estrados. Alzó la vista hacia los Celestiales y comprobó que contemplaban absortos esa Visión.

La imagen de Garrosh hizo añicos ese ambiente sombrío al pronunciar unas palabras que hicieron que Baine quisiera estrangularlo; unas palabras que contradecían completamente lo que acababan de mostrar antes con Durotan.

—No puedes pensar realmente que esos niños eran inocentes, ¿eh? ¡Habrían crecido y tomado las armas para combatirnos!

Para sorpresa de Baine, Saurfang no reaccionó ante ese comentario, sino que contestó con un tono bajo y distante:

—No me refiero únicamente a los hijos de nuestros enemigos…

Esa réplica pareció acallar al fin a Garrosh, quien simplemente permaneció inmóvil, mirando a Saurfang con una mezcla de repulsión y compasión. Saurfang se estremeció y, cuando se volvió para dirigirse a Garrosh otra vez, lo hizo con un tono firme y decidido:

—No voy a permitir que nos arrastres por ese sendero tenebroso, joven Hellscream. Yo mismo te mataré antes de que llegue ese día.

Sin ningún género de dudas, esa era la perla que Tyrande había estado esperando. Un gran héroe de guerra amenazando a Garrosh con matarlo para evitar que ese joven impetuoso los empujara a librar otra guerra devastadora sin ninguna razón que la justificara de verdad.

La imagen de Garrosh replicó, y Baine se sorprendió al ser testigo de un gran cambio de actitud en el joven orco, ya que habló con un tono muy sereno plagado de respeto y, prácticamente, admiración.

—¿Cómo has logrado sobrevivir tanto tiempo, Saurfang? ¿Cómo es posible que no hayas sido víctima de tus propios recuerdos?

Saurfang sonrió.

—Es que no como cerdo.

—Para. —La escena se detuvo y Tyrande la dejó ahí congelada, mientras se grababa a fuego en la mente del jurado y los espectadores. Acto seguido, asintió en dirección hacia Chromie.

Entonces, las imágenes se desvanecieron. Tyrande se giró hacia Saurfang, a quien hizo una leve y sincera reverencia.

—Gracias, Alto Señor Supremo. Chu’shao, el testigo está a tu disposición.

Baine asintió y caminó hacia Saurfang.

—Alto Señor Supremo, voy a ser breve, para que no tengas que estar sentado en esa silla más tiempo del necesario. Amenazaste a Garrosh con matarlo si guiaba a los orcos por ese sendero tenebroso.

—Así fue.

—¿Era una forma de hablar?

—No, no lo era.

—¿De verdad habrías matado a Garrosh con tus propias manos?

—Sí.

—¿Y crees que al final hizo eso mismo? ¿Que arrastró a los orcos por ese tenebroso camino?

—Sí. Por eso me alcé en armas contra él. Después de algunas cosas que hizo…

El anciano orco sacudió la cabeza de lado a lado, asqueado, y fulminó a Garrosh con la mirada.

—Así que debo concluir que te alegraría que al final se dictara el veredicto que Chu’shao Whisperwind defiende que se tome… te alegraría que se le ejecutara.

—No.

A pesar de que los murmullos recorrieron toda la sala a una gran velocidad, Baine se sintió muy satisfecho. Tenía razón sobre Varok. El tauren miró fugazmente a Tyrande y vio que la kaldorei se incorporaba y observaba la jugada atentamente a la espera de que diera un paso en falso. Pero Baine no le iba a conceder ese gusto.

—¿Qué te gustaría que ocurriera?

Tyrande se puso en pie como un resorte.

—¡Con todo respeto, protesto! Las preferencias personales del testigo son irrelevantes.

—Fa’shua, intento dejar claro que pretendía decir el Alto Señor Supremo cuando dijo: “Yo mismo te mataré”.

—Estoy de acuerdo con la defensa —señaló Taran Zhu—. Puedes responder a la pregunta, Alto Señor Supremo Saurfang.

Este no respondió de inmediato, sino que miró detenidamente a Garrosh durante un largo instante y, entonces, habló:

—Garrosh no siempre fue como es ahora. Como ya he dicho, era temerario e impulsivo. Pero jamás habría dudado de su lealtad a la Horda. Incluso ahora, no dudo de que es leal a su pueblo. Pero debe pagar por sus crímenes. Juré que lo mataría y sigo manteniendo esa promesa. Sin embargo, no permitiré que otros los ejecuten, sino que lo desafiaría yo mismo, en el mak’gora.

—¿Crees que se merece una segunda oportunidad?

—Si me derrotara… sí. Así obramos los orcos… siguiendo el verdadero camino, el del honor.

Baine apenas podía creerse lo que estaba oyendo.

—No pretendo malinterpretarte, así que perdóname por insistir. No quieres que este tribunal ejecute a Garrosh, sino que quieres desafiarlo a librar un combate honorable, de tal modo que, si ganara ese duelo, ¿lo perdonarías?

—Tendría que volver a labrarse una reputación, ya que la suya ahora está hecha trizas y ha sido arrastrada por los suelos —le espetó Saurfang—. Pero sí. Si él se alzara victorioso, tendría esa oportunidad. Una vez fue un orco honorable. Puede volver a aprender a serlo.

Baine apenas logró contener un grito de alegría. Esto podía entenderlo. Esta actitud podía apoyarla y, sobre todo, era justa.

Pensó en su padre, que murió en el mak’gora, pues sabía que Caime habría estado de acuerdo con esto, entonces supo en lo más hondo de su corazón que iba por el buen camino. A pesar de lo furioso que se sentía con Garrosh, Baine estaba haciendo realmente lo correcto.

Miró a Tyrande con un aire triunfal y anunció:

—No tengo más preguntas.

Y para su sorpresa y satisfacción, tampoco Tyrande. En cuanto Taran Zhu hizo sonar el gong para señalar el final del día inaugural del proceso, dio la impresión, por primera vez desde que el juicio había comenzado, de que Garrosh Hellscream podría seguir manteniendo la cabeza sobre los hombros en un futuro, literalmente.

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