Crímenes de Guerra – Capítulo Ocho

Crímenes de GuerraHabía tantos cadáveres que los orcos a veces se tropezaban con ellos cuando corrían hacia una nueva presa. Estaban luchando cuerpo a cuerpo, y Durotan, que se encontraba tan cubierto de sangre como sus camaradas, rajaba, cortaba y golpeaba con velocidad y precisión. Era una violencia tan presente, tan real, que Go’el al ver lo que iba a pasar, lanzó una advertencia a voz en grito. Y no fue el único.

Alguien arremetió contra Durotan mientras este luchaba. Go’el, que no sabía con total certeza qué iba a suceder, contempló la escena horrorizado y sin poder hacer nada.

La muchacha, que era prácticamente una niña, solo mostraba un leve atisbo de unas curvas femeninas que ya nunca florecerían del todo.

Go’el fue consciente de que su padre no cortó a la chica por la mitad gracias al adiestramiento que había recibido. Go’el sabía que se requería realizar un gran esfuerzo y poseer una enorme destreza para cambiar el arco que trazaba esa hacha en el aire y pudo notar cómo sus propios músculos se tensaban por pura empatía. Sin embargo, la muchacha no tuvo esos escrúpulos y se abalanzó sobre ese orco armado hasta los dientes y cubierto con una armadura de pies a cabeza, al que golpeó con sus puños desnudos. La actitud desafiante que la había llevado a interponerse en la trayectoria de esa arma, a pesar de ser perfectamente consciente de que eso podría haber tenido consecuencias látales para ella, era quizá uno de los actos más valientes que Go’el había visto jamás.

Durotan no acabó con la niña draenei, Go’el sabía que nunca lo habría hecho, pero sí lo hizo otro orco. Go’el notó que unas lágrimas se le asomaban a los ojos por culpa de la estupefacción e indignación que sintió al ver cómo esa chica se quedaba inmóvil y se le desorbitaban los ojos, mientras le brotaba sangre a raudales de la boca. La habían atravesado por detrás. Su asesino tiró de la lanza hacia un lado, y el cuerpo cayó al suelo. Colocó un pie sobre el cadáver de esa niña que todavía se retorcía y le arrancó la lanza, a la vez que le brindaba una sonrisa de oreja a oreja a un asqueado Durotan.

—Me debes una, Frostwolf —dijo el orco del clan Shattered Hand.

La escena se detuvo, se quedó congelada en la imagen de la muchacha asesinada y, acto seguido, se desvaneció.

En su mente, Go’el vio cómo se desarrollaba otra escena; una que él mismo había vivido. Acababa de escapar recientemente del yugo de su “amo”, Aedelas Blackmoore, y el clan Warsong le estaba haciendo una prueba. Habían traído a un chico humano y lo habían colocado delante de él; uno aún más joven que la pobre niña draenei.

Ya sabes qué es, le había dicho Iskar. Son nuestros enemigos naturales… Mata a este niño, antes de que crezca y tenga la edad suficiente como para matarte.

¡Pero si es solo un niño! Sí, no era más que un niño aterrado. A Go’el se le desbocó el corazón al recordarlo.

Si no lo haces… puedes estar seguro de que no saldrás de esta cueva con vida.

Prefiero morir a cometer tal deshonrosa atrocidad.

Entonces, Hellscream (Grommash Hellscream, el orco más salvaje y cruel de todos, el padre de Garrosh) lo había apoyado en esa decisión.

Yo he matado a niños humanos, le había dicho Grommash a Iskar. Lo dimos todo luchando de esa manera, ¿y cómo hemos acabado? Humillados y derrotados. Nuestra especie se arrastra por esos campamentos donde la tienen encerrada y es incapaz de hacer nada por recuperar su libertad; por tanto, tampoco está como para luchar en nombre de otros. Esa manera de luchar, de hacer la guerra, nos ha llevado adonde estamos ahora.

Tyrande estaba haciendo justo lo que Aggra y Go’el habían temido que hiciera —coger la verdad y retorcerla—.

Ese asesinato a sangre fría de una niña no definía qué —ni quiénes— eran los orcos.

Pero el horror todavía no había acabado. Casi de inmediato, otra escena cobró forma. No cabía duda de que transcurría ese mismo día cierto tiempo después. Los orcos estaban cubiertos de vísceras y sangre. Las hasta entonces hermosas habitaciones en las que ahora se encontraban habían sido arrasadas y estaban repletas de sillas rotas y otros objetos destrozados.

—¿Qué hacemos con los draenei que hallemos vivos? —preguntó alguien a Durotan.

—Mátenlos —contestó Durotan con un tono áspero y duro—.Mátenlos a todos.

La escena se congeló y se fue disipando lentamente. Las arenas del reloj dejaron de brillar.

—No hay más preguntas, Lord Zhu —dijo Tyrande, quien con la cabeza alta y la mandíbula apretada, pues apenas era capaz de disimular su ira, se sentó en su silla en un anfiteatro donde reinaba un silencio sobrecogedor.

* * *

Un estupefacto Anduin contempló boquiabierto esa escena. Conocía ese pasaje de la historia, por supuesto. Muchos lo conocían hasta cierto punto; además, como había vivido con los draenei mucho tiempo, Anduin sabía más que la mayoría al respecto. Sin embargo, ahora, era consciente del dolor y la rabia que los draenei le habían evitado al haber decidido que no debían contarle sus propias historias personales sobre lo acaecido en ese día tan tenebroso. Tenía las palmas de las manos empapadas de sudor y se percató de que le estaban temblando.

Velen parecía más viejo, más triste que antes. Anduin se dio cuenta de que incluso ahora el compasivo profeta se compadecía tanto de los draenei caídos como de los orcos que los habían masacrado.

Anduin había vivido bastante tiempo con los draenei como para poder entenderlo. Esas víctimas inocentes habían muerto, pero los orcos habían tenido que vivir afrontando las consecuencias de sus actos.

—Si pudiera, no permitiría que participaras en ninguna guerra, hijo mío —dijo Varían. Anduin alzó la vista hacia su padre y el semblante de su progenitor mostró un gesto sombrío cuando añadió—: Es una cosa horrible. Y lo que acabamos de ver es la peor cara de la guerra.

Anduin no podía hablar porque tenía la boca muy seca, así que no pudo replicar a su padre. Estaba de acuerdo en que la guerra era un asunto realmente horrendo, pero lo que acababan de ver no era eso. La guerra se libraba entre dos bandos de fuerzas más o menos parejas, armados y preparados. Lo que había sucedido en Telmor no era digno de recibir ese nombre. El príncipe —que todavía se hallaba aturdido en cierto modo—, dirigió su mirada hacia la sección de la Horda. Ninguno de ellos, ni siquiera los orcos, parecían muy contentos con lo que acababan de ver. No era necesariamente la violencia lo que tanto les había perturbado, sino el hecho de que en esa batalla no hubiera “gloria” alguna. Cualquiera era capaz de masacrar a un pueblo desarmado.

Baine aguardó un momento. Entonces, se levantó con determinación y agachó la cabeza en señal de respeto.

—Estoy seguro de que lo que acabas de ver te ha resultado muy doloroso, profeta, y lamento que la acusación haya considerado indispensable mostrar toda esta violencia innecesaria.

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande.

—Estoy de acuerdo con la acusadora. El defensor debe evitar realizar insinuaciones sobre lo que el testigo puede estar pensando o no.

—Cierto, Fa’shua. He obrado mal. Me disculpo. Por favor, ¿podrías decirnos qué opinas sobre lo que acabamos de ver, profeta?

—No hace falta que te disculpes, Chu’shao Bloodhoof. Si has puesto alguna palabra en mi boca, he de reconocer que han sido las mismas que yo hubiera escogido —respondió Velen—. Sí, en efecto, he sufrido mucho al verlo.

—¿Puedes explicarle al tribunal qué es lo que, exactamente, tanto te ha hecho

sufrir?

—Las muertes innecesarias de gente inocente, de niños incluso, por supuesto. Baine asintió.

—Por supuesto. Pero ¿eso es todo?

—No. También me aflige recordar cómo alguien que era noble y sincero se vio obligado a actuar en contra de su naturaleza por culpa de sus superiores —contestó Velen.

—¿Te refieres a Durotan?

—Sí.

—¿No crees que disfrutó con esa matanza?

—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande—. El testigo no puede saber qué pensaba Durotan.

Obviamente, Baine había esperado que se produjera esa reacción, ya que ni se inmutó lo más mínimo cuando se volvió hacia Taran Zhu.

—Si el tribunal me concede su permiso, me gustaría mostrar una parte de la escena que la acusación ha aportado como evidencia… un momento concreto que Tyrande ha optado por no mostrar.

—Adelante —respondió Taran Zhu.

Baine hizo un gesto de asentimiento que dirigió a Kairoz. El dragón bronce se puso en pie, de modo que se alzó imponente sobre Chromie, y con unos dedos muy hábiles hizo que las arenas cobraran vida. Una vez más, la imagen de Durotan, su lobo, la joven draenei y su asesino brillaron y se materializaron. Ese espantoso momento, en el que la muchacha escupía sangre por la boca a borbotones y la lanza la atravesaba, estaba congelado en el tiempo.

Pese a que Anduin quería apartar la mirada, se obligó a seguir mirando. ¿Adónde quería ir a parar Baine con todo esto?

Entonces, esas figuras se movieron, la chica cayó y sufrió espasmos mientras el orco le arrancaba el arma del cuerpo.

—Me debes una, Frostwolf —dijo con una sonrisa burlona.

Tyrande había cortado la escena justo en ese instante y había pasado directamente al momento en que Durotan daba la maldita orden de: “Mátenlos… mátenlos a todos”.

Pero en ese instante, todo el mundo con ojos en la cara fue capaz de ver la expresión de horror que se adueñó del semblante de Durotan al contemplar el cadáver de esa niña asesinada. Y todo el mundo con oídos pudo escuchar ese largo y quebrado aullido plagado de desesperación, ira y remordimiento. El orco Lobo Gélido elevó la cabeza y entonces Baine dijo de repente:

—Páralo ahí.

Unas lágrimas recorrieron esa cara marrón, y todos sabían que los orcos rara vez lloraban. La boca enmarcada en unos colmillos de Durotan estaba abierta en un lamento silencioso. En el lugar del juicio también reinaba el silencio.

La imagen se desvaneció. Un largo momento después, Baine volvió a hablar:

—¿Puedes explicar al tribunal qué opinas sobre los orcos a día de hoy, profeta?

—Con todo respeto, protesto —dijo Tyrande.

—Estoy de acuerdo con la defensa —señaló Taran Zhu—. El testigo debe responder.

Velen lo hizo con lentitud, con una voz plagada de tristeza en cuanto halló las palabras adecuadas:

—Me alegro de que fueran capaces de superar la maldición que los había corrompido al beber la sangre de Mannoroth.

—¿Sabes quién liberó a los orcos de esa maldición?

—Grommash Hellscream, el padre de Garrosh —contestó el draenei.

—Así que me estás diciendo que crees que la gente puede cambiar —reflexionó Baine—. Incluso Grommash Hellscream.

—Creo firmemente que sí. Con todo mi corazón.

—¿Incluso Garrosh Hellscream? —inquirió con insistencia Baine.

—¡Con todo respeto, protesto! —exclamó Tyrande por cuarta ocasión—. Una vez más, está manipulando al testigo.

Baine se volvió hacia ella con un semblante sereno.

—Fa’shua, la acusación ha introducido esta línea de reflexión en su propia exposición de esta prueba —replicó el tauren.

—Estoy de acuerdo con la acusación —aseveró Taran Zhu—.Defensor, no puedes pedirle al testigo que especule. Rehaz la pregunta.

Baine asintió.

—En resumen, desde tu punto vista, por lo que has vivido, afirmas que el pueblo orco se tuvo que enfrentar a un gran desafío y lo superó. ¿Eso los ha cambiado?

—Si —respondió Velen—. Sé mejor que nadie lo poderosa que puede llegar a ser la influencia demoníaca.

Esas palabras las pronunció con un tono triste propio de un anciano.

—No tengo más preguntas —señaló Baine.

Tyrande, sin embargo, sí las tenía. Su hermoso rostro mostraba cierta frialdad cuando se aproximó al draenei que ella misma había propuesto como testigo.

—Solo tengo una cuestión más, profeta. Y por favor, responde directamente, no nos des tu opinión. ¿Durotan y los demás habían ingerido la sangre de Mannoroth cuando atacaron Telmor?

—No —replicó el draenei.

—¿Eran perfectamente dueños de su voluntad? ¿Durotan estaba en plena posesión de sus facultades, tomó esas decisiones por voluntad propia?

El profeta respondió de manera renuente:

—Sí.

Tyrande no pudo disimular una expresión de triunfo.

—Gracias. No hay más preguntas.

* * *

Taran Zhu decretó una hora de receso, pues intuía sabiamente que los espectadores necesitaban salir de la sala para despejarse mentalmente y olvidar lo que habían visto si no querían que unos cuantos más engrosaran las filas de los “retenidos” hasta el final del juicio.

El mismo Anduin se excusó ante Jaina, Kalec y su padre, alegando que tenía que tomar un poco de aire fresco y estirar las piernas, ya que todavía no se le habían curado del todo, aunque lo que realmente quería hacer era escapar. El receso era demasiado breve como para que pudiera regresar a su lugar favorito de toda Pandaria, la Locura del Albañil. Hacía mucho tiempo, los albañiles habían tallado con sumo cuidado una serie de escalones que no llevaban a ninguna parte en concreto, salvo a una vista espectacular. Nadie conocía cuál había sido el propósito original de esas escaleras. A Anduin le encantaba la idea de que esas escaleras únicamente llevaran a un lugar hermoso, que además le parecía muy sereno. Sin embargo, ahora, tendría que conformarse con deambular por los terrenos del templo, lejos de la zona principal.

Se dirigió a un pequeño mirador, una ramificación de esa sección que normalmente estaba reservada para los monjes y el maestro Lao. Les habían pedido tanto a ellos como al herrero grúmel, Black Arrow, que no se acercaran al templo durante el día mientras durase el juicio, por lo cual Anduin pudo disfrutar ahí de la soledad que tanto deseaba.

El aire de la montaña era vigorizante y fresco. Anduin fue dejando sus huellas sobre una fina capa de nieve. Unas cadenas descomunales rodeaban ese mirador para evitar que los incautos se cayeran. Al oeste, se alzaban unas montañas muy antiguas, cuyas colosales cumbres, que atravesaban las nubes, estaban cubiertas de nieve y envueltas en niebla. Al este, Anduin pudo ver dos pequeñas pagodas, rodeadas de cerezos y custodiadas por una estatua del poderoso Xuen.

La vista que tenía directamente de frente, al sur, parecía un cuadro realizado por un maestro de la pintura, ya que reflejaba la paz del templo y la vastedad de Pandaria. Anduin sintió la necesidad de proteger este lugar, una sensación que no era la primera vez que experimentaba, y se preguntó por qué se sentía tan a gusto en un lugar tan ajeno a él y a todo cuanto había conocido anteriormente.

—¿Deseas estar solo, o puedo hacerte compañía? —preguntó alguien situado a sus espaldas con una voz sedosa y joven que le resultaba muy familiar. Anduin sonrió mientras se volvía hacia Wrathion, quien se hallaba en la arcada.

—Claro que puedes quedarte, aunque no creo que ahora mismo vaya a ser una buena compañía.

—No cabe duda de que la suma sacerdotisa Whisperwind, o quizás debería decir Chu’shao Whisperwind, ha empezado muy fuerte—afirmó Wrathion. A la vez que se colocaba junto a Anduin. Con las manos entrelazadas a la espalda, contempló esa vista como si realmente le interesara, aunque Anduin sabía que no era así.

—Pues sí —replicó.

—Aun así, no nos ha contado nada nuevo —prosiguió hablando Wrathion—. Todo el mundo odia a Garrosh. Entonces, ¿por qué ha recurrido a un acontecimiento que sucedió incluso antes de su nacimiento? Es una táctica curiosa.

—No, no lo es —contestó Anduin—. Nos ha demostrado que los orcos no pueden recurrir a la excusa de “bebimos sangre de demonio y nos volvimos locos”. A Garrosh no lo corrompió eso… no, eso seguro que no.

A Garrosh lo había corrompido su ansia de poder o su ceguera ante el sufrimiento de los demás, las cuales era tan inmensas que a Anduin le resultaban inconcebibles.

—Y aun así hizo cosas terribles —reflexionó Wrathion, quien frunció el ceño y se acarició pensativo su escasa barba—. No obstante… presentar a una raza de un modo tan burdo, con unas pinceladas tan bastas, se volverá en su contra si insiste en esa estrategia. Se requieren más matices, más sutileza.

—Tú siempre piensas que se necesita más sutileza.

Ese comentario brotó con furia de los labios de Anduin antes de que pudiera evitarlo. Se cruzó de brazos y se estremeció. El lugar donde se celebraba el juicio se había caldeado gracias a los braseros y al calor corporal; además, se le había olvidado traerse la capa. También se dio cuenta de que la escena de la chica asesinada lo había perturbado más de lo que había pensado.

Wrathion se limitó a reír, de tal modo que el frío aire transformó su aliento en vaho.

—Eso es porque tengo razón. Nada es inmutable, príncipe Anduin. La raza con la que uno se alía hoy puede ser el enemigo mañana —en ese instante, señaló a esas montañas abriendo los brazos—. Incluso la misma tierra a veces cambia y se desplaza. Los fuegos arden y luego solo quedan rescoldos. En el aire puede reinar la quietud y, de repente, surgir un tornado. Los océanos y los ríos se hallan en constante movimiento. No existe la verdad pura y dura.

Anduin frunció los labios. Wrathion no tenía razón. No podía tenerla. Algunas cosas eran universales, inmutables. Algunas cosas siempre estaban mal. Como asesinar a inocentes.

—Si nada es sólido, ¿cómo puede permanecer en pie cualquier cosa que se construya? —inquirió Anduin. Aunque había pretendido hacer una pregunta, sonó más bien como un ruego.

—Hay diferentes grados de solidez —señaló Wrathion—. Si bien tanto la piedra como el agua pueden resultar un tanto traicioneras cuando uno intenta construir una casa sobre ellas, es mucho menos probable que acabes nadando si eliges la primera para poner los cimientos.

Anduin permaneció callado por un momento. Unos pensamientos cruzaron su cabeza a gran velocidad. Ninguno de ellos era muy agradable y todos ellos discurrían profundamente por su mente. Al final, se giró hacia el príncipe dragón y preguntó en voz baja:

—Wrathion, ¿consideras que somos amigos?

Wrathion pareció sorprenderse realmente ante esa cuestión, lo cual regocijó un poco a Anduin. Ladeó la cabeza, en la que llevaba un turbante, y arrugó los labios, mientras meditaba la respuesta.

—Sí —contestó al fin—. En todo caso, en la medida en que yo puedo tener un amigo.

Anduin sonrió con cierta tristeza al oír esas últimas palabras.

—Entonces… podemos quedarnos aquí… disfrutando de este reconfortante silencio sin más… por un rato… como amigos, ¿no?

—Oh, claro que sí —respondió Wrathion.

Y eso hicieron.

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