Crímenes de Guerra – Capítulo Nueve

Crímenes de GuerraPor favor, dinos tu nombre y a qué te dedicas —dijo Tyrande.

El segundo testigo al que había llamado era un orco de edad mediana, fornido y con una piel que era de color verde pálido, lo cual era muy poco habitual. Tenía una barba negra muy poblada, quizá para compensar que tenía la cabeza completamente calva.

—Soy Kor’jus y me dedico a plantar y vender setas en Orgrimmar.

—¿Cómo se llama tu tienda y dónde se encuentra?

—Se llama Tierra Oscura y se encuentra en el Circo de las Sombras.

Tyrande echó a andar, o más bien a deslizarse, pues sus pasos eran muy ágiles y elegantes. Tenía los brazos cruzados y un ceño de suma concentración que quebraba la perfección de esa noble frente.

—Tierra Oscura —repitió con un tono exageradamente dramático—. El Circo de las Sombras. Eso suena muy siniestro. O tal vez… clandestino. No estarías haciendo algo que pudiera atraer la atención del Jefe de Guerra para tu desgracia, ¿eh?

Como hizo esa pregunta con un tono bastante acusatorio, Kor’jus se sintió ofendido.

—Mis setas han tenido el honor de servirse en la mesa de dos Jefes de Guerra — le espetó—. Esa ha sido la única atención que me han dispensado recientemente.

—Si el tribunal me permite, me gustaría mostrar al jurado a qué se refiere Kor’jus.

Una vez más, Chromie activó la Visión del Tiempo y, al instante, apareció una imagen en la que Kor’jus estaba arrodillado cosechando setas. Se hallaba de espaldas a la puerta, concentrado en su labor, por lo que no vio cómo esos visitantes levantaban la cortina. Aun así, quizá intuyó su presencia, ya que Kor’jus arrugó el ceño y se volvió.

—Para ahí, por favor—le pidió Tyrande. Chromie detuvo la escena de inmediato—. Kor’jus, ¿puedes contarnos quiénes son estos orcos?

—Solo conocía el nombre de uno de ellos, pero sí sé que todos eran Kor’kron. El orco Blackrock, ese que tiene solo tres dedos en una mano y una cicatriz que le recorre toda la cara, es Malkorok. O lo era, al menos.

Esta identificación no era realmente necesaria, pues solo era una formalidad, ya que la mayoría de los ahí reunidos reconocieron al difunto líder de los Kor’kron. Malkorok, ese orco de piel gris cubierto de pintura roja de guerra, se había convertido para muchos en el mejor ejemplo de lo peor que eran capaces de hacer los orcos Blackrock. Oh, sí, lo reconocían y despreciaban.

—Gracias. Chromie, continúa, por favor.

—Lean el letrero —dijo la imagen de Kor’jus—. La tienda ya no abre hasta mañana.

En ese instante, aferró con más fuerza el pequeño cuchillo que había estado utilizando en su labor.

—No hemos venido a por setas —replicó Malkorok con un tono sereno. Tanto él como los otros cuatro orcos entraron entonces en la tienda. Uno de ellos apartó la cortina—. Hemos venido a por ti.

La incertidumbre se adueñó entonces de Kor’jus.

—¿Qué he hecho? —preguntó—. Soy un honrado mercader. Nadie puede tener ninguna queja sobre mí. ¡El mismo jefe de Guerra Garrosh come las setas que yo mismo cosecho!

—El Jefe de Guerra es el motivo que nos ha traído aquí —aseveró Malkorok, dando un paso hacia el frente y luego otro. Kor’jus no se movió de donde estaba—. Lo has criticado… así que a lo mejor algún día caes en la tentación de servirle unas setas cultivadas con menos esmero, ¿eh?

En ese momento, Kor’jus comprendió lo que ocurría y le lanzó una mirada furibunda.

—La Horda no está compuesta de esclavos. ¡Todos sus miembros son valiosos! ¡Puedo criticar las decisiones del Jefe de Guerra y no por eso estoy conspirando en su contra!

Malkorok ladeó la cabeza de un modo exagerado y se dio unos golpecitos en el mentón con un dedo, como si realmente estuviera meditando sobre esas palabras.

—No —dijo—. No creo que eso sea posible.

Agarró al cultivador de setas de la muñeca con la mano en la que solo tenía tres dedos. Incluso mutilado, resultaba obvio que Malkorok conservaba aún mucha fuerza en esa extremidad, ya que Kor’jus soltó el cuchillo y profirió un grito ahogado. Con suma indiferencia y regodeándose claramente, Malkorok le dobló el brazo a su víctima hacia atrás y se lo rompió con un crujido perfectamente audible. Los otros cuatro se abalanzaron rápidamente sobre él, tal vez porque temieran perderse la diversión, y se carcajearon como si estuvieran bebiendo en vez de golpeando a un oponente al que superaban en número hasta dejarlo reducido a una masa informe.

Solo emplearon los puños y le golpearon allá donde le iba a doler más y no donde podrían provocarle la muerte; en la cara, las piernas y los brazos. Uno de los Kor’kron le dio un puñetazo directamente en la cara a Kor’jus y le partió la nariz; la sangre y los mocos manaron a raudales. La cabeza se le fue hacia atrás violentamente y varios dientes salieron volando al recibir un segundo puñetazo de ese mismo orco excesivamente fervoroso, pero cuando le iba a propinar un tercero, Malkorok lo detuvo.

—Si lo matamos, no podrá mostrar a la gente lo atemorizado que está —le reprendió su líder.

Kor’jus alzó la barbilla y contempló detenidamente cómo la Visión mostraba la paliza que había recibido en su día. A pesar de que se había enfrentado a cinco Kor’kron muy bien adiestrados y él solo era un mero tendero, Kor’jus aguantó los golpes varios minutos, aunque, al final y de un modo inevitable, cayó de rodillas al suelo. Su cara apenas era ya reconocible y respiraba con jadeos irregulares y agónicos. Una última patada hizo que acabara hecho un ovillo en el suelo, pero incluso entonces se resistió a chillar.

Los Kor’kron ni siquiera habían roto a sudar y se dieron palmaditas unos a otros en la espalda mientras se marchaban. En cuanto se largaron, Kor’jus alzó la cabeza, escupió sangre y más dientes y quedó inconsciente.

La escena se desvaneció. Ahora, Kor’jus respiraba agitada y furiosamente. Tyrande reanudó el interrogatorio.

—Kor’jus, ¿sabes si otra gente sufrió ataques parecidos al que tú sufriste?

—No —respondió el orco—. Hubo otros a los que dieron unas palizas tan fuertes como la mía, o incluso peores.

—A ti te dieron una paliza extremadamente severa —aseveró Tyrande—. Es un milagro que no murieras.

—Con todo respeto… —acertó a decir Baine.

—Retiro ese último comentario, Lord Zhu —dijo Tyrande, interrumpiendo así a la defensa a la que lanzó una mirada que parecía indicar que su paciencia se agotaba—. Por favor, explícale al jurado que quieres decir con “peores”.

—Me refiero a la explosión que tuvo lugar en Cerrotajo hace tiempo —replicó Kor’jus.

—Cerrotajo no es conocido precisamente por su decoro —objetó Tyrande y, al instante, unas risitas ahogadas se extendieron por todo el auditorio—. No hay duda de que ahí reina la violencia… por lo que incluso una explosión podría haber sido provocada por unos clientes insatisfechos y no por los Kor’kron.

A pesar de que el público se estaba divirtiendo con esos comentarios, Kor’jus mantuvo en todo momento una expresión sombría.

—Yo estuve ahí. Me hallaba en esa posada porque intentaba evitar Orgrimmar lo máximo posible, para no cruzarme con Malkorok. —Se rio brevemente—. Irónico, ¿no? Entonces, él entró en ese lugar y amenazó a un renegado y a una elfa de sangre. — En ese instante, Kor’jus pareció hallarse bastante incómodo—. Me largue en cuanto llegaron, sin que nadie me viera marcharme. Tuve suerte.

—¿Los amenazó de veras? ¿Física o verbalmente?

—Intentó intimidarlos, al menos al principio. Pero no sé qué se dijeron después.

Tyrande asintió.

—Chromie, si me haces el favor. Veamos exactamente qué ocurrió.

Anduin nunca había estado en la posada de Cerrotajo y no vio nada en esa escena que le hubiera llevado a desear visitarla antes de ser destruida y reconstruida. Era muy oscura, ruidosa, mugrienta y, probablemente, apestaría. Se fijó en que el dragón bronce Kairoz intentaba disimular una sonrisa provocada por algunas de las reacciones que estaba suscitando esta escena.

No obstante, parecía un lugar muy bullicioso donde poder divertirse hasta que los Kor’kron entraron. Se detuvieron en la puerta y sus robustos cuerpos bloquearon la entrada a casi toda la luz que penetraba en la estancia principal de la taberna. Dos clientes, un Renegado y una sin’dorei que estaban bebiendo juntos, alzaron la vista hacia los recién llegados.

—Alto —ordenó Tyrande—. Estos dos miembros de la Horda son el capitán Frandis Farley y Kelantir Bloodblade. El capitán Farley fue enviado por lady Sylvanas para comandar las unidades Renegadas que iban a servir bajo las órdenes del Jefe de Guerra. La Caballero de Sangre Bloodblade había servido previamente a las órdenes del General Forestal Halduron Brightwing. Ambos, según se cuenta, lucharon de manera excelente en la batalla del Fuerte del Norte.

Anduin echó una ojeada a la zona de la Horda. Tanto Sylvanas como Halduron se encontraban inclinados hacia delante en sus respectivos asientos. Si bien Anduin no había oído nunca hablar de Farley ni de Bloodblade, a juzgar por cómo sus líderes estaban reaccionando ante esas imágenes, tenían en mucha estima a ambos, de eso no había duda.

Bloodblade tenía el pelo del color del sol y una piel tan pálida que parecía que nunca había sido tocada por el astro rey. A pesar de hallarse de permiso, ella seguía llevando puesta parte de su armadura. Farley, por su parte, se había descompuesto bastante antes de renacer como Renegado, por lo cual Anduin se preguntaba cómo se las arreglaba para ingerir líquidos con esa mandíbula que no parecía que pudiera cerrar.

Tyrande asintió en dirección hacia Chromie, y la escena se reanudó.

—Tenemos problemas —le comentó Kelantir a su compañero.

—Eso no tiene por qué ser así. —Frandis alzó un brazo huesudo y agitó una mano en el aire—. ¡Amigo Malkorok! ¿Qué haces por los bajos fondos? Lo que uno puede hallar en un orinal es probable que sea mejor que la bazofia que este granuja de Grosk sirve aquí, pero es barato y cumple su cometido, o eso dicen. Acércate, deja que te invitemos a una ronda.

Malkorok sonrió. A Anduin eso le dio muy mala espina y, si su expresión era indicativo de algo, también a Kelantir.

—Grosk, bebidas para todos. —El orco Blackrock le dio una palmada a Frandis en la espalda tan fuerte que el Renegado estuvo a punto de caer de bruces sobre la mesa—. Esperaba encontrarme con algún tauren o Renegado aquí. Pero he de decir que tú pareces tremendamente fuera de lugar.

En ese instante, posó su mirada sobre Kelantir.

—Te equivocas. He estado en sitios mucho peores que este —le corrigió la paladín, la cual entornó los ojos mientras observaba a Malkorok, a quien el posadero, presumiblemente ese granuja de Grosk, estaba sirviendo.

—Tal vez, tal vez—replicó Malkorok—. Pero ¿por qué no estás en Orgrimmar?

—Tengo alergia al hierro —contestó Kelantir.

A pesar de la tensión que reinaba en el ambiente, Anduin sonrió ampliamente. Le caía bien la tal Kelantir. Era muy valiente. Y esas palabras eran algo que podría haber dicho perfectamente su amiga Aeryn, una enana con muchas agallas que había muerto durante el Cataclismo.

En un principio, Malkorok pareció estupefacto, pero al final se echó a reír.

—Al parecer, tú y unos cuantos más prefieren estos entornos rústicos. ¿Dónde está ese joven toro llamado Baine y ese adulador que lo suele acompañar que responde al nombre de Vol’jin? Esperaba poder hablar con ellos.

En ese momento, todas las miradas se posaron en el nuevo Jefe de Guerra y el defensor. Ellos, por supuesto, estaban viendo esto por primera vez, como la mayoría de los presentes, y parecieron un tanto sorprendidos por la dureza del insulto.

—Hace tiempo que no les veo —afirmó Kelantir, quien colocó los pies sobre la mesa, sin apartar la mirada del orco—. No me relaciono mucho con los tauren.

—¿De veras? —replicó Malkorok—. Pues tenemos testigos que nos han dicho que tanto tú como Frandis estuvieron conversando íntimamente anoche en esta misma posada con ese tauren y ese troll, entre otros. Nos han informado de que dijeron cosas como que “Garrosh es un necio”, que “Thrall debería volver para enviarlo a patadas a Undercity” y que “fue una cobardía lanzar la bomba de maná sobre Theramore”.

—Y algo más sobre los elementos —añadió otro Kor’kron.

—Ah, sí, los elementos… algo acerca de que era una pena que Cairne no lo hubiera matado cuando había tenido la oportunidad, porque Thrall nunca habría utilizado los elementos de un modo tan cruel e insultante —continuó diciendo Malkorok.

Daba la impresión de que a Kelantir se le había congelado ese hermoso rostro. Frandis Farley, que sostenía una jarra, estaba manchando la mesa con un goteo constante de una sustancia asquerosa.

—Pero si dicen que no han visto recientemente ni a Baine ni a Vol’jin, supongo que esos testigos deben de estar equivocados —concluyó Malkorok.

—Pues claro —dijo Frandis, recuperándose del susto—. Necesitas unos confidentes más fiables.

Acto seguido, se volvió hacia su bebida.

—Pues sí —admitió Malkorok de buena gana—, ya que es obvio que ninguno de ustedes sería capaz de decir tales cosas en contra de Garrosh para cuestionar su liderazgo.

—Me alegro de que lo entiendas —comentó Frandis—. Gracias por las bebidas. ¿Puedo invitarte a la siguiente ronda?

—No, será mejor que sigamos nuestro camino —respondió Malkorok—. A ver si podemos dar con Vol’jin y Baine, ya que, por desgracia para nosotros, no están aquí.

Y por suerte para ellos, pensó Anduin. Sus loa y la Madre Tierra debieron de protegerlos.

Malkorok se levantó y asintió.

—Disfruten de la bebida —dijo y, a continuación, salió de la posada con el otro Kor’kron.

—Ha faltado muy poco —señaló Kelantir, quien suspiró aliviado.

—Pues sí —replicó Frandis—. Por un segundo, me he imaginado que nos arrestaría, si no nos atacaba directamente.

Kelantir echó un vistazo a su alrededor.

—Qué raro. Grosk se ha marchado.

Frandis se colocó la mandíbula en su sitio para poder esbozar un gesto de contrariedad.

—¿Cómo? ¡Pero si la posada está abarrotada! Debería contratar más gente y no largarse cuando tiene a varios clientes sedientos esperando.

En cuanto ambos cruzaron sus miradas, Anduin lo supo. Se le erizó el pelo del cogote y quiso vociferar una advertencia. Pero eso no estaba sucediendo en el presente, eso era el pasado, y ya era muy tarde, siempre había sido muy tarde para cuando Farley y Bloodblade se habían dado cuenta de lo que ocurría.

La pareja a la que aguardaba un funesto destino se puso en pie y corrió hacia la puerta. De repente, se vieron rodeados de hielo y se quedaron congelados ahí mismo, y la escena se tornó blanca. El estruendo de una explosión reverberó por toda la sala y, acto seguido, la Visión desapareció.

Tyrande, que se hallaba en el centro de la estancia, alzó la mirada hacia el lugar donde se encontraban sentados los Celestiales. A esta distancia resultaba muy difícil verles las caras, pero Anduin, quien conocía bien a Chi-ji al menos, sabía que tenían que estar tan afligidos como todos los demás ahí presentes. Aunque la elfa de la noche abrió la boca como si pretendiera decirle algo al jurado, pareció pensárselo mejor y negó con la cabeza. No tenía que explicar qué era lo que acababan de ver. Todos lo entendieron perfectamente.

—No hay más preguntas, Fa’shua Zhu.

Regresó a la silla rodeada de ese silencio total que llenaba ese enorme coliseo.

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